miércoles, 2 de octubre de 2019

A sangre y fuego


Detalle de Guernica de Pablo Picasso


A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945) es un breve, pero fascinante libro en el que el historiador italiano Enzo Traverso hace un análisis de la catástrofe que barrió a Europa en la primera mitad del siglo XX, un ciclo de violencia que incluyó conflictos bélicos de alcance global, guerras civiles, revoluciones, dictaduras, genocidios y crisis económicas. 

Más que hacer una narración de las dos guerras mundiales y el periodo de entreguerras, Traverso trata de encontrar qué significó esa época y cómo transformó para siempre la historia, no sólo de Europa, sino del mundo. Para entender el libro, es necesario saber a grandes rasgos qué fue lo que pasó aquellos años, pero no es imprescindible conocerlo a profundidad; si recuerdas tus clases de prepa, será suficiente.

Suelen enseñarnos las guerras mundiales como si fueran dos eventos claramente separados el uno del otro, con años de paz entre el final de una y el principio de la otra. Traverso argumenta que estos 31 años pueden entenderse como una “guerra civil europea”, comparable a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y al ciclo de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas (1789-1815), que curiosamente tomaron también alrededor de tres décadas cada una. Entre las dos guerras mundiales se desataron también guerras civiles, revoluciones y dictaduras que dejaron miles de muertos, estableciendo un continuo entre una guerra mundial y la siguiente.

Stormtroopers con máscaras de gas de Otto Dix

El libro está dividido en dos partes. En la primera, el autor analiza las características definitorias de esta Guerra Civil Europa, resaltando su inusitada violencia. Contrario a lo que se suele creer, la barbarie de las guerras mundiales no significó un “regreso a tiempos más salvajes”, sino que adquirió un carácter único, propio de la modernidad.

La guerra total, es aquélla en la que no se trataba de vencer al ejército enemigo, sino de exterminar por completo a la facción contraria. Los bombardeos aéreos contra la población civil, los bloqueos navales para matar de hambre a una nación completa, y el genocidio mecanizado a gran escala, fueron inéditos en su momento, e inconcebibles para una civilización preindustrial.

La Primera Guerra Mundial inició en 1914 como un tradicional enfrentamiento bélico entre potencias. Pero no tardó mucho en degenerar en una guerra total, que incluyó a su vez insurrecciones, conflictos civiles y una gran revolución, la rusa. Para 1918, cuando terminó la guerra, todo se había quebrado. No sólo habían desaparecido cuatro grandes imperios, sino que la misma civilización parecía haberse reducido a cenizas. Los años que siguieron fueron de extrema violencia, con varios casos de persecuciones políticas, deportaciones masivas y genocidios que culminarían en el Holocausto.

La Segunda Guerra Mundial no era solamente un conflicto entre imperios. Fue también una serie de guerras intestinas en el seno de las naciones ocupadas por el Eje o gobernadas por regímenes fascistas. Los partisanos en Italia y los Balcanes, así como la Résistance en Francia, en su lucha contra los fascistas locales y extranjeros, son la figura representativa de este conflicto. En general, no se trataba solamente de un duelo entre potencias, sino una lucha a muerte entre ideologías.

Milicianas republicanas en la Guerra Civil Española

Las atrocidades cometidas por las potencias del Eje son bien conocidas, pero no podemos olvidar las que perpetraron los mismos Aliados, como los bombardeos de la aviación británica sobre las ciudades alemanas, o las violaciones contra miles de mujeres llevadas a cabo por los soviéticos. Sin embargo, Traverso hace notar que, a pesar de que los crímenes de los Aliados fueron terribles, no se puede establecer una equivalencia con la extrema crueldad de lo que hizo el Eje.

Por cierto, que el autor señala que el impacto cultural del Holocausto en su momento no fue tan tremendo. Se sumó a la lista de crímenes cometidos por el Eje como uno más, y tanto los intelectuales como el público en general tardaron mucho en dimensionar el alcance y significado de lo que había ocurrido en los campos de exterminio nazis.

También se demuestra la falta de visión histórica en los líderes de las naciones Aliadas. Una vez terminado el conflicto, se juzgó al enemigo en Nuremberg y Tokyo. Pero tras algunas condenas y ejecuciones, ante la amenaza de la Guerra Fría, los mandos Aliados comenzaron a dar amnistías o simplemente a hacerse de la vista gorda. Funcionarios de los regímenes de Hitler y Mussolini no sólo salieron indemnes, sino que pudieron volver a trabajar en los gobiernos de sus países.



De forma paralela, surgió el mito de la guerrilla antifascista como un brazo armado del comunismo soviético. En realidad, las diferentes guerrillas conjuntaban a múltiples actores, y ni de lejos fueron todos comunistas, menos aún estalinistas. La narrativa miope del liberalismo de la posguerra, insistente en equiparar a la Rusia de Stalin con la Alemania de Hitler, borró a los guerrilleros de las narrativas heroicas, por considerar su tipo de lucha (fuera de la legalidad y de las jerarquías de gobiernos y ejércitos), como una inspiración peligrosa.

La segunda parte trata de uno de los aspectos en los que Traverso es especialista: la relación entre los hechos históricos y las corrientes de pensamiento contemporáneas a los mismos. El historiador nos habla de las reacciones de los intelectuales y artistas a estos acontecimientos, y su influencia en ellos. Qué arte, qué literatura, qué filosofía emergieron de estos años, y cómo le dieron forma a la cultura contemporánea.



De especial interés para los lectores contemporáneos será el análisis de la ideología nazi, y de cómo se configuró una intelectualidad antifascista que defendía la herencia de la Ilustración; una alianza tácita o explícita, que incluía a liberales, marxistas, cristianos, etc. Muchos dejaron de lado sus diferencias para luchar contra el enemigo común. Aquí sí me gustaría citar al completo una página:

Si bien está más allá de toda discusión que el antifascismo incluía una pluralidad de corrientes (marxista, cristiana, liberal, republicana) y no presentaba un perfil único, lo cierto es que sus diferentes componentes reclamaban el legado de la Ilustración. Esta base de sus valores era universalmente aceptada, incluso por los comunistas, que trataban de reconciliar la defensa de la democracia en Occidente con la apología de la dictadura soviética en Rusia. En un análisis final, fue el fascismo el que cimentó la unidad de sus enemigos.

El antifascismo oponía el pacifismo y cierto espíritu cosmopolita al misticismo de la nación y la guerra. Oponía los principios de igualdad, democracia, libertad y ciudadanía, a los valores reaccionarios de la autoridad, jerarquía y raza. Al irracionalismo vitalista y antihumanista de los defensores del régimen totalitario, el antifascismo se inscribía con fuerza en las tradiciones de la Ilustración, en su concepción universal de la humanidad, su racionalismo y su idea de progreso. Contra el fascismo antiliberal, con su culto a la masa y el líder, oponía el estado de derecho, con su pluralismo y libertades individuales.

En pocas palabras, el fascismo y el antifascismo se enfrentaron movilizando sus respectivos valores, sus mitos fundacionales, sus conmemoraciones, sus banderas, sus cantos y sus rituales. Contra la religión política de la fuerza del fascismo, el antifascismo impulsó la religión civil de la humanidad, la democracia y el socialismo.

Tal fue el ethos que, en un contexto histórico que era excepcional y necesariamente transitorio, hizo posible aglutinar cristianos y comunistas ateos, liberales y colectivistas. Esta convergencia descansaba en un cimiento mínimo, pero esencial, que relegó al segundo plano concepciones que en otras circunstancias habrían sido irreconciliables.


Esa generación de intelectuales, dice Traverso, es comparable a la de los philosophes del Siglo de las Luces francés, cuyas ideas, a pesar de sus diferencias, fueron parte también de una lucha que determinó el destino de la historia. El caso de esa breve, pero trascendental alianza, debería servirnos de inspiración en los tiempos presentes.

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