miércoles, 18 de septiembre de 2019

It - Capítulo 1: La Novela




It, una de las novelas más exitosas de Stephen King, apareció originalmente en 1986. Con el éxito de la segunda parte de la nueva adaptación cinemática (que reseñaré en la próxima entrada), Stephen King está de nuevo en boca de todos (¡y pronto llega Doctor Sleep con Ewan McGregor!). Es un buen momento para revisar esta épica novela de terror, quizá la más conocida del amo contemporáneo del género, una mezcla de maestría literaria y estética pulp, de muestras de absoluta genialidad y de pintorescas tonterías. Mild spoilers ahead!

¿Qué es lo genial? La estructura narrativa, el manejo del tiempo, en que se intercalan pasado y presente con precisión muy bien calculada, y se entretejen a lo largo de los capítulos, hasta que uno y otro se fusionan en el mismo plano narrativo. Pues la relación entre pasado y presente, entre memoria y olvido, es uno de los temas centrales de la novela.

Derry, la pequeña ciudad en la que transcurre nuestro relato, es también magistral. Esta localidad, con sus episodios inusitados de violencia y la inconsciencia voluntaria de su población, es más que un escenario y se convierte en un personaje en sí mismo. King no idealiza el típico pueblito estadounidense, como nos hemos acostumbrado a ver en películas hollywoodenses. Tampoco idealiza la década de los 50, a la que la nostalgia gringa suele blanquear. En el Derry de la época del rock & roll hay racismo, pobreza, clasismo, violencia y corrupción.



Lo mejor, no me queda duda, es el retrato que King hace de la infancia y de sus poderes intrínsecos. El poder de las amistades más auténticas y sinceras que se conocen en la vida. El poder de la creencia pura que sólo se da en esos años. Por eso sólo los niños pueden enfrentarse al monstruo. Los adultos encuentran siempre la manera de racionalizar lo que ocurre en Derry, pero los niños entienden rápido “aquí hay un monstruo” y sólo ellos son capaces de tener la fe en que pueden vencerlo.

Pero no se crea que la infancia está idealizada. Al contrario, el retrato que hace King de la vida de un niño creciendo en un pueblo de Nueva Inglaterra es duro y a veces brutal. Los padres son abusivos o ausentes, las madres son neuróticas y sobreprotectoras, los bravucones reinan bajo la ley de la selva. La vida de estos niños, que juegan entre los basureros y los terrenos baldíos, puede estar llena de ingenuidad y fantasía, pero es realmente violenta.

King, por cierto, demuestra aquí ser un excelente narrador no sólo para episodios siniestros, sino también para los violentos. Tiene un talento impresionante para describir luchas y persecuciones; cuya intensidad física los lectores pueden sentir como si estuvieran ahí. Pasajes como la balacera, el incendio, la pelea de rocas o la huida de Beverly de su hogar paterno son de lo mejor. Junto a ellos, desde luego, están los momentos perturbadores. La narración del asesinato de un bebé me sobrecogió; la descripción de los túneles bajo la ciudad me contagió la claustrofobia.



Los capítulos sobre la infancia de nuestros personajes están tan bien logrados, y los que se dedican a la vida adulta son tan inferiores, que a menudo, mientras leía, habría querido que King se limitara a escribir una historia de fantasía oscura sobre niños y dejara de lado la adultez de nuestros héroes. Sin embargo, si hubiera hecho eso, nos perderíamos de uno de los mensajes más importantes: la necesidad de recordar y recuperar esos poderes de la infancia.

El bien y el mal, la dualidad del alma humana, es un tema fundamental en King. Los seres humanos, en tanto individuos o sociedades, son capaces de terribles atrocidades o de gran valentía. Pero por encima de ellos y por debajo de ellos, están el Bien y el Mal cósmicos. La maldad de las personas posibilita al Mal sobrenatural, que a su vez alimenta e inspira las perversidades humanas. A su vez, el Bien guía a los bondadosos y se nutre de sus acciones.

Por otro lado, están las partes bobas de la novela. La razón por la que no me dio miedo es que pedía demasiado de mi suspensión de la incredulidad. Algunos pasajes en verdad siniestros me fueron arruinados porque King iba demasiado lejos. Me encanta que la entidad se aparezca como diversos monstruos clásicos de la cultura pop, pero siento que King lo arruina metiendo siempre pompones y globos para dejar en claro que se trata de Pennywise. Cosa que además no tiene sentido, dado que el payaso no es ni siquiera la forma original de Eso.



Me gusta la cosmogonía que se inventa King, todo eso de la Araña y la Tortuga. Pero si en una historia juvenil, por más macabra que fuera, quedaría muy bien, en una que quiere ser de adultos me pareció demasiado estrafalaria para tomarse en serio. Lo mismo con episodios como el de la estatua de Paul Buyan que cobra vida. Aunque quizá todo eso está allí para reforzar el punto central de la novela: enfrentar, siendo adultos, los terrores infantiles con las fantasías y esperanzas de la niñez.

Alguna vez leí una parodia sobre cómo los hombres escriben personajes femeninos: She got up, her boobs bouncing beneath her nightgown; she boobed her boobs boobily and boobed back with her boobalicious boobs. Bueno, pues King escribe así. Es claro que él es un hombre de bubis, pero la atención que le presta a los senos es tan excesiva que se vuelve ridícula, siendo el principal rasgo que describe de todos los personajes femeninos, incluyendo a una Beverly de 11 años. De hecho, la joven Beverly se me hizo sexualizada en exceso. Puedo entender que King está hablando de la pubertad, la época del despertar sexual, cuando los cambios en cuerpo y mente son el centro de la vida de un joven. Pero nada de ello justifica, LA escena… ¿Ya saben cuál? Sí, ESA. Tan horripilante que fue excluida de las adaptaciones cinematográficas. Fue totalmente gratuita e innecesaria, claramente escrita bajo los influjos de alguna droga.

Por último, está la extensión. Aunque la narración de King es casi siempre dinámica y cautiva al lector desde las primeras páginas, hay algunos pasajes demasiado prolijos que bien podrían haberse omitido. De por sí es difícil mantener la calidad en una obra de largo aliento y, tras las más de mil páginas, a King por momentos se le escapa de las manos.



Claro, están las repeticiones tópicas y típicas de King, de ésas que permiten jugar el Stephen King Drinking Game. Te tomas un shot si: la historia transcurre en Maine, hay una pandilla de chavales, hay un bravucón que carece por completo de cualidades redimibles, fanáticos religiosos que son bien mierderos como personas, padres abusivos, un personaje que es escritor, otro que es un adicto recuperándose (doble shot si son el mismo personaje), y así por el estilo. De cierta forma, It es como una versión extendida de The Body (en la que se basa la estupenda cinta Stand by Me), pero con un payaso monstruoso añadido.

Pero la balanza se inclina, por mucho, hacia el lado positivo. La novela más célebre de Stephen King merece la fama que tiene. Es un clásico, y una gran obra literaria por sus propios méritos. Con la caracterización de sus personajes y del mundo en el que viven, es un testimonio de toda una sociedad y de su época, un retrato de una niñez como ya sólo las viejas generaciones conocieron, un recordatorio, tan universal como específico, de nuestros viejos temores y de la forma de enfrentarnos a ellos.


Continuaremos con las reseñas de la miniserie de 1990 y las nuevas películas. ¡Nos vemos! 

martes, 10 de septiembre de 2019

La sociedad abierta y sus enemigos (Segunda parte)



Leer la primera parte


III.- La razón y el saber

Como muchos otros pensadores de su tiempo, Popper advertía de los peligros de la irracionalidad, el misticismo y el culto a las pasiones. Pero sus palabras son muy diferentes a lo que yo había leído, y lo que tenía que decir al respecto es de lo que más me sacudió. Sí, el irracionalismo es peligroso, pero también lo es el pseudorracionalismo.

Para Popper, ser racional no es sólo aceptar las evidencias y pensar con lógica, sino estar abierto a la crítica, tener siempre en mente que yo puedo estar equivocado y tú puedes estar en lo correcto. La racionalidad no es algo que uno posea, como la estatura, ni depende sólo de las facultades intelectuales (individuos brillantes pueden ser muy irracionales). La razón es algo que se ejerce, y que se construye en el diálogo con los otros, al someter nuestras ideas al escrutinio de los demás, y vernos obligados a defenderlas o reconocer sus debilidades para modificarlas. 

El verdadero racionalismo es el de Sócrates, que invita ante todo a reconocer las propias limitaciones, que sabe que un debate rara vez podrá servir para dar con la verdad, pero que es la mejor forma que tenemos para aprender y corregirnos los unos a los otros. Para ello se requiere de la libertad de pensamiento y expresión.

El racionalismo implica una visión modesta de razón y la ciencia, las reconoce como nuestras mejores y más valiosas herramientas, pero no les atribuye infalibilidad ni omnisciencia. No podemos ser perfectamente racionales, ni objetivos, ni podemos alcanzar la verdad, y siempre podríamos estar equivocados.  La sabiduría no nace de la acumulación de conocimientos, sino de la experiencia y el error.



El pseudorracionalismo es la actitud de Platón. Es el convencimiento de la propia superioridad intelectual, de poseer un don propio de iniciados, un instrumento infalible para juzgar y conocerlo todo, que dota de autoridad a su poseedor y que no reconoce la deuda que cada uno de nosotros tiene con los demás, a quienes debemos lo poco que conocemos y entendemos.

Esto me recuerda a los escépticos chafitas de Internet, y me queda claro lo intelectualmente limitado que siempre fue su movimiento (me refiero a barbudos con fedora, no al Skeptical Inquirer). Ellos veían a la racionalidad como una posesión, incluso como una cualidad inherente a sus personas, que les daba superioridad sobre los demás. Creían haber alcanzado la objetividad perfecta y que por lo tanto cualquier cosa que pensaran debía estar en lo correcto.[1]

Los debates servían no para aprender, sino para dominar, para demostrar esa superioridad, para destruir al enemigo. Incluso algunos entrecomillaban con desdén la palabra “argumento”, pues, según ellos, no presentaban argumentos, sino que enunciaban puros hechos objetivos y extraían de ellos las únicas conclusiones lógicas posibles. Con esa vena autoritaria y confrontacional, no me extraña que muchos de ellos terminaran volviéndose a la Alt-Right, ni que de esa cultura de fetichización de los facts and logic surgieran performanceros como Ben Shapiro o Jordan Peterson.




Pero tampoco hay que caer en el relativismo o el nihilismo que predican la irracionalidad y que sostienen que cualquier forma de pensar o de conocer es igualmente válida. Popper respondía a modas intelectuales de su época, pero lo que dice igual aplica a ciertas formas de posmodernismo. En efecto, a pesar de nuestras limitaciones, podemos ir dejando atrás los errores; con todo y que la verdad absoluta es inalcanzable, podemos siempre avanzar y quedar un poco más cerca de ella. La física de Newton no era la Verdad, pero estaba menos errada que la física de Aristóteles. Aunque la perfección sea imposible, podemos alejarnos del error y acercarnos a la verdad. Ninguna otra forma de pensar implica ese reconocimiento de la propia falibilidad, ni esta disposición a la autocorrección. Por eso ninguna ha sido tan exitosa y productiva como el racionalismo científico.

La noción relativista de que el conocimiento y las ideas, incluso la ciencia, están determinadas por la cultura o la clase social (o el género, la orientación o cualquier otra forma contemporánea de identidad interseccional), se derrota a sí misma. Es decir, entonces la creencia de que tus ideas dependen de la identidad, es otra idea que seguro depende de tu identidad. Además, pensar así elimina la posibilidad de comunicación universal humana, pues lo subjetivo es incomunicable. La actitud que nos permitirá acercarnos los unos a los otros es la de “puede ser que yo tenga la razón, puede ser que tú la tengas, pero debe haber una realidad externa a las subjetividades de ambos, y juntos podemos acercarnos a ella”. Nadie está libre de sesgos, pero el hecho de que aceptamos este principio significa que sí podemos estar un poco menos sesgados.


Por más que lo anuncie, nadie puede sentir un amor incondicional por toda la raza humana. Siempre dividiremos el mundo entre quienes son cercanos a nosotros y quienes no, y ni el más filántropo llorará igual la muerte de un ser querido que la de un extraño. El principio moral de que todos los seres humanos somos igualmente valiosos no puede sostenerse de puro sentimentalismo, sino de reconocer a cada ser humano como un potencial interlocutor, y eso implica la existencia de un lenguaje común.

Adoptar el racionalismo es, a fin de cuentas, una elección ética. Una vez alguien me comentó que “prefiere los hechos, porque son objetivos, a la ética, que es subjetiva”. Amigo, ésa es una valoración ética y subjetiva. No hay un argumento objetivo que indique que debamos ser objetivos. Puedes argumentar, “la medicina científica es más efectiva para curar una enfermedad que las pseudomedicinas”, y es cierto, pero ¿por qué quieres una medicina efectiva? ¿Para aliviar tu propio sufrimiento, el de otros? ¿Y por qué quieres eso? ¿Por qué es preferible el alivio que el dolor? ¿Por qué es preferible la verdad que la mentira? Ultimadamente es una decisión ética, la decisión de que la humanidad es una sola y de que no debemos permitir el sufrimiento de nadie.

IV.- El hechizo de Platón



Quizás hemos estado admirando a los griegos equivocados. Platón y Aristóteles fueron grandes filósofos, es cierto, pero ultimadamente eran aristócratas que vivían en un mundo de abstracciones. Deberíamos poner mayor atención en personajes como Pericles, Demócrito y Antístenes, y los demás griegos que fundaron la democracia ateniense, que crearon leyes e instituciones para llevar a cabo un experimento político sin precedentes en la historia humana, y que hasta iniciaron movimientos para abolir la esclavitud.

Pero la veneración por los filósofos en sus torres de marfil, promovida por intelectuales de salón, ha causado que ignoremos el hecho de que, en realidad, y a pesar de su indiscutible brillantez, fueron enemigos de la sociedad abierta. Su fama se debe sobre todo a que dejaron copiosos textos, a diferencia de los hombres pragmáticos que en cambio construyeron instituciones. Platón pone como cabeza de su sociedad a los reyes filósofos y le da una gran importancia a la educación; a lo largo de la historia los intelectuales se han sentido halagados por ello. Y ésta es una lección importante: las mentes más brillantes y eruditas de una época pueden ponerse al servicio de los enemigos de la sociedad abierta. De ahí la importancia de criticar, aun de condenar, a los héroes de la propia cultura.

La República de Platón era un proyecto para reconstruir la sociedad cerrada, con clases sociales rígidas y jerarquías estáticas. Su idea de justicia era que cada quien estuviera contento con el lugar en el que le tocara en la pirámide social. Platón creía que la ley de la historia es la decadencia, y que todo cambio acercaba a una sociedad al declive. Como muchos de los utopistas que le siguieron, lo que Platón quería era detener la historia, congelar a la sociedad en el tiempo para que ya no hubiera más cambios.



Platón simpatiza más con la rígida y austera sociedad espartana que con la esplendorosa cultura ateniense que le vio nacer. De fondo, esconde el resentimiento del aristócrata condenado a vivir en una democracia donde sus “inferiores” tienen tanta voz como la suya. Por eso, como todos los enemigos de la sociedad abierta, defiende la idea tribal de una clase que por derecho debe gobernar, y plantea una teoría racial para justificarla. La aristocracia ateniense es nativa de la región Ática, y por ello es esencialmente distinta a las clases populares.

Platón hace apología de la eugenesia y dice que la decadencia de las civilizaciones llega cuando la clase gobernante se corrompe al mezclarse con cepas impuras. La sociedad necesita a esta élite, como el cuerpo necesita una cabeza, y lo más importante es preservarla impoluta en el poder absoluto, usando toda clase de violencias y engaños para mantener el orden social.

Las ideas de Platón han tenido una influencia profunda, duradera y terrible. Dos milenios después, los aristócratas franceses, derrotados por la Revolución, despotricaban sobre su superioridad racial. Según ellos, la nobleza era descendiente de los conquistadores francos (germánicos), y por lo tanto superiores al populacho de origen galorromano. La destitución de la que, por derecho, debía ser la “raza gobernante”, sólo llevaría a la sociedad francesa, y europea, al caos y la barbarie. Estas ideas tuvieron poco eco en Francia, pero sí mucho en Alemania, y es el origen de los disparates acerca de la “raza aria” que siglo y medio más tarde derivaron en las masacres demenciales de Hitler.



A principios del siglo XX Oswald Spengler publicó La decadencia de occidente, un libro en el que, como Platón, sostenía la tesis de que todas las civilizaciones están destinadas a la decadencia y posterior muerte. Para evitarlo, la única respuesta es darle el poder absoluto a un “César” que detenga el proceso de cambio. Esta visión determinista y lúgubre de la historia humana es la que lleva a toda clase de violencias, a la creencia de que lo que se necesita es un hombre fuerte que, con un poder sin límites, pueda “hacernos grandes otra vez”, regresarnos a la sociedad tribal y detener el cambio. Naturalmente, Hitler y Mussolini tomaron nota de Spengler.

Hoy en día, los reaccionarios no dejan de hablar de la “decadencia del mundo occidental” y para evitarla quieren regresar a la sociedad cerrada. Pero ya sabemos a dónde llevan esos experimentos. Las ciudades de Europa no fueron arrasadas por el multiculturalismo, ni por la liberación sexual, ni por la equidad de géneros, ni por la secularización o la tolerancia religiosa, sino por los gobernantes y militares que preferían prenderle fuego al mundo antes que verlo evolucionar.

V.- Las profecías de Marx



Si sólo han oído hablar de este libro, es probable que hayan escuchado que Popper culpa a tres filósofos, Platón, Hegel y Marx, de haber sembrado las semillas del totalitarismo del siglo XX. Al leer el libro descubrí que eso se trata de una burda simplificación. En realidad, la crítica a esos tres filósofos es mucho menos importante que los conceptos que Popper defiende o pone en tela de juicio. Lo bueno y lo malo en la obra de estos, y otros pensadores, son puntos de partida para que el autor haga una amplia crítica de filosofía política, y de las nociones que de una u otra forma han dominado el discurso y el debate público.

A Hegel dedica muy poco espacio y de él dice justamente lo contrario de lo que afirmaba Lukács: que era un reaccionario defendiendo el poder de la monarquía prusiana. Para ello, Hegel trastornó el significado de palabras como libertad y justicia, usando malabares retóricos de forma que libertad terminara significando el sometimiento al Estado. No conozco la obra de Hegel de primera mano, y tengo entendido que es tan confusa que se pueden sacar de ella mil interpretaciones distintas. De modo que suspendo mi juicio sobre si Lukács o Popper tienen la razón sobre él.

El método dialéctico es pseudocientífico: se basa en afirmaciones ad hoc que no pueden demostrarse ni refutarse. Sobre cualquier cosa se puede decir que es el resultado de la lucha de opuestos y de contradicciones internas. En cualquier proceso de cambio podemos decir que cualquier cosa es una tesis, cualquier otra una síntesis, cualquiera que sea el resultado, su síntesis. Se trata de una propuesta metafísica, no de un planteamiento científico demostrable ni medible. Eso me queda claro, por eso me extraña que todavía hoy aparezcan científicos sociales defendiendo el método dialéctico marxista-leninista. Pero bueno, qué sé yo.



Ahora bien, sobre Karl Marx… No me esperaba encontrar un reconocimiento tan sincero del autor hacia su tocayo. Para Popper, Marx es uno de los más grandes amigos de la sociedad abierta, un hombre con un sólido sentido de justicia cuyos aportes cambiaron para siempre las ciencias humanas e impulsaron la lucha social. Popper considera que la crítica de Marx hacia el capitalismo decimonónico es básicamente certera, pues ese sistema en el que el poder económico no tenía riendas para explotar a los necesitados era, en efecto, una monstruosidad.

Las críticas de Popper hacia Marx son constructivas y benévolas. La ciencia avanza con ensayo y error, y Marx nos hizo avanzar incluso cuando estaba equivocado. ¿En qué falló? Su determinismo histórico fue su principal error, pues la historia no tiene leyes definidas que establezcan cómo se desarrollará. Platón creía que el destino es la decadencia, pero Marx (como Hegel) creía que la ley de la historia es progreso. A eso, Popper lo llama historicismo, y señala que no hay bases para creer que así sean las cosas. La historia no tiene leyes, ni tiene un significado intrínseco; a cada generación le toca reinterpretar la historia, que por necesidad será parcial e incompleta.

El progreso es posible, pero hay tantos factores tan fuera de nuestra comprensión, y todavía más lejos de nuestro control, que no hay forma de predecir el futuro. Popper se atreve a adivinar que la profecía marxista de una sociedad sin clases nace en gran parte del anhelo de dar una promesa que consuele a las masas oprimidas ante el mundo tan desolador que conocieron.

Marx decía que el Estado es esencialmente la forma de control de la clase dominante sobre la clase oprimida. En una sociedad sin clases, entonces, no existiría el Estado, se desvanecería. Pero no se le ocurrió pensar que, aún después de abolir a la burguesía podría aparecer una oligarquía, una nueva clase privilegiada, que tome el control del aparato estatal, como sucedió en la Unión Soviética. Por eso el punto nunca es quién debe gobernar, sino cómo los gobernados controlarán al gobierno; tampoco cuál es la esencia de una institución, sino cómo funciona y cómo podemos conseguir que haga lo que queremos.

Marx tenía razón en que sería la lucha misma de los movimientos obreros, presionando siempre por arrebatar los privilegios a la clase dominante, la que llevaría al progreso social, pero no concibió que la clase trabajadora podría llegar a incidir en el sistema político existente sin necesidad de destruirlo. Tampoco vio que personas en las clases privilegiadas podrían contribuir a ese cambio, como sucedió con diversos movimientos humanitarios en Inglaterra.



Popper no culpa a Marx de no haber sabido que con el tiempo ese capitalismo irrestricto, que había conocido él, sería poco a poco sometido al poder político democrático. Que los movimientos obreros lograrían conquistar muchos nuevos derechos sin abolir el sistema capitalista. De hecho, ése fue el camino que siguieron los países capitalistas más desarrollados: no uno de una explotación y opresión cada vez mayor que llevara a la revuelta social, sino de continuas reformas, como la introducción del salario mínimo, la jornada laboral máxima, la seguridad social, etcétera. Contrario a lo que esperaba Marx, no fue en los países capitalistas más desarrollados donde estallaron las revoluciones, sino en naciones atrasadas, principalmente agrarias. Las revoluciones no llevaron al desvanecimiento del Estado, sino a gobiernos de corte totalitario.

Claro, Popper estaba hablando del capitalismo del New Deal y del keynesianismo; para él parecía que la sociedad capitalista estaba tomando el rumbo correcto y que no volvería atrás. No podría haber predicho la llegada del neoliberalismo en el último tercio del siglo XX, ni el resurgimiento del capitalismo más salvaje, ni de cómo la división del trabajo se volvería internacional, provocando la mayor desigualdad económica que se hubiera visto en generaciones. Pero bueno, podemos ser indulgentes con él, como él lo fue con Marx.

Popper critica menos a Marx que a sus sucesores, tanto en las democracias occidentales como en la Europa oriental. En su creencia de que sólo el enfrentamiento total en una revolución socialista traería el cambio, muchos de ellos se negaron a participar en las medidas que habrían mejorado las condiciones reales de los trabajadores. Era más importante alimentar las contradicciones internas del sistema y hacer estallar la revolución que aliviar el sufrimiento de seres humanos concretos. Algunos incluso pensaron que era buena idea dejar crecer al fascismo, pues a lo mejor era hasta parte del “desarrollo natural” que llevaría a la destrucción del capitalismo. Ya ven a dónde nos condujo eso…

VI.- Izquierdistas y liberales


Las palabras “liberal” y “liberalismo” han sufrido transformaciones semánticas en las últimas décadas. En un sentido amplio, liberal puede entenderse como lo opuesto a conservador o autoritario. Todos somos relativamente liberales en algunos aspectos, y menos en otros. En un sentido más estricto, liberal es lo que se adhiere a la tradición filosófica y política conocida como Liberalismo. Es aquí donde empiezan los problemas, porque muchas personas entienden cosas muy distintas al respecto, lo cual nos ha dejado en un estado de confusión.

En la cultura gringa, que los mexicanos copiamos muchas veces sin pensar, “liberal” había sido el espectro “izquierdo” (muy relativamente izquierdo) de la política partidista (el Partido Demócrata). Desde el ala derecha (muy absolutamente derecha) se sigue usando “liberal” para referirse a todo lo que se encuentre a su izquierda, desde los demócratas moderados hasta Antifa. Para los conservadores, “liberal” e “izquierdista” son intercambiables (hasta se usan etiquetas peyorativas como “libertard” o llaman “fascismo liberal” a los movimientos pro justicia social).

Algunos centro-derechistas o derechistas moderados se han apropiado de la palabra (a veces agregándole el adjetivo “clásico”), para defender la tradición del “Liberalismo nacido de la Ilustración” (con figuras señeras como John Locke), y de esa forma mostrar sus diferencias frente tanto a la derecha religiosa y tradicionalista, como a la izquierda. Estas personas defienden posturas como el absolutismo en la libertad de expresión, y el capitalismo laissez-faire, y rechazan los esfuerzos de colectivos pro justicia social, por considerarlos enemigos de la libertad individual.

Así, no es de extrañar que, desde la izquierda, en especial a partir de la campaña presidencial estadounidense de 2016, muchos abandonaron la etiqueta “liberal”, por considerarla propia más bien del establishment del Partido Demócrata, que no va lo suficientemente lejos en cuanto a justicia social y que le tiene demasiado cariño al capitalismo contemporáneo. Desde la izquierda, pues, liberal se usa como opuesto a radical, socialista o marxista y se dice llanamente “los liberales no son izquierdistas”. Sin embargo, los criterios que distinguen a un liberal de un izquierdista varían; para unos es un asunto de libre mercado vs intervencionismo, mientras que para otros es reforma vs revolución.

Para contribuir al caos, la etiqueta neoliberalismo se usa normalmente para la postura que retoma casi sólo los aspectos económicos del liberalismo (la mínima intervención estatal en la economía), mientras tiene posturas ambiguas o de plano reaccionarias ante temas sociales. Éste ha sido el paradigma de los gobiernos estadounidenses desde los 80, sean republicanos o demócratas. Ya ni de hablar del libertarianismo, un adefesio ideológico que ama tanto el capitalismo libre de injerencias estatales, que hace al neoliberalismo parecer moderado. Estos dos últimos se sienten parte de la tradición del liberalismo, y algunos izquierdistas les darían la razón.



Lo que defiende Karl Popper es distinto a todo ello. El austriaco no defiende un capitalismo irrestricto, porque la liberad sin límites termina eliminándose a sí misma, y eso incluye la libertad económica. Por ello, el Estado debe intervenir para proteger a los económicamente débiles de la explotación y el abuso a los que podrían ser sometidos por los poderosos.

Cuando Popper defiende el individualismo, no se refiere al egoísmo mezquino, ni a la idea de que cada quien está por su cuenta en este mundo, ni a que el bien común no importa, ni a que todos estamos en competencia los unos contra los otros, todo lo cual los izquierdistas denuncian en el mundo contemporáneo. Cuando Popper critica el colectivismo, no se refiere de la unión de esfuerzos por parte de ciertos grupos para resolver sus problemas colectivos (como los movimientos obreros), ni menos a la existencia misma de un Estado, a diferencia de los libertarianos, para quienes hasta pagar impuestos es colectivismo.

Antes bien, por individualismo se refiere al principio moral de que cada persona tiene valor en sí misma, en oposición a un colectivismo que la juzga como órgano de un cuerpo o parte de una maquinaria. De hecho, desde esta perspectiva, se fundamenta la lucha por el bien común: el sufrimiento y la alegría de una persona valen tanto como la de las otras, y no es justo sacrificar a nadie en nombre de colectivos abstractos como la tribu, la patria o el pueblo, ni por principios vagos como “el respeto a la libertad económica”.

En otras palabras, Popper no admitiría ni al neoliberalismo ni mucho menos a esa aberración que es el libertarianismo, ni estaría con hoy se lamentan de que estudiantes “radicales” no dejen a los neonazis hablar en las universidades, pues decía que debemos reservarnos el derecho de ser intolerantes precisamente con gente como los nazis.



Sucede que el mundo se ha ido tan a la derecha, que si Popper apareciera hoy diciendo las cosas que decía, sería considerado casi un socialista, tipo Bernie Sanders. En realidad, Popper sólo era un liberal, como lo eran Bertrand Russell, Franklin D. Roosevelt o John M. Keynes, por citar a otros de la misma generación. Es que el pensamiento liberal en aquellos años era poderosamente progresista.

Con esto no quiero decir que el liberalismo de Popper sea, o debiera ser, el verdadero liberalismo. Con religiones, ideologías o corrientes de pensamiento en general, no es posible establecer el “verdadero” lo que sea. O sea, podemos decir que un zoroastrista definitivamente no es un cristiano, pero entre católicos, metodistas y mormones, ¿cuál es el verdadero cristianismo? Mucho menos quiero decir “hay que volvernos todos liberales” o “hay que regresar a Popper”; no en el sentido de que hay que adoptar ese pensamiento tal cual, como paquete que contenga todas las respuestas a nuestros problemas. Popper mismo pensaba que esa actitud no da muy buenos resultados.

Más bien, lo que quiero decir es que sería bueno que las personas preocupadas por la justicia y por crear un mundo mejor, volvieran la mirada hacia la obra de Popper y consideraran las aportaciones que pueden resultarnos útiles. Más que discutir si una propuesta o una acción o incluso una persona es “verdaderamente de izquierda”, lo que nos toca juzgar es si pueden aportar algo valioso.

Por ejemplo, a veces algún izquierdista dice de alguien más “no es izquierdista, sino liberal”, aunque la persona en cuestión no use esta etiqueta, y en cambio sí quiera ser reconocida como de izquierdas. Lo que sucede en realidad no es la enunciación de un hecho, (tipo “no es francés, sino belga”), sino un juicio moral. Lo que se está diciendo es: esta persona no es lo suficientemente buena, no es alguien de confianza, sus ideas y aportaciones no tienen valor, ciertamente no es un aliado y sí un potencial enemigo.

Ése es un gran problema que ha tenido la izquierda desde siempre: una obsesión casi religiosa por establecer cuál es la “verdadera izquierda” y depurar sus filas de “falsos creyentes”, incluso por encima de combatir a la derecha. Recordemos que los estalinistas descalificaron no sólo a los liberales, sino a los socialdemócratas, a los trotskistas y a los anarquistas, incluso tildándolos de fascistas (cuando estos mismos grupos estaban siendo perseguidos por el fascismo). Esto provoca quema de puentes y confrontación interna, cuando lo que habría que hacer es cerrar filas y construir alianzas. Así, una y otra vez la izquierda se debilita a sí misma y se vuelve más efectiva eliminando a sus posibles aliados que combatiendo a sus enemigos. Recordemos que en la Guerra Civil Española anarquistas y comunistas prefirieron perder tiempo peleando entre sí que prepararse para enfrentar a los fascistas.


Lo cierto es que muchos movimientos izquierdistas, hoy y a lo largo de la historia, han caído en las actitudes que Popper criticaba y que, una y otra vez, han sido causa de que la izquierda se autodestruya: esencialismo (pelear por qué es lo verdaderamente izquierdista), fundacionalismo (considerar que algo es o debe ser lo que un texto o pensador fundacional establece), tribalismo (dividir al mundo en “mi grupo y los otros”), colectivismo (juzgar el valor de una persona por cómo hace avanzar a un colectivo), autoritarismo (preferencia por imponer lo que se debe de hacer sobre la libertad de elección), y ni hablar de las diversas formas de irracionalismo y antirracionalismo.

Por eso es que creo que nos vendría bien tener a Popper en cuenta, no para tomarlo a pies juntillas, pues naturalmente tiene sus limitaciones, sus errores, sus sesgos. Habría que tomar nota de sus ideas para ir construyendo nuestro conocimiento a través de un diálogo continuo que ponga a prueba aquello de lo que creemos estar seguros.  Para tener, si se quiere, una izquierda abierta y no una cerrada.

Conclusión

A lo largo de estas dos entradas he tratado de hacer una síntesis muy simplificada de La sociedad abierta y sus enemigos. Lo que extraigo del libro está naturalmente sesgado por mis propias preocupaciones e intereses, y muy a menudo no evité intercalar mis propias interpretaciones y extrapolaciones. Si temen que mi representación de las ideas de Popper no sea muy fiel, les recomiendo siempre ir al material original. Mientras tanto, espero que hayan encontrado de provecho lo expuesto aquí. Déjenme saber qué piensan en los comentarios.

¡Saludos y hasta la próxima!





[1] No niego haber caído en la misma actitud.

jueves, 5 de septiembre de 2019

La sociedad abierta y sus enemigos (Primera parte)




En mi afán por entender qué rayos está pasando con el mundo, he vuelto la mirada hacia clásicos de la filosofía política del siglo XX, en particular aquellos que trataron el ascenso de las ideologías totalitarias durante la primera mitad de esa centuria. Así llegué a una de las obras más mencionadas en las discusiones sobre política en Internet, pero también de las menos leídas: La sociedad abierta y sus enemigos del austriaco Karl Popper (1902-1944).

Éste es uno de los libros más rompecocos que he leído en los últimos años, de ésos que te toman de los hombros y te sacuden para que te des cuenta de que algunas cosas que has dado por sentadas toda la vida pueden ser evaluadas y juzgadas de una manera que ni siquiera se te había ocurrido. No me esperaba tanta riqueza de ideas en un solo libro.

Se trata de una obra sumamente ambiciosa y de amplio alcance. La edición de un solo volumen (originalmente apareció en dos) que publica la universidad de Princeton, además de ser de hoja grande y letra chica, tiene 510 páginas de texto y 220 páginas más de notas. Éstas no son opcionales, ojo, y el mismo Popper indica que hay que leerlas después de cada capítulo. Para que se convenzan de que las notas son relevantes, es en ellas donde Popper explica el concepto de la paradoja de la tolerancia.

No les cuento esto nada más para presumir que leo mucho; al contrario, voy a quedar como un paleto, porque me ha tomado dos meses terminar la obra completa. A pesar de que está escrita con un lenguaje muy accesible, la obra discute tanto, plantea tanto, abarca tanto, que es difícil aprehenderlo todo a la primera. Aun así, y teniendo en cuenta mis propias limitaciones, voy a hacerles una síntesis rápida de los conceptos y planteamientos que considero más relevantes, los que creo que debemos rescatar en estos tiempos…



I. La sociedad abierta

Popper nos dice que la sociedad cerrada es aquella dominada por el pensamiento mágico y supersticioso, la que considera que las instituciones, costumbres y leyes son inamovibles, tan eternos como los ciclos regulares de la Naturaleza y, como tales, gobernados por la divinidad. En la sociedad cerrada las jerarquías sociales son rígidas, pues se asume que el orden social corresponde a un orden natural, y en él cada persona conoce su valor no por sus cualidades como individuo, sino por su lugar como parte de una casta y de una tribu.

Los griegos fueron los primeros en empezar a romper la sociedad cerrada e iniciar el proceso de transición hacia una sociedad abierta. Ellos fueron los primeros en buscar explicaciones racionales para los fenómenos de la naturaleza; en admitir que las leyes y las costumbres son productos de las sociedades, y que pueden ser juzgadas y modificadas; fueron los primeros en anunciar la común naturaleza de todos los seres humanos, independientemente de la nación o la raza.



Una sociedad abierta se caracteriza porque se reconoce a las personas como entes individuales, con libertades y responsabilidades, como fines en sí mismos y no como ‘partes de un organismo’. Una sociedad abierta es en la que todo en la vida política y social, incluso las costumbres y las tradiciones más sacrosantas, incluso las instituciones más reverenciadas, puede ser objeto de discusión y análisis, y puede ser transformado sin necesidad de violencia.

Sobre todo, una sociedad abierta se guía por los valores humanitarios que hacen inadmisible que un ser humano padezca un sufrimiento que puede ser evitado. Los liberales radicales del siglo XIX, como Mill y Bentham, decían que había que maximizar la felicidad, pero Popper piensa que es un mejor criterio minimizar el sufrimiento.

La sociedad abierta avanza gracias al ensayo y al error, y se transforma y adapta. Lo que funcionó bien en un tiempo o lugar no necesariamente seguirá funcionando en otra situación. Por eso leyes e instituciones no pueden ser sagradas. Tampoco sirve caer en esencialismos al buscas respuestas a preguntas como ¿cuál es la naturaleza del gobierno? o ¿cuál es la esencia de tal o cual institución? En vez de ello, lo que debemos preguntarnos es ¿qué es lo hace, cómo lo hace y qué debemos cambiar para que haga lo que necesitamos? No existe la fórmula para crear el paraíso en la tierra, sólo un gradual e interminable proceso de perfeccionamiento.

Por supuesto, no se trata de un binario, sino de un espectro, y esta revolución, dice Popper, no fue planificada ni deliberada, sucedió como resultado del crecimiento de las sociedades, de la lucha de las clases oprimidas contra las privilegiadas, y del contacto de unos pueblos con otros. Es un proceso en el que todavía nos encontramos; si tenemos en cuenta los milenios que el Homo sapiens ha existido sobre la tierra, los griegos vivieron ayer. Este proceso no es lineal, ni regular, sino que ha tenido grandes momentos de avance, y otros de estancamiento o hasta retroceso. Tampoco es inevitable ni constituye una “ley de la historia”.




El quiebre de la sociedad cerrada genera un desasosiego profundo, en especial durante los momentos de cambios sociales rápidos. La sociedad cerrada pretende ser natural, orgánica, y su pérdida causa duelo, desorientación, incluso hostilidad. Había cierta seguridad en pensar que todas las cosas estaban en su lugar, que existía un orden sagrado y que el papel de cada uno estaba ya determinado desde un inicio. La libertad viene con responsabilidad y ambas pueden ser abrumadoras.

Las clases privilegiadas en una sociedad cerrada tienen, obviamente, mucho que perder en el paso hacia la sociedad abierta. Su lugar en la jerarquía, antes aceptado como parte de un orden natural, incluso divino, puede ser cuestionado o puesto en duda. La idea misma de que sea necesaria una clase gobernante, una élite en esencia diferente y superior a las demás personas, puede quedar bajo ataque. Es de esperar que esta clase hará todo lo que pueda para aferrarse al poder.

Además, una sociedad abierta puede terminar convirtiéndose en una sociedad abstracta, en la que se pierda el contacto grupal auténtico entre los individuos; en la que todas las interacciones sociales se vuelvan anónimas e impersonales; en la que cada persona se encuentre física y psicológicamente aislada de las demás, comunicándose sólo por medios artificiales, incapaz de satisfacer plenamente sus necesidades emocionales y sociales. Es decir, una sociedad como a la que la nuestra se parece cada vez más.

Ante los problemas, conflictos y crisis nacidos de la transición de una sociedad cerrada a una abierta, y ante el peligro de que una sociedad abierta se convierta en una abstracta, surge la tentación de volver al tribalismo. Pero ya no se puede recuperar la inocencia perdida; ese regreso tiene que ser consciente, no ya el producto de la evolución natural de una sociedad, sino de un esfuerzo deliberado. Y, si es necesario (y lo será), violento.



Esto es, en parte, lo que vemos hoy. Por un lado, la sociedad está cambiando. Nuestros tabúes sociales están siendo rotos por los movimientos por la justicia social: feminismo, antirracismo, derechos LGBTQ+[1], que ponen en entredicho lo que considerábamos normal o sano o justo. Las jerarquías, antaño justificadas por la voluntad divina o la cualidad racial, hoy por la meritocracia o la biología, son señaladas como constructos que favorecen a ciertos grupos en detrimento de otros.

Como ocurrió en el mundo antiguo, cuando los griegos se lanzaron al mar y contactaron con civilizaciones distintas y lejanas, hoy en día la globalización nos obliga a mirar a culturas diferentes a la nuestra y a cuestionar nuestro provincianismo, nuestra ciega certeza de que “como lo hacemos nosotros” es como está bien. Los movimientos migratorios amenazan el ideal de una tribu homogénea, pura, sin contaminación de elementos ajenos.

Esto resulta tan desconcertante para muchos que, antes que creer que los cambios sociales se dan de manera natural, asumen que alguna fuerza maligna está detrás de ellos. Sumémosle a eso una modernidad tan alienante, en la que el “sentido de la vida” se pierde en el nihilismo; una sociedad en la predominan el estrés, la depresión y el sentimiento de soledad. Un orden de cosas en el que muchas personas encuentran una respuesta a sus dolencias existenciales en la promesa de recuperar la sociedad tribal: un retorno a las cosas como debían haber sido antes de que se arruinaran con no sé qué pecado original. Algo por lo que luchar, con toda violencia si es necesario.

Fue al iniciar el camino hacia una sociedad abierta, dice Popper, una sociedad capaz de analizarse, cuestionarse y transformarse a sí misma, que los griegos son los fundadores de la “cultura occidental”. Hoy, los conservadores y reaccionarios que se proclaman como sus supuestos defensores, no hacen más que fetichizar rasgos superfluos, como el color de la piel, las corrientes estéticas, la coincidencia geográfica o la memoria de victorias militares ocurridas hace siglos. Para defender la “cultura occidental”, proponen renunciar a los valores que la hacen meritoria: apertura, tolerancia, humanismo, autocrítica y maleabilidad. Es decir, lo que proponen es cerrar la cultura, regresar a la tribu.

Pero, nos dice Popper, esto es imposible. Una vez mordido el fruto del árbol de la ciencia, no se puede recuperar el paraíso perdido, no se puede regresar al armonioso estado de naturaleza. Si damos la vuelta, será para regresar todo el camino, para volver a ser bestias.



II.- Gobierno, libertad, tolerancia, democracia

¿Quién debería gobernar? ¿Los más sabios? ¿Los más virtuosos? ¿La nobleza? ¿Los mejor preparados? ¿El pueblo? ¿La clase trabajadora? ¿La mayoría? ¿La raza maestra?

Karl Popper nos dice que nos hemos dejado engañar por esta pregunta. El punto no es quién debe estar en el poder político, sino cómo los ciudadanos pueden protegerse de ese poder. Es decir, qué instituciones, qué mecanismos, qué reglamentos tendrá una sociedad para que aquellos que tienen poder no abusen de él y se beneficien a costa de quienes no lo tienen. Eso incluye, claro está, la pregunta de cómo la ciudadanía puede controlar y limitar el poder del gobierno, pero también cómo los que no tienen poder político, privilegios o riqueza sean explotados por los que sí los tienen.

Ése es el gran fallo del principio de liderazgo, que pone en un inmerecido primer lugar la cuestión de quién debe dirigir. Pensamos que, al resolver ese problema, resolveremos todo lo demás. Caemos en la tentación autoritaria cuando consideramos que lo que se necesita es que los líderes correctos estén en el poder y tengan la facultad irrestricta de hacer lo que se tiene que hacer. Por eso los demagogos siempre socavan las instituciones que delimitarían su poder. La acusación suele ser las instituciones son inútiles o estorbosas, mientras que los caudillos son ellos quienes representan directamente “la voluntad del pueblo”.



Esto se encuentra casi casi en el ADN del pensamiento de derechas, pero los izquierdistas no se salvan. Podemos recordar ejemplos pasados y presentes de personas que justificaron dictaduras socialistas o comunistas; desde su punto de vista, cosas como las elecciones libres o la libertad de expresión se vuelven nimiedades, fruslerías cursis que estorbarían el actuar de un Gobierno que va a hacer lo correcto. ¿Para qué quieres votar, si el Líder ya está trabajando por el bien del pueblo? ¿Para qué requieres libertad de prensa y expresión, que no sea para entorpecer esa heroica labor con críticas malévolas?

El problema es: ¿Y si las acciones de los líderes dejan de ser las correctas? ¿Qué podrás hacer para que cambie su proceder? ¿Y si ese poder un buen día decide actuar contra ti, sin que la debas ni la temas? ¿Qué tendrás para defenderte? El punto de la democracia no es, nunca ha sido, asegurar que se haga lo que se tiene que hacer, ni que el pueblo elija a “los mejores”, ni que las decisiones tomadas por la ciudadanía sean siempre las correctas. De lo que se trata es que nadie quede bajo el poder arbitrario de nadie más, por más benévolo que pretenda ser ese poder. Por eso son más importantes las instituciones que los líderes, y aunque es bueno que los gobernados puedan elegir a sus ciudadanos, es todavía mejor que tengan el derecho a deshacerse de ellos.

Eso lleva a hablar de la paradoja de la democracia: ¿qué hay si un pueblo vota por renunciar a la democracia y darle todo el poder a un tirano? Popper piensa que una democracia debe admitir cualquier reforma, excepto aquéllas que llevarían a la desaparición de la democracia misma. Es más, una sociedad democrática tiene el derecho a defenderse, incluso por la violencia, contra cualquier intento de destruir su sistema democrático; sobre todo si ese intento viene del gobierno mismo.



No sólo se trata de proteger la libertad de los ciudadanos ante el Estado. Popper nos plantea también la paradoja de la libertad. Demasiada libertad tiende a destruirse a sí misma. Si los que tienen fuerza física son libres de ejercerla a su antojo sobre quienes no la tienen, la libertad de estos últimos se ve reducida. Tenemos que poner límites a la libertad de cada individuo para que no se afecte la libertad de todos los demás.

Pero este concepto no puede reducirse a la violencia física, sino también a la económica. El poder económico puede ser tan peligroso como el físico, pues aquellos que tienen de sobra pueden forzar a aquellos que se están muriendo de hambre a aceptar “libremente” (esto es, sin coerción física), someterse a la servidumbre. Es por ello que el Estado no puede limitarse a la supresión de la violencia física y a la protección de la propiedad privada, ni es suficiente con que haya “igualdad de oportunidades”, porque ésta no protege a los menos dotados, ni a los menos despiadados o afortunados.

Es necesario construir instituciones sociales para la protección de los débiles, de forma que el Estado vea que nadie se vea obligado a entrar en un acuerdo desventajoso por miedo al hambre o la ruina. El poder económico debe someterse al poder político, que a su vez debe estar bajo el control democrático de los gobernados.



Pero sobre todo Popper es famoso por haber expuesto la paradoja de la tolerancia, tan invocada en tiempos modernos, en los que tenemos nazis marchando por las calles y anunciando una guerra sin cuartel, y que causa escozor a los fundamentalistas de la libertad de expresión. Básicamente, ésta nos dice que:

La tolerancia ilimitada conduce necesariamente a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia.

Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente.

Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por condenar todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a ellos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes.

Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos. Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia.

Los movimientos totalitarios, nos decía Hannah Arendt, usan las libertades de la democracia (expresión, asociación, etc.) para, una vez en el poder, destruirlas. Por eso debemos reservarnos el derecho a no ser tolerantes con ellos.



Pero, ¿qué tanto es tantito? ¿Cómo definimos si una expresión intolerante, o una ideología dogmática son realmente un peligro para la tolerancia? ¿Cómo evitamos que este principio se convierta en una política de censura contra ideas disidentes? ¿Cómo definimos si una propuesta política constituye un atentado contra la democracia? ¿Cómo evitamos confundir la defensa de las instituciones democráticas con la opresión de todo intento por reformarlas? ¿Cómo evitamos la cuesta resbalosa? No lo sabemos.

Es decir, Popper no nos da una fórmula infalible para detectar estas amenazas y saber qué hacer con ellas. Ése es el punto: no la hay. Porque una sociedad abierta no se basa en principios abstractos eternos e inamovibles, sino en soluciones prácticas a problemas concretos. A cada sociedad le toca enfrentar las paradojas de la libertad, de la tolerancia y de la democracia, y encontrar las soluciones que mejor funcionen a la situación en la que se encuentran, que pueden ser muy diferentes a otras medidas que hayan funcionado en otros tiempos y lugares.




En la segunda parte de esta serie hablaré acerca de la racionalidad según Popper, de los peligros del pseudo-racionalismo, y de las críticas de Popper hacia Platón, Marx y Hegel, que les prometo no son lo que ustedes imaginan.




[1] Estos movimientos no están exentos de tener a su vez sus propias formas de misticismo, tribalismo, irracionalismo, etc.

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