jueves, 30 de agosto de 2018

La violación de Bélgica




La historia de la Primera Guerra Mundial suele leerse como una tragedia, producto de la arrogancia y estulticia de los grandes imperios, más que como una lucha heroica contra el mal, como es el caso de la Segunda. Pero aquella Gran Guerra entre 1914 y 1918 no estuvo exenta de sus atrocidades, actos de violencia y abuso en los que no hay duda de cuál es la mano criminal. Incluso, hay actos de heroísmo. Ésta es la historia de la destrucción de Bélgica.

El brillante plan

Este pequeño país sobre las costas del Mar del Norte había obtenido su independencia en 1839, cuando se firmaron los Tratados de Londres para garantizar que el nuevo reino sería completamente neutral en cualquier conflicto europeo. El acuerdo fue aprobado por las principales potencias del continente, incluyendo al Reino Unido, Francia y Prusia.

Muchas décadas más tarde, cuando Prusia ya se había convertido en el Imperio Alemán, y el país más poderoso en la Europa continental, las tensiones con su vecina Francia anunciaban que una guerra llegaría tarde o temprano. Adelantándose a esta prospectiva, el mariscal Alfred von Schlieffen elaboró el plan de ataque que llevaría su nombre.

El Plan Schlieffen pretendía ser la receta para invadir Francia sin tener que pasar por sus formidables defensas, el sistema de fortalezas que se extendía a lo largo de la frontera con Alemania. Sería mucho más fácil, pensaban, atravesar Bélgica y Luxemburgo, países que no deberían ofrecer mucha resistencia, y asaltar Francia desde el norte.



Los planes de Alemania a lo largo de la Gran Guerra están llenos de wishful thinking. Pensaron que tal vez podrían ir a la guerra con Rusia sin que Francia interviniera. Incluso tuvieron el descaro de pedirle a Francia que entregara sus fortalezas fronterizas a manera de garantía por su neutralidad, siendo los alemanes los que necesitaba rogar porque Francia se mantuviera neutral.

Luego pensaron que podrían invadir Bélgica, violando los Tratados de Londres, no traería a Gran Bretaña a la guerra. Tenían la esperanza de llegar hasta París antes de que los británicos pudieran movilizarse. Por último, pensaron que podrían declarar una guerra submarina indiscriminada contra todos los navíos que cruzaran el Atlántico y aún así esperar que Estados Unidos se mantuviera neutral, o que Gran Bretaña se rendiría antes de que los americanos pudieran movilizarse.

En 1914 dieron otro de esos ejemplos de wishful thinking: que Bélgica dejaría pasar a las tropas alemanas por sus territorios, que se contentarían con mirar de lejos, que a lo mucho emitirían una protesta para no quedar mal. Que el ejército del Reich intimidaría tanto a los pacíficos belgas, que no se atreverían a ofrecer resistencia. Estaban equivocados.

El rey improbable



En 1904 el rey Leopoldo II[1] de Bélgica fue invitado por el káiser Wilhelm a pasar un tiempo en Berlín. Ahí, el imponente monarca de largas barbas y tipo marcial conoció lo que es palidecer de miedo. Wilhelm lo “invitó de la forma más amable” a considerar el proyecto de unirse al Imperio Alemán en una posible guerra contra Francia. A cambio, le entregaría parte del país galo derrotado.

Leopoldo se quedó boquiabierto y no halló nada más prudente que tomarse a broma lo que decía el Káiser. Pero a Wilhelm no le causó gracia y, en uno de sus característicos ataques de furia, vociferó que con él no se podía jugar y que quien no estaba de su parte estaba en su contra. En caso de guerra, no habría amistad que valiera, sólo consideraciones estratégicas. Leopoldo quedó en un estado de shock tal, que salió del palacio real con el casco puesto al revés.

El rey belga murió en 1909. Su heredero no era quien él habría querido. Hijo menor de un hijo menor, no se suponía que el príncipe Albert heredara el trono. Introvertido y reservado, tenía al mismo tiempo un hambre insaciable de lecturas y un amor al aire libre y la actividad física. Lo misma leía dos libros en un solo día, que pilotaba aeroplanos y escalaba montañas.



Como rey se tomó su trabajo muy en serio. Impulsó políticas progresistas para mejorar la calidad de vida de la gente. Quería creer que Alemania no violaría la neutralidad de Bélgica, no se hacía muchas ilusiones. Como monarca no tenía mucho poder en tiempos de paz, y no podía nombrar a jefes del Estado Mayor. Pero podía tener a un “asesor militar” y eligió para ese puesto a Emile Galet.

Galet era hijo de un zapatero en un reino en el que los altos mandos del ejército eran nacidos en la aristocracia. Mientras entre las mentes militares predominaba la doctrina de la ofensiva, el serio y dedicado Galet previó que en una guerra industrial la defensa tendría la ventaja. Con él a su lado, Albert tenía una clara visión del conflicto por venir.

A principios de agosto de 1914 sucedió lo que temían: el Reich envió un ultimátum a Bélgica. En él, acusaban a Francia de haber iniciado bombardeos contra ciudades alemanas y de estar avanzando hacia Bélgica. Si Bélgica permitía que las tropas alemanas pasaran sin problemas, prometían respetar la independencia del país, compensarlo económicamente por cualquier perjuicio sufrido durante la ocupación y sacar a su ejército tras el fin de las hostilidades. Todo era mentira.

Albert dijo que no.

La resistencia y la violación



El ejército belga ofreció una difícil pero valiente resistencia ante la invasión alemana. Albert dirigió las operaciones de defensa con su notable capacidad de planeación. Llamado “el primer soldado de Bélgica”, de los 200 mil que formaban su ejército, permaneció en el frente de batalla durante los cuatro años que duró la guerra y, siguiendo las estrategias defensivas de Galet logró mantener la esquina noroeste de su país fuera de la ocupación alemana. Para evitar que las tropas del Káiser llegaran al mar, Albert hizo romper diques para inundar caminos y campos, haciéndolos infranqueables. Cuando regresó a Bruselas, en 1918, fue recibido como héroe.

Pero hubo una buena parte de Bélgica que sí fue ocupada por los alemanes y allí fue donde ocurrió lo que los medios británicos llamaron The Rape of Belgium.

Los aristocráticos oficiales prusianos consideraban que los pueblos democráticos como el belga eran demasiado revoltosos y temían que se organizara una guerrilla civil. Desde las primeras semanas de la ocupación, las fuerzas alemanas usaron el terror para disuadir cualquier resistencia armada, y así vinieron las atrocidades.



Por toda Bélgica central y oriental, en las primeras semanas de la ocupación, los alemanes fusilaron civiles masivamente: Aarschot (156 muertos), Andenne (211), Tamiens (383), Dinant (674). Los soldados no distinguían entre hombres, mujeres y niños. Un rumor sobre posibles rebeldes era suficiente para hacer que los alemanes montaran en cólera y asesinaran a civiles de forma prácticamente aleatoria.

Además, las tropas se dieron a la violación como mecanismo de terror. No se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres belgas fueron violadas por los alemanes, pero se considera que tal crimen era por lo menos tan común como los asesinatos. Ustedes piensen en los números.

Por alguna razón, las tropas se ensañaron contra miembros del clero católico. Decenas de curas y monjas fueron fusilados. En la provincia de Brabante, un grupo de monjas fueron desnudadas por los soldados con el pretexto de que podrían esconder armas o equipo de espionaje. Según algunos relatos, también ellas fueron violadas.

Poblaciones enteras fueron reducidas a cenizas y los pobladores fueron deportados u obligados a huir. Las iglesias y otros edificios altos eran derruidos por miedo a que pudieran ser usados por los francotiradores. En Leuven 248 personas murieron por el incendio provocado adrede por los alemanes, mismo que destruyó la milenaria biblioteca de la ciudad, junto con los manuscritos medievales que contenía. Los 10 mil habitantes del pueblo fueron expulsados por la fuerza.



Más de 100 mil civiles belgas fueron deportados hacia Alemania y obligados a trabajar en las fábricas de armas y municiones. Algunos de ellos también fueron llevados al frente occidental para construir caminos y búnkers para los alemanes.

Seis mil civiles fueron ejecutados durante la violación de Bélgica, y otros 17,700 murieron durante la expulsión, la deportación o el encarcelamiento. En total, 23,700 civiles belgas murieron a manos de los alemanes y más de 10 mil quedaron lisiados. Más de 18 mil niños quedaron huérfanos.

Los altos mandos militares del Imperio Alemán toleraron, y en algunos casos alentaron, estos crímenes.

Exterminate all the brutes!



Los Aliados aprovecharon esta situación a su favor. La destrucción de Bélgica era una muestra de la brutalidad germánica, la prueba de que el Reich representaba una amenaza para la civilización. Parecería difícil exagerar las atrocidades alemanas, pero la propaganda británica y francesa (y más tarde, la americana) lo hizo, reportando a menudo falsedades.

Con el paso de los años eso se volvió contraproducente. Ante las evidencias de que muchas de las acusaciones fueron exageradas o falsas, se empezó manejar el discurso de que todo lo ocurrido en Bélgica había sido un invento propagandístico. El negacionismo de estos crímenes se volvió parte del discurso revanchista teutón de entreguerras. Al mismo tiempo, la experiencia de los mismos marcó al ejército alemán.

Años antes, bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica, se cometió uno de los crímenes más atroces de la historia reciente: el genocidio de los nativos del Congo. Sometidos a la explotación, las matanzas y castigos brutales que incluían la mutilación, cerca de 15 millones de congoleses murieron entre 1885 y 1908. El Congo no era una colonia belga, sino propiedad personal de Leopoldo II, uno de los mayores genocidas de los últimos dos siglos.



Después, entre 1904 y 1908, el Reich había llevado a cabo otro genocidio, el de los pueblos Herero y Nama en las colonias alemanas del África Occidental: 65 mil víctimas mortales han sido reconocidas por la Alemania actual, pero el número ha sido estimado hasta los 100 mil. Para ello, se implementaron los primeros campos de concentración.

Al mismo tiempo que la destrucción de Bélgica ocurría, el Imperio Austro-Húngaro, aliado del Reich Alemán, llevaba a cabo sus propias atrocidades en Serbia. Para combatir la resistencia, los austriacos ejecutaron a prisioneros de guerra, asesinaron civiles y llevaron a cabo violaciones masivas. Unos 3,500 civiles serbios perdieron la vida sólo en las primeras dos semanas de la invasión austriaca; 450 mil en total durante los cuatro años de guerra. Por órdenes de Conrad von Hötzendorf, los ejecutados eran colgados en lugares públicos y se les tomaban fotografías para distribuirlas como instrumentos de terror.



La otra de las Potencias Centrales, el Imperio Turco Otomano, superó a sus aliadas. A partir de 1915 y durante el resto de la guerra, e incluso más allá, los turcos llevaron a cabo el exterminio sistemático de los armenios en su territorio, de quienes se temía que pudieran ayudar a Rusia a atacar al Imperio. Hombres, mujeres, niños, ancianos, fueron ejecutados en masa, obligados a trabajar hasta morir, o forzados a marchar a través de los desiertos de Siria hasta que fallecían. Un millón y medio de armenios perdieron la vida. El gobierno alemán se hizo a la vista gorda, a pesar de los reportes de sus alarmados dignatarios en Turquía.

Todos estos crímenes, que merecen ser tratados cada uno por su cuenta, son antecedentes de la brutalidad con la que las huestes de Hitler marcharían sobre Europa dos décadas más tarde. El camino hasta Auschwitz fue largo y sinuoso, y en 1914 pasó por Bélgica.

Fuentes:




[1] Como dato curioso, Leopoldo era el hermano de Carlota Amalia, emperatriz de México y esposa de Maximiliano de Habsburgo.

1 comentario:

tua dijo...

Cuando uno quiere odiar a los alemanes y ponerlos como los malos vemos que a los Belgas que a pesar de haber sufridos estas violaciones también hicieron de las suyas en África.
Claro que eso no quita lo condenable de lo que hicieron los alemanes.

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