miércoles, 26 de septiembre de 2018

Superman: 80 años del Hombre de Acero




En abril de este año se cumplieron 80 años de la publicación del histórico Action Comics #1, la revista de historietas en la que debutó Superman. Es motivo para celebrar. Superman fue el primer superhéroe de cómic propiamente dicho y un ícono cultural reconocible en todo el mundo. Pero, ¿quién es Superman y cómo llegó a ser?

Superman ha sido muchas cosas a lo largo del tiempo. Un vigilante en pos de la justicia social, una encarnación del statu quo estadounidense, un símbolo de tiempos ensoñadores más simples, o una metáfora de la cultura popular en su conjunto. Partamos desde un inicio.

En aquel ya octogenario número de Action Comics, los creadores Jerry Siegel y Joe Shuster nos presentan a Superman, textualmente, como un “campeón de los oprimidos”. ¿De qué hablan? En sus primeras apariciones, Superman no combatía robots gigantes, monstruos extraterrestres ni científicos locos. Él defendía a los débiles contra los poderosos: un hombre condenado injustamente a la silla eléctrica o una mujer apaleada por su marido. Castiga a los corruptos e intocables: una pandilla de gángsters y un cabildero que manipula a los políticos para favorecer a los fabricantes de armas.



Así, vemos que Superman nace de un anhelo por parte de quienes carecen de poder y son oprimidos por los que sí lo tienen; nace como una oportunidad para que aquéllos sublimen sus sentimientos de impotencia y su deseo de justicia, imaginando que un superhombre puede venir a deshacer estos males.

Superman nació en una época difícil. En 1938 la Gran Depresión no tenía ni una década de haber ocurrido, y los años 30 fueron la era dorada de la mafia. Tanto Siegel como Shuster eran hijos de inmigrantes judíos y les tocó vivir una era en la que el antisemitismo era común, incluso en el país que años más tarde se alzaría como vencedor de la Alemania nazi. Pero también era una sociedad en la que el progresismo de Franklin D. Roosevelt, y su abierta oposición al nazismo inspiraba confianza.

Desde la década de los 40 un Movimiento por la Tolerancia había surgido en los Estados Unidos como una defensa contra la ideología nazi, también en auge por aquellos días. Incluso después de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchas personas y organizaciones consideraban importante mantenerse en lucha contra las ideas racistas y xenófobas, para impedir que recuperaran terreno.

Así, en 1949 el ya espectacularmente popular Superman protagonizaba un póster en el que decía a un grupo de niños: “Y recuerden, chicos y chicas, su escuela –como nuestro país- está conformada por americanos de muchas diferentes razas, religiones y orígenes nacionales. Así que si ustedes escuchan a alguien hablar mal de algún compañero, o de cualquiera, por su religión, raza u origen, no lo duden: díganle que esa forma de hablar es anti-americana”.



No todo el mundo pensó así, sin embargo. El estilo de patriotismo tolerante de Superman y su visión de unos Estados Unidos diversos y multiculturales, fueron vistos con sospecha. Las organizaciones que impulsaban el Movimiento por la Tolerancia cayeron bajo la mirada de legisladores suspicaces, que veían toda expresión de progresismo como peligrosa propaganda comunista. El macartismo estaba a punto de empezar.

En 1954 el psiquiatra Fredric Wertham publicó su infame La corrupción del inocente, en la que usaba argumentos falaces para culpar a los cómics de todos los males de la sociedad. Una gran campaña contra las historietas fue lanzada en nombre de preservar los valores conservadores de una sociedad que vivía bajo el temor de la Guerra Fría. Para sobrevivir, los cómics se volvieron más infantiles, con historias repetitivas y francamente bobas. De ahí viene la mala fama de Superman y de los personajes de DC en general, como personajes infalibles y acartonados.

Con todo, la censura y autocensura obligó a los creativos a usar su imaginación. Aquella época podría ser muy campy, pero en retrospectiva se aprecia como algo completamente alocado que raya en lo surrealista. Superman enfrentaba a villanos de caricatura,  sufría por kryptonita de todos los colores del arcoíris y tenía que mantener a raya a una Lois Lane que nomás andaba todo el tiempo intentando casarse con él.



En la segunda mitad de los 60, la llegada de Marvel Comics y las creaciones de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko cambiaron el escenario y DC también tuvo que reformarse. La década de los 70 fue una de mucha experimentación, en la que Superman se topó con situaciones diversas y dilemas morales. En una entrada anterior, hablé de cómo unas historietas de Superman en los 70 lo muestran enfrentando problemas del mundo real, como el racismo y el maltrato a los migrantes.

Esa fue la misma década en la que apareció la película dirigida por Richard Donner y protagonizada por el inmortal Christopher Reeve, quien nos dio una de las versiones más emblemáticas de Superman (1978). El reparto, que incluía a actores consagrados de la talla de Marlon Brando y Gene Hackman, junto a nuevos talentos como Margot Kidder y Terence Stamp, y el tono épico, casi bíblico, de la cinta, marcó un estándar de lo que se podría esperar del cine de superhéroes y sin el que sería imposible imaginar el actual boom que se vive en nuestros días. Además, el Superman era al mismo tiempo más humano y más adulto que su contraparte de las historietas.

En conjunto, los cómics de aquella década y la película sentaron las bases de la renovación que vendría en los 80, que trajeron un rediseño total del Universo DC y de Superman. Sus poderes se hicieron más limitados y sus historias se volvieron más realistas y adultas. Esto fue gracias al trabajo de John Byrne en The Man of Steel (1986), la miniserie que dio inicio a esta nueva era. Durante las décadas siguientes, y hasta la fecha, escritores y artistas se han debatido entre las aproximaciones que serían adecuadas. ¿Con bases realistas o absolutamente fantástico? ¿Retro y nostálgico o innovador y revolucionario? ¿Más humano o más divino?



Pero desde su creación hay una constante. Los fans y autores estadounidenses a menudo insisten en que el Big Blue Boy Scout es la representación de lo que debería ser el sueño americano, un ideal que demasiado a menudo ha quedado en el olvido o utilizado como fachada cínica de intereses mezquinos. Pero como niño mexicano que ama Superman, yo siempre lo sentí como la encarnación de un ideal universal y cosmopolita.

Se ha vuelto lugar común menospreciar a Superman. Que si es demasiado poderoso, que si es aburrido o si es demasiado bonachón. Tales acusaciones por lo general están hechas por quienes no han leído a Superman en muchos años y no han entendido de qué va el personaje. Su bondad intrínseca no es un defecto, sino lo que marca su esencia, lo que lo hace tan indispensable en un mundo cínico y desesperanzado.

Los ochenta, en particular tras la obra de Alan Moore y Frank Miller, nos dejaron un gusto por superhéroes oscuros y atormentados. Eso está muy bien e incluso algunas de historias de Superman han llegado a ser bastante oscuras. Pero lo importante es que, si bien el escenario al que se enfrente nuestro héroe puede ser sombrío en extremo, él tiene que ser esa luz en la oscuridad.



La comparación de Superman con Batman, a menudo en detrimento del primero, es también ya un lugar común. Es cierto, Batman tiene algunas de las mejores historias que se han escrito para el noveno arte; incluso algunas de las que han influido directamente en el desarrollo y evolución del medio. Pero Superman no es Batman y no se puede esperar que lo sea. Si Batman es un agente de la justicia punitiva, el demonio que castiga y aterroriza a los pecadores, Superman es un símbolo de la esperanza, una deidad solar que protege e inspira.

Lo cierto es que Superman no cuenta con una bibliografía de clásicos tan impresionante como la de Batman. Es un personaje difícil de trabajar y pocos escritores lo han entendido bien a lo largo del tiempo. Las mejores historias de Superman no tratan de sus poderes, sino de su personalidad; son profundas, moralmente complejas y conmovedoras. Así lo han demostrado John Byrne en la ya mencionada El Hombre de Acero, así como Alan Moore en ¿Qué le pasó al Hombre del Mañana? (1986), Paul Dini en Superman: Paz en la Tierra (1998), Grant Morrison en All-Star Superman (2008) y Mark Landis en Superman: American Alien (2015), por mencionar sólo algunos títulos.



Además, a pesar de lo que diga el viejo cliché, Superman no es infalible. Se equivoca, duda, se tarda en actuar, siente dolor y miedo. Es cierto que es muy poderoso pero no es ello lo que lo define. Superman se ha enfrentado a seres mucho más poderosos que él, y ha seguido siendo heroico incluso cuando sus poderes se han visto reducidos o eliminados. La gran fortaleza de Superman es menos física que moral. Es decir, lo más importante de este personaje no son sus poderes, su traje, su origen extraterrestre o los villanos a los que enfrenta. Lo que lo hace ser Superman es que, ante todo, es un buen hombre.

A nivel personal, Superman me ha enseñado que hay que dar lo mejor de uno mismo; que cuando se tiene una habilidad especial no debe usarse para ponerse por encima de los otros, sino para beneficio de todos; que a veces te vas a estar muriendo de miedo, o de ira o de tristeza, pero no puede perder la entereza: tienes que levantarte y seguir peleando contra Doomsday.

Eso es lo importante: que Superman nos regala la esperanza de que el bien existe y puede triunfar. A pesar de las dificultades, a pesar de la oscuridad, a pesar de la asimetría de poder. Superman es un reflejo de lo mejor que hay en todos nosotros, la mejor versión de lo que podamos llegar a ser como humanidad.

Por eso, ahora que cumple 80 años de edad, le digo:

Felicidades, Superman,
y muchas gracias.


Publicado originalmente en Soma

jueves, 20 de septiembre de 2018

Los mexicanos somos bien intensitos y estas canciones lo prueban



¡Hola! Éste es el post del año para las fiestas patrias. Oigan, ¿han notado que los mexicanos somos bien dados al melodrama? Está en nuestro Cine de Oro, en nuestras telenovelas y hasta en nuestros memes de Internet. Pero sobre todo, está en nuestras canciones clásicas, esas rancherotas que nos gusta escuchar y cantar cuando estamos tomando tequila la noche del 15 de septiembre. 🎉

Hoy traigo una selección de versos escogidos de entre algunas de las canciones mexicanas más representativas y aptas para la borrachera. La neta es que les tenemos un cariño bien profundo, a pesar de todas las ideas enfermizas sobre el amor y la masculinidad que se cargan. Y es que si nuestro país fuera una persona, y esas canciones fueran sus publicaciones de Facebook, cualquier amigo le mandaría un inbotz para decirle "¿We, estás bien?" No más chequen...

"Ay, quiero que se oiga mi llanto,
como me dolió perderte,
después de quererte tanto.

Ay, después de quererla tanto,
Diosito dame consuelo,
para sacarme de adentro
esto que me está matando.

Ay, ay, ay..."

México no sólo está triste: quiere que todos lo sepan. Que el mundo lo oiga tan fuerte como le duele el haber perdido a su chava. Pos sí, el desamor se siente como que mata. Hasta aquí todo normal. Lo que me puse a pensar si es que hay otras culturas o lenguas en las que llaman al Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra con el diminutivo "Diosito", para pedirle que les cure el corazón. También, ¿ya vieron cómo la interjección "ay", que denota dolor, es una constante en la música mexicana? Digo, yo nunca escuché un blues en el que el cantante dijera "ouch" y ésas también son rolas tristes.



"Quisiera abrir lentamente mis venas,
mi vida entera ponerla a tus pies,
para poderte demostrar
que más no puedo amar
y entonces, morir después"

¡Santo guacamole! México, bájale, tranquilo. Nadie necesita que te cortes las venas. ¿De dónde sacas esa idea? No te cortes, por favor, no seas emo, que ya pasaron de moda. Ok, sé que la canción originalmente es un tango argentino, pero Javier Solís la popularizó como ranchera en nuestro país y si la adoptamos tan bien es porque pega con nuestra idiosincrasia de las mil maravillas. Especialmente esa otra parte, la de "entre lágrimas viviendo los pasajes más horrendos de este drama sin final". Creo que sí sé lo que se siente...



"Me dijo: yo soy uno de los seres
que más ha soportado los fracasos
y siempre me dejaron las mujeres
llorando y con el alma hecha pedazos.

Mas nunca les reprocho mis heridas;
se tiene que sufrir cuando se ama.
Las horas más hermosas de mi vida
las he pasado al lado de una dama."


Conozco eso de estar "llorando y con el alma hecha pedazos". Te lo juro que sí, compadre, lo entiendo. ¿Pero por qué se tiene sufrir cuando se ama? ¿Por qué tanto fatalismo, caray? Y no, México, no hay que morirse en las cantinas, no la muelas.



"No vale nada la vida,
la vida no vale nada
comienza siempre llorando
y así llorando se acaba"

Bueno, eso es existencialismo y no mamadas. A Albert Camus casi le gusta esto. Lo que no sé es cómo creen que después de empezar así la canción luego vamos a poner atención a lo que dice de que la feria de León está bonita o que sé yo.


Dicen que por las noches
nomás se le iba en puro llorar.
Dicen que no dormía,
nomás se le iba en puro tomar.

Juran que el mismo cielo
se estremecía al oír su llanto.
Cómo sufrió por ella,
que hasta en su muerte la fue llamando.

¡Alaverga! 😧 ¿El mismo cielo se estremecía al oír su llanto? Porque no sólo eres dramático, México, eres hiperbólico, y siempre tienes que traer a las divinidades judeocristianas a cuento, ¿eh? Ay, México, tienes muy metida la idea de que para demostrar amor, hay que estar todo dado en la madre. Que si estuvieras tranquilo y pasándola chido es que no amas lo suficiente. Necesitas terapia, bro.



Pero si hay una canción que refleja lo intensitos que somos los mexicanos, ésa tiene que ser La llorona. We, no puedo ni siquiera escoger sólo una estrofa.

"Ay, de mí, llorona, llorona,
llorona de azul celeste
aunque la vida me cueste, llorona,
no dejaré de quererte"

Pero, ¿por qué te tiene que costar la vida querer a una chava, México? ¿Por qué tienes esta idea de que el amor es tan desgarrador. Bájale la espuma a tu chocolate. Y bájale a la autocompasión. Esto no es sano, carnal.

"A un santo Cristo de fierro, llorona,
mis penas le conté yo,
Cuáles no serías mis penas, llorona,
que el santo Cristo lloró"

Nomamar. Esto, esto tiene que ser el non plus ultra. La idea de que está el vato (creo que le dicen el Negro, negro pero cariñoso), contando sus cuitas, y que su historia está tan triste, que hasta el Yisus, clavado en una cruz y escarnecido, se conmueve y se pone a llorar. "No, pos lo tuyo sí está cabrón", habrá dicho el Yisus. Wow. Los mexicanos sí que nos tomamos en serio eso del mal de amores.

"Dos besos llevo en el alma, llorona,
que no se apartan de mí:
el último de mi madre, llorona,
y el primero que te di"

Chale, ketriste deberas. 😥 Me voa llorar en un rincón. ¡Viva México!



"Yo sé bien que estoy afuera,
pero el día que yo me muera
sé que tendrás que llorar,
llorar y llorar, llorar y llorar.

Dirás que no me quisiste,
pero vas a estar muy triste
y así te vas a quedar."

Claro que sí, campeón 👍


jueves, 13 de septiembre de 2018

La increíble odisea de la Legión Checoslovaca





En 1914 las naciones de los checos y los eslovacos no tenían estado propio, sino que se encontraban repartidas entre dos grandes imperios, el Ruso y el Austro-Húngaro. Además, miles de emigrados se encontraban dispersos por toda Europa y hasta en los Estados Unidos.

En el Imperio Austro-Húngaro, checos y eslovacos eran considerados ciudadanos de segunda, y no gozaban de reconocimiento como naciones, con todo y que Bohemia era la región más industrializada del imperio, y tenía un nivel de desarrollo comparable al de Francia y Alemania.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, muchos checos y eslovacos (sobre todo de los primeros) que vivían en los países Aliados se enlistaron como voluntarios para pelear contra las Potencias Centrales. Su anhelo era construir una patria propia, liberar a sus compatriotas en casa del yugo en que los tenía el Imperio Austro-Húngaro, y creían que, si los ayudaban a ganar, los Aliados apoyarían su proyecto de formar un país independiente.

La primera unidad checoslovaca se organizó en Francia apenas iniciada la guerra, y contaba con sólo 316 voluntarios, que pelearon como parte de la Legión Extranjera. Poco a poco sus números fueron creciendo y pronto comenzaron a llegar voluntarios desde los Estados Unidos. Algunas unidades también se formaron en Italia y Serbia.

Bajo la dirección del checo Tomáš Masaryk[1] y el eslovaco Milan Štefánik se organizó la Legión como un cuerpo autónomo, que recibió la aprobación del gobierno francés a finales de 1917, y a la que le tocaría pelear en el último año de la guerra.

Tomas Garrigue Masaryk


Pero la verdadera odisea de la Legión Checoslovaca se dio en Rusia. Muchos checos y eslovacos vivían allí y se ofrecieron para luchar contra las Potencias Centrales. Así se formó la Česká Družina, o Compañía Checa, desde 1914. Se nutría de voluntarios, pero también de entre prisioneros de guerra, pues los austriacos habían conscripto a los checos y eslovacos para luchar en su ejército y los rusos habían capturado a muchos de ellos. Estos se cambiaban de bando de muy buen grado y resultaban de gran utilidad pues por lo general hablaban más de una lengua y conocían las tácticas austriacas.

La Legión era coordinada desde los cuarteles centrales en Francia, por Masaryk, aunque dada la enorme distancia que la separaba del mando supremo, tenía que arreglárselas por sus propios medios. En julio de 1917 los legionarios alcanzaron la gloria en la batalla se Zborov, cuando atravesaron líneas enemigas, pasando por campos de alambres de púas, y cayeron sobre las trincheras austriacas. Los legionarios enfrentaban a una fuerza superior en números: eran 3,500 contra 5,000. Pero su carga fue tan contundente, que 3,300 de los austriacos se rindieron y fueron tomados prisioneros. Es decir, los legionarios capturaron casi a un enemigo cada uno. La batalla no cambió el curso de la guerra, ni nada, pero fue un hito para la Legión Checoslovaca, que atrajo cada vez más y más voluntarios, hasta que llegó a contar con más de 50 mil hombres en Rusia.

La legión en Rusia

Pero las cosas cambiarían drásticamente con el triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, que llevaría a los bolcheviques al gobierno. Un soviet independiente se organizó en Ucrania, donde la Legión Checoslovaca estaba peleando, cuando ese país, otrora parte del Imperio Ruso, firmó el armisticio con las Potencias Centrales en febrero de 1918. El mes siguiente, la Rusia soviética haría lo propio.

¿Qué hacer? De pronto una fuerza de 50 mil hombres se encontraba varada. No tenían un país al cual volver, porque Chequia y Eslovaquia seguían bajo el poder de Austria-Hungría. No tenían aliados a los cuales unirse, porque se encontraban al otro lado de Europa, más allá del inmenso territorio ahora controlado por las Potencias Centrales. Eran un ejército sin patria, lejos de cualquier campo de batalla.

Sólo les quedaba una opción: alcanzar el frente occidental, llegar hasta Francia, para allí continuar la lucha contra las Potencias Centrales. ¿Pero cómo? No podían atravesar territorio enemigo y los puertos rusos en el Mar Negro y en el Báltico estaban bloqueados. Sólo había un camino: hacia el este, atravesando la estepa euroasiática, Siberia, hasta alcanzar Vladivostok, el puerto más oriental de Rusia, un viaje de casi 10 mil kilómetros.

La Gran Guerra en 1918

Masaryk negoció y obtuvo permisos de los gobiernos de Ucrania y Rusia para que la Legión pudiera atravesar sus territorios en paz, como civiles neutrales a los conflictos internos de estos países. Pero la cosa no sería tan sencilla, pues el Imperio Alemán lanzó un feroz ataque contra estos países para forzarlos a aceptar condiciones de paz draconianas. La Legión tuvo que pelear contra los alemanes en la Batalla de Bakmach, de la que salió victoriosa.

Tras este triunfo, la Legión salió de Ucrania y entró al territorio ruso, donde debían rendir parte de su arsenal a cambio del salvoconducto para atravesar Siberia, según el Acuerdo de Penza (redactado ni más ni menos que por un joven Iósiv Stalin). Pero no habría paz para los checoslovacos: con el estallido de la Guerra Civil Rusa, la presencia de los legionarios en el país era una carta salvaje para muchos intereses opuestos.

Los bolcheviques no confiaban en los legionarios, pues temían que pudieran unirse al Ejército Blanco, sus enemigos. Eso era justo lo que querían los Aliados, que la Legión ayudara a derrocar a los bolcheviques para instaurar en Rusia un gobierno que reanudara la guerra en el frente oriental contra las Potencias del Eje. Estas últimas, por su parte, querían evitar que la Legión saliera de Rusia y llegara hasta el frente occidental, y preferían que su presencia allí exacerbara el caos en el país. Los legionarios sólo querían llegar a casa.

La Legión tenía su propio tren acorazado, un transporte colosal, algo así como un tanque hecho para andar sobre las vías. El problema es que el camino ferroviario transiberiano estaba en muy malas condiciones por tramos enteros, y que en ese momento muchos querían usarlos. Eso incluía a prisioneros de guerra alemanes y austriacos, liberados tras la paz de Brest-Litvosk, que volvían a sus hogares hacia el oeste, y que consideraban a los checoslovacos como sucios traidores.



Además, el caos en el vastísimo territorio ruso provocó que los acuerdos firmados con el gobierno bolchevique tuvieran que ser renegociados en prácticamente cada estación por la que la Legión tenía que pasar. El avance era muy lento, y la Legión se veía obligada a hacerlo por grupos pequeños, de modo que llegó un momento en que sus números se encontraron dispersos a lo largo de las vías transiberianas.

Las tensiones se fueron acumulando y en mayo de 1918 se dio una disputa entre los legionarios y un grupo de prisioneros húngaros en Chelyabinsk. Leon Trotsky, como comisario de guerra del gobierno de Lenin, ordenó que los legionarios fueran desarmados y arrestados. Los legionarios se negaron y, hartos de la situación, tomaron Chelyabinsk por asalto, liberaron a sus compañeros presos y enviaron un ultimátum al gobierno bolchevique, para que los dejaran llevar a Vladivostok de una buena vez.

Así inició la guerra entre el Ejército Rojo y la Legión Checoslovaca, un enfrentamiento entre dos fuerzas formidables que se extendió por el resto de la primavera y el verano de ese año. Los legionarios tenían la desventaja de estar en territorio extraño y desconocido, pero aun así pudieron hacerse con el control de un largo tramo de la ruta transiberiana, incluyendo varias ciudades de la región. Dicho de otra forma, la Legión Checoslovaca conquistó una buena parte de Siberia.

La ruta del ferrocarril transiberiano

Con ayuda de la Legión, el Ejército Blanco logró derrocar a todos los gobiernos bolcheviques en Siberia para finales de aquel verano. La Legión se dirigía a Ekaterimburgo, donde el zar y su familia se encontraban presos. Ante la proximidad de los legionarios, los bolcheviques ejecutaron a la familia real, terminando para siempre con la dinastía Romanov en Rusia. La Legión llegaría menos de una semana demasiado tarde.

Pero el Ejército Rojo comenzaría la contraofensiva y los legionarios, sin la posibilidad de obtener refuerzos y luchando una guerra que no les interesaba en una tierra extraña, empezaban a desesperar. En octubre de 1918 la nueva República de Checoslovaquia fue creada por la comunidad internacional y Masaryk se convertiría en su primer presidente. La Legión tenía ya una patria pero atrapados en la estepa eurasiática, no podían ir hacia ella.

Para finales de 1918 Europa estaba en paz, pero no así Rusia. Terminada la Primera Guerra Mundial, los Aliados comenzaron a enviar tropas a Siberia para apoyar al Ejército Blanco. 1500 soldados ingleses, 4000 canadienses, 2300 chinos, 2500 italianos, 7000 japoneses y 7900 estadounidenses desembarcaron en Vladivostok y penetraron en diversas regiones y ciudades de Siberia.



La Legión Checoslovaca había atravesado una guerra mundial, dos revoluciones rusas y ahora se veía envuelta en una guerra civil que se había vuelto internacional. Sin nada más que hacer, durante el siguiente año los legionarios se dedicaron a cuidar las rutas de abastecimiento para el gobierno contrarrevolucionario de Aleksandr Kolchak, líder del Ejército Blanco.

Sin embargo, en 1919 la contraofensiva soviética en Siberia comenzó a hacer retroceder al Ejército Blanco. Tras la caída de Omsk, capital de Kolchak, en noviembre inició la Marcha del Hielo, con el Ejército Blanco y miles de refugiados huyendo hacia el oriente a través de los helados territorios de Eurasia.



La Legión se declaró neutral, pero los Aliados no estaban dispuestos a permitir que Rusia quedara bajo el poder de los comunistas, de modo que ordenaron a los legionarios escoltar a Kolchak hacia Vladivostok. Los legionarios estaban hartos de ser usados en guerras extrañas y, para dejar en claro que el conflicto en Rusia no les concernía, y que no debían lealtad alguna a las potencias Aliadas, entregaron a Kolchak a los bolcheviques. Los Blancos considerarían esto como una traición, pero los Rojos estaban más que satisfechos, y otorgaron a la Legión los salvoconductos necesarios para evacuar.

Mientras la mayoría de los Aliados se retiraba de Siberia, mientras el Lejano Oriente ruso se disputaba entre la República Soviética de Chita y el Gobierno Provisional de Priamur (contrarrevolucionarios apoyados por Japón), en diciembre de 1919 el primer barco de transporte partió de Vladivostok para llevar a los legionarios a casa. La última de las 32 naves zarparía en septiembre de 1920.



Abordar el barco no era el final. A los legionarios todavía les faltaba atravesar los océanos, siguiendo una de las dos rutas: bajando para rodear el Índico y llegar al Mediterráneo a través del Canal de Suez, o cruzar primero el Pacífico, después el Canal de Panamá para llegar al Atlántico y por último a Europa. Tras llegar a su nueva patria, Checoslovaquia, los legionarios todavía tendrían que ver guerra una vez más, defendiendo sus fronteras de Polonia y Hungría que no estaban conformes con los territorios que los acuerdos de paz tras la Gran Guerra les habían otorgado.

Los legionarios fueron recibidos como héroes en su patria y se les levantaron varios monumentos. Al retirarse del ejército, muchos de los legionarios escogieron una vida pacífica como profesores de escuela. Su aventura, una más grande que la vida misma, nos muestra que la Primera Guerra Mundial fue verdaderamente mundial, y que la historia que creemos conocer es a menudo mucho más rica, complicada y dramática de lo que parece a simple vista.



Para saber más:



[1] Es en honor a este señor que tiene ese nombre la lujosa avenida comercial de la Ciudad de México. Apuesto a que no sabían eso.

viernes, 7 de septiembre de 2018

A 50 años del Kool-Aid psicodélico




Este 2018 murió Tom Wolfe, uno de los más importantes escritores anglosajones del siglo XX, gran novelista y figura señera en el movimiento del nuevo periodismo estadounidense. Curiosamente, este mismo año se cumplen cinco décadas de la publicación de una de sus obras más sobresalientes, The Electric Kool-Aid Acid Test. Publicada en 1968, annus mirabilis, es el testimonio  esencial del movimiento psicodélico que marcó la década de 1960, el encabezado por Ken Kesey y los Merry Pranksters. Honremos la memoria de Tom Wolfe celebrando el quincuagésimo aniversario de un libro que hizo historia.

Lo primero que uno encuentra al leer este libro es lo difícil que es de clasificar. Estamos acostumbrados a dividir la prosa tajante y claramente entre la ficción y la no ficción. En la primera categoría caben los reportajes o las memorias, y en la segunda tenemos las novelas. Incluso una novela basada en hechos reales sigue siendo una novela y, por tanto, un ejercicio de ficción. Tom Wolfe era un periodista y alguien que se le aproximara por primera vez esperaría encontrar un reportaje con el formato familiar de los periódicos y las revistas. No es así.

Como explica Tom Wolfe en una nota, su intención no era solamente reportar los hechos protagonizados por los Pranksters, sino recrear la atmósfera mental y la realidad subjetiva de ello. En sus palabras, comprender la aventura no sería posible de otra forma. Y tiene razón, porque la experiencia psicodélica no es una que pueda describirse como un simple recuento de acciones. Entonces Wolfe rompe con los esquemas narrativos preexistentes y nos da un libro que es una experiencia en sí mismo. Echa mano de todos los recursos: diálogos, descripciones, monólogos internos; incluso intercala versos con la prosa, o convierte la prosa en verso, y juega con la tipografía. 

¿Reportaje? ¿Novela? The Village Voice llegó a llamar al libro “novela de no ficción”, producto emblemático de una década que se caracterizó por romper paradigmas en el arte, el pensamiento y el modo de vivir. ¿Cuál puede ser el tema de un libro tan vanguardista en sí? Ni más ni menos que la historia de Ken Kesey, figura icónica de la contracultura sesentera, quien popularizó el uso del LSD y definió el estilo de vida de los que llegarían a ser llamados hippies.



De orígenes humildes y campiranos, Kesey siempre tuvo algunas características sobresalientes: su gran inteligencia, su indomable vitalidad y su irresistible carisma. Era un hombre corpulento, alto y musculoso, acostumbrado a la vida en el campo y a la actividad al aire libre. Parecía más un leñador que un literato, siempre distinto a los intelectuales de clase media a los que trató en sus años de universitario. Promesa literaria que sacudió al medio con su novela One Flew Over the Cuckoo's Nest (hecho famoso por la estupenda adaptación cinematográfica de Milos Forman con Jack Nicholson), conoció el LSD por casualidad, al ofrecerse voluntario para experimentos psicológicos auspiciados por el gobierno.

Después de una segunda novela, abandonó la literatura por muchas décadas; la experiencia con el LSD fue para él abrir una puerta que ya nunca se cerraría. El oficio literario le pareció demasiado pequeño para expresar la realidad que había vislumbrado en sus viajes de ácido, por lo que decidió hacer de su vida, y las de quienes lo rodeaban, la realización de sus nuevos  ideales.

Adquirió una casa en La Honda, California, a donde se mudó con su esposa e hijos y algunos amigos. Kesey y su pandilla adoptaron el nombre de Merry Pranksters, los alegres bromistas, y vivían de forma comunal en su casa, rodeada de bosques que pronto fueron cubiertos por obras de arte improvisadas, equipos de luz y sonido, y decoración estrambótica. Fue con ellos que nació el estilo de vida hippie, los accesorios que se volvieron una moda, el arte psicodélico y, sobre todo, la reverencia a las drogas alucinógenas, en especial la marihuana y el LSD.

Poco a poco comenzaron a llegar más personajes, entre ellos el legendario Neal Cassady, una de las figuras más importantes de la escena beatnik y hippie a lo largo de dos décadas. Cassady se volvió icónico por la intensidad con la que vivió hasta sus últimos días, siempre arrojándose hacia el límite de la experiencia. Otros personajes incluyen a la bella y alocada Mountain Girl; el veterano de Vietnam Ken Babbs; el artista y matemático Paul Foster, y el técnico Sandy Lehmann-Haupt. Además, estaban los visitantes regulares, como la emblemática banda de rock ácido The Grateful Dead, el poeta Allen Ginsberg, y la banda de motociclistas, los Hell’s Angels.



Kesey proyectaba y realizaba “fantasías”, eventos cuyo propósito era experimentar con vivencias que rompieran los límites de la experiencia. Una de las fantasías más famosas de los Merry Pranksters fue un recorrido de Estados Unidos, de costa a costa, en el famoso autobús escolar Furthur, pintado y tuneado para cubrir las necesidades psicodélicas de los viajeros. Atravesando el país en 1964, los Pranksters sembraron tendencias que llegarían a abarcar todo el país e iniciaron a muchas personas en el uso de los alucinógenos.

Luego vinieron los Acid Tests, que fueron grandes fiestas realizadas en diferentes lugares de la Costa Oeste, en donde los Merry Pranksters distribuyeron LSD a los invitados. Las fiestas debían ser experiencias en sí, por lo que los locales eran llenados con equipos de sonido, proyectores de cine, obras de arte y diversos objetos dispuestos al azar para estimular los sentidos. Algunas de las personalidades más célebres de la sociedad y espectáculo asistieron a estos eventos, que convirtieron a California en el epicentro del movimiento hippie.

La filosofía de Kesey es nebulosa y bastante difusa. Su rechazo a las reglas de una sociedad represiva y su afán por romper con los límites y tabúes están más claros que aquello que sí quería promover. Fuera de la máxima de “ir más allá” y de absorber la experiencia vital con todo, Kesey parecía adecuarse más bien a la situación que tener un conjunto de principios fundamentales bien definidos. En una ocasión los Pranksters fueron invitados a un mitin de protesta contra la Guerra de Vietnam, donde ellos hicieron un performance surrealista, tras denunciar que el método del movimiento antibélico estudiantil estaba condenado al fracaso, porque ellos mismos seguían el juego político de los poderosos.



No todo fue alegría y diversiones. Wolfe nos cuenta algunos aspectos oscuros de los Pranksters y evita romantizar a estos pioneros de la contracultura. En las primeras etapas del viaje del Furthur, una joven tiene un episodio psicótico producto del abuso con LSD, y los Pranksters la abandonan sin problemas en un hospital psiquiátrico. La falta de consideración hacia cualquiera que no estuviera “en onda” era una constante en ese grupillo.

Hay también algo siniestro en la figura de Kesey. Su irresistible carisma también le permitía ser manipulador e incluso autoritario, pues es claro que, a pesar de los ideales anárquicos de los Pranksters, Kesey era un monarca absoluto, con Mountain Girl y Babbs como sus lugartenientes.

Un aspecto del relato de Wolfe que me causó suma incomodidad es la absoluta invisibilización de Faye, su esposa. Nunca se le da una voz en la narración; ella aparece mencionada siempre como un elemento de fondo, cuidando a los niños y atendiendo el hogar mientras Kesey se alzaba como profeta. Parece ser que ella siempre estuvo de acuerdo con todo el experimento, incluso con la relación de Kesey con Mountain Girl, que resultó en el nacimiento de una niña. Kesey y Faye siguieron casados hasta la muerte de él, y siempre lo apoyó. Pero nada de eso se desprende del libro de Wolfe.

Como sea, la obra es espectacular, alucinante. No sólo me permitió conocer más a fondo la contracultura sesentera, sino que de hecho planteó en mí numerosas reflexiones e inquietudes. Aquí me permito poner algunas líneas a título personal: la intensa vitalidad de los Pranksters me provoca una gran envidia existencial. Siendo por naturaleza introvertido, y habiendo tenido una vida más bien hogareña y familiar, toda esa intensidad me parece inalcanzable, e irremediablemente me deja con la sensación de no haber vivido lo suficiente.



Estos párrafos lo dicen tal cual:

“Los intelectuales siempre han tenido la sensación de que no pueden asir la vida real. La vida real pertenece a esos negros funky y boxeadores y toreros y trabajadores de los muelles y recogedores de uvas y espaldas mojadas. Nostalgie de la boue. Bien, pues los Hell’s Angels eran la vida real. No podía volverse más real que eso, y Kesey lo había conseguido. Gente empezó a llegar de San Francisco y Los Ángeles a La Honda más que nunca. Era como un atractivo turístico intelectual.”
Y también:

“Ellos están hablando acerca de –¿cómo describirlo?- acerca de… la vida, cosas que están pasando por ahí, cosas que están haciendo –o acerca de cosas de una naturaleza tan abstracta y metafórica que él tampoco puede aprehenderlas. Entonces él se da cuenta de que lo que realmente les interesa no son ningunas de las divisas intelectuales que conforman las conversaciones de moda en L.A., los temas, libros, películas, nuevos movimientos políticos estándar… Por años, él y sus amigos no han hablado de otra cosa que de productos intelectuales, ideas, figuraciones, caramelos cerebrales, como sustitutos para la vida; sí. Aquí ni siquiera emplean las palabras intelectuales acostumbradas –mayormente es sólo cosa.”
Después de algunos arrestos por posesión de drogas y una temporada como fugitivo en México (cuyo retrato no es muy halagador), Kesey tuvo que pasar unos meses en prisión a principios de 1966. Tras su salida se mudó a Oregon con su familia, y aunque fue ocasionalmente visitado por los viejos Merry Pranksters, lo cierto era que el movimiento había llegado a su fin. Sin embargo, las semillas que estos alegres bromistas sembraron por los Estados Unidos (y hasta en México), florecieron en la forma de una contracultura que cambió para siempre a la sociedad posmoderna, y cuyas ramificaciones llegan hasta nuestros días.

Ya no más como extra, diré que este libro se ganó mi corazón con sus constantes referencias a los cómics de superhéroes, en particular las analogías entre las experiencias psicodélicas y las aventuras del Dr. Strange. ¡Salud! Me despido deseándoles amor, paz y mucha psicodelia.


Publicado originalmente en Soma

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails