jueves, 30 de mayo de 2019

Deus vult! Fundamentalismo cristiano y extrema derecha





Hola. Este texto es una continuación y actualización de mi par de entradas tituladas Los talibanes de América, en las que desglosé el desarrollo del fundamentalismo cristiano, en particular en las inglesas evangélicas, primero en los Estados Unidos, y más tarde en América Latina. Eso incluye una relación estrecha con el ascenso de movimientos políticos de extrema derecha en todo el mundo.

Brasil, la Biblia y Bolsonaro

Brasil es el ejemplo más egregio de cómo la utraderecha más oscurantista ha ganado poder en América Latina, y lo hizo con el apoyo de las iglesias. Allí la bancada evangélica, compuesta por más de 90 miembros, tuvo un papel importante en la destitución de Dilma Rousseff. En Rio de Janeiro fue electo un político evangélico y otros quieren seguir sus pasos. Éste es un país en el que los crímenes de odio contra la comunidad LGBTQ+ han venido en aumento, en especial tras la elección de Jair Bolsonaro.

El llamado “Trump brasileiro” no es evangélico, sino católico, pero eso no le ha impedido formar alianzas con los ultraderechistas protestantes. Después de todo, tienen los mismos enemigos en común: los fantasmas del “marxismo cultural” (es decir, cualquier postura progresista) y la “ideología de género” (cualquier cosa que huela a feminismo o derechos LGBTQ+).



Se ha dicho antes que una triple B constituye la alianza que llevó al poder a Bolsonaro: la biblia, la bala y el buey: las iglesias, el ejército y la industria agropecuaria (a esta última podríamos llamarla también “el billete”, para englobar a todo el gran capital). Su compromiso con el capitalismo más salvaje queda claro en su negacionismo del cambio climático y su disposición a entregar la Amazonia a la agricultura y ganadería a gran escala, sin importarle los derechos de los pueblos indígenas que la habitan.

Para cortejar a la bala, el mandatario llegó incluso a pretender que se convirtiera en fiesta nacional la conmemoración del golpe de Estado, que implantó una dictadura en Brasil a partir de 1964 y hasta 1985, dejando cerca de 500 muertos y desaparecidos. Este proyecto sólo fue parado por el rechazo masivo de la población y la prohibición por parte de una jueza.



“Brasil sobre todo y Dios sobre todos” ha sido el lema de Bolsonaro. Nunca ha disimulado su nacionalismo extremo y su firme creencia de las virtudes castrenses (ambos rasgos del fascismo). Natalia Viana, en el New York Times, explica:

“Siempre se identificó con los más radicales, con aquellos que creían que el gobierno tenía que ser más duro contra los “terroristas” comunistas. Ha alabado abiertamente la tortura, el asesinato y la persecución de opositores del régimen.

Si alguien cree que eso es cosa del pasado, su discurso de campaña basta como evidencia. La promesa de “liberar a Brasil del socialismo” —el país nunca fue socialista— moviliza a los radicales defensores de la dictadura, que creen que el golpe militar salvó al Brasil del comunismo en plena guerra fría. El nuevo presidente de Brasil dialoga con una versión radical del pasado. Y no solamente cuando se trata de la vida pública.” 

Bolsonaro empezó a acercarse a los líderes evangélicos por lo menos desde 2008; durante su campaña presidencial recibió el apoyo de la Iglesia Universal del Reino de Dios y de la Asamblea de Dios, entre otras que normalmente habrían competido entre sí por feligreses. Éstas depositaban su confianza en que Bolsonaro impulsara sus proyectos sociales: combatir el matrimonio igualitario y el derecho a la interrupción del embarazo, e incluir a las religiones en la educación pública.

El ejército, el capital y la religión: esta triple alianza impía ha estado presente en todos los casos en los que hemos visto a la ultraderecha resurgir y ganar poder.

Nazis y Templarios

Pepe the Frog, Kekistán y los Cruzados, símbolos comunes de la alt-right en redes sociales

Deus vult! era el grito de batalla de los guerreros cristianos en las Cruzadas; significa “¡Dios lo quiere!”. El lema ha sido reivindicado por la ultraderecha en Europa, Estados Unidos y, recientemente, América Latina [aquí, aquí y aquí]. Caballeros templarios, y otra iconografía de esos siglos, son usados como emblemas junto a esvásticas y cruces célticas. Si uno entra al perfil de un joven (casi siempre son hombres jóvenes) y encuentra esos íconos, le será fácil adivinar sus opiniones políticas.

Simbólicamente, lo que significa es escalofriante. Reivindica las Cruzadas no como un episodio vergonzoso para historia europea, que dejó cicatrices y resentimientos que han trascendido los siglos, sino como una gesta heroica en contra de “los infieles”. El grito es una declaración de guerra contra todo lo que no sea europeo (es decir, blanco) y lo que no es cristiano. Se alimenta de la creencia lunática de que la “cultura occidental” está amenazada por el Islam, el progresismo y el multiculturalismo (los fantasmas de la “ideología de género” y el “marxismo cultural”). Y si ése es el caso, ¿qué no es legítimo hacer en el nombre de Dios?

Éste es un fenómeno internacional, y tiene como uno de sus ejes principales el impulso antidemocrático exportado desde Rusia. Antonio Salgado explica:

“Varios líderes de la ultraderecha han abrazado la narrativa “eurasianista” del ideólogo ruso Aleksandr Dugin. De acuerdo con artículo de Brandon Hawk en The Washington Post, esta ideología está basada “en un nacionalismo religioso fundamentalista que busca crear un imperio cristiano que restaure el tradicionalismo enraizado en valores cristianos ortodoxos conservadores y en la supremacía de las personas blancas”. Dugin tiene una fijación con la Edad Media, que se ha convertido en la bandera contra el mundo moderno que se pretende destruir. Los motivos medievales están presentes desde las fotografías de perfil de bots o de simpatizantes de la ultraderecha hasta los discursos de sus líderes.”

Neonazis en Polonia

Felipe Martins, colaborador de Bolsonaro y su asesor especial en asuntos internacionales, tuiteó el lema en por lo menos dos ocasiones; el día de la votación: “Se ha declarado la nueva cruzada. Deus vult!”; y el de la inauguración presidencial: “La nueva era ha llegado. Es toda nuestra. Deus vult!”.

La ultraderecha brasileña está obsesionada con la Edad Media europea. Presenta a Brasil no como una nación multiétnica y mestiza, sino como una hija sólo de Portugal, como una nación europea trasplantada al continente americano; un país blanco y cristiano. Paulo Pachá, en una pieza para Pacific Standard explica:

“En el Brasil de Bolsonaro, el nuevo gobierno y grupos de ultraderecha están promoviendo una versión ficticia de la Edad Media europea, insistiendo que el periodo fue uniformemente blanco, patriarcal y cristiano. Este revisionismo reaccionario presenta a Brasil como el más alto logro de Portugal, enfatizando una continuidad histórica que presenta a los brasileños blancos como los verdaderos herederos de Europa. De esta forma, la ultraderecha plantea a Brasil como esencialmente ligado al pasado medieval imaginario de Portugal.”

El gobierno de Bolsonaro incluyó en un principio a Ricardo Vélez, un ministro de educación que pretendía censurar la educación sexual y erradicar el “marxismo cultural” de las escuelas; sus planes incluían reivindicar la dictadura militar en los libros de historia. Sus posturas eran tan escandalosas que fue removido del cargo recientemente.

También obtuvieron a una pastora evangélica, Damares Alves, al frente de ministerio de las mujeres y los derechos humanos. Se trata de una persona que al llegar al poder anunció el fin de la “idelogía de género” y el regreso al orden en el que “los niños se visten de azul y las niñas, de rosa”. Está en contra del aborto cualquiera que sea la circunstancia, y desde su plataforma ha organizado un evento en contra del feminismo como algo que “corrompe y pervierte”.

Estos mismos símbolos y discursos se repiten en el resto de América Latina, en especial con los llamados “hispanistas”. Mientras los reaccionarios en Europa quieren reivindicar al Tercer Reich y negar el Holocausto, en América Latina pretenden pintar de lindos colores la conquista española, la Colonia y las dictaduras locales, y plantean luchas sociales como las guerras de independencia y las revoluciones como catástrofes que destruyeron buenos proyectos de nación. Como siempre, en la lucha por la interpretación de la historia, lo que realmente se juega es el presente.

Neonazis hispanistas en México

Por el dedo de Dios se escribió

En el contexto del ascenso global de la ultraderecha, impulsada tanto por las iglesias evangélicas como por ciertos sectores del catolicismo, ¿cómo pintan las cosas en nuestro país? Como ya había mencionado, en México tenemos al Frente Nacional por la Familia, un movimiento político que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la adopción por parte de parejas homosexuales, así como al aborto y a la educación sexual. Durante las marchas organizadas por el Frente Nacional por la Familia, los neonazis mexicanos hicieron su aparición.

Por ello resultó preocupante la alianza que en las elecciones de 2018 se dio entre Morena, el partido del actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, con el partido más derechista del país, el Partido Encuentro Social, cuyas propuestas son contrarias al estado laico. El PES perdió su registro poco después de las elecciones. Para muchos progresistas simpatizantes de Morena, parecía cumplirse aquello a lo que apostaban: que Amlo sólo aprovecharía los números que le sumaba ese partido, pero sin darle concesiones a su programa ideológico.

Pero ante aquellos temas que son campo de batalla entre reaccionarios y progresistas (aborto legal, matrimonio igualitario, etc.), Amlo se ha mostrado más bien tibio, sugiriendo la necesidad de consultas ciudadanas, lo cual no tiene cabida en asuntos de derechos humanos. Es cierto que proclamó un Día Nacional contra la Homofobia, Lesbofobia, Bifobia y Transfobia, lo cual es muy bueno, pero se quedó corto al no implementar leyes federales que garanticen el acceso pleno a sus derechos. Las personas de mismo sexo, por ejemplo, tendrán que seguir interponiendo amparos, u proceso harto engorroso, para poder casarse en estados en los que todavía no se ha reconocido ese derecho.

Si lo que Amlo quiere es tener contentos a los ultraconservadores para evitar conflictos que estorben su proyecto, debería recordar que el gran error de Madero (uno de sus ejemplos a seguir), el que lo costó la presidencia y la vida, fue tratar de mantener satisfechos a los porfiristas. Pero éste podría no ser un cálculo estratégico de Amlo; quizá lo que sucede es que él personalmente simpatiza con los reaccionarios en esos temas.

Amlo en numerosas ocasiones se ha declarado “cristiano”, dejando cierta ambigüedad sobre si debemos entenderlo como católico o protestante. Como fuere, públicamente ha dicho que es fiel seguidor de Jesucristo y en su campaña fue bendecido por grupos evangélicos.


No hace mucho, el presidente se reunió con la agrupación Confraternice, formada por representantes de las iglesias evangélicas, para discutir la posibilidad de darle concesiones de radio y televisión. Aunque todavía no ha salido nada concluyente de aquella reunión, y el gobierno federal dijo que “se iba a estudiar la posibilidad”, el encuentro significa el reconocimiento de los grupos confesionales como fuerzas políticas a las que hay que tener en cuenta.

En un artículo para Animal Político, Armando Luna explica que esta situación está relacionada con el retiro de las funciones sociales del Estado a la llegada del neoliberalismo, y constituye una amenaza a la laicidad:

“Todo esto nos obliga a replantear la laicidad en nuestro país. La aprobación, en el Congreso del Estado de Nuevo León, de una reforma a la Constitución Local para proteger la vida desde el momento de la concepción, ocurrió entre las reuniones de Confraternice con el presidente, la secretaria y el subsecretario de Gobernación. La reforma constitucional y la apertura e interlocución del gobierno federal deben leerse como vulnerabilidad de la laicidad.

Esta vulnerabilidad, dentro del contexto político internacional, es un problema grave para la política interna, como muestra el caso de Trump con los evangélicos estadounidenses, o Bolsonaro con los evangélicos brasileños; disolver la barrera entre ambas esferas de la vida pública abre la puerta a opciones ultraconservadoras y reaccionarias, a programas políticos de exclusión y de negación de derechos humanos para mujeres y personas de la diversidad sexual; no sólo el matrimonio igualitario o aborto, sino el acceso a servicios de salud y la posibilidad de que actos de violencia en su contra queden impunes.”

[Actualización 19/06/19): el acercamiento ha llegado todavía más lejos en las últimas semanas, pues Amlo ha dado luz verde para que las iglesias participen en con el gobierno en "generar modelos, programas, estrategias colaborativas, protocolos, acciones y acuerdos que propicien una colaboración entre asociaciones y agrupaciones religiosas" para reformar el tejido social. Amlo le está dando a las Iglesias un papel que deberían tener la educación y la cultura. Antonio Salgado Borge nos explica por qué esto es peligroso en un texto titulado ¿La santa transformación?]

Morena, más que un proyecto guiado por una serie de preceptos ideológicos centrales, se ha mostrado como una agrupación política heterogénea, llena por igual de oportunistas y de idealistas, cuyo único eje aglutinador es la figura de Amlo como caudillo. De ahí que en el partido no falten los ejemplos de políticos y militantes que manifiestan públicamente opiniones retrógradas. No olvidemos a la senadora Lilly Téllez y sus vociferaciones contra el aborto. Es decir, existe un ala conservadora, incluso reaccionara, en Morena.

El presidente López Obrador con líderes evangélicos

Como ya habíamos dicho también, estos grupos están obsesionados con la “ideología de género”. Así, una asociación afiliada al FNF, el Consejo Mexicano de la Familia (hay que conocer sus eufemismos: profamilia = antigay), proclamó su propio Día Internacional contra la Heterofobia, un absurdo total, porque la heterofobia como tal no existe, y los que la invocan sólo son homofóbicos molestos porque los señalan por ser homofóbicos. Es como cuando los racistas exclaman “racismo a la inversa” cuando los acusan de racismo.

El más reciente escándalo que vincula a políticos y miembros de las iglesias, tiene que ver con la secta cristiana La Luz del Mundo. Políticos de diversos partidos homenajearon al “apóstol” Nasoón Joaquín García, líder de esta secta, en un evento que tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes (algo que viola la laicidad del estado mexicano). Poco después, diputados otorgaron un reconocimiento al “apóstol”. En una nota muy completa para Etcétera, Orquídea Fong informa lo básico que debemos saber sobre La Luz del Mundo, incluyendo sus nexos con partidos políticos (incluyendo Morena), empresarios y medios de comunicación, así como el impresionante poder político y económico que han acumulado.

“En los trabajos que cito arriba y muchos más, entre ellos trabajos de sociólogos y especialistas en estudio de la religión publicados en libros y revistas académicas, se recuperan testimonios de ex miembros de la secta que señalan que:

1.- Se les indicaba que el líder era representante de dios en la Tierra. Dudar de ello, cuestionarlo o desobedecerlo era impensable. Esto es un signo de control, propio del comportamiento sectario.

2.- A las mujeres se les prohíbe usar maquillaje, pantalones, maquillaje, alhajas o faldas cortas. Deben usar mantilla para cubrirse la cabeza y no provocar a los varones.

3.- La mayor parte de los matrimonios son arreglados. Es frecuente que el líder avise a los varones: “te voy a dar esposa”. Las parejas, o bien se conocen el día de la boda o tienen solo tres meses de noviazgo. Después, deben casarse.

4.- El difunto Samuel Joaquín [apóstol anterior] hacía que le llevaran jovencitas a que le bailaran semidesnudas, le dieran masaje y tuvieran relaciones sexuales. Si la joven se resistía, las mujeres mayores de su círculo inmediato la sostenían para que pudiera violarla.

5.- También los jóvenes varones era víctimas de los abusos sexuales de Samuel Joaquín.”



Cuando los medios de comunicación hicieron eco de estos acontecimientos, Amlo respondió tibiamente que no había que hacer tanto ruido, sino que había que ser “laicos, pero tolerantes”. La misma periodista, Orquídea Fong, replicó:

La discusión es otra y muy clara: no al uso de los espacios públicos para eventos religiosos, no importando si son cristianos, satanistas, judíos, santeros o taoístas o mencione usted la confesión que se le ocurra.

También es un “no” al contubernio de la clase política con organizaciones religiosas, sea del signo que sean. Y, sobre todo, es un “no” a la cercanía de personajes públicos con personajes cuestionables, al frente de organizaciones acusadas de graves abusos a los derechos humanos.

A nadie engaña usted con sus llamados a la “tolerancia”. No después de la cantidad de insultos que ha proferido durante tanto tiempo, y el desprecio que ha mostrado a diversos grupos sociales.

La ciudadela que posee la Luz del Mundo en Guadalajara
[Actualización (05/06/2019): Naasón Joaquín García fue detenido en California por los delitos de pornografía infantil y violación de menores. Este giro sólo hace que el llamado de Amlo a la "laicidad con tolerancia" y los vínculos entre Morena y otros partidos con la Luz del Mundo sea todavía más indignante y perturbador.]

Tan lejos de Dios…

No se crea que éste es un ataque en particular contra Morena o Amlo. Los grupos religiosos fundamentalistas tienen allegados en todos los partidos políticos, y La Luz del Mundo, antes de expandir sus horizontes, instruía a sus fieles a votar sólo por el PRI. No debemos olvidar que el PAN ha sido siempre el partido de la derecha católica, ni obviar su hermandad con la organización de ultraderecha, el Yunque (cuyos objetivos son "defender el catolicismo" e "instaurar el reino de Dios en la tierra"), y que ya tiene vínculos con el partido franquista Vox. Estos días, tampoco podemos hacernos de la vista gorda con respecto a los mexicanos poderosos vinculados a la secta sexual NXIVM, de origen estadounidense, acusada de delitos sexuales y trata de personas. Entre la lista se incluye a los hijos e hijas de expresidentes y empresarios vinculados al PRI y el PAN.

Lo grave es que uno esperaría que un gobierno de izquierdas, como se supone que es el de Amlo, funcionara como barrera contra el crecimiento de las ideologías reaccionarias, no que las envalentonara. Pero de un gobierno de izquierda tampoco esperaríamos la militarización de la seguridad pública con una Guardia Nacional. Mucho menos una alianza con el gran capital, ni un alejamiento de las energías renovables para favorecer a la industria de los hidrocarburos, que recuerda a los discursos negacionistas de Trump y Bolsonaro. De nuevo: la biblia, la bala y el billete.

Sucedió en Estados Unidos con Trump, en Brasil con Bolsonaro y en otros países de América Latina, no es improbable que en México neonazis y fundamentalistas religiosos terminen aliándose para respaldar los mismos proyectos políticos. Y no, no se trata del delirio absurdo de la desubicada “oposición” mexicana, que alucina que Amlo quiere convertirse en dictador, o que él personalmente es comparable a Trump. Lo preocupante es que está abriendo muchas puertas que no debería, que no está poniendo las salvaguardas que sí debería, y que en un futuro cercano (digamos, las elecciones de 2024) todo esto podría facilitar el triunfo de una ultraderecha intolerante y demagógica.

El Yunque, organización católica de extrema derecha

No hace mucho se reveló que una caridad cristiana en Estados Unidos desvió 56 millones de dólares hacia grupos de odio, y no podemos ignorar el profundo trasfondo misógino en el gigantesco movimiento anti-aborto que ha proliferado bajo el gobierno de Trump, en contra de lo que la ONU ha reconocido como un derecho humano. Janet Porter, una de las artífices de las leyes anti-aborto en Ohio (una de las más estrictas del mundo), encabeza una organización considerada como un grupo de odio y acusa a la homosexualidad de haber causado el Gran Diluvio bíblico. Celebrando el éxito de las nuevas leyes anti-aborto promulgadas en diversos estados sureños, y haciendo eco de teorías conspiratorias antisemitas, el presentador de TV Rick Wiles advirtió:

“Nosotros los cristianos estamos resistiendo y expulsando el sionismo. Eso es lo que hacemos. El sionismo trajo la matanza de 65 millones de bebés a América y nosotros vamos a ponerle un fin y a imponer un orden cristiano en este país.”
En México, los grupos cristianos ya están repitiendo los mismos discursos conspiranoicos de la extrema derecha gringa y europea. En una manifestación contra la educación sexual, encabezada por miembros del PAN y el FNF, se hicieron ecos de la teoría conspiratoria del “gran remplazo” o “genocidio blanco”, un complot de los judíos para acabar con la raza blanca a través de la inmigración y la liberación sexual:

“Es bien sabido que la ONU da dinero a los países que adoptan estos adoctrinamientos y estas políticas ¿por qué? Porque hay una política clarísima desde la ONU para reducir la población, México está a punto de entrar a un invierno demográfico, así como entro hace años ya a Europa. Ustedes pueden checarlo perfectamente bien, los europeos han desaparecido, están en extinción. Están siendo repoblados porque ya no tienen manera de reducir estos índices”.



De nuevo: si estas personas creen que es la propia raza la que está en peligro existencial, ¿qué no serán capaces de justificar para defenderlo? La libertad de religión no sólo implica poder ser libre para tener una religión, sino quedar libre de las imposiciones de las religiones de otros. En México, las personas que están a favor de los derechos de las mujeres y las minorías, quienes valoran todavía la laicidad y la libertad de pensamiento, debemos estar alerta a lo que está sucediendo en nuestro país y cómo ello es un reflejo de tendencias mundiales. Los simpatizantes de Amlo no pueden refrenarse de criticar el ala reaccionaria de Morena o la abulia del presidente frente a estos temas. A México le ha costado mucha sangre construir y defender un estado laico. Dejar que se debilite le puede abrir las puertas al fascismo.

FIN, POR AHORA

viernes, 24 de mayo de 2019

Nuestra guardia ha terminado. El fin de Game of Thrones





Así que Game of Thrones terminó. La serie basada en la saga A Song of Ice and Fire del estadounidense George R.R. Martin, que acaparó los ojos de medio mundo, llegó a su final tras 8 temporadas. En Internet, mientras tanto, ha iniciado una guerra civil. Es decir, un tren del mame desbocado. Muchos fans están contentos con el final, pero otros muchos (y parecen ser muchos más) están no sólo decepcionados sino activamente molestos.

A estos últimos les recomiendo que le bajen al mame, especialmente a los ridículos que han firmado la petición de Change.org para que se rehaga la última temporada. Todo lo quieren personalizado, pero parece que no aprendieron nada de Bandersnatch: la personalización es una ilusión también.

Sí cabe, y voy a argumentarlo a continuación, una crítica de los desaciertos de la última temporada, las decisiones narrativas torpes y personajes que actuaron fuera de su carácter establecido. Súbanse conmigo al tren y, ojo:

Soy el escudo que protege al reino de SPOILERS!



Sobre todo, lo que más ha molestado a los fans es lo que pasó con Daenerys y su salto parkour hacia el Lado Oscuro. Muchos sentimos que fue gratuito e injustificado, una traición al personaje. Ante esto la respuesta estándar es: enlistar las veces en las Daenerys había hecho algo cruel, mencionar los genes Targaryen y, por último, atacar a los fans quejosos diciendo que lo que pasa es que la serie no acabó con un final feliz en el que Dany y Jon reinaran juntos y felices para siempre.

Estos alegatos están equivocados, además de que son bien mamones y chocantes. Y antes de que me quieran chingar con algo como…




Jojojo. Ay, mira qué gracioso. Bueno, si tengo que sacar mis credenciales: soy licenciado en Letras, tengo un diplomado en dirección cinematográfica y otro en guion, soy profesor de Literatura, tengo dos libros publicados y sé de qué mergas les estoy hablando. Aunque nada de eso importa, sino los argumentos que estoy a punto de desarrollar.

Daenerys había sido cruel y podemos juzgar si esos actos de crueldad eran signos tempranos de megalomanía, pero siempre estuvieron dirigidos hacia sus enemigos, hacia aquellos que la habían lastimado, traicionado o amenazado, nunca contra los inocentes. Es más, la crueldad de Daenerys siempre tenía como fundamento la protección o liberación de los inocentes. Hasta los Tarly tuvieron la oportunidad de rendirse y la advertencia de que, si no lo hacían, Dany los rostizaría vivos. Flipar de pronto y cometer el acto más perverso que cualquiera hubiera llevado a cabo en ocho temporadas simplemente no está de acuerdo con su personaje.

Además, no olvidemos que otros personajes también cometieron actos atroces. Tyrion mató a su amante con sus propias manos y luego asesinó a su padre. Antes, voló toda la flota de Stannis con fuego valirio. Sansa echó a su violador a que se lo comieran los perros. Jon ejecutó a Janos Slynt por no obedecer sus órdenes y a los compañeros de armas que lo habían intentado asesinar, incluyendo a un preadolescente. Arya masacró a todos los Frey, y a un par de ellos no sólo los mató, sino que los cocinó y se los dio de comer a su padre. Todas estas acciones son terribles, pero ninguna de ellas fue tomada como síntoma de psicopatía de ninguna de estos personajes. “Ah, pero es que lo hicieron como parte de una batalla, de una venganza o de un castigo”. Sí, exactamente como lo hizo Dany con todas sus ejecuciones antes de King’s Landing. Incluso la ejecución de Varys estaba totalmente justificada, pues el eunuco estaba conspirando en su contra.


Como dice este videoensayo, poner antecedentes no es lo mismo que desarrollar a un personaje: no porque puedas señalar momentos en el pasado que anunciaran este desenlace significa que estuviera bien escrito cómo se llegó a él.

Una de las reglas básicas en la escritura es show don’t tell. Si quieres que tu público entienda que un personaje tiene un rasgo de personalidad tal, o que la situación en la que se encuentran es de cierta forma, se los muestras mediante hechos y acciones. Pero si eres un escritor mediocre y no confías en la capacidad lectora de tu público, lo que haces es simplemente decir que las cosas son así o asá, ya sea a través de los diálogos de los personajes, o (R’hllor nos libre) con una narración en off.

Así, toda la última temporada hemos tenido a personajes diciendo lo inteligente que es Tyrion, pero nunca a él tomando una acción inteligente (o siquiera decir un diálogo ingenioso). De la misma manera, los diálogos entre Tyrion y Varys se dedican a decirnos que Daenerys se está volviendo una tirana loca. No importa que de hecho Dany siempre hubiera escuchado los consejos de ambos; no importa que hubiera pospuesto su conquista del trono para salvar a toda la humanidad; debemos creer que ella es una histérica irracional loca de poder porque nos lo están diciendo.


El contraste entre las acciones de Dany y lo que Varys y Tyrion estaban diciendo de ella era tal que yo pensé que el punto era mostrar cuán injustos podían ser ellos en sus tramas y sospechas, cuán prejuiciados podían estar en contra de esta mujer poderosa. Pero no, resulta que ellos estaban diciendo los hechos tal cual se supone que son.

La relación entre Daenerys y Jon, y la transición final de ella hacia el Lado Oscuro recuerdan a otra línea argumental similar (y similarmente fallida), la de Anakin y Padme en Star Wars. Ellos tienen cero química y se enamoran sólo porque la trama lo requiere: no puede haber otra conclusión porque necesitamos que Luke y Leia nazcan. Puedo entender por qué Jon y Daenerys se sienten atraídos el uno al otro (están bien ricos ambos), pero eso de que se enamoren perdidamente hasta que ya no pueden vivir el uno sin el otro, ¿cuándo pasó? ¿Por qué pasó? Pues nada, la trama requiere que ellos dos se enamoren tanto que ella no pueda soportar que él ya no la quiera besar después de saber que son tía y sobrino. Y claro, los personajes se la pasan diciéndonos cuánto se aman y cuán obvio es para todo mundo.




Con Anakin se aseguraron de presentarnos a un patanzuelo berrinchudo e impulsivo que no tenía otro destino posible para él que irse al Lado Oscuro. A nivel dramático, su conversión falla, porque no se siente como una tragedia, sino como lo que tenía que suceder. Con Daenerys es al revés. Lo quisieron jugar como plot twist, pero no había suficientes elementos para hacer esa conversión creíble. Y los genes Targaryen son los midiclorianos de Game of Thrones: ok, son una “explicación”, pero no mamen, qué cosa tan más chafa.

Por lo menos Anakin tiene una disyuntiva: debe decidir si se une a Mace Windu y acaba con Palpatine y la amenaza Sith, pero pierde la oportunidad de salvar a su esposa; o puede buscar el poder pasa salvarla y corromper su alma en el proceso. Dany tenía dos opciones: no matar a nadie y ser reina, o volverse mala sin razón y matarlos a todos.

Si el proceso hubiera sido presentado de otra manera, por ejemplo, si las fuerzas Lannister de verdad hubieran sido un reto y la única forma de derrotarlas hubiera sido causando mucho daño a los civiles inocentes, tendríamos, por lo menos, un dilema moral. O si Dany hubiera descendido lentamente hacia la paranoia, empezando por eliminar no sólo a los que la traicionaran, sino también a los que ella sospechaba sin pruebas de haberla traicionado y así hasta llegar a matar por capricho, entonces habría habido un desarrollo.

Es cierto que Daenerys había sufrido mucho últimamente, pero ni siquiera tanto como en el pasado, ni mucho más que otros personajes, y, sobre todo, estar adolorida, furiosa o triste no es lo mismo que estar demente, como ejecutar a un traidor no es lo mismo que masacrar a centenas de civiles inocentes. Aquí tenemos que hablar de la mentada misoginia. Dejemos de lado que para algunas personas sí parece ser inaceptable que cualquier personaje femenino haga algo malo, o le pase algo malo o muestre alguna debilidad. No se trata de eso. El sexismo no está en el hecho de que se volviera malvada (bien escrito habría podido ser una gran y desgarradora tragedia), sino en lo que los escritores entienden como la locura femenina: una mujer emocional es igual que una mujer loca, y una mujer loca es capaz de cualquier cosa.




La complejidad moral siempre había sido uno de los puntos fuentes de la serie, lo que la hacía realista a pesar de estar llena de magia, dragones y zombis.  Desde que David Benioff y D.B. Weiss (D&D) se quedaron sin los libros de Martin y se pusieron a inventar, hemos visto más un paradigma Hollywoodense de buenos y malos sin intermedios. Además, los malos se visten de negro y hacen cara de malo, y por si fuera poco, terminan presentándose con imaginería nazi (aunque el pensamiento y la carrera de Daenerys tuvieran nada que ver con el fascismo, y tenga implicaciones muy incómodas eso de equiparar a extranjeros morenos con las tropas de Tercer Reich), porque es la simbología fácil y barata para indicar “mira, goe, estos son malos”.

La mala escritura no se detiene ahí. Las incongruencias plagan la obra desde hace tres o cuatro temporadas, y los sucesos dejaron de ser las consecuencias de sus reglas internas, de las acciones de los personajes y de sus relaciones con la realidad en la que viven, para pasar a suceder lo que el capricho de los guionistas demandaba. De una narrativa social que trataba de los problemas de una civilización entera, con la forma en la que sus instituciones, prácticas culturales y costumbres afectan la vida de los personajes, pasamos a una narrativa individualista en la que los héroes actúan como si sus circunstancias no tuvieran peso.


Por ejemplo, en el cuarto capítulo de esta temporada iniciamos con las fuerzas de Daenerys diezmadas, uno de sus dragones asesinados (tan fácil como cazar un pato). Dejemos de lado la imbecilidad que implica el que nos hagan creer que una flota completa se puede aparecer de pronto a distancia de disparo frente a su flota enemiga sin que ésta la vea venir (eso no se podía ni cuando los barcos ya tenían cañones). Dejemos de lado la explicación estúpida de que Tyrion, Varys, Daenerys, Greyworm y Jon “se olvidaron” de estar atentos a la Flota de Hierro cuando era literalmente lo único a lo que debían estar atentos en el viaje hacia Dragonstone. Dejemos de lado que la flota de Daenerys fue casi destruida por completo y que sus enemigos tenían rodeada la puta isla, de la que luego salió son problemas ni eventualidades con todas sus tropas restantes para atacar King’s Landing. Digo, que ya quedamos que la congruencia interna ha valido pito.

Lo que es un ejemplo flagrante de mala escritura es lo siguiente: los sucesos ocurridos en los primeros capítulos de esta temporada habían debilitado las fuerzas de nuestra protagonista. Igualmente se hicieron esfuerzos por mostrar las nuevas ventajas a disposición de los antagonistas (los mercenarios, la flota, las ballestas gigantes). Los espectadores veíamos la situación y nos preguntábamos “¡¿cómo le va a hacer ahora?!”. Es decir, se plantea una nueva y ominosa dificultad para la protagonista y lo que seguía era narrar qué nuevas estrategias podría usar para superarla o fracasar en el intento.




¿Qué es lo que pasa? Todas las desventajas de Daenerys y todas las ventajas de Cersei valen kibi desde el primero momento de la batalla. Dany ni siquiera intenta nada nuevo, simplemente vuela con su dragón y destruye la flota, las ballestas y los ejércitos mercenarios, sin que siquiera sus Dtorhaki e Inmaculados tuvieran que hacer gran cosa. Las flechas mortíferas que podían ser lanzadas por decenas con precisión infalible se convierten en juguetitos inservibles. ¿Por qué? Simplemente porque la trama así lo requería. ¡Ah, pero Tyrion y Varys nos prepararon diciéndonos que la victoria de Daenerys era inevitable, a pesar de que se pasaron capítulos anteriores construyendo un escenario en que a todas luces se veía harto difícil!

“Güey, pero es una serie de fantasía. Es puro entretenimiento. Es ridículo que le pidas demasiado.” Mira: lo atractivo de Game of Thrones fue siempre cómo con todo y estar en un clásico escenario de fantasía medieval, rompía con las convenciones del género. A pesar de la magia, se asentaba en una serie de reglas que seguía con mucha fidelidad y retrataba las relaciones sociales y la psicología humana de forma realista.

Como analiza este otro videoensayo, antes en Game of Thrones la narrativa se basaba en acciones y consecuencias. La situación de un personaje lo llevaba a tomar decisiones de acuerdo a su psicología; estas decisiones a su vez generaban reacciones y tenían repercusiones. Ned Stark toma la decisión de informar a Cersei de que conoce su traición, porque él es muy honorable, y esa acción lo lleva a su muerte y la pérdida de su familia, porque sus enemigos no son honorables. Pero en las últimas temporadas los personajes toman decisiones que no tienen sentido ni con su personalidad ni como respuesta a la situación. Lo que guía la narrativa es el deseo de los creadores de dar escenas épicas, espectaculares o emocionantes.

Así, una serie que se preocupaba mucho por mostrarnos el peso de las consecuencias de todo lo que sucede, terminó guiándose por la meta final a la que querían llegar a huevo los escritores. Si antes el costo de la guerra jugaba un papel importante, ahora King’s Landing y la Fortaleza Roja se restauran como si nada. Si antes las decisiones erradas tenían consecuencias fatales para los protagonistas, ahora los personajes populares se ven protegidos por el capricho de los guionistas y pueden estar rodeados de decenas de zombis, y su popularidad los salva (a este cliché se le llama plot armor).

Probablemente el ejemplo más infame de esto es la decisión de juntar un equipo con los personajes más badass y populares de la serie para ir a atrapar un zombi, el plan más estúpido jamás diseñado por cualquiera, y que ultimadamente no tiene consecuencias más que darle un dragón al Rey de la Noche. Ah, pero qué cool es tener a todos esos personajes juntos en una misión comando.




Personajes que eran grandes manipuladores como Littlefinger y Varys mueren cuando la serie ya no sabe qué hacer con ellos. El inteligente Tyrion, que planeó una estrategia de defensa brillante en la Batalla de Blackwater, diseña una defensa estúpida para Winterfell, pero que permite muchos momentos que se ven chidos. El plot twist de Jon Targaryen sólo sirvió para enemistarlo con Daenerys y que ella terminara por volverse loca. Los Dothraki, feroces guerreros de la estepa a los que sólo unía su devoción a Daenerys, desaparecen después del asalto a King’s Landing.

Greyworm, justo después de espetarle a Tyrion que él “no había venido aquí para hablar”, lo deja decir su panegírico y nombrar a un rey, al que todos aceptan sin pedos, como aceptan sin pedos que el Norte se independice. La trama de Bronn, encargado de matar a Jaime y a Tyrion, además de que lo tiene teletransportándose de un lugar a otro, sólo sirve para que el mercenario quede como relevo cómico en una de las escenas finales, y nomás porque se trata de un personaje carismático. La amenaza existencial que según esto hacía ver a los conflictos políticos de Westeros como una fruslería pueril, se resuelve en un periquete. Las cosas que suceden sin sentido, las catástrofes que no dejan consecuencias, las líneas argumentales que no llevan a ningún lado, los personajes que actúan en contra de su carácter… todo ello se acumula masivamente en la última temporada, y sobre todo en el episodio final.


El único argumento que me compro para justificar lo que pasó es que la serie ya se había convertido en una telenovela boba y que lo mejor era que se despidiera de la forma más espectacular e hiperbólica posible. Mentalizarme para aceptarlo fue lo que me permitió disfrutar del capítulo final, pero no deja de ser una lástima que una serie que había sido tan notoria por su guion inteligente, la verosimilitud de su desarrollo y las convenciones que rompía, terminara convertida en un espectáculo de efectos especiales con estereotipos de fantasía genérica.

Así que, como ven, no se trata de “no me dieron el final que yo quería”, sino que traicionaron una serie que fue en un principio mucho más grande y extraordinaria de lo que terminó siendo. No espero lo mismo de El Señor de los Anillos o Star Wars o del Universo Marvel que lo que esperaba de Game of Thrones, y esto no es sólo capricho mío: la serie nos había enseñado a esperar más y mejores cosas. Cada uno de estos mundos tiene sus reglas internas y es coherente con ellas, pero GoT se dedicó a violar las suyas.

Aun así, sigue siendo un hito en la historia del entretenimiento televisivo y la cultura popular. Puedo ver por qué quienes nunca la vieron más que como tal la siguieron apreciando hasta su último capítulo. La calidad de la producción, la fotografía y los efectos especiales fue impecable, con una belleza, realismo y elegancia que nunca se habían visto en la televisión y rara vez en cine. Las actuaciones siempre fueron de primer nivel, y aun en esta última temporada, nunca faltaron los momentos espectaculares, épicos o conmovedores. La despedida de Tyrion y Jaime es una de las escenas más bellas y emotivas de toda la serie, y algunos arcos de personaje siguieron siendo fieles a su esencia hasta el final: los de Theon, Brienn, Arya y el Perro. No faltaron las sorpresas ni el suspenso que me hizo sentir taquicardia, literalmente.



La segunda mitad de Game of Thrones puede ser muy inferior a la primera, pero haciendo un balance, sigue siendo una de las mejores series de TV, y de las mejores experiencias en cultura pop que he tenido en mi vida, que cambió para la siempre la forma en la que vemos televisión y nos relacionamos con ella, llevó la fantasía épica al mainstream y abrió las puertas para muchos otros asombrosos experimentos. Tocó los corazones de miles de fans en todo el mundo y el hecho de que causara unas reacciones emotivas tan fuertes demuestra que no es poca cosa, porque no cualquier producto pop lo logra.  

A pesar de sus carencias, Game of Thrones sigue siendo algo muy grande, algo que ha dado mucho de qué hablar y que sin duda lo seguirá haciendo. La serie nos dio mucho, lo que toda buena fantasía sabe hacer: nos dejó soñar con mundos imposibles al mismo tiempo que nos reveló profundas verdades sobre nuestra realidad. Por ahora, nuestra guardia ha terminado. Todo debe terminar, hasta las series, hasta los sueños. El invierno y el verano se suceden y el ciclo empieza de nuevo.

Valar morghulis

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