El Rinoceronte




Va la última entrada de 2019, sobre el último libro leído este año. Lo último de la década, si ignoramos a los mamadores que discuten al respecto (y deberíamos). Decidí releerme el clásico de Eugéne Ionesco, El rinoceronte, porque hace más de diez años no tenía tantos elementos para apreciarlo. Uno nunca lee el mismo libro dos veces, me habrán visto repetir en este su blog.

Es un libreto para obra teatral (bastante larguito, más de 100 páginas; lo pueden leer aquí). Va de una pequeña ciudad en Francia que vive un día normal, cuando de pronto un rinoceronte pasa galopando por la calle. Más y más paquidermos empiezan a verse por la ciudad, y pronto nos enteramos de que son los mismos ciudadanos los que se están convirtiendo en animales.

Escrita en 1959, y a menudo señalada como una obra fundamental del teatro del absurdo, lo cierto es que El rinoceronte dista mucho de ser absurdista. De hecho, es una fábula bastante clara sobre el fascismo, y cómo se fue contagiando entre la sociedad europea en las dos décadas que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero, como ya se habrán imaginado si siguen este blog, les quiero hablar también de su relevancia para el mundo contemporáneo.

Eugéne Ionesco (1909-1994) nació en Rumania de padre rumano y madre francesa. Ella era de origen judío, aunque su familia se había vuelto al calvinismo desde hacía generaciones. Al joven Ionesco le tocó ver el ascenso del fascismo entre sus camaradas y amigos, algunos incluso dando la vuelta de 180 grados desde el socialismo:

“Profesores universitarios, estudiantes, intelectuales se estaban volviendo nazis, uniéndose a la Guardia de Hierro uno tras otro. Éramos quince personas que solían reunirse para discutir y tratar de encontrar argumentos que se opusieran a los suyos. No era fácil… De vez en cuando, alguien del grupo llegaba a decir ‘Bueno, no estoy de acuerdo con ellos en todo, desde luego, pero en ciertos puntos, debo admitir, por ejemplo, los judíos…’ Esa clase de comentarios era un síntoma. Tres semanas más tarde, esa persona se habría convertido en nazi. Estaba atrapada en la maquinaria, aceptaba todo, se había convertido en un Rinoceronte. Hacia el final, éramos sólo tres o cuatro que resistíamos.”



En la obra de Ionesco, la gente en un principio está anonadada e incrédula. ¡Un rinoceronte! ¡Es imposible! Una bestia tal no puede existir, no aquí, no ahora. Deben estar exagerando, seguro vieron otra cosa. Fuera de los testigos del primer avistamiento, había quien se resistía a creerlo. Como entonces, como hoy, la existencia de una bestia tal como el fascismo no parecía verosímil. A inicios de esta década que termina, se creía prácticamente extinto, derrotado hacía mucho, excepto por grupúsculos de orates totalmente marginales. Todavía hoy, quienes sonamos la alarma ante el empoderamiento de esos ya no tan marginales ni tan pequeños grupos, nos encontramos con un obtuso negacionismo.

Pero incluso una vez que la existencia y presencia de los rinocerontes queda manifiesta más allá de toda duda, después de un shock inicial, viene a ser minimizado. ‘Son sólo unos pocos, no representan mayor peligro, es una fase que ya se les pasará’. Justo como se minimizaba la secta de locos de Hitler antes de que tomara el poder, o justo como después del impacto que causó el rally neonazi en Charlotesville, se ha querido minimizar la influencia que las ideas de estos fantoches están teniendo en la cultura contemporánea.

En la obra teatral, hay quien defiende que hay que respetar la decisión de las personas que optan por convertirse en brutos sin razón ni mente propia. ‘No estoy de acuerdo, pero hay que ser tolerantes’, incluso si las bestias están comenzando a destruirlo todo a su paso. Vamos, que la metáfora no puede ser más clara. En mis conversaciones y disputas en redes sociales, me he topado con no pocas personas, hasta algunas que creí conocer, aunque fuera un poco, que van admitiendo, tolerando o hasta adoptando más y más posturas fascistoides.

Consolidado el poder de los nazis en Rumania, Ionesco huyó a la Francia materna. Los nazis ocuparon este país poco después. En el tercer acto de su libreto, los rinocerontes corren libremente por las calles, obligando a los pocos humanos que quedan a permanecer en los interiores. De nuevo, viene la normalización ‘Si no te metes con ellos, no pasa nada’. Claro, a menos que fueras de alguno de los grupos perseguidos por los nazis, también podías pasarla tranquilamente, llegando a aceptar la presencia de animales salvajes en las calles.



Bérenger, el protagonista, es un alter-ego para Ionesco. Un hombre alcohólico y depresivo, atrapado en un trabajo como gris oficinista, enamorado en silencio de una bella chica. Su amigo Jean lo reprende por su falta de dirección en la vida. Sin embargo, es Bérenger es el único que se escandaliza por la situación cuando todos los demás la minimizan, la normalizan o la justifican. Es Bérenger quien tiene que escuchar incrédulo a los argumentos de sus congéneres: ‘Estás paranoico’ le dicen ‘Estás obsesionado con esos animales’, ‘A lo mejor tienen una buena razón para volverse rinocerontes’.

Intelectuales, filósofos, empresarios, profesionistas, gentes respetables, terminan convirtiéndose en rinocerontes. Ni siquiera es que fueran fanáticos de los perisodáctilos, sino que con el tiempo acaban cediendo a la mentalidad de rebaño, a hacer lo que todos los demás hacen. En contraste con los diálogos melancólicos de Bérenger, los demás personajes se expresan en clichés, y las mismas frases trilladas se repiten en bocas distintas, como para dar a entender que, incluso antes de la aparición de los rinocerontes, a la gente no le daba mucho por pensar de forma crítica e individual.



El protagonista y su amigo Jean tienen la siguiente conversación, en la que el último pasa de pedir tolerancia para bestias brutales que sólo valoran la violencia, a terminar adoptando sus principios y razones:

JEAN: ¡Te digo que no es tan malo! Después de todo, los rinocerontes son criaturas igual que nosotros, que tienen tanto derecho a la vida como nosotros.

BÉRENGER: A condición de que no destruyan la nuestra. ¿Te das cuenta de la diferencia de mentalidad?

JEAN (yendo y viniendo por la pieza, entrando y saliendo del baño): ¿Piensas que la nuestra es preferible?

BÉRENGER: De todos modos, nosotros tenemos nuestra propia moral que juzgo incompatible con la de los animales.

JEAN: ¡La moral! Hablemos de la moral. ¡Estoy harto de la moral! Qué linda es la moral. Hay que ir más allá de la moral.

BÉRENGER: ¿Qué pondrías en su lugar?

JEAN (siempre yendo y viniendo): ¡La naturaleza!

BÉRENGER: ¿La naturaleza?

JEAN (siempre yendo y viniendo): La naturaleza tiene sus leyes. La moral es antinatural.

BÉRENGER: ¡Si te comprendo bien, quieres reemplazar la ley moral por la ley de la selva!

JEAN: En ella viviré, en ella viviré.

BÉRENGER: Eso se dice. Pero en el fondo, nadie...

JEAN (interrumpiéndolo y yendo y viniendo): Hay que reconstruir los fundamentos de nuestra vida. Hay que volver a la integridad primordial.

BÉRENGER: No estoy para nada de acuerdo contigo.

JEAN (resoplando ruidosamente): Quiero respirar.

BÉRENGER: Reflexiona, veamos, tú te das perfecta cuenta de que tenemos una filosofía que esos animales no tienen, un sistema de valores irreemplazable. ¡Siglos de civilización humana lo construyeron!...

JEAN (siempre en el cuarto de baño): Derribemos todo eso, nos irá mucho mejor.

BÉRENGER: Te conozco demasiado bien como para creer que ése es tu pensamiento profundo. Porque, lo sabes tan bien como yo, el hombre...

JEAN (interrumpiéndolo): El hombre... ¡No pronuncies más esa palabra!

BÉRENGER: Quiero decir el ser humano, el humanismo...

JEAN: ¡El humanismo ha pasado! Eres un viejo sentimental ridículo.



Es Bérenger, alguien que no parece particularmente valeroso, el único que permanece íntegro, el que no deja de gritar ‘¡esto no es normal!’, quien se resiste a la tentación de convertirse en un rinoceronte cuando todos los demás lo hacen. Justo antes de caer el telón, Bérenger enuncia un monólogo que concluye así:

“¡Contra el mundo entero, me defenderé contra el mundo entero, me defenderé! ¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡No capitulo!”

Estas líneas finales son un grito de guerra, preservar la humanidad ante la brutalidad del fascismo, no caer en la indiferencia ante la destrucción y el sufrimiento que provoca. Aunque todos los demás lo hagan, yo no me convertiré en una bestia, yo seré fiel a mi humanidad. Ése es el grito de guerra que nos toca adoptar en estos tiempos.



PD: Contrapoints tiene un excelente video sobre cómo una persona cualquiera se puede convertir inadvertidamente en rinoceronte. Ver aquí

Comentarios

Verreaux dijo…
Ultimamente me siento asi, tengo conocidos gays que le aplauden al gobierno de facto de bolivia, mas wue nada por que les cae mal el peje, y yo con ganas de sacudirlos y decirles si realmente apoyan un gobierno no que no oculta su derechismo.

Otro libro que se puede aplicar a esta decada muy bien es misery, ahora que los fandoms an sacado su lado mas oscuro.
Mario dijo…
Muy buena recomendación. Muchas gracias.
Maik Civeira dijo…
Es terrible eso que mencionas Verraux. Ojalá tus conocidos recapaciten. Y tienes razón con Misery.
Maik Civeira dijo…
Gracias a ti por leer :)
Alvaro Murga dijo…
Esoe es un cuento que tengo que leer. Hre visto algunas representaciones de Ionesco, pero no he leido ni una. Creo que es una deficiencia de mi biblioteca.
Aunque realmente me gustaria que fueran rinocerontes los que pululan en las calles. Seria más sencillo. Porque en la actualidad hay toda una selva y uno debe moverse entre lobos y pumas.
Martín dijo…
Vaya, al fin entiendo las mascaras de rinoceronte usados en ese video de Natalie. xD
En cualquier caso, parece que ya tengo una lectura más para este año.
Maik Civeira dijo…
Así es, Álvaro y Martín. Gracias por leer y comentar. :)