viernes, 27 de julio de 2018

El año que conmocionó al mundo

Publicado originalmente en Soma




Mil novecientos sesenta y ocho fue el año más sangriento en la historia de la Guerra de Vietnam; de los asesinatos de Bobby Kennedy y Martin Luther King; de los movimientos estudiantiles en Estados Unidos, México, Francia, Alemania y Polonia; de las Olimpiadas de la Ciudad de México y la matanza de Tlatelolco; de los disturbios raciales en ciudades estadounidenses; de la Primavera de Praga y de la invasión soviética a Checoslovaquia; de la misión Apolo 8 y del primer vuelo tripulado alrededor de la luna.

Para celebrar el aniversario número 50 de aquel año en el que “mayo duró 12 meses”, les recomiendo esta obra del historiador Mark Kurlansky, quien recorre cada una de las estaciones del 68, relatando los acontecimientos importantes que sacudieron el mundo. Pero no es sólo eso, sino que para comprender cada suceso y fenómeno, nos cuenta los antecedentes que llevaron al fatídico año, y las consecuencias que tendría a corto y mediano plazo.

“Cuatro factores históricos confluyeron para crear 1968: el ejemplo del movimiento por los derechos civiles, que en su momento era tan nuevo y original; una generación que se sentía tan diferente y alienada que rechazaba toda forma de autoridad; una guerra tan universalmente odiada alrededor del mundo que dio una causa a los rebeldes que buscaban alguna; y todo esto sucediendo al tiempo que la televisión llegaba a la mayoría de edad, pero era todavía lo demasiado nueva como para ser controlada, destilada y empaquetada como lo es ahora.”


La historia, cultura y contracultura de los 60 son de mis temas favoritos, y algo ya sabía al respecto. Aún así, el libro fue una gran fuente de información sobre muchos asuntos de los que no sabía casi nada. Por ejemplo, ignoraba que el movimiento estudiantil polaco había sido tan grande e importante, y desconocía los detalles de lo ocurrido en lugares como Alemania, Inglaterra, Italia o Canadá. Como era de esperarse, el autor dedica el foco principal de su obra a lo acontecido en Estados Unidos. De hecho, el libro está estructurado más o menos así: un capítulo para EUA y otro para algún otro país, intercalados.

El libro da perfiles muy completos de algunos de los protagonistas de aquel año, como Martin Luther King, Betty Friedan, Abbie Hoffman, Lyndon B. Johnson, Charles De Gaulle, Alexander Dubček, Daniel Cohn-Bendit, Richard Nixon y otros tantos que no conocía ni de nombre. Aunque, debe recordarse, que el 68 no fue creación de individuos particulares, sino de grandes movimientos colectivos, que se negaban a tener líderes sino voceros.



Muchos de los movimientos que llegaron a convertirse en manifestaciones y plantones que paralizaron ciudades empezaron con sucesos anecdóticos. Fue la represión gubernamental, la falta de comprensión por parte del poder hacia el fenómeno social que estaban enfrentando, lo que los llevó a una escalada que no se detuvo hasta que uno de los dos lados golpeó tan fuerte que el otro no pudo golpear de vuelta.

Por supuesto, yo esperaba con ansias llegar al capítulo sobre México. Éste inicia de forma algo torpe, con un innecesario recuento de la Revolución Mexicana (relevante para entender al PRI, supongo), que además contenía un par de errores factuales, referentes a las muertes de Madero y Villa. Sin embargo, fue muy interesante leer sobre lo que pasó en la capital de nuestro país desde la perspectiva de un estadounidense.

Me llamó la atención que a él le llamara la atención que en los círculos educados de México la tradición intelectual francesa tuviera tanta relevancia e influencia. Es cierto: en los libros y memorias que he leído sobre el 68 mexicano siempre se menciona el mayo francés y a intelectuales galos como las principales influencias externas del movimiento estudiantil nacional. A Kurlanksy le extraña que lo ocurrido en Berkeley, Columbia y Chicago, mucho más cerca en la geografía, no estuviese más presente en el imaginario mexicano.

Lo ocurrido en México sobresale también por la violencia. Kurlanksy opina que el error de todos los gobiernos del mundo ante los movimientos estudiantiles fue el reaccionar con violencia represiva, pues ello sólo enardeció más a los rebeldes. Pero en Estados Unidos los hippies y manifestantes anti-guerra eran “sólo” apaleados y encarcelados (a los afroamericanos sí los mataban); en Francia hubo sólo tres muertos a pesar de la brutalidad policiaca; y hasta los soviéticos que invadieron Checoslovaquia mataron a menos personas que el gobierno mexicano durante el 68.



Pero no se crea que el libro trata solamente de hippies pachecotes y manifestaciones estudiantiles. Otros aspectos importantes de la geopolítica de los 60 son abordados, como la situación de Israel, la guerra en Biafra, el gobierno de Pierre Trudeau en Canadá y la consolidación del régimen castrista en Cuba. Tampoco podría dejar de lado la parte cultural, con la música, los libros y el cine que hicieron historia, la forma en la que la TV estaba cambiando la manera en que la gente se informaba, o cómo las drogas recreativas constituían el corazón de un auténtico movimiento cultural.

El arte, la música y la literatura fueron fundamentales para expresar y construir el espíritu de la época. Las canciones de protesta eran popularizadas por estrellas de rock; se representaban obras de teatro que cuestionaban el statu quo; los jóvenes encontraban inspiración en las obras de generaciones pasadas; 1968 fue quizá el último año en el que la poesía dio best-sellers.

La segunda ola del feminismo, nos cuenta Kurlansky, irrumpió en el imaginario estadounidense en 1968 con la manifestación de feministas radicales a las afueras del certamen Miss América. Antes de eso, el movimiento era poco conocido para el gran público, que consideraba que el feminismo había logrado sus objetivos a principios de siglo, con el derecho al voto. La incomprensión general de la población hacia el feminismo es muy similar a la de hoy en día, en que muchas personas piensan que ulteriores luchas por los derechos de las mujeres son innecesarias.

La mayoría de los movimientos sociales de protesta de aquellos años eran bastantes sexistas para estándares actuales. Los voceros eran siempre hombres y dejaban a las compañeras de lucha en lugares secundarios, casi como secretarias y asistentes de los luchadores sociales. El mismo Martin Luther King, famoso por sus infidelidades, opinaba que era mejor para las mujeres estar en casa y dejar la lucha a los hombres.

En Europa, la obra de Simone de Beauvoir inició la segunda ola con más de una década antes de que en Estados Unidos hiciera lo propio Betty Friedan. Estas pensadoras, y otras tantas, dieron a las mujeres de los 60 el vocabulario y los conceptos que les permitieron comprender las relaciones de poder entre géneros y cómo afectaban sus vidas. Y ya desde aquellos años se perfilaba una diferencia entre los movimientos liberales y los radicales dentro del feminismo.


El libro cierra con reflexiones sobre lo que ha significado el 68 para la posteridad. No cambió el mundo como muchas personas, en ingenuo optimismo, esperaban. El ejército estadounidense no volvió a imponer levas obligatorias, pero no dejó de invadir otros países; sólo aprendió cómo vender mejor sus guerras a la opinión pública. Más de una década del movimiento por los derechos civiles, además de las recientes manifestaciones masivas y los disturbios en las ciudades estadounidenses, provocaron una reacción conservadora de la sociedad estadounidense, que llevó a la victoria a Richard Nixon y a la reconfiguración del partido Republicano como una organización eminentemente de derechas que todavía capitaliza el voto de los blancos racistas.

Sin embargo, muchas cosas cambiaron. Los sesentayocheros no “se calmaron”; algunos se radicalizaron y se volvieron guerrilleros, otros continuaron siendo activistas y muchos más se convirtieron en escritores, periodistas y profesores universitarios, y siguieron trabajando, a su manera, para cambiar al mundo. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían autoridad moral en sus respectivos bloques; después del 68, con las atrocidades en Vietnam y la brutal represión de la pacífica Checoslovaquia, la perdieron. El mayo parisiense revolucionó la sociedad francesa. En México, la matanza de Tlatelolco fue el principio del fin para el PRI.

El libro fue publicado en 2004, así que el autor no tenía ni idea de que 2011 sería otro annus mirabilis, en el que miles de personas en decenas de ciudades en todo el mundo participaron en diversos movimientos de protesta contra el statu quo. Aquél fue el año de la Primavera Árabe, el movimiento de los Indignados en España y el Occupy Wall Street, por mencionar a los más importantes (el año siguiente, México tendría su Yo Soy 132).



Hay varias similitudes entre estos movimientos juveniles y los de los 60. Por ejemplo: el nuevo medio de comunicación del siglo XX, la televisión, fue uno de los factores más importantes que permitieron que los movimientos juveniles, a pesar de sus especificidades locales, tuvieran muchos rasgos comunes a nivel global. Internet jugó un papel análogo en 2011. Si los sesenta tuvieron el Movimiento por los Derechos Civiles, los dosmildieces han tenido Black Lives Matter; ambos surgieron bajo gobiernos de corte liberal y enfrentaron la reacción ultraconservadora encarnada en la figura de un nuevo presidente de derechas. Aunque, claro, la estatura intelectual y política de Nixon está muy por encima de la de Trump.

En Polonia y Checoslovaquia se acusó a los jóvenes del 68 de ser burgueses contrarrevolucionarios; en Occidente se les acusó de estar manipulados por el comunismo internacional; en México se hablaba ora de complots orquestados por Estados Unidos, ora de manipulaciones de la Unión Soviética. La realidad, como en 2011, es que ninguna mano movía los hilos. Se trataba de un fenómeno generacional, espontáneo, sin jerarquías y de alcance global.

Tanto en 1968 como en 2011 los jóvenes se alzaban contra el autoritarismo y los abusos del poder, y buscaban una transformación total de la vida social. Por eso fallaron; querían abarcar mucho y apretaron muy poco. El lema del mayo francés “Seamos realistas y pidamos lo imposible” refleja el sentir de la época. La teoría marxista, que guiaba movimientos de más larga trayectoria y con raíces más profundas, dictaba que primero había que construir bases y desarrollar bien una ideología. Por eso los movimientos obreros nunca pudieron entenderse bien con el de los chicos universitarios de clase media.



Así, el libro contiene lecciones valiosas para las generaciones que quieran hacer el intento de cambiar el mundo. Qué estrategias resultaron efectivas, qué errores se cometieron, qué abusos por parte del poder no se pueden permitir otra vez, en qué promesas ya no se puede confiar más, pero sobre todo, cómo la fuerza de la juventud, impulsada por ideales, es capaz de poner de cabeza el orden social y sembrar las semillas de cambios venideros.
 “Como Camus escribió en El rebelde, aquellos que anhelan tiempos pacíficos en realidad anhelan ‘no el alivio, sino el silencio de la miseria’. Lo emocionante del año 1968 fue que se trató de un tiempo en el que segmentos significativos de la población de todo el globo se rehusaron a permanecer en silencio respecto a lo mucho que estaba mal en el mundo. No pudieron ser silenciados. Había demasiados de ellos y, si no se les daba otra oportunidad, se pararían en las calles y gritarían al respecto. Esto dio al mundo un sentimiento de esperanza que rara vez ha tenido, un sentimiento de que, donde haya injusticia, siempre habrá gente que la expondrá y tratará de cambiarla.”

martes, 24 de julio de 2018

Lucy en el Cielo con Diamantes


Publicada originalmente en Memorias de Nómada



Ésta es una historia real. Le sucedió al amigo de un amigo. O tal vez no. O sí. Vaya usted a saber.

Corría el año 2008. O sea, a cuatro décadas de aquel mítico, funesto, romantizado y satanizado 1968, año medular de la era hippie, la contracultura, los movimientos estudiantiles revolucionarios y el estreno de tres de mis películas favoritas (2001: Odisea del espacio, El planeta de los simios y La noche de los muertos vivientes, por si tenían la curiosidad).

Como soy medio extravagante, me da por llenar las fechas con significados simbólicos y por honrar las efemérides, porque dice la Ley que “Santificarás las fiestas”. O sea, en ese cuadragésimo aniversario de 1968 quería ponerme bien hippie. Además, tenía un año desde que acabé la universidad, y al igual que todo joven que pasa por esas instituciones, acabé bien chairo.

Cris (llamémosla así, aunque no es su verdadero nombre, o tal vez sí) llegó a mi depa a la mitad de una nuevo capítulo de Lost (la serie ya andaba chafeando cada vez peor) con la noticia de que me había conseguido el LSD con el que tanto la había estado chingue y chingue. Había leído algunos textos sobre la psicodelia sesentera y la historia (y la ciencia) del LSD, así que tenía muchas ganas de probarlo, además de que quería que un personaje de uno de mis textos se diera un viaje de LSD y debía tener la experiencia para poderla describir adecuadamente. Todo sea por el arte.

Cris me dio algunas recomendaciones: que me mantuviera tranquilo, que buscara estímulos visuales y que recordara que, pase lo que pase, el efecto del LSD se va tarde o temprano. Que no iba a ver dinosaurios ni cosas raras. En fin, era justo lo que yo había leído. Me dio el papelito en una bolsita ziplock y se fue.

Primero me comí una esquinita, menos de un cuarto. No sentí nada. Me puse a trabajar en la compu. En el Messenger (no el de Facebook, sino el de MSN, figúrense) me topé con Cris y le dije que el ácido no me había hecho efecto. Me dijo que esperara y así lo hice, pero nada. Me exhortó a comerme una mitad y así lo hice. Nada. Me dijo que me lo comiera entero. Nada. Me dijo que fumara mota para conectarme. ¿No se me cruzaría? Nel, así funciona mejor. Va, lo hice. Todo tranquilo. Sentí el relax de la mois y apagué mi lap. Me di una ducha relajante, puse música y me eché en mi hamaca con intenciones de dormir rico. Estaba decepcionado de que el ácido no me hubiera hecho efecto.

De pronto me di cuenta de que llevaba ya varios minutos en la hamaca sin poder dormir, y que los pensamientos me daban vueltas frenéticos en la cabeza. El sueño se me había pasado. Abrí los ojos y en la oscuridad vi una serie de ondas de luces de colores tan hermosas que me dibujaron una sonrisa en el rostro. Ya estaba ácido.



Me levanté y seguí el consejo de Cris, buscar estímulos. Escuché mi colección de música psicodélica. Esta música está diseñada para estimular la imaginación y los sentidos, pero nunca la había disfrutado tanto como en mi viaje de ácido. Si cerraba los ojos veía ondas, líneas y puntos que se movían al compás de las rolas, o comenzaba a imaginar escenas surrealistas que podían o no tener que ver con la letra. El LSD no te hace ver cosas, pero sí potencia tu imaginación de tal manera que lo que dibujas en tu mente se siente my real.

Por momentos estaba eufórico. Quería saltar, gritar, aullar. Por momentos me relajaba y sólo quería escuchar música y comer bolis (debí haber comido como diez esa noche). Si trataba de dormir, comenzaba a temblar y no podía mantener cerrados los ojos: mi cuerpo me pedía que me levantara y me pusiera a hacer cosas. Extrañé mucho a la novia en esos momentos, quería compartir esa experiencia con ella. Me arrepentí de que nuestra primera vez no fuera juntos, aunque luego fe conveniente que, semanas después, cuando ella se me unió, tenía cierta ventaja y la pude guiar. También sentí deseos de estar con todos mis amigos. ¡Sentía que quería a todo el mundo! Ahora me explico por qué los hippies creían que lograrían cambiar el mundo si ponían ácidos a todos.

Como no podía dormir, me dediqué a repasar mi colección de imágenes en la compu. Parecían salirse de la pantalla y cambiar de forma frente a mis ojos. Como si se volvieran líquidas y se deslizaran más allá de los marcos que las contenían.

Me puse a jugar Mario 64 y ése sí que fue un viaje. Sentí como si estuviera dentro el juego: sentía cuando Mario saltaba, corría o nadaba. Sentía el vértigo cuando se caía. Los colores y sonidos del juego penetraban en mí mucho más profundo de lo que antes les habían permitido mis órganos sensoriales.

Apagué el Nintendo para escuchar más música. Era todo lo que quería, lo que necesitaba: música, música, música. Desistí de mi intento de dormir. Entendí, por primera vez, toda la letra de Lucy in the Sky with Diamonds. Miré alrededor de mi casa: las cosas parecían respirar u ondular por momentos. Me clavé viendo el agua del bacín que parecía subir y bajar.



Llegó la mañana y me tuve que ir al trabajo. Hacia el final de un viaje, después de esos momentos en los que realmente te pierdes, el LSD te da una gran lucidez. A las 7:00 AM llegué a trabajar todavía con algo de ácido en mi sistema.

"Te ves raro." me dijeron algunos. Yo sólo estaba muy contento, parloteando sobre poesía. Tuve una hora libre y me lancé a buscar más música. NECESITABA la música. Fui a un centro comercial cercano y tuve la inmensa fortuna de toparme con Surrealistic Pillow, el primer álbum de Jefferson Airplanes y uno de los iniciadores del rock psicodélico. Di varias vueltas en mi coche, sólo para poder sentir el aire acondicionado y escuchar la música a todo volumen. No podía evitar reír y por momentos me puse a aullar literalmente.

Volví al trabajo. A esas alturas podía adoptar una conducta perfectamente normal si lo necesitaba, que de cualquier forma los efectos estaban desapareciendo rápidamente a cada momento. Hice todo lo que tenía que hacer y cumplí mi horario sin problemas y con muy buen humor.

Cuando terminó el día laboral salí a caminar por la calle, a escuchar a los pajaritos y sentir el viento (aun no empezaba lo peor del verano). ¿Y les digo algo? nunca había visto el cielo tan cerca. De verdad, el cielo se veía tan bajo que sentía que casi podía tocar su piel color azul eléctrico. Todo era hermoso.

Dicen que el LSD lleva a la persona a enfrentarse con lo que lleva dentro, y que es por eso que personas depresivas, paranoides y esquizofrénicas no deben tomarlo. También si tienes muchos pedos te puedes dar un mal viaje. Pero si estás bien contigo mismo, puedes hasta tener una epifanía. Yo no tuve ninguna, sólo me sentí bien. Supongo que eso significa que mis demonios andaban tranquilos ese día.


viernes, 20 de julio de 2018

Niños en jaulas: desinformación y miseria moral




La noticia sacudió a buena parte del mundo hace un par de meses: las autoridades estadounidenses, bajo las órdenes del presidente Donald Trump, estaban deteniendo a migrantes hispanos (muchos de ellos de origen mexicano) en la frontera sur y procesándolos como delincuentes, sin importar si eran migrantes económicos o solicitantes de asilo. Si los migrantes viajaban con niños, éstos eran separados de los padres, sin importar su edad, y puestos en centros de detención por tiempo indefinido. Alrededor de 2,000 menores sufrieron los efectos de esta política [aquí, aquí, aquí]. Diversas asociaciones pediátricas y por los derechos de los niños, incluyendo la ACLU y la UNICEF, criticaron duramente estas medidas [aquí y aquí]

Las redes sociales y los medios de comunicación se llenaron de imágenes de niños muy jóvenes en lo que algunos llamaron “campos de concentración”. En particular, la fotografía de un pequeño que lloraba tras los barrotes de una jaula sacudió las emociones de muchas personas. Figuras públicas, políticos y celebridades alzaron la voz para denunciar estas atrocidades.

El asunto acaparó la atención de medio mundo por unos días, hasta poco después de que Trump, presionado por la opinión pública, se vio obligado a firmar una orden ejecutiva que daba fin a esa política. Como ocurre siempre en nuestra época de exceso de información, el tema pasó a un plano secundario.

Pero eso no quiere decir que el fenómeno hubiera perdido relevancia. La cantidad de noticias falsas y desinformación que surgieron a su alrededor es un punto que vale la pena discutir. La postura que muchos usuarios de Internet manifestaron ante este tópico sirven como termómetro de la xenofobia y falta de empatía generalizadas en el actual auge de las ideologías de ultraderecha. Además, las acciones de la administración Trump, aunque escandalosas por su escala, no son necesariamente novedosas ni únicas. En esta entrada vamos a discutir sobre lo verdadero, lo falso, lo importante y lo preocupante del asunto.

Medias verdades



La mayor parte de la desinformación ha venido de fuentes que niegan, minimizan o justifican estas acciones del gobierno de Trump. Para desarmar a estos traficantes de mentiras hay que primero reconocer algunas cosas, como que muchas personas indignadas por estos sucesos también han compartido información falsa o engañosa.

Por ejemplo la imagen que encabeza este texto, y que se convirtió en la más viral, no es lo que la mayor parte de la gente ha creído. El niño de la imagen no es un inmigrante arrojado a una jaula; la foto fue tomada durante una protesta contra la política de Trump [aquí]. Estrictamente hablando, la imagen no es falsa, pero se ha compartido con información falsa.

Es importante hacer esta distinción porque los trumpeteros han dicho que la imagen es “parte de un montaje publicitario”, como si hubiera sido tomada a propósito para engañar a la gente cuando, según ellos, nada de ello estaba pasando. Descalifican la foto y con ello pretenden negar lo que sucede. Otro bulo que se ha dicho es que la mayoría de las fotos compartidas son en realidad de tiempos de Obama. Ésta es una afirmación engañosa.

Vean la siguiente foto:



Los medios de ultraderecha, como Breitbart, han dicho que se trata de los campos de concentración para menores separados de sus padres, iniciados bajo la administración de Obama. Lo irónico es que cuatro años antes, Breitbart compartió la misma foto como evidencia de que Obama estaba introduciendo inmigrantes para inundar a los Estados Unidos con ellos (ya saben, el complot judío para sustituir la población de países blancos con inmigrantes de razas inferiores).

¿De qué se trata realmente? Snopes nos informa:

“Aunque la fotografía es real, no muestra niños separados de sus padres por la administración Obama. En junio de 2014, la imagen fue publicada como parte de numerosas historias noticiosas (y ocasionalmente junto a piezas editoriales que protestaban contra la presencia de niños no acompañados).”

Aunque se han compartido muchas fotos que definitivamente no muestran niños detenidos por la administración Trump, tampoco se muestran a niños separados de sus padres y encarcelados por Obama. Sobre esta clase de noticias escandalosas, de crisis humanitarias o de desastres, se ha vuelto común que circulen por las redes fotografías que no corresponden a los acontecimientos reportados y es difícil determinar la procedencia de cada una.

¿Qué sí es real? Fotos como las que pueden ver en FactCheck y esta grabación de niños llorando Ni siquiera podría decirse que esos campos de detención, donde los menores son concentrados mientras sus padres esperan juicio en prisión, sean jaulas, en un sentido estricto, aunque sin duda su aspecto no es muy amigable, y es cierto que hay rejas y candados. 




Desinformación

Los partidarios de Trump han dicho que esta política de separar a los niños migrantes de sus padres inició con los demócratas. Esto es falso. Es cierto que Trump trabajaba dentro de un marco legal existente, y que su administración no inventó ninguna ley para poder hacer esto. Lo que es inaudito es la política de “cero tolerancia” de este gobierno, que juzga como criminal a cualquiera que cruza la frontera ilegalmente. La persona es arrestada y llevada a la cárcel a esperar un juicio, y como los menores no pueden estar en prisión, se les separa de sus padres y son llevados a los centros de detención que hemos visto.


Ninguna ley hecha por los demócratas dicta que éste sea el procedimiento a seguir, y ningún otro gobierno anterior lo había llevado a cabo de esta manera. La inmensa cantidad de niños separados de sus familias es resultado directo de las decisiones del gobierno trumpista [aquí]. Es cierto que Obama se caracterizó por el gran número de deportaciones que llevó a cabo, pero los migrantes expulsados tenían un perfil distinto, y se trataba principalmente de individuos con antecedentes penales y sospechosos de terrorismo [aquí]. Esto no es para justificar las acciones del gobierno de Obama, sino para dejar en claro cómo se diferencian de las de Trump, y que éste no tiene excusas. Lean la siguiente explicación [fuente]:
 “La política de separar padres e hijos es nueva y fue instituida el 6 de abril de 2018. Fue una creación de John Kelly y Stephen Miller para servir como disuasivo para la inmigración ilegal, aprobada por Trump y adoptada por Sessions. Administraciones anteriores detenían a familias migrantes, pero no practicaron una política de separar por la fuerza a los padres de sus hijos, a menos que los adultos fueran declarados no aptos.”

Con más cinismo aun, los simpatizantes del plutócrata anaranjado han dicho que es él quien puso fin a la política de separación de familias. Sí, es cierto, pero porque él la inició en primer lugar. La orden ejecutiva que firmó para detenerla no es más que un performance de Trump para parecer heroico; no había ninguna necesidad de hacerlo, pues simplemente podría haber ordenado que se detuviera la política de “cero tolerancia” [fuente]: 
“En un giro drástico, los adultos arrestados no serán entregados al Departamento de Justicia cuando enfrenten los cargos penales. En su lugar, permanecerán detenidos con sus hijos detenidos en el Departamento de Seguridad Nacional. El recurso no se dirige a ninguna familia ya separada. Además, las políticas existentes dejan en los padres la responsabilidad de encontrar a sus hijos bajo custodia del HHS y de intentar reencontrarse con ellos. El decreto también ordena a las agencias federales –especialmente al Departamento de Defensa– empezar a preparar instalaciones que podrían albergar a las miles de familias que ahora serán detenidas por el gobierno.”

Como no era posible mantener la política de “cero tolerancia” y al mismo tiempo evitar la separación de las familias, el gobierno trumpista tuvo que abandonar la práctica de detener a toda persona que cruzara la frontera para procesarla criminalmente [aquí].

¿Y ahora?



En teoría, allí acabaría la historia, pero lo cierto es que aún es incierto el futuro que les espera a los niños y sus familiares. Antes de que Trump echara para atrás la política de “cero tolerancia”, muchos niños fueron separados de sus padres y no han tenido contacto con ellos. Algunos adultos fueron deportados mientras los niños permanecieron en los campos de detención. Es decir, todavía hay familias separas que no saben si volverán a reunirse, y otras familias ya reunidas que pueden enfrentar la deportación [aquí].

Durante las últimas semanas se ha estado investigando denuncias de abusos físicos y emocionales contra los menores detenidos en los campos de Trump (las condiciones en los mismos varían mucho, entre lo medianamente decente y lo inaceptable), incluyendo medicación forzada para mantener tranquilos a los niños [aquí]. Las consecuencias de estos hechos van para largo, y aunque el público ya no esté poniendo tanta atención, sigue siendo afectando las vidas de miles de personas.

¿Qué importa todo esto?

¿Por qué se me ha ocurrido hablar de esto un mes después de que la administración Trump diera fin a la política de “cero tolerancia”? Bueno, en parte es que de hecho ya había empezado a trabajar en este texto hace unas semanas, pero se me atravesaron las elecciones, las vacaciones de verano y el mundial de futbol. Sin embargo, sí considero que esto es relevante por varios factores.

De lo más alarmante de todo esto fue encontrar quien defendiera las acciones del gobierno de Trump entre los mismos latinoamericanos. No solamente han aparecido tipos que defienden las mismas causas, sino con los mismos discursos y con las mismas fuentes que la alt-right gringa. Los argumentos eran una clásica “defensa del taladro”: 1.- Eso no está pasando; 2.- Sí está pasando, pero no es culpa de Trump; 3.- Sí es culpa de Trump, pero todo el mundo lo hace y está bien (incluso se difunde un bulo sobre que Obama entregó niños a traficantes).

 

Los trumpeteros intentaban desviar la conversación con un burdo tu quoque, acusando de hipocresía a los que nos indignábamos. A ellos sólo puedo decirles: sí, es posible que el gobierno de Obama llevara a cabo acciones similares, pero si es ése el caso, seguiría estando mal, y si entonces no nos escandalizamos es porque no nos enteramos, no porque pensáramos que estaba bien. Que de todos modos, no hay que olvidar que las acciones del anterior presidente diferían mucho en naturaleza y escala.

En los últimos años, los demagogos de la derecha han recurrido a una de sus viejas confiables: acusar de los males de sus países a los extranjeros de países pobres (y razas no blancas), con todo y que los datos nos dicen que la inmigración favorece la economía de los países huéspedes y que no aumenta la criminalidad [aquí y aquí]. Los demagogos se aprovechan del sentimiento de inseguridad y de los instintos tribales que sobrecogen a las personas en tiempos de crisis.

En Hungría, por ejemplo, el gobierno del ultraderechista de Viktor Orban introdujo una ley para criminalizar la ayuda humanitaria a inmigrantes ilegales y pretende cobrar altos impuestos a ONGs que ayuden a los extranjeros [aquí y aquí]. En Italia, Mateo Salvini anunció que se llevaría a cabo un censo para contabilizar a los gitanos y expulsar a los de origen extranjero. Salvini lamentó que a los gitanos italianos “desgraciadamente” habría que quedárselos [aquí y aquí]. 

Bajo el mandato de la presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kitarovic, fueron expulsados refugiados sirios, se restringió el acceso a la salud pública a miembros de la minoría gitana, y se prohibió dar servicios básicos (salud, vivienda, etc.) a inmigrantes en situación irregular. Como en Hungría, se intentó criminalizar la ayuda humanitaria a estas personas [aquí y aquí]. Cuando he compartido estas noticias, no falta quien las aplaude.



Los mexicanos suelen indignarse mucho cuando saben que sus connacionales son maltratados en Estados Unidos, pero no prestan igual atención cuando los centroamericanos son maltratados en la frontera sur [aquí]. En tiempos recientes, inmigrantes haitianos se han establecido en el norte de México, y también han sufrido discriminación. Cuando un grupo de estudiantes haitianos pasó el examen de admisión para una universidad pública, algunos mexicanos reaccionaron con el mismo discurso xenófobo que se ha escuchado en otras partes [aquí].


El racismo y la xenofobia siempre han existido y ésta no es la primera vez que en años recientes se llevan a cabo acciones indignantes contra poblaciones de origen extranjero en Estados Unidos, Europa o América Latina. Ni siquiera ha sido exclusivo de gobiernos de derechas. Las acciones de Trump o las de sus análogos europeos pueden escandalizarnos por su discurso de odio descarado y el nivel de deshumanización y falta de empatía, pero tienen precedentes en políticas que pasaron desapercibidas o fueron consideradas más o menos aceptables para la opinión pública.

Esto no es para minimizar lo que sucedió con los niños hispanos bajo el régimen de Trump; al contrario, es para hacer ver que lo hemos hecho mal en el pasado al desentendernos de lo que sufren migrantes y refugiados en todo el mundo. El caso del gobierno trumpista es especialmente escandaloso, pero si llegó hasta esos niveles es porque hubo antecedentes que se pasaron por alto en otros gobiernos y otros países. Más aún: éste bien podría no ser el peor caso de abuso que veamos en los próximos años. Sin embargo, que la reacción mundial fuera abrumadoramente en contra de estas injusticias me da algo de alivio y esperanza.

En su libro Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt nos cuenta que lo ocurrido con los refugiados de guerra entre finales del siglo XIX y principios del XX, fueron de las primeras experiencias de lo que bajo el régimen nazi se convertirían en los campos de exterminio. Estos seres sin patria fueron arrojados a campos donde se les sometía a abusos sistemáticos pues carecían por completo de derechos:

"Que los nazis encontraran tan poca resistencia por parte de la policía de los países que ocuparon y que fueran capaces de organizar el terror con la ayuda de las fuerzas policiacas, se debió en parte a la posición de poder que la policía había obtenido durante años de dominio arbitrario e irrestricto sobre los apátridas y refugiados [...] Lo que no tenía precedentes no era la pérdida del hogar sino la imposibilidad de encontrar uno nuevo. De pronto no había lugar en la tierra a donde los migrantes pudieran ir sin las más severas restricciones; ningún país en el que fueran asimilados, ningún territorio en el pudieran fundar una nueva comunidad propia. Esto no tenía que ver con problemas materiales o sobrepoblación; no era un problema de espacio, sino de organización política [...] Los refugiados eran perseguidos no por lo que hubieran hecho o pensado, sino por lo que inalterablemente eran; por haber nacido en la raza o clase social equivocada, o por haber sido conscriptos por el tipo equivocado de gobierno."

Niños armenios refugiados. Primera Guerra Mundial.

Las señales de lo que está ocurriendo las tenemos frente a nuestros ojos y las lecciones de la historia están allí para que nosotros las tomemos: ya sabemos hasta dónde puede llegar este camino. Así que una revisión de nuestros valores, como ciudadanos del mundo, es necesaria. Debemos tener en cuenta que la xenofobia es siempre irracional; que aunque la inmigración plantea algunos problemas, los peores males que se les atribuye (crisis económica, delincuencia) son ficticios. Es preciso recordar que la observancia de una ley no puede estar por encima de los derechos humanos fundamentales y que ninguna persona es ilegal. 

Podemos conceder que las preocupaciones de seguridad nacional pueden ser legítimas y que el terrorismo y la delincuencia organizada son peligros reales, pero que la respuesta no es la criminalización de los otros, los ajenos, los diferentes. Tenemos que estar conscientes de que en un mundo irremediablemente interdependiente como el nuestro, la solución no será cerrar fronteras, sino aliviar los males que afectan a las personas en los países pobres, procurar paz y prosperidad en ellos, para que sus habitantes no tengan que ir buscando mejores condiciones. Finalmente, no podemos olvidar las palabras del filósofo Immanuel Kant en su todavía vigente ensayo La paz perpetua:



jueves, 12 de julio de 2018

Bienvenido a Pejekistán




Hola, mexicanos y vecinos del sistema solar. Estoy de regreso tras la recuperación que requería la cruda postelectoral… y la cruda literal de las primeras fiestas del verano. Sé que están ansiosos de que comparta mis pensamientos acerca de la esperada y al mismo tiempo sorpresiva victoria de Amlo en las elecciones del pasado 1 de julio. Bueno, quizá “ansiosos” no están, pero yo sí necesito escribir estos debrayes para poner mis ideas en orden.

Decía que la victoria de Amlo era esperada porque así lo anunciaban las encuestas y prácticamente todos los textos de análisis político que se publicaron en los meses anteriores a la votación. Pues creo que éramos varios los que, con todo y eso, temíamos que la mafia del poder nos pudiera salir con alguna sorpresita y que se nos cayera el sistema a media noche para dar como ganador a Anaya o Meade.

Pero si el triunfo de Amlo era esperable, lo que sorprendió fue la aplastante victoria de su partido, Morena en diversas gubernaturas, alcaldías y en las cámaras. Eso sí yo no lo vi venir; pensé que los tres poderes y los tres niveles de gobierno quedarían divididos más o menos parejamente entre PRI, PAN y Morena. Ahora nos enfrentamos a un escenario en el que el partido de Amlo tiene una presencia inusitada en todas partes.

Eso puede ser bueno y puede ser malo. Morena podrá hacer y deshacer con mucha libertad de maniobra. Dependerá mucho de cómo use Morena ese poder, si para traer el cambio que se necesita, o para beneficio exclusivo  de sus militantes y aliados (en especial de la panda de papanatas que están subiendo al poder ahora). Muchas cosas pueden salir bien o mal, pero nosotros, como sociedad, podemos hacer nuestra parte para empujar el timón hacia el rumbo que nos conviene a todos.

La esperanza de México



En mi debraye sobre el Peje y qué esperar de él, decía yo que como persona es mucho menos progre de lo que muchos de nosotros quisiéramos. Es un viejito mocho, pues. Pero un viejito mocho que de verdad se preocupa por los pobres (le creo) y que promete acabar con la corrupción (creo en su sinceridad, soy escéptico de su capacidad).

En cuanto a Morena, a las personas que ahora suben junto con Amlo, hay una diversidad tan enorme que es muy difícil saber qué esperar de cada caso. Están todos aquellos oportunistas del PRI y el PAN que se pasaron a Morena cuando vieron quién sería el ganador. Pero también hay personas que merecen todo mi respeto, gente comprometida con las causas e ideales de la izquierda.

Un pequeño, pero significativo ejemplo: Olga Sánchez Cordero, ex ministra de la Suprema Corte de la Nación y virtual secretaria de Gobernación del próximo presidente. Como ministra se destacó por sus posturas progresistas y su trabajo a favor de los derechos humanos. Como Secretaria de Gobernación ocuparía el que es prácticamente el segundo cargo más importante del país (además de ser la primera mujer en hacerlo).

En las últimas semanas ha anunciado que trabajará en pos de políticas como la despenalización de la marihuana, la legalización del aborto, la amnistía para que delincuentes que no han cometido crímenes violentos relacionados con el narcotráfico (como el narcomenudeo o el cultivo de marihuana) puedan apartarse de la vida delictiva y reintegrarse a la sociedad (por favor, lean bien de qué se trata antes de escandalizarse), el derecho a la eutanasia y la autonomía del poder judicial en los estados (además de refrendar su compromiso con los derechos humanos). ¡Vaya, no es poca cosa!



Hablando de “la primera mujer que”, de estas elecciones resulta el primer gabinete paritario de la historia, es decir, que tendrá una mitad de hombres y una mitad de mujeres. Sorprendentemente, esto mismo ha ocurrido en ambas cámaras: nunca las proporciones habían sido tan equitativas. Sí, sé que muchos piensan que no importa el género de los funcionarios, sino que sean honestos y competentes, y en principio tienen razón, pero no me van a decir que los otros gabinetes y las otras legislaturas, predominantemente masculinas, han sido súper equipos de ensueño en los que cada uno de sus miembros había ganado su lugar por sus propios méritos. Así que, como se quiera ver, esto representa un avance, aunque sea simbólico, y abre las puertas a una mayor participación de las mujeres en la política, que puedan estar allí para representar sus intereses y defender sus derechos.

Factores como éstos, y detalles como que en uno de sus discursos de victoria, Amlo se ha convertido en el primer presidente en hacer referencia a las personas de todas las preferencias sexuales, pueden parecer pequeños a simple vista, pero teniendo en cuenta el atraso en que México se encuentra en esos temas, pueden llegar a ser muy significativos y los anuncios de grandes cambios por venir.

Zombies everywhere!



Pero así como las cosas pueden resultar bien, pueden resultar mal, o por lo menos ser decepcionantes. La victoria de Morena mandó al PRI a un agujero más profundo del que había estado después de 2006. El PRI perdió todas las gubernaturas en las que hubo elecciones este año y se ha convertido en una fuerza insignificante en las cámaras. ¡Eso es digno de celebración! Espero que a ese grupo delictivo disfrazado de partido político le queden pocos años de vida. Pero también temo que el PRI pueda sobrevivir entre las filas de Morena como Hydra en SHIELD… Ya muchos priistas están allí, pero además el ADN político del PRI, la forma de concebir el actuar el político, es muy insidioso y tiende a permanecer en nuestra cultura, sin importar los partidos. El afán de Amlo de no enemistarse con Peña me parece preocupante.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional anunció que se mantendrá distante de Amlo. Esto es completamente congruente con la trayectoria del EZLN, que siempre ha mantenido una postura escéptica y desconfiada de las instituciones políticas mexicanas y de la democracia electorera. El texto con el que lo anunciaron está medio mamón, pero el punto es comprensible: mientras el sistema siga siendo capitalista, el cambio no será significativo. De todas formas, me alegro de que los zapatistas estén ahí, porque se necesita de una oposición que no deje de señalar las deficiencias del sistema político mexicano, y de proponer vías alternativas para la mejora de las condiciones de vida de los indígenas.



Por supuesto, cuando salió esa noticia, no tardaron en aparecer los fans incondicionales del Peje, que se dedicaron a tachar a los zapatistas de “traidores”, “ridículos” y hasta “perros del PRI”. Ésa es la parte que me preocupa: que cuando haya críticas, disenso u oposición al Peje, no importa de dónde vengan, sus seguidores se encargarán de deslegitimarlas y ningunearlas. Esto puede ser un obstáculo para quienes quieran transformar al país de formas que vayan más allá del proyecto morenista.

Como ya había dicho antes, los zombis anti-peje son por lo menos tan tontos como los pejezombis. La victoria de Amlo los hizo deshacerse en berrinches llenos de clasismo y racismo. Una parte privilegiada de la población de verdad cree que a) son ricos porque lo merecen, porque son mejores y más listos que los demás; y b) su rechazo al Peje proviene de esa superioridad intelectual y moral. Para empezar, creerse la falacia de la meritocracia capitalista ya requiere sus buenas dosis de ingenuidad e ignorancia. Pero además es de risa loca ver a un montón de nenes fresas vomitar ignorancia mientras acusan a los demás de ignorantes.



Quienes rechazan al Peje tienen la oportunidad de convertirse en una verdadera oposición… si se educan en historia y política, si empiezan a leer libros, periódicos y artículos de análisis. Es la oportunidad para que mejoren su cultura política. Pero si en vez de eso se quedan con memes y prejuicios de clase, entonces lo único que lograrán será jugar un papel análogo al de los rednecks que se oponían a Obama: hacer el ridículo repitiendo la consporanoia de que el señor es comunista y va a quitarles sus escopetas. Y no porque Amlo sea comparable a Obama, sino porque hasta ahora los anti-Amlo han demostrado tener la profundidad de análisis que el televidente habitual de Fox News (o peor: InfoWars). Por los menos los rednecks  tienen la justificación de ser mayormente pobres y no tener acceso a una buena educación… Los niños fresas y las señoras fufurufas, ¿qué excusa tienen para seguir creyendo tanta pendejada?

El Trump mexicano




Por último, quisiera despejarnos (pun not intended) de algo que se ha estado repitiendo mucho desde hace tiempo: la noción de que Amlo es el equivalente mexicano a Trump. Es una idea tan absurda que no puede ni siquiera tomarse en serio, y que sin embargo ha estado apareciendo en diversos medios de opinión.

Pero, ¿en qué se parecen Amlo y Trump? Las similitudes relevantes son pocas; es cierto que Amlo es populista, en el sentido de que apela a las emociones de las masas y plantea una dicotomía entre el pueblobueno y la élite en el poder que ha echado a perder a un país que podría ser grandioso. Otra similitud es que ambos parecen estar excesivamente convencidos de su propia grandeza y de que estar en el poder es todo lo que se necesita para solucionar las cosas.

Pero, fuera de eso, ¿qué hay de comparable? ¿Acaso Amlo ha mantenido discursos de odio contra los inmigrantes o los musulmanes? ¿Hay grabaciones de él alardeando de haber abusado sexualmente de las mujeres? ¿Acaso Amlo está siendo respaldado por grupos de odio como el Ku Kux Klan o la Alt-Right? El Peje ha dicho algunas tonterías, como lo de los ventiladores de energía eótica y lo de que sacar petróleo no tiene ciencia, pero ¿ha hecho burla de los discapacitados? ¿Ha dicho Amlo que los derechos humanos deban ser ignorados o violentados? ¿Ha amenazado con guerras comerciales contra otros países o ha alienado a nuestros aliados tradicionales? O los miembros de su equipo, ¿acaso Olga Sánchez o Tatiana Clouthier se parecen en algo a los racistas y misóginos como Michael Pence y Jeff Sessions?


Baia, baia


Ya sé: algunos comparan las constantes alusiones del Peje a la ambigua “mafia del poder” con el discurso de odio trumpista contra los inmigrantes (¡o incluso con el odio de Hitler contra los judíos!). Esto es absurdo a niveles de subnormalidad. Aunque el concepto de “mafia del poder” es fluido y convenenciero, ¿quién negaría que la clase política mexicana tiene un problema de corrupción y abuso de poder gigante? Ciertamente no los datos. ¿Cómo puede compararse el achacar culpas a ricos, poderosos y sabidamente corruptos, con predicar el odio hacia grupos históricamente perseguidos? Digo, a menos que quieran invocar los fantasmas del “clasismo a la inversa” y otras ficciones.

Entonces, ¿de dónde viene esta insistencia en compararlos? En México, me parece, viene de la tradicional pejefobia y de que el discurso de la “guerra sucia” de 2006 ha cambiado poco. Pero, cuando se trata de medios anglosajones como The Washington Post, The Wall Street Journal y The Economist, ¿cómo explicarlo? Bueno, cuando pensamos que la misma gente hizo la igualmente ridícula equivalencia entre Trump y Bernie Sanders, la cosa me parece que se explica por una miopía en el establishment liberal centrista (ése que quería hacer pasar a Clinton como "izquierda").

De hecho, leyendo esos artículos, parece que lo que más les preocupa es que la política económica del Peje sea nacionalista, proteccionista y con miras a coartar el libre comercio. Tampoco es que Amlo sea una amenaza al neoliberalismo, pero por alguna razón su discurso pone nerviosos a algunos. Como ya había dicho, hablando de las razones económicas del ascenso de la ultraderecha en los últimos años:

La ceguera de los defensores del establishment se ve también en su incapacidad de distinguir entre diferentes manifestaciones de descontento, y entonces ponen al Tea Party y a Donald Trump en el mismo saco que Occupy Wall Street y Bernie Sanders. Desde el punto de vista del establishment, todos son movimientos de advenedizos que se atreven a cuestionar la sabiduría de la clase política y la eficacia del sistema, y que enardecen a las masas (que de otra forma no darían lata).
Que de un lado se predique el odio, el miedo y el regreso a un pasado idílico que nunca existió, mientras que del otro se predique la esperanza, la justicia social y un futuro que puede ser mejor para todos, no parece marcar ninguna diferencia para los defensores del establishment.


Baia, baia

Una y otra vez, los intelectuales del liberalismo centrista fallan en reconocer las causas del descontento social y en vez de combatirlas o por lo menos denunciarlas, insisten en defender un statu quo caduco con la premisa de que “podríamos estar peor”. Este texto de Yascha Mounk de Foreign Affairs, que también cité en aquella entrada, lo explica muy bien:

“El populismo de izquierda, que se revitaliza entre las democracias occidentales, se concentra en asuntos económicos. A diferencia de su contraparte en la derecha, cuyas plataformas se basan en amenazas exageradas o inventadas, ellos se enfocan en problemas muy reales: corrupción gubernamental y corporativa, desigualdad económica creciente y el estancamiento de la calidad de vida.
Estos populistas económicos están en lo cierto al señalar que las democracias contemporáneas están lejos de ser infalibles. Dejada a sí misma, la democracia capitalista tiene una tendencia a poner más poder en manos de los ya poderosos y más riqueza en manos de los ya ricos. Para contrarrestar esta gradual erosión de la justicia económica y política, las democracias necesitan ocasionales erupciones de ira popular. En este sentido, el populismo de izquierdas puede ser un correctivo importante a la tentación autocomplaciente a la que toda élite es susceptible a caer tarde o temprano.”

Tampoco es que Amlo sea un Bernie Sanders mexicano; le falta la congruencia ideológica y el compromiso con las causas sociales progresistas, entre otras virtudes. Pero sí las formas de pensar izquierdistas que encontraron su cauce en la candidatura de Sanders son muy similares a las que se han sumado al proyecto del Peje.

En fin, para leer artículos más centrados acerca de Amlo, es mejor checar las siguientes piezas de The New Yorker, Al Jazeera, The Jacobin y sobre todo Democracy Now. Hasta la cobertura de John Oliver, aunque simplificada, es bastante más equilibrada que otras en medios nacionales y extranjeros. El comediante británico dijo que Amlo es una extraña mezcla con un poco de Trump y un poco de Bernie Sanders… La mayoría de los medios, por supuesto, sólo tomaron nota de la comparación con Trump.

Epílogo




¿Qué nos espera? Les voy a confesar algo: como a muchos mexicanos, el triunfo de Amlo me llena de optimismo, pero no por él, sino por las oportunidades que se abren. Lo cierto es que no podemos permanecer pasivos hasta que nos lluevan soluciones del cielo. La participación de la ciudadanía sigue siendo tan vital como siempre, si no es que más, porque tengo la confianza que se abrirán muchos nuevos espacios para que ésta tenga más influencia. Éste es el momento para que grupos activistas y organizaciones de la sociedad civil encaminen sus esfuerzos a impulsar los cambios que no serán iniciativa del nuevo gobierno.

Es el momento para que grupos feministas y LGBTQ+ presionen a los nuevos funcionarios electos para que saquen a nuestro país del atraso en materia de derechos para estos grupos. El momento para atacar el clasismo y el racismo en nuestra cultura, que se manifiestan furibundamente en el descontento de los anti-peje ardidos. En fin, que se nos anuncia la oportunidad de crear, construir, transformar muchas cosas en nuestro país. Éste podría ser el inicio de una nueva primavera democrática para nuestro país.

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