viernes, 30 de noviembre de 2018

Dioses y monstruos. Parte III: Boris




“Buenas noches. El señor Carl Laemmle piensa que no sería amable presentar esta película sin una amistosa advertencia. Estamos a punto de conocer la historia de Frankenstein, un hombre de ciencia que se empeñó en crear a un hombre a su imagen y semejanza sin tener en cuenta al Todopoderoso. Es una de las historias más extrañas jamás contadas. Trata de los dos grandes misterios de la creación: la vida y la muerte. Creo que los impactará. Puede ser que los perturbe. Incluso puede que los horrorice. Si alguno de ustedes no quieren someter sus nervios a tanta presión, ahora es su momento para… bueno, quedan advertidos.”
Edward van Sloan en la presentación de Frankenstein, 1931 



Existen dos versiones fundamentales de Frankenstein. No, no me refiero a las dos ediciones de la novela, la original de 1818 y la revisada por Mary Shelley para volverse a publicar en 1831, que para nuestros propósitos cuentan como una sola. Quiero decir que existen dos versiones que han servido para construir el mito de Frankenstein: la novela y la versión cinematográfica de Universal Pictures. Prácticamente todos los elementos del mito de Frankenstein que han pasado a formar parte de la cultura popular provienen de una de estas dos. Éstos son, por así decirlo, los textos fundamentales, y todas las demás versiones son derivativas.

En la primera entrega de esta serie les conté la vida de Mary Shelley para poder entender cómo se fue gestando la que sería su obra más famosa. En esta ocasión les quiero contar la biografía de otra idea, la del  monstruo de Frankenstein, desde que Mary le deseó prosperidad a su “horrible progenie”, hasta que nació en la forma del filme clásico.

A.           Mi horrible progenie


La primera adaptación teatral

Nuestra historia comienza en realidad 1823, apenas cinco años después de que Mary Shelley publicara su opera prima, cuando se estrenó una adaptación teatral del dramaturgo Richard Brinsley Peake. Hoy poco conocida por el gran público, esta obra tiene el mérito de haber popularizado la historia de Frankenstein y de haber introducido algunos de los lugares comunes que normalmente se asocian a ella.

En Presumption; or, The Fate of Frankenstein, como se tituló, el monstruo es un bruto mudo (con la piel azul, ni más ni menos); Frankenstein cuenta con un asistente jorobado llamado Fritz, y aparece por primera vez la frase It lives!

Mary Shelley vio esta adaptación en teatro (fue junto con su padre, William Godwin), y según escribió, se divirtió mucho, y aunque consideró que la historia no había sido bien manejada, le gustó la actuación de T.P. Cooke como el monstruo sin nombre. Ella no ganó un centavo de esta exitosa adaptación, ni tuvo voz en ella, pues en aquel entonces los derechos de autoría no impedían que cualquier hijo de vecino hiciera adaptaciones de novelas a otros medios.

El legado de la obra de Peake es ambivalente. Por un lado, popularizó la historia de Frankenstein mucho más allá de lo que la novela podía lograr, pues aunque fue exitosa, su tiraje fue bajo y dado que después de 1831 no hubo nuevas ediciones ni reimpresiones, durante la mayor parte del siglo XIX no era fácil de conseguir. Por otro lado, contribuyó a cimentar en la imaginación popular una visión equivocada de la historia, una en la que el monstruo no es más que una bestia afásica, una máquina asesina sin alma ni emociones. Además, fue aquí donde comenzó la mala costumbre, imposible de extirpar, de llamar “Frankenstein” a la criatura en vez de a su creador.

Caricatura política de tiempos de la Guerra de Crimea

A lo largo del siglo XIX aparecieron otras adaptaciones libres de la novela de Mary Shelley, sobre todo inspiradas por la obra de Peake y repitiendo los mismos elementos que terminarían volviéndose clichés. Para la década de 1830, el monstruo de Frankenstein ya se había convertido en un personaje bien conocido en la cultura popular anglosajona, haciendo énfasis en su aspecto aterrador, nunca con una mirada compasiva. Por miedo a la censura y el escándalo, los productores de teatro retiraban cualquier implicación religiosa o política que pudiera resultar controvertida, y en cambio presentaban la historia como un espectáculo barato de espantos, con algunos toques de burlesque.

En 1880 la novela original comenzó a aparecer en nuevas ediciones, gozando de un segundo aire de popularidad, y así surgieron nuevas adaptaciones teatrales. De todas formas, Frankenstein no dejó de ser considerada una obra menor, indigna de la atención de los académicos y fueron los estereotipos creados por las adaptaciones teatrales, y después las cinematográficas, los que dominaron en la visión del gran público. Hasta la década de 1970 es que la crítica literaria empezó a revalorizar la obra de Mary Shelley (y de su madre, Mary Wollstonecraft), en parte gracias a la segunda ola del feminismo.

La adaptación de Webling

Recientemente se ha redescubierto una de aquellas adaptaciones, que tiende el puente entre las versiones de teatro y la clásica de cine: la obra escrita por la británica Peggy Webling y que fue presentada por primera vez en 1927. Durante mucho tiempo me pregunté por qué la película de James Whale era tan diferente a la novela, y asumía que los guionistas simplemente habían escrito lo que Dios les había dado a entender a partir de una sinopsis mal leída. Pero no, resulta que Universal Studios compró los derechos del libreto de Webling para que fuera la base de su producción.

Aunque el guión de la peli cambió todavía muchas otras cosas, en la pieza teatral ya introducía algunos de los elementos que caracterizarían la película: el nombre de Víctor cambia a Henry, el de Henry Clerval cambia a Victor Moritz, el padre de Frankenstein es un barón y un viejo cascarrabias, y hay una niña ahogada por accidente. Por lo demás, la obra de Webling difería muchísimo de la novela, prácticamente creando una historia nueva con algunos de los nombres y situaciones ya conocidos.

B.           Gritos en el silencio


El Golem

Si el siglo XIX fue prolífico para el teatro, el siglo XX fue sin duda la centuria del cine. En tiempos tan tempranos como 1910 apareció la primera adaptación cinematográfica de Frankenstein, un cortometraje de 15 producido por los estudios de Thomas Edison. En 1915 se produjo una más, Life Without a Soul, y en 1920 la italiana Il Mostro di Frankenstein. Las tres cintas eran mudas (naturalmente) y las últimas dos se han perdido por completo.

Los años posteriores a la Primera Guerra Mundial fueron fértiles para el desarrollo del arte expresionista en Alemania, una escuela en la que se formaron grandes maestros y produjo imperdibles clásicos del cine silente. La estética expresionista se caracterizaba por el uso estilizado de la fotografía, el diseño de producción, el vestuario y el maquillaje para crear atmósferas dramáticas, grotescas y tenebrosas. Algunas de las producciones más representativas de aquellos años se convertido en clásicos del horror y la ciencia ficción: El gabinete del Doctor Caligari (1920), El Golem (1920), Nosferatu (1922), El mago (1926) y Metrópolis (1927).

Menciono precisamente éstas porque tendrían una gran influencia en la película de la que tratamos. En El Golem tenemos a una criatura humanoide artificial muy parecida en su concepción al monstruo de Frankenstein; en El mago podemos ver a un hechicero maligno con un asistente jorobado que trabaja en una torre durante una noche tormentosa; en Metrópolis aparece el que sería el arquetipo del científico loco en un laboratorio lleno de maquinaria electrónica extravagante.

Metrópolis

La estética del expresionismo fue adoptada con entusiasmo en Hollywood, a donde muchos artistas europeos emigraron en los años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El estilo expresionista fue especialmente pródigo en los Universal Studios, que produjeron joyas como El Jorobado de Notre Dame (1923) y El Fantasma de la Ópera (1925), ambas protagonizadas por Lon Chaney. Estas superproducciones, de gran calidad artística y efectos especiales que siguen maravillando a los espectadores de hoy, fueron en sus tiempos éxitos rotundos.

Con la llegada del cine sonoro el heredero al trono de Universal, Carl Laemmle Jr., un apasionado de las historias de terror, se empeñó en producir la primera versión de Drácula con sonido. Dirigida por Tod Browning y protagonizada por el legendario Bela Lugosi, se estrenó en 1931 para convertirse en un éxito e iniciar uno de los momentos más gloriosos en la historia del cine: el ciclo de horror gótico de Universal.

Después de Drácula, el paso obvio a seguir era Frankenstein. En un principio Laemmle encargó la producción al director Robert Florey, quien quería como protagonista a Bela Lugosi. La visión que tenía Florey era una simple reiteración de las obras teatrales y las películas silentes que le habían precedido: una historia mínima en la que el monstruo no sería más que una bestia sin mente que destruye todo a su paso (ni siquiera se trataba de una versión fiel del libreto de Webling, en el cual supuestamente debía basarse). 

Póster promocional de la que habría sido la versión con Bela Lugosi

Bela Lugosi odió el guión y el maquillaje. Se dice que, al rechazar el papel, el actor húngaro exclamó: “Yo fui una estrella en mi país. ¡No seré aquí un espantajo!”. Sea como fuere, Florey Lugosi quedaron fuera del proyecto, que fue puesto en manos de un artista recién llegado, James Whale.

C.     James Whale y sus monstruos


James Whale y Boris Karloff en el set de La novia de Frankenstein

Whale nació en 1889 en una familia inglesa de clase trabajadora. En su temprana adolescencia tuvo que dejar la escuela para trabajar y ayudar a su familia. Desde muy joven demostró facilidad para el dibujo y el arte, y empezó a ganar un dinerillo extra como rotulista. Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, Whale se enlistó en el ejército y partió para el frente. Llegó a ser teniente y en 1917 fue capturado por los alemanes en Flandes. En el campo de prisioneros organizó, junto con otros soldados, un grupo de teatro de aficionados, que le permitió sobrevivir al tedio y los horrores de la guerra.

Terminada la guerra y vuelto a su patria, se dedicó al teatro como actor, director y diseñador de escenografía. En 1928 llegó su gran éxito, al dirigir Journey’s End, del dramaturgo R.C. Sherriff, en la que trabajó por primera vez con Colin Clive. La obra, un drama de la Primera Guerra Mundial, recibió elogios por todas partes y le ganó a Whale la oportunidad de montar la obra en Nueva York. En los Estados Unidos, la representación siguió cosechando éxitos, lo que llamó la atención de Hollywood.

Los productores de cine querían a personas con experiencia en el teatro para ayudar con las partes habladas en la época de transición del cine mudo al sonoro. Los primeros trabajos de Whale en el cine fueron como “director de diálogos”, pero pronto le llegó una gran oportunidad: dirigir la versión cinematográfica de Journey’s End, que apareció en 1930 para convertirse en un éxito de crítica y taquilla.

James Whale

Una segunda cinta suya sobre la Gran Guerra, Waterloo Bridge, se convirtió en otro gran éxito al año siguiente, y Carl Laemmle Jr. le ofreció cualquier proyecto que él quisiera. Whale escogió Frankenstein. En un principio no se tomaba muy en serio las producciones de horror de Universal, pero quería intentar algo que fuera distinto a los dramas de guerra y pensaba que podría dar un giro interesante al clásico de Mary Shelley, de modo que le dio una revisada completa al guión.

El reparto fue casi perfecto. El atribulado Colin Clive como Henry Frankenstein; el flemático Edward van Sloan como el doctor Waldman; Dwight Frye como el jorobado Fritz; Frederick Kerr como el viejo barón… Y por supuesto, el inigualable Boris Karloff como el monstruo.

William Henry Pratt nació en 1887, de una ilustre familia inglesa. Sus ocho hermanos mayores llegaron a ser diplomáticos. Parece ser que adoptó el nombre artístico de Boris Karloff porque le sonaba exótico y porque no quería avergonzar a su distinguida parentela mientras él buscaba la fama en el teatro canadiense, a principios del siglo XX.

Boris Karloff

En 1918 llegó con sus amigos teatreros a California y decidió probar suertes en Hollywood. Anduvo trabajando por aquí y por allá, en papeles muy pequeños, a menudo de extra, en películas mudas por las que recibía muy poca paga. Adquirió cierta notoriedad apareciendo en papeles un poco más relevantes en películas de gángsters. En 1931 Karloff tenía 44 años de edad y no pensaba ya que alguna vez alcanzaría el estrellato. Entonces vino Frankenstein.

Cuenta la leyenda que Karloff estaba un día almorzando en la cafetería de los estudios cuando James Whale lo vio y quedó fascinado por la forma de su cabeza y por su altura: era el monstruo perfecto. Pero no fue solamente el aspecto físico lo que Karloff trajo a la producción. Aun bajo kilos de maquillaje, su excelente interpretación logró transmitir la complejidad emocional de un ser solitario y atormentado, a la vez aterrador y patético. Era la película número 81 de Karloff, pero a partir de entonces gozaría de fama mundial y estatus de leyenda a lo largo de su vida.

Jack Pierce maquillando a Karloff

Habrían de sumarse otros dos elementos imprescindibles para crear un clásico. Uno, el maquillaje del genio Jack Pierce, que se convirtió en el aspecto arquetípico del monstruo, la imagen que a cualquiera le viene a la mente cuando escucha el nombre Frankenstein. Dos, los efectos especiales eléctricos creados por Kenneth Strickfader, artífice de todos esos aparatos con luces y chispas que forman parte del escenario en uno de los momentos más icónicos de la historia del cine, la secuencia de la creación del monstruo.

D.     El legado


Para beneplácito de cinéfilos y fans del horror por generaciones siguientes, Whale supo conjugar todos esos elementos, creando una película que sería un éxito comercial y de críticas absoluto y que dejaría huella en la cultura. Tras este triunfo Whale dirigió otros proyectos que pasaron a formar parte del canon de Universal, The Old Dark House (1932), la excelente El hombre invisible (1933) y la que sería la obra maestra del género, La novia de Frankenstein (1935).

La novia de Frankenstein

Considerada casi universalmente como una cinta superior a su predecesora, La novia de Frankenstein, a mi gusto, es menos una secuela que el segundo acto que le hacía falta a esta historia para estar completa. En esta cinta Whale gozó de mucha mayor libertad creativa para crear una historia subversiva sobre la otredad y la marginación que, si bien no sigue literalmente la novela de Mary Shelley, sí que capta su espíritu. Whale podía entenderlo bien: él era un artista abiertamente homosexual en una sociedad acostumbrada a la hipocresía.

Digo que existen dos versiones de Frankenstein, la de Mary Shelley, y la de James Whale. Es la segunda la que nos dio no sólo es aspecto físico y la personalidad del monstruo, sino elementos como el laboratorio en la torre, la secuencia de la creación con la tormenta eléctrica, la frase It’s alive! It’s alive!, la turba iracunda armada con antorchas y tridentes, el molino en llamas… La novia de Frankenstein añadiría otros elementos más al mito: la torre fulminada, el monstruo que habla torpemente, los personajes de la Novia y el doctor Pretorius, y la misma frase “dioses y monstruos”.

En 1939 aparecería El hijo de Frankenstein, dirigida por Rowland V. Lee, que aunque no está a la altura de la anterior, sigue siendo una muy buena película y un epílogo casi perfecto a la bina que había creado James Whale. Esta fue la última actuación de Karloff bajo el maquillaje del monstruo y contó con la participación de un brillante Basil Rathbone como el hijo de Henry Frankenstein y con una exquisita estética expresionista. Además, introdujo otros dos elementos al mito: el inspector de policía Krogh, encarnado por un gigantesco Lionel Atwill; y sobre todo, Ygor, el deforme y taimado asistente del doctor Frankenstein, interpretado soberbiamente por Bela Lugosi. En el imaginario popular, Ygor se fusionaría con el jorobado Fritz para conformar un personaje recurrente en otras adaptaciones y derivaciones.

El monstruo y Bela Lugosi como Ygor en El hijo de Frankenstein

En los años siguientes, Frankenstein daría otras secuelas, cada vez peores y más ridículas. En ellas el monstruo se convirtió en un antecedente de lo que después serían personajes como Jason de Viernes 13 o Michael Myers de Halloween: brutos sin pensamiento ni emociones que mueren al final de cada película para ser revividos de la forma más inverosímil (o de plano sin mediar explicación) en la siguiente. Lejos habíamos quedado de la brillante y multifacética interpretación de Karloff.

En El fantasma de Frankenstein (1942), a mi gusto la peor y más aburrida de la serie, el monstruo fue interpretado por Lon Chaney Jr., mejor conocido por ser también la estrella de El hombre lobo (1941). Bela Lugosi regresó en el papel de Ygor, que aquí se dedica a extorsionar al otro hijo de Frankenstein para que traspase su malicioso cerebro al de la criatura, lo cual sucede en el clímax de la cinta.

Luego vendría Frankenstein contra el hombre lobo (1943), en la que Bela Lugosi se pondría, por fin, en el papel que había rechazado más de diez años antes. La película es una chorrada, pero por lo menos es divertida y hasta incluye un número musical. Además, constituye el primer crossover en lo que se estaba perfilando como el primer universo compartido de la historia del cine. Así, en 1944, casi 70 años antes que Los Vengadores, apareció La casa de Frankenstein, en la que por fin se reunieron los tres monstruos clásicos de Universal. A ésta siguió La casa de Drácula (1945). Al final, a los pobres monstruos no les quedaba más que autoparodiarse y así llegó Abbott y Costello contra los fantasmas (1948). En estas tres últimas el monstruo fue interpretado robóticamente por el luchador profesional Glen Strange.

Frankenstein contra el hombre lobo

A finales de la década siguiente, la británica Hammer Films iniciaría su propia franquicia con La maldición de Frankenstein (1957), con Peter Cushing en el papel del científico y Christopher Lee como la criatura. Hammer produjo cinco secuelas y un refrito entre aquel año y 1974, que se centraban en las andanzas del perverso doctor Frankenstein y no en ninguno de los monstruos que él crea.

La cantidad de cintas inspiradas, aunque fuere muy lejanamente, por la novela de Mary Shelley y las dos películas de James Whale, es enorme. La mayoría de ellas son, claro está, absolutas basuras, pero dan cuenta de la permanencia de Frankenstein y su monstruo en nuestra cultura. Después de esta reseña histórica, les compartiré un análisis de las que considero son las películas que forman la filmografía básica e indispensable. ¡Hasta entonces!

Continuará en…


Fuentes:


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