jueves, 26 de abril de 2018

Los zombis antipeje son más tontos que los pejezombis



Oigan, qué temporada electoral tan pinche fea. No sólo no hay ni un candidato que merezca nuestro voto; no sólo estoy tan desencantado que ya ni siquiera siento miedo, esperanza ni indignación (si la desgana no me gana, escribiré un texto al respecto uno de estos días); lo más estresante de los meses electoreros es que ¡la gente se pone bien pendeja! No lo olviden, niños: la política nos hace estúpidos.

Hay de tontos a tontos. No podemos negar que existen los tontos incondicionales del Peje, que de verdad creen que es la salvación del país, el destructor de la mafia del poder, que va a abolir el neoliberalismo y demás. Estas personas realizan unos malabares mentales increíbles para justificar sus declaraciones disparatadas, su alianza con infames delincuentes políticos y sus posturas retrógradas y mochas. Muchos ni siquiera son tontos, sino personas bien preparadas que usan su inteligencia para racionalizar lo injustificable, y eso es todavía más triste.



Pero peores que los pejezombis son los zombis antipeje, me cae. ¿Por qué? Porque son el peor tipo de tonto: el que se cree listo mientras suelta tonterías astronómicas. Sucede que el zombi antipeje ni siquiera entiende por qué se supone que el Peje es tan malo. Si se le pregunta dice cosas ambiguas como "es populista" (¿pero qué significa eso, buen hombre y por qué es tan malo?) o "nos va a convertir en Venezuela" (¿cómo exactamente va a hacer eso?). El nivel de argumentación y raciocinio de un zombi antipeje es el de la tía que piensa que "los monos chinos son satánicos". De hecho, lo más probable es que tu tía que piensa que los monos chinos son satánicos sea una zombi antipeje.

Están los atarantados que creen que el Peje es socialista (y no saben ni siquiera lo que es el socialismo, y siguen pensando que significa "van a repartir el dinero a todos por igual, we"). Están los que medio escucharon lo de la "amnistía de Amlo" y lo que entienden en sus cabecitas es que el Peje va a abrir las puertas de las prisiones de par en para para que los criminales hagan lo que quieran y entonces hay que prepararse para la Purga (pero "no se preocupe, comadre, va a ganar Mid").

No pueden faltar los que se creen cualquier cosa que salga en los internetz mientras vaya contra Amlo. Que si su esposa es nieta de un nazi, que si él era amiguito de Salinas, que si va a cerrar las iglesias y prohibir la religión. Lo malo de estos casos no es que la información sea falsa, sino que es absurda, y hay que estar muy, pero muy atolondrado para creérsela, no digamos ya compartir sin hacer una mínima verificación.

Comparte si eres un taradito sin criterio

Lo peor es que estos zombis antipeje se tragan y difunden esas patrañas mongólicas mientras se creen muy inteligentes, no como "esos pejezombis que nada más siguen a su mesías como borregos". Porque los seguidores del Peje son chairos, y si uno no es chairo, pos automáticamente es más inteligente que los chairos. Es obvia la cosa.

Por ejemplo, hay un chiste recurrente en las redes sociales sobre que los seguidores del Peje son todos analfabetas, incultos e iletrados. Y se ríen los jenios diciendo "ajiú, ajiú, los pejezombis son bien mensos, no como yo que soy un eructito". Cuando en realidad, Amlo es el candidato preferido entre las personas con un mayor nivel educativo. ¡Sí!




El proyecto Verificado surgió como una iniciativa de varios medios mexicanos para oponer resistencia a la marejada de noticias falsas que circulan por la red como pólvora gracias al nulo criterio de los internautas. Como la mayoría de las noticias falsas son antipeje, pues son las que más aparecen desmentidas en Verificado. ¿Qué es lo que concluye el zombi antipeje? ¿Se dice "we, quizá debería usar dos neuronas antes de creerme cualquier pendejada que refuerce mis prejuicios"? No, su conclusión es "¡Verificado es de Amlo! ¡Ésa es la única explicación posible! ¡Es verificamlo, ay qué ingenio tengo! Oh, soy tan inteligente porque no soy chairo, ajiú, ajiú, ajiú". Chingón con estos pensadores críticos recurriendo a teorías de la conspiración para explicarse por qué sus chaquetas mentales antipeje son refutadas. 

Es como cuando en las elecciones del 2016 en Estados Unidos, el portal Snopes se dedicaba a desmentir noticias falsas, en su mayoría pro-Trump y anti-Hilary, y entonces los trumpeteros, como nos les cabía en sus molleras que los estaban pendejeando a lo grande, concluyeron que Snopes era parte de una conspiración judía para desprestigiar a Trump. Pues la mentalidad del zombi antipeje es análoga a la del trumpetero: igual de conspiranoico, monotemático y pendejito.

Lo cual hace aun más deliciosa la ironía de los que comparan a Trump con Amlo: aunque algunos de ellos son liberales centristas que honestamente le temen a la demagogia, muchos otros son derechairos de libro de texto que, como se trasluce en sus descalificaciones, estarían de acuerdo con la misoginia, homofobia, autoritarismo y racismo del dictadorzuelo anaranjado. O los que le tienen miedo a que "los rusos vengan a quitarnos nuestro petróleo", pero les cae de a madres Putin porque sí es un jonvre de berdad. (Pronto tendré que hablar de los desequilibrados que son seguidores del Peje y al mismo tiempo ven con buenos ojos a figuras de derecha como Putin o el mismo Trump).

No es como si los izquierdosos usaran esa palabra para insultar a los mochos todo el puto tiempo 


No más quiero mencionar ya a quienes se indignan porque el Peje tenga dinero y pague cosas. ¡El Peje comió en restorán caro! ¡Escándalo! ¡El Peje viajó en avión! ¡Ultraje! ¡El Peje tiene un reloj bonito! ¡Traición! Y yo les prespondo... ¿¿¿YYY??? ¿Acaso el señor hizo voto de pobreza? ¿O acaso son de los que creen que ser de izquierda implica renunciar a todas las posesiones materiales? Tan pendejo es señalarle eso al Peje como él mismo cuando cree que a mí me importa un carajo lo que haga con el avión presidencial. Pero pues equis, we, cero que me influye, que me sube y que me baja, porque ninguna de esas acciones es en sí ilegal, deshonesta o contraria a la moral. ¡¿Qué chingados nos importa?! 

A lo mucho esas acusaciones sirven para evidenciar que el Peje, con todo y queriéndose vender como "uniko y diffferente" entre la clase política, es no más otro vividor del erario. Pero es muy mal argumento si lo que quieren hacer es parecer que el Peje es el peor de todos, porque se da unos cuantos lujos mientras los demás hacen ostentación desvergonzada de su opulencia mal habida. Es que, aunque existen muchas buenas razones para no estar con el Peje, no las hay para decir que cualquiera de las otras opciones sea preferible. Eso es lo que queda clarísimo con cada pseudoargumento estúpido que hacen los zombis antipeje en las redes: realmente no tienen nada que decir. Sólo el Negas lo hace chido.


Ya ni siquiera sé si esto es un poe o qué pedo.

Esperen, antes de empiecen con sus predecibles y poco imaginativos "ja ja ja, te ofendes porque insultan a tu mesías, pinche pejeloco", déjenme admitir que el título de esta entrada es clickbait. Los zombis antipeje no necesariamente son siempre más tontos. Sí hay muchos pejezombis que están por lo menos tan pendejos. Toda esa imbecilidad y deshonestidad intelectual puede ser hallada entre las apologías del Peje, incluyendo eso de tratar a los contrarios como subhumanos mientras se comportan igual que ellos. 



Lo más importante es que las nuestras son guapas y las de los otros son feas.
Qué avanzados y progesistas somos en el morenismo, ¿ya vieron?


Eso es lo más triste de todo esto: que la cultura política mexicana está pendejísima por todas partes, y no veo señales de que vaya a mejorar pronto. Antes bien, en esta época de polarizaciones, extremismos y posverdades, parece que la cosa va a empeorar todavía.

Bales berga, Méjico.

jueves, 19 de abril de 2018

Superman contra el racismo



No hace mucho salió un cómic de Superman (Action Comics #987, septiembre de 2017) que causó la irritación de la alt-right y demás grupos de derechairos subnormales. En él, el Azulote protege a un grupo de inmigrantes de los disparos de un supremacista blanco (el cual tiene todo y una bandera gringa atada en la frente). El sitio criptonazi Breitbart expresó un predecible berrinche tachando a Supes de ser un "Social Justice Warrior" y de que sus acciones son "supersocialismo". 

Aplaudo que mi héroe favorito haga enojar a los retardados morales de la ultraderecha, pero lo cierto es que la situación no es nueva. Superman, desde sus orígenes, ha sido de ideales progresistas. No olvidemos que ya en su primera aparición, Action Comics #1, es presentado como hombre del pueblo y campeón de los oprimidos: defiende a un hombre injustamente condenado a ejecución y a una mujer golpeada por su marido, y combate a una panda de gángsters bravucones y a cabilderos capitalistas que quieren provocar una guerra para vender armas (más ejemplos aquí).

Hoy quiero hablarles de un par de cómics que salieron en la década de los 70. Esos años son poco conocidos para muchos de los lectores que se iniciaron en la época post Crisis en tierras infinitas. Solemos confundir y revolver la época pre-crisis como si todo fueran cosas ñoñas y tontas como éstas:



Pero los 70 fue una década de mucha creatividad e innovación. Los cómics de superhéroes se atrevieron a llegar a nuevos horizontes, preparando el arribo de títulos que cambiarían para siempre la industria en los 80, como The Dark Knight Returns o Watchmen.

Uno de los aspectos más llamativos de aquellas publicaciones es que, al contrario de lo que sucede ahora, cada número presentaba una aventura autocontenida. No era necesaria una maxisaga cósmica que conectara 50 títulos de DC para tener una buena historia. De hecho, cada número era como un buen cuento fantástico en el que Superman se enfrentaba a situaciones muy diversas. En ellas, el Hombre de Acero salía victorioso más por su ingenio que por su fuerza.

El formato era siempre similar. El cómic iniciaba con un panel de página completa a mitad de la acción; un momento impactante y extraño que captaba la atención del lector de inmediato, pues queríamos saber cómo rayos se había llegado a esa situación. Aun así, las historias podían llegar a ser muy creativas, originales y, en el caso de las dos que les traigo hoy, de un compromiso social que las vuelve curiosidades de valor histórico.



El primero que les traigo es Superman #247 (1972), escrito por Elliot Maggin e ilustrado por Curt Swan. En él, nuestro héroe, después de cumplir una misión en el espacio exterior, es interceptado por los Guardianes del Universo (los jefes de los Linternas Verdes), quienes le sugieren que quizá sus acciones protectoras están haciendo a la gente de la Tierra demasiado dependiente de él, y con ello atrasando su desarrollo social. Superman se queda pensando en esto mientras va de regreso a su hogar.

En el camino pasa por California, donde alcanza ver a un capataz blanco golpeando un jovencito mexicano. Rodeado de jornaleros temerosos, el gringo ejerce su despotismo contra el muchacho. Superman interviene y detiene el abuso ante las quejas del gringo. Manuel, el joven mexicano, le explica la situación. Los jornaleros había acordado irse a huelga contra los maltratos que sufrían bajo el patrón, pero a la mera hora, todos se culearon y sólo Manuel protestó, por lo cual recibió todo el castigo.



En este cómic, Superman hace un paralelismo explícito entre su propia historia y la de Manuel: ambos son inmigrantes indocumentados que llegaron a Estados Unidos después de que su padre, moribundo, los enviara a buscar un mejor futuro. Nuestro héroe simpatiza con los trabajadores explotados, pero la advertencia de los Guardianes de la Galaxia resuena en sus oídos.



Kal lo medita y decide que no puede hacer por los braceros aquello que ellos mismos no están dispuestos. Después de salvar a su comunidad de un repentino terremoto, Superman les dice que tienen que tomar su destino en sus propias manos. Necesitan organizarse para defender sus derechos, seguir el ejemplo de Manuel y estar unidos en vez de dejar que el miedo los divida y paralice. Así que sí: en este cómic Superman incita a los trabajadores a irse a huelga.

Es fascinante que en una historia tan breve haya podido plasmar un dilema moral para Supes, retratar una situación social existente y enviar un mensaje sobre organización y solidaridad en la búsqueda de la justicia.



El otro cómic del que les quiero hablar es Lois Lane #106 (1970) con argumento de Robert Kanigher y arte de Werner Roth. Como anuncia el título, está protagonizado por ni más ni menos que Lois Lane. En esta breve aventura, la audaz periodista está decidida a hacer un reportaje sobre los conflictos sociales que se daban en el gueto negro de Metrópolis, llamado la "Pequeña África". 

En un principio Lois piensa que todo va a estar muy guay, que va a entrar a los barrios negros y ser recibida con los brazos abiertos. Pero casi desde que llega se topa con la desconfianza de los vecinos, que se niegan incluso a dirigirle la palabra. Al pasar ante un mítin organizado por un líder local, Lois  escucha las acusaciones del orador contra el racismo de la sociedad americana de su tiempo. Lois cae en la típica queja de los blancos: "ay, por qué dicen eso, si yo no soy racista". #NotAllWhites. La perspectiva de nuestra heroína estaba a punto de cambiar.



Con el objetivo de hacer su reportaje en mente, Lois le pide a Superman que la lleve a la Fortaleza de la Soledad para usar una máquina que permite a las personas cambiar de forma. Su objetivo: ¡volverse negra! Con todo y su pelo rizado y su piel oscura, Lois emerge de la máquina y, con ayuda de Superman, vuelve a Metrópolis y a la Pequeña África para seguir su encomienda.

Pero ahora Lois tiene que enfrentar una realidad diferente. Si en un primer momento lo que más le preocupaba era que su fabuloso atuendo "afro" se estropeara bajo la lluvia, en poco tiempo tuvo que experimentar la actitud suspicaz y despectiva de las personas blancas de su propia ciudad. ¡Incluso de amigos y conocidos suyos! Actividades de la vida cotidiana, como pedir un taxi o viajar en metro, que Lois daba por sentadas, ahora se vuelven incómodas o de plano imposibles.  O sea, éste es el cómic en el que Lois Lane reconoce su privilegio de raza.




Al llegar al gueto, Lois conoce la situación en la que viven muchos vecinos: pobreza, inseguridad, violencia. Gángster tratando de reclutar a jóvenes. En un altercado, un joven llamado Dave Stevens (el mismo del mítin) es baleado por los criminales. Superman llega al rescate y lleva al joven al hospital, pero éste ha perdido mucha sangre. Sin pensarlo, Lois se ofrece la suya para la necesaria transfusión. Porque la sangre de todos los seres humanos es del mismo color.

Concluye con una renovada confianza y amistad entre Lois y Dave. Todo muy bonito, pero no hay que perder de vista que el racismo es un problema sistémico, y que un cambio de actitud personal es un buen inicio, pero nunca es suficiente.

En efecto, vistos con los estándares de ahora, estos cómics escritos hace más de 40 años no dejan de tener sus problemas. Son optimistas en exceso y el retrato que hacen de los asuntos sociales es simplista; además, en su intento de simpatizar con grupos oprimidos no se libran de tener una perspectiva condescendiente y que en última instancia perpetúa ciertos prejuicios. Después de todo, estas historias fueron escritas por hombres blancos cuya realidad distaba mucho de la que estaban tratando de representar.



Con todo, no podemos dejar de reconocer el compromiso de este par de obras por visibilizar los problemas de la población afroamericana y de los inmigrantes hispanos en la década de los 70, y por llevar estos temas a un medio normalmente escapista. Se trata de un esfuerzo honesto por tender puentes, promover la empatía y el entendimiento, y abogar por la hermandad de todos los seres humanos. A pesar de sus fallos, este par de cómics envían poderosos mensajes: las actitudes discriminatorias no son solo cosa de "los malos", sino que cualquier persona puede tenerlas, y que uno no puede andar opinando sobre la situación de los demás si antes no hace un esfuerzo y ejercitar la empatía para ponerse en su lugar.

En estos tiempos en los que los racistas y los xenófobos andan muy descarados, algunas obras de la cultura pop han destacado por su compromiso con la diversidad. En el caso de Superman, ese compromiso ha sido, salvo ciertos momentos en épocas reaccionarias, una constante, una parte esencial del personaje, lo que lo define como el héroe, ejemplo a seguir y encarnación de lo mejor que habita en el espíritu humano. Ahora que celebramos los 80 años del Hombre de Acero, quise homenajearlo por ello.



PD: Estos cómics fueron publicados en México por Editorial Vid en 2001, como parte de una compilación titulada Superman en los Setentas

jueves, 12 de abril de 2018

READY PLAYER ONE o la celebración nostálgica de la distopía




La trama es sencillísima. Hay un mundo de realidad virtual llamado Oasis, tan popular que casi todas las personas que se lo pueden permitir tienen una segunda vida en él. El multimillonario que creó este hipervideojuego murió y dejó un premio escondido en algún sitio del Oasis; quien lo encuentre se convertirá en el dueño. Hay una corporación malvada que quiere adueñarse del Oasis y para ello juega sucio; y hay un chico como cualquier otro que, con su panda de amigos frikis, quiere impedir que esos villanos se hagan con el premio. Ah, y un titipuchal de referencias a la cultura pop del último medio siglo, pero sobre todo a la década de los 80.

Advierto que nunca he leído la novela en la que se basa, pero sí me eché algunas críticas muy poco halagüeñas, que la consideran una especie de Crepúsculo, pero para ñoños acomplejados en vez de quinceañeras insulsas. La crítica más común es que el autor, Ernest Cline, se dedica a echar referencias a cosas geek y nostálgicas durante páginas enteras, como recurso barato para satisfacer a sus nerdescos lectores. Fuera de eso se trataría de una fantasía más en la que un chico blanco mediocre se topa con la misión de salvar al mundo, en la que personajes mucho más competentes que el protagonista hacen de todo para que él pueda lucirse y al final ganar fama, fortuna y una chica sexy.



Entonces, ¿qué tal está la película? Quería verla porque está dirigida ni más ni menos que por Steven Spielberg, uno de los principales creadores de la cultura pop con la que crecimos y a la que el film homenajea. No me decepcionó por ese lado; se diga lo que se diga de la cursilería de S.S. y su filosofía simplista, el señor sabe cómo hacer una película. Sus dinámicos planos secuencia y su estupenda composición de cuadro se suman a una excelente animación por computadora y un hermoso diseño visual.

Pues sí, soy un ñoño nacido en los ochenta, y sí disfruté la película y sus referencias mientras la estaba viendo. En particular me gustó la parte de la carrera y la incursión al hotel de El Resplandor. Pero una vez que me puse a pensarla me di cuenta de que no resiste mucho a una reflexión crítica. Después de todo, si le quitamos las referencias a la cultura pop y la magistral dirección de sensei Spielberg, ¿qué nos queda? Una historia del tipo “tenemos que encontrar el título de propiedad para que no demuelan la granja del abuelo y construyan un centro comercial”, de ésas hechas para la tele que pasan tarde por la noche en los canales para niños.

No quiero ser excesivamente duro con una película que como aventura palomera para chavitos puede funcionar muy bien. Algunas de las películas que fueron mis favoritas de quinceañero, como The Matrix y Gladiador, están llenas de lugares comunes, pero como a esas alturas no sabía nada de la vida, me parecieron alucinantes. Los chavales de ahora tienen derecho a disfrutar de las emociones que la cultura pop de su tiempo tenga que ofrecerles, sin que los chavorrucos se lo queramos arruinar con “meh, en mis tiempos hubo otras iguales que eran mejores”.



Pero es que hay un problema. Esta peli me indica que su público meta no son sólo los chamacos que la verán ahora con ojos ingenuos y soñadores. Son los mismos chavorrucos a los que apelarán todas esas referencias a la cultura pop ochentera. Gente en sus veintes, treintas y hasta cuarentas. Me preocupa que el éxito de Ready Player One entre Genxers y Millennials sea un signo de nuestra proverbial incapacidad para madurar y dejar atrás nuestra infancia. No estamos ya para que nos apantallen con esto.

La cinta es la celebración de una cultura pop a la que creemos especial porque es aquella con la que crecimos. Es como una visita al baúl de los recuerdos, pero no intenta deconstruir, analizar o siquiera crear algo nuevo a partir de lo ya existente (a diferencia de, por ejemplo, Stranger Things). Sí, es una película muy divertida y emocionante, y si la hubiera visto hace 15, o incluso hace 10 años, me habría fascinado. Pero aparece en un momento en el que los recursos de los que echa mano ya se sienten sobreexplotados. ¡Llevamos tantosaños sumergidos en la nostalgia de nuestra infancia que ya parece que ésta nunca se fue!

Pero lo que más me causa resquemor de Ready Player One es que también es la celebración de una distopía. Al principio (hay mucha exposición en voz en off en los primeros minutos) se nos dice que el mundo básicamente se había ido al caño y que por eso la gente se refugiaba en el Oasis. ¿Acaso no es ése un típico escenario de distopía? ¡Pero nunca se vuelve a abordar ese tema! Nuestros héroes no tratan de cambiar esa realidad; ni siquiera la lamentan mucho.

La lucha por conseguir el control del Oasis implica evitar que los villanos se apropien del que es el negocio más poderoso y lucrativo del mundo. Es decir, la película plantea que el peligro está en que los malvados tomen el poder y la solución es que los buenos lo hagan. Nunca se plantea que esa estructura de poder no debería existir. Que un medio de entretenimiento no debería conferirle tanto poder a quien lo controle, que el futuro de todos no debería depender de un estúpido juego y el nivel de erudición en cultura pop de los jugadores.



Al final… ¡ups, spoilers! Al final, nuestro “héroe”, Wade, obtiene la recompensa, como era de esperarse. ¿Y qué hace él? Se hace rico, famoso y tiene novia. Pasa de ser un loser a ser un triunfador. Pero ¿y los demás? Hace por ellos prácticamente nada. Lo verdaderamente heroico habría sido apagar el Oasis o, en su defecto, entregarlo a la comunidad para que dejara de ser una propiedad privada que dependiera de la “bonditud” de su dueño para funcionar.

Los villanos tienen un sistema esclavitud por deudas, pero nuestros héroes no lo destruyen ni lo prohíben; Wade sólo hace que deje de ser redituable para que lo cierren. Tampoco hace nada por su barrio pobre. O por los problemas que afectan al mundo. Nada. Si nuestro héroe individualista ha logrado el triunfo para él y sus mejores amigos, que se joda el resto. Lo más que hace es cerrar el Oasis dos días a la semana para que la gente salga a vivir la realidad un poco. No demasiado.

Ready Player One, después de un rato de diversión, me dejó cansado. Cansado de la nostalgia, de los mundos virtuales en los que desperdiciamos la vida y de la cultura geek autorreferencial y masturbatoria. No sé ustedes, pero si una película nos plantea un futuro en el que viviremos atrapados en nuestra propia cultura pop sin jamás avanzar ni movernos hacia ningún lado, y el público dice “wow, qué cool, desearía eso”, en vez de verlo como la distopía que es… Bueno, me parece distópico.

Publicado originalmente en Voz Abierta

jueves, 5 de abril de 2018

La trampa de la Neostalgia




Fue el amigo de un amigo de quien escuché por primera vez esa palabra cuando hablábamos de las viejas series animadas que solíamos ver en nuestra infancia (los 80 y la primera mitad de los 90). Según me explicó, la palabra describía el sentimiento de nostalgia que a menudo invadía a los jóvenes de nuestra generación (en ese entonces estábamos en nuestros tempranos veintes), un fenómeno extraño dado que la nostalgia era más común en los ancianos, para quienes el mundo de su juventud había desaparecido.

Según el Urban Dictionary, el término significaría una mezcla entre nostalgia y novedad, una emoción más positiva que la de la simple añoranza, ya que involucra un redescubrimiento y un disfrute renovado de aquello que formó parte del pasado.

¿Son los Millennials una generación particularmente nostálgica? Hoy en día la neostalgia está por todas partes. Hay blogs, canales de Youtube y sitios de Internet dedicados específicamente a recordar productos de la cultura pop que parecen muy remotos, pero que en realidad tendrán unas dos décadas de antigüedad. A su vez Hollywood echa mano de productos culturales de nuestra infancia para capitalizar con nuestros recuerdos. Yo mismo he escrito extensamente sobre “cómo era antes” hablando de series animadas, cómics, canales de televisión, computadoras e Internet, videojuegos, juguetes y más.

Nada nuevo hay bajo el sol, se dice. Siempre ha habido un afán por “recordar los buenos tiempos”. Hay en nuestra psique una tendencia natural, un sesgo cognitivo llamado “paraíso perdido” que nos lleva a idealizar el pasado. Después de todo, cuando éramos niños nuestras vidas eran más sencillas y teníamos menos problemas, por lo que asumimos que la vida era mejor, a la vez que filtramos y excluimos cualquier aspecto negativo de esa idealizada edad de oro. Cada generación se rebela contra la anterior e idealiza no sólo su propia infancia, sino el pasado que nunca conoció.



Así, la nostalgia Millennial va más allá de la propia niñez. Podemos verlo en una necesidad de regresar hacia décadas que ni nos tocaron vivir. Esto se manifiesta en un descubrimiento de lo retro y lo vintage, una fascinación hacia la estética de las cosas de antaño, pero no precisamente antigüedades valiosas o las obras de arte, sino aparatos de tecnología caduca, ornamentos pasados de moda, afiches publicitarios de productos extintos, parafernalia de cultura pop olvidada, etcétera. Sin embargo, creo que hay algunos factores que hacen de la neostalgia Millennial algo muy particular.

He visto criterios muy poco consistentes para clasificar a los jóvenes como Millennials. Algunos los circunscriben a los nacidos entre 1980 y 2000, algo que me parece difícil de tragar, porque la experiencia de vida de dos personas que se llevan 20 años de diferencia no puede ser igual. Otros dicen que entre 1985 y 1995, lo cual podría tener más sentido, pero que nos deja fuera a los nacidos entre el 80 y el 84, que definitivamente tampoco somos Generación X. A alguien se le ocurrió que estos últimos nos deben llamar Xennials. Además, ni de lejos todos tenemos las características que el estereotipo nos atribuye. Como siempre, los intentos de delimitar fracasan tratándose de la complejidad de los asuntos humanos. Pero for argument’s sake, retomemos la clasificación más amplia y hagamos de cuenta que todos los Millennials somos hipsters veganos con tatuajes y tendencias bisexuales.

Parece que hay generaciones que son vanguardistas y otras que son nostálgicas, y los Millennials somos como una mezcla rara de ambas. Por un lado somos la generación más progresista y liberal de la historia frente a temas polémicos como la sexualidad, la diversidad de identidades, las relaciones de poder y las desigualdades sociales. Por otro, buscamos en el pasado símbolos y referentes.

Para ninguna generación anterior la cultura pop había sido tan importante. Los mitos, íconos, arquetipos, narrativas y referentes provenientes de ella forman parte de nuestro imaginario colectivo como nunca fue para nuestros mayores. Generaciones anteriores tenían mitología y clásicos literarios. Nosotros tenemos las caricaturas con las que crecimos.


Esto tenemos en común con la Generación Z, la más joven. Pero hay algo fundamental que nos diferencia: el ritmo al que las cosas han cambiado para nosotros fue mucho más vertiginoso. En nuestras tres o menos décadas de vida vivimos la evolución de los videojuegos desde el primer Nintendo hasta las complejas obras de arte que son ahora; vivimos la transición de los discos de acetato a los CDs, a los mp3 y a las playlists de Youtube y Spotify; vimos las redes sociales crecer desde el mIRC hasta Tinder y Snapchat; conocimos la experiencia del cine y los videoclubes, de la tele local, pasamos por la llegada del cable y ahora estamos viendo películas y series a través de Internet, ya sea de forma legal o pirata. No creo que a los Z les toque ver cambios como pasar la infancia antes de Internet y la adolescencia durante el ascenso de Internet.

Por eso experimentamos la nostalgia de diferente manera. De haberlo querido, alguien del pasado podría volver a los cuentos de hadas que leía en su infancia o ver cómo sus hijos se entretenían más o menos con las mismas diversiones. Generación tras generación, muchos crecieron leyendo Caperucita Roja y jugando a las escondidas. Pero sólo nosotros crecimos viendo Patoaventuras y jugando Super Mario Bros.

Cuando estaba en secundaria ya añoraba los programas de televisión que pasaban cuando era niño y que para entonces se habían dejado de transmitir. Me sacó de onda cuando, muchos años después, supe que mis alumnos de secundaria y prepa también recordaban con nostalgia las caricaturas que ellos veían de niños. Pero también para los más jóvenes es diferente. Ellos podrán sentir tanta nostalgia como nosotros, pero ya tienen a su alcance toda la biblioteca universal de Google para volver a ver Clifford el Gran Perro Rojo, escuchar las canciones que estaban de moda cuando fueron a su primer fiesta de XV años, o jugar el videojuego que les gustaba en la primaria. Dado que ellos nacieron con la Web 2.0 a su disposición, y usarla les vino más natural que leer y escribir, siempre han tenido la oportunidad de volver a visitar aquellos productos de la cultura pop con los que crecieron.

En cambio, durante toda mi adolescencia –entre la segunda mitad de los 90 y la primera mitad de los dosmiles- era prácticamente imposible volver a la cultura pop de mi infancia. Las series de TV se habían dejado de transmitir, la música ya no estaba en la radio, los videojuegos y los cómics viejos sólo sobrevivían en manos de quienes los habían guardado celosamente desde un principio. Sí, ahora podemos volver a todo ello, pero durante una década más o menos lo creímos perdido. Como se dice, la nostalgia ya no es lo que era.



Pero vámonos con otro factor de esencial importancia: los Millennials somos la generación a la que más ha costado hacer la transición a la vida adulta. A los 25 años mi padre ya era un adulto capaz de mantenerse a sí mismo, a su esposa y a su primera hija por venir. En algunos años más podría comprar una casa propia y un par de automóviles. Para nosotros, la situación económica del mundo ha hecho el prospecto de la independencia algo intimidante, cuando no del todo imposible. Los salarios son bajos, los costos de vida son muy altos. Al igual que muchos de mi generación tuve una educación académica privilegiada que superó por mucho la de mis viejos, pero el mercado laboral es mucho más difícil. Somos la primera generación en décadas que no puede aspirar a tener un futuro mejor que el de sus padres. Irónicamente, a la vez se nos educó para ser menos conformistas y “seguir nuestros sueños”.

El ritual de paso a la vida adulta, que podía ser la graduación universitaria, la boda, o el irse de la casa paterna, que fuera inequívoco y contundente para la generación anterior, es para nosotros motivo de ansiedad y confusión. Para nuestros mayores el paso a la adultez podía ser duro, pero estaba claro; la generación siguiente aun está estudiando y no ha tenido que enfrentarse a ello. Nosotros en cambio tenemos el estigma de ser un fracaso como adultos, en un mundo hostil y ante un futuro incierto. ¿Cómo no volcarnos hacia la seguridad del pasado?

La fuerza emotiva de la neostalgia en los Millennials ha sido notada por los creadores de contenidos. El meme de Robin Williams en Jumanji (que también ha sufrido un refrito) gritando “¿Qué año es éste?” lo manifiesta muy bien cuando vemos películas como La Bella y la Bestia y Power Rangers en cartelera. El reciclaje de la nostalgia se convierte en un burdo acto masturbatorio que proporciona entretenimiento perezoso al público y dinero fácil a los productores. Nos inundamos de refritos, secuelas y adaptaciones de la cultura pop de los 80 y 90, y renunciamos a crear o fomentar la creación de contenidos originales.

Pero la nostalgia no necesariamente implica decadencia cultural. ¿No era acaso la nostalgia por el pasado grecolatino una de las principales fuerzas del Renacimiento? ¿Y no era la nostalgia por una Edad Media idealizada uno de los componentes centrales del Romanticismo? La reinterpretación y resignificación de la cultura pop nostálgica puede dar también lugar a productos de alta calidad, desde cómics como Planetary hasta series de TV como Stranger Things.



Para mí la consciencia de mi condición de chico neostálgico inició en la secundaria cuando me vi con mis primos y amigos añorando los programas de televisión de mi infancia, sobre todo las series animadas. No lo sabía, pero a nosotros nos tocó algo que después sería llamado Animation Reinassance, un boom de la animación occidental tanto en la pantalla grande como en la chica, que se manifestó en la cantidad y calidad de sus contenidos. Dicha era dorada inició a principios de los 80 y terminó a mediados de los 90, justo cuando pasábamos a la adolescencia.

Disney se aventaba obras maestras desde La Sirenita hasta El Rey León, para alcanzar los altos estándares que Don Bluth, en la década anterior, había sentado con obras como La tierra antes del tiempo o Un cuento americano. En la televisión pudimos ver cómo Thundercats o Los Verdaderos Cazafantasmas sentaban las bases de una gran calidad en contenidos, que alcanzaría su pináculo con Batman: la Serie Animada. Así que sí, no es sólo idea nuestra: las series animadas con las que crecimos eran algo especial y su calidad no sería alcanzada sino hasta esta Nueva Edad Dorada de la televisión que se dice que vivimos.

Esto es sólo un ejemplo del bagaje cultural pop tan rico y sui generis con el que crecimos  los Millennials. Qué haremos con él es otra cuestión. Podemos quedarnos regodeándonos en nuestra incapacidad de superar el pasado, dejar que nos manipulen con  refritos y pastiches de lo mismo hasta que alguna generación futura empiece a crear los nuevos mitos pop que serán parte de “los buenos viejos tiempos” de alguien más. O podemos tomar ese legado que tenemos para analizar y construir cosas nuevas, y entendernos mejor a nosotros mismos.





Publicado originalmente en Memorias de Nómada

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