jueves, 15 de noviembre de 2018

Dioses y Monstruos. Parte I: Mary





El 30 de agosto de 1797 fue un día muy triste. Mary Wollstonecraft daba a luz a la hija que había concebido con William Godwin. Pero la madre enfermó rápidamente de complicaciones posparto y la hija parecía demasiado pequeña y débil como para sobrevivir. Wollstonecraft, en efecto, falleció a los pocos días, dejando a una hija huérfana, a un esposo viudo e inconsolable, y a una bebé que parecía que la seguiría a la tumba poco después. Sin embargo, la bebé vivió para convertirse en una de las más grandes escritoras del Romanticismo, autora de uno de los mitos modernos más influyentes de la cultura occidental: Mary Wollstonecraft Godwin Shelley, creadora de Frankenstein.

Publicada en 1818, Frankenstein o el moderno Prometeo, está cumpliendo 200 años de edad. Para celebrarlo, he aquí una serie de textos sobre la autora, su monstruo y la duradera influencia que ha dejado en nuestra cultura. Brindemos, pues, por un nuevo mundo de dioses y monstruos.

Mary Wollstonecraft fue una de las más notorias pensadoras de la Ilustración inglesa y precursora del feminismo con su Vindicación de los derechos de la mujer. Personaje fascinante y digno de admiración, fue una mujer fuerte que desde muy joven se encargó de sus hermanas menores, se atrevió a vivir sola y trabajar en un mundo que esperaba que las mujeres pasaran del hogar del padre al del marido; fue educadora, fundó escuelas, visitó la Francia de tiempos de la Revolución, se enfrentó a intelectuales de la talla de Edmund Burke y fue condenada por sus ideas sobre la igualdad de los sexos y la necesidad de una educación racional. Se decía que sus enseñanzas serían la destrucción de la sociedad inglesa, pero fueron la inspiración de generaciones siguientes.

William Godwin era considerado también un radical peligroso. Abiertamente ateo en un mundo en el que serlo equivalía a ser considerado una bestia inmoral, escribió Justicia política, uno de los textos precursores del anarquismo moderno. Godwin rechazaba la institución del matrimonio, junto con otras convenciones sociales. Él y Mary Wollstonecraft empezaron como amantes, y sólo se casaron cuando ella quedó embarazada. Verán, aunque ambos pensaban que el matrimonio era un atavismo que sólo oprimía a las mujeres, sabían también que una madre soltera era vulnerable en un mundo tan sexista. Mary lo sabía muy bien: ella tenía una hija, Fanny, de una relación anterior. Así que William y Mary se casaron en una modesta ceremonia, y él adoptó a la pequeña Fanny como su hija.

Mary Wollstonecraft y William Godwin

Estos extraordinarios seres eran los progenitores de la pequeña Mary. Su madre, aunque nunca tendría conversaciones con ella, la educaría a través de sus obras y sería una enorme influencia en su forma de pensar y sus decisiones de vida. Godwin la educó para reverenciar a su madre, y hasta le enseñó a leer en la inscripción de su tumba. Crecida en la casa del filósofo, a su vez frecuentada por pensadores y artistas radicales de la época, la pequeña Mary recibió la más exquisita educación intelectual. Era una niña de talento extraordinario y modales refinados que despertaba la admiración de todos quienes la conocían.

Cuando Mary tenía cuatro años Godwin se casó en segundas nupcias con Mary-Jane Clairmont, con quien su hijastra tendría siempre una relación difícil. La hija de Mary-Jane, Claire, sería amiga, hermana y rival de su coetánea Mary, y permanecerían muy unidas a lo largo de toda su juventud. Mientras Mary era comedida e intelectual, Claire era pasional y desinhibida.

En 1814 Mary conoció a uno de los admiradores de su padre, el joven poeta y aristócrata Percy Bysse Shelley. Ella tenía apenas 16 años; él, 21 y estaba ya casado y tenía un hijo. Eso no impidió que los dos jóvenes iniciaran una relación clandestina. Shelley pasaría a la fama como una de las figuras más destacadas del Romanticismo inglés, pero en ese tiempo no era más que un escandaloso jovenzuelo que había sido desheredado por su padre y que recibía el rechazo de la buena sociedad por sus ideas revolucionarias y su ateísmo.

El romance de Mary y Shelley

Pero si bien su radicalismo político le ganó la simpatía de su futuro suegro, sus atrevimientos típicamente románticos resultaron ser demasiado. Ese mismo año Shelley, Mary y Claire escaparon juntos al Continente, y recorrieron la Francia posnapoleónica como Mary Wollstonecraft había recorrido la revolucionaria. Llegaron hasta Suiza y navegaron por el Rin.

En cierta ocasión, Shelley y Mary se separaron de la encimosa Claire y pasearon a las afueras de una aldea que descansaba bajo la sombra de un ruinoso castillo. La joven pareja pagó a un campesino para que les contara la historia de ese lugar. Allí había nacido y vivido Johan Konrad Dippel, un alquimista del siglo XVII que estaba obsesionado con encontrar la cura contra la muerte y el secreto de la inmortalidad. Mary Godwin nunca olvidaría esa historia ni el nombre de ese lugar: Frankenstein

El verdadero Castillo Frankenstein

Pero fuera de algunos episodios como aquel, el viaje no fue la escapada romántica que la joven Mary esperaba. Pasó muchas penurias e incomodidades; tuvo que soportar los obvios avances de Claire hacia Percy, a los cuales él no era indiferente, y al final la aventura les trajo desgracia y ostracismo.

Con el paso de los años y la influencia de Mary-Jane, Godwin se había vuelto un tipo mucho más convencional. Si Mary creía que estaba viviendo bajo los ideales radicales y rebeldes de su madre, el padre decidió que el escándalo de haber huido con un hombre casado era demasiado para el honor de la familia. Mary fue repudiada por su padre, el hombre que debió amarla incondicionalmente y que la arrojó al mundo para vivir en desgracia cuando ella apenas dejaba de ser una niña. Para que las cosas se complicaran más, resultó que Mary estaba embarazada de Shelley.

Las dos hermanastras y el poeta se fueron a vivir juntos a Londres, en la pobreza y bajo la mirada desaprobadora de la sociedad. Conforme el embarazo de Mary progresaba y ella se hacía menos divertida y deseable para Shelley, él empezó una relación intermitente con Claire. En febrero de 1815 Mary dio a luz su primer bebé, una niña pequeñita que murió a los pocos días. El nacimiento de Mary le había costado la vida a su madre, y ahora ella vivía mientras su bebé había muerto. La muerte inexorable la seguiría de cerca por siempre.

Poco a poco Mary superó la profunda depresión en la que se sumió la muerte de su primera hija. A principios de 1816 volvió a embarazarse y dio a luz a un hermoso y sano varón, bautizado William.

William Shelley
Shelley, por su parte, había conocido y trabado amistad con la celebridad más infame de su época, el poeta George Gordon, mejor conocido como Lord Byron. Promiscuo, bisexual, arrogante, manipulador, carismático, genial, Byron se convirtió en el arquetipo del héroe romántico en Inglaterra. Claire, sin poderlo resistir, inició una relación romántica con él.

Lo curioso es que si Byron era un manipulador mujeriego que recogía y desechaba amantes serialmente (Claire fue una de ellas), siempre demostró un gran respeto por Mary. Nunca intentó seducirla y la trataba como su igual a nivel intelectual. Le importaban mucho sus opiniones literarias y filosóficas, y en varias ocasiones le comisionó poner en orden y editar sus poemas.

Mary, Shelley, Claire y el pequeño William viajaron en el verano de 1816 a Ginebra para encontrarse con Lord Byron, a quien acompañaba su médico personal, el joven John Polidori. Rentaron una casona, Villa Diodati, junto al lago para emprender desde ahí excursiones. Pero aquél fue conocido como “el año sin verano”, por las heladas tormentas que trajo. La pandilla de rebeldes románticos se quedó varada en casa durante varios días y, sin más para entretenerse, leían historias de fantasmas o conversaban sobre las maravillas de la ciencia moderna.

Villa Diodati

En una de esas veladas, a Byron se le ocurrió una idea: que cada quien escribiera una historia de espantos para leer ante todos los demás unas noches después. La tormenta rugía allá afuera Mary cuenta que cuando se fue a dormir. Ella misma lo cuenta:

“Cuando coloqué la cabeza en la almohada no dormí, pero no se podía decir que pensaba. Mi imaginación, desatada, me poseyó y me guió, regalándome las imágenes que despertaron en mi mente con una viveza mucho más allá de las fronteras de la ensoñación. Miré –con los ojos cerrados, pero con clara visión mental- al pálido estudiante de artes impías arrodillado frente a la cosa que había ensamblado. Vi al horrible espectro de hombre tendido cual largo era y entonces, bajo los efectos de un poderoso mecanismo, mostrar signos de vida.”

Cuando Mary leyó su breve cuento a sus compañeros, éstos quedaron impresionados. En cosa de unos días, la joven de diecinueve años había concebido una de las obras más influyentes de la ciencia ficción y el horror gótico. Shelley la animó a transformar el relato en una novela, labor a la que se avocó durante los siguientes nueve meses. La novela sería publicada en enero de 1818.

Un retrato moderno de la joven Mary
De regreso a Inglaterra en otoño del 16, la muerte siguió acosando a Mary. Su media hermana Fanny, la única otra hija de Mary Wollstonecraft, se suicidó deprimida. Harriet, la esposa de Percy Shelley, desesperada por el abandono en que la tenía el poeta, se quitó la vida poco después. La culpa por estas dos muertes acompañaría a Mary por mucho tiempo, incluso después de que ella y Percy Shelley se casaran a finales de ese mismo año.

Poco después se mudaron a Italia, donde pasaría los siguientes años de su vida, siempre cerca de Lord Byron. Allí Mary dio a luz a su hija Clara. Pero las tragedias de nuevo llovieron sobre su casa. Percy Shelley apoyaba a Mary en su labor literaria y de palabra decía creer en la igualdad de los sexos que había proclamado Mary Wollstonecraft. Pero en la realidad, era un hombre inmaduro que no ayudaba en las labores del hogar ni en el cuidado de los pequeños (fuera de jugar con ellos de vez en cuando). Esperaba que Mary lo atendiera, lo consolara y lo admirara, y que ella lo pusiera todo en segundo plano para hacer lo que él necesitara. Si Mary estaba muy ocupada criando a sus hijos o agobiada por la depresión, él se alejaba y buscaba satisfacción en alguna otra mujer.

En septiembre de 1818 murió Clara, con apenas un año de edad. En junio siguiente falleció el pequeño William, de tan sólo tres. Mary, embarazada de su cuarto hijo, estaba devastada. Percy Junior nació en noviembre de 1819 y Mary volcó toda su esperanza y amor en él. Frustrado porque Mary no le hacía caso, Shelley se dejó encantar por Jane, esposa de su amigo Edward Williams.

En junio 1922, Mary tuvo un aborto espontáneo y recayó en la depresión. Su relación con Shelley se había deteriorado mucho y él, como de costumbre, huyó de la incomodidad emocional para emprender un viaje en velero junto con Edward Williams. Ambos se ahogaron en una tormenta.

Antes de cumplir los 25 años, Mary Wollstonecrat Godwin Shelley había dado a luz a cuatro criaturas, perdido a tres de ellas, y enviudado. Shelley y Byron la habían marcado. Los hombres, sedientos de gloria y fama, hacen lo que sea por conseguirla y no les importa abandonar a sus familias y destruir a sus seres queridos para lograrlo. Estas experiencias marcarían para siempre la actitud desencantada de Mary hacia el movimiento romántico, que plasmaría un par de años más tarde en El último hombre, la primera novela postapocalíptica.

La joven viuda

Mary y Percy Jr. volvieron a Inglaterra. Ella se dedicó a las letras, publicó más libros, entre novelas, cuentos y piezas teatrales. Tuvo una relación romántica y sexual con Jane Williams durante un tiempo, pero ésta pronto la dejó por otro hombre. Se esmeró con la educación de Percy, para evitar que se convirtiera en un irresponsable como lo había sido el poeta.

Pero lo cierto es que nunca dejó de amar a Shelley, y también hizo grandes trabajos por reivindicar su memoria; editó sus poemas, escribió notas biográficas y promovió su obra. Fue así como Shelley pasó de ser un marginado a convertirse en un referente obligatorio de las letras inglesas. Detrás de todo gran hombre…

Después de años de penurias y dificultades, Percy Jr. heredó los títulos y propiedades de su abuelo Shelley. La diligencia de Mary permitió convertir esa pequeña fortuna en un patrimonio para que Percy y su nueva esposa, Jane, una buena joven que después se dedicaría a reivindicar la memoria de su suegra. En sus últimos años, Mary se esforzó por dar apoyos a otras madres solteras.

Mary, con alrededor de 40 años de edad

El primero febrero de 1851, Mary murió por un tumor cerebral. Había sufrido gran parte de su vida, pero nunca dejó de esforzarse por sus seres queridos ni de crear, a pesar del repudio que recibió tanto por parte de la sociedad respetable como de los románticos que la veían como una invasora indigna de la memoria del gran Shelley. Mary tocó muchas vidas con su gentil mano y dejó tras de sí un legado que marcaría para siempre la ficción narrativa. Su monstruo, concebido aquel gélido verano de 1816, la sobreviviría.

“Y ahora, una vez más, le deseo a mi horrible progenie prosperidad. Le tengo cariño, porque fue engendrada en días felices, cuando la muerte y la desdicha sólo eran palabras que no encontraban eco en mi corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, muchos paseos y muchas conversaciones de cuando no estaba sola y mi compañero era aquél a quien, en este mundo, nunca volveré a ver.”

Mary Shelley, introducción a la tercera edición de Frenkenstein, 1831


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PD: La mayor parte de la información para hacer este post la obtuve de la excelente biografía Romantic Outlaws de Charlotte Gordon, así como de la edición crítica de Frankenstein de Norton, coordinada por J. Paul Hunter.

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