¡Hola, cosmonautas! He estado queriendo escribir desde hace meses de este librito que leí en el verano, pero la vida y el trabajo se me han atravesado con toda clase de imprevistos y contrariedades. Como ustedes recordarán, tengo predilección por la ciencia ficción viejita, en especial la de finales del siglo XIX y principios del XX, y sobre si trata de viajes espaciales. De hecho, dediqué una entrada a la literatura marciana de aquellos años, pero sólo incluye obras en lengua inglesa. Por eso he querido explorar textos en otras lenguas, y sé que existen títulos en francés, alemán y ruso, para empezar.
Así fue como di con Estrella Roja (Красная звезда) de Alexander Bogdanov, publicada en 1908, y que retrata una utopía comunista en Marte… Hace rato que tengo el libro, traducido al inglés y publicado por la Indiana University Press (¿Qué creían? ¿Que leo ruso?), pero no me había animado a leerlo. El impulso me vino después de completar la Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson. Esta saga, publicada en la década de 1990, también cuenta una historia revolucionaria y utópica en el Planeta Rojo, y el autor reconoce su deuda con Bogdanov, a tal punto que uno de sus personajes más entrañables, Arkady, es descendiente directo del escritor ruso.
Alexander Bogdanov (1972-1928) fue un intelectual y revolucionario ruso, médico de profesión y polímata por vocación, miembro del partido bolchevique y, en algún punto de su vida, cercano a Vladimir Lenin. Participó activamente durante la revolución de 1905, que obligó al gobierno del zar a dar algunas concesiones moderadas a la burguesía liberal para calmar las aguas, al tiempo que aplastaba a los elementos más radicales. La experiencia de esta revolución truncada fue un duro golpe para Bogdanov, pero no le hizo renunciar a sus ideales. En parte la creación de Estrella Roja responde a esta frustración y a la esperanza de que alguna vez el sueño socialista se haría realidad.
Claro, en tiempos de Bogdanov estaba muy de moda la literatura utópica, así como la literatura sobre Marte, incluso en lengua rusa, y tampoco fue el primero en mezclar ambos tópicos. Recordemos Unveiling a Paralell (1893) de Alice Jones y Ella Merchant, con una utopía feminista en el Planeta Rojo. Según el prefacio de Richard Stites, profesor de Historia especializado en Rusia, Bogdanov debía saber muy bien que las masas trabajadoras preferían las historias de aventuras que los libros de aleccionadora propaganda, y siendo él mismo un hombre de ciencia con inclinaciones filosóficas, habría decidido que la mejor forma de comunicar sus ideas revolucionarias sería a través de uno de esos “romances científicos” de moda.
Estrella Roja nos cuenta la historia de Leonid, un joven científico y revolucionario, justo como nuestro autor, y al igual que él, un miembro del partido bolchevique durante los alzamientos de 1905. En medio de la insurrección, es abordado por un extraño llamado Menni, que lo invita a viajar a Marte. Pronto se revela que Menni y sus camaradas son todos marcianos, con grandes ojos negros y barbillas delgadas; aunque no lo suficientemente distintos de los humanos de la Tierra como para no poder disimular con algunos accesorios.
Leonid ha sido escogido por los marcianos por combinar en su persona una mente científica y una pasión revolucionaria, rasgos necesarios para apreciar el viaje que está por emprender. Después de algunas imaginativas explicaciones de cómo funciona la antigravedad, Leonid y los marcianos parten hacia el espacio .
Como buen marxista, Bogdanov imagina que la historia en Marte habría seguido el mismo proceso progresivo descrito en las teorías del tío Karl. O sea, en el Planeta Rojo también habría habido un feudalismo, seguido de un capitalismo que finalmente llevó a una sociedad comunista. Así, los marcianos explican al joven ruso que la revolución de ese año está destinada a fracasar, porque Rusia y el mundo aún no están lo suficientemente maduros para el gran cambio que será necesario. Marte había sido muy afortunado: su historia no había sido tan violenta como la de la Tierra y la transición al socialismo se había dado con menos derramamiento de sangre. Esto se explica porque en el planeta vecino existe un solo continente, y no hay grandes cadenas montañosas que aíslen a las poblaciones humanas. Por lo tanto, no hubo divisiones tan marcadas entre naciones y culturas, y por lo mismo los irracionales odios tribales no fueron tan intensos.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es que permite conocer la visión del comunismo que tenía un revolucionario como Bogdanov, en un tiempo en que el establecimiento de la Unión Soviética estaba a más de una década de hacerse realidad. Sobre todo, el notorio contraste entre la visión igualitaria y antiautoritaria de ese socialismo soñado con la dura realidad que significó el estalinismo. En realidad, los movimientos revolucionarios en la Rusia zarista eran bastante diversos, incluso dentro del bolchevismo, y Bogdanov nos da una pequeña muestra de “lo que pudo haber sido”.
En el Marte de Bogdanov no hay monumentos dedicados a héroes individuales, sino conmemoraciones de grandes logros colectivos. No existe un estado omnímodo ni una burocracia engorrosa. El liderazgo de los expertos es respetado en su área, pero ningún individuo tiene autoridad arbitraria sobre los otros. Las instrucciones del capitán de la nave espacial, por ejemplo, son obedecidas en cuanto a que él es el experto, pero su autoridad no llega más allá.
En este mundo la equidad entre los géneros es absoluta, hasta el punto de la androginia, y la monogamia obligatoria ha quedado superada para abrazar el amor libre. Los niños son criados colectivamente en instituciones, los hospitales psiquiátricos son mucho más humanitarios de lo que habría podido verse en cualquier lugar de la Tierra en esos años, y la eutanasia ha dejado de ser un tabú.
La ciencia y la tecnología se han puesto al servicio de la humanidad. El avance tecnológico ha llegado a un punto que la producción industrial genera tanta abundancia que las personas sólo tienen que trabajar unas pocas horas. Además, suelen cambiar de oficio después de algún tiempo, para evitar la monotonía y hartazgo. Es como decía Marx:
“En la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganador, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.”
Como no existe el empleo asalariado, y cada quien puede tomar lo que requiera, el trabajo no es obligatorio, sino voluntario, basado en la solidaridad y responsabilidad con el bien común: “cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades”.
Toda la información de las fábricas y almacenes es recogida por “máquinas electrónicas”, es decir computadoras, que analizan y envían los datos importantes a todo el planeta. Así es posible saber en qué aspectos de la producción hay excedentes y en cuáles hay insuficiencia, lo que permite a los trabajadores reubicarse hacia donde hace falta la mano de obra. Esto me recuerda mucho al proyecto Cybersyn, del gobierno de Salvador Allende en Chile, que consistía más o menos en eso mismo, y que fue destruido por la dictadura militar. De hecho, resulta de Bogdanov estaba intentando desarrollar una teoría la que él llama “tectología”, sobre los procesos autorregulatorios de los sistemas complejos. Su mayor ambición era crear a una ciencia universal que abarcara todas las áreas del conocimiento para poder mantener el equilibrio en dichos sistemas y al mismo tiempo orientarlos hacia una meta deseada. Con ello, Bodganov se convierte en un precursor de la cibernética y la teoría de sistemas.
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| Modelo del proyecto CyberSyn |
Entonces, ¿qué tal está la novela en sí? Bueno, pues resulta más interesante como antecedente y producto cultural de su época que entretenida como libro. De hecho, su importancia para la posteridad fue tan grande que a Bogdanov se le considera el fundador de la ciencia ficción soviética, que sería muy prolífica en las décadas por venir. Además, como otros han señalado, muchas personas ha imaginado utopías, pero Bogdanov escribió la suya mientras estaba trabajando y luchando por construirla en el mundo real, lo que resulta muy llamativo.
Sin embargo, honestamente, la literatura utópica tiende a ser un poco aburrida, sobre todo la de aquella época, porque por lo general es muy expositiva y la trama carece de conflictos. La convención dictaba una misma estructura: un personaje externo al que los utopianos dan una visita guiada por su paraíso, mientras le explican su funcionamiento y por qué resulta todo tan maravilloso.
Por una parte, creo que necesitamos más narraciones utópicas, no para aspirar a construir mundos tal cual nos los describen sus autores, sino para ampliar nuestra imaginación sobre lo que es posible y deseable en este mundo nuestro. En este sentido, vale la pena recuperar las ensoñaciones del pasado, incluso las que no nos resultan tan factibles o convincentes. Por otra parte, sin un conflicto significativo, sin un protagonista que tenga que superar obstáculos externos e internos, es difícil que haya una narración interesante.
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| Edición de 1925 |
Bueno, en realidad, sí existe algún conflicto cerca del final de la novela. Leonid descubre que la población marciana sigue creciendo sin parar, y que su consumo de los recursos naturales aumenta a la par. Pronto, calculan los científicos, el planeta será incapaz de sostener a la civilización. Desacelerar el crecimiento demográfico o el desarrollo industrial quedan fuera de toda consideración, por ser contrarios a la ideología comunista marciana. Queda entonces, colonizar algún otro planeta.
Si hay una suerte de antagonista, éste sería Sterni, un científico marciano de carácter frío y calculador, quien propone la conquista de la Tierra, para lo cual sería necesario exterminar a su población nativa. Otra facción propone la colonización de Venus, pero éste planeta resulta inhóspito y volverlo habitable tomaría más tiempo y recursos del que disponen los marcianos. Algunos sugieren que se podría colonizar la Tierra incluyendo a los terrícolas e instruyéndolos en el socialismo, pero Sterni asegura que esto no sería posible. La violenta historia del tercer planeta y su cultura tribal harían inevitables los conflictos bélicos entre los terrícolas y los colonizadores marcianos. Incluso los socialistas de la Tierra, que aún no han logrado superar sus impulsos tribales, se opondrían a la ocupación extraterrestre, y ciertamente no verían con buenos ojos que miles o millones de sus congéneres terrícolas fueran asesinados por alienígenas. Y aunque fuera posible establecer núcleos socialistas en alianza con algunos terrícolas, estos enclaves se encontrarían siempre a la defensiva, rodeados de fuerzas hostiles.
“Si esto sucede, los países avanzados en los que el socialismo triunfe serían como islas en un mar capitalista -incluso, en algunos lugares, precapitalista- y hostil. Temerosas de perder su poder, las clases superiores de esos países no socialistas continuarían concentrando todo esfuerzo en destruir estas islas. Constantemente organizarían expediciones militares contra ellas, y entre las filas de los pequeños propietarios en las naciones socialistas encontrarían bastantes aliados dispuestos a cometer traiciones. Es difícil prever el resultado de estos conflictos, pero incluso en los casos en que el socialismo salga victorioso, su carácter se vería profundamente pervertido por el largo asedio; el terror, el militarismo y un patriotismo barbárico serían las inevitables consecuencias. Ese socialismo sería muy diferente del nuestro.”
No, pos wow. Este pasaje resulta desconcertantemente previsor con respecto a cómo se desarrollaría el “socialismo en un solo estado” de la Unión Soviética durante el siglo XX.
Contrario a lo que creen algunos zafios, Marx no decía que la naturaleza humana fuera toda bondad ni que la perfección humana fuera necesaria para vivir en una sociedad comunista. Bogdanov lo reconoce: siempre habrá conflictos por una u otra razón. La humanidad marciana no se ha librado de celos, envidias y disputas personales, o de impulsos colonialistas como los que existen en la Tierra. Pero que no podamos vivir en un mundo perfecto no significa que no podríamos vivir en un mundo mucho mejor que el que tenemos. Que de eso se trata la utopía, como ejercicio de imaginación.
Esta edición de la Universidad de Indiana incluye no sólo Estrella Roja, sino su precuela El ingeniero Menni, publicada en 1913, que me resultó un poco más interesante. Para entonces el impulso de 1905 se había agotado y la posibilidad de una revolución en Rusia parecía cada vez más lejana. Como muchos otros bolcheviques, Bogdanov vivía en el exilio en Europa occidental,y ahora estaba más preocupado por cuestiones científicas y filosóficas. De hecho, para entonces el autor había abrazado de lleno una extravagante corriente epistemológica llamada “empiromonismo”, cuya concepción de la realidad era eminentemente idealista (negaba la existencia de un mundo material independiente de la consciencia). Aunque en sus posturas políticas nunca dejó de ser un socialista, su abandono del materialismo, elemento sine qua non del marxismo clásico, lo llevó finalmente a romper con el camarada Lenin.
El ingeniero Menni (Инженер Мэнни) cuenta una historia en los albores de la revolución que llevaría a Marte al socialismo. Es una historia en la que se ponen en práctica las ideas marxistas sobre la dialéctica y la lucha de clases. Menni (distante ancestro de su homónimo en Estrella Roja) es un brillante ingeniero, hijo de una familia noble caída en desgracia y destruida por una revolución burguesa.
Menni es un revolucionario a su manera, con una visión radical sobre el futuro y que se toma su trabajo muy en serio, aunque dista de ser un socialista. Cree en el progreso de la humanidad marciana, y que dicho progreso llegará a través de los conocimientos y poderes que la ciencia ha proporcionado al hombre, aplicados racionalmente para el bien común. Su proyecto más ambicioso es la construcción de un gigantesco sistema de canales que irrigaría el vasto desierto austral de Marte, proporcionando así nuevas tierras que podrían ser usadas para la agricultura, la vivienda, la industria, la navegación, etcétera. Por cierto, todo esto es una referencia a los “canales” que los astrónomos del siglo XIX creyeron ver en Marte, y que están presentes en casi toda la literatura marciana de la época.
Aquí se aprecia la aplicación de las teorías de Marx, quien no dejaba de asombrarse por la capacidad del capitalismo de coordinar y dirigir los poderes del trabajo y el ingenio humanos hacia grandes proyectos de transformación del mundo material, mismos que ponen a nuestro alcance enormes riquezas que de otro modo serían inaccesibles. Tal es la función de Menni en la historia de Marte, quien tiene que enfrentarse a la estrechez de miras, la corrupción, la envidia y la codicia de sus compatriotas para llevar a cabo su gran sueño.
Su hijo Netti (seh, todos los nombres marcianos son así), nacido de un romance fugaz y que no conociera a su padre sino hasta la adultez, sí que es un socialista, miembro de un movimiento revolucionario cada vez más numeroso. Netti reconoce los grandes logros de su padre y la potencia de su visión. Pero está ahí para mostrarle que, de cierta forma, su papel en la gran narrativa de la humanidad marciana ha concluido, y ahora necesita hacerse a un lado para permitir que la siguiente generación dé los pasos que la llevarán al futuro. Si en Menni está encarnada la revolución que permitió avanzar del feudalismo al capitalismo, en su hijo Netti se personifica la siguiente revolución, que dejaría atrás el capitalismo para dar lugar al comunismo.
Menni es un hombre justo y empático, que quiere un buen trato para los trabajadores, a diferencia de otros individuos que no dudan en usar la brutalidad contra ellos. Pero también es un elitista convencido de su propia superioridad, y que no está dispuesto a renunciar a su autoridad sobre sus subordinados. Netti es un verdadero revolucionario que sabe que el bienestar de los obreros no puede depender de la benevolencia de los amos, sino de la abolición del sistema de clases. Los debates filosóficos entre padre e hijo constituyen, a mi gusto, lo más interesante de la novela, en especial esta parte en la que Netti usa la metáfora del vampiro para darse a entender:
“Imagina un hombre que trabaja en cualquier campo. Vive para sí mismo en cuanto organismo fisiológico y vive para la sociedad en su capacidad como profesionista. Vierte su energía en la corriente de la vida, fortaleciéndola y contribuyendo a la conquista de aquello que le es hostil. Al mismo tiempo, él indudablemente le cuesta algo a la sociedad, vive del trabajo de los otros y sustrae algo de la vida a su alrededor. Pero mientras dé más de lo que toma, él acrecenta la suma de la vida y representa una cantidad positiva. A veces, sigue siendo así hasta el momento de su muerte física. Sus manos se han vuelto débiles, pero su cerebro funciona bien; el viejo piensa, enseña, educa a los otros y le comunica sus experiencias a los más jóvenes. Puede ser que más tarde incluso su cerebro se canse y su memoria de desvanezca, pero su corazón sigue latiendo con ternura y simpatía por la vida joven, y esta pureza y nobleza contribuyen a la vida vigorizando el espíritu de armonía y unidad.
Esto ocurre rara vez, sin embargo. Con mayor frecuencia un hombre que vive mucho tiempo tarde o temprano habrá vivido demasiado. Entonces empieza a tomar más vida de la que da y su existencia le resta a la suma total. La hostilidad emerge entre él y la vida: ella lo rechaza y él hunde sus colmillos en ella e intenta hacer retroceder el tiempo hacia el pasado, cuando él se sentía unido a la vida. Bebe sus jugos vitales para seguir viviendo, y al hacerlo le impide crecer y seguir su movimiento hacia adelante. No es ya un hombre, porque lo humana y socialmente creativo en él ha muerto. Es sólo un cuerpo. Pero mientras un cadáver ordinario es dañino (pues debe ser apartado y sepultado para que no contamine el ambiente), un vampiro, un cadáver viviente, es mucho más nocivo y peligroso, especialmente si ha sido un hombre fuerte en vida.”
Este pasaje tiene un tufo de edadismo muy incómodo, y me repele la perspectiva de valorar a los seres humanos sólo en cuanto a su capacidad de contribuir a la colectividad, y no considerar a cada individuo valioso y un fin en sí mismo. Sin embargo, en el mundo actual, en que los líderes mundiales son casi todos gerontócratas tratando de mantener un sistema caduco, o intentando volver a un orden social pasado (real o imaginario), la analogía me parece reveladora. A veces sí es necesario apartar del camino a quienes (sea cual sea su edad) se aferran a ideas y posturas rancias que ya no tienen cabida en este mundo y le siguen haciendo daño.
Ni Estrella Roja ni El Ingeniero Menni me parecieron libros muy cautivadores, y debo admitir que, a unos meses de haberlos leído, la mayor parte de lo que sucede en ellos se me ha olvidado. Tampoco son precisamente aburridos, ni sentí que perdiera el tiempo al leerlos. No dudo que haya personas que les tomarían gusto. Ya sea que les interese la ciencia ficción temprana, la historia y la literatura rusa, o la filosofía política, seguro que Alexander Bogdanov tiene un buen número de lectores por ahí esperando a descubrirlo.
FIN
PD: Tengo que decir que esta edición es muy bonita, con un encuadernado de primerísima calidad. Incluye las ilustraciones originales que acompañaron a la edición de 1923, más un prefacio de Richard Stites, profesor de Historia especializado en Rusia, y un postfacio de Loren R. Graham, historiador de la ciencia. Leerlos resulta de mucha ayuda para poner a la obra y al autor en su contexto; de ahí saqué la mayor parte de la información para redactar esta reseña. Ahora sé que sí hay existen ediciones en español de la novela, pero no había hallado ninguna cuando adquirí mi ejemplar.
PD2: Aquí he usado socialismo y comunismo de forma más o menos intercambiable, que es como aparece en Marx y como, me parece, las usa Bogdanov. La distinción entre una y otra como estadios definidos de un mismo proceso (socialismo como etapa de transición al comunismo) es más bien una innovación de Lenin y sus continuadores.









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