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sábado, 26 de septiembre de 2026

Ventajas y desventajas de ser un pato


Me gustan los patos. Son bonitos y chistosos, especialmente cuando están bebés. De pequeño tuve un par de patos que me regalaron, pero mis padres mi hicieron deshacerme de ellos porque realmente no teníamos espacio en casa.


Cuando estaba en la primaria, una maestra me contó una fábula:


El pato iba al manantial con el pez y se burlaba:


-¡Oye, pez! ¡Ven a caminar conmigo por el bosque! ¡Hagamos una carrera!


El pez se quedaba enojado. Después el pato volaba sobre el bosque y cuando veía al venado, se burlaba también:


-¡Hey, venado! ¿Por qué no vienes conmigo acá arriba? ¡Se puede ver todo el bosque!


El venado se quedaba enojado. Después el pato regresaba al manantial y se bañaba en la cascada, y cuando el águila pasaba por ahí, el pato le decía:


¡Águila, águila! ¡Ven a darte un chapuzón! ¡La vida en el agua es más sabrosa!


Y el águila se iba ofendida.


Pero un día, los animales se pusieron de acuerdo para darle una lección al pato. El pez lo retó a una carrera a nado, el águila a una carrera a vuelo y el venado a correr por el bosque. Obviamente, el pato no pudo ni siquiera competir con ellos: no lograba sumergirse mucho, su vuelo era muy pesado y ni hablar de su caminata torpe.


El pato quedó humillado. Y es que podía hacer muchas cosas, pero ninguna con excelencia, así que debía ser más humilde al respecto.


No exagero diciendo que este cuento marcó mi vida y que siempre trato de tenerlo en cuenta, si bien muchas veces he olvidado, para mi detrimento, sus moralejas. Toda la vida he tendido un poco a ser un pato, a querer llevar a cabo, probar o aprender varias cosas diferentes. Miren nomás mi blog, de cuántos temas tan variados he llegado a hablar. No es presunción, sé que ninguno de esos temas los domino como lo haría un verdadero experto. Nunca seré un “hombre del Renacimiento” ni un polímata. Pero no se dudará de mi inquietud y mi curiosidad.


“Poco aprieta quien mucho abarca” dice un sabio proverbio, y es verdad. No sólo trato de ser un creador de contenido, también soy un profesor que ha impartido varias materias. Más importante que todo eso, soy padre, con todo lo que implica, y soy un hombre adulto que tiene que mantener una casa en un estado decente. Sólo esto último implica un montón de responsabilidades y de problemas que constantemente hay que estar resolviendo.


Se dice que la genialidad está menos en la inteligencia que en la dedicación absoluta. Quien llega a crear grandes obras del arte, a hacer grandes descubrimientos científicos o a dejar una huella en la historia, suele ser alguien que pone todo su tiempo, todo su esfuerzo, toda su atención en un solo objetivo. Muchas veces, a expensas de todos los otros aspectos de su vida.


Nunca he podido ser así, para empezar porque carezco de la capacidad para ello, algo de lo que soy dolorosamente consciente. Pero también porque nunca he podido concentrar todo mi ser en una sola cosa. Hay demasiado que me importa, que me interesa, que me apasiona. Así que acabo siendo como un pato: hago un poco de esto y de aquello, pero de una forma entre mediocre y aceptable.


Veamos un ejemplo, una de las cosas que más me gustan en esta vida: Star Wars. Amo Star Wars con la fuerza de 10 mil soles. Pero si quisiera convertirme en un experto, tendría que leer todos los cómics, todos los libros y ver todos los shows, y para ello tendría que dejar de lado otros muchos temas que me interesan: la historia, la filosofía, la política actual, el pensamiento crítico, la cultura pop, la divulgación científica, la literatura clásica, el cine, la ciencia ficción, la música rock, la subcultura gótica, la animación, los videojuegos viejitos… Sí, quisiera dedicarme con más atención a cada uno de ellos, pero para eso tendría que renunciar a los otros. Además está mi anhelo de escribir ficción narrativa, algo que he pospuesto durante años desde que nació mi tercer hijo. Ya ni hablar de que también quisiera ganar un poco más de dinero, porque mi sueldo de maestro dejó de alcanzar cuando todo se encareció tras la pandemia.


No todo se trata de gustos e intereses, sino también de un sentimiento de responsabilidad. Como padre y co-amo de casa tengo responsabilidades ineludibles, ni hablar. Siento una responsabilidad con ustedes, queridos lectores, que me apoyan mes con mes, y apenas estoy cumpliendo. También siento una responsabilidad por aportar algo a este mundo en crisis, aunque sea informarme y difundir esa información, que si por mí fuera quisiera meterme de lleno al activismo, o ya de plano ponerme a golpear fachos con un bate.


Como profesor, siento responsabilidad por preparar buenos cursos, seguir aprendiendo sobre los temas que imparto, poner a disposición de mis alumnos los mejores materiales que pueda conseguir y elaborar. Este verano, por ejemplo, pude haber simplemente trabajado con las notas de curso que quedaron de otros profesores, pero me parecían subóptimas y me comprometí a convertirlas en el mejor material didáctico que pude con el tiempo que tenía.


Así que sí: me quedo con un sentimiento constante de insuficiencia: no hago lo suficiente como padre, no hago lo suficiente por la casa, no hago lo suficiente como maestro, no hago lo suficiente como creador de contenido, no hago lo suficiente como habitante de este mundo, no estoy haciendo nada para convertirme en escritor… Esa consciencia puede llegar a ser angustiante.


Pero, ¿me gustaría ser de otra manera? No. Las desventajas de ser un pato me pesan, pero el caso es que no quisiera renunciar a nada de lo que intento abarcar para concentrarme en una sola cosa. Si tuviera más tiempo, energías y recursos disponibles, creo que profundizaría en algunos de los temas que me apasionan, pero que también me pondría a explorar otros.


No podría hacerlo de otra manera. Ahora mismo, mientras escribo esto en mi laptop, estoy con un ojo pendiente a otros asuntos que atiendo con mi celular. ¿Soy sólo yo? ¿Tengo algunos rasgos de TDAH? ¿Es resultado de esta modernidad caótica y sobresaturada de estímulos? Probablemente sea un poco de todo. Entonces debo recordar algunas cosillas para tranquilizarme, que quizá les ayuden a ustedes.


Lo primero es que mucho de esto es una trampa del capitalismo. El FOMO, fear of missing out, o miedo a perderse de algo, es una especie de codicia. Consiste en un deseo, imposible de satisfacer, de siempre tener más. No sólo más objetos, sino más experiencias, más conocimientos, más libros leídos, más películas vistas o hasta más personas cogidas. El FOMO nos hace siempre estar consumiendo o produciendo, nos crea la necesidad de hacernos “más rentables”. Porque sí, desgraciadamente, en el sistema capitalista, hasta el aprendizaje, la superación personal, y el disfrute del arte y la cultura implican algún acto de consumo o producción mercantil. El FOMO es un apetito que no puede saciarse y, como bien dicen los budistas, el deseo es la fuente de todo sufrimiento.


A veces siento, de manera vagamente consciente que “no saber de tal tema, no haber visto tal película o leído tal libro, o no haber hecho tal cosa” me hace, de alguna forma, menos valioso. Cuando por fin lo hago, siento un ligero alivio, como de una carencia suplida, un pendiente menos, pero no la satisfacción de un logro. Muchas veces se pierde el disfrute de hacerlo en sí, y eso es lo peor. Entonces debo recordar a qué sirven estos sentimientos y rebelarme contra ellos.


No debo confundir mi inquietud natural con la exigencia capitalista de “siempre estar haciendo algo productivo”. Si se siente como una tarea no la hagas. La vida ya está llena de tareas ineludibles como para además estarnos poniendo otras. De las mil cosas que tengo pendientes, ¿cuáles son realmente deberes? ¿Cuáles realmente quiero hacer? ¿Cuáles quiero por sí mismas y cuáles quiero por sus resultados?


Recordarme a mí mismo que no debo culpar a los demás por la imposibilidad humana de abarcarlo todo. Si no pude hacer esta cosa fue porque elegí hacer esta otra. Un dicho de la vida adulta reza “es una cosa por otra”, y sí, c’est la vie. No todo se puede, y quizá eso está bien.


Eso también implica estar consciente de que el efecto Dunning-Kruger es cabrón, y que no debo pensar que por conocer un poquillo de algo me he vuelto un experto en el tema. Cthulhu sabe que ya me ha pasado, aunque por suerte no he llegado tan lejos como otros “todólogos”, que no sólo emiten opiniones ignorantes sobre temas fuera de su área, sino que se aferran a ellas. Creadores de contenido a los que yo admiraba llegaron a pensar que ya lo sabían todo y que podían pontificar sobre cualquier cosa, y acabaron muriendo en colinas de ignominia (metafóricamente).


En fin, por eso la humildad es importante. No soy un águila, ni un pez, ni un ciervo. Soy un pato; uno muy torpe, además, tipo Psyduck. Pero al menos seré un pato feliz.


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