sábado, 26 de enero de 2019

Por qué odias a Marie Kondo




Marie Kondo, con su reality show sobre ayudar a personas a que ordenen sus cuchitriles, se ha convertido en una sensación en el primer mes del 2019. Pero mi novia la conocía antes de que estuviera de moda… Como una semana antes. Literal. Porque yo le regalé de Navidad el nuevo libro de G.R.R. Martin, pero ella me pidió que le consiguiera el de Marie Kondo y lo hice, porque soy un buen novio y me gusta regalar libros.

Así que, antes de tener un reality show, Marie Kondo tenía un librito. Y antes de tener un librito, tenía una agencia de consultoría para ayudar a las empresas y personas a ordenar sus espacios. Y antes de eso, era una jovencita obsesionada con el orden. De modo que, después de haber visto el programa y de haber escuchado a mi novia contarme del libro, vengo a traerles las siguientes impresiones…

Por lo que me dice ella, el libro tiene mucha magufería, incluyendo esa onda de saludar a una casa antes de limpiarla, y aquello de despedirse de las cosas si ya cumplieron su función, y todo sobre la energía positiva que emanan los objetos y qué sé yo. Peeero que, fuera de eso, los consejos que ofrece son en realidad muy prácticos. Mi novia sospecha que le incluyen la magufería porque la gente de por sí es pendeja y si le dices “ordena las cosas de esta manera, porque es práctico y conveniente” no te van a hacer caso, en cambio si les dices “ordena las cosas de esta manera porque ¡magia!” van a decir “¡oh, sí a huevo, soy un puto ser de luz!”



Lo mismo podríamos decir de su programa. Tiene, como todo reality, un chingo de cursilería, de gente llorando “espontáneamente” y parejas peleándose por sus trebejos (parejas bien diversas, por cierto, las hay gais, lesbis, interraciales… Netflix está bien comprometido con hacer rabiar a los derechairos y eso me da mucho gusto). Pero los consejos que da la señorita Kondo son prácticos y útiles, especialmente para quien ya está harto de la acumulación consumista. Porque estamos hundidos en una cultura de las chingaderas.

Llamo cultura de las chingaderas a esa costumbre nuestra de tener un montón de pendejaditas que realmente no nos sirven, no las usamos, nos ocupan espacio y se acumulan de forma desordenada. Esto se nota especialmente cuando uno tiene hijos. Por ejemplo, en las fiestas infantiles te dan un chingo de dulces (los de la piñata y los de las bolsitas que te dan al final), y recuerditos que formaron parte de la decoración… Y si tú hiciste la fiesta, te quedas con los dulces que sobraron y con la decoración por siempre, porque al cabo quedó rebonita y salió cara. Mis hijos casi ni comen dulces (somos más de galletas), y cuando hay cumpleaños, jalogüin o navidá, nos llenamos de bolsitas de caramelos, paletas y Totis (¡putos Totis!) que se quedan asentados en la barra de la cocina hasta que se llenan de hormigas, se me acaba la paciencia y los termino tirando todos alv.

¿Y por qué nos pasa esto? Por lo menos en las fiestas, porque mamás y papás (pero, sospecho, sobre todo mamás), quieren verse muy espléndidos y magníficos con los salones súper decorados con manualidades de Paw Patrol y mostrar que tienen la solvencia para subirse a un dirigible y lanzar dulces desde a las masas impresionables. O sea, el punto de las chingaderas no es su uso, ni su valor, sino que sirven únicamente para que las personas que las dan se vean bien por el acto de darlas. Y la presión social está cabrona: nadie quiere ser la familia que no repartió centros de mesa de Peppa la Cerdita en foami.

Y eso es sólo un ejemplo de los que más me emputan. En la vida nos llenamos con recuerditos de bodas, viajes y xv años; juguetitos promocionales de comida chatarra; manualidades de jardín de niños que no hicieron tus hijos; adornos que vas a poner un día “cuando saques espacio”; ropa que te vas a poner otra vez “cuando te vuelva a quedar”; juegos de fotocopias de la carrera de la que te graduaste hace una década que “podrían serte útiles algún día”; notas y recibos que ya ni sirven, pólizas de garantías expiradas y manuales de productos que ya ni tienes; discos y películas que ya se deterioraron tanto que ya no hacen nada; cerámicas que hizo tu tía jubilada en su taller de tías jubiladas; chingaderas, chingadera, chingaderas…



Entonces llega Marie Kondo con un mensaje sencillísimo, obvio, pero que necesitábamos que nos recordaran: si no te está dando alegría, tíralo. Si es algo que ya no usas, que no has usado en mil años, que está generando desorden, acumulando polvo y te impide mirar tu espacio personal con orgullo, ¿pa’ qué lo tienes? Quédate con las cosas que realmente te gusten, que realmente te sirvan. Porque si no, los objetos se van comiendo tu espacio; nuestras casas se convierten ya no en lugares para vivir sino para guardar objetos. Y, personalmente, le agradezco por ello, pues aunque no soy el peor acumulador en casa, me he dado cuenta de que sí tengo cachivaches que no cumplen con eso de irradiar felicidad y que sería más feliz sin ellos. Órale, a ordenar.

Pero, si son tan buenrolleros estos consejos ¿por qué Marie ha generado tanto descontento? La han acusado de ser una tipita aburrida y sin chiste, alguien que se cree mejor que los demás, una antiintelectual que quiere quitarme mis libros, y hasta una persona comparable a los nazis (ley de Godwin, búsquenlo). Y cuando empecé a ver estas reacciones me sorprendí. “Ah, chinga. ¿vimos el mismo programa?”

Kondo-chan nunca dice que ser ordenado te haga mejor persona, se cuida mucho de no juzgar a los demás y advierte sobre todas las cosas que su método es para quienes se sientan listos para ordenar su casa. No quiere imponerle nada a nadie. Lo de tener pocos libros, por ejemplo (algo que sí me triguereó en un principio): dice que las personas que por su profesión necesitan tener muchos libros a la mano (como su seguro servidor), pues no tienen que seguir su consejo. La cosa es para personas que compran un libro, lo leen una vez y luego lo dejan ahí amontonado en vez de permitir que llegue a otras manos que los disfruten.



Puedo entender que alguien diga “pfff, esto no es para mí, me gusta mi desorden, no toques mi basura”, pero ¿por qué tanta animadversión? ¿Por qué esa paranoia de que les quieren “imponer” cosas? ¿Por qué compararla con los nazis en una época en la que hay nazis literales marchando las calles? Pues se me hace algo parecido a lo que sucede con el odio a los veganos. Lo que causa escozor es la sospecha de que esa otra persona cree que su estilo de vida es mejor que el nuestro… Y que, si acaso tiene razón, entonces nuestro estilo de vida no es bueno, y eso amenaza nuestra identidad, pues nos hace pensar que esto que nos parece normal y adecuado a lo mejor está mal. Ojo: no la odiamos por decirnos que estamos mal, pues ella nunca lo hace (a diferencia de los veganos jodones, o los sochal yustis guarrios), sino porque hizo concebible la idea de que tal vez lo estamos. Entonces viene la reacción violenta: “¿Acaso te crees mejor que yo?”

Dice mi novia que a eso se suma cierta misoginia, porque la Kondo es una mujercita de buenos modales que no se ve como súper modelo ni actúa como señor gritón y agresivo, que son las únicas dos cosas que los onvres aceptan en su entretenimiento. Y está eso de hacer de la suciedad y el desorden parte de la identidad masculina, como vimos con el mame de los hombres que no se limpian la cola. Y ya ni voy a hablar del comercial de Gillette, porque sólo puedo con un mame a la semana.

Guarever, nomás hay que decir que le bajen al pedo. Vive y deja vivir. Que los quieran arreglar sus casas a la manera de Marie Kondo, lo hagan, que a ti nadie te obliga. Ojalá no sea nomás pura moda y la gente que hoy está tirando sus chucherías y sobresaturando a las caridades en realidad vaya más allá y cambie sus hábitos de consumo. Ojalá esto nos ayude a eliminar la cultura de las chingaderas, porque el capitalismo ecocida se alimenta de ellas.



Miren qué chairo acabó este texto. Que tengan buen fin de semana, y compartan mucho este enlace en Facebook, porque Zuckerberg me anda bloqueando, el muy culero. Debe ser que mi blog no le irradia alegría. Abur.

3 comentarios:

Ciudadana Herzeleid dijo...

Igual que tú me pasó conocerla poco antes de que sacara su serie, y el tren del mame obviamente fue por ser enero. Pero incluso antes de ellas también han existido programas como "Acumuladores compulsivos" y la onda es que son cositas de nada que hay que deshacerse antes de que nos rodeen. Me encantó como la pones de un modo más campechano pero igualmente siguiendo las mismas indicaciones que ella da. Está chida.

Maik Civeira dijo...

Gracias :)

Rochy dijo...

No sabia que hubiera juntado tanto disgusto, hasta que leí este artículo del Huffington Post.
Por mi parte, había escuchado algo de ella hace unos meses, de una amiga (de ascendencia asiática, si es que eso es importante) que es un poco "neat freak". Me sonó interesante, aunque no he leído el libro ni visto la serie, pero quizás lo haga pronto (aunque mi problema es mas bien de flojera por limpiar, y que no me gusta tirar cosas que me pueden parecer útiles en algun momento). Recuerdo que mi amiga me dijo "por ejemplo, si tienes una postal, le puedes tomar una foto y tirarla" y pensé "ah, claro, porque no se me había ocurrido antes". Pero tanto el ángulo del artículo como el tuyo me parecieron interesantes. No sé si sea por "sesgos inconscientes porque es asiatica" o "porque es mujer" o "porque se cree mejor que yo" (o "todas las anteriores"), pero creo que parte de la cantidad de crítica es simplemente porque es famosa y hay muchos hipsters que odian lo "mainstream" en este mundo :-p.

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