viernes, 28 de junio de 2019

Los insólitos Hombres-X (Parte I: Los dosmiles)





Introducción

En el verano del año 2000 apareció una de las películas de superhéroes más importantes de la historia: X-Men. Casi dos décadas más tarde, con 12 películas en su trayectoria, la saga iniciada por la 20th Century Fox llegó a su fin. ¿Qué nos ha dejado después de tantos años? Acompáñenme en este viaje por el tiempo…

Corría el año de 1992, el boom noventero de los cómics estaba iniciando con la muerte de Superman, la nueva serie animada de Batman y, por supuesto, la de los Hombres-X. A los dos primeros los conocía de toda la vida, por supuesto. Había visto la serie de Adam West, las películas de Christopheer Reeve y las caricaturas de los Superamigos. Pero este equipo de mutantes aventureros era completamente nuevo para mí. También lo era para muchas personas; era popular entre los lectores de cómics, pero prácticamente desconocido para los legos.

Empecé a ver la serie para seguir la conversación de mis amigos en el patio del recreo en la primaria. ¿Quién diría que se iba a convertir en un clásico y referencia obligatoria? A partir de ese año, los Hombres-X se convirtieron en los personajes más famosos no sólo de Marvel, sino de todo la cultura pop.

Creados por las leyendas Stan Lee y Jack Kirby en 1963, los heroicos mutantes conocieron su época más clásica con el equipo de Chris Claremont y John Byrne en las décadas de los 70 y 80. Desde un inicio, los Hombres-X han sido una alegoría de la otredad, la marginación y las opresiones de todo tipo, por raza, género, orientación sexual, discapacidad, etc.



El lugar común nos invita a tomar la relación de Charles Xavier con Erik Lensherr como un paralelo a la existente entre Martin Luther King y Malcolm X (la equis, de hecho, fue tomada de este último). Uno es el que quiere la cooperación pacífica entre mutantes y humanos; el otro piensa que la confrontación es inevitable. Es un poco forzada la comparación: Malcolm X era radical, pero no un supervillano como Magneto, y King, con todo y sus infidelidades, no fue tan gandalla como lo ha sido el Profesor X en los cómics.

Pero sí que se puede leer, sin temor a sobreinterpretar, a la nación supremacista de Genosha como un comentario sobre el apartheid en Sudáfrica; el virus Legacy como una metáfora del sida y la estigmatización de los pacientes de esta enfermedad; los Sentinels como contrapartes de las fuerzas gubernamentales represivas; personajes de la calaña de William Stryker o Bolivar Trask como representantes de los fanáticos intolerantes del mundo, etcétera.

En aquel entonces no captaba esas referencias históricas y sociales. De todos modos, aunque ahora entiendo lo enormemente privilegiado que era, en aquel entonces, como chico flacucho y enclenque, ligeramente afeminado, socialmente torpe y con gustos que me hacían “raro” a los ojos de los demás, me era fácil identificarme con esa panda de superhéroes inadaptados.

Meh, pero seamos sinceros: más allá del contenido social, las historias de los Hombres-X en los cómics y la televisión trataban de aventuras alocadas y coloridas, viajes en el tiempo, guerras intergalácticas, crisis de identidad, buenos que se vuelven malos y viceversa, clones, robots gigantes y todo eso. En la tradición marveliana, X-Men siempre fue encantadoramente hiperbólica y grandilocuente.



La serie animada fue revolucionaria. En su aspecto, el diseño de los personajes y escenarios, los colores y las sombras, era lo más parecido a un cómic que había en las pantallas. La animación era estupenda y el tema musical se ha convertido en la melodía definitiva para los Hombres-X; es más, una de las cosas que me frustran sin remedio es que en 19 años nunca hayan usado ese tema en alguna de las películas.

La serie terminó en 1997. Entonces, la idea de un largometraje ya se estaba discutiendo entre los fans del cómic y del cine. Cuando supe que sería una realidad, me emocioné muchísimo. Durante meses estuve siguiendo las noticias, esperando a ver los tráilers en el cine o en una página ahora desaparecida en la que tenías que descargarlos para poderlos ver (no existía YouTube). Me metía cada semana al sitio oficial de la película, leía todas las entrevistas con los actores y creadores, y hasta denuncié a mi hermanito en el Acta de Registro Mutante del Senador Kelly.

En verano llegó la película. La amé entonces y hasta la fecha ocupa un lugar especial en mi corazón (yo todavía no cumplía los 16). Seguí la saga desde entonces, y las vi casi todas en el cine. Han pasado cerca de veinte años desde entonces. Este junio me dediqué a revisitar todas las películas de los Hombres-X (dejaré las de Deadpool para otra ocasión), para ver qué reseñas y análisis mamalones podíamos hacer a partir de ellas. En su momento reseñé todas ellas, pero los tiempos cambian y los puntos de vista se transforman; además, verlas todas juntas permite apreciar detalles que en un principio no había visto. Vamos a ello:

X-Men (2000)
Dir: Bryan Singer



Pongámonos en contexto. El cine de superhéroes era muy raro en aquel entonces. Entre los años que transcurrieron de 1978 a 1992, los únicos ejemplos rescatables habían sido las películas de Superman dirigidas por Richard Donner (78 y 80), y las de Batman dirigidas por Tim Burton (89 y 92). Ésas eran la barra alta de las películas comiqueras. Los 90 estuvieron dominados por la saga de Batman, continuada por Joel Schumacher con resultados de pena ajena. Hubo otras cosas, que hoy sólo quedan como curiosidades para ver y disfrutar de la comedia involuntaria. Blade (1998) fue bien recibida en su momento y tiene status de clásico, pero realmente nadie la tomó como cinta de superhéroes, y pocos sabían que se basaba en un cómic.

Cuando se adaptaban historietas al cine, se esperaban muchos cambios con respecto al material de origen. El público en general rara vez conocía los cómics y las opiniones de los fans de hueso colorado importaba muy poco, pues no existía la retroalimentación inmediata que se da a través de las redes sociales desde que sale el primer tráiler. Ni los presupuestos, ni la tecnología de efectos especiales estaban para crear las secuencias de batallas épicas que emularan a la de los cómics. A nadie se le había ocurrido adaptar directamente una línea argumental que hubiera aparecido en las viñetas.

Al iniciar el nuevo siglo, nadie apostaba por las películas basadas en cómic. Definitivamente, nadie esperaba que su película iniciara una franquicia de largo aliento, mucho menos un “universo compartido” al estilo de Marvel. A lo mucho se dejaba la puerta abierta a una secuela, en caso de que la primera tuviera éxito y, si había suerte, se podía aspirar a tener una trilogía completa y autoconclusiva. Había que adaptarse a este escenario.



El director Bryan Singer tenía una tarea muy difícil por delante. No sólo debía hacer una película taquillera que justificara el presupuesto necesariamente elevado (aunque muy modesto para los estándares actuales), sino que tenía que hacer que el cine de superhéroes pudiera volver a ser tomado en serio después de tanto bodrio que había marcado la década anterior.

El resultado es una película que se diferenciaba radicalmente de todo lo que había existido hasta entonces. Vista en retrospectiva, aparece como algo muy modesto y sobrio. A diferente del colorido y extravagante cómic, esta cinta trata de ser lo más realista posible y, más que tratar de las batallas épicas entre héroes y villanos, se centra en las reacciones de la sociedad ante la existencia de un grupo de personas que son diferentes.

Para apreciar la película, los fans del cómic y la serie animada tendríamos que hacer algunas concesiones y aceptar ciertos cambios necesarios para adecuar el concepto a las necesidades del medio cinematográfico. No podía ser demasiado fiel al material de origen sin parecer ridícula; el color y la extravagancia tendrían que sacrificarse para que la cinta pudiera ser tomada en serio. Los personajes protagónicos tendrían que ser unos pocos (Charles, Erik y Logan), y los demás, aunque con historias ricas y personalidades complejas en los cómics, aquí sólo podrían ser secundarios o terciarios, con poco o nulo desarrollo.



Hay muchísimas cosas que esta película hizo bien. Puso en primer plano el tema de la diversidad y la intolerancia. Hizo del conflicto humano entre los personajes, con sus demonios internos, sus visiones divergentes del mundo y sus relaciones con la sociedad, el eje dramático de la cinta, en vez de las aventuras operáticas y las batallas épicas. ¡Y qué decir de la secuencia inicial! Directo en el campo de concentración, en el que Magneto manifiesta sus poderes por primera vez, como un recordatorio de los horrores de los que es capaz la humanidad.

El reparto se ha vuelto emblemático; es difícil imaginar a otros actores en sus respectivos roles: Patrick Stewart como Charles Xavier ‘Profesor X’, Sir Ian McKellen como Erik Lehnsherr ‘Magneto’, y el inigualable Hugh Jackman como Logan ‘Wolverine’. La saga completa gira alrededor de estos tres personajes y sus distintas formas de ver la vida.

La relación de amistad/rivalidad entre Charles y Erik son de lo mejor logrado en todas las películas. Uno es el moderado, alguien que cree que la coexistencia pacífica entre razas puede lograrse a través de la cooperación y el diálogo. El otro es un radical; habiendo sufrido uno de las expresiones más monstruosas de la intolerancia humana, piensa que la supervivencia de su pueblo depende de la derrota total de los otros. Logan se encuentra en el medio, el mundo humano no ha sido gentil con él, sino todo lo contrario; sin embargo, a pesar de toda su ira contenida y de su pasado violento, en el fondo es un buen hombre, lleno de compasión por los más débiles.



El odio de Magneto es comprensible: su familia fue masacrada en los campos de exterminio nazis. En uno de los mejores diálogos que ha habido en una cinta de superhéroes, Magneto le dice a Rogue señalando a la Estatua de la Libertad:

M: ¿Acaso no es magnífica?
R: La he visto antes.
M: Yo la vi por primera vez en 1949. América iba a ser la tierra de la tolerancia. De la paz.
R: ¿Va a matarme?
M: Sí.
R: ¿Por qué?
M: Porque no existe la tierra de la tolerancia. No hay paz ni aquí ni en ningún lugar. Familias enteras son destruidas sólo porque nacieron diferentes a aquéllos que ostentan el poder.

Él sólo quiere lo mejor para su pueblo, ¿no es así? Pues no tanto, como el mismo Logan hace ver, Erik está lleno de hipocresía. Dice luchar por el bien de la comunidad, pero gobierna sobre sus allegados con tiranía y está dispuesto a sacrificar a otros por la causa en la que él cree. “Si fueras tan noble, tú estarías en esa máquina” le espeta Wolverine. Eso es lo que hace de Magneto un villano.

Los actores de reparto también hicieron un gran trabajo; ¡todos ellos! El Instituto Xavier para Jóvenes Dotados se convirtió en una escuela de verdad, un espacio seguro para mutantes jóvenes (muchos de ellos rechazados por sus familias); se volvió un lugar lleno de chicuelos, en donde se imparten clases de todas las asignaturas. En el cómic los únicos en la Mansión X habían sido los miembros en activo del equipo, y lo único que hacían era entrenar todo el santo día en el Cuarto del Peligro.




X-Men, con su éxito en críticas y taquilla, demostró que las películas de superhéroes podían ser buenas otra vez. Hoy en día ya nos hemos acostumbrado a los espectáculos pirotécnicos de Marvel y sus desafortunados imitadores, pero si hemos llegado hasta este punto es porque hubo una evolución muy paulatina. Las carteleras y taquillas de cada año están dominadas por las aventuras de los encapotados, pero no siempre fue así. Sin X-Men jamás habría existido esta oferta palomera que nos hace tan felices a los ñoños del mundo.

X2: X-Men United (2003)
Dir: Bryan Singer



Ay, pero qué título tan pinche feo y complicado le pusieron a esta película. No extraña que se le conozca mejor como X-Men 2 y ya. En fin… La sabiduría popular calificó a esta película como una obra maestra que superó a la primera. Y sí, es muy, muy buena. Pero ahora que las vi una tras la otra en el contexto más amplio de la saga completa, me inclino más por declarar como superior a la primera, por poquito, y sólo porque está mejor redondeada, mientras que la segunda tiene más inconsistencias e irregularidades.

Si en algo triunfa X2 es que tiene más acción y un mayor desarrollo de los personajes conocidos. Es decir, la ventaja que usualmente suelen tener las segundas partes, porque el capítulo inicial tiene que ocupar mucho tiempo en introducciones. Los nuevos personajes son un brillante William Stryker, interpretado por Brian Cox, y un adorable Nightcrawler, interpretado por Alan Cumming.

Algunos de los mejores momentos incluyen a Wolverine yéndose con todo contra un grupo de militares; la secuencia inicial con Nightcrawler y el Dies Irae de Mozart es exquisita; Rogue desarrolla su relación con Bobby, mientras su amigo Pyro se va definitivamente al lado oscuro. Da un gusto enorme el cambio de dinámica que obliga a Magneto y los Hombres-X a trabajar juntos.



Sobre todo, la cinta hace más explícita la equivalencia entre ser mutante y ser miembro de una minoría perseguida. Aquí el villano no es ya otro mutante, pero malo, sino el fanatismo intolerante en la figura de William Stryker, un militar del ejército estadounidense con una agenda claramente genocida. En la cinta anterior el senador Robert Kelly (interpretado por Bruce Davison) es un conservador timorato que esconde sus prejuicios bajo la apariencia de preocupaciones legítimas sobre la seguridad del país, pero que no entiende del todo el daño que hace con la intolerancia que propaga. Ahora, Stryker es el siguiente nivel: un reaccionario violento dispuesto a mancharse las manos de sangre para llevar a cabo sus planes.

Hay algunos diálogos muy buenos. Incluso se formula la frase “el problema mutante”, con ecos de la terminología nazi “el problema judío”. Y cómo olvidar el momento tan ingenioso en el que la madre de Bobby Drake ‘Iceman’ le dice “¿Has intentado… no ser mutante?”, en un claro y jocoso paralelismo al “¿has intentado no ser gay?”, que es una pregunta igual de absurda.



Mi conversación favorita se da entre Nightcrawler y Mystique, ambos de una conspicua apariencia anómala y azul.

N: Dicen que puedes imitar a cualquiera. Incluso la voz.
M: “Incluso la voz”
N: ¿Entonces por qué no te quedas transformada todo el tiempo? Tú sabes… para ser como todos los demás.
M: Porque no deberíamos tener que hacerlo.

Este diálogo trata de uno de los puntos más importantes: los diferentes no tendrían por qué esconderse ni fingir para ser aceptados, no tendrían por qué ocultar su aspecto, su origen, su naturaleza o su personalidad para no incomodar a los “normales”.




Lo malo: una vez más neutralizan al Profesor X desde temprano; a Cyclops no le dan chance de hacer nada y lo pendejean bien gacho (está bien que el personaje sea medio soso, pero déjenle algo de dignidad, ni en los cómics es un completo inútil); Lady Deathstrike casi ni cuenta como personaje, sino que es una herramienta para el antagonista; por añadidura, inicia líneas argumentales que nunca se resuelven. La peli sigue sosteniéndose muy bien con el paso del tiempo. Pero claro, comparado con lo que estaba por suceder, sí es una obra maestra.

Como pilón, esta película me dio una de las frases más sabias de la vida, de boca del buen Magneto: "Nunca confíes en una mujer hermosa, especialmente si está interesada en ti."

X-Men: The Last Stand (2006)
Dir: Brett Ratner



Después del éxito de las dos primeras, el director Bryan Singer aceptó la oferta de dirigir Superman Returns para Warner y abandonó Fox, llevándose consigo a sus guionistas y hasta a James Marsden, quien interpretaba a Scott Summers ‘Cyclops’. Fue un grave error para su carrera, porque con eso acabó arruinando ambas franquicias.

A pesar de que es una mala película, The Last Stand tiene algunos elementos rescatables. Creo que con un nuevo corte de edición podría quedar mejor, sacando la mayoría de las escenas con Ángel, por ejemplo, o poniendo el final alternativo para Rogue, en el que ella no renuncia a sus poderes.


Sus pecados son, por supuesto: le tiene nulo respeto a personajes como Scott, Mystique o Rogue; a Jean Grey (interpretada por una Famke Janssen que siempre dio la talla) la convierte en casi un artilugio de la trama, en vez de un personaje con agencia; la línea argumental de Ángel es un estorbo; forzaron con torpeza la trama de la cura mutante con la de Phoenix en una sola cinta; los one-liners son terribles; y sobre todas las cosas, el que sean los mutantes bonitos y bien portados los buenos, mientras que los tatuados y perforados, los racializados y andróginos, son los malos que se unen a Magneto, socava el sentido de una obra narrativa cuto punto central es la necesidad de aceptar a los que son diferentes.

Pero, por otro lado, esta película tiene secuencias de acción mucho más impresionantes que las dos anteriores. De hecho, en ese sentido tenía un aspecto mucho más comiquero que cualquier otra peli de superhéroes hasta ese momento, con una batalla final que sólo sería superada por la de The Avengers hasta 2012.



Tampoco es completamente boba y vacía, pues plantea el tema de una “cura” para los mutantes, haciendo una obvia referencia a las “terapias de conversión” para la homosexualidad en nuestros días. Hay dilemas morales relevantes: personas como Storm o Wolverine no necesitan la “cura” porque pueden “pasar” como personas normales. Para Beast o Rogue no es tan fácil decir que no. Hasta entre los marginados hay grados de aceptabilidad a los ojos de la gente “normal”.

El señor Worthington, creador de la “cura” y padre de Ángel, no se ve a sí mismo como un intolerante prejuicioso, sino como alguien que quiere “ayudar” a la comunidad mutante a encontrar una solución a su “problema”. Existe mucha gente así en la vida real: no son realmente malas personas, sólo tienen prejuicios nocivos.

Hablando de Hank McCoy, la elección de Kelsey Grammer para el papel fue una brillantez. Storm tiene mayor protagonismo y oportunidad de brillar como una verdadera líder para los X-Men. Colossus, Iceman y Kitty entran en acción. ¡Vemos el Cuarto del Peligro! Además, el momento climático, en el que Logan tiene que matar a Jean es auténticamente conmovedor, así como el final agridulce de la película.



Definitivamente era un capítulo final indigno de la calidad previa de esta serie, y si las cosas hubieran terminado aquí, habría sido una verdadera tragedia. Afortunadamente no fue así…

X-Men Origins: Wolverine (2009)
Dir: Gavin Hood



Esta película es un churro palomero. Debía haber sido una mezcla entre los cómics Origin y Weapon X, pero en vez de eso quedó como una caricatura noventera tratando de ser cool y fracasando en el intento. Esas novelas gráficas son bastante trágicas y violentas, mientras que los productores de Fox querían un producto de acción y aventura que pudiera vender a la chaviza. Terminaron haciendo algo más bobalicón e infantil que las de X-Men. La sola idea de que una cinta de superhéroes pudiera ser primordialmente para un público adulto parecía absurda en aquellos años; estábamos muy lejos de Deadpool y Logan, y The Dark Knitgh no había tenido tiempo todavía de hacer escuela.

Ni hablar de lo que hicieron con Deadpool y cómo desperdiciaron a Gambit. No sé por qué no quisieron castear a Brian Cox para repetir el rol de Stryker; poniéndolo en forma y con algo de maquillaje lo habrían podido hacer lucir más joven, y el señor es mucho mejor actor que Danny Houston (a quien no se parece nada).



Les diré algo: The Last Stand y Origins: Wolverine son malas, pero por lo menos están divertidas y volvería a ver cualquiera de ellas antes que chutarme una vez más Apocalypse o Dark Phoenix, que son anodinas y no llevan a ningún lado. Origins está llena de clichés y efectos especiales malos (las garras parecen sacadas de Roger Rabbit), pero es tan chistosa que resulta un entretenimiento genuino, aunque sea nomás para reírse de lo ridícula que se pone. Además, tiene una secuencia inicial bien chingona.

Honestamente, me encanta Liev Schreiber como Victor; él y el Logan de Hugh Jackman tienen tal química que es un puro agasajo nomás verlos juntos. Fue muy inteligente que decidieran hacerlo un personaje diferente al Sabertooth de la primera película (nunca dicen que éste sea Victor Creed, ni llaman Sabertooth al personaje de Schreiber). Es que, a diferencia de las cintas de la nueva generación, ésta hace un esfuerzo por no contradecir la continuidad establecida por las otras pelis.


No que importe, porque con estas dos últimas la saga parecía haber muerto y quedado enterrada para siempre. El año anterior The Dark Knight había marcado un nuevo estándar de lo que se podía esperar del cine de superhéroes, además de que el Universo Cinemático de Marvel había arrancado con Iron Man. Una nueva etapa había iniciado para el género, y los días gloriosos de X-Men como franquicia habían quedado muy atrás. Sería necesaria sangre nueva para imprimir algo de frescura…


miércoles, 19 de junio de 2019

Mindblow: 12 planteamientos filosóficos que te volarán el cerebro






Uno de los placeres intelectuales más grandes de la vida es el mindblow y el mindgasm, ese momento en el que comprendes algo tan increíble (o que comprendes por qué algo es incomprensible) que sientes que tu mismo cerebro está experimentando un orgasmo. La apreciación del arte y el estudio de la ciencia pueden llevarte a tener esos momentos, pero también lo puede hacer la filosofía.

Hace un tiempo les planteé el viejo problema del árbol en medio del bosque para platicar sobre la importancia de estudiar filosofía. Como les dije en aquella ocasión, el punto no es tanto encontrar una respuesta, sino el proceso de pensamiento que desencadena. En la misma línea, hoy les traigo nada menos que doce planteamientos filosóficos que te volarán la mente hasta que dudes de tu existencia misma.

Ojo, que lo importante no es si decides creerte estos planteamientos o no. De hecho, bien puede ser que al final decidas que son patrañas, falacias o discusiones bizantinas. Lo importante es que hagas el ejercicio de tratar de entenderlos y, entonces, de encontrarles una respuesta propia (se les han dado respuestas y refutaciones a lo largo de la historia, pero yo no te las voy a decir). Esto se trata de ejercitar tu mente en el pensamiento crítico y analítico. Y, con suerte, que tengas un mindgasm ;)

1.- LA NAVE DE TESEO

Según la leyenda, la nave en que viajaba el héroe Teseo había estado en Atenas desde hacía varias generaciones, pues cada vez que una tabla del barco se estropeaba, los atenienses la cambiaban por otra.

Aquí la pregunta es, si todas las tablas han sido cambiadas a lo largo del tiempo, ¿sigue siendo el mismo barco? Si lo es, ¿en dónde se encuentra la esencia, la identidad del barco? ¿En sus materiales, en su estructura, en su historia, en la idea que tenemos del barco? Si ya no es el mismo, ¿en qué momento dejó de serlo? ¿Cuando se cambió la última tabla, cuando se cambió la primera, cuando se sustituyó la mitad? Si tomáramos todas las tablas desechadas y construyéramos un barco, ¿sería el original o uno nuevo?

En un tema relacionado, Heráclito de Éfeso (535-484 a.C.) afirmó que todo está en movimiento y cambio constante, en un proceso interminable de ser y dejar de ser. Él decía que “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Pues si vamos al río un día y al siguiente volvemos, no sólo las aguas del río ya serán otras, movidas por la corriente, sino que nosotros mismos habríamos cambiado, aunque sea de forma imperceptible.

¿Y tú, sigues siendo la misma persona, aunque la mayor parte de las células de tu cuerpo hayan muerto y sido sustituidas por nuevas a lo largo de tu vida?



2.- LA IMPOSIBILIDAD DEL CAMBIO Y DEL MOVIMIENTO:

El filósofo Parménides de Elea (530-¿? a.C.) decía que todo movimiento o cambio es una ilusión. ¿Cómo podía decir eso? ¿Acaso no vemos que las cosas se mueven y cambian todo el tiempo? Él proponía esta explicación lógica: si decimos “yo he cambiado”, ¿a quién se refiere el sujeto “yo”? Si yo soy lo que era antes del cambio, entonces sigo siendo el mismo y no cambié. Si soy otro, el resultado de ese cambio, entonces el “yo” no puede aplicarse a mi persona, y entonces no soy “yo”. Es ilógico. Para Parménides, el cambio es lógicamente imposible y, por lo tanto, una ilusión.

Su discípulo Zenón de Elea (490-430 a.C.) ideó una paradoja para apoyar las ideas de Parménides. ¿Puede Aquiles, un guerrero famoso por su velocidad al correr, atrapar a una lenta tortuga? El sentido común dice que sí, ¿pero cómo? Para que Aquiles pudiera recorrer el total de una distancia, primero tendría que recorrer la mitad, ¿no? Pero antes de recorrer esa mitad, tendría que recorrer la mitad de la mitad. Y antes, la mitad de esa mitad. Y así hasta el infinito. Aquiles tendría que recorrer una infinidad de puntos intermedios para alcanzar a la tortuga. Y por definición no se puede recorrer el infinito. ¿Cómo, entonces, explicamos el movimiento?



3.- EL DESTINO ESTÁ EN LOS ÁTOMOS

Demócrito de Abdera (460-370 a.C.) Decía que toda la materia está formada por partículas diminutas e indivisibles llamadas átomos. Se dice que llegó a esa conclusión al cortar una manzana: si los objetos materiales fueran completamente sólidos, sería imposible cortarlos, dividirlos o romperlos. De modo que la materia debía estar formado por partículas diminutas. En esto, Demócrito se adelantó por siglos a la física moderna.

Pero lo que nos importan son las consecuencias que esto tiene para la vida humana. Demócrito pensaba que todo está gobernado por leyes naturales y que el movimiento de los átomos determina todo lo que sucede. Cada cosa que ocurre es simplemente la consecuencia de todas las cosas que ocurrieron anteriormente. Como si fuera una canica golpeando y haciendo rebotar a las otras, la secuencia de su movimiento está determinada por el movimiento inicial.

Incluso el pensamiento, cuando creemos que elegimos con total libertad, es resultado del movimiento de la materia en nuestro cerebro, el cual responde a nuestra naturaleza, nuestras experiencias y nuestro conocimiento. ¿Cómo podemos hablar de libre albedrío en un universo gobernado por causas y consecuencias?



4.- EL ARGUMENTO DE SAN ANSELMO

El filósofo medieval San Anselmo de Canterbury (1033-1109) propuso el famoso argumento ontológico para probar la existencia de Dios. Decía más o menos así: Todos tenemos la idea de un Ser perfecto, superior a todas las cosas (incluso quienes negamos la existencia de Dios, somos capaces de concebir y comprender esta idea). Si afirmo que el Ser que concibo es perfecto, parte de esa perfección tiene que ser la existencia, pues si ese Ser no existiera entonces no podría afirmar que es perfecto. 

O sea, si digo que la idea de Dios consiste en un Ser perfecto, eso lógicamente implica que existe, o de lo contrario no podría afirmar que es perfecto. Si podemos concebir la idea del Ser perfecto, éste tiene que existir. La idea del Ser perfecto sólo puede existir si el Ser perfecto existe. Por lo tanto, Dios existe.

¿Qué opinas de este argumento? ¿Te parece que tiene sentido? ¿Puedes pensar en qué dirías para apoyarlo o refutarlo?



5.- LA PARADOJA DE GALILEO

El científico italiano Galileo Galilei (1564-1642), además de ser uno de los impulsores de la Revolución Científica, planteó una paradoja que ha causado que más de uno se rompa la cabeza. Los números son infinitos, ¿estamos de acuerdo? Pero de todos los números, la mitad son pares y la mitad son nones. Pero, además, el conjunto de los números pares es infinito, al igual que los números nones. Sin embargo, la totalidad de los números sigue siendo mayor que el conjunto de pares o el de nones.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo podemos hablar de la mitad del infinito? ¿Cómo un conjunto infinito puede ser más grande que otro? Galileo llegó a la conclusión de que los conceptos mayor y menor sólo aplican a cantidades finitas, pero los matemáticos modernos consideran que, en efecto, hay infinitos más grandes que otros. ¿Cómo la ves?



6.- PIENSO, LUEGO EXISTO

René Descartes (1596-1650) se planteaba muy seriamente el problema del conocimiento. ¿Cómo sé que puedo conocer? ¿Cómo puedo confiar en lo que perciben mis sentidos? ¿Cómo sé, por ejemplo, que no estoy atrapado en un sueño, o que un demonio maligno pone ante mí un mundo que es sólo una ilusión?

Descartes duda para no dudar, es decir, duda de todo hasta encontrar un principio firme del cual no se pueda dudar y desde el cual se pueda construir el conocimiento. En esto consiste la duda metódica, o duda cartesiana. Puedo dudar de todo, pero si dudo es porque tengo una mente con la cual puedo dudar. Si dudo, quiere decir que por lo menos mi mente existe, que yo existo. La existencia de mi mente y de mí mismo es esa certeza de la cual puedo partir para conocer el mundo. Descartes lo expresa con la famosa frase Cogito, ergo sum, “Pienso, por lo tanto, existo” (y no “primero pienso y después existo”, como mucha gente lo malentiende).

La segunda parte de su razonamiento es menos intuitiva. Descartes se pregunta, ¿cómo puedo saber que existe Dios? Él nota que la idea de perfección no puede venirle del mundo, puesto que en éste nada es perfecto. Tampoco puede venir de sí mismo, puesto que él no es perfecto. Esta idea tuvo que estar de forma innata en su alma. ¿Quién la puso ahí? Tendría que haber sido el creador de su alma, un ser perfecto, es decir, Dios. Y si Dios existe y es bueno y perfecto, no pondría frente a él un mundo para engañarlo, así que el mundo también debe ser real.



7.- LA APUESTA DE PASCAL

Blaise Pascal (1623-1662) fue un brillante científico y matemático. Inventó la primera calculadora (la pascalina) y aportó al estudio de la probabilidad y de la mecánica de fluidos. Además, fue filósofo. Una de sus contribuciones más memorables fue la llamada Apuesta de Pascal. Él se plantea si uno debe creer en Dios o no, y hace un cálculo para determinar cuál es la apuesta más segura. Si Dios no existe y creo en él, no pasa nada. Si Dios no existe y no creo en él, no pasa nada. Si Dios existe y creo en él, me salvaré. Pero si Dios existe y no creo en él, me condenaré. Por cuestión de probabilidades, lo más seguro es creer en Dios. ¿Qué opinas de este razonamiento?

Una versión tecnofuturista de este dilema se ha planteado en los últimos años en comunidades en Internet: el Basilisco de Roko. Imagina que fuera posible crear una inteligencia artificial que fuera consciente de sí misma y capaz de acceder a todo el conocimiento humano a través de las redes. Rápidamente, este basilisco tomaría el control del mundo y se dedicaría a castigar retroactivamente a todos aquellos que en el pasado no ayudaron a su creación.

Volvamos al presente. Teniendo en cuenta que la creación del basilisco es una posibilidad latente, ¿ayudarías a su construcción para evitar recibir un castigo en el futuro? ¿Te opondrías a su creación, sabiendo que, si no logras evitarla, el basilisco te castigará?



8.- EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN

En lógica, la inducción consiste de partir de información particular hacia conclusiones generales. Es el método de las ciencias naturales, pues son las que tratan de encontrar patrones o principios generales. Pero el filósofo David Hume (1711-1776) señaló un problema latente: ¿cuán seguros podemos estar de que, cualquiera que sea el número de observaciones individuales que se han realizado, la próxima se conformará a las expectaciones? El hecho de que el sol salga todos los días no significa que también saldrá mañana.

Es materialmente imposible que podamos revisar la totalidad de los casos. Y si pudiéramos, de nada serviría hacer inducciones. Tenemos que partir de una muestra limitada y concluir a partir de ella principios generales. ¿Pero cómo podemos estar seguros de que no estamos haciendo generalizaciones infundadas?

Podemos contar con que hasta ahora la inducción nos ha funcionado bien, o sea, que cada caso de inducción hasta ahora aplicado ha dado resultados. Pero, oh ironía, eso sería hacer inducción también. Podría llegar a darse el caso en que la inducción fallara. Además, si resulta no es confiable, la deducción tampoco. La deducción parte de conocimientos generales y si esos conocimientos son inexactos, las conclusiones que infiramos a partir de ellos serán falsas. ¿Cómo salimos de este embrollo?



9.- LA PARADOJA DE LOS CATÁLOGOS

Bertrand Russell (1872-1970), en su faceta como matemático, es autor de uno de los problemas más inquietantes de la filosofía de esta ciencia: la paradoja de los catálogos. Cada biblioteca tiene un libro que es un catálogo de todos los libros que tiene la biblioteca. Algunos de estos catálogos se incluyen a sí mismos en la lista de libros, pero otros no. Ahora, supongamos que queremos hacer un par de catálogos de los catálogos de las bibliotecas, y hacemos uno que enlista a todos los catálogos que se incluyen a sí mismos y otro en el que se enlistan los catálogos que no se incluyen a sí mismos.

Hasta aquí todo bien. El catálogo de los catálogos que se incluyen a sí mismos lo podemos poner en la misma lista. Pero, ¿dónde ponemos al catálogo de los catálogos que no se enlistan a sí mismos? Si no lo anotamos en su propia lista, entonces es de los que no se enlistan a sí mismos y por lo tanto lo tendríamos que poner en sí mismo. Pero si lo ponemos en sí mismo, entonces tendríamos que ponerlo en el catálogo de los catálogos que se enlistan a sí mismos. Esta paradoja fue expuesta por Russell para demostrar las contradicciones de la teoría de conjuntos en la filosofía de las matemáticas.



10.- ZOMBIS FILOSÓFICOS

¿En qué consiste la consciencia? Éste es uno de los problemas más longevos de la historia de la filosofía. En el siglo XX se plantearon algunos experimentos mentales para abordarlo. Uno de ellos es el de los zombis filosóficos, ideado por el filósofo australiano David Chalmers (nacido en 1966).

Obviamente tú tienes una mente, tienes pensamientos y percibes el mundo con tus sentidos, ¿verdad?. Pero, ¿cómo sabes que los demás a tu alrededor también tienen una vida interior? Podrían ser zombis, que en todo se vieran y se comportaran como seres humanos, pero no tuvieran consciencia, sino que sólo actuaran por reflejo.

Después de todo, nuestro cerebro realiza muchas funciones automáticas que no dependen de que nosotros estemos conscientes de ellas: desde la digestión hasta el crecimiento y las reacciones involuntarias. ¿Cómo saber que el actuar, incluso el hablar y el convivir, de otra persona no es así? Funcionalmente, no sería distinto de un ser humano con consciencia, excepto que tendría ninguna clase de vida interior. No podemos asegurar que alguien tiene consciencia sólo porque así se ve desde fuera.



11.- LA HABITACIÓN CHINA

Otro experimento para abordar el problema de la consciencia es el de la habitación china, planteado por John Searle (nacido en 1932). Supongamos que tenemos una habitación en la cual hay algunas personas, ninguna de las cuales habla la lengua china. Alguien afuera de la habitación escribe en una papeleta una pregunta en chino y la inserta en una ranura. En la habitación hay un manual con instrucciones que indica a las personas adentro que cuando reciban una papeleta con los símbolos tales, respondan sacando un papel con otros símbolos cuales. Así, la persona afuera estaría recibiendo las respuestas correctas en chino, a pesar de que ninguna de las personas habla esa lengua.

¿Eso significa que la habitación habla chino? ¿Qué hay entonces de una computadora programada con miles de funciones que imitan el pensamiento de una persona, aunque ninguna de ellas esté consciente de lo que hace? ¿Será posible que nuestras propias mentes funcionen de forma parecida, como la suma de muchos órganos llevando a cabo funciones distintas sin que la consciencia resida como tal en ninguno de ellos?



12.- EL DILEMA DEL TRANVÍA

Ideado por la filósofa Philippa Foot (1920-2010), este dilema pone a prueba nuestras convicciones éticas. Un tranvía corre descontrolado por una calle y, si sigue su curso, atropellará a cinco personas. Tú estás de pie junto a una palanca capaz de desviar el tranvía hacía una riel alternativa; pero si lo desvías, causarás la muerte de una persona atrapada en las rieles.

¿Qué hacer? ¿Cuál es nuestro deber moral? La muerte de una sola persona es menos mala que la muerte de cinco, claro está. Pero, ¿tienes tú el derecho a tomar esa decisión? ¿Podrías vivir con ella? Si te quedas quieto y dejas que esas cinco personas mueran, ¿no sería igualmente tu responsabilidad? ¿Eres igualmente responsable de lo que sucede como consecuencia de tus omisiones?

¿Qué tal si no fueran solamente cinco personas, sino diez o veinte? ¿Cambia en algo el dilema? ¿Y si la sola persona a la que tuvieras que sacrificar para salvar a las veinte fuera una eminencia médica, un genio de la ciencia o un gran talento artístico? ¿Se puede sopesar así el valor de una sola persona contra el de veinte? ¿Y si fuera un ser querido tuyo?



Espero tus respuestas tentativas y comentarios. Espero que se  despierte tu interés en temas filosóficos y te den ganas de aprender más. Si estás en una fiesta pachequeando con tus amistades, que saquen su celular y lean estos planteamientos, para ver cómo se viajan. Si esta entrada les gusta y recibe muchas vistas y compartidos, haré una continuación sobre planteamientos filosóficos útiles para la vida práctica. Nos vemos.

martes, 11 de junio de 2019

La Edad de las Tinieblas. Fanatismo religioso y declive cultural




En el siglo V a.C., el médico griego Hipócrates describió la epilepsia como una enfermedad con causas naturales, relacionada con los fluidos del cerebro. En el siglo XIV d.C., el médico inglés John de Gaddesden recomendaba leer los Evangelios al epiléptico mientras le colocaba un pelo de perro blanco.

El gran naturalista Plinio (23-79 d.C.) describió la Tierra como un orbe, y declaró que con seguridad habría seres humanos en toda su superficie, de tal forma que los que viven en el otro extremo del globo serían nuestras antípodas. Pero en el siglo VIII un sacerdote cristiano llamado Virgilio fue acusado de herejía por creer en ello.

¿Cómo se pasó de una cosa a la otra? ¿Qué sucedió en el ínter? La civilización grecolatina colapsó y emergió la civilización cristiana medieval. La famosa, o infame, edad oscura, de la que a menudo se habla en la conversación general o la cultura pop.

Cuando se habla del Medioevo como una época de oscuridad e ignorancia (el cliché de la imagen que encabeza este texto), los más versados, con toda razón, suelen hacer notar que aquellos siglos tuvieron mucho para presumir en cuanto a esplendor cultural. Fue la era del establecimiento de las primeras universidades, el desarrollo de la arquitectura románica y la gótica, la construcción de grandes catedrales y castillos, el florecimiento de la literatura y la poesía (el dulce stil nuovo, los cantares de gesta, las novelas de caballería), de hermosos retablos, vitrales, frescos, tapices y manuscritos iluminados.

Fueron los siglos de Tomás de Aquino, Dante Alighieri, Francesco Petrarca, Giovanni Boccaccio, Leonardo Fibonacci, Geoffrey Chaucer, Hildegarda de Bingen, Roger Bacon, William de Ockham, Chrétien de Troyes, Leonor de Aquitania, Cristina de Pizán… Todos esos nombres son señal incuestionable de un esplendor cultural. Incluso el término Edad Media, una invención de los orgullosos renacentistas, ha sido cuestionado.



Pero ello es ignorar que todo ese esplendor se dio a partir del llamado Renacimiento del Siglo XII[1], a partir del cual inicia la Baja Edad Media. ¿Y qué pasó desde la caída del Imperio hasta entonces? Los siglos entre el V y el VIII fueron la verdadera Edad Oscura. En el 395 el Imperio Romano se dividió en dos, y la mitad occidental entró en decadencia para caer definitivamente en el 476. El mundo romano se descompuso en una multitud de reinos bárbaros, inestables y que guerreaban constantemente entre sí. Ello significó el deterioro del magnífico sistema de caminos, la interrupción del comercio a nivel continental, el parcial abandono de las ciudades, la reducción demográfica en Europa y, lo que a nosotros nos interesa, la pérdida de conocimiento científico y técnico, así como la desaparición de incontables obras literarias y filosóficas.

Algunos datos nos dan una idea. En su mejor época, Roma tenía millón y medio de habitantes, y en ella había veintinueve bibliotecas públicas; en el siglo V, la población se había reducido a 30 mil y no quedaba biblioteca alguna; casi un milenio más tarde, sólo quedaban 17 mil habitantes. De las 82 obras que escribió el poeta griego Esquilo (526-555 a.C.) y las 123 que escribió Sófocles (496-406 a.C.) sólo sobrevivieron siete de cada uno. Los restos óseos nos muestras que las personas de la época romana eran más altas, más longevas y con mejor salud que las de la temprana Edad Media. El concreto, bien conocido por los romanos, desapareció tras la caída del Imperio y tuvo que ser redescubierto hacia el siglo XIII.



Edward Gibbon (1737-1794), en su clásica Decadencia y caída del Imperio Romano, acusa ni más ni menos que al cristianismo de haber sido una de las causas principales de este declive, pero los historiadores modernos consideran que en realidad los factores son muchos más y más complejos. Las causas materiales son más importantes que las culturales. Pesan más las crisis económicas, las guerras civiles, los malos gobiernos, la corrupción generalizada y, por supuesto, las invasiones bárbaras.

Pero lo cierto es que la cristiandad temprana tuvo un papel primordial y directo en la destrucción de uno de los pilares fundamentales de la cultura grecolatina: su acervo de conocimientos y las instituciones encargadas de preservarlo y transmitirlo. Lo que es más, tenía el interés y el poder para hacerlo.

El filósofo romano Séneca (4-65 d.C.) se refirió al cristianismo como “esa nueva superstición”. Era una religión de la plebe, a la cual las clases dominantes en el mundo romano miraban con desdén. Los romanos educados veían a los cristianos como bárbaros, primitivos, enemigos del Imperio. Conversamente, el conocimiento de los autores clásicos grecolatinos, que distinguía a los miembros de la élite, era rechazado por los cristianos por su relación intrínseca con la clase dominante pagana. “Sí, somos bárbaros”, dijo Clemente de Alejandría (150-217).

El escritor cristiano Lactancio (245-325) expresó: “¿A qué propósito sirve el conocimiento? ¿Pues en cuanto a las causas naturales, qué bendición me confiere saber dónde nace el Nilo o cualquier otra cosa bajo los cielos sobre la que los ‘científicos’ desesperan?”. También se burló de las ideas de Plinio sobre la redondez de la tierra: “¿Habrá alguien tan insensato que crea que hay hombres que caminan con los pies hacia arriba y que los cultivos y los árboles crecen hacia abajo?”

El obispo Filastrio de Brescia (330-397), se expresó de forma similar sobre el saber científico: “Hay cierta herejía con respecto a los terremotos, según la cual éstos no son provocados por el mandato de Dios, sino por la naturaleza de los elementos… Haciendo caso omiso de los poderes de Dios, estos herejes pretenden atribuir el movimiento a los elementos de la naturaleza… Como ciertos filósofos, que, adjudicando esto a la naturaleza, ignoran el poder de Dios.”

San Jerónimo de Estridón (340-420), uno de los Padres de la Iglesia y el primer traductor de la Biblia al latín, se fustigaba a sí mismo por el amor que seguía sintiendo a los autores clásicos, un apego que él y otros consideraban pecaminoso. Tras una visión celestial, experimentada durante una severa fiebre, juró nunca volver a poseer ni leer “libros mundanos”. Su contemporáneo, el patriarca Juan Crisóstomo (347-407), dijo “refrenemos nuestro raciocinio y vaciemos nuestra mente de conocimiento secular, para que la mente esté limpia y pueda recibir las palabras divinas”.


Las palabras de los pensadores cristianos no caían en oídos sordos. En el siglo IV, cuando Constantino (272-337) legalizó el cristianismo, mayoría de sus habitantes del Imperio no se habían unido a la nueva fe y los que se le oponían abiertamente eran muchos. Sin embargo, los cristianos tenían una organización muy superior a cualquier otro grupo, por lo que podían hacer que su influencia pesara mucho más.

Los gobernantes que abrazaron la nueva religión usaron su poder político para perseguir la herejía y el paganismo. Entre las décadas de 340 y 380 aparecieron los primeros textos cristianos que clamaban por una intolerancia religiosa total; los gimnasios, instituciones educativas para la juventud romana, desaparecieron por esos años. El cristianismo pasó de ser una religión minoritaria y perseguida, a ser una empoderada y opresora.

El emperador Valente (328-378) llevó a cabo una persecución tan dura de las prácticas paganas que hasta el mero hecho de poseer libros lo volvía a uno sospechoso. El historiador pagano Amiano Marcelino (330-400) cuenta que los ciudadanos cultos estaban tan aterrorizados que preferían quemar sus bibliotecas que ser objeto de pesquisas.

En el 391, el obispo Téofilo de Alejandría azuzó a los cristianos a saquear el Serapeo, uno de los últimos herederos de la otrora gloriosa Biblioteca de Alejandría; en el 415, el nuevo patriarca Cirilo incitó a una turba de cristianos al linchamiento y asesinato de Hipatia, la última gran pensadora de la Antigüedad pagana; el emperador romano Teodosio prohibió los Juegos Olímpicos, junto con todas las celebraciones paganas, en el 393; Justiniano proscribió la enseñanza de la filosofía griega y clausuró la Academia de Atenas en el 529.



Lo que vino después fue la oscuridad. Trescientos años de barbarie y estancamiento cultural en Occidente que no verían su fin sino hasta el arribo de Carlomagno a finales del siglo VIII. La civilización cristiana tardó siglos en refinarse lo suficiente como para poder producir logros intelectuales que pudieran compararse a los de la Antigüedad clásica.[2]

Por regla general, las religiones politeístas eran bastante tolerantes unas con las otras, y la jerarquía religiosa sólo reaccionaba cuando el ataque era directamente en su contra. Las religiones monoteístas, en cambio, fueron mucho más intolerantes. En efecto, cuando ya crees en un montón de dioses ¿qué más da si tu vecino cree en otro montón? A lo mejor hasta son los mismos con otros nombres. En cambio, cuando crees que hay un único dios verdadero, por lógica todos los demás son falsos, y sus religiones no sólo están en un error, sino que son malvadas.

Ésa es la razón por la cual los romanos persiguieron a los cristianos en un principio (y con lujo de crueldad); no eran solamente una nueva religión, sino una que negaba la validez de todas las demás, incluyendo los cultos en los que se sustentaba la autoridad del Imperio. Ésa es también la razón por la que el Mediterráneo, que durante toda la Antigüedad había conformado un solo mundo interconectado, con el ascenso de las religiones monoteístas quedó dividido, como hasta nuestros días, en un norte cristiano y un sur y levante musulmanes.

Hablando de los musulmanes, no podemos dejar de mencionar que tuvo una historia muy similar. Durante la Edad Dorada del Islam (siglos VII-XI), que corresponde a los Califatos Omeya y Abasí. En el mundo de los árabes, persas y otros pueblos unificados bajo la religión de Mahoma, se desarrollaron las matemáticas, la astronomía, la química, la medicina, la agronomía, la arquitectura, la filosofía y la poesía, además de que sus pensadores preservaron, tradujeron y difundieron obras filosóficas de la Antigüedad clásica que en Occidente se habían perdido. La Casa de Sabiduría de Bagdad fue a esos siglos lo que la desaparecida Biblioteca de Alejandría había sido al mundo clásico, y hubo otras tantas instituciones de investigación y educación a lo largo del mundo islámico, en tres continentes.




Pero en el siglo XI se dio una vuelta al fundamentalismo religioso y con ello el fin del enfoque humanista y racionalista que había hasta entonces caracterizado la cultura musulmana. En esos años surgieron las madrasas, escuelas teológicas que predicaban la suspicacia contra las tradiciones intelectuales extranjeras y la inferioridad de la ciencia y la filosofía frente a la religión. Los nuevos teólogos, sumamente ortodoxos, consideraban que el Corán era suficiente guía para todo el actuar y el pensamiento humano. En el siglo XII el califa almohade Al-Mansur decretó que aquellos que pensaran que se puede encontrar la verdad a través de la razón estaban condenados al infierno; Todos los libros sobre lógica y metafísica fueron entregados a las llamas. A partir de ese momento el mundo musulmán dio una vuelta hacia la cerrazón.

Cuando se habla de la relación entre la religión y el oscurantismo, nunca falta quienes (de nuevo, con toda razón), subrayan que el esplendor de la cultura medieval se dio no sólo en el seno de una cultura profundamente religiosa, sino impulsado por instituciones eclesiásticas. Las primeras universidades de Europa fueron católicas, los monjes preservaron el conocimiento del mundo clásico durante los siglos de caos, y muchos grandes pensadores de la Edad Media (y aún de los siglos siguientes) fueron personas de fe que se formaron y trabajaron en instituciones religiosas.

Todo ello es cierto, pero también lo es que las religiones, en sus formas más dogmáticas e intolerantes, contribuyeron a sumir a sus sociedades en largos inviernos de ignorancia. Aun en la mejor época de la cultura medieval, al mantener un monopolio sobre la preservación y transmisión del conocimiento, la Iglesia permitió su avance, pero sólo hasta cierto punto; la rigidez escolástica excluía la investigación empírica, y en cuanto los avances científicos se oponían al dogma religioso, la Iglesia usaba su poder para suprimirlos. Y no olvidemos que a esos mismos siglos pertenecen la barbarie de las Cruzadas y la Inquisición.




Cada año, en clase de Filosofía, planteo el siguiente debate entre mis alumnos: “¿Ha contribuido la religión al avance de la humanidad, o al contrario?”. A propósito dejo el planteamiento ambiguo (¿qué religión? ¿qué tipo de avance?), porque lo que quiero es que se den cuenta de que en realidad el asunto es mucho más complicado de lo que parece a simple vista.

Soy ateo, pero he dejado atrás esa etapa de adolescente tardío en la que creía que todo lo que pudiera venir de la religión es malo, y que la solución a muchos problemas vendría con eliminar la religión. Muchas personas e instituciones religiosas han hecho grandes aportaciones al desarrollo (social, científico, artístico) de la humanidad. Por otro lado, la intolerancia, la persecución y la violencia contra los que piensan diferente pueden darse también bajo ideologías seculares, como se ha visto en el siglo XX con la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, o hasta los Estados Unidos de McCarthy. No es coincidencia que los dictadores persigan y estigmaticen a los intelectuales.

El punto es menos si hay religiones o no, sino qué tan dogmáticas e intolerantes son las organizaciones religiosas y, sobre todo, cuánto poder tienen para ejercer esa intolerancia de forma que daña a las personas y las comunidades. El progreso social, intelectual y moral es posible, pero nada dicta que sea inevitable y, lo que es más, puede ser muy frágil. Por eso debemos estar alertas ante el crecimiento de los sectores religiosos que echarían para atrás el avance de la sociedad; debemos mantener a raya el fundamentalismo, sin ceder ni un centímetro a las pretensiones de quienes quisieran imponernos las reglas de vida de sus jefes imaginarios.

De ahí la importancia de preservar la laicidad y la libertad de pensamiento y expresión; el imperativo de que un estado democrático se fundamente en principios seculares y no religiosos, sea cual la sea la fe de sus gobernantes y de la mayoría de su población. De ahí la necesidad de fomentar el pensamiento crítico, impulsar el avance del conocimiento científico y dar apoyo a la creación artística libre de dogmas, aunque los piadosos puedan sentirse amenazados. En nosotros queda la posibilidad de impulsar nuevos renacimientos o una nueva edad de las tinieblas.


Obras consultadas:

Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell
Ideas. Una historia intelectual de la humanidad, de Peter Watson



[1] Tampoco podemos olvidar el Renacimiento Carolingio, entre los siglos VII y VIII
[2] La cultura clásica también estaba llena de brutalidad e irracionalidad, y también hubo episodios de persecución antiintelectual; recordemos que Sócrates fue condenado a morir por la democracia ateniense en plena época dorada de la filosofía griega.

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