jueves, 29 de marzo de 2018

Los talibanes de América. Parte II




En mi entrada anterior hice un breve esbozo de la historia del evangelismo en los Estados Unidos, de su evolución desde ser un movimiento espiritual que buscaba aliviar el sufrimiento de las personas en la tierra, a uno que se fue caracterizando por posturas retrógradas y un coqueteo peligroso con el poder. Ahora pasemos a hablar de estos talibanes en nuestras tierras, nuestra América Latina.

En nuestro continente la institución religiosa con más poder e influencia ha sido durante siglos la Iglesia Católica, sobre todo gracias al celo de la monarquía española. Al mismo tiempo que Lutero estaba rompiendo el poderío del Vaticano en Europa, España se convertía en el gran bastión del catolicismo y estaba dispuesta a hacer lo mismo de las nuevas tierras que conquistaba a sangre y fuego. Cuando en el siglo XIX nos sacudimos el yugo de España, todavía no nos quitamos el de Roma.

Sin embargo, desde finales del siglo XX, las religiones protestantes han ido creciendo en número de adeptos, como The Economist ha reportado: desde la década de los 70 han pasado de ser aproximadamente el 8% de la población a ser alrededor del 20%, y en países de Centroamérica han llegado al 40%. Esto ha resultado en una fragmentación del monopolio católico sobre la fe de los latinoamericanos.

América Latina está experimentando actualmente el mismo proceso regresivo que el resto del mundo, un giro hacia la derecha populista y autoritaria, producto de una desconfianza hacia las instituciones políticas tradicionales (sobre todo los partidos). Esto es en gran parte una reacción a la crisis económica y la profundización de la desigualdad en las últimas décadas. Pero también, en el caso particular de AL, a los experimentos fallidos de la izquierda, que han terminado en escándalos de corrupción o de plano desastres absolutos como en Venezuela. Las democracias latinoamericanas son especialmente frágiles, principalmente porque para empezar nunca han sido plenas.



¿Qué tiene que ver el avance de las iglesias evangélicas con todo esto? No se les debe confundir con la derecha fascistoide y los neonazis, pero parte central del discurso que los evangélicos han impulsado, basado en la intolerancia contra ciertos grupos, es compartido por aquéllos. 

El mismo proceso que hemos visto en Estados Unidos se repite en América Latina, con las élites de las iglesias evangélicas formando alianzas con las clases poderosas. En un ambiente de desencanto con la realidad política y la fragmentación social producto de décadas de individualismo salvaje, la fe religiosa puede actuar tanto como respuesta a quienes están en busca de una identidad como para quienes requieren de una estructura ideológica bien definida que se traduzca en acción política. 

Algunos credos, reporta El Confidencial recogen el temor económico de los feligreses para transformarlos en promesas de prosperidad:

“En el giro conservador en América Latina, el neopentecostalismo es un factor importante, porque sus iglesias son corrientes de masa que recogen el sufrimiento de la población que no tiene salidas económicas. ‘Coge este coche, esta moto, este camión y colócalo en el altar. Sacrifícalo y, en breve, tendrás dinero para comprarte un Lamborghini. Si no quieres un Lamborghini, tendrás dinero para comprar lo que quieras’. En el pomposo Templo de Salomão de São Paulo, Rogério Formigoni, pastor evangélico de la Iglesia Universal del Reino de Deus, pide a sus fieles que donen su vehículo y vuelvan a casa a pie.”



De nuevo The Economist nos dice que:

“Los protestantes evangélicos son una fuerza emergente en muchos países, a la vez que ‘guerras culturales’ abren nuevos campos de batalla políticos. Esto aplica a Brasil, Guatemala y Perú, y es mal presagio para los derechos de las mujeres y los gays. La fragmentación política está creciendo, especialmente en Brasil y Colombia. Los viejos partidos se han convertido en cascarones vacíos, pero en muchos países aun no han sido reemplazados.”
Como ya habíamos visto en el caso de Estados Unidos, en tiempos pretéritos las iglesias evangélicas se mantenían al margen de la política mientras los partidos conservadores buscaban alianzas con el catolicismo. Pero hubo un punto en que los evangélicos decidieron romper ese aislamiento y entrar de lleno a la política, ya fuera aliado con los partidos derechistas existentes, o creando sus propias plataformas. Javier Corrales en el New York Times nos lo explica:

“Las iglesias evangélicas protestantes, que por estos días se encuentran en casi cualquier vecindario en América Latina, están transformando la política como ninguna otra fuerza. Le están dando a las causas conservadoras —en especial a los partidos políticos— un nuevo impulso y nuevos votantes.
El ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina, está siendo reinventada por los pastores protestantes.”
La fórmula del éxito es la ya probada en Gringolandia: las iglesias evangélicas traen los votos de sus feligreses; los políticos les ofrecen impulsar políticas que vayan de acuerdo con sus valores conservadores. Los políticos y los pastores obtienen puestos, poder, influencia y dinero. Los feligreses no obtienen nada, excepto que les aseguran que nuevas corrientes de pensamiento, los fantasmas del “marxismo cultural” y la “ideología de género” no van a destruir sus vidas porque hombres fuertes van a protegerlos. ¿De qué otra manera conseguirían que personas de clases muy jodidas votasen por partidos y candidatos que ofrecen políticas económicas que terminarán perjudicándolos a ellos? El opio del pueblo, señoras y señores.



Algo importante hay que recordar: las élites latinoamericanas fueron siempre cercanas a la Iglesia Católica. Las iglesias protestantes iniciaron como underdogs, movimientos minoritarios cuya feligresía se compuso principalmente por gente de clase trabajadora. Es precisamente ese sector de la población, que había sido olvidado y ninguneado por las élites, el que constituye la fuerza política del movimiento evangélico. Del mismo artículo del New York Times:

“Los grupos evangélicos están resolviendo la desventaja política más importante que los partidos de derecha tienen en América Latina: su falta de arrastre entre los votantes que no pertenecen a las élites. Tal como señaló el politólogo Ed Gibson, los partidos de derecha obtenían su electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles electoralmente.
Los evangélicos están cambiando ese escenario. Están consiguiendo votantes entre gente de todas las clases sociales, pero principalmente entre los menos favorecidos. Están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del pueblo.”
Tanto el catolicismo como el evangelismo son denominaciones que incluyen a un número amplio de personas, con muy distintas posturas en el espectro ideológico, por lo cual no se puede generalizar sin caer en injusticias. Aquí estamos hablando de aquellos sectores más férreamente conservadores y en especial de sus dirigencias y jerarcas, los que están dispuestos a envenenar las germinales democracias latinoamericanas y a ir contra los valores de la modernidad y los derechos humanos básicos.

Si el catolicismo y el evangelismo habían sido rivales, pueden concertar alianzas cuando se trata de temas que les competen, en especial la paranoia sobre el feminismo y la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ, a los que meten en esa etiqueta quimérica llamada por ellos “ideología de género” (básicamente, cualquier postura progresista respecto a la sexualidad y el género).



En México podemos ver esta alianza en la conformación del Frente Nacional por la Familia, un movimiento político que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la adopción por parte de parejas homosexuales, así como al aborto y a la educación sexual.

Como nos explica Antonio Salgado Borge:

“En los hechos, el FNF, organización integrada por muchos católicos, se ha distanciado cada vez más de la mayoría de católicos mexicanos que rechazan la discriminación o están a favor de una educación seria que incluya todos los temas que permitan el desarrollo intelectual de un ser humano. Para ser claros, son cada vez menos quienes suscriben este tipo de ideas y están dispuestos a marchar por ellas.
En esta ocasión, el contingente del FNF, todavía más reducido que en ocasiones anteriores, estuvo reforzado por personas afines a redes de iglesias en Latinoamérica que The Economist ha identificado como un peligro para los derechos y para la democracia en el continente.”
Por ello resulta preocupante para cualquier progresista mexicano la alianza entre Morena de Andrés Manuel López Obrador, que se supone de izquierda, con el partido más derechista del país, el Partido Encuentro Social, cuyas propuestas son contrarias al estado laico:

“i) El derecho humano a ser definido por su naturaleza y no por la cultura; ii) el reconocimiento del matrimonio como una institución fundamental de carácter social definida original, etimológica y naturalmente como la unión entre un hombre y una mujer para salvaguardar la perpetuidad de la especie humana; iii) el derecho de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos conforme a sus convicciones éticas, de conciencia y de religión; iv) prohibir, con base en la laicidad del Estado, que la educación obligatoria desvirtúe la idea de matrimonio propuesta, y v) la obligación de proteger la vida desde la fecundación hasta el término de su ciclo natural.”
Si la alianza entre el derechista PAN con el izquierdista PRD se antojaba un descaro que ponía en evidencia la falta de congruencia ideológica entre ambos (los cascarones vacíos antes mencionados), la que se da entre el PES y Morena parece una aberración. Esto es, hasta que uno toma en cuenta que Amlo mismo es cristiano protestante.



El fenómeno de grupos evangélicos que apoyan el ascenso de la derecha populista se extiende por toda América Latina. En Brasil, por ejemplo, la bancada evangélica, compuesta por más de 90 miembros, tuvo un papel importante en la destitución de Dilma Rousseff. Recientemente, en Rio de Janeiro, fue electo un político evangélico y otros quieren seguir sus pasos. Éste es un país en el que los crímenes de odio contra los homosexuales han venido en aumento.

Sin embargo, el “Trump brasileiro” no es evangélico, sino católico, pero sus posturas son muy similares a las de los ultraderechistas protestantes. Se trata de Jair Bolsonaro, quien dedicó su voto a favor del impeachment a la memoria de un general de la dictadura, un infame torturador. El currículo de Bolsonaro es resumido en este artículo de El Universal: ex militar, defensor de la tortura y la pena de muerte, abiertamente racista, misógino y homofóbico. Claro, es un enemigo del estado laico que piensa que la política debe estar guiada por Dios. Se perfila como candidato para las elecciones de 2019 y es el segundo más popular.



En Colombia, con lemas como “Jesucristo es el único que puede traer la paz que tanto anhelamos”, los evangélicos (y también muchos católicos) hicieron campaña en contra del acuerdo de paz con las FARC, difundiendo absurdas noticias falsas acerca de cómo el acuerdo implicaba también permitir que los menores de edad se cambiaran de género sin permiso de sus padres (bulo que el FNF difundió también en México).

Colombia es uno de los países en los que más han crecido las iglesias evangélicas, a costa del catolicismo, cuya participación directa en la arena política había sido más discreta. Los pastores evangélicos no temen alzar la voz en materia de política, y en el caso de Colombia no faltaron los que abiertamente se pronunciaron en contra de Hillary Clinton (y, por ende, a favor de Trump). Aunque la elección estadounidense se trataba de un asunto ajeno a la política colombiana, tales expresiones dan cuenta de las simpatías de estos grupos religiosos.



En Costa Rica Fabricio Alvarado, un pastor evangélico, fue candidato a la presidencia del país; estuvo muy cerca de ganar las elecciones presidenciales en abril de 2018, tras pasar a segunda vuelta (al final fue derrotado). Alvarado, abanderado del partido Restauración Nacional, recibió un enorme impulso cuando la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos emitió un dictamen en favor del matrimonio igualitario en el país centroamericano.

Alvarado construyó su campaña en torno a la “defensa de la familia”; prometió revindicar los valores tradicionales de Costa Rica frente a las injerencias modernizadoras el organismo internacional, que impone con la “ideología de género” ideas “contrarias a la naturaleza humana”. Alvarado llegó hasta el punto de amenazar con retirar a Costa Rica de la CIDH. Su influencia entre el electorado de clase baja y poco acceso a la educación ha sido enorme.

En Perú el movimiento “Con mis hijos no te metas” llevó a la dimisión de una ministra de educación y a la reforma en la educación sexual que estaba tratando de implementar. Algo similar sucedió en Colombia.



Básicamente, la forma en la que estos grupos ultraconservadores obtienen votos para los partidos de derecha es agitando frente a sus feligreses el fantasma de la “ideología de género”; los aterrorizan con historias exageradas o falsas sobre el infierno que sobrevendría si se deja que el feminismo o la lucha pro LGBTQ gana terreno. El fenómeno ha sido recogido también por The Economist:

“Detrás de estos eventos yace una larga campaña por los conservadores en la Iglesia Católica contra el feminismo, desencadenada por la Convención de la ONU contra la Discriminación, de 1979. Esta campaña se ha extendido y ganado energía por la oposición al matrimonio gay y otros derechos, una causa que apela tanto a protestantes evangélicos como a católicos. ‘Esta gente trata de establecer un pánico moral y la idea de que la familia se está disolviendo, lo cual no tiene bases factuales’, dice Maxine Molyneux, socióloga de América Latina en el University College de Londres.”

Esa misma conspiranoia alimenta las fantasías de la derecha filonazi, que por el momento es marginal en América Latina (a diferencia de Europa y Estados Unidos, donde viene creciendo recio). De nuevo, no podemos llamar nazis a los evangélicos y católicos ultraconservadores, pero al legitimar el discurso de odio contra las personas LGTBQ y fomentar los temores paranoides sobre un apocalipsis social provocado por la “ideología de género”, tienen cierta responsabilidad al envalentonar a los sectores más radicales, que parten de esos mismos choros. 

No olvidemos que en la Marcha por la Familia, organizada por el FNF, los neonazis mexicanos hicieron su aparición. Ya comparten algunas las mismas causas y, ultimadamente, lo más probable es que, como sucedió en Estados Unidos con Trump, neonazis y fundamentalistas religiosos en América Latina terminen dando su respaldo a los mismos políticos.




Los no creyentes como yo tenemos motivos obvios para estar alarmados. Pero los creyentes moderados también deberían estarlo. En América Latina se presenta de nuevo el dilema del que el conservador Eric Sapp habló en The Christian Post: la búsqueda del poder por parte de los cristianos, católicos o evangélicos, es un pacto con el diablo.

Sí, obtendrán el respaldo político para reprimir a los homosexuales y a las feministas, pero ¿a cambio de qué? De otorgar el poder a políticos corruptos, autoritarios que erosionen la democracia, envalentonen a los grupos de odio más radicales y reviertan el avance a los derechos humanos. ¿Es de verdad tan importante la lucha contra la “ideología de género” que vale la pena dejar de lado la búsqueda de la paz, el alivio del sufrimiento terrenal, el combate a la pobreza, o el acceso a los servicios básicos?

Fui educado como católico y fui creyente hasta mis veintitantos. Aunque ahora ya no tengo creencias religiosas, conozco bien los Evangelios y otras partes de la Biblia (mejor que muchos creyentes, por lo que he visto). Recuerdo que en mi adolescencia leí con emoción las palabras de Jesús sobre amor universal, compasión por los débiles, reparto de los bienes entre los necesitados, perdón a los pecadores y aquello de “benditos los que tienen sed de justicia, porque será satisfecha”. No me parece que el mensaje de Cristo tenga algo que ver con tomar el poder por cualquier medio posible para convertirse en represores de los demás. ¿De verdad es ésa la lucha que quieren hacer en nombre de su fe?

"“Otra vez le llevó el Diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoraras.” Mateo, 4: 8-9


FIN
(por ahora)


PD: Escribí una actualización y ampliación de este par de entradas. Puedes leerla aquí.

jueves, 22 de marzo de 2018

Los talibanes de América. Parte I




El nombre puede parecer algo hiperbólico, lo admito. Nadie en América está implantando un régimen opresivo y fundamentalista remotamente comparable a lo que tuvieron los talibanes en Afganistán. Pero el mote no es mío; “American Taliban” es un concepto que ha estado circulando desde hace algunos de años para referirse al sector más reaccionario de la derecha religiosa en Estados Unidos.

Sucede que si bien estos fundamentalistas cristianos no tienen el poder de los talibanes islámicos, sí que tienen una mentalidad muy parecida y sospecho que, de tener la oportunidad, llevarían a nuestras sociedades de regreso a tiempos oscurantistas. De hecho, de lo que hablaremos precisamente será del papel de estas corrientes religiosas en el ascenso de la ultraderecha en el mundo, en este Invierno Fascista que estamos viviendo.

Digo “nuestras sociedades” porque, ya que no soy gringo, cuando digo América me refiero a nuestro continente, norte, centro y sur, latina y anglosajona, y no a uno solo de sus países. Así, aunque primero va una introducción sobre cómo está la cosa en ‘Murica, cuna de estos movimientos reaccionarios, en una segunda entrada nos pasearemos por México y otros países de Latinoamérica para echar un vistazo.

Mientras en América Latina la denominación cristiana más poderosa ha sido históricamente la Iglesia Católica, en Estados Unidos lo han sido las congregaciones evangélicas. Según nos informa Wikipedia, a diferencia del catolicismo, el cristianismo evangélico no se trata de una sola religión organizada con una jerarquía definida y una ortodoxia centralizada. En realidad se trata de un movimiento amplio que incluye a iglesias de diferentes denominaciones, o sin denominación específica, con algunos rasgos en común, tales como una creencia en la literalidad e infalibilidad de la Biblia, la necesidad de la salvación a través de la fe y la gracia de Cristo, la importancia de la experiencia de “volver a nacer” y la misión de extender la Palabra de Dios.



El movimiento nació en el siglo XVIII en el mundo anglosajón y agarró fuerte en los Estados Unidos. En un esclarecedor artículo en The Atlantic, Michael Gerson nos cuenta que en los siglos XVIII y XIX el evangelismo se convirtió en el más importante movimiento cultural de los Estados Unidos. Le dio identidad y unidad a la nueva nación e impulsó la creación de escuelas y universidades. Fue durante muchos años un movimiento reformista, que creía en la misión de hacer mejor la vida para las personas en la tierra. Guiado por la compasión y el amor universal profesado por Cristo, los evangélicos hicieron campaña por la abolición de la esclavitud, la reforma carcelaria y la justicia social.

Pero en algún momento, nos cuenta Gerson, el movimiento evangélico perdió el rumbo. A principios del siglo XX se había convertido en un mal chiste. ¿Qué fue lo que pasó? El desarrollo de la ciencia evolutiva a partir del trabajo de Charles Darwin, y de los estudios históricos de la Antigüedad, hicieron imposible para toda persona educada tomar en serio la literalidad de la Biblia. El movimiento fue perdiendo relevancia cultural y social, y se escindió en dos corrientes: una que buscaba modernizarse y otra que se quedó estancada en los dogmas antiguos.

Esta segunda corriente adoptó el nombre de fundamentalismo (neta, nadie más se lo puso) y significó la primera decadencia del evangelismo:

“[El evangelismo] respondió a la modernidad en formas que lo cortaron de su propio pasado. En reacción contra la crítica académica, se volvió simplista y literal en su interpretación de la escritura. En reacción contra la evolución, se volvió anti-científico en su orientación general. En reacción a las corrientes modernizadoras, llegó a considerar el concepto de justicia social como una peligrosa idea liberal.”

Lo que es más trágico, abandonó la idea de que la vida debe hacerse buena en la tierra para adoptar un dogma según el cual el mundo ya está jodido y lo único que nos salvará será la próxima venida de Jesús, que está a la vuelta de la esquina. Es así como el evangelismo decayó como corriente de pensamiento, se aisló y perdió influencia, para convertirse en una ideología marginal (fringe, como dicen los angloparlantes).



Esto comenzó a cambiar hacia la década de los 60, cuando algunos líderes religiosos decidieron salir del gueto que se habían impuesto y abandonaron el nombre fundamentalistas para adoptar el de evangélicos. El recién fallecido Billy Graham, pastor de la Convención Bautista del Sur, se convirtió en la figura más señera del movimiento, abogando por la necesidad de volver a incidir en la vida pública de los Estados Unidos.

Graham presentó una imagen más amigable del evangelismo, se sumó a la causa contra la segregación de los negros y  se convirtió en el asesor espiritual de todos los presidentes gringos desde Harry Truman hasta Barack Obama. Esto debería haber traído una renovación modernista para el movimiento, pero se toparon con la contracultura sesentera y su revolución sexual.

Los evangélicos podían subirse al carro de la equidad racial, pero nunca al del amor libre, la liberación femenina, los derechos reproductivos, la normalización del divorcio y la homosexualidad. No ayudó que las corrientes izquierdistas que abogaban por la justicia social y la igualdad fueran ateas o anticlericales: preocuparse por esas cosas se volvió marca de sucios marxistas.

Al mismo tiempo que las élites intelectuales y culturales de Estados Unidos (en especial en las universidades) aceptaban con entusiasmo las nuevas ideas, el evangelismo ganaba más y más números profesando el tradicionalismo en círculos menos ilustrados. Graham despotricaba contra el feminismo, creía que las mujeres debían ser esposas y madres, y aunque por lo general evitaba el tema, en ocasiones declaró su rechazo hacia la homosexualidad.

Como resultado, nos explica Gerson, el evangelismo se ha mantenido no sólo ajeno, sino de plano antagónico a las corrientes de pensamiento modernas, desplegando una narrativa victimista, conspiratoria y apocalíptica contra el mundo moderno (como si al rechazar sus creencias y valores, la sociedad los estuviera “persiguiendo”), además de antiintelectualismo (al pintar a las universidades como fábricas de fanáticos de izquierda) y anticientismo (al negar la evolución y el cambio climático antropogénico).



De la presidencia de Ronald Reagan (1981-9189) datan muchos giros hacia la dirección equivocada en la historia. Uno de ellos fue la alianza entre el Partido Republicano y las iglesias evangélicas. La historia de cómo el Great Old Party fue pasando al conservadurismo y después a la reacción y a la completa bancarrota moral es por demás interesante, sobre todo teniendo en cuenta que ése fue el partido Abraham Lincoln, que liberó a los esclavos, y de Dwight Eisenhower, que ordenó la integración racial en las escuelas del país. Ahora el GOP es el partido de la supremacía blanca, mientras que el Demócrata ha tenido una historia en la dirección opuesta, pasando de ser el partido de los esclavistas y la segregación en el sur, al de Barack Obama.

Es curioso como las escuelas de pensamiento cambian a lo largo del tiempo hasta convertirse en lo diametralmente opuesto que alguna vez fueron. Esto lo vemos en la actualidad con ciertos sectores de la izquierda, negacionistas de la ciencia y de la Ilustración. Pero ésa es otra historia que abordaré a su debido tiempo.

En fin, el caso es que de la alianza entre republicanos y evangélicos proviene una cada vez mayor confusión de valores que no tendrían por qué tener una relación lógica. Es decir, ¿por qué alguien que está a favor de un mínimo control estatal sobre la economía tendría que oponerse también al matrimonio gay y al aborto? ¿Por qué alguien que cree que los valores religiosos deben guiar la moral debería estar a favor del derecho a portar armas?

El frankenstein ideológico en que se ha convertido la derecha gringa es resultado no de que un sistema de valores central guíe sus opiniones sobre cada asunto, sino de la política de alianzas entre grupos que traen sus propias agendas a un colectivo que quiere mantener contentos a quienes le ayuden a sumar números, votos y cotos de poder.



Y luego Trump, que ganó cuatro quintos de los votos de blancos evangélicos en la elección de 2016. ¿Cómo es posible que un individuo que encarna todo lo contrario de los valores cristianos haya obtenido tanto apoyo de los evangélicos? En parte está el racismo endémico de los blancos sureños y la misoginia de la ideología evangélica. Pero también es que Trump les siguió la corriente, les decía que la cristiandad estaba bajo ataque y les prometía defenderla. Todo se reduce a un cálculo cínico y utilitario: todas las porquerías de Trump -racista, misógino, abusivo, adúltero, egocéntrico, codicioso y deshonesto- pueden ser perdonadas porque él protegerá a la cristiandad.

“Éste es lo que resulta cuando los cristianos se convierten en un grupo de interés más, peleando por los beneficios a costa de otros, en vez de buscar el bien de todos. El cristianismo es amor al prójimo, o si no pierde su camino.”

Estas palabras fueron escritas por Michael Gerson, quien no es el típico liberalote comecuras: es un evangélico conservador que sirvió como consejero de George Bush Jr. ¡Y hasta él se da cuenta de que apoyar a Trump significa la bancarrota moral para el movimiento evangélico! No es el único. Benjamin L. Corey es un teólogo cristiano que está de acuerdo en llamar “talibanes americanos” a ciertos sectores del evangelismo gringo, y convoca a otros cristianos a oponerse a ellos. En especial dice de líderes como Franklin Graham, el hijo del ya mencionado Billy:

“Gente como Franklin Graham están convocando a la gente con los mismos llamados que los talibanes: advirtiendo de que la cultura se está volviendo “demasiado progresista”, que la moralidad está bajo ataque, alentando a los cristianos de un color muy específico a tomar el control del gobierno a nivel local, estatal y nacional. Hay llamados frecuentes a “votar por la Biblia”, o a hacer que América regrese a los “valores bíblicos”. Hay una necesidad de enviar a la comunidad LGTBQ de vuelta a las sombras de la sociedad, de consolidar el derecho a discriminar a los otros, una sed insaciable de poder y el deseo de callar o castigar a aquellos que tengan una moral diferente a la suya.”

En un texto del Huffington Post, Tim Rymel recoge declaraciones de notables líderes evangélicos que son muy poco cristianas, como al mismo Franklin Graham abogando por dejar desamparados a los refugiados de guerra, al pastor Roger Jimenez celebrando la matanza de homosexuales en un club de Orlando, o a James Dobson, fundador de Focus on the Family, minimizar los abusos de Donal Trump. Esta gente, o es terriblemente hipócrita, o son peligrosos sociópatas.



Para entender a los Estados Unidos de Trump, antes que mirar a la Italia de Mussolini, habría que ver a la de Berlusconi. El gran intelectual Umberto Eco, hablando de él, nos advierte que si bien la Iglesia Católica era rival de las evangélicas en el pasado, ahora ciertos sectores de la misma se van acercando cada vez más a las posturas de los fundamentalistas. El que la Iglesia italiana se hubiera alineado con un ricachón cuya personalidad pecaminosa y altanera es muy parecida a la Trump, es señal de que la tendencia es ofrecer a los políticos que, aunque sean indiferentes o incluso contrarios a los valores morales de la religión, estarán dispuestos a favorecer las políticas más dogmáticas que los líderes religiosos les piden.

Eco termina recordándonos unos deseos expresados por el empresario de telecomunicaciones y líder baptista Pat Robertson:

“Quiero que piensen en un sistema de escuelas donde las escuelas humanistas queden completamente vedadas, una sociedad en la que la Iglesia fundamentalista asuma el control de las fueras que determinan la vida social.”

¿No es eso lo que hicieron los talibanes? Pues es lo que quiere una buena parte de los que llevaron a Trump en el poder y resulta que, ingenuamente o no, están esperando que él les cumpla. Una parte de la cristiandad está dispuesta a poner en el trono a cualquiera que les prometa darles el poder de imponer su credo sobre la sociedad. Y no les importará lo corruptos, inmorales o criminales que puedan llegar a ser estos advenedizos; no les importará sumar sus fuerzas a las de supremacistas blancos y neonazis. Como bien dice Eric Sapp, del Christian Post: éste es un pacto con el diablo, la misma oferta que Satán le hizo a Jesús en el desierto.

Ahora, estos grupos extienden varios de sus tentáculos por México y América Latina. Hablaremos de ello en la próxima entrada.


martes, 13 de marzo de 2018

¡Wakanda por siempre!




Ahora sí, porque ya se las debía, mi reseña sobre Black Panther. Sin sorpresas: es excelente. No sé si pueda decir que es la mejor película del MCU (les tengo mucho cariño a Iron Man y The Avengers), pero definitivamente está en el top 5. Es que esta entrega hace bien mucho de lo que las demás hacen mal.

¿Villanos genéricos y olvidables? Pásenle a ver uno de los villanos más interesantes del cine de los últimos años. ¿Humor bobo y chabacano? Disfruten una película con humor equilibrado junto a muchas otras emociones. ¿Personajes femeninos relegados a segundo plano? Tenga aquí no una, ni dos, sino tres mujeres chingonas. ¿Tramas formulaicas y repetitivas? Aquí podrán sumergirse en un conflicto verdadero a nivel personal y social. ¿Están hartos de que los héroes enfrenten ejércitos de esbirros desechables y sin alma? Aquí serán testigos de un desgarrador enfrentamiento fratricida.

Lo primero que impacta en esta película es lo que en anglosajón se llama world building, la creación de mundos. En Wakanda se nos presenta no solamente un país ficticio, sino un mundo fantástico con su propia historia, cultura y tradiciones. Visualmente está construida, desde el vestuario hasta la arquitectura, siguiendo la estética del “afrofuturismo”. Éste retoma estilos y símbolos del arte de las diferentes culturas africanas y les da una reinterpretación cienciaficcionera.



Mientras veía el trabajazo que se aventaron para crear a Wakanda, me encontré deseando que las películas de Thor hubieran sido más así; que su potencial para explorar un mundo fantástico y construir aventuras épicas no hubiera sido saboteado por la necesidad de anclar la historia a la Tierra (en la primera y la segunda) o por el afán de convertirla en una farsa autoparódica (como en la tercera).

Las mejores películas de superhéroes han demostrado que el subgénero funciona mejor cuando se mezcla con otro. O sea, The Dark Knight es un thriller policiaco; The Avengers es una épica fantástica y The Winter Soldier es como una película de espías. Black Panther es sobre todo es una fantasía heroica que sigue el arco tradicional para el héroe mítico, incluyendo su caída (muerte simbólica), el cuestionamiento de su identidad (qué tipo de rey habría de ser) y su regreso triunfal (resurrección).

Tampoco sé si el Killmonger de Michael B. Jordan es el mejor villano de Marvel. Le falta el carisma del Loki de Tom Hiddleston y la presencia del Buitre de Michael Keaton. En cambio, lo más interesante del personaje son su origen y sus motivaciones, así como el conflicto con nuestro héroe, T’Challa, interpretado por Chadwick Boseman.



Erik Stevenes, alias Killmonger, representa una clase de villano que sólo habíamos visto en Magneto, de la saga de ­X-Men, uno cuya motivación principal es la venganza contra aquellos que han oprimido a su gente. Quiere la liberación para los suyos y el castigo para los opresores. Sus ideales son nobles y en otras condiciones podría haber sido un héroe. ¿Qué es lo que lo convierte en un villano?

Consumido por una sed de venganza contra los victimarios, más que guiado por un deseo de justicia para las víctimas, Killmonger carece de lealtad o vínculos con seres humanos concretos, por lo que fácilmente desecha a aliados, amigos e incluso a una amante. Sobre todo, en su afán de provocar una guerra racial global, pierde la oportunidad de encontrar la paz en una hermosa tierra y el amor de una verdadera familia (en cuya alianza quizá habría podido llevar a cabo sus ideales emancipatorios).

Como bien se ha señalado, el arco de T’Challa en realidad empieza en Civil War (otra de las mejores del MCU), en la que su padre, el rey T’Chaka es asesinado por Zemo. T’Challa, en la creencia de que el asesino es Bucky Barnes, experimenta de primera mano el deseo de venganza, pero tras conocer la verdad, y atestiguar cómo los Avengers se destruyen desde dentro, emerge de esta aventura con la valiosa lección de que el anhelo de venganza puede llevar a ciclos interminables de violencia y sufrimiento. Ese aprendizaje es lo que le permite enfrentarse al reto que supone Killmonger.



En la mayoría de las películas de superhéroes, sobre todo las del MCU, el villano es una fuerza externa a la que el héroe debe superar en poder o astucia para detenerla. En Black Panther el antagonista surge como resultado de lo que está mal en la sociedad a la que él héroe protege, y su confrontación provoca un cambio, un crecimiento, en el héroe y, en consecuencia, en su comunidad misma.

Killmonger, habiendo crecido en California, no sólo vivió en carne propia lo que es crecer como un muchacho negro sin padre en un barrio pobre de los Estados Unidos, con todas las dificultades que ello implica (su padre las enumera: encarcelación masiva, pobreza, drogas, violencia). Sino que además, al ser hijo de una mujer afroamericana, es descendiente de esclavos y lleva consigo un bagaje de opresión histórica que nadie en Wakanda conoce.

Esta utopía africana había dado la espalda al mundo durante siglos; en su burbuja podía darse el lujo de hacerlo. El reino de Wakanda es como los negros privilegiados a quienes el racismo sistémico les toca muy poco. Esto es, hasta que las consecuencias de esa ceguera voluntaria les estallan en la cara. Aunque hay que reconocer que, antes de la irrupción de Killmonger en Wakanda, la agente Nakia (interpretada por la bella y talentosa Lupita Nyong’o) ya había advertido de la responsabilidad que su reino estaba dejando de lado al no ayudar a sus vecinos.



Pero hay un dilema muy real: por un lado, el aislacionismo de Wakanda deja indefensas a las personas de raza negra en todo el mundo, para quienes tiene un deber moral. Pero por otro, es el aislacionismo lo que ha permitido a este reino prosperar y desarrollarse, y si se hubiera abierto al mundo demasiado pronto, podría haber sido destruido por las naciones colonialistas.

T’Challa al final tiene que tomar una decisión. Resuelve abrir Wakanda a todas las naciones del mundo, empezando con un centro de asistencia para afroamericanos en California, donde nació y creció su primo. Con un mensaje muy relevante para el clima político actual, T’Challa nos dice que “los sabios construye puentes y los necios levantan barreras”.

Esto, junto con los refugiados asgardianos de Ragnarok, tiene el potencial de cambiar para siempre la Tierra del MCU, de modo que espero que esto no se quede en un Reed Richards es inútil. Éste es un cliché típico de los cómics, en los que la presencia de superhéroes, extraterrestres, magia y tecnología futurista tiene un impacto mínimo sobre el escenario en el que se desarrollan sus historias, que sigue siendo un espejo del mundo real contemporáneo.

Si los elementos fantásticos de los cómics realmente tuvieran consecuencias en el desarrollo de su mundo, pronto quedaría irreconocible y sería difícil continuar la narración, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un medio en el que se espera que las historias de sus héroes continúen por siempre. Se necesitaría de mucho coraje para hacer con el MCU lo que Christopher Nolan hizo con su propia saga de Batman: darle un final. Deseo, sin mucha esperanza, que no les gane la codicia y lo hagan, en vez de prolongarse hasta que se les agoten las ideas y la dignidad.



Black Panther ha sido un éxito en crítica y taquilla. No es de extrañar, porque no sólo es una muy buena película, sino que es una película muy importante. Estrictamente hablando no es el primer superhéroe negro en el cine, ¡pero vamos! Blade se lee más como una cinta de acción que de superhéroes (pregúntele a sus amigos no comiqueros si sabían que se basa en un título de Marvel). Ni quien se acuerde de Hancock y dudo que alguien quiera sacar del bote de basura a cosas como Meteor Man  o Steel. Personajes como War Machine y Falcon son chidos y es bueno que estén presentes en el MCU, pero no dejan de ser patiños de los héroes titulares. Ni siquiera Storm tiene tanto protagonismo como Wolverine.

T’Challa no sólo es un protagonista negro en una película de superhéroes; es el protagonista en una fantasía heroica ubicada en un mundo inspirado en la grandeza de las civilizaciones africanas. No sólo es una en la que tres mujeres tienes papeles de gran importancia: Nakia, Okoye y, por supuesto, la adorable Shuri (éstas dos últimas interpretadas por Danai Gurira y Letitia Wright, respectivamente), sino que ellas, y todos los personajes principales, salvo dos, son negros. Estamos hablando de un blockbuster que lleva por título el nombre de un movimiento político radical y revolucionario, que por alguna coincidencia cósmica nació el mismo año que nuestro superhéroe.

Afrodescendientes en todo el mundo están entusiasmados con esta película. Black Panther ha derrumbado el prejuicio que tienen los grandes estudios contra invertir en superproducciones protagonizadas por negros (el año anterior Wonder Woman hizo lo propio con las superheroínas). Activistas están usando la película para incentivar a los afroamericanos a registrarse para votar, y atletas negros ya están usando el saludo wakandiano como señal de orgullo.



Y es que #RepresentationMatters, la representación importa. ¿O a poco nosotros, chavos flaquitos y nerdosos, no nos emocionábamos cuando el héroe de una historia era un chavo flaquito y nerdoso? Digo, antes de que se volviera un cliché ridículo… Y que dejáramos de ser chavos… Y que engordáramos tanto… Porque nerdosos seguimos siendo… U.U

No deja de ser llamativo que las tres mejores películas de superhéroes de los últimos años hayan estado protagonizadas por una mujer que proviene de una utopía feminista, un hombre que proviene de una utopía africana, y un anciano todo jodido que sobrevive en la distopía hacia la que se dirige el mundo actual. Cuando parece que el género de superhéroes se está agotando, una vez más demuestra su capacidad para renovarse y encontrar formas para tener inesperadas calidad y relevancia. Son tiempos interesantes para ser friki.



jueves, 8 de marzo de 2018

Las grandes civilizaciones de África. Parte II


Pos como ya está lista mi reseña de la excelente Black Panther, sigamos con este recorrido por algunas de las civilizaciones africanas más impresionantes de la historia. Hoy nos tocará hablar de los reinos e imperios que tuvieron contacto con los europeos y fueron, cómo no, jodidos colosalmente por ellos.
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El Sultanato de Kilwa 
(siglos X-XVI)



El pueblo suajili es uno de los más importantes de África y su idioma de los más difundidos (hablado actualmente en nueve países). Ustedes lo recordarán como el idioma en el que están los nombres de los personajes de El Rey León: Simba = León, Mufasa = Rey... y así por el estilo. 

Durante lo que en Occidente se conoce como Edad Media, los suajili, nombre que significa "costeros", fundaron diversas ciudades-estado a lo largo de la llamada Costa Suajili (nombre que vendría a ser "costa costera", supongo), y que alcanzaron gran poder y prosperidad gracias a su papel como parte de las rutas comerciales que unían el mundo árabe y el corazón del continente. Para el siglo XV, una de estas ciudades, Kilwa o Quiloa, estableció un imperio que abarcaba prácticamente toda la Costa Suajili y dominaba a las otras potencias.



Kilwa se encuentra en una isla frente a las cosas de lo que hoy es Tanzania. Fundada en el siglo X por los persas, en su apogeo llegó a tener el control sobre otras ciudades como Mombasa, Zanzibar, Malindi e incluso la costa oriental de Madagascar. Kilwa vivía prácticamente del comercio, y su único cultivo importante era la palma de coco, de la que se aprovechaban no sólo el fruto, sino la madera y las fibras.

Las islas de Unguja y Pemb, más otras más pequeñas, forman el archipiélago de Zanzibar, que se convirtió en otra de las potencias importantes de la esa costa comercial. El contacto con árabes y persas le dio un impulso a la nativa cultura suajili, que desarrolló su propio sistema de escritura y un estilo arquitectónico único.



Mombasa es una ciudad costera que se construyó en una fecha indeterminada, pero que para el siglo XII ya se había convertido en un importante centro comercial. De ella salían y entraban especias, oro, marfil y esclavos, y su ubicación a orillas del Océano Índico le permitían acceder a los mercados de lugares tan lejanos como la India y China. Hoy en día es la segunda ciudad más importante de Kenya.

Dije esclavos. Sí, el tráfico de esclavos desde África hacia el mundo árabe y el Imperio Otomano fue mucho mayor y duró más siglos que el tráfico de esclavos africanos hacia América. Los esclavos eran capturados en el interior de África y vendidos en mercados controlados sobre todo por los árabes. De hecho, aunque la mayoría de la población nativa de esta zona era de habla suajili, y ellos servían de contacto entre el interior del continente y las ciudades costeras, las élites de las mismas hablaban árabe y practicaban el Islam.



Todas estas ciudades fueron siempre cosmopolitas, como corresponde a un pueblo de marinos y comerciantes. La Costa Suajili contaba entre sus habitantes a muchos de origen árabe, persa, indio e incluso de ascendencia china, pues algunos de los marineros del célebre almirante Zheng He se quedaron a vivir ahí en Mombasa.

Los primeros europeos en tener contacto con estas ciudades fueron los portugueses, quienes las saquearon en diferentes ocasiones a lo largo del siglo XVI y poco a poco se las fueron anexando. La Costa Suajili fue cambiando de manos a lo largo de los siglos: el Sultanato de Ajuran, el Imperio Portugués, el Sultanato de Omán, el Imperio Británico y el Imperio Alemán, hasta que Tanzania, Mozambique y Kenya alcanzaron su independencia en la segunda mitad del siglo XX.



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El Imperio del Kongo
(siglos XIV-XIX)



Junto con el de Malí y el de Etiopía, el imperio del Kongo fue uno de los más esplendorosos del África precolonial. Se extendía por los actuales países del Angola, Gabón y ambas repúblicas del Congo, y su esfera de influencia llegaba más allá de sus fronteras. 

Su fundador fue el legendario rey Lukeni lua Nimi, quien a principios del siglo XIV conquistó el reino de Mwene Kabunga y fundó la ciudad de M'banza Kongo, que sería la capital de su imperio. Y la verdad ya sólo estoy poniendo todos estos nombres porque suena chido. Como sea, los Manikongo (reyes del Kongo), se dedicaron a aumentar las fronteras del imperio.



Con el tiempo la capital se convirtió en una metrópoli densamente poblada, con gran poder centralizado. Los manikongos fueron monarcas sumamente poderosos, que tenían a sus disposición una gran cantidad de recursos. El reino producía y comerciaba marfil, cobre, hierro, cerámica y textiles, y sus artesanos tenían fama mundial.

En el siglo XV llegaron los primeros portugueses, que trajeron el cristianismo. El entonces rey Nzinga a Nkuwu se hizo bautizar con el nombre de José. No sé quién teniendo un nombre tan badass como Nzinga se querría llamar José, pero bueno... Pocos años después la capital fue renombrada como San Salvador del Congo.



Con todo, el Reino del Kongo mantuvo su independencia y estableció una larga relación comercial con Portugal y otros países europeos, a los que vendía... ¡esclavos! Sí, los congoleses ya tenían esclavos desde antes que llegaran los europeos, y los obtenían como botín de sus guerras. Siguieron con el lucrativo negocio, vendiendo a sus propios compañeros africanos a los esclavistas blancos. No más para que no digan que el hombre occidental inventó todos los males del mundo y que antes todas las culturas estaban pasándola de lo lindo.

La historia del Imperio del Kongo está llena de intrigas, guerras internas y externas, luchas por el poder, oposición a los europeos o cooperación con los mismos, conflictos religiosos y demás movidas chungas. Se dieron varias guerras con Portugal, que no dejaba de chingar.




En el siglo XVI, el reino de Ndongo se independizó del Kongo y los portugueses no tardaron en zopilotearlo. Sin embargo, tuvieron que enfrentarse a la astucia de la reina Nzinga (sin relación con el otro manikongo), una brillante estadista y estratega, que pudo mantenerlos a raya durante su reinado. Nzinga gobernó los reinos de Ndongo y Matamba durante casi 40 años y hasta la fecha es recordada como una heroína nacional para la gente de Angola.

Pero al cabo los portugueses se hicieron de ése y otros reinos vecinos, con lo que fundaron la colonia de Angola (Ngola era el título de los reyes de la región), desde la que siguieron atacando al Reino del Kongo hasta que en el siglo XIX se repartió entre Portugal, Gran Bretaña y Bélgica. Este último país perpetró uno de los más grandes genocidios de la historia en la colonia conocida como el Congo Belga.


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Benin y Dahomey
(siglos XV-XIX)




Ok, pongan atención porque esto está medio confuso. El Reino de Benin, cuya capital era la ciudad del mismo nombre, se encontraba en lo que hoy es Nigeria. El actual país llamado Benin, vecino de aquél, en ese entonces era el Reino de Dahomey. Entonces, repasemos: Reino de Benin = actual Nigeria; Reino de Dahomey = actual Benin. ¿Queda claro? Como se trata de reinos vecinos y contemporáneos, hablemos de ambos en este apartado.

Junto con otros reinos, tales como Ashanti, Oyo y Yoburu, Benin y Dahomey se encontraban a orillas del Atlántico en África occidental, en lo que los europeos llamaban la Costa de los Esclavos, así que se pueden imaginar que sus habitantes no se dedicaban precisamente a trenzar melcocha. En efecto, desde que tuvieron contacto con los portugueses, el principal producto de exportación eran los esclavos, que capturaban de entre los pueblos "menos civilizados" de tierra adentro.




Benin existía desde el siglo XII, pero se convirtió en imperio en el siglo XV, con el rey Ewuare el Grande, quien después de una cruenta guerra civil por el trono reconstruyó la ciudad, reorganizó sus instituciones sociales, patrocinó las artes y expandió el territorio bajo su poder. La ciudad de Benin se convirtió en una metrópoli cosmopolita en la que vivían gentes de muchas etnias y se hablaban multitud de lenguas africanas (y más tarde, el portugués).

El Reino de Benin contaba con un ejército profesional bien preparado, con 20 mil hombres listos a la orden del rey, cifra que podía ascender a 180 mil en caso de que así se requiriera. Usaban lanzas, arcos y espadas, y con la llegada de la pólvora, incluso empezaron a tener sus propios mosquetes.



Benin se hizo rico no sólo con el tráfico de esclavos, sino con la exportación de textiles, marfil y, sobre todo, aceite de palma. La capital tenía un suntuoso palacio decorado con bajorrelieves de bronce que, junto al tallado en marfil, eran la forma de arte característica de este pueblo. Los famosos Bronces de Benin, están ahora en su mayoría en museos de Europa.

¿Por qué? Bueno, porque en 1897 los británicos atacaron la ciudad de Benin y la redujeron a cenizas, destruyeron el palacio real y saquearon prácticamente todos los tesoros artísticos de la ciudad. Porque los europeos eran unos chingados salvajes, por eso. Y aún quieren darles lecciones de civismo al resto del mundo...



Por su parte, el Reino de Dahomey fue vasallo del Reino de Oyo hasta el siglo XVII, cuando alcanzaron su independencia. Con capital en Abomey Sus guerreros eran tan feroces y bien disciplinados que los europeos conocían a este reino como "la Esparta Negra". Los niños comenzaban a entrenar en el uso de las armas a temprana edad y servían como escuderos de los soldados hasta que llegaban a la adultez. Se trataba de un ejército profesional que estaba siempre listo a disposición del rey. Junto con Benin, fue de los últimos reinos africanos en rendirse ante los blancos.

Quizá este reino es más conocido por las Mino, mujeres guerreras conocidas en Occidente como "las amazonas de Dahomey". Famosas por su ferocidad, eran temidas por todos los reinos vecinos, incluso por los europeos. Entrenaban desde muy temprana edad y ocupaban un lugar de honor en el reino. Vivían en el palacio del rey, tenían sus propios esclavos y estaba prohibido para los hombres tocarlas sin su consentimiento, bajo pena de muerte. Sí, ellas son la inspiración para las Dora Milaje, las mujeres guerreras que vimos en Black Panther.




El último monarca del Dahomey independiente fue Béhanzin, el Rey Tiburón, que ofreció una heroica resistencia contra los franceses, determinados a conquistar el reino africano con el usual pretexto de civilizarlo. Los franceses sobornaron a miembros de la nobleza de Dahomey y desmoralizaron a las tropas incendiando y destruyendo sitios sagrados. Béhanzin se rindió en 1894 y fue llevado como prisionero a Martinica. Un nuevo rey, títere de los franceses, fue colocado en el trono, y tras él, el reino fue absorbido totalmente por Francia en 1900.

Ah, pero las Mino no se retiraron tranquilas. Cuentan los franceses que, tras la caída del reino, ellas sedujeron a muchos de los soldados invasores, se acostaron con ellos y, en la mitad de la noche, los degollaron para después huir al monte. Dahomey fue vengada.



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El Imperio Rozwi
(siglos XVII-XIX)



En la entrada anterior les hablé de los reinos kalanga, de los cuales el más grande fue el de Zimbabwe, en el actual país así llamado. Pero en el siglo XVII surgió un verdadero imperio kalanga. Fundado por el rey Changamire Dombo, ocupó el territorio de los reinos kalanga anteriores y mucho más.

Desde un inicio, el imperio recibió la visita indeseada de, adivinaron, los portugueses, que anhelaban hacerse con el mercado de oro cuya ruta pasaba por el Imperio Rozwi. Changamire y su hijo Kambgun lograron repeler a los portugueses y expulsarlos del altiplano de Zimbabwe. Mantuvieron así su independencia y control sobre la región hasta su colapso en el siglo XIX. 




Bajo el nuevo imperio, los kalanga retomaron el arte de la construcción en piedra, y construyeron y restauraron varias ciudades. También desarrollaron la cerámica polícroma. Practicaron la agricultura, la ganadería y la minería del oro, y el comercio de marfil y cobre. 

Sus guerreros tenían fama de feroces y astutos estrategas. De hecho, el nombre "rozwi" les fue puesto por sus enemigos, pues la palabra significa "destructores". Los mismos portugueses les tenían miedo, y fueron obligados a quedarse al margen de este poderoso imperio cuando otros estados de África ya estaban cayendo en sus manos.



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El Reino Zulu
(Siglo XIX)



Aunque su reino duró muy poco tiempo, es recordado por la ferocidad de sus guerreros, que pusieron en alto momentáneo al Imperio Británico en Sudáfrica durante el siglo XIX. La Guerra Zulu fue uno de los conflictos coloniales más famosos de aquellos tiempos.

Shaka era el hijo ilegítimo del jefe Senzangakona, y él su madre fueron exiliados de la tribu. El joven se convirtió en un guerrero bajo las órdenes de otro jefe, Dingiswayo. Shaka demostró grandes habilidades en combate y rápidamente ascendió en la escala militar, llegando a convertirse en el protegido del jefe. Dingiswayo fue una figura paterna para Shaka y cuando Senzangakona murió, él ayudó a su joven protegido a convertirse en el jefe de su tribu.




Pero cuando Dingiswayo murió a manos de Zwide, otro jefe tribal, Shaka enfureció y encabezó una alianza de tribus contra el nuevo enemigo. Brillante estratega, desarrolló la táctica de "cuerno de vaca", con la que rodeaba a sus enemigos y les asestaba golpes fulminantes por los flancos. Además, cambió las tradicionales lanzas zulu por unas espadas cortas que eran mucho más mortíferas. 

Resulta que hasta entonces las batallas entre los zulu eran relativamente poco sangrientas y eran más bien rituales, y los ejércitos buscaban sobre todo intimidar a sus oponentes hasta que uno de los dos bandos se retiraba del campo. Pero Shaka pensó "hey, sería más efectivo si en vez de intimidarlos, los matamos a todos alv". Fue así como Shaka logró vencer a Zwide y, por primera vez en la historia, unificar a todas las tribus zulu en un solo reino, que duró entre 1816 y 1897.




Fueron los bóers, de ascendencia holandesa, los primeros en tener contacto con los zulu, pero aunque hubo algunos conflictos, no fueron demasiado graves. Los del mitote fueron los británicos, especialmente cuando se descubrieron minas de diamantes en la región, y quisieron expandir la Colonia del Cabo hacia el norte. En 1878 las fuerzas británicas cruzaron hacia terrirtorio zulu, donde fueron masacradas alegremente en la Batalla de Isandlwana.

Pero la superioridad de las armas europeas finalmente se impuso, y a pesar de las iniciales victorias zulu, los británicos pusieron asedio a la capital de Ulundi y posteriormente capturaron al último rey, Cetshwayo. El Reino Zulu fue dividido en múltiples territorios, cada uno con su propio reyezuelo títere de los británicos, que no tardaron en empezar a darse de putazos entre sí.  Cuando supieron que uno de ellos, el rey Dinuzulu, estaba haciendo tratos con los bóers para conquistar los otros reinos, los británicos intervinieron y se anexaron de una vez todo el territorio zulu, terminando para siempre con la independencia de este pueblo.




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El Imperio de Etiopía
(siglos XII-XX)



Y llegamos al final, al imperio más exitoso de la historia de África, que se extendió a lo largo de más de 700 años; continuador de Aksum, hogar de una forma muy particular de cristianismo, la única nación africana que nunca fue colonia europea, salvo durante una invasión por parte de la Italia fascista (entre 1935 y 1941), contra la que opuso una heroica resistencia en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. 

Decíamos la clase anterior que en el siglo X la reina Gudit llegó del sur para destruir el Imperio de Aksum. Después de esto, hubo una "edad oscura" para el país, que ya desde hacía varios siglos se llamaba a sí mismo Aethiopia, que en griego quiere decir "Tierra de los que tienen la cara quemada". Qué lindo racismo casual. El caso es que de esos años oscuros no sabemos gran cosa porque además de que Gudit se puso a quemar libros, su pueblo, los sidama, al parecer no tenían escritura.

En el siglo XII el reino de Zegwe se apoderó de Etiopía y restauró el orden en el país, aunque Aksum ya nunca volvió a ser la capital. De esta época son las impresionantes iglesias monolíticas, templos cristianos tallados en una sola pieza de piedra. Sí, en una pinche piedrotota. La más famosa es la Iglesia de San Jorge, el patrono del país, en Lalibela.




Cien años más tarde, una nueva facción autóctona, que decía descender del rey Salomón, expulsó a los zegwe y fundó una dinastía que permanecería en el trono hasta el siglo XX: la famosa Dinastía Salomónica. Obviamente no descendían de Salomón ni ná, pero estaba chido su cotorreo.

En el siglo XVI, el país fue escenario de una guerra que duró 13 años y en la que intervinieron el Imperio Portugués en apoyo de Etiopía, y el Imperio Turco Otomano, ayudando al Sultanato de Adal. El siglo XVII conoció el reinado de uno de sus más famosos emperadores, Fasilides, gran gobernante y constructor de maravillas como el Castillo de Gondar y la Catedral de Santa María de Sion en Aksum.



Entre los siglos XVIII y XIX Etiopía vivió una época de caos provocada por la pérdida del poder central y las rivalidades entre los diferentes feudos que componían el Imperio. Fue el emperador Teodoro II quien restableció el orden y el control quedó de nuevo en manos de la corona.

A lo largo de los siglos, Etiopía sufrió ataques e invasiones por parte del Imperio Turco Otomano, Egipto y las potencias europeas. Una expedición británica en la década de 1860 llegó a tomar la capital y la vergüenza hizo que Teodoro II se suicidara. Con todo, el país logró mantener su independencia mientras todos los demás territorios africanos se repartían con gusto entre los piratas europeos.



El emperador Menelik II extendió el Imperio y fundó la nueva capital de Adis Abeba, que a la fecha sigue siendo una de las grandes urbes de África, llena de palacios y monumentos. Además, Menelik enfrentó el primer intento de conquista por parte de los italianos, entre 1895 y 1896. Menelik venció a los italianos en la Batalla de Adwa. Esta muestra de poderío hizo que los europeos empezaran a tomarse en serio esta potencia del Cuerno de África y enviaran delegaciones a la capital de Etiopía.




En 1935 los putos fachos de mierda invadieron Etiopía y masacraron a más de 150 mil de sus habitantes usando armas químicas. Durante su ocupación también cometieron muchos más crímenes de lesa humanidad como los putos fachos que eran. La resistencia etíope continuó luchando heroicamente con una guerra de guerrillas, mientras el emperador Haile Selassie tuvo que huir a Gran Bretaña. Regresaría en 1940 como parte de los esfuerzos de los Aliados para derrotar a los putos fachos, que finalmente se rindieron en 1941.

El emperador Haile Selassie fue el último monarca de Etiopía. Una rebelión marxista-leninista en 1974 lo derrocó y envió al exilio, para después establecer allí un gobierno comunista. Esto desencadenó una guerra entre locos armados apoyados por Estados Unidos contra locos armados apoyados por la Unión Soviética, como parte del juego de Risk mundial entre esos dos imperios megalómanos. El conflicto duraría hasta 1991, claro está, porque fue cuando se acabó la Guerra Fría.




Esto ha sido sólo una muestra de lo rica que es la historia de África, un continente del que conocemos muy poco, excepto por documentales de National Geographic sobre leones y cebras. Muchos reinos y culturas se me quedaron en el tintero. Sucede que nos enseñan la historia desde un punto de vista muy eurocéntrico, y aunque en gran parte eso puede tener mucho sentido (digo, sí nos afecta más lo que pasó en Francia e Inglaterra que lo que pasó en Zimbabwe), perdemos la oportunidad de conocer las aportaciones de muchas otras culturas alrededor del mundo. Espero que este breve paseo nos permita ampliar un poco más nuestros horizontes y despierte en nosotros el interés por aprender más sobre este increíble continente.



FIN 

Fuentes:

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