Mil novecientos diecinueve: Terminó la guerra, pero no hubo paz - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

lunes, 3 de febrero de 2020

Mil novecientos diecinueve: Terminó la guerra, pero no hubo paz





Hola, veteranos de las guerras culturales en los internetz. Ésta es una entrada muy especial. Como sabrán, si llevan tiempo leyendo mis debrayes, desde 2014, en que iniciaron las conmemoraciones por el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), he escrito varias entradas sobre este tema, por lo menos una cada año. Una especie de conclusión era necesaria a estas alturas.

En aquel 2014 inicié un ciclo de lecturas con el excelente The War that Ended Peace, en el que la historiadora Margaret MacMillan reconstruye la serie de acontecimientos que llevaron al estallido de la Gran Guerra. El libro fue la base principal para redactar mi ya clásica Y entonces mataron a Franz, que la verdad, modestia aparte, me quedó bien simpática. Empezando este 2020, para finalizar con el tema, vuelvo a la obra de esa misma autora, en este caso Paris 1919 (publicado por primera vez bajo el título The Peacemakers). Me pareció la forma ideal de concluir, para contarles qué pasó al final de la guerra y en los meses que le siguieron…

Pero antes, un recordatorio del panorama:





El armisticio entre Alemania y los Aliados se acordó en noviembre de 1918. En los meses anteriores, las demás Potencias Centrales se habían ido rindiendo una a una: Bulgaria, el Impero Otomano y el Imperio Austro-Húngaro, en ese orden. El Segundo Reich se quedaba solo en la lucha; había agotado sus fuerzas en última ofensiva ese mismo verano, y no pudo resistir la contraofensiva de los Aliados. Hubo revueltas en Berlín; el káiser fue derrocado y se instauró la nueva República de Weimar. Con ello, la Gran Guerra llegó a su fin. Cuatro grandes imperios dejaron de existir, aparecieron nuevos países independientes, surgieron los totalitarismos que marcarían las próximas dos décadas, y unos once millones de seres humanos habían muerto.



Pero no fue sino hasta mediados de 1919 cuando se terminaron de definir los detalles de la paz. Ésta había sido “la guerra para terminar con todas las guerras” y a los encargados de diseñar el mundo que vendría les tocaba la tarea de prevenir que el desastre se repitiera (spoiler: no lo lograron). En los primeros seis meses de aquel año, París se convirtió en la sede de un auténtico gobierno mundial, una Conferencia de Paz en la que los líderes de las naciones vencedoras decidirían el destino del globo.

Allí estaba Woodrow Wilson, el presidente de los Estados Unidos; Georges Clemenceau, el premier francés; y Lloyd George, el primer ministro británico. También estaban el primer ministro italiano, Vittorio Orlando, y para sorpresa de muchos, los representantes del Imperio Japonés, la nueva gran potencia global, sentada en la mesa, se supone, como igual junto a los mandatarios europeos. Pero no, obvio no, que hasta entre potencias hay niveles. Lo cierto es que los primeros tres eran los verdaderos mandamases; sostenían reuniones y tomaban decisiones sin tener en cuenta ni a italianos ni a japoneses. Las otras naciones involucradas tenían aún menos voz y voto.

La autora dice que no hay que acusar a los peacemakers por todo lo que salió mal en los 20 años que siguieron a la 1GM; ni Wilson, ni George ni Clemenceau pueden ser culpables de las acciones de otros políticos y militares entre 1919 y 1939, los años entre los que el fascismo surgió, tomó el poder, y desencadenó otra guerra mundial, aún peor que la primera.

Sin embargo, siendo sinceros, leyendo el libro de MacMillan, lo que más me impresionaba del actuar de los líderes mundiales era su miopía, y no me refiero sólo a los Tres Grandes, sino a todos ellos. Se encargaron bien de sembrar las semillas de los desastres que vendrían después. Es fácil juzgar sabiendo lo que pasó, pero a mí me queda claro que una falta de visión amplia, un pensar a futuro y globalmente, fue lo que les falló a todos. Definitivamente, la estupidez humana tiene un papel fundamental en la conformación de la historia.

Señores blancos con sombreros de copa decidiendo el destino del mundo. Lo usual.

La ignorancia de Wilson y Clemenceau, pero sobre todo de Lloyd George, sobre el mundo más allá de Europa occidental, era pasmosa. El británico era conspicuamente ignorante en todas las cuestiones de geografía; ah, pero eso sí: tenía muy en mente la Biblia y Tierra Santa, y se sabía de memoria dónde estaban todos los puebluchos polvorientos por los que había pasado el Yisus. De ahí que cuando se propuso crear una patria para los judíos creyera que la cosa seguía igual que en el Nuevo Testamento.

Franceses y anglosajones se metían el pie unos a otros constantemente. Francia quería una Alemania debilitada que no pudiera agredirla. Inglaterra temía que eso dejara a Francia con demasiado poder en Europa. Los gringos veían a los europeos como rencorosos y ambiciosos, incapaces de ponerse de acuerdo y trabajar por el bien común.

Wilson tenía ideales nobles, expresados en sus famosos Catorce Puntos, que fueron la inspiración de muchos, si bien todo mundo los entendía de forma distinta. Uno de los principales era la creación de una Liga de Naciones para resolver conflictos internacionales sin necesidad de ir a la guerra. Muy pocos entendieron ese ideal; los franceses sólo querían una alianza que los apoyara en caso de que Alemania atacase otra vez. Todas las naciones temían perder su autonomía y capacidad de gandallismo ¿y todo para asegurar la paz? No valía la pena, según el chauvinismo patriotero de la época. El proyecto nació trunco y sin dientes; los mismos Estados Unidos nunca entraron a la Liga, pues el Partido Republicano (¡cómo no!), se aseguró de que el país fuera fiel a sus principios de sólo interactuar con el mundo para joder a otros, nunca para ayudar, porque eso es comunismo.

Al final, la Liga de Naciones no pudo evitar que Stalin, Hitler y Mussolini hicieran lo que se les cantara. Tuvo que pasar la Segunda Guerra Mundial, con sus decenas de millones de muertos, para poder llevar a cabo ese proyecto en la forma de las Naciones Unidas. Poco camba: los republicanos gringos siguen pensando que eso es comunismo.



Wilson había hablado de la “autodeterminación de los pueblos”, pero ¿eso qué significaba? En muchos de los estados europeos existían grupos étnicos minoritarios que eran tratados como ciudadanos de segunda. Muchos de ellos anhelaban la posibilidad de tener un estado-nación propio. Pero, así como había un nacionalismo emancipatorio, existía un colonialismo intraeuropeo bastante culerillo. Una y otra vez, unos europeos afirmaban tener una superioridad racial y/o civilizatoria sobre otros europeos, y por ello, el derecho a gobernarlos: ingleses sobre irlandeses; italianos sobre eslavos; eslavos sobre albaneses; griegos sobre turcos… Uno pensaría que eso nomás lo aplicaban a los de pieles oscuritas en otras latitudes, pero no. Ojo, que ésta es la gente que siempre ha querido darle clases de civilización al resto del mundo.

Wilson tenía una idea que él pensaba que era noble, lógica y fácil de llevar a cabo: trazar las fronteras entre países europeos de acuerdo a nacionalidades. Parece fácil, ¿no? Simplemente demarcar como un país los territorios en los que habiten las gentes que hablan una misma lengua y se identifican con una misma nacionalidad. Si en tu pueblo hablan polaco, pos será parte de Polonia; si en un tu pueblo hablan checo, te vas con la nueva Checoslovaquia. Sanseacabó, y todos contentos, ¿no? Pos no: resulta que no sólo no era tan fácil, sino que a la larga resultó ser destructivo.

Algo que a los nacionalistas se les olvida es que el concepto de estado-nación es muy nuevo en la historia de la humanidad. El estado-nación no tiene nada de sagrado, es simplemente una de tantas formas en las que las sociedades humanas se han organizado. La idea de un pueblo que comparte lazos de sangre, una esencia única, y una tierra madre delimitada por fronteras claras, es un mito, pero ¡cómo se lo han tragado, y cuánto daño ha hecho! Es importante que lo entiendan, especialmente los morritos que están descubriendo el hechizo del blood and soil, como forma de sentirse parte de algo, para que mejor busquen su identidad en, no sé, el fandom de Steven Universe o algo así…

Miren, los movimientos migratorios y los cambios demográficos que se habían dado durante siglos en Europa harían de la idea de territorios bien delimitados, para grupos étnicos bien definidos, algo irrisorio, si no hubiera sido tan pinches peligroso. Tu región, completamente habitada por gente que habla polaco, podía estar rodeada por territorios en donde se hablaba ruso o magiar, y lejos del resto de las regiones polacas. Una región podía tener una docena de aldeas en las que un tercio de los habitantes hablara checo y el resto, alemán. Había ucranianos que no se sentían ucranianos, porque eran católicos, no ortodoxos, a diferencia de los otros ucranianos. Quesque croatas y serbios eran parientes porque hablan dialectos distintos de la misma lengua; pero los croatas eran católicos que escribían con caracteres latinos y los serbios eran ortodoxos que escribían con caracteres cirílicos. Comunidades dentro del Imperio Otomano eran supuestamente de ascendencia griega, pero ninguna de ellas hablaba griego ya.

Eso no era todo. Los países falseaban los censos demográficos para afirmar que tal o cual territorio tenía una mayoría de connacionales a los que había que anexar. O a lo mejor ya hablaban otra lengua y tenía otra religión, pero hombre, eso es por tantos años de dominación extranjera; en realidad, son otra cosa.



Cuando las pretensiones demográficas fallaban, cada país podía presentar reclamos históricos sobre ciertos territorios. Es que este terreno fue de Polonia en el siglo tal, pero de Lituania en otro siglo; esto de acá fue parte de Serbia, pero antes de eso era de Bulgaria. Que este es mi terreno, yo lo trabajé. Con decirles que griegos e italianos apelaron a los imperios helenístico y romano para hacer reclamos territoriales. Si no se les ocurría otra cosa, podían argumentar “mi país necesita ese territorio para sobrevivir”.

Al final fue un desastre. Comunidades enteras quedaron bajo el gobierno de otras nacionalidades; los sueños frustrados y los rencores dieron paso a la hostilidad; en algunos casos se dieron matanzas, linchamientos masivos de pobladores minoritarios. Muchos grupos humanos fueron obligados a migrar, abandonar los pueblos en los que habían vivido por centurias, para establecerse en otras naciones, en las que hablaban su misma lengua, pero en donde los habitantes no eran amigables, ni les daban la bienvenida.

¡Y eso era en Europa! Obviamente, todo este asunto de la libre autodeterminación de los pueblos, y que cada “raza” tuviera su propia estado-nación no aplicaba a los territorios en Asia y África (según los ingleses, tampoco contaba para Irlanda, cómo creen). En una reunión alguien dijo que se debería dejar a la gente elegir bajo qué gobierno quería vivir, y los demás dignatarios se rieron con desdén. ¡Qué ocurrencias! Las antiguas colonias de Alemania en África se repartieron entre los vencedores, sin tener en cuenta a la población nativa. Francia e Inglaterra se dividieron el Medio Oriente, según el infame acuerdo de Sykes-Picot, traicionando la promesa de crear un reino unificado e independiente para sus aliados árabes. Con ello, sentaron las bases para el siguiente siglo de desmadres en la región, que nos siguen quitando la tranquilidad hasta hoy.



Los peacemakers tuvieron otras oportunidades de iniciar transformaciones para hacer del mundo un lugar mejor. Pero no, les faltó visión. Y huevos.  En 1919 un grupo de sufragistas se entrevistó con Wilson y le pidió que incluyera los reclamos de su movimiento, así como una delegación femenina, en la Conferencia de Paz. Él simpatizaba con la idea, pero cuando la planteó a sus colegas, Lloyd George y Clemenceau se encogieron de hombros, los italianos dijeron que eso era un asunto doméstico de cada país y los japoneses alegaron que sus waifus estaban muy felices siendo sumisas, gracias, así que la cosa no volvió a ser discutida jamás.

Por su parte, los japoneses intentaron introducir una cláusula sobre igualdad de razas. Pero ¡pos cómo! Los ingleses dijeron “ay, es que mis camaradas de Australia y Sudáfrica no van a querer que no los dejen discriminar a los nativos”; Wilson dijo “ay, es que mis camaradas de los estados del sur no van a querer renunciar a su sagrada tradición de ser unos racistas de mierda”; y así por el estilo. Tampoco rindió frutos.

Italia había entrado en 1915 a la guerra por la promesa de Francia e Inglaterra de darle territorios en los Balcanes y en Anatolia; era el secreto Tratado de Londres. Woodrow Wilson, cuyo país entró a la guerra hasta 1917, prometía una nueva diplomacia internacional, sin tratados secretos, sin repartición arbitraria de los territorios. Ternurita. Negocios turbios como el Tratado de Londres no tenían cabida en el nuevo orden internacional que se quería crear. De modo que los italianos se retiraron de la Conferencia de Paz, llorando, rabiando y dando pisotones, con ganancias territoriales mínimas. Ahí nace el mito de la “victoria mutilada”, parte de la narrativa revanchista del fascismo italiano.



Alemania había sido derrotada en batalla, pero lo cierto es que ni la misma Alemania se lo creía. El mito de la “puñalada por la espalda” nació poco después de armisticio. Después del fallido intento de ofensiva contra los Aliados en Frente Occidental en verano de 1918, el jefe supremo de las fuerzas armadas del Imperio Alemán, y villano de la Mujer Maravilla, Erich Luddendorff, tras tener un colapso nervioso, anunció que la guerra estaba perdida. No pasó más de un mes sin que Luddi cambiara por completo su historia y empezara a rumiar que en realidad sus tropas nunca habían perdido, sino que el gobierno alemán lo había traicionado.

No tardó en culparse a los judíos por eso. Porque así funciona la mente de los conspiranoicos antisemitas: “¿perdimos la guerra porque no podíamos sostener solos una lucha contra prácticamente todos los países del mundo? No, debe ser que los judíos nos traicionaron, eso tiene sentido”. Es como ahora que salen con “¿Ahora se aceptan más el feminismo y los derechos lgtbq+ porque las sociedades cambian y evolucionan con el tiempo? No, debe ser que los judíos lo están planeando todo para extinguir a la raza blanca, eso tiene sentido, dubidubidú”.


Después de meses de negociaciones, el Tratado de Versalles se firmó el 28 de junio de 1919. McMillan sostiene que no fue tan severo con Alemania como se suele pensar. Perdió gran parte de su territorio y todas sus colonias en África, además de que fue obligada a reconocerse como responsable por la guerra. Pero las onerosas reparaciones económicas que se le exigían, en la práctica apenas y se le cobraron. La desmilitarización que debía llevar a cabo no fue vigilada como se suponía. Con lo culero que había sido el Segundo Reich durante la guerra, hasta diríamos que le fue bien. No se puede culpar al Tratado de Versalles del ascenso del nazismo, dice MacMillan. Pero ciertamente Adolf Hitler utilizó la narrativa del castigo desproporcionado e injusto para alimentar las fantasías revanchistas del pueblo alemán. El resto es una historia bien conocida.

El libro de Macmillan es buenísimo, y no trata solamente de lo ocurrido durante los meses de la Conferencia de Paz, sino que ofrece perfiles y biografías de cada uno de los pesos pesados (¡vaya personajes!), da muchísimos antecedentes (más varios datos curiosos), y también cuenta lo que ocurrió en los países beligerantes en los años que siguieron inmediatamente a la Gran Guerra. Hubo conflictos bélicos en todas partes, la cosa fue un desmadre absoluto, y sería muy divertido de narrar, si no hubiera habido tantos muertos. Es por eso que se los contaré en la próxima entrada. Hasta entonces y muchos saludos.



PD: Todas mis entradas sobre la Gran Guerra:


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