martes, 30 de abril de 2019

Stark es el nombre: ¡El fin de semana más épico y geek de nuestras vidas!




Post dedicdo a todos mis amigos y amigas frikis

Al concluir el primer tercio del año 2019, podemos decir que pinta para ser el más geek de los que tengo memoria. La culminación de cuatro de los fenómenos geek que más han marcado la década tienen lugar este año: Game of Thrones (2011-2019), el Universo Cinematográfico de Marvel (2008-2019), la saga de la nueva generación de X-Men (2011-2019) y la Trilogía de Secuelas de Star Wars (2015-2019).

Además de eso, casi cada mes de este año se ha estrenado o se estrenará alguna gran superproducción de ciencia ficción, fantasía o cosas relacionadas con la cultura geek, la mayoría de ellas basadas o inspiradas en cómics de superhéroes: Glass (enero), Captain Marvel (febrero), Shazam! (marzo), Avengers: Endgame (abril), Hellboy (abril), Godzilla: King of the Monsters (mayo), X-Men: Dark Phoenix (junio), Spider-Man: Far from Home (julio), Joker (octubre) y The Rise of Skywalker (diciembre). Además, 2019 es el año de Blade Runner y de Akira, y del 80 aniversario de Batman.

Pero si además de todo, el fin de semana del jueves 25 al domingo 28 de abril estuvo intensísimo, pues fue el estreno de Avengers: Endgame, con el que culminó el MCU, y del capítulo The Battle of Winterfell, el más épico de toda la serie de GoT. Además, pasaron unas cosas otaku de las que no sé, porque yo sí me baño. El caso es que el puente de cuatro días que cerró las vacaciones de primavera fue una montaña rusa de emociones tan abrumadoras como nunca se habían visto en nuestras ñoñas vidas. Aquí voy a reseñar ambas sin spoilers, porque no les quiero contar la trama de nada, que eso dejaré para después. Hoy sólo quiero abordar el significado de estos días.



Bien, ¿pues qué les puedo decir sobre Avengers: Endgame? Hay un consenso general acerca de esta película y es lo que comenté al salir del cine: cualquier cosa que tuviéramos, en mente, sobre lo épica, conmovedora y alocada que la habíamos imaginado… resultó ser mucho MÁS GRANDE que todo eso. No sucedió todo lo que yo esperaba que fuera a suceder, ni estoy contento con todas las decisiones tomadas, pero ante el gigantesco regalo que nos dieron los Russo, mis mezquinas expectativas son lo que menos importa.

La película es un final perfecto para una saga de 22 películas, lo que, como se ha dicho, resulta un hito inigualable en la historia del cine. Se trata de una saga con sus altibajos en cuestión de calidad (ejem, fase 2), pero que en conjunto ha logrado hacer algo que supera en escala a lo que antes sólo se habían acercado series como Star Wars y Harry Potter.

Endgame es una película que nos invita a recorrer de nuevo el universo Marvel: los realizadores te toman de la mano y te invitan a ver “hey, éste es el camino que hemos recorrido juntos a lo largo de once años, ha sido bellísimo y es momento del gran final”. Como un hermoso saludo de despedida, en el que casi todos los personajes que han aparecido dan un último saludo en el escenario. Los ciclos se cierran, los viajeros llegan a su destino.



Debo aplaudir a los fans que durante un año estuvieron haciendo especulaciones basadas en lo que nos dejó Infinity y en lo que se anunciaba en los cortos y otros materiales. En lo general le atinaron, y no es spoiler decir que sí, esta película lidia con los efectos del chasquido de Thanos y que hay viajes en el tiempo. Pero a pesar de que ya esperábamos esto, la peli no dejó de sorprenderme a cada paso, desde los primeros minutos y hasta el desenlace. Hubo largos momentos en los que no sabía para dónde iba la trama.

Mi única queja, como siempre me pasa con Marvel, es respecto al exceso de chistes bobos. Hay momentos que simplemente podían haber dejado así, sin necesidad de meter chascarrillos. Y hay personajes que no tenían por qué convertirse en los payasos del grupo. Pero es una queja mínima frente a un espectáculo que ni siquiera en mis fantasías púberes había imaginado ver jamás en la pantalla grande.


Exaltar el heroísmo es tan difícil como necesario. Vivimos tiempos difíciles, deprimentes, en los que las crisis sociales, políticas y, sobre todo, ambientales, se manifiestan con mayor énfasis cada día. Debemos ser capaces de creer en el espíritu humano y en su potencial para sobreponerse a sus propias debilidades y a los obstáculos externos. Pero tampoco debemos caer en el maniqueísmo del blanco y el negro, porque la moral humana es más complicada que eso.

De todos los personajes del MCU, son dos los que constituyen la columna vertebral del mito que se ha creado. Uno de ellos es Steve Rogers, el Capitán América, el héroe indiscutible, el individuo recto que valora el poder que se le ha concedido porque toda su vida se había encontrado en la otra punta. Pero aún más pesa el nombre de Tony Stark, Iron Man, un personaje mucho más complejo, el patán cínico y narcisista que no creía en nada, y a quien más vemos crecer a lo largo de las muchas películas en las que aparece. Steve es un héroe nato. Tony tiene que hacerse un héroe cuando la vida lo obliga a ello.


Stark es el nombre que reinó este fin de semana. Como Tony, Sansa, Arya, Bran y Jon, los últimos Stark que quedan en Westeros, que han desarrollado y descubierto su propia forma de ser heroísmo. Los Stark, de Marvel y de Winterfell, tras haber enfrentado a sus demonios internos, a las luces y sombras de la naturaleza humana, se encuentran, ahora sí, contra un Mal sin ambigüedades, un Mal que ni siquiera es humano. Sólo hay una opción: resistir hasta el final. Es decir, después de reconocer esa complejidad de los asuntos humanos que mencionábamos (mucho más GoT que el MCU, claro), y de crecer en ese mundo, nuestros personajes son puestos ante el desafío de sus vidas. Entonces podrán ser los héroes míticos que necesitamos.

Game of Thrones marca otro hito en la cultura pop, otro nunca antes. Al igual que el MCU, llevó al mainstream un género fantástico que otrora había sido sólo el gueto de los ñoños de la escuela. Como en el caso del MCU, hay antecedentes para GoT, en especial en series históricas como Rome. Pero nunca se había visto algo tan monumental que perviviera por tanto tiempo y llegara al final manteniendo su calidad más o menos estable (la anterior temporada fue bastante floja).




No soy tan ingenuo como para pensar que esta explosión de cultura geek no tiene un lado siniestro. En ocasiones estas obras de inmensa popularidad tienen cargas ideológicas cuestionables. Sí me da escalofríos que franquicias basadas en materiales que tienen ya décadas de existencia (en el caso del MCU y SW), estén ocupando de forma tan absoluta el nicho ecológico, creando de cierta forma un oligopolio cultural. Su éxito sin límites ahoga el surgimiento de otras obras que nunca tendrán la posibilidad de convertirse en clásicos. Es por eso que la aproximación hacia la cultura pop, incluso (sobre todo) aquella que disfrutamos más, debe siempre ser crítica.

Cuando hablé de Ready Player One, manifesté sentirme cansado de este revolcadero de nostalgia, de una cultura pop que se consume y regurgita a sí misma sin cesar. Sigue siendo cierto y, en especial después de haber repetido casi todas las pelis de Marvel esta primavera, ya siento la urgencia de volver al cine y literatura de ceja alzada. Sin embargo, soy un ñoño de corazón, lo he sido siempre y siempre lo seré, y tengo que decir lo siguiente…



Dejando de lado la monumentalidad de ambos eventos, la verdadera grandeza de ellos estuvo sobre todo en cómo fueron capaces de afectar nuestras emociones. Aunque es cierto que ha perdido algo de sustancia a cambio de espectáculo, el corazón de GoT, como en el MCU, sigue estando en sus personajes. A lo largo de los años ha logrado que nos encariñemos con ellos y que nos preocupemos por su destino.

La Batalla de Winterfell no se ve tan masiva, como la de, digamos los Campos de Pellennor en El Señor de los Anillos. De cualquier forma, no todo es movimiento de tropas, sino que mucho pasa a una escala más pequeña e íntima. Y es que venimos a atestiguar qué será de nuestros personajes, qué harán cuando se enfrenten al Mal definitivo, a temblar de nervios por sus vidas y a llorarles si caen; no se trataba solamente de checar qué tan grandes o largas o costosas serían las batallas generadas por computadora. El episodio fue magnífico.


El hecho de que un par de sagas sean capaces de comprometernos a un nivel tan intenso, de hacernos reír, llorar y gritar de emoción, de mover lo más profundo de nuestras fibras, no es para soslayarse. Nos muestra que, entretenimiento comercial o no, no es poca cosa, porque no cualquiera puede hacerlo. Por más que muchas grandes obras narrativas puedan producirnos un goce intelectual elevado que requiere de echar a andar nuestra maquinaria hacia una mayor sofisticación mental, no se puede olvidar que el placer primordial de las historias que nos contamos los seres humanos unos a otros se sustenta en lo emotivo. Las leyendas que narraba el cuentacuentos de la tribu en tiempos prehistóricos apelaban al mismo espíritu que las nuevas mitologías modernas que vemos a través de las pantallas del cine y la televisión. Las dos sagas del nombre Stark son grandiosas precisamente por eso.

Parte de esa grandeza, por supuesto, es la importancia que ambas le dieron al empoderamiento femenino. En estos dos episodios de sus respectivas sagas, las mujeres fuertes tienen sus momentos para brillar y para inspirar a un mundo que tanto las necesita. Guerreras, líderes, protectoras o mártires, este fin de semana nos dio las heroínas que en décadas anteriores de cultura pop habían sido, si bien brillantes y honrosas, esporádicas. Las reacciones del público femenino, de euforia y entusiasmo, demuestran el poder de la narrativa, por más fantástica que sea, para proporcionar símbolos que motiven a la lucha real.



Desde que me levanté de la cama a las 11 de la noche del jueves para ataviarme con mi playera de Avengers, hasta que terminé de ver por segunda vez consecutiva el más reciente capítulo de GoT justo a la media noche del domingo, e incluso ahora, que no he podido pensar en otra cosa por días, he vivido con la cabeza llena de superhéroes, dragones, extraterrestres y zombis. ¡Qué momentos para ser ñoño y estar vivo!

domingo, 21 de abril de 2019

¿Qué pasaría si un nazi gobernara EUA? La conjura contra América




El pasado 2018 murió Philip Roth, uno de los autores estadounidenses más relevantes de las últimas décadas. Ganador del premio Pulitzer, y eterno presente en las quinielas por el Nobel, Roth era considerado uno de aquellos narradores, tan necesarios para las sociedades de cualquier tiempo, que logran captar la realidad y el zeitgeist cultural de su época.

De modo que quería leerme alguna de sus novelas. La más famosa es Pastoral americana (1997), pero la que más se me antojaba fue La conjura contra América (2004), porque me parecía muy relevante para el clima político actual. Más de lo que me imaginaba, como descubrí al leerla.

Se trata de una historia alternativa ubicada en los primeros años de la década de 1940, en la que Charles Lindbergh gana las elecciones presidenciales de aquel año, derrotando al presidente Franklin D. Roosevelt. ¿Quién era Lindbergh? El famoso aviador estadounidense cuya mayor hazaña fue convertirse en el primer piloto en volar a través del Atlántico. ¿Por qué su presidencia habría cambiado la historia? Porque Lindbergh era simpatizante del nazismo.

En 1940 los Estados Unidos aún no habían entrado a la Segunda Guerra Mundial, iniciada el año anterior, y en ese país existían muchas personas y organizaciones que se oponían a esa posibilidad. Algunos eran simplemente aislacionistas que no querían meterse en problemas ajenos, pero otros eran simpatizantes del nazismo o de plano tenían nexos con el régimen alemán.

Charles Lindbergh se encontraba en algún punto ambiguo entre ellos y activamente hizo campaña para orientar a la opinión pública contra el involucramiento de EUA en la guerra. Llegó a hacer múltiples declaraciones antisemitas y racistas, visitó la Alemania de Hitler e incluso recibió una condecoración del Führer. Compartía teorías conspiratorias sobre que la guerra en Europa había sido provocada por los judíos, que ahora manipulaban a la población y el gobierno para meter a los Estados Unidos al conflicto.

Charles Lindbergh recibe una condecoración de la Alemania Nazi

Lindbergh no era el único que pensaba así en aquellos días; muchas figuras públicas prominentes declaraban abiertamente su simpatía por el Tercer Reich. Quizá el más famoso fue el industrial Henry Ford, quien publicó una gran cantidad de libelos antisemitas y conspiracionistas, y quien también recibió condecoraciones por parte de los nazis. Éste y otros personajes jugaron con la idea de postular a Lindbergh como candidato a la presidencia.

Hasta aquí la historia real, porque el aviador nunca hizo la intentona. Roth nos plantea una historia alterna en la que Lindbergh sí fue postulado por el partido Republicano, y ganó. Pero el autor no echa a volar la imaginación salvajemente para construir una distopía nazi (por otro lado, un tropo ya bastante común en la ciencia ficción desde hace décadas), sino que basa todo lo que sucede en hechos históricos, y trata de construir, de la manera más realista posible lo que en verdad habría pasado si. Es decir, el actuar de cada personaje en la novela tiene fundamentos en sus acciones en la vida real.

Una de las ideas más brillantes que tuvo Roth fue narrar esta novela como si fueran sus memorias. Él mismo, o su versión del universo en el que ocurre la novela, es el protagonista y narrador, un niño judío de Newark, que entre los 7 y 10 años presencia junto con su familia el ascenso de la ultraderecha estadounidense. Así que Roth no sólo nos cuenta cómo habría sido la historia, sino cómo habría sido su infancia si un simpatizante del nazismo hubiera tenido el poder en los Estados Unidos en un momento crucial para el desarrollo de la humanidad.

La German-American Bund, una asociación pro-nazi que operaba libremente en EUA.

Ahora, no se debe esperar que en esta ficción los Estados Unidos se conviertan de la noche a la mañana en una sucursal de la Alemania nazi. Como dije, el compromiso de Roth con la verosimilitud es impresionante, y él toma en cuenta diferentes factores sociopolíticos que habrían hecho de la experiencia americana algo muy diferente de lo que ocurriera en Europa. Para empezar, que las instituciones democráticas, los partidos de oposición, los líderes políticos como el mismo Roosevelt, los medios de comunicación críticos, las organizaciones civiles, etcétera, seguirían existiendo tras la victoria de Lindbergh, y que éste no habría podido simplemente establecer una dictadura fascista a su voluntad.

De todos modos, quizá ni habría querido. Lindbergh aparece más como un “antisemita de salón” (en palabras de Von Ribbentrop, el canciller alemán) que como un nazi comprometido con el exterminio del pueblo elegido. Bajo su presidencia los Estados Unidos no habrían entrado a la guerra (habría negociado esferas de influencia con el Imperio Japonés, evitando así el ataque a Pearl Harbor), pero tampoco se habría aliado militarmente con el Eje. Tan poco cambian las cosas los primeros meses del gobierno de Lindbergh, que uno como lector empieza a pensar si el padre del pequeño Philip, que se la pasa hablando pestes del flamante mandatario, no estará volviéndose paranoico, y si en verdad no habría sido tan malo.

Es aquí donde se aprecia la agudeza del planteamiento de Roth. El problema no es si Lindbergh se hubiera convertido en un dictador o no, sino lo que su presidencia provoca en la sociedad estadounidense, pues cuando la gente elige a alguien que maneja o ha manejado discursos racistas, de alguna forma lo está legitimando. Entonces los grupos filonazis empiezan a envalentonarse; la violencia antisemita se va volviendo, de forma muy paulatina al principio, cada vez más común y más descarada. Las cosas empiezan a ponerse muy tensas y todo deriva en una situación de pesadilla. No revelo más porque no me gusta hacer spoilers.

En 1939 se realizó un rally nazi en el Madison Square Garden de Nueva York

Dije que esta novela es muy relevante en nuestra época, en la que presenciamos un ascenso de la ultraderecha y de políticos demagógicos y fascistoides. Los paralelismos entre lo que plantea la ficción de Roth y lo que ha sucedido en la presidencia de Trump saltan a la vista. Bajo la presidencia de este magnate, como en la novela, han aumentado los crímenes de odio; la derecha política (en EUA, el partido Republicano) ha ido desdibujando la frontera que la separa de la ultraderecha fascista, las teorías conspiratorias más descabelladas son legitimadas por líderes políticos, y no faltan quienes minimizan el peligro que representa el nuevo gobernante y denuestan a quienes prenden las alarmas, porque “a todo lo que no les gusta lo llaman nazi”. Hasta el slogan del movimiento encabezado por Lindbergh, “America first!”, ha sido retomado por los seguidores de Trump. 

El título, "la conjura contra América", no se refiere a lo que hacen los nazis, sino a la teoría de la conspiración difundida por ellos mismos sobre una conjura judía que quiere destruir a los Estados Unidos, y que les sirve de excusa para cometer toda clase de atrocidades y violencias. Como los ultraderechistas de hoy hablan de un "plan de Kalergi", orquestado por los judíos globalistas para reemplazar a la raza blanca con inmigrantes de razas inferiores. ¡Y hay gobernantes que lo creen!

El mismo Roth llegó a decir en un diálogo que su novela, escrita más de una década antes de la victoria de Trump, no pretendía ser una advertencia. Además, el triunfo hipotético de Lindbergh es más fácilmente comprensible que la victoria real de Trump; a pesar de su antisemitismo, Lindbergh era una figura heroica, mientras Trump es sólo un estafador. Sin embargo, advierte Roth, lo que nos debería aterrar acerca de Trump, como a los protagonistas de nuestra novela les aterraba acerca e Lidnbergh, es que con él cualquier cosa se ha hecho posible, incluso una catástrofe nuclear.

Así que sí, el libro se ha vuelto tremendamente relevante. No es casual que HBO haya anunciado que próximamente producirá una miniserie basado en él (otra razón para leerlo pronto). Esperemos que se sume a las excelentes distopías que ha dado esta Edad Dorada de la TV: Black Mirror, The Handmaid’s Tale y The Man in the High Castle. La ficción nos sirve para leer la realidad.



¡POSDATA CON SPOILERS!

Hubo un aspecto del libro que me pareció decepcionante, pero no quería hablar de él para no arruinarlo a quienes gustan de sorprenderse cuando leen. Se trata del desenlace, no de nuestros personajes principales, sino de la nación americana.

Tras la pesadilla desatada por la administración Lindbergh, una acelerada serie de sucesos lleva a la caída del régimen y al restablecimiento del statu quo hacia 1942. Roosevelt recupera el poder, el Eje declara la guerra a los Estados Unidos, y de ahí en adelante toda la historia del siglo XX transcurre tal como debía.

Es decepcionante, porque Roth no se aventura a imaginar cómo se habría desarrollado la historia de una forma distinta; simplemente corrige el rumbo y ya. El año de Lindbergh en el poder no tiene mayores consecuencias en el futuro de Estados Unidos; más absurdo aún, la ausencia de las tropas americanas de Europa y el Pacífico durante un año completo (dejando a los Aliados luchando solos todo ese tiempo), no tiene consecuencias en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial; ésta ni siquiera se prolonga.

Roth creó el periodo 40-42 alternativo con un gran rigor para hacerlo verosímil, y habría sido injusto exigirle lo mismo para las décadas posteriores. Pero, en todo caso, mejor habría sido dejar un final ambiguo o abierto. En fin, nada de esto quita que sea un libro excelente, recomendable y, sobre todo, muy importante para el mundo de hoy.

Hoy todavía hay quien sostiene que Roosevelt era un comunista al servicio de los judíos


lunes, 15 de abril de 2019

¿Eran los nazis de izquierda?




Respuesta rápida: no. Respuesta sincera: no, duh, eso es una estupidez. Respuesta elaborada: claro que le explico, joven, ponga atención…

Los argumentos más comunes para sostener tal afirmación son:
  • Nazi significa nacionalsocialista. ¡Lo lleva en el nombre!
  • Los grupos de izquierda como las feministas, Black Live Matters y los colectivos LGBTTQ+ se comportan igualito a los nazis.
  • La economía en el régimen nazi era una forma de socialismo.
  • La dictadura de Hitler era prácticamente idéntica a las tiranías comunistas, como la de Stalin en la URSS.

Empecemos aclarando conceptos. La distinción entre izquierda y derecha nació en tiempos de la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional los miembros conservadores se sentaban en el ala derecha y los revolucionarios en la izquierda. Desde entonces se ha usado izquierda para referirse a posturas liberales, progresistas o revolucionarias, y derecha para posiciones conservadoras, tradicionalistas o reaccionarias.

Para no hacernos bolas, establezcamos que el nazismo es un tipo particular de fascismo, y que otros subtipos incluyen el fascismo italiano y el falangismo. Tradicionalmente, los fascismos han sido considerados por la historia y la teoría política como ideologías de ultraderecha. El rollo éste de “los nazis eran de izquierda” es algo nuevo, surgido no de ambientes académicos ni de círculos expertos, sino de cuñados en Internet. La ignorancia generalizada sobre historia y filosofía ha creado un terreno fértil para que el mame se difunda entre los incautos. Pero no nos quedemos en apelaciones a la autoridad experta, y analicemos los porqués.

El primer argumento, el del nombre, es el más bobo de todos. Es una falacia etimológica, que consiste en creer que el nombre determina la realidad. Es el equivalente a pensar que el PRI es revolucionario o que la Alemania del Este era democrática. Lo del socialismo en nacionalsocialismo no es lo importante, sino lo de nacional. En la teoría y en la práctica, el nazismo no tenía nada que ver con el socialismo, para empezar porque rechazaba la fraternidad internacional de las clases trabajadoras, para abrazar una visión esencialista de la raza y la patria, que estaba en una ineludible lucha a muerte contra las otras razas.

Propaganda anticomunista hecha por el régimen nazi

Admitido que en todas las ideologías, movimientos o agrupaciones humanas siempre habrá quienes caigan en las contradicciones, el dogmatismo intransigente, el pensamiento tribal, el mesianismo megalómano o la hipocresía convenenciera, las bases filosóficas e intelectuales del fascismo y las múltiples izquierdas, socialistas o no, son diametralmente opuestas. Lo que nos lleva al segundo punto.

Uno de los ejes fundamentales del pensamiento de izquierda siempre ha sido la reivindicación de los oprimidos y la búsqueda de la equidad. Mientras la izquierda piensa en las víctimas reales de la opresión, la exclusión y la explotación (por raza, por género, por clase social, etc.), los fascismos invierten los papeles e inventan ficciones victimistas en las que el grupo propio (la raza maestra, la patria, etc.), que por derecho natural debería reinar sobre los otros, ha sido degradado de su merecida gloria por la decadente modernidad. Como respuesta, pretende retroceder a un pasado glorioso en que las jerarquías estén de vuelta en su orden natural, lo que desde luego implica regresar a todos los demás al fondo de la pirámide, de donde nunca debían haber salido.

Cuando se equipara la opresión real, la que históricamente han sufrido las clases trabajadoras, las mujeres, los migrantes, las minorías raciales y las personas LGBTTQ+, con la persecución imaginaria de hombres blancos que se creen víctimas de una conspiración judía internacional que quiere emascularlos a través del feminismo, se pierde todo punto de apoyo en la realidad y se construyen horrorosas ficciones que sirven de excusa para atrocidades reales.

Para abordar los siguientes dos puntos hay que volver a aquella clásica distinción linear izquierda-derecha, pues sucede que hoy se considera insuficiente. El sitio Brújula Política, por ejemplo, prefiere un sistema de dos ejes; uno social, que va desde lo autoritario a lo libertario, y otro económico, que va de lo socialista a lo capitalista. Así, tenemos gráficos como el que sigue. Otros criterios incluyen todavía más ejes, como progresista-tradicionalista y nacionalista-globalista.



Describir la política económica del Tercer Reich dentro de la dicotomía capitalismo vs socialismo resulta un poco confuso. Por un lado, la participación del gobierno en la economía era enorme, porque quería asegurarse de que toda la actividad económica estuviera dirigida al esfuerzo bélico (como todas las naciones beligerantes del momento, por cierto). Por otro lado, el régimen nazi llevó a cabo una masiva campaña de privatización de industrias y servicios otrora administrados por el estado, acabó con los sindicatos, y otorgó toda clase de concesiones y beneficios a corporaciones privadas.

No se puede decir que hubiera una economía libre, porque un puñado de corporaciones leales al régimen se beneficiaron de monopolios otorgados por el gobierno: Voskwagen, Mercedes Benz, Bosch, Siemens, Philips, Hugo Boss, Ford e IBM. Algunas de ellas incluso se beneficiaron del trabajo esclavo de judíos y prisioneros de guerra. Ello fue en detrimento de los pequeños y medianos empresarios.

Pero mucho menos podemos llamar a eso “socialismo”, pues quien se benefició de ello fue la clase burguesa poseedora en propiedad privada de los medios de producción. Además, los nazis desmantelaron el estado de bienestar heredado de la República de Weimar, pues desde su ideología lo consideraban una detestable forma de “ayudar a los débiles”, lo que iba en contra de sus ideales pseudo-darwinianos sobre la vida como una lucha constante por la existencia, en la que sólo los dignos triunfan.

Sin embargo, al cabo hasta los nazis tuvieron que recurrir a programas sociales keynesianos para paliar los estragos de la Gran Depresión. Es que, de hecho, ningún país que no quiera colapsar por completo puede prescindir de este tipo de programas (hasta los Estados Unidos invierten billones en gasto social). Pero en la Alemania Nazi estaban dirigidos exclusivamente a los miembros de la “raza aria”, y eran administrados por instituciones semiprivadas.

El empresario Henry Ford recibe una condecoración de oficiales nazis

Uno de los mejores argumentos contra “los nazis eran socialistas” es el hecho de que la clase empresarial vio con buenos ojos el ascenso del nazifascismo, no sólo en sus países de origen, sino en todo el mundo, pues esperaban que los fascistas usarían su mano dura contra los socialistas y comunistas y echarían para atrás las políticas que protegieran a la clase trabajadora. Los fascistas cumplieron dichas expectativas.

Tanto Henry Ford como Thomas Watson (el presidente de IBM) recibieron condecoraciones del régimen nazi. Ford, el héroe del capitalismo yanqui y uno de los héroes de Hitler, promovía la ideología nazi en Estados Unidos, hizo todo lo posible por mantener a su país neutral en la Segunda Guerra Mundial y publicó El judío internacional, uno de los libelos antisemitas más infames de la historia.

Entonces, en el eje económico, ¿eran los nazis de izquierda o de derecha? Según Brújula Política, están ligeramente a la derecha del centro, aunque ciertamente más a la izquierda que Thatcher y Friedman. Y muy, muy lejos del comunismo soviético representado por Stalin.


Hey, ¿pero qué hay del parecido entre los regímenes de Hitler y Stalin? Después de todo, ambos eran dictadores genocidas, cuyas ideologías eran implementadas por la fuerza, y sin tolerancia de ninguna otra, en todos los aspectos de la vida pública, incluyendo la educación, el arte y la ciencia. Ambos regímenes emprendieron guerras de conquista, abolieron las libertades civiles y destruyeron a sus opositores en nombre de un credo que aspiraban a convertir en la única Verdad admisible.

Todo ello es cierto, pero es aquí cuando se aplica la falacia de la asociación. Ésta va más o menos así: X es A y B. Y es A. Por lo tanto, Y es B. O sea: Stalin era un dictador genocida y era socialista. Hitler era un dictador genocida. Luego, Hitler era socialista. Es un razonamiento tan burdo que su invalidez salta a la vista: Los gorriones vuelan y son aves. Los murciélagos vuelan. Luego, los murciélagos son aves.

¿Qué da cuenta de las similitudes entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin? De nuevo miren la gráfica. Si estos dos asesinos de masas se hallan bastante lejos en el eje económico, verán que casi se superponen en el eje social: ambos están en el extremo del autoritarismo, es decir, son totalitarios. Los diferentes grados de autoritarismo pueden ser tanto de izquierda como de derecha.



Pero hagamos algo más contundente: preguntémosle a los neonazis, supremacistas blancos y demás de hoy: ¿es usted de izquierda? ¿Es usted socialista? Una expresión de asco y enojo llegará a su rostro y se pondrá expresar su odio al socialismo, al marxismo cultural y a toda la izquierda. Ellos mismos se reconocen como derecha, al igual que los nazis y los fascistas de antaño lo hacían. ¿Por qué estamos teniendo esta discusión ahora? ¿De dónde viene esta necia insistencia en que los nazis eran de izquierda?

Viene de los conservadores tradicionales y de los libertarianos, es decir, de la derecha que no es fascista. Su motivación puede ser desvincularse de algo tan obvia y universalmente malvado como el nazismo, achacándoselo tramposamente a los del otro lado, y es posible que lo hagan porque de fondo también rechazan el fascismo y lo que implica. Pero muy comúnmente se trata de algo más insidioso y siniestro: el vendernos fascismo como si no lo fuera.

En la lucha por la memoria siempre está en juego el presente. O sea, lo que importa es cómo catalogar los movimientos políticos que estamos viendo consolidarse frente a nuestros ojos, los que muchos han llamado fascismo, neofascismo o postfascismo. Resulta que la derecha, cuando no se alía descaradamente con los fascistas, sí que dedica sus energías a minimizar el peligro que representan o a entorpecer los esfuerzos de quienes se opondrían a ellos.



Porque si por lo menos de dientes para fuera la mística del nazismo despreciaba la mera acumulación de riquezas y rechazaba la vida acomodada del burgués en aras de una existencia heroica de lucha y sacrificio, lo cierto es que este nuevo fascismo viene más capitalista que nunca. Los demagogos como Trump y Bolsonaro, que con una mano prometen a las masas aterrorizadas que los van a salvar de las garras de inmigrantes invasores y de los horrores del mundo moderno y progre, con la otra entrega a las corporaciones libertades inauditas para explotar a seres humanos y recursos naturales por igual (de ahí el negacionismo del cambio climático).

Quieren reducir el espectro político a una falsa dicotomía que va del libre mercado a la dictadura total, para que sólo quepa la conclusión de que lo que se aleja de un extremo se acerca ineludiblemente al otro. “¿Cómo podemos ser fascistas si ellos eran socialistas y nosotros estamos siendo ultracapitalistas?”, nos dicen.

Insisten en presentar una imagen torcida de las ideologías, hecha a su conveniencia

Quieren centrar el debate en similitudes superficiales del tipo “la izquierda se preocupa por las identidades colectivas como género y raza, igual que los nazis se preocupaban por la supremacía aria”, sin atender a principios éticos (que no se trata de supremacía, sino de equidad) o a contextos sociales que han resultado de procesos históricos (que dichos grupos de hecho han estado oprimidos). Quieren desviar la atención del racismo, la misoginia, la xenofobia, la homofobia, el culto a la fuerza y la violencia que predicaron y predican los fascistas, de antes y de hoy. Entonces pueden decirnos: “Preocúpate más por esos grupos colectivistas, que quieren que el estado gobierne la economía y privilegie a ciertos grupos: ellos son los verdaderos fascistas”.

Se trata de hacernos creer que lo que hacen los fascistas no es fascismo; que lo que hacen quienes se oponen al fascismo sí lo es. Es una jugada orwelliana; manipular las palabras para controlar el entendimiento: la guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza.




Publicado originalmente en Plumas Atómicas

lunes, 8 de abril de 2019

¡El poder de Shazam!



Este fin de semana fui a ver Shazam!, la más reciente entrada en el Universo DC (el cual amo profundamente aunque lo mainstream sea ser marvelita). Como hacía mucho tiempo que no veía una peli en su semana de estreno, por primera vez en años podré reseñar una película mientras todavía sea relevante.

Iniciemos con una reseña histórica, una rápida explicación de por qué el héroe que ustedes, bola de neófitos, conocen como Shazam en realidad se llamaba Capitán Marvel, aunque fuera de DC; cómo la que ustedes conocen como Capitana Marvel se llamaba Miss Marvel, y sí es de Marvel, y todo ese desmadre:




Para los que sí tienen vida sexual, Shazam! trata de un chavito huérfano, Billy Batson, medio gandalla pero valeroso, que poco después de ser adoptado por la familia más diversa y multiculti de las viñetas, es elegido por el hechicero Shazam (que en el original era un viejito tipo Merlín, en New 52 era un chamán aborigen australiano, y ahora es Djimon Houson), el último del Concejo de Magos, para defender al mundo de las amenazas mágicas. Así, al gritar la palabra mágica “Shazam”, Billy se convierte en un doppelgänger mágico de Superman, con más o menos las mismas habilidades que el Azulote, pero con traje rojo y poderes de origen místico (lo cual, dicho sea de paso, le da una ventaja sobre Supes, quien es vulnerable a la magia): la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, la valentía de Aquiles y la velocidad de Mercurio.

Porque estoy viejo y por los lulz, en esta reseña me voy a referir al superhéroe como Capitán Maravilla. Los cómics de este personaje siempre se caracterizaron por ser coloridos, de tono alegre y con aventuras muy extravagantes. Incluso la encarnación New 52 de Geoff Johns, con un tono más grimdarkserious, conservaba mucho de ese ángel. La presente película se basa precisamente en ese arco argumental. Si la leyeron, nada les va a sorprender: hasta la escena mid-créditos está sacada de ahí. Lo agradezco, porque es una buena historia.



Lo que hace Johns en ese cómic, y lo que hace esta película de David F. Sandberg, es darle mayor realismo al personaje de Billy Batson: de ser un niño modelo que no rompe un plato, a un adolescente de buen corazón, pero que se ha endurecido por una vida difícil en la orfandad y el circuito de familias adoptivas en Estados Unidos (que, tengo entendido, es una cosa espantosa).

Shazam! nos muestra el tipo de cosas que en verdad haría un adolescente si de pronto se viera en el cuerpo de un superhéroe adulto: no ir a luchar por la verdad y la justicia, sino vengarse de los bravucones de la escuela, apalear delincuentes con una sonrisa, alardear de sus poderes ante el público y obtener beneficios de adultez como comprar cerveza o entrar a un bar de strippers.

Eso también significa que nuestro Billy tendrá que seguir una curva de aprendizaje para convertirse en un verdadero héroe y no sólo un fortachón con mallas. Ello implicará reconocer que no puede hacerlo todo solo y que necesita de una familia que lo apoye. El amor familiar, que se puede construir entre personas que no tienen lazos de sangre (cuando incluso nuestros consanguíneos son capaces de abandonarnos), es uno de los temas centrales de la cinta, y la Familia Marvel, uno de sus elementos mejor logrados.



Mientras más pasa el tiempo, más soy fan de las películas de Zack Snyder, pero es claro que el tono desenfadado y chabacano al estilo Marvel es lo que le está funcionando a DC, y no las pretensiones intelectuales y los dilemas filosóficos que planteaba el Snyderverse. Ni modos, es lo que le gusta a los normies y pues ellos son los que tienen el dinero para comprar boletos.

De todas formas, Shazam! no podía ser otra cosa que una película ligera y divertida, y en ese sentido es estupenda (aunque, a mi gusto, el humor se pasa de bobo en ocasiones). Por otra parte, no está exenta de momentos bastante oscuros y hasta siniestros: los Siete Pecados quedaron perronsísimos. ¿Lo mejor de todo? Angel Asher y Jack Dylan Grazer como Billy y Freddy. Tienen un montón de química y son súper carismáticos.

Es una peli que me habría encantado ver a los 12 años; me hizo sentir como el escuincle noventero que veía Jumanji y esa clase de cosas. Las reacciones de chavitos con los que he platicado dan cuenta de que salieron todavía más extasiados.

Pero como lo que más me gusta es despotricar, aquí están mis quejas mamonas sobre la peli, de la menor a la mayor…



3.- El doctor Thaddeus Sivana es el clásico científico loco pelón de los cómics, antecediendo a Lex Luthor (además, Luthor originalmente no era calvo). Su rollo es básicamente que odia la magia porque no puede acceder a ella y usa su ciencia demente para combatir al Capitán Maravilla. Las descabelladas invenciones de Sivana son parte del encanto de los cómics de Shazam!

Pero en la peli casi no vemos a Sivana en su faceta de científico loco. Casi desde un inicio obtiene el poder de los Siete Pecados Capitales y se convierte en alguien capaz de volar y devolverle los trancazos al Capitán Maravilla. O sea, si Black Adam va a salir en la segunda parte, sus habilidades serán las mismas: volar y dar tortazos. Eso como que le quita lo especial a Sivana.



2.- El pobre Sivana fue traumatizado de niño por su familia abusiva; de ahí surge un interesante paralelismo con su némesis: uno tenía una familia biológica que lo excluía y el otro tenía una familia adoptiva que le dio amor. Pero el pequeño Thaddeus también fue tratado injustamente por el Mago, que en su afán de encontrar a una persona de corazón completamente puro (algo imposible, porque todos los humanos somos falibles), aterrorizó a quién sabe cuántas personas, incluyendo al joven Sivana. Lo que le pasó a Thad es una tragedia y en algún momento la culpa del Mago y su obsesión con la pureza moral deberían haber sido abordadas. Pero nunca se hizo; el Mago ni siquiera pareció entender su error, mucho menos haberse arrepentido. Si el mago hubiera mostrado algo de contrición ante Sivana, la cosa habría sido más interesante.



1.- No me creo que el Billy Batson de Asher Angel y el Capitán Maravilla de Zachary Levi sean la misma persona. O sea, me cuesta mucho pensar que Billy está en el cuerpo de ese grandulón. Es que Angel retrata a su Billy como un chico de pocas palabras, astuto, audaz y maduro para su edad; Levi retrata a su Capitán como un fanfarrón parlanchín bastante bobo y torpe que gesticula en exceso. Los dos actores debían haber entrenado juntos hasta tener la misma forma de hablar y el mismo lenguaje corporal; que parecieran la misma persona en dos cuerpos distintos. No se logra y creo que ése es el punto más flaco de la película. El Capitán Maravilla y Billy Batson son dos personajes completamente aparte.

No me digan que no era posible: cuando Adam Brody se presentó como el Capitán Maravilla Junior (¡voy a usar los nombres clásicos, aguántense!), se nota que en sus gestos y su forma de hablar estaba imitando lo más fielmente al Freddy del joven Jack Dylan Grazer. Lo mismo pasa con el personaje de Darla, y sus versiones infantil y adulta, respectivamente interpretadas por Faithe Herman y Meagan Good.

Y ya. Sigo esperando la edición de Zack Snyder de Justice League. Culeros.



PD: Siempre me ha hecho ruido que, entre dioses y semidioses helénicos, dos de ellos se presentaran con sus nombres latinos (Hércules y Mercurio, en vez de Heracles y Hermes). Pero lo que no me cuadra para nada es que entre ellos esté un rey hebreo, Salomón. ¿Acaso el hijo de David se codeaba con los dioses del Olimpo cuando decidieron otorgarle sus poderes al mago Shazam? ¿No es como blasfemo ese pedo? ¿Yahvé no se molesta con Salomón por eso? Meh, ya sé que es un personaje inventado en 1940 y que sus creadores ni repararon en la contradicción, pero me gustó más cuando en New 52 cambiaron a los dioses por otros que quién sabe quiénes son, y entonces si algo no cuadra, pues ni importa.

martes, 2 de abril de 2019

Homenaje a Adam West




¡Este año Batman celebra su octogésimo aniversario! Para celebrarlo, recordemos a uno de los hombres más carismáticos que portó la capucha del Caballero de la Noche: Adam West, quien dio vida en la pantalla chica al Batman más groovy que haya existido.

Desde que West falleció en junio de 2017, los homenajes no han faltado, y quizá el más emotivo de todos fue el encabezado por el alcalde de Los Ángeles, quien encendió una batiseñal el 15 de junio de aquel año, en un evento en el que habló el viejo amigo y compinche Burt Ward, quien interpretara a Robin. Las muestras de cariño han sido muchas y no podía ser de otra manera pues, sin importar nuestra edad, West fue para muchos fue nuestro primer Batman.

William West Anderson nació el 19 de septiembre de en Walla Walla, Washington. Su madre era una cantante de ópera y pianista que se había visto obligada a abandonar su carrera artística para atender a su familia en la granja de su esposo. Cuando sus padres se divorciaron, West se mudó con su ella a Seattle. En la universidad practicó la oratoria y el debate.

Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como anunciante en emisiones oficiales de la televisión de las Fuerzas Armadas. Más tarde se mudó a Hawaii, donde obtuvo su primer papel en un show infantil para televisión. Tras mudarse a Hollywood con su familia, West consiguió papeles secundarios en cine y televisión, por lo general en historias policiacas y de vaqueros.



Su gran oportunidad le llegó en 1966 cuando fue escogido para interpretar a Batman en la legendaria serie de TV. Después de que su cancelación en 1968, West hizo la voz del Encapotado en la serie animada que fue sucesora espiritual de la original, aquella otra de Los Superamigos y un par de encuentros con Scooby-Doo, más una que otra aparición especial.

Tras el final de la serie, West quedó tan encasillado en su papel que prácticamente no pudo hacer otra cosa. Su carrera se vio reducida a papeles menores en diferentes series de TV.  Pero en los 90 ya era una leyenda, y muchos los nuevos creativos de la televisión eran ellos mismos fans del show sesentero que habían crecido admirando a West. Nuestro héroe empezó a aparecer en papeles que eran a la vez homenajes y parodias del rol que lo hizo famoso.

Por ejemplo, en Batman: The Animated Series, hizo una entrañable aparición especial como el actor que encarna al Fantasma Gris, un superhéroe de TV que había sido el ídolo del pequeño Bruce Wayne. El capítulo es tremendamente conmovedor y uno de los mejores de toda la serie. Otras series animadas en las que apareció incluyen Los Simpson, Futurama, Rugrats, Johnny Bravo, Bob Esponja, Los padrinos mágicos y Padre de familia.



Si ustedes eran niños antes de 1992, entonces lo más probable es que su primer acercamiento a Batman fuera esa serie o algunos de sus spin-offs animados. Todos recordamos el encanto kitsch de aquel programa de televisión, una mezcla entre aventura y comedia, con un poco de misterio, una cosa bien extraña, ligera, bonachona y, hoy por hoy, fascinante. Es como un escaparate a lo más locochón de una época de por sí locochona. Podría gustarnos o no, pero no se puede negar que resulta hipnótica. A veces es tan inverosímil que hasta los que crecimos con ella nos preguntamos “¡¿de verdad existió eso?!”.

La reelaboración de Batman en la década de los 80, en especial de las plumas de Frank Miller (The Dark Knight Returns, Year One) y Alan Moore (The Killing Joke), pretendía deliberadamente alejarse de esa visión campechana y volver a los orígenes noir del cómic creado por Bill Finger (visión que el artista Bob Kane, partidario del tono colorido, nunca comprendió). Lo agradecemos porque definitivamente muchas de las mejores historias del Señor de la Noche sólo fueron posibles cuando Miller y Moore llevaron el personaje a la madurez. El Batman atormentado que se mueve en un mundo oscuro y violento ha sido la norma, ya sea en los cómics, en las adaptaciones cinematográficas de Tim Burton o de Christopher Nolan, o en la serie animada de Paul Dini y Bruce Timm.

Pero a veces es inevitable sentir que tanta oscuridad termina por saturarlo a uno, que tanta sordidez, tragedia y muerte pueden llegar a ser excesivas. Entonces agradecemos también que exista esa visión brillante y divertida, de una época en la que creíamos puramente en la bondad y el heroísmo, en la que el gran detective y peleador también nos recordaba que debemos estudiar, comer verduras y usar el cinturón de seguridad. A veces se siente que las historias de superhéroes en la actualidad han perdido alegría, el disfrute sin pretensiones de aventuras que sabemos que son absurdas y no deberían tomarse demasiado en serio, y entonces es bueno poder volver a ver a Adam West usar el traje azul y gris.



Hace un tiempo un amigo planteaba la pregunta de si Adman West había sido EL Batman como Christopher Reeve fue EL Superman. Yo no lo creo, pero sí estoy seguro de algo: el Batman de West es único; no es simplemente una encarnación más del conocido personaje de las historietas, sino que Adam West nos dio un arquetipo nuevo. Michael Keaton, Christian Bale y Ben Affleck han tratado de darnos sus mejores versiones del atribulado Caballero Oscuro, cada uno con sus fortalezas y debilidades. Pero Adam West nos dio un Caballero Luminoso, un héroe que podía ser un ejemplo a seguir, y le quedamos eternamente agradecidos por ello.

Ya te veremos Adam, en el próximo episodio, a la misma batihora y por el mismo baticanal.


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