miércoles, 24 de enero de 2018

Esos "verdaderos feminismos" - Parte II: Ni ciencia ni feminismo




Si, tratándose de la relevancia de los descubrimientos en las áreas de las neurociencias y de la psicología evolutiva en el feminismo, hay espacio para debates significativos y sofisticados, el resto de los temas que la publicación El otro feminismo: ciencia frente a prejuicios resume tienen poco o nada que ver con la ciencia.

Eso no es ciencia

Roxana Kreimer es la principal promotora del “feminismo científico” en América Latina. Para ello tiene una cuenta de Twitter y un correspondiente grupo de Facebook. Puedo por completo simpatizar con ella cuando insiste en la importancia del conocimiento científico para informar cualquier movimiento o ideología. Podemos estar de acuerdo en que el conocimiento de las diferencias biológicas puede arrojar luz sobre los problemas de desigualdad social y así ayudar a resolverlos (no para justificarlos, ni declararlos inamovibles). Me parece loable que preste su voz a la causa por la despenalización del aborto y en la lucha de las mujeres por “obtener licencias por maternidad y alguna forma de compensación económica directa o indirecta por el trabajo reproductivo.”

Por supuesto, no puedo sino reconocer que tiene toda la razón cuando alerta que “en algunos países, la agresión y violación sexual no está ni siquiera penalizada, por no hablar de cuestiones como la trata de blancas cuando la prostitución no está regularizada”. Me encanta que subraye que “hay evidencia de que tanto los asesinatos por parte de varones como la violencia sexual disminuyen en países con menos desigualdad y mayor índice de desarrollo humano”, porque nos recuerda que hay esperanza de mejorar.


El problema es que una y otra vez le he leído declaraciones que, o bien son opiniones de índole moral o político (que pueden o no estar informadas por la ciencia, pero no son ciencia) o son repeticiones de hechos científicos cuya relevancia como factor determinante de las condiciones sociales es muy debatible (como los ejemplos que vimos en el texto anterior).

Sus críticas a la tipificación del feminicidio como un delito especial pueden discutirse racionalmente (no hay espacio aquí para ello), pero una afirmación como “el que asesinó debe ser juzgado bajo el principio de igualdad ante la ley, sea hombre o mujer”, no es susceptible a un análisis científico; es una declaración deontológica, ética; filosófica, pues. No es para menos, pues Kreimer es filósofa.

Aclaración: éste no es un ataque contra la filósofa, sino una réplica a quienes la presentan como si  ella hubiera refutado y vuelto caduco todas las otras corrientes y posturas feministas. Estoy seguro de que Kreimer no pretende mañosamente hacer pasar sus opiniones por hechos científicos. A lo que voy es que debemos tener mucho cuidado para no caer en la trampa de pensar que, por autoproclamarse “feminista científica”, todas sus posturas serán tan indiscutibles como hechos científicos. O sea, hay que tener muy presente que no por repetir que ella sí toma en cuenta la ciencia evolutiva, automáticamente el “feminismo científico” de Kreimer se vuelve superior a los otros. Sigue siendo tan susceptible al análisis y al debate como cualquiera.


Eso es lo contrario de ciencia

Sí, lo dijo

Las que no sé qué hacen en un artículo dedicado al “feminismo científico” son Christina Hoff Sommers y Camille Paglia, ni por qué las colocan en el mismo saco que Kreimer o Susan Pinker (la filósofa ha tenido a bien informar que no fue ella quien las incluyó en el texto y que eso es responsabilidad de quien lo redactó). Sommers y Paglia, por lo menos según lo que leemos aquí, se limitan a expresar críticas discursivas contra una generalización a la que llaman “el feminismo actual”.  ¿En qué consisten estas críticas y cómo se sostienen? Veamos.

De Camille Paglia ya hemos hablado antes, justamente por el tema por el que es citada en el texto de Crónica Global. Paglia dice que de joven ella y sus compañeras lucharon contra las reglas universitarias que imponían rigurosos horarios de entrada y salida a las jóvenes, y que no se aplicaban a los varones. Asegura que el reclamo de las feministas contemporáneas, de pretender andar por donde quieran, vistiendo lo que quieran y bebiendo lo que quieran, y al mismo tiempo estar a salvo del acoso y la violación, es un retroceso a esa época de sobreprotección.

¡Pero ésa es una falsa equivalencia del tamaño de Encélado! En el primer caso eran hombres los que limitaban el actuar de las mujeres en nombre de mantenerlas protegidas. En el segundo, las mujeres reclaman que se combatan las condiciones culturales y sociales que hacen del escenario público peligroso para ellas, de forma que puedan ejercer con seguridad la libertad de decidir a dónde ir y qué hacer. No se le acusa de paternalista a un ciudadano que exige al gobierno garantizar calles y espacios libres de crimen. ¿Por qué se ataca a las mujeres que quieren espacios libres de violencia sexista?

Hace poco me enteré de que Paglia ha dicho que ser transgénero es hoy una moda como en décadas pasadas lo era ser beatnik o hippie pacheco, que la androginia destruye las civilizaciones, y que el Imperio Romano cayó porque los romanos se afeminaron mucho, mientras que los bárbaros mantenían su visión heroica de la virilidad. Ésa es una visión históricamente falsa; más aun, es un caso de llana pseudohistoria, que recuerda a los lamentos decimonónicos acerca de cómo la sociedad se estaba mariconizando demasiado.

Lo peor es que luego extrapola ese mito sobre el pasado al presente: los hombres occidentales ya no son tan masculinos, mientras los del ISIS sí están seguros de su virilidad y si las cosas siguen así nos van a destruir a todos. Paglia defiende la masculinidad tradicional y reclama que “dejen a los hombres ser hombres”. Es decir, patanes violentos y emocionalmente ineptos. No sé cómo puede recibir el título de feminista quien sostiene esas premisas. Para acabarla de amolar, Paglia niega el calentamiento global. Joder, Nacho, eso es todo lo contrario de ser científico (pero allá decidirás tú si ese dato es relevante).



Christina Hoff Sommers alerta sobre el peligro de satanizar a “todos los hombres” como respuesta a las acciones de unos cuantos, y sobre la injusticia de las acusaciones falsas, en referencia al movimiento #MeToo. Vaya, que sería muy injusto en verdad que eso estuviera sucediendo, pero ¿es así?

¿Quién está satanizando a todos los hombres? Lo que está sucediendo es que conductas y actitudes comunes en los hombres, que hasta ahora eran normalizadas y aceptadas, bajo el feminismo actual son criticadas y denunciadas. No son los hombres los que están bajo ataque, sino el machismo.

¿Quién está acusando falsamente a hombres inocentes? Esto último es algo que se invoca en los casos de acoso o violación. ¿Y si hombres inocentes están siendo acusados? Como si estuviéramos viviendo una epidemia de tales circunstancias en vez de un problema histórico de violencia machista. Pero rara vez se mencionan casos específicos o estadísticas de esas pobres víctimas de la perfidia femenina. No dudo que ocurran (los seres humanos podemos ser bien mierdas), pero es altamente improbable. En el caso de la violación, las estimaciones más generosas proyectan que un 10% de los casos reportados serían acusaciones falsas; las más modestas hablan de un 2%.

Fuente

Si X tiene un 90% de probabilidades de ser A y un 10% de ser B, no es racional actuar como si ambas posibilidades sean igualmente factibles. Entonces, ¿por qué insistir en ello? Esa distopía feminazi en la que “nos van a denunciar hasta por dar los buenos días” sólo existe en la imaginación paranoide de los antifeministas. ¡Ojo! No estoy negando que deba prevalecer el principio de presunción de inocencia. Un juicio debe seguir el proceso marcado por la ley, con el respeto pleno a los derechos del acusado y la parte acusadora.

De lo que hablo es de la necesidad de borrar una noción tan equivocada como difundida: que es tan probable que un hombre viole a una mujer como que una arpía perversa quiera destruir la buena fama de un caballero. Un mito que siembra en los hombres inocentes el miedo a que ellos también podrían ser perseguidos injustamente, que da a los culpables el beneficio de una duda en apariencia razonable y que justifica la desconfianza contra las víctimas. Un mito que pretende voltear la tortilla: hacer ver al opresor como oprimido y viceversa.




Que es de hecho lo que aparentemente quiere hacer Sommers, convencernos de que existe en Occidente una guerra contra los hombres. No es broma, tiene un libro titulado The War Against Boys. Según ella, los gobiernos liberales, con apoyo de los medios progres y las instituciones educativas, han llevado a cabo una serie de medidas que ponen a los varones en desventaja frente a las mujeres, en una alianza en la que el Partido Demócrata obtiene el apoyo de las feministas a cambio de difundir una ideología estatista que le dé más poder al gobierno entrometido. ¿En qué se basa esta típica conspiranoia derechista? En suposiciones, extrapolaciones inválidas, falsas equivalencias, cherrypincking y demás falacias. No es el tipo de razonamientos que un librepensador racionalista amante de la ciencia se tomaría en serio.

Eso no refuta nada



Tanto Sommers como Kreimer señalan los problemas que aquejan a los hombres en la sociedad. Ya saben, los trabajos peligrosos, el reclutamiento para las guerras, la menor expectativa de vida, la mayor incidencia en el suicidio, etc. Todo ello es cierto, y son necesarios esfuerzos para solucionarlo, pero debe quedar claro que invocar estos problemas no refuta el feminismo de forma alguna.

En primer lugar, nada de ello quita los problemas que sufren las mujeres, ni significa que las cosas “estén parejas”, principalmente porque mientras la opresión contra las mujeres es ejercida por los hombres, la opresión que sufren ellos es ejercita por otros hombres, en virtud de su poder político y económico (que suele corresponder con otros factores, como la raza). Otros problemas, como la tendencia al suicidio, tienen que ver con una construcción tóxica de la masculinidad, que no da a los hombres la oportunidad de aprender a manejar sus emociones.

El punto es que ninguno de estos problemas es ocasionado por las mujeres, y mucho menos por el feminismo. La lucha por solucionar los problemas de los hombres es complementaria a la liberación de las mujeres, pero las feministas no están obligadas a dejar sus propios asuntos para ocuparse de nosotros los vatos.

Al igual que Sommers ha dicho en ocasiones, Kreimer sostiene que: “Los hombres y las mujeres debemos ayudar a las mujeres que viven en países patriarcales no occidentales. Lugares en donde se lapida a una adúltera y donde están ausentes principios básicos de ciudadanía”. Pues sí, pero la existencia de problemas peores en otras sociedades no elimina las injusticias que persisten en ésta. Ser lapidada en la calle sin duda es peor que tener que soportar las insinuaciones inapropiadas de un jefe, pero dado que no todas las mujeres pueden viajar a Oriente Medio para hacer la lucha ahí, tienen toda la razón en luchar para la cambiar las situaciones de su entorno que afectan sus libertades, derechos y bienestar.

Eso no es feminismo



Ahora, notarán que lo que han dicho Paglia o Sommers no tiene nada de “científico”. Pero hay otra cosa: nada de lo que dicen Paglia o Sommers es feminista. Es decir, nunca se ocupan de los derechos de las mujeres o de las injusticias que sufren. Se dedican exclusivamente a criticar el feminismo contemporáneo.

Debo hacer una confesión: fuera de estos temas recurrentes, conozco muy poco del resto de las ideas de Paglia y Sommers. Si hoy en día o en el pasado han estado defendiendo los derechos de las mujeres y hecho valiosas aportaciones a la causa, lo ignoro. Esto se debe a que cada vez que se cita a estas dos mujeres es para atacar el feminismo. Como si el “feminismo de verdad” consistiera no en abogar por los derechos de las mujeres, sino en cagarse en todos los otros feminismos. Y no, no creo que sea “sana autocrítica”; creo que es un ataque totalmente externo, además de tramposo y malintencionado.

Lo que es más, quienes comparten sus contenidos y ayudan a hacerlos virales, son por lo general medios y personas abiertamente hostiles al feminismo. Caray, que Sommers esté concediendo entrevistas en Fox News y tenga un largo historial de asociarse con organizaciones conservadoras debería ser señal para tener una razonable sospecha de sus intenciones. De hecho, el Southern Poverty Law Center ha señalado a Sommers como uno de los intelectuales cuyo discurso alimenta los movimientos de supremacía masculina (recientemente categorizados como grupos de odio). Puedo entender que los conservadores y derechistas aplaudan sin reservas lo que dice, pero me saca de onda que haya hombres que se dicen liberales, progresistas y de izquierda, que comparten los textos de ella o Paglia. Es todo un fenómeno, el de los hombres de izquierda que no tienen escrúpulos en compartir contenidos de ultraderecha con tal de que se estén cagando en el feminismo.

Si, dijo eso


Entonces, ¿por qué los mensajes de estas dos mujeres se viralizan como “verdadero feminismo” y “alternativa razonable al feminismo actual”? En parte es que tienen una estrategia de comunicación muy asertiva: se muestran serias y profesionales, hablan de datos e información precisa (aunque las mezclen con opiniones subjetivas o hagan extrapolaciones inválidas); es decir, proyectan autoridad intelectual. Esto les permite contraponerse al estereotipo de “feminista histérica que por todo arma escándalo”, prevaleciente en el imaginario actual.

Pero eso no es todo. Yo creo que la mayor parte de su éxito se debe a que le dicen a los hombres lo siguiente:
  • Las desigualdades sociales entre los géneros ya se han resuelto; no tienes que preocuparte por cambiar nada en tu entorno o en ti mismo.
  • Lo que actualmente se señala como injusticias contra las mujeres, no son sino exageraciones a las que no vale la pena hacer caso.
  • A lo mejor persisten inequidades en países de tercer mundo y lugares atrasados, pero como eso ni te afecta, no tienes de qué preocuparte.
  • Tú no estás haciendo nada mal; son las feminazis locas las que te están atacando por su propia histeria. Tú eres la víctima aquí.
  • En fin, que no tiene caso luchar contra lo que es natural y normal, así que puedes volver a sentirte cómodo y tranquilo con tus propios prejuicios.

No, pos qué pinches conveniente… 😒

Ahora cabe hacer un ejercicio de honestidad intelectual y pensamiento crítico. Si tú has compartido este texto de El Español o algún otro que promueve y ensalza las visiones de Paglia o Sommers (o, para el caso, cualquier texto sobre cualquier tema), ¿fue por qué te convencieron la solidez de sus argumentos? ¿O es que ya estabas de antemano de acuerdo con su postura? ¿Fue que analizaste lo que decían detenida y concienzudamente y concluiste que es lo que mejor se sostiene a la luz de la razón? ¿O es que sus palabras te ayudaban a quedarte en tu zona de confort intelectual? No lo sé, piénsalo.


PD: Notarán que en estas dos entradas dejé de abordar muchos temas y en otros me fui por las ramas. Es que mi propósito no es escribir el texto definitivo sobre el tema (ni me sería posible), sino aclarar algunos puntos y señalar ciertos errores, de forma que podamos pasar a un debate más constructivo y mejor pensado del que hemos tenido hasta ahora.

Este texto también se publicó en Antes de Eva

martes, 16 de enero de 2018

Esos "verdaderos feminismos" - Parte I: Ciencia, género y feminismo



Nota: Quizá encuentres útil e interesante este resumen de mi visión del feminismo.

Hace unos días apareció en el portal Crónica Global del medio digital El Español, un texto titulado El otro feminismo: ciencia frente a prejuicios. Partiendo de una entrevista con la filósofa Roxana Kreimer, plantea que existe una nueva visión del feminismo que no sólo es compatible con los mejores conocimientos científicos disponibles, sino que se basa en ellos, y presenta a algunas de las expositoras más sobresalientes de ese llamado “feminismo científico”.

El texto me pareció relevante porque reúne en un solo lugar a varias pensadoras que a menudo son presentadas como ejemplos de lo que se a menudo se difunde como “feminismo verdadero” o por lo menos un “feminismo alternativo” a otro mayoritario, llamado “hegemónico” o simplemente “feminismo actual” o de tercera ola, el cual estaría conformado por un montón de locas y exageradas. Así que me pareció una oportunidad para abordar el tema y poner bajo la lupa los argumentos y posturas de estas “feministas de verdad” cuyos discursos son entusiastamente compartidos en las redes sociales por muchas personas que no se sienten a gusto con el feminismo.

El principal problema que tiene este texto es que junta moros con cristianos; es decir, si de lo que quería hablar era de “feminismo científico”, falla en donde incluye como ejemplos a un par de intelectuales cuyos postulados nada tienen que ver con ciencia. El otro problema es que, tratándose de ciencias, el texto requiere numerosas aclaraciones, que es de lo que platicaremos en esta primera parte.

Feminismo científico



¿A qué llamaríamos “feminismo científico”? Una definición muy básica de feminismo podría ser cualquier movimiento o ideología en pos de los derechos y libertades de las mujeres. ¿Qué sería necesario para que dicho movimiento fuera científico? Supongo que sería basar sus argumentos y posturas en conocimientos científicos, o por lo menos asegurar que fueran compatibles con éstos. De las mujeres presentadas en el artículo, sólo una, Susan Pinker, es científica, y se le cita en el contexto de las diferencias innatas entre hombres y mujeres. De hecho, éste es prácticamente el único tema propiamente científico que se aborda.

Es un asunto complejo, y no porque se pueda poner en duda que existen divergencias biológicas y  neurológicas importantes que marcan diferencias estadísticas en el comportamiento de hombres y mujeres (vamos a hablar de personas cisgénero, para no complicarnos más). Eso está muy bien documentado. Lo que es importante señalar es que sigue siendo muy debatible qué tanto esas diferencias influyen en la desigualdad que experimentan hombres y mujeres en la sociedad.

Salvo el resumen que dan en ese artículo de Crónica Global y otros textos breves, no conozco mucho de la obra de Susan Pinker. En cambio, estoy muy familiarizado con la de su hermano Steven, quien por lo visto dice más o menos lo mismo. Una excelente introducción al tema puede verse en el ya clásico debate que Steven Pinker y Elizabeth Spelke sostuvieron respecto a las diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres, y cómo influyen en la presencia de los géneros en los campos de STEM (acrónimo en inglés para ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). Ambos son científicos de primer nivel, y ambos se basan en datos duros para presentar sus posturas. Escojo este tema porque es uno de los principales en el texto sobre El otro feminismo.



El punto fuerte de la argumentación de Pinker son los sólidos hechos científicos en los que se basa. Por ejemplo, que estadísticamente los hombres tienen mayor habilidad para manipular modelos tridimensionales en la mente. Por eso los hombres, cuando buscan direcciones, se ubican haciendo mapas mentales, mientras las mujeres recurren a memorizar lugares y señas del camino. Éste es un fenómeno que se ha visto a través del tiempo y es diversas sociedades y que difícilmente podría explicarse por la educación o la cultura.

Otro ejemplo: desde muy temprana edad los infantes humanos, e incluso los cachorros de primate, muestras diferencias en el tipo de juguetes que les llaman la atención: los varones se fijan más en máquinas y artefactos; las niñas en muñecos y figuras que representan personas y seres vivos. Debido a estas características y algunas otras, los hombres tienen, en proporción, más interés y más habilidades para las ciencias exactas y la ingeniería, lo cual explica la disparidad en la representación de los géneros en estos campos.

Pero eso no es todo



Todo bien, pero esta argumentación tiene puntos débiles, uno de los cuales es asumir que tales características psicológicas son lo único que cuenta para trabajar en ciencias. En su libro El cerebro accidental, el neurocientífico David Linden explica que tales diferencias existen, pero que otras habilidades comunes en el cerebro femenino pueden ser muy útiles para las áreas científicas y tecnológicas, y que incluso les permiten abordar los mismos problemas desde perspectivas distintas.

El otro punto débil es que Pinker señala que en el área de psicología y en otras ciencias sociales hay más mujeres que hombres, al revés de lo que sucede en las ciencias exactas y que no hay razón para suponer que en una discriminan más que en las otras. Bueno, de hecho, históricamente, sí la hay: a lo largo de la historia algunas profesiones y ocupaciones han sido consideradas propias de un género o del otro, y con el paso del tiempo se ha demostrado que esas visiones estaban equivocadas.

Lo más importante es, como dice Elizabeth Spelke, que a fin de cuentas bien puede ser que por naturaleza menos mujeres se inclinen hacia las ciencias e ingenierías, pero no sabremos cuántas, hasta que se eliminen las barreras sociales para las que sí quieren y pueden hacerlo. Ése me parece el meollo de todo el asunto.

Recordemos que de lo que hablamos aquí son estadísticas. Estadísticamente hablando, los hombres tienden a ser más altos y tener más masa muscular que las mujeres. Pero eso no quiere decir que cada hombre sea más alto y más musculoso que cada mujer. Estadísticamente, puede ser que haya más hombres con la habilidad y la inclinación a trabajar en ciencias e ingeniería, pero eso no significa que cada hombre lo sea más que cada mujer.




Lo que debería suceder, y creo que todos estaríamos de acuerdo, es en tratar a cada persona como un individuo único con características y méritos propios, no como una estadística. Si la persona es buena para algo, merece que se le dé la oportunidad de dedicarse a ello y prosperar. El problema es que esa meritocracia ideal no es un hecho generalizado. Colegas y superiores varones tienden a tener prejuicios contra las mujeres en los lugares de estudio y de trabajo y un científico de alto nivel puede ser tan machista como cualquier otro hombre.

Conocemos las historias de mujeres, del pasado y del presente, de científicas que han sido ninguneadas por sus pares masculinos, acosadas en sus lugares de trabajo o cuyas obras de plano les han robado. Si además les dicen a los manes que “las mujeres no son tan buenas para la ciencia” es como darles un permiso para discriminarlas sin darles la oportunidad de probarse a sí mismas, y con ello desanimar a las mujeres que tengan el talento y las ganas de dedicarse a las ciencias. Por ejemplo, las integrantes este equipo femenil de robótica (que representa a México en la FIRST Robotics Competition de la NASA), cuentan que en dos ocasiones las rechazaron equipos masculinos, arguyendo que estaba científicamente comprobado que ellas no servían para eso.

No se trata de negar hechos científicos, sino de crear los contrapesos para asegurarnos que de verdad son sólo las inclinaciones y talentos naturales de cada una, y no los prejuicios y la falta de oportunidades, lo que está determinando el rumbo profesional de las mujeres.

James Damore, el autor del Google Manifesto, es presentado aquí y en muchos otros lugares como víctima ejemplar de la intolerancia y censura, típicas de un feminismo posmoderno y negacionista de la ciencia. Casi como si de un Galileo contemporáneo se tratara, la narrativa nos dice que Damore sólo presentaba objetivamente hechos científicos irrefutables, por lo cual fue despedido de Google y linchado mediáticamente. En realidad, Damore abusaba de datos científicos como argumentación para sostener sus ataques contra las políticas de inclusión y diversidad en el gigante tecnológico (el objetivo de las cuales es precisamente dar oportunidad en el área a personas de grupos históricamente marginados). Es por eso que el señor Damore terminó convirtiéndose en un héroe para la Alt-Right.

El poder de la cultura



Lo que es más, a pesar de los componentes biológicos, existe un vasto campo de acción para el cambio cultural. Hablemos por ejemplo de la agresividad de los hombres. Sabemos que la testosterona hace que una persona sea más agresiva y osada, y sabemos que los machos de la especie humana tienen una proporción de esta hormona mucha más alta que sus congéneres hembras. Entonces podemos concluir que la testosterona debe tener un papel importante en la conducta masculina.

Pero eso no es todo. Veamos tres casos. En este experimento, hombres jóvenes del sur y otros  del norte de los Estados Unidos fueron insultados por un extraño antes de someterse a un análisis de sangre y signos vitales. El estudio encontró que los sureños, criados en una cultura en la que se espera que los hombres respondan violentamente ante afrentas contra su honor, experimentaban reacciones fisiológicas intensas: aumento del ritmo cardiaco y la presión sanguínea, y de los niveles de cortisol y testosterna en la sangre. Estas reacciones no se encontraron en los jóvenes norteños, educados en una cultura en la que se les enseña a ignorar las palabras necias. O sea, con todo y la testosterona, la educación y la cultura tienen una gran influencia.

En esta otra serie de experimentos se puso juntos a monos machos del género Rhesus hasta que formaron jerarquías: el mono 1 tenía dominio sobre el 2, éste sobre el 3 y así por el estilo. Sin sorpresas, los monos más agresivos y que tenían más altos niveles de testosterona ocuparon los primeros lugares en la jerarquía. Pero lo interesante fue cuando se tomó a un mono de rango intermedio y se le inyectaron dosis de testosterona anormalmente altas. Como era de esperarse, este mono se volvió más agresivo. Pero no desbancó a los monos más altos de la jerarquía, a los que ya superaba por mucho en niveles de testosterona, sino que dirigió su agresividad contra los de jerarquía menor, con los que de por sí ya era bastante bravucón. O sea, que aunque la testosterona posibilita el comportamiento agresivo, el individuo dirige sus actos violentos contra quienes percibe como objetivos legítimos.



Un último ejemplo viene de otros de nuestros parientes primates, los babuinos. Se trata de un fantástico experimento social que se dio por accidente en la sabana africana, cuando los 62 machos adultos más agresivos de una tribu murieron de sopetón tras infectarse con tuberculosis. Una mayoría de hembras, crías y machos de menor jerarquía sobrevivieron y en cosa de una generación se dio un cambio cultural sorprendente. Educados exclusivamente por las hembras, los machos jóvenes no crecieron para repetir la conducta dominante y agresiva de sus predecesores. En cambio, en la tribu prosperaron las estrategias de interacción social más típicas de las hembras: muestras de afecto, acicalado mutuo, desescalada de conflictos, etc. El resultado fue una tribu mucho más pacífica. Es decir, dadas las condiciones adecuadas, las conductas más “femeninas” pueden desplazar a las típicamente masculinas en una sociedad, incluso entre los mismos machos.

Entonces hay, por supuesto, componentes biológicos que hacen a los hombres más proclives a la agresividad, la competitividad y el comportamiento arriesgado, pero también hay un margen amplísimo en el que se pueden llevar a cabo cambios sociales y culturales. No se debe extrapolar demasiado a partir de estos ejemplos, pero ténganlos en cuenta cuando se topen con la tentación del determinismo biológico: que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera. Lo curioso es que es el mismo Steven Pinker lo dice en Los mejores ángeles en nosotros.

Pero es que además no importa



Por lo que he leído y aprendido, creo que insistir en que todas las diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres son resultado exclusivo de la cultura es insostenible. Pero ¿saben qué? También es completamente irrelevante. Salvo en algunos asuntos específicos como el de profesiones altamente especializadas, para los reclamos del feminismo las diferencias biológicas son poco menos que insignificantes.

Si los hombres somos en efecto más proclives a la agresión física, eso no nos quita la responsabilidad moral e individual de no portarnos como cavernícolas; a lo mucho, implica que tendremos que hacer un esfuerzo más grande.

¿Que los machos humanos usaron desde tiempos prehistóricos la violación como estrategia reproductiva y de control? Qué mal, pero eso no quita que sea necesario combatir las condiciones sociales y culturales que permiten hoy en día a violadores y acosadores salirse con la suya. ¿Los hombres son menos “quisquillosos” que las mujeres a la hora de buscar pareja sexual? Poco importa para hablar de acoso laboral, escolar o callejero.

¿Las mujeres se fijan más en el estatus social y la jerarquía de sus posibles parejas que los hombres? Vaya, eso no le da derecho a jefes o profesores para acosar a sus empleadas o alumnas. ¿Es cierto que las niñas maduran más rápido que los niños? Sí, pero eso no es excusa para que hombres adultos se enreden con adolescentes, faltaba más. ¿Los hombres heterosexuales se fijan mucho en el busto de las mujeres, porque éste evolucionó para tal propósito? Bueno, es comprensible, pero no por eso hay permiso para quedarnos viendo como perros hambrientos, ni es motivo para prohibir a las mujeres amamantar en público.



¡Ojo! Sé que prácticamente nadie está diciendo que una cosa justifica la otra. Esto va para los que creen que nomás poniéndose a enlistar diferencias biológicas promedio entre los sexos están de alguna forma derrotando al feminismo con un brillante y definitivo jaque mate. Y es que ninguno de los reclamos importantes del feminismo es refutado por apuntar que existen diferencias naturales entre hombres y mujeres, ni el feminismo necesita negar que las haya.

Así, cuando Kreimer dice que  “hombres y mujeres se enfrentaron a estrategias adaptativas distintas en los seis millones de años de evolución humana”. Podemos responder, “Sí, ok, pero ¿y?”  Si hay feministas que insisten en que todo es resultado exclusivo de la socialización, los hechos las desmienten fácilmente, pero no nos dicen nada sobre el resto de sus reclamos, que son primeramente de orden moral y político.

Hacer de cuenta que todas las diferencias sociales han sido superadas y las que quedan se basan sólo en la biología nos regresa a los cuentos que ya nos decían en el siglo XIX. Es muy cómodo, porque libera a las personas de siquiera tener que considerar que algunas cosas podrían y deberían cambiarse.

Los antifeministas (y de ninguna manera incluyo a los Pinker) abusan de estos datos, no porque estén muy interesados en el valor de la objetividad y los hechos, sino porque creen que con eso pueden callar a las feministas y quedarse tranquilos con sus prejuicios. Ésa es la razón por la que estos discursos tienen tanto éxito, con miles de “me gusta” y  “compartir” en las redes sociales: nos dicen que ya todo está bien y que las que afirman lo contrario (las feministas) son unas exageradas a las que no hay que hacer caso.


jueves, 11 de enero de 2018

Misandria, heterofobia y racismo a la inversa

Cabe la aclaración de que con este texto no pretendo pontificar, sino exponer, poner a consideración o cuando mucho persuadir de mis reflexiones personales.



La misandria sería una forma de discriminación y desprecio contra los hombres. Racismo “a la inversa”[1] sería el odio y prejuicio contra los blancos. Y así por el estilo. Yendo directo al grano, ¿existen esas formas de discriminación? Eso depende de lo que quieran decir con esas palabrejas.

Si por ellas nos referimos a sistemas de opresión, entonces la respuesta en un absoluto NO. Si lo planteamos como actitudes despectivas, entonces podemos decir que SÍ. Éste es uno de esos asuntos en los que la cosa es más compleja de lo que parece a primera vista.

No existen en el mundo actual ejemplos de opresión sistémica contra hombres, personas blancas o heterosexuales, ni me parece razonable pensar que alguna vez los habrá. El racismo, el sexismo y la homofobia son mucho más que actitudes personales de gente ignorante o culera; son sistemas de opresión que se manifiestan en diversos aspectos de la vida social, incluyendo las leyes, las costumbres, los valores, las jerarquías de facto, la distribución de la riqueza, el acceso a las oportunidades, la vulnerabilidad ante la violencia, la cultura mediática, el lenguaje, etcétera.

Por otro lado, sí es posible encontrar ejemplos de actitudes despectivas por parte de algunos individuos o grupos: prejuicio, desdén o de plano odio contra hombres, blancos o heterosexuales. Si le escarban un poco, podrán encontrar ejemplos de feministas extremas que consideran a los hombres como seres inferiores y malvados sin remedio, o activistas afroamericanos que piensan que personas negras que se emparejan con blancas son traidoras a la raza, y cosas por el estilo.

Tratándose de un asunto muy delicado, hay que proceder con cautela y aclarar ciertos puntos. Empezando por el más importante:

Las actitudes despectivas y la opresión sistémica no son equivalentes



En uno de mis constantes debates en los internetz, tratando de hacer que un vato entendiera lo que significa el concepto de “interseccionalidad”, le planteé el siguiente punto: ¿dirías que existe en la sociedad estadounidense un racismo generalizado?[2]

Su respuesta, que le era imposible evitar siendo honesto, era que sí, en efecto existe… Pero (tenía que haber un “pero”) que si te vas a un barrio negro podrás ver cómo ahí discriminan a los blancos.

Ahora bien, eso es probablemente cierto. El error (o la maña) consiste en plantear esas dos situaciones como si fueran equivalentes, o peor, como si una anulara la otra. Bien puede ser que una persona de raza negra sienta rencor y desprecio contra los blancos. Puede ser que esas actitudes sean compartidas por algunos de sus vecinos y conocidos. Pero estas personas carecen del poder para hacer que sus sentires tengan mucha consecuencia. No pueden hacer leyes, no pueden cabildear en los congresos, no dictan los contenidos de los medios de comunicación. No tienen ni siquiera los números, la organización o la influencia para convertir su sentir en actitudes generalizadas. Simplemente, no están en posiciones de poder. Si acaso, ejercerán esas actitudes despectivas en contextos muy reducidos en alcance y proporción. Después de todo, estamos hablando de comunidades marginadas, en oposición a naciones enteras.

En una ocasión, una gringa blanca (y libertariana, para más inri) me dijo que a ella, cuando estudió en México, profesores y alumnos habían sido despectivos sólo por ser güera. Le creo: los mexicanos tenemos un trauma de rencor contra “los pinches gringos”. Estuvo muy mal que la trataran así. Pero me lo dijo porque estábamos discutiendo acerca del racismo de Trump y sus seguidores. Sacó a colación su experiencia para poder decir “también hay racismo contra nosotros los blancos”. Tu quoque.

Aquí está otro punto importante: las personas que plantean que la “discriminación inversa” también existe, rara vez lo hacen porque les preocupe la situación. Lo que pretenden es hacer de cuenta que racismo contra negros y racismo contra blancos son equivalentes y minimizar el primer problema, como diciendo “las cosas están parejas, así que no se quejen”. Es como cuando ante cualquier tema feminista, alguien sale con “los hombres también tienen problemas”, pero sin la menor intención de tratar los asuntos de los hombres, sino solamente de hacer que se callen las feministas y dejen de plantear cuestionamientos incómodos.

Con esta actitud deshonesta, conscientemente o no, muchas veces lo que pretenden es proteger su zona de confort intelectual para no tener que discutir un asunto espinoso que implica cuestionar su responsabilidad moral para desmantelar el sexismo, el racismo y la homofobia. A veces, de plano se trata simplemente de disimular o justificar sus propias actitudes discriminatorias, y detrás de todo el rollo, lo que quieren decir es “sí, soy racista/misógino/homófobo, pero los del otro lado también me odian y me quieren oprimir, así que tengo derecho a serlo”.

“No eres tú, es tu tribu”



No hace mucho salió la noticia de un hombre que había sufrido meses de acoso por parte de una stalkeadora loca, tipo Atracción fatal. La reacción predecible de muchos antifeministas no se hizo esperar: “Ya lo ven, los hombres también sufrimos”. Es decir, la actitud clásica de la que hablábamos en el apartado anterior.

Pero también hubo algunas mujeres que se rieron del caso con comentarios del estilo “jajajaja, lágrimas de onvre; a nosotras nos matan, violan y demás, y tenemos que compadecernos de este pobre onvre”.

Es aquí donde vemos la actitud negativa opuesta. Dado que, a nivel global, la violencia de hombres hacia mujeres no sólo es inconmesurablemente mayor en números, sino que además es facilitada por el orden social en el que vivimos, lo que pueda sufrir un hombre a manos de una mujer es indigno de compasión.

Los seres humanos tenemos el pensamiento tribal muy enraizado en nuestra psique. Sin pretenderlo, juzgamos moralmente lo que hacen las personas en función de la “tribu” a la que pertenecen, en vez de juzgarlos como en individuos en situaciones concretas. Si lo hace alguien de “mi tribu” es menos malo (incluso defendible); si lo hace el de “la tribu enemiga” es un crimen. De hecho, en el pensamiento tribal se fundamentan el racismo y la xenofobia.

Cuando ocurre un atentado terrorista en Europa y alguien dice “bueno, pero los europeos han jodido al tercer mundo”, como para justificar o minimizar el crimen, no están considerando como individuos a las personas que pierden la vida, sino miembros de una “tribu” que comparten la culpa de ésta y por tanto merecen su mismo castigo. Es la misma estructura de pensamiento detrás de la islamofobia y es igualmente inmoral.



El sumarnos a las causas más nobles y justas no nos libera en automático de los sesgos cognitivos más comunes, y las personas que se encuentran activa y enérgicamente en contra de las diversas formas de opresión sistémica no se salvan de caer en el pensamiento tribal. Así, surge una máxima, explícita o implícita, a la hora de juzgar los actos de los demás: si lo hace alguien de un grupo históricamente oprimido contra alguien de un grupo históricamente privilegiado, entonces no está tan mal (incluso puede ser que esté bien).

Veamos un par casos, extremos entre los extremos. En su autobiografía Soul on Ice, el miembro de las Panteras Negras Eldridge Cleaver admitió haber violado mujeres blancas como un acto político, una venganza por todas las mujeres negras que los blancos habían violado a lo largo de siglos. Contrario a lo que nos dicen los blancos supremacistas, el dato es correcto: históricamente la violación de hombres blancos contra mujeres negras ha sido mucho mayor [aquí, aquí y aquí]. Pero, ¿quién podría ser tan mierdas para justificar las acciones de Cleaver? ¿Quién diría a esas mujeres violadas que no la hagan de pedo porque las mujeres negras han sufrido más? Pero esta actitud no es representativa de los movimientos por los derechos de los afroamericanos. Martin Luther King e incluso el más radical Malcolm X denunciaron esas actitudes como racistas (con esa palabra) y hasta el mismo Cleaver reconoció después que lo que hizo fue inhumano[3].

Miren a Valerie Solanas, quien sostenía que los hombres son inferiores biológicamente a las mujeres, que el sexo heterosexual era para mujeres débiles y que llevar a cabo un genocidio de hombres no vendría mal. Además intentó asesinar a Andy Warhol y a otros dos hombres. ¿No llamaríamos “misandria” a esa actitud? ¿No sería aterrador si muchas personas la compartieran? Por fortuna, no es así. Hasta las feministas radicales (vaya, hasta Dworkin) rechazaban las posturas de Solanas. La cual por cierto, fue diagnosticada con esquizofrenia paranoide, así que sus rollos eran más psiquiátricos que ideológicos.



Estos casos son extremos, representan actitudes marginales y no es razonable pensar que llegarán a ser algo más que eso. Pero tampoco por eso se vuelven menos atroces. Es difícil, pero importante, aprender a mantener un equilibrio entre las dimensiones social e individual de la vida humana. En lo social: la opresión sistémica del sexismo, el racismo y la homofobia son incomparablemente más graves que las actitudes despectivas que algunas personas puedan tener hacia los grupos sistémicamente privilegiados. En lo individual: la violencia que sufra una persona a manos de otra no es por ello menos condenable.

Debemos tener mucho cuidado aquí, porque muchas veces quien dice “yo estoy en contra de la violencia, venga de donde venga”, en realidad lo que pretende es minimizar la violencia que es resultado y expresión de la opresión sistémica, y ultimadamente sin mover un dedo contra esa violencia genérica a la que supuestamente se opone.  

Por supuesto, el contexto es importante para juzgar las acciones de una persona y decir “toda violencia es mala” como un machote universalmente aplicable sin modificaciones no es viable. ¿Se trata de un acto de autodefensa? ¿Fue una agresión injustificada? ¿Estuvo motivada por el odio o desprecio hacia un grupo? ¿Esta persona tuvo que hacerse justicia por mano propia porque no tuvo de otra? Pero hay un principio del cual no debemos retroceder: una persona no tiene por qué cargar con las culpas de su “tribu”.

Uno de los pasos más importantes en la lucha histórica contra las diferentes formas de discriminación fue reconocer la necesidad de valorar a las personas por sus méritos individuales y no por las tribus a la que se percibe que pertenecen. Es una máxima para aplicarse en todas las direcciones.

Si se da el caso en que una persona perteneciente a un grupo oprimido comete un acto de violencia o muestra actitudes discriminatorias contra una persona de un grupo privilegiado, se debe tomar en cuenta el contexto y la situación, pero no se puede concluir de buenas a primeras, sin que medie el análisis y la reflexión, que la primera tiene la razón, o que el sufrimiento de la segunda no es importante o digno de empatía.

Agredir, humillar o excluir a una persona, y luego justificar ese acto, no en las acciones de la misma, sino en que pertenece a un grupo privilegiado, sería un injusticia que merecería ser denunciada y criticada. Invocar el sufrimiento del grupo oprimido no sería sino sofisma.

Eliminando prejuicios



De la misma manera, una opinión prejuiciosa y discriminatoria es injusta e irracional, y merece ser denunciada y criticada. Actitudes despectivas y prejuicios contra grupos humanos pueden existir en cada uno de nosotros, independientemente de si esos grupos han sido privilegiados y oprimidos.

El problema es que frases como “la misandria no existe” o “el racismo contra los blancos no existe” se han vuelto lugares comunes y el resultado es que se pierde la voluntad de superar los propios prejuicios. Como la misandria no existe (que incluso es imposible, inconcebible), decir que todos los hombres son una mierda no puede ser misandria, y entonces es una afirmación irreprochable.

Veamos unos ejemplos por demás banales. Pienso que la burla y escarnio contra el opresor es válida (y necesaria), pero en cuanto a que es opresor. Creo que está bien reírse del neonazi que después de dárselas de muy macho apareció lloriqueando en un video cuando supo que lo buscaba la policía. Como está bien apuntar con sorna que Steve Bannon es un viejo gordo y feo, compararlo con un magnífico ejemplar de hombre afroamericano y rematar con ironía recordándonos que el primero se cree racialmente superior al segundo.

Donde no veo justicia es en burlarse de hombres que han sido violentados por sus parejas, que fueron rechazados por su crush, o tienen penes pequeños (o alguna otra característica que los haga sexualmente “inadecuados”). Tendría sentido si se supiera que estos tipos son abusadores o misóginos notorios, pero asumir que merecen el escarnio sólo por ser hombres no me parece congruente.

No lo traigo a colación porque considere una injusticia terrible ni un asunto muy importante la burla hacia alguien que probablemente ni siquiera se entere de que está siendo objeto de tal. Es que me saca mucho de onda cuando viene de personas que censuraran el humor sexista o el body-shaming, y que cuando les pregunto qué pedo, responden recordando las formas horrorosas en las que los hombres (aunque no sean esos hombres) tratan a las mujeres y pontificando que “la misandria no existe”.

Es decir, me preocupa la incongruencia y falta de honestidad intelectual por parte de quien quiere racionalizar su mala onda gratuita. Es que aunque el objeto de una actitud prejuiciosa no llegue a convertirse en víctima, o siquiera a estar enterado, el prejuicio en sí es irracional e incompatible con un ideal de justicia para todos los seres humanos.

Los prejuicios y el pensamiento tribal siempre son obstáculos para el pensamiento crítico. Quizá los nuestros no lleguen a convertirse en actos injustos, pero creo que una persona lúcida debería hacer el intento por eliminarlos de su mente.  Nadie puede ser perfectamente congruente, nadie puede evitar todo el tiempo caer en sesgos y falacias, pero en yo creo en la responsabilidad de por lo menos intentar serlo; que la honestidad intelectual exige que, al ser confrontados con nuestras incongruencias, las reconozcamos.

La resistencia no es discriminación



Dicho todo lo anterior, aclaremos unas cosas. No solamente los casos de actitudes discriminatorias contra personas de grupos privilegiados son, tomados globalmente y en conjunto,  incomparablemente menores, casi ínfimos, con lo que sucede la inversa. No solamente los que invocan esos casos las más de las veces tienen la intención maliciosa de ningunear la inconmesurablemente más grave opresión sistémica. Es que además, con demasiada frecuencia, los que hablan de misandria, heterofobia o racismo a la inversa en realidad están atacando acciones, propuestas o posturas de legítima defensa y lucha contra la opresión sistemática existente.

De forma menos extrema y obvia, pero en el mismo espíritu de los supremacistas que dicen “anti-racismo es código para anti-blanco” o que “la diversidad es el disfraz del genocidio contra los blancos”  hay quien grita “¡heterofobia!” al reconocimiento de los derechos de las personas LGTB, quien llama “¡misandria!” a las denuncias contra esta sociedad misógina.

Una vez compartí un texto llamado “Mara: Todos los hombres son malos”. Un vato enseguida saltó a gritar “¡misandria!”, y desde entonces, cada que me topo con él en las redes, no pierde la oportunidad de recordar cómo el “feminismo de hoy” se dedica a difundir la misandria, usando ese artículo para que todo el mundo lo vea.

Lo que intenté explicarle es lo que les digo a continuación: si leen detenidamente el texto verán que no va contra los hombres como personas individuales, ni dice que todos seamos esencial e inevitablemente malvados; va en contra de la construcción cultural de lo masculino en nuestra sociedad, que lleva a nos hombres a reproducir conductas violentas y dominantes. El texto nos urge a los hombres a deconstruir esas nociones. Pueden estar de acuerdo o no, pero ¿cómo va a ser eso “difundir la misandria”?



Tampoco es misandria la creación de espacios exclusivos para mujeres: se trata de facilitarles lugares seguros en una sociedad en la que la violencia de género está en todas partes. No todos los hombres son asesinos, violadores o acosadores, obvio. Pero dadas las estadísticas, es perfectablemente razonable para una mujer minimizar los momentos en los que está vulnerable, y esos espacios son una opción.

No es misandria ni racismo a la inversa la política de cuotas de género o de raza. Se trata de compensar las desigualdades existentes, de no tener que depender de que los empleadores sean perfectamente ciegos a género y raza, y que de verdad sólo vean el mérito, en una sociedad en la que los prejuicios están arraigados en la cultura y las oportunidades no están al alcance de todos. A lo mejor podemos debatir si estas medidas resultan eficientes o no, pero es estúpido decir que se basan en la discriminación.

No es heterofobia decirle al homofóbico que está siendo homofóbico. No es discriminación decirle al que suelta mierda racista que es un racista de mierda. En fin, no podemos en este espacio detenernos a revisar cada medida, estrategia o acción llevada a cabo en nombre de la lucha contra la opresión. Pero podemos irnos con esta reflexión: Paren de mamar con eso de llamar discriminación a algo nomás porque  incomoda al que se encuentra privilegiado en un sistema de opresión.




[1] O sea, contra los blancos, porque el racismo de los blancos contra todos los demás es “el normal” #Sarcasmo.
[2] Usé el ejemplo gringo, porque nos tienen muy acostumbrados a entender racismo como un fenómeno blanco vs. negros y hacer entender el fenómeno del racismo de hispanos vs. indígenas en México y América Latina es harto difícil, además de que tiene características propias.
[3] Tengan en cuenta que Cleaver también violó mujeres negras antes de eso, así que su retórica de “retribución” era puro choro para justificar que era un misógino de mierda. También homofóbico, por cierto. Y terminó uniéndose al Partido Republicano y apoyando a Reagan. En fin, que una maravillosa persona no era.

viernes, 5 de enero de 2018

Los mejores libros que leí en 2017



Aunque 2017 fue una mejora con respecto al funesto 2016, lo cierto es que nunca me había sentido tan jodido emocional y físicamente al mismo tiempo. Digo, que el año pasado mi devastación emocional era más profunda, pero por lo menos estaba bien de salud y en buena forma. Ahora ando un poco más estable de mi de por sí neurótica psique, pero todo herido, maltratado, fláccido e infecto de mi cuerpo bienamado. ¿Por qué este lloriqueo? Ah bueno, pues para que entiendan por qué en cuanto a lecturas este año no fue precisamente de los mejores.

La falta de tiempo, coco y estado de ánimo hizo que en el '17 leyera menos libros que en cualquier otro año desde que me puse a leer en serio por allá en 2005. También influyó en mi selección. Con ánimos de pasarla bien me dediqué mucho a la literatura pop y de género (genre, no gender). Así que nada de grandes obras de la literatura occidental, como el año pasado.

En cambio, entre mis libros de no ficción me eché dos títulos enormes, tanto en tamaño como en calidad. En general, lo mejor de mis lecturas de este año fueron de no ficción. Esto no significa que venga a recomendarles pura patraña en la sección de narrativa; es sólo que leí menos libros buenos, y los que leí no fueron tan buenos (el primer lugar de esta lista no es tan bueno como el cuarto lugar del año pasado). Pero eso no quita que sean libros entre buenazos y excelentes, clásicos por mérito propio o descubrimientos afortunados, obras edificantes que ofrecen lo mismo aventuras, maravillas y misterio que reflexiones profundas.

Bueno, basta de rollos, leamos:

Ficción narrativa:


THE DARK LORD TRILOGY de James Luceno y Matthew Stover (2005) Para celebrar los 40 años de mi saga cinematográfica favorita, decidí aventarme una de las obras literarias más aclamadas y populares del Universo Expandido. La Trilogía del Señor Oscuro está formada por las novelas "Labyrinth of Evil", "Revenge of the Sith" y "Dark Lord: The Rise of Darth Vader". Juntas forman un volumen de más de 1000 páginas que relatan la transformación de Anakin Skywalker en Darth Vader, en el contexto de la caída de la República y los primeros días del Imperio. Si algo no me gustó de las primeras dos novelas es el manejo de Padmé como personaje: construida en función a su relación con Anakin y todo el libro se la pasa llorando y suspirando por él como protagonista de novela rosa decimononica. Es terrible. En cambio, lo mejor logrado es la amistad, o mejor dicho el bromance, entre Anakin y Obi-Wan. Cada momento en que están juntos es entrañable, divertido o conmovedor. Hablando de lo cual, debo hacer una confesión: mientras leía "Revenge" me encontré llorando a lágrima suelta en más de una ocasión. Sí, una novela de Star Wars me hizo llorar.

LOS VIAJEROS: 25 AÑOS DE CIENCIA FICCIÓN MEXICANA de varios autores (2010) Esta antología del escritor, ilustrador y comiquero Bernardo Fernández, alias Bef, reúne trabajos de algunos de los autores mexicanos más destacados que han hecho carrera en el género. Normalmente, cuando reseño antologías de cuentos, me gusta señalar unos cuantos que considero los mejores. Me es muy difícil aquí: todos ellos son muy buenos. Los estilos y los temas son muy variados también. n muchos permea esa tendencia que tenemos los mexicanos a esocger entre dos caminos: la farsa y la sordidez. Algunos de ellos son feroces sátiras sociales, mientras otros son distopías aterradoras. Otros más cuentan melancólicas historias personales. Algunos relatos siguen la tradición anglosajona; otros tienen ecos borgianos o cortazarianos; pero todos tienen un sabor inconfundiblemente mexicano. Aprendí que la literatura de CF mexicana es más vasta, rica y de mejor calidad de lo que había imaginado.

CUENTOS ESCOGIDOS de François-Marie Arouet “Voltaire” (Siglo XVIII) Un terrible terremoto destruye Lisboa. Los inquisidores portugueses saben lo que tiene que hacerse: quemar a un par judíos para aplacar la ira de Dios. Es uno de los episodios más crueles y a la vez más divertidos de “Cándido”, uno de los relatos contenidos en este volumen. Se trata de una colección de textos narrativos de uno de los más agudos satíricos que nos dio la Ilustración. El gran Voltaire, feroz crítico de la sociedad de su tiempo, brillante divulgador y polemista, defensor de la razón y la ciencia, enemigo del fanatismo y la tiranía, nos presenta sus cuentos filosóficos, en los que usa historias varias para exponer sus ideas. Todos ellos son fábulas; Voltaire utiliza situaciones fantásticas y escenarios exóticos para exponer sus ideas filosóficas. El absurdo de un mundo dominado por el fanatismo y la crueldad, pero sobre todo, el azar y el caos, nos presenta una distopía incompatible con toda la corriente de “pensamiento positivo” que sigue siendo consuelo de los tontos en nuestros días. La necesidad de la ciencia y la filosofía para reformar a los pueblos y sacarlos de la barbarie es una constante. La hipocresía del clero y la fatuidad de los pseudointelectuales es otra. Una más es la ausencia de relación entre la virtud personal y la buena fortuna. También se insiste en la necesidad de un trabajo útil y honesto que fortalezca el espíritu del hombre.

EL CEMENTERIO DE PRAGA Umberto Eco (2010) Simone Simonini es un misántropo de lo peor, además de misógino, racista y, sobre todo, antisemita. Ha hecho carrera como falsificador profesional e informante de los servicios secretos de inteligencia (ya sean italianos, franceses o rusos). Su especialidad: fabricar conspiraciones que permitan a personajes interesados deshacerse de sus enemigos políticos. Su obra maestra: los “Protocolos de los sabios de Sión”. Es una novela sumamente erudita y totalmente intelectual; como collage de eventos históricos y retrato de aspectos poco conocidos de la cultura decimonónica (en especial todo lo relacionado con el ocultismo, las sociedades secretas y las conspiraciones) es fascinante.Pero como narración le hace falta emociones, suspenso, un conflicto que mantenga el interés, personajes a los cuales odiar o echar porras. Sin embargo, este libro me pareció sumamente relevante para leer en estos tiempos de posverdades y odios crecientes. La falsedad y las teorías de la conspiración son el centro de su trama, y en particular el antisemitismo y la redacción de los “Protocolos”. El lector contemporáneo no podrá dejar de notar las similitudes entre ese ambiente intelectual y el contemporáneo, en el que proliferan los sitios web dedicados difundir mentiras para complacer los prejuicios de los fanáticos e intolerantes. Nos permite apreciar el poder de la mentira, que se reproduce como virus en la sociedad, la envenena y la corrompe. 


IT de Stephen King (1986) La más conocida del amo contemporáneo del género es una mezcla de maestría literaria y estética pulp, de muestras de absoluta genialidad y de pintorescas tonterías. ¿Qué es lo genial? La estructura narrativa, el manejo del tiempo, en que se intercalan en pasado y presente con precisión muy bien calculada, y se entretejen a lo largo de los capítulos, hasta que uno y otro se fusionan en el mismo plano narrativo.  Lo mejor, no me queda duda, es el retrato que King hace de la infancia y de sus poderes. El poder de las amistades más auténticas y sinceras que se conocen en la vida. El poder de la creencia pura que sólo se da en esos años. Por eso sólo los niños pueden enfrentarse al monstruo. King, por cierto, demuestra aquí ser un excelente narrador no sólo para episodios siniestros, sino también para los violentos. Tiene un talento impresionante para describir luchas y persecuciones; se sienten físicamente, como si uno estuviera ahí. Por otro lado, están las partes bobas de la novela. La razón por la que no me dio miedo es que pedía demasiado de mi suspensión de la incredulidad. Algunos pasajes en verdad siniestros me fueron arruinados porque King iba demasiado lejos. Pero la balanza se inclina, por mucho, hacia el lado positivo. La novela más célebre de Stephen King merece la fama que tiene. Es un clásico, y una gran obra literaria. Quizá la novela de Eco está mejor escrita, pero así como It está llena de torpezas narrativas de las que El cementerio de Praga carece, también está llena de originalidad, imaginación e intensidad emocional que se extrañan en nuestro segundo lugar de esta lista, y por eso doy a King el primer puesto del año.


Como decía, los mejores libros de este año fueron los de no ficción, y por eso dejo el Top 5 correspondiente al final, al revés de lo que solía hacer en otros años. Esta vez les dejo una buena selección de libros de aquéllos que te sacuden el cerebro y te obligan a repensar las cosas.

No ficción:


SENTIRSE BIEN de David D. Burns (1980) Burns es un galardonado y celebre psiquiatra de la Universidad de Pensilvania, cuyo trabajo ha sido principalmente con la Terapia Congnitiva Conductual de su colega y mentor Aaron T. Beck.  Este libro constituye un apoyo para los pacientes de depresión o sus familiares y seres queridos. La idea es usarlo como acompañamiento a la psicoterapia o la terapia con fármacos (y NO un sustituto para ninguna de la dos), dado que los pacientes no pueden visitar al psiquiatra a diario, o siquiera todas las semanas. Como racionalista me atrajo uno de los elementos centrales de la TCC: el pensamiento claro. Muchas de nuestras emociones negativas son el resultado de procesos de pensamientos irracionales y autodestructivos. El libro ofrece formas de identificar estas ideas, analizarlas y contrarrestarlas con reflexiones racionales y claras. Tema por tema, Burns aborda los distintos problemas que pueden llevar a una persona a la depresión: la baja autoestima, la irritabilidad crónica, el perfeccionismo, el sentimiento de culpa, la procrastinación, la adicción a la aprobación de los otros o la necesidad patológica de las muestras constantes de afecto.

THE STORYTELLING ANIMAL de Jonathan Gottschall (2012) Los humanos contamos historias. Es lo que hacemos. Es como le damos sentido al mundo. En pocas páginas Gottschall nos introduce en una gran variedad de temas. No sólo se trata de literatura narrativa, como pensé al principio, sino que expone los rasgos psicológicos universales que hacen de toda nuestra especie una adicta a las historias. ¿Cómo funciona nuestro aparato mental cuentacuentos? ¿Por qué la evolución favoreció que lo desarrolláramos? Las historias no sólo están en la ficción narrativa; están en nuestros sueños (cuyo eje es, como en el de toda historia, el conflicto), en los mitos de nuestras religiones, en nuestros juegos infantiles, en nuestras interpretaciones del mundo, en nuestra imagen de nosotros mismos. Las narraciones tienen el poder de transmitir mensajes y enseñanzas que la prosa expositiva está lejos de poseer. Las personas habituadas a leer ficción literaria suelen ser más empáticas que las que no. Las ficciones moldean nuestra visión del mundo y nuestros valores, y tienen el poder de transformar sociedades enteras, para bien o para mal.

EL HÉROE DE LAS MIL CARAS de Joseph Campbell (1949) Para culminar el cuadragésimo aniversario de 'Star Wars' me quise leer la obra clásica que George Lucas siempre había citado como una de sus principales fuentes de inspiración. ¿Y saben qué? Se nota. Este seminal trabajo, análisis de las diferentes mitologías del mundo, es una muestra de cómo los diferentes motivos se repiten una y otra vez; de cómo las dos grandes narrativas, el viaje del héroe y la cosmogonía, tienen los mismos momentos recurrentes. Aunque creo que el enfoque psicoanalítico de Campbell está más que superado, me encantó su perspectiva universalista. Nos contamos las mismas historias en todas las épocas porque la humanidad es una misma. En tiempos de divisiones causadas por el esencialismo cultural que plantean los extremos ideológicos de ambos lados, que quieren imponer un dogma de ininteligibilidad de la experiencia y la cosmovisión, esa perspectiva que hermana a la humanidad en sus anhelos, sueños y temores, es valiolísima y debe ser rescatada. Naturalmente, como geek que soy, todo el tiempo tuve en mente la cultura pop, esa gran mitología moderna, y me divertí al encontrar en estos análisis la receta no sólo de la Trilogía Original, sino de otras obras como 'El Señor de los Anillos' la saga de Harry Potter o los cómics de superhéroes.

HISTORIA DE LA TEORÍA POLÍTICA de George H. Sabine y Thomas Landon Thorson (1973) El ser humano es un animal social por naturaleza, pero es en cuanto aplica la reflexión consciente y racional a sus problemas de organización social que nace la teoría política. El libro se divide en tres grandes bloques: la ciudad-estado, la comunicad universal y el estado nacional. Sabine nos lleva de la mano por la historia del pensamiento político en Occidente, empezando por supuesto en la ciudad-estado griega, de la que explica su organización e instituciones de forma que podamos comprender las filosofías de Platón y Aristóteles. Luego viene el Imperio Romano y la Europa cristiana medieval, para finalizar en los últimos 500, años desde el Renacimiento hasta la fecha. Éste es uno de esos libros, chonchos y sesudos, que leerlos de cabo a rabo es como tomar un curso intensivo de un tema. Uno aprende, y mucho. Conocí a algunos pensadores de los que no sabía casi nada y que me llamaron la atención de inmediato, como Marsilio de Padua y James Harrington. Comprendí mejor el concepto del iusnaturalismo y cómo la filosofía de David Hume contribuyó a su derrumbamiento. Aprendí que la Edad Media fue más “democrática” que la Modernidad, que los pensadores de la Ilustración fueron menos originales que los del siglo XVII, que muy interesantes antecedentes del comunismo pueden hallarse en la Revolución Inglesa, que la teoría del contrato social antecede por mucho a la filosofía del Siglo de las Luces, y que las críticas de John Stuart Mill y Thomas Hill Green al capitalismo liberal siguen siendo vigentes. Los capítulos que me parecieron más interesantes son los últimos cinco, dedicados dos de ellos al liberalismo, dos más al comunismo y un último al fascismo. Me parece que es fundamental hoy en día entender en qué consisten estas ideologías como sistemas de pensamiento, de dónde vienen, cuáles son sus contradicciones y sus limitaciones, y hasta dónde pueden llevarnos.


LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO de Hannah Arendt (1951) Sin duda el mejor libro que leí este año, y uno de los más apasionantes libros de historia o pensamiento político que he leído jamás. Le dediqué ya dos entradas en este blog (aquí y aquí). Va sólo una reseña rápida. Esta obra monumental está dividida en tres partes: Antisemitismo, Imperialismo y Totalitarismo. En las dos primeras presenta los antecedentes sociales, culturales e ideológicos que derivaron en el totalitarismo, y en la última expone cómo los movimientos extremistas llegaron al poder y cuál es su naturaleza y su funcionamiento. La importancia del imperialismo en el desarrollo de las ideologías totalitarias es múltiple. Por un lado, la experiencia imperialista creó por vez primera una política global y el ideal de la expansión por la expansión misma demostró que es posible para una entidad seguir extendiéndose sobre otras de forma prácticamente ilimitada. Es aquí en donde se desarrollan las primeras doctrinas racistas, como una forma de justificar la dominación de los europeos sobre los pueblos del mundo. En pasajes que recuerdan de forma aterradora lo que estamos viendo suceder actualmente en el mundo, Arendt advierte del uso que los movimientos totalitarios dieron a la propaganda, en especial a las teorías conspirativas; del descaro y la desvergüenza de los líderes totalitarios para cambiar constantemente su discurso, pretendiendo cambiar así la realidad; de la ceguera de las élites que pensaron que podrían mantener bajo su control a los nuevos dictadores para asegurar su propio beneficio; de la extraña alianza entre las élites y la turba para aplastar a los elementos moderados de la sociedad; de la ingenuidad de los gobiernos no totalitarios que, incapaces de comprender la lógica de estos regímenes, creyeron ver en ellos déspotas con los que se podría negociar con base en los principios de pragmatismo e interés propio; y finalmente, de los campos de la muerte, tanto nazis como estalinistas, en los que se buscaba no sólo apagar vidas humanas, sino la totalidad destrucción de lo mismo que nos hace humanos.


¿Qué hay de ustedes, mis queridos camaradas? ¿Han leído alguno de esta lista? ¿Qué libros buenos leyeron el año que terminó? ¿Qué proyectos lectores tienen para el 2017? Espero sus comentarios. ¡Nos leemos!

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