jueves, 25 de julio de 2019

Convector Toynbee: El futuro que puede ser nuestro



El 20 de julio de 2019 se conmemoraron los 50 años, la gran hazaña del Apolo 11, la primera misión tripulada en llegar a la Luna. Hace 10 años, lo recuerdo bien, el aniversario se prestaba no sólo para rememorar la historia de este acontecimiento y honrar a las personas que lo habían hecho posible, sino también para pensar en lo que ello había significado para nosotros como especie, la única, hasta donde sabemos, que ha salido de su mundo hogar.

Ese impresionante logro técnico, científico y social (sí, social: no hay que soslayar los niveles de cooperación y organización que son necesarios para que una sociedad sea capaz de hacer esto), que parecía un sueño fantástico apenas unas décadas antes, nos hacía mirarnos a nosotros mismos y pensar: “Si hemos logrado esto, ¿qué más seremos capaces de hacer?” Sin embargo, conforme pasaron los años desde la última misión tripulada en 1972, la pregunta se ha vuelto un poco más melancólica: “Si habíamos logrado aquello, ¿por qué no fuimos capaces de hacer más?”

El maestro Carl Sagan, quien tenía el raro don de tomar los hechos objetivos de la ciencia, convertirlos en una clara filosofía sobre la existencia humana y expresarlos con la belleza de un poema, nos habla del regalo de las misiones Apolo:




Hace 10 años escribí una breve reflexión sobre el sueño eterno de visitar la Luna, como se ha plasmado en algunas de las más grandes obras de ciencia ficción. Hoy quiero volver a ese género, en particular a la obra de otro de mis héroes personales, el gran Ray Bradbury. El texto del que quiero hablarles se llama El Convector Toynbee. Apareció por primera vez en 1984 (annus mirabilis!) y después en la colección del mismo título, en 1988. El nombre hace referencia al historiador Arnold J. Toynbee, quien propuso que las civilizaciones florecen como respuesta a los retos que se les plantean; cuando se vuelven incapaces de responder a ellos de forma creativa, colapsan.

El relato trata de un hombre llamado Craig Bennett Stiles, quien construyó una máquina del tiempo y partió de su desolado presente hacia un siglo en el futuro. Allí vio lo que la humanidad había conseguido en tan sólo cien años: la restauración del equilibrio ecológico, el saneamiento de las ciudades, la paz mundial, la colonización del espacio, la cura del cáncer, del hambre, de la pobreza… Stiles fotografió, filmó y grabó todo lo que pudo y volvió a su época, para anunciar a la humanidad: “¡Miren lo que lograremos!”

Un vistazo hacia ese brillante futuro fue suficiente para convencer a una generación entera de que era posible. Inspirada por el viaje de Stiles, la humanidad puso manos a la obra y comenzó a forjar ese destino. Cien años pasaron y llegó el día en el que Stiles arribaría desde el pasado… Él mismo, ya anciano, estaba ahí para presenciar el prodigio, pues los avances médicos habían hecho que llegar a los ciento treinta años de edad fuera fácil.



Entonces, ante un sorprendido periodista, Stiles confiesa: todo había sido mentira. No había viaje en el tiempo, los registros eran falsos. Pero los resultados de esa mentira eran muy reales. La especie humana había encontrado el impulso que necesitaba para salir del miasma en el que ella misma se había metido. El meollo del relato está en este monólogo del protagonista:

“Teníamos todo lo que a usted se le pueda ocurrir. La economía era una babosa. El mundo, una letrina. Los problemas económicos, un misterio insoluble. La melancolía era la actitud dominante. La imposibilidad de cambiar, lo que estaba en boga. El fin del mundo, la consigna predilecta.

No valía la pena hacer nada. A las onces acostábamos hartos de malas noticias, para levantarnos a las siete con noticias peores. Vadeábamos penosamente los bajíos del día. Por la noche nos ahogábamos en una marejada de plagas y pestilencia. ¡Ah!

No sólo los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgaban por el horizonte para lanzarse sobre nuestras ciudades. Un quinto jinete, peor que los demás, cabalgaba con ellos: la Desesperación, que envuelta en oscuras mortajas de derrota voceaba sólo la inminente repetición de pasadas catástrofes, fracasos presentes, cobardías futuras.

Bombardeada la tierra de broza oscura y sin semilla que brillara, ¿qué clase de cosecha podía esperar el hombre en tramo final de increíble siglo veinte?

Olvidada había quedado la Luna, olvidados también los rojos paisajes de Marte, el gran ojo de Júpiter, los asombrosos anillos de Saturno. Nos negábamos a todo consuelo. Llorábamos la muerte de nuestro hijo, y nuestro hijo éramos nosotros.

Claro que había momentos de esplendor. Como cuando Salk devolvió la vida a los niños del mundo. O la noche en que se posó el Eagle, y la humanidad dio un primer gran paso por la Luna. Pero las mentes y bocas de muchos alentaban oscuramente al quinto jinete. Con fuertes esperanzas, como parecía a veces, de que al fin se impondría. Y así tendría la lúgubre satisfacción de haber predicho desde el primer día el desenlace fatal. Y así se lanzaron las profecías más egoístas; y cavamos nuestras tumbas y nos dispusimos a tendernos en ellas.

Entretanto, desesperado, me asfixiaba, pasaba noches enteras llorando en silencio y preguntándome qué podía hacer para salvarnos. ¿Cómo salvar a mis amigos, mi ciudad, mi estado, mi país, al mundo entero, de esa obsesión por la fatalidad? Y bien: una noche, tarde ya, recorriendo los estantes de mi biblioteca, mi mano dio al fin con el viejo y amado libro de H.G. Wells. Su artefacto del tiempo, como un fantasma, habló a través de los años. ¡Yo lo ! Entonces comprendí. Escuché. realmente. Luego hice planos. Construí. Viajé, o eso pareció. El resto, como usted sabe, es historia.”

El fraude, por supuesto, sería imposible en nuestro mundo. Sin importar cuán bien montado estuviese, no habría sido difícil empezar a ver por los agujeros en la historia del señor Stiles. No sería posible mantener la mentira, y tampoco sería deseable. Sin embargo, hay otra clase de mentiras a las que podemos apelar: la ficción. Bradbury no está diciéndonos que debamos engañar a la gente para cambiar al mundo; está usando ese juego borgiano de una mentira inspirada en una ficción (La máquina del tiempo, de Wells), dentro de otra ficción (el cuento mismo de Bradbury) con la esperanza de darnos a los seres humanos reales el mismo impulso que el Convector Toynbee dio a las gentes ficticias del relato. El cuento mismo es un Convector Toynbee.


Necesitamos distopías, subgénero tan en boga estos años, porque nos alertan de los posibles futuros en los que podría convertirse el presente. Bradbury mismo escribió una de las distopías más clásicas: Fahrenheit 451. Pero necesitamos también obras que nos permitan soñar de nuevo en las inmensas capacidades del ser humano. Los retos que enfrentamos al iniciar la tercera década del siglo XXI son mayores que los que imaginaba Bradbury: el cambio climático, el colapso de los ecosistemas, la creciente e insostenible desigualdad económica, el retroceso hacia un tribalismo arcaico y excluyente en la política, ideologías de odio sostenidas en falsedades… Stiles menciona la invención de las vacunas y el alunizaje como dos momentos brillantes en la trayectoria humana durante el siglo XX. Hoy las cosas están tan mal, que incluso esos grandes logros son negados como falsedades por grupos que se levantan como enemigos de la razón y el progreso.

Necesitamos ponernos a la altura de estos retos si queremos, como civilización humana, sobrevivir y florecer. Tenemos el conocimiento científico y la capacidad técnica de iniciar el viraje hacia un mejor camino, pero necesitamos también cultivar dos principios humanísticos cardinales: 1) que todos los seres humanos formamos una sola especie y que todas las divisiones sectarias son artificiales y producto del azar histórico, y 2) que no podemos permitirnos el simplemente dejar sufrir a ningún otro individuo o grupo humano en ninguna parte del mundo.

Para lograrlo necesitamos escuchar los mensajes de Bradbury, de Carl Sagan y de muchos otros tantos que nos conminan a mirar las maravillas que hemos conseguido y las posibilidades que han quedado pendientes. Precisamos recordar de lo que somos capaces, exhortarnos los unos a los otros a no perdernos en la frivolidad, la desesperanza, el cinismo, el miedo o el odio. Nos urge usar nuestra ciencia y nuestras fuerzas para construir un mundo mejor para todos. Necesitamos crear nuestro propio Convector Toynbee y demostrar que somos dignos herederos de la especie que caminó por la Luna.



miércoles, 10 de julio de 2019

De Schopenhauer a Hitler. El asalto a la razón que dio a luz al nazismo.




El asalto a la razón de George Lucas. ¡Anda la osa! Yo pensé que ésta era una novela de Star Wars, sobre el asalto de una célula rebelde contra la base imperial llamada ‘Razón’. Pero no, el autor en realidad se llama Georg Lukács y el libro es un tratado de filosofía política marxista. Pues bueno, me han llamado ‘marxista cultural’ tantas veces de a gratis, que me dije ‘ni modo, leamos a los marxistas, a ver qué dicen’.

Fuera de bromas, me decidí a leer este libro porque lo vi citado en un blog que leí hace tiempo, en el que hablaban sobre el crecimiento de la irracionalidad a principios de nuestro siglo XXI. Conocía a Lukács de referencia y algunos textos breves (es lectura obligatoria en mi carrera), pero me llamó la atención fue la temática de su libro: cómo el declive de la racionalidad en la cultura europea permitió el surgimiento de la ideología nazifascista.

Lo primero que debo decir es que éste no es un libro fácil; está pensado para quienes ya tengan algunos principios básicos de filosofía e historia del pensamiento político. Mientras avanzaba, agradecí por las lecturas que me permitieron comprenderlo, incluyendo los dos libros de historia intelectual de la humanidad de Peter Watson, la Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell, la Introducción a la historia de la filosofía de Ramón Xirau y la Historia de la teoría política de George H. Sabine.

Además de sesudo, el libro es muy extenso (mi edición es de 850 páginas) y difícil de conseguir. Las ediciones en español de Grijalbo y el FCE están fuera de circulación desde hace años, y tampoco pude hallar ediciones en inglés, así que tuve que pedir la mía de una editorial de la India. Está en PDF por ahí, pero me choca leer en pantallas (ya sé que es irónico decir eso precisamente aquí; no lo mencionen).



Para quien no quiera, por ahora, molestarse con el mamotreto, le dejo este breve resumen, ya que la referencia les será útil. La tesis central de Lukács es que el rechazo a la racionalidad y la exaltación del instinto, impulsados por ciertas corrientes filosóficas, crearon las condiciones intelectuales propicias para que se desarrollara la ideología nazi. Muchas de esas filosofías que Lukács revisa no pretendían dar lugar a nada parecido al fascismo, y algunos de sus pensadores incluso reaccionaron con horror ante el barbarismo nazi. Eso no importa, igual ayudaron a crear el ambiente cultural para que tanta gente se pasara al Lado Oscuro.

Ante quienes suelen sugerir la educación, la lectura y la cultura como un antídoto suficiente al fascismo, otros más pesimistas señalan que Alemania era uno de los países más cultos y sofisticados de Europa. Eso es cierto, y también es cierto que la postura anterior peca de ingenua. Pero lo que no siempre nos detenemos a pensar es en qué tipo filosofía, literatura y arte se estaba cultivando en Alemania, y qué valores promovían éstas. En aquel país no había una tradición de pensamiento liberal, ni instituciones democráticas plenas. Con la excepción de Marx (quien, recuérdese, hizo buena parte de su carrera en Inglaterra), después de Hegel la intelectualidad alemana fue profundamente irracionalista y reaccionaria, opuesta a los valores de la Ilustración.

Entre los pensadores señalados con el dedo acusador de Lukács se incluyen Schelling, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, los teóricos del racismo y los darwinistas sociales. Los cinco primeros tienen en común que predicaron una filosofía que encumbraba el instinto, la intuición, la vitalidad, los mitos o la experiencia personal incomunicable por encima del conocimiento racional, científico y objetivo. También negaban la posibilidad del progreso.

De Schopenhauer y Nietzsche, Lukács dice que su pesimismo con respecto a la existencia humana, que ellos planteaban como una forma superior de consciencia frente a la realidad, no era más que una forma indirecta de hacer apología del statu quo. Pues si la existencia humana está marcada por el dolor y el sufrimiento, entonces las injusticias sociales de nuestro tiempo son simplemente parte del orden cósmico del universo, y no de un sistema sociopolítico en concreto, y es infantil pretender cambiarlas.



Pero estos pensadores son hipócritas al respecto. Schopenhauer, por ejemplo, predicaba un retiro de los asuntos mundanos como una forma de sabiduría de vida. En realidad, ese retiro a la contemplación era un privilegio que el statu quo le permitía; cuando el orden social se vio amenazado por las revueltas de 1848, Schopenhauer no lo aceptó como parte de la condición trágica de la vida, sino que activamente apoyó su represión, atendió a los oficiales que la llevaron a cabo, y hasta les prestó sus prismáticos de ópera para que dispararan a los rebeldes.

Uno de los capítulos más extensos está dedicado a nuestro übermensch favorito. De Nietzsche hemos sabido durante mucho tiempo que su filosofía fue una de las más influyentes en el desarrollo de la ideología nazi, y que hasta la fecha sirve como alimento para niños rata que se creen Señores Sith. De fondo, su pensamiento defiende la división estricta de la humanidad en clases dominantes y sometidas, mientras rechaza todas las ideologías (democracia, socialismo, feminismo), que pudieran alborotar a las masas fuera de su lugar correspondiente.

Sin embargo, todavía podemos tomar algunas lecciones suyas que son útiles para la vida (piensa por ti mismo, no seas mediocre, vive tu vida como te gustaría hacerlo si tuvieras que repetirla infinitas veces, etc.), sin dejar de reconocer, como siempre le digo a mis estudiantes, que era un cretino misógino que se murió loco de sífilis por andar de putañero.

Por cierto, Lukács, con todo y que refuta rigurosamente toda la filosofía de Nietzsche, reconoce sus méritos intelectuales. De la misma manera, reconoce los méritos estéticos de escritores con cuyas ideologías no está de acuerdo, tales como Kafka o Camus. Ésta es una forma de caballerosidad intelectual que rara vez se ve en la crítica de nuestros tiempos.

También reconoce la importancia de los pensadores de siglos pasados, pues, aunque éstos tuvieran una forma de pensar que favorecía a la clase burguesa, en su momento estaban abogando por el progreso humano. De hecho, otro de sus argumentos centrales es cómo la intelectualidad burguesa pasó de ser revolucionaria (en tiempos de la Ilustración), a volverse cada vez más conservadora una vez que conquistó la hegemonía, incluso aliándose con la más fiera reacción feudalista en contra de la nueva filosofía del progreso: el socialismo.

Me gustaría ver más de ese reconocimiento en la izquierda contemporánea, que denuncia a pensadores de siglos muy pretéritos por sus deficiencias en cuanto a temas como la igualdad de género o de razas, sin tener en cuenta que lo que estaban planteando ya era bastante revolucionario, y que pensar en futuras emancipaciones y reivindicaciones no habría sido posible si ellos no hubieran hecho su parte para romper el orden existente.



Lukács no deja de fustigar a los intelectuales liberales de su tiempo, muchos de los cuales prefirieron coquetear con la reacción, antes que cederle un centímetro a la izquierda. Es un panorama muy parecido al que vemos en la actualidad, en que el establishment intelectual del liberalismo, ya sea en Europa o Estados Unidos, se ha caracterizado por su tibieza ante el auge del neofascismo, y por un afán de equipararlo a la izquierda radical que se le resiste:

“Para muchos de estos ideólogos liberales del ‘justo medio’, de los cuales Alfred Weber era uno, la misión era salvar la concepción liberal de la democracia. Y esto, para ellos, sólo era posible estando en contacto íntimo con la reacción, y en combate resuelto contra la izquierda, al mismo tiempo poniendo una -cada vez más torpe- resistencia contra las demandas radicales de los extremistas reaccionarios. […] Este proceder despejó el camino para la ideología fascista, y es un hecho no poco frecuente: liberales convencidos que, precisamente por su ideología liberal, se han convertido en pioneros de la ideología reaccionaria extrema en tiempos de crisis.”

Algunos de los pensadores a los que analiza Lukács han caído en un justo olvido, y creo que sólo filósofos profesionales podrían tener mucho interés en los capítulos dedicados a ellos. Me parece que disertar mucho en las corrientes sociológicas en Alemania en los años entre guerras es demasiado específico para llamar la atención del público en general.

Del capítulo de los neohegelianos rescato una importante lección: fueron estos filósofos los cuales le dieron a Hegel un cariz irracional, místico y reaccionario. Lukács fue uno de los más profundos conocedores de Hegel y lo presenta como un pensador progresista y racional que rechazó el misticismo del movimiento romántico. Sin embargo, los neohegelianos se encargaron de pintar al filósofo alemán con muy feos colores, dejando una imagen espuria que pervivió en Occidente, donde ha generado críticas que, según Lukács, están dirigidas a un simple hombre de paja.


Los capítulos que encontré más interesantes fueron aquéllos en los que Lukács analiza directamente la filosofía del nazismo. Hace énfasis en una de las misiones primordiales del régimen nazi: proteger al capitalismo monopolista. No olvidemos a las diversas corporaciones y magnates que fueron consentidos por el gobierno de Hitler y que colaboraron con él (uno de tantos hechos que desmienten la idiotez de “los nazis eran de izquierda”).

Ello no impidió a Hitler, en su propaganda, despotricar contra el capitalismo y culparlo por la decadencia de Alemania y de sus hombres. Los patriotas de verdad no se preocupaban de hacer negocios, sino de hacer la guerra. Esto fue porque en la época tras la crisis de 1929, en sí uno de los mayores fracasos del capitalismo laissez-faire, Hitler podía usar el resentimiento social para atacar a banqueros e industriales de origen judío, como forma de exacerbar el antisemitismo, dejando indemnes a los grandes monopolistas:

“Un punto importante es que este arranque del fascismo ocurrió durante un periodo en el que las presiones económicas sobre las masas (intelectuales incluidos), se estaba volviendo más y más insoportables. El fascismo necesitaba esta desesperación y amargura, esta inclinación hacia la resistencia y la rebelión. Al utilizar los sentimientos anticapitalistas que emergieron de esta situación, sólo pretendía prevenir que las tensiones resultantes se dirigieran contra el capitalismo, al cual quería, más bien, proporcionarle instrumentos de terror para gobernar.

Al desestimar, en su visión del mundo, las cuestiones económicas, era sólo en la superficie que el fascismo aparentaba ser más radical que el marxismo; pues mientras éste se dirigía sólo contra un fenómeno ‘superficial’, el capitalismo, la sociología fascista presumía demandar una agitación total… pero sin tocar en lo más mínimo la estructura del capitalismo monopolista.

[…] Los racistas, por otro lado, se preguntaban ‘¿Quién posee el capital, quién lo controla, regula y supervisa? Éste es un punto crucial.’ El racismo hacía posible simplificar el complicado pensamiento del anticapitalismo romántico y convertirlo en una cuestión de propiedad basada en méritos raciales.”

Nosotros vivimos en un mundo que no se ha recuperado de la más reciente crisis capitalista, la del 2008, y en el cual la frustración y descontento social alimentan el retorno a ideologías reaccionarias. La xenofobia contra los migrantes ha servido a los demagogos de hoy para canalizar esa frustración de la gente común, pero también hemos visto un renacimiento de las teorías conspiratorias antisemitas entre los círculos más extremos. Mientras, los causantes de esta crisis siguen disfrutando de sus riquezas sin que nadie los moleste.


Del carácter que el nazismo quería moldear en sus hombres, el autor nos dice:

“En contraste con otros movimientos reaccionarios, que predicaban un retorno a épocas anteriores, más seguras y ‘moderadas’, la agitación fascista procedía de la crisis misma y la disolución de las condiciones de seguridad. Ya que planeaba establecer, internamente, un gobierno totalmente arbitrario, cuyo objetivo principal era iniciar una guerra de agresión imperialista, se dirigía hacia un nihilismo militante y un socavamiento deliberado de las condiciones de seguridad en la vida del individuo. De ahí que presentara la ideología de ‘seguridad’ como un concepto burgués moribundo, que debía ser tenido como despreciable a cualquier costo: el fascismo planeaba cultivar el tipo del bravucón brutal, disuadido por nada y deteniéndose ante nada.”

Vaya, esto recuerda un poco al cambio de personaje que podríamos encontrar en la derecha hace unos diez años o más, en contraste con lo que hemos visto en nuestros tiempos. La vieja derecha, de señores mojigatos y timoratos (los llamados cuckservatives), ha dado lugar a una nueva casta de muchachitos fascistoides que se presentan como los chicos cool, bravucones de los foros de redes sociales, trolls de pacotilla, que actúan con sorna y prepotencia, como si nada les importara. Sí, son una versión muy chafa de las juventudes hitlerianas, pero la extrema derecha trabaja con lo que tiene, y lo que tiene son chavitos rencorosos pegados a sus computadoras. Es de esta misma manera que Kylo Ren es una versión muy chafa de Darth Vader. (¿Ven? ¡Las referencias a Star Wars sí cabían!)



Lukács, conocedor de la ciencia de su tiempo, entiende que, “la realidad es fundamentalmente más rica, diversa e intrincada de lo que los conceptos mejor desarrollados en nuestros sistemas de pensamiento podrán serlo jamás”. Pero la realidad existe independientemente de cualquier consciencia, y lo que tenemos que hacer como seres humanos es crear los mejores modelos para comprenderla de una forma aproximada. Esto se adecúa a una visión científica del mundo.

Sin embargo, cada vez que la sociedad progresa objetivamente y se dan nuevos descubrimientos en el campo de los fenómenos naturales, emergen también nuevas posibilidades para que el irracionalismo convierta estos avances en movimientos retrógrados, con ayuda del misticismo. Cada nueva tecnología, cada avance científico, cada progreso social, verá aparecer una oposición de pseudociencias y movimientos reaccionarios. Vean cómo la pseudociencia se apropia espuriamente del lenguaje de las ciencias auténticas, o cómo los movimientos de odio bastardizan el lenguaje de la justicia social.

Lukács también nos recuerda la brillantez diabólica de los métodos propagandísticos del Führer. Él cosechó más de un siglo de filosofía irracionalista, que consideraba el conocimiento objetivo, a través de la razón y la ciencia, como imposible, incomunicable o desestimable, para privilegiar en cambio conocimientos que se podían obtener a través del instinto, la voluntad o misticismo. Estas formas de “conocimiento superior”, al no poderse someter a pruebas y escrutinio, que lo habrían hecho objetivo y accesible para los demás seres humanos, podía ser cualquier cosa, cualquier posverdad, cualquier hecho alternativo, que ultimadamente se correspondía con la voluntad del líder supremo.

Hitler tomó nota de la mercadotecnia gringa y aprovechó el sentimiento de desconcierto que permeaba en una cultura tan alienante como la que genera el capitalismo contemporáneo:

“La ‘originalidad’ de Hitler yace en el hecho de que fue el primero en aplicar técnicas de publicidad estadounidenses a la propaganda y la política en Alemania. Su objetivo era aturdir y estafar a las masas. En su magnum opus, él mismo admite que su meta era demagógica, quebrantar el libre albedrío y la capacidad de pensar de los hombres. La única cuestión a la que Hitler dedicó un estudio asiduo fue qué trucos debía emplear para llevar a cabo esta meta. Para hacerlo, examinó todos los detalles concebibles del poder de la sugestión y de la susceptibilidad de las masas.

[…] Hitler se oponía con pasión a la verdad objetiva y combatía la objetividad en todos los aspectos de la vida. [...] Esta fusión del vitalismo alemán con la publicidad estadounidense no es accidental. Ambas son manifestaciones de la época imperialista. Ambas apelan a la desolación y desorientación de las personas de esta época, a su cautiverio en un sistema de categorías fetichizado, perteneciente al capitalismo monopólico. Jugó con el adormecido sufrimiento de los hombres bajo este sistema y su incapacidad para liberarse de él.”

Sólo es posible entender a Hitler en el contexto del capitalismo monopólico en el que surgió y al cual defendió. Pretender interpretarlo como un simple regreso al barbarismo de siglos anteriores será estéril (como lo han querido hacer algunos liberales). El fascismo es un fenómeno moderno y producto de fuerzas económicas, políticas y sociales modernas.


En el epílogo, Lukács advierte que las tendencias irracionalistas pueden echar raíces en los Estados Unidos, victoriosos tras la Segunda Guerra Mundial. Con mucha relevancia actual, el filósofo alerta del carácter que revestirá el pensamiento reaccionario en los Estados Unidos. Hasta Hitler, tales tendencias pregonaban un rechazo a la filosofía de la Ilustración y la adopción de formas de conocimiento que supuestamente superaban al raciocinio. Pero la nueva filosofía reaccionaria se disfrazaría de racionalismo y reclamaría para sí la herencia de la Ilustración. O sea, si antes teníamos que estar alertas al irracionalismo, ahora debemos estarlo ante el pseudorracionalismo. Vaya, sé que se refería a ciertos intelectuales europeos y anglosajones en la década de los 50, pero parece que está describiendo a la mal llamada Intellectual Dark Web.

La segunda mitad de ese mismo epílogo no ha envejecido bien. Lukács se esfuerza mucho por conectar tendencias intelectuales contemporáneas con el desarrollo de un futuro fascismo. Quizá tenía razón en que las semillas ahí se encontraban, pero estaban muy lejos de germinar. Además, se le va la mano al interpretar, de forma bastante bizarra, productos culturales como las películas de gángsters, las novelas policiacas, los cómics de superhéroes o el arte abstracto, como señales de la decadencia que estaba llevando a los Estados Unidos hacia el fascismo.

Más rancia se ha puesto su defensa del estalinismo. Desestima como simple propaganda las cada vez más numerosas denuncias de la persecución y opresión por parte del régimen soviético. Hace una apología de la dictadura estalinista como legítima sucesora de Marx y Lenin. Todo ello se ve todavía más mal cuando tenemos en cuenta que sólo unos pocos años más adelante él mismo sufriría en carne propia los horrores del estalinismo, salvando la vida por un pelo. Aprendió de sus experiencias, eso sí, y sin jamás abandonar el marxismo, se convirtió en un crítico de la Unión Soviética y del comunismo oficial impulsado por ésta.



En conclusión, ¿a quién recomiendo este libro? A los liberales y centristas, para que vean cómo muchas de las formas de pensar que están en boga en nuestros días no son inofensivas, sino que en tienden a conducir a un crecimiento de doctrinas de odio y opresión.

A los izquierdistas, para que recuerden que el pensamiento racional, el conocimiento científico y el ideal del progreso eran valores cardinales de la izquierda, que se sentía legítima heredera de la Ilustración. Después de más de medio siglo de pensamiento posmodernista, hostil a la ciencia y la racionalidad, debemos recordar que el misticismo, el pensamiento mágico, las supersticiones, los mitos y la negación de la lógica no son inocuos, sino que, como dijera Francisco de Goya, el sueño de la razón produce monstruos.


miércoles, 3 de julio de 2019

Los insólitos Hombres-X (Parte II: Los dosmildieces)




¡Epa! Seguro quea antes querrás leer la primera parte, en la que analizo la saga de los Hombres-X en la década de los dosmiles.


X-Men: First Class (2011)
Dir: Matthew Vaughn



Las dos películas anteriores parecían haber enterrado la saga para siempre. Pero esta cinta trajo la frescura que tanto se necesitaba. En su momento quizá no me impresionó tanto pero, después de haberla revisitado y, sobre todo, viéndola en contraste con todas las demás, me parece que fue la mejor en su momento; sí, incluso por encima de las dos primeras, a las que tengo mucho cariño.

La película logró un milagro por segunda vez: hacer un casting perfecto para dos personajes que ya tenían un casting perfecto. James McAvoy y Michael Fassbender son tan buenos como Patrick Stewart y sir Ian McKellen en los roles de Charles y Erik. No sólo tienen mucha química, sino que la exploración de lo que los pone en lugares opuestos del espectro es brillante, lo que hace cuanto más trágico su desenlace.



Si el Xavier de Stewart tiene un aire de padre sabio y benévolo, el nuevo Charles de Mcavoy es medio patán. Tiene y ha tenido una vida privilegiada, y al mismo tiempo una necesidad de reconocimiento y admiración. De ahí su actitud opresiva respecto a Raven, a quien obliga a estar en camuflaje todo el tiempo. Para Charles es más importante ser aceptado por la gente normal que procurar que los demás mutantes se acepten a sí mismos.

Pero ¿por qué? ¿Por qué tendrían los mutantes que esforzarse a seguir los patrones de la “normalidad”, incluso estando entre los de su tipo? ¿No es un poco como el gay heteronormado a quien le molesta que los demás sean demasiado “locas”? Con total desconsideración Charles “saca del clóset” a Hank. Para la comunidad gay, eso es una violación grave a la privacidad de una persona, pues la pone en peligro. Pero el joven Xavier, desde su posición de privilegio, no piensa en esas cosas.



Erik, en cambio, ha tenido una vida dura y solitaria. Conoció, y no es exageración, la peor cara de la humanidad e hizo de la venganza la fuerza motora de su vida. No encontró a otro como él sino hasta pasada la treintena. Eso sí, ver a Magneto matando nazis es increíblemente satisfactorio. Uno de los mejores diálogos de toda la saga se da en esta cinta:

C: Te lo digo, Erik. Esto es el inicio de algo increíble. Podemos ayudarlos.
E: ¿Podemos? Identificación. Es así como inicia. Termina con ellos rodeándonos, experimentando con nosotros, eliminándonos.
C: No esta vez. Tenemos enemigos en común. Los rusos, Shaw… Nos necesitan.
E: Por ahora.

En la trilogía original el dilema moral está muy claro: los Hombres-X son los buenos y Magneto, si bien puede tener algunos puntos comprensibles a su favor, es el malo. Aquí, es más difícil hacer juicios tan contundentes. Los soldados rusos y gringos sí estaban tratando de matar a los mutantes, ¿por qué no era legítimo que Magneto le devolviera los balazos? La observación de Charles, “sólo estaban siguiendo órdenes”, es ofensiva para alguien que vio a su pueblo morir a manos de los que sólo estaban siguiendo órdenes.


Éste fue el inicio de una breve, pero muy buena racha para los Hombres-X. Hay que agradecer por esta película.

The Wolverine (2013)
Dir: James Mangold



Es una mucho mejor película que las dos anteriores apariciones del personaje. Mejor actuada, mejor dirigida, con un enfoque más adulto y realista. También es aburridona. Tiene un montón de personajes que no podrían interesarme en lo más mínimo y una trama dinástica cuyos enredos no vale la pena seguir.

Hay un par de cosas que me gustan, además de las secuencias de acción bastante decentes y bien montadas. Una es la escena poscréditos, que realmente no tiene nada que ver con la película, pero que plantea el escenario de Days of Future Past.

La otra es que por primera vez vemos a un Logan madreado por la vida y miserable tras la muerte de Jean. Fue una gran decisión incluir a Famke Janssen como Jean en los sueños/alucinaciones de nuestro héroe. Hugh Jackman se avienta la mejor interpretación que había hecho de su icónico personaje hasta el momento. Por otro lado, conocer ese dolor tan profundo permite apreciar mejor tanto el final feliz de Days of Future Past, como el desenlace trágico de Logan. 




Además, ésta fue la primera experiencia del director James Mangold con el personaje, que nos llevaría a nuevas alturas pocos años después.

X-Men: Days of Future Past (2014)
Dir: Bryan Singer



Cómo pinches amo esta película. Sé que probablemente no sea la mejor, pero es mi favorita de la saga. No está tan bien armada como First Class, y comete una enorme falta de respeto hacia los fans al matar fuera de cámara a la mayoría de los personajes establecidos en aquélla.

Wolverine obtiene un papel protagónico, pero en realidad no hace gran cosa más que andar de aquí para allá, y ni siquiera tenemos la oportunidad de verlo pelear contra Magneto sin la desventaja de un esqueleto metálico. Y no podemos olvidar la estupidez de “reclutemos a Quicksilver para que nos ayude a rescatar a Magneto” en vez de “reclutemos a Quicksilver para que nos ayude a detener a Trask y que chingue su culo Magneto”.


Pero esta película es maravillosa. Siento que no puedo tanto hacer un análisis como enlistar sus grandezas. Reúne el reparto de dos diferentes series y además se las arregla para introducir personajes nuevos. Nos da el inmenso gusto de ver a Wolverine interactuar con los jóvenes Charles y Erik, y ayudarlos a desarrollarse como individuos. Hace una adaptación decentemente fiel de una de las narraciones más clásicas de las historietas.

Logra interesarnos en dos dramas paralelos que ocurren simultáneamente en dos épocas distintas (tan paradójico como suena), y consigue que en ciertos momentos nos tengan comiéndonos las uñas, suspirando o de plano gritando y aplaudiendo. Provee una cantidad equilibrada de acción, desarrollo de personajes, exploración de conflictos y fanservice. Por cierto, les recomiendo enfáticamente la versión extendida, conocida como The Rogue Cut.



Nos da algunos momentos enormemente emotivos, como cuando los viejos Erik y Charles se toman de la mano y lamentan haber perdido tanto tiempo peleando. O ése en el que el Charles el joven habla con su contraparte del futuro:

C del pasado: Así que esto es lo que ha sido de nosotros. Erik tenía razón: la humanidad nos hace esto.
C del futuro: No, si les mostramos un mejor camino.
Cp: ¿Aún crees en eso?
Cf: No porque alguien se tropiece y se extravíe del camino, significa que está perdido para siempre. Todos necesitamos un poco de ayuda en ocasiones.
Cp: No soy el hombre que era. Abrí mi mente y casi acaba conmigo.
Cf: Tienes miedo y Cerebro lo sabe.
Cp: Todas esas voces… ¡Tanto dolor!
Cf: No es a su dolor a lo que temes, sino al tuyo. Y por más asustado que estés, ese dolor te hará más fuerte. Si te permites sentirlo, si lo aceptas, te hará más poderoso de lo que jamás has imaginado. Es el don más grande que poseemos: soportar el dolor sin derrumbarnos. Y surge del más humano de los poderes: la esperanza. Por favor, Charles, necesitamos que recuperes la esperanza.

Entre First Class y Future Past vemos tres arcos de personajes completos. Charles pasa de ser un joven arrogante y despreocupado; sufre pérdidas y se convierte en un hombre roto y sin esperanza; reencuentra su misión de la vida y retoma el camino para convertirse en el sabio Profesor X que conocemos. Raven pasa de ser una chica temerosa, sometida a los deseos de su hermano mayor, se convierte en una mujer fuerte e independiente que se las arregla sola, y en un momento crucial toma una decisión que la pone en un camino distinto; el viaje en el tiempo impedirá que se convierta en la asesina desalmada que conocimos. Erik se debate entre la compasión y la venganza y entendemos por qué al final escogerá, para siempre, la segunda.


Future Past es el Avengers de X-Men: una cinta en la que confluyen las diversas narrativas y personajes presentados hasta ahora, en la que por fin podemos ver una historia fantástica y alocada al nivel de los cómics, pero profundamente humana, como es la tradición de Marvel. Es el final perfecto para la saga. Pero, a diferencia de lo que pasó con el MCU, la serie de los Hombres-X no pudo superar esta cima. Después ya nada más se iría hacia abajo.

X-Men: Apocalypse (2016)
Dir: Bryan Singer




Qué flojera de película. Apocalypse, que es como el Darkseid o el Thanos de los X-Men, está reducido a un villano de capítulo semanal de los Power Rangers. Oscar Isaac es un buen actor, pero el papel debía ser para el tipo “alto, rudo y silencioso”, al estilo Jason Momoa, y eso sólo porque no quisieron usar CGI. Vamos, que hay cosplayers que se veían mejor que ese adefesio que hicieron para la película.

Creo que podemos decir con certeza que para este punto que la saga ya se había agotado. Los conflictos son los mismos. Otra vez Magneto se debate entre ser bueno o ser malo (y al final decide ser bueno, por rutina). Otra vez tenemos como villano a un supremacista mutante que quiere barrer al mundo.

Ugh
Su plan ni siquiera tiene sentido; en un momento Apocalypse hackea la mente de Charles y entonces pudo haberla usado para matar a todos los humanos, como X2 ya nos había demostrado que era posible. En vez de eso hizo lanzar todos los misiles nucleares del mundo… hacia el espacio, en vez de usarlos contra la humanidad como iba a hacerlo Shaw en First Class. Se ve que los escritores no estaban pensándole mucho.

Con respecto a los otros personajes, sólo podemos lamentarnos de que los introduzcan si darles la oportunidad de desarrollarse, especialmente Psylocke, a quien muchos fans estábamos esperando, y quien ni siquiera aparece en la siguiente. Bueno, por lo menos tiene esa genial secuencia con Quicksilver y otras bastante guapas.


Fox hace todo lo posible por poner a la Mystique de Jennifer Lawrence en un papel central, incluso cuando se nota a leguas que la actriz ya no quiere hacer estas películas. Odiaba ponerse el maquillaje azul, así que dejaron a su personaje en su look de rubia guapa, aunque ello fuera en contra de su esencia como mutante orgullosa: “no debería tener que esconder quién soy”. Rebecca Romijn fue más profesional que usted, señorita Lawrence.

Logan (2017)
Dir: James Mangold



De vez en cuando, casi cada década, aparece una película de superhéroes que marca un nuevo estándar, que le dice a un público sorprendido “Ah, no creías que podíamos hacer esto, ¿verdad?”. Logan es una de ellas.

¿Qué puedo decir de este triste y hermoso filme? Hay muy poco que pueda añadir al análisis que hice cuando salió, excepto decir que me ha parecido mejor y mejor con el paso del tiempo. Es una deconstrucción del género superheroico, al cual desromantiza y reinterpreta en el contexto de una realidad cruda y violenta. Es también un comentario social sobre el creciente poder de las corporaciones y su capacidad para corromper gobiernos e influir en la vida de las personas comunes.



Es, por último, una historia que reflexiona sobre la dureza del tiempo y la inevitabilidad de la muerte. Logan, con todo y ser un mutante, se enfrenta a los mismos problemas que muchos adultos cuando rondan los 50 o 60 años, incluyendo el declive en su salud y dos responsabilidades harto onerosas: el tenerse que encargar de un padre enfermo que no deja de reclamarle sus fracasos, y el comprender que tiene una hija a la que le debe protección y guía.

No puedo hacer suficiente énfasis en las excelentes actuaciones de nuestros tres protagonistas. Patrick Stewart como Charles y Hugh Jackman como Logan hacen las interpretaciones de sus respectivos personajes, lo cual no es poco decir, porque ya se habían lucido mucho. La jovencísima Dafne Keen, en el papel de Laura ‘X-23’, es un prodigio.


Ésta es, sin duda, la mejor película de la saga, y una de las mejores cintas de superhéroes que se han hecho jamás. Maldición, hasta sólo ver el tráiler me hace llorar.

X-Men: Dark Phoenix (2019)
Dir: Simon Kinberg



Como dije en mi reseña, esta película es ofensivamente mediocre. La primera mitad es lenta y se siente como que van a repetir The Last Stand. De hecho, resulta que el director es el mismo guionista de aquella, que quería una segunda oportunidad. Pues le salió muy mal.

Por fortuna, la segunda mitad da algunos giros interesantes y la peli se hace algo más divertida. Plantea escenarios novedosos, como que el equipo sea popular y considerado como superheroico, o que Magneto viva tranquilo en una comuna hippie sin molestar a nadie. También está chido que por primera vez en siete películas el villano no sea un supremacista mutante ni un humano con intenciones genocidas. Por lo demás, la cinta se desarrolla entre clichés ya vistos mil veces.

Despotrique ñoño: Estos eran los trajes que presentaron al final de Apocalypse y homenajean los diseños clásicos del cómic. ¿Por qué coño no los usaron en Dark Phoenix?

El salto de una década entre First Class y Future Past está justificado; además, ambas películas aprovechan el contexto histórico como parte de la trama. Pero la decisión de seguir saltando diez años entre cada película se volvió ridícula; los personajes no envejecen de forma correspondiente, la época en la que se desarrolla la peli no afecta para nada al argumento y todo esto sólo añade más errores de continuidad. Mínimo le hubieran puesto a Magneto el cabello ccano y ligeramente largo, para que se pareciera más al de los cómics.

Respecto errores de continuidad, no me refiero ni siquiera a nitpicking mamalón, sino a cuestiones que rompen la narrativa de la saga como tal. Uno puede perdonar que ­First Class contradiga a las películas anteriores con datos como la edad que tenían Erik y Charles al momento de conocerse, o el año y circunstancias en las que Charles quedó paralítico. Es que son dos datos que era necesario cambiar para contarnos una nueva historia que al final valió la pena. Pero ni que Dark Phoenix o Apocalypse estuviera tan chingona como para justificar la falta de respeto que Fox ha demostrado por su público, al no importarle la continuidad en lo absoluto.


Me he estado haciendo esta chaqueta mental desde que la vi: ¿qué tal si la trama hubiera sido más o menos igual, pero encaminada a redondear la saga completa? En Future Past Charles leyó la mente de Logan, ¿recuerdan? Bien, pues supongamos que vio lo que iba a pasar con Jean Grey con la fuerza Fénix, y desde entonces había estado, sin decirle a nadie, tratando de prevenir ese futuro. De pronto, la crisis ocurre muchos años antes de lo esperado (resultado de los viajes en el tiempo), con una Jean adolescente. En algún punto de la película, los demás le reclamarían a Xavier, una vez más, sus errores y su arrogancia al pretender controlarlo todo.

De repente aparece ¡Jean adulta! Femke Janssen se aproxima a Jean y comienza a manipularla, haciéndole creer que quiere ayudarla a liberar sus poderes, pero en realidad pretende desatar la furia del Fénix. Al principio, como público, no sabríamos qué está pasando, no sabríamos si de verdad es la Jean del futuro o una alucinación de la joven mutante que está volviéndose loca.

Sólo ya avanzada la cinta sabríamos que se trata de un ser desconocido con capacidad de cambiar de forma y resistir ataques telepáticos, miembro de una raza que ha llegado a la Tierra después de que los eventos de Apocalypse llamaran su atención. Esto podría hasta añadir elementos de horror cósmico, dejando en la incógnita detalles sobre estos nuevos enemigos, lo cual iría de acuerdo con el tono darks que querían darle a la cinta.

Les dejo a ustedes imaginar cómo se resolvería el conflicto, pero les puedo imaginar una escena en la que Jean parece haberse desintegrado en una nube de fuego para destruir a sus enemigos, y cuando todos creen que está muerta, partículas cenicientas comienzan a girar en el aire en torno a un centro, y entonces, de una llamarada sobrecogedora, surge Jean como Fénix, teniendo total control de sus poderes, en una escena que homenajeara el cómic original.



Raven tampoco estiraría la pata, sino que quedaría gravemente herida y en coma durante la cinta (concesión a Jennifer Lawrence, que se ve que está harte de hacer esto). Peter por fin le diría a Erik que es su es su hijo, cambiando para siempre el destino de Magneto. Al final, Charles no se retiraría, sino que se tomaría un par de años sabáticos, conduciéndonos a la escena tipo Dark Knight Rises en la que juega ajedrez y toma vino con Erik.

Un epílogo postcréditos nos llevaría al Instituto Xavier como lo vimos al final de Days of the Future Past, revelándonos a la verdadera Jean adulta, en control de sus poderes, muy feliz con Scott, y a otros de los personajes, en sus versiones mayores, pasándola bien. Fin.

Ya me hice una película mejor en mi mente. La disfrutaré en momentos de aburrimiento, como juntas de trabajo o regaños maritales.

Conclusiones

La saga de los Hombres-X tuvo grandes aciertos y grandes fracasos. Entre estos últimos está el no haber podido construir una narrativa central coherente que unificara todos sus episodios. En vez de eso, fue improvisando sobre la marcha, con cada capítulo nuevo. Hizo falta una guía que conjugara la multitud de voluntades y visiones diversas de cada equipo creativo. La comparación con Marvel, a quien parecía querer imitar en cierto punto, es inevitable, y resulta desafortunada para X-Men.

Otro de sus problemas, que no envejecerá muy bien, son algunos hechos que socavan su mensaje a favor de la diversidad y la tolerancia. Es que tener como protagonistas a un montón de chicos blancos, heteros y bonitos no ayuda a subrayar la idea. La mutación ha sido leída, según sea el caso, como metáfora de la raza, la homosexualidad o las discapacidades, pero muy pocos de los personajes principales han sido de minorías raciales y ningún personaje ha sido abiertamente gay (Deadpool se cuece aparte).



Eso no se lo critico a las primeras dos películas: Magneto es un judío sobreviviente del Holocausto (interpretado por un gran actor gay); Mystique y Nightcrawler tienen cuerpos no canónicos; Storm es negra; el Profesor X está en silla de ruedas, y podríamos argumentar que las condiciones de Rogue y Cyclops son formas de discapacidad. Todo ello era bastante atrevido y revolucionario para principios de los dosmiles. Tampoco olvidemos que una de las mejores secuencias de acción de la segunda película incluye al héroe acuchillando a agentes del gobierno de los Estados Unidos, algo subversivo para un mundo post 9/11.

Esto se pierde un poco en The Last Stand en 2006, con los mutantes malos que son feos y de pieles oscuras, y los héroes pelean junto a las fuerzas armadas en contra de ellos. Para 2011, año en que apareció First Class, era ya ridículo que todos siguieran siendo niños bonitos, blancos y heteros. Sólo Bestia y Mystique podían temer a la discriminación por su aspecto, y ella pasa la mayor parte del tiempo como la bellísima Jennifer Lawrence. Esto no sería tan frustrante si no fuera porque, de los dos únicos miembros de color en el equipo de los X-Men, Darwin muere sin siquiera entrar en acción, y Angel Salvadore se une a los villanos.


Eso no es un problema en sí mismo, puesto que no creo que las obras de arte o entretenimiento tengan la obligación moral de ser representativas ni incluyentes. Cada quien debe ser libre de crear como le plazca y cada quien puede escoger las obras creativas que se acomoden con sus gustos y valores. Pero esto sí que contradice el mensaje principal de una saga sobre unos personajes que son muy importantes para muchas personas en todo el mundo, en especial conforme la década de los dosmildieces iba avanzando y la lucha por la inclusión estaba cada vez más presente en los medios y el debate público. Como serie, perdió la oportunidad de ser la primera en tener protagonistas queer, mujeres y personas racializadas en la pantalla grande, una primicia que debía haber sido de X-Men más que de ninguna otra. 

Por último, no podemos dejar de dirigirnos al elefante en la habitación: dos de los realizadores más involucrados en esta saga, Byran Singer y Brett Ratner, han sido denunciados como depredadores sexuales. Singer ha sido acusado de abusar de muchachitos adolescentes, mientras que Ratner tiene una larga trayectoria acosando mujeres en el set. Estos son hechos ajenos a la obra en sí, pero, así como muchos podemos disfrutar de las películas a pesar de ellos, muchas personas preferirían no hacerlo. De cualquier forma, terminan manchando la serie e interfiriendo con los valores que pretende transmitir.


Es una lástima que una serie tan fundamental en la creación de la cultura pop del siglo XXI haya tenido una trayectoria tan errática y un final tan decepcionante. Es una ventaja que podamos quedarnos con sólo lo mejor e ignorar todo lo demás. Por ese lado, tenemos los grandes triunfos de la saga, muchos de los cuales ya detallé al hablar de cada filme. Nos ha dado no sólo algunas de las mejores obras del género, sino que en dos ocasiones distintas (con X-Men en 2000 y Logan en 2017), ha establecido nuevos estándares de lo que puede llegar a ser este tipo de cine. Nos dejó personajes memorables, castings perfectos que difícilmente serán sustituidos en un futuro, y muchos momentos emocionantes y hermosos. Realmente amo estas pelis y disfruté mucho pasar el verano de 2019 revisitándolas.

Creo que, deberíamos armamos un ciclo de cine así:

1.- X-Men
2.- X-Men 2
3.- The Last Stand
4.- First Class
5.- Days of Future Past

De esta manera tenemos una pentalogía redondita y conclusiva, con un capítulo central malosón, pero entre cuatro entregas excelentes y con un buen final. Incluso le podemos añadir The Wolverine entre las número 3 y 4, pues ciertamente no aporta mucho, pero tampoco le quita nada. Logan, la mejor película de la franquicia, queda como un spin-off en una línea temporal alterna. Así es como yo vería la saga en el futuro, y es como se la presentaría a alguien nuevo. Todo lo demás sale sobrando.


El discurso central de X-Men, a favor de la inclusión y la diversidad, en denuncia a la intolerancia y el supremacismo, es incluso más necesario hoy que a principios del siglo. Los adolescentes de ésta y todas las generaciones, en especial los que son queer o minorías raciales o simplemente se sienten fuera de lugar, necesitan escuchar ese mensaje: lo que te hace diferente, que hace que los demás te miren con suspicacia, no es una maldición, sino que puede ser tu fortaleza; no tienes nada que te puedan curar, pues eso mismo forma parte de la persona que eres y de lo maravillosa que puedes ser. Aquello que te hace distinto, en realidad te vuelve INSÓLITO.

Como pilón, les dejo esta maravilla:

Quizá te interese...