domingo, 25 de noviembre de 2018

Dioses y Monstruos. Parte II: Víctor


“Cuando permanecía en el polvo, ¿te pedí acaso, ¡oh Creador!, que me transformaras en hombre? ¿He solicitado que me sacaras de las tinieblas?”
Paraíso Perdido, Libro X, John Milton


Todo mundo conoce los elementos básicos de la historia. Victor Frankenstein, un joven científico, crea un monstruo usando partes de cadáveres, y le da vida con algún método misterioso (se insinúa que de alguna forma está relacionado con la electricidad). El monstruo se vuelve contra su creador y termina destruyéndolo.

Desde su publicación en 1818, Frankenstein fue ganando un lugar en el imaginario colectivo. Es una de las novelas pioneras en el género de la ciencia ficción y, junto con El extraño caso del Dr. Jeckyll y el Sr. Hyde de R.L. Stevenson (1886) y Drácula de Bram Stocker (1897), se considera como uno de los textos fundamentales para la configuración del género de horror. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que esta novela haya sido tan genial e influyente?

Concedido: no se trata de un libro perfecto. Su estilo es afectado y melodramático, características típicas del Romanticismo que no han envejecido bien (normalmente se culpa de ello a las intervenciones de Percy Shelley). Pero si tenemos en cuenta que fue escrita por una joven entre sus 19 y 20 años, no podemos apreciarla como algo menos que un prodigio, en especial cuando leemos sus pasajes más poderosos: la creación del monstruo, sus primeros días a la intemperie, su revelación ante Frankenstein, la segunda creación, la persecución por el Ártico…

Uno de los aspectos que más llaman la atención de la novela es su portentosa originalidad. Mary Shelley, nos cuenta la anécdota, la concibió después de que Byron propusiera un concurso de cuentos de fantasmas. Pero la creación de Mary no era el típico relato gótico de apariciones espectrales y familiares dementes que victimizan jovencitas en ruinosos castillos. Era completamente distinta de cualquier cosa que se hubiera visto en la tradición gótica de aquellos años. Sir Walter Scott, en su elogiosa reseña de la novela, hizo notar esta novedad. La clave es la ciencia.

A. Elohim

Elohim creando a Adán, de William Blake

“Una siniestra noche de noviembre pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica, coloqué al alcance de mi mano los instrumentos que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis pies. Era la una de la madrugada, la lluvia repiqueteaba lánguidamente contra las ventanas y la vela que iluminaba la estancia se había consumido casi por completo. De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos.”

Victor Frankenstein era un joven estudiante de filosofía natural (lo que hoy llamamos “ciencias naturales”), y crea a su monstruo recurriendo a principios científicos desconocidos, descubiertos por él mismo. No hay magia, dioses, fantasmas ni agentes sobrenaturales externos que intervengan en esta historia. Estrictamente hablando, es un relato de ciencia ficción.

Godwin y Wollstonecraft fueron amigos personales de Erasmus Darwin (el abuelo de Charles); Percy y Mary lo fueron de William Lawrence. Estos científicos participaron en los debates de aquella época en los que se abogaba por el materialismo, es decir, por la comprensión de los fenómenos naturales estrictamente sobre una base material. Eso incluía a la vida misma, de la que negaban cualquier principio espiritual y misterioso.

Estas ideas, consideradas blasfemas y peligrosas en aquella época, son una de las bases de la novela. Víctor Frankenstein no sólo crea vida a partir de métodos exclusivamente materiales, sino que su criatura posee una mente con todas sus complejidades y sutilezas, negando toda necesidad de intervención divina para dar cuenta del alma humana.

La clase de Anatomía de Rembrandt van Rijn

Mary Shelley, hija de dos de los más notables pensadores de la Ilustración inglesa, vivió en una época en la que el optimismo científico reinaba entre los círculos educados. Desde el Renacimiento hasta el Siglo de las Luces, los más ilustres autores estaban convencidos de que la ciencia sería capaz no sólo de liberar a la humanidad de sus aflicciones materiales, sino de mejorarla espiritual y moralmente.

Algo que aprendí leyendo las biografías de Mary Wollstonecraft y Mary Shelley, y los análisis sobre sus respectivas obras, es que el Romanticismo no es tanto una reacción de rechazo a los ideales de la Ilustración, sino el resultado de cómo éstos fueron evolucionando a lo largo de los años. Los románticos de la generación de Shelley y Byron demostraban una fascinación por las ciencias, y si bien no tenían mucho interés por los rigores y las minucias de sus métodos, sí que se deslumbraban por el espectáculo de sus logros, que la hacían parecer casi indistintos de la magia.

Mary Shelley no sólo estaba igualmente fascinada por el asunto, sino que demuestra una comprensión del avance que la Revolución Científica había significado para el conocimiento y el alivio de los males que aquejan a la humanidad. Hermosos diálogos entre el joven Frankenstein y su mentor universitario, el doctor Waldman, dan cuenta de ello:

“Los antiguos maestros de esta ciencia prometían lo imposible sin conseguir nada. Los científicos modernos prometen poco; saben que los metales no pueden ser transmutados y que el elixir de la vida es una quimera. Sin embargo, estos filósofos cuyas manos parecen servir tal, sólo para hurgar en la suciedad y manejar el microscopio o el crisol, han conseguido auténticos prodigios. Se introducen en las profundidades de la naturaleza y averiguan sus secretos motores. Han descubierto el firmamento, el principio de la circulación sanguínea y la composición del aire que respiramos. Han logrado poderes nuevos y casi ilimitados, dominan el rayo, determinan los terremotos y descubren, algunas veces, aspectos del mundo invisible.”

Pero ese poder tiene que venir con responsabilidades y no puede usarse a la ligera. Por otro lado, Frankenstein se ha convertido en una metáfora acerca del poder de la ciencia y los peligros que encarna. La visión escéptica de la ciencia que plantea Mary Shelley está íntimamente relacionada con su crítica a una forma de masculinidad que se basa en la necesidad de dominio. Mary atestiguó cómo los hombres abandonaban o descuidaban a sus familias en la persecución de la gloria, la fama y el poder, lo cual en última instancia siempre lleva al sufrimiento. No es casualidad que Mary nombrara a su protagonista Víctor (que significa “vencedor”), uno de los apodos de Percy Shelley. La forma masculina de aproximarse a la ciencia es análoga. El hombre-científico busca someter la naturaleza a su dominio y no le importan las consecuencias de sus actos.

En la novela, Víctor Frankenstein encuentra un paralelo en la figura de Robert Walton, un explorador obsesionado con encontrar un pasaje hacia el Polo Norte, quien al igual que Frankenstein racionaliza sus ambiciones egoístas pensando que se convertirá en un benefactor de la humanidad. Es tras escuchar el relato del agonizante científico que Walton se da cuenta de que en su afán de vencer las fuerzas de la naturaleza, estaba no sólo arriesgando las vidas de sus hombres, sino condenando a su hermana, a quien sus epístolas van dirigidas, a la soledad.

Porque, claro está, para que los hombres puedan dedicarse a esasgrandiosas empresas sin pensar en las consecuencias, las mujeres tienen que quedarse relegadas a atender los deberes hogareños. En la novela, Elizabeth se lamenta que ella, a diferencia de Víctor, no pueda irse a viajar por Europa y estudiar para ampliar sus experiencias y conocimientos. Como ya habíamos visto, Percy Shelley apoyaba con entusiasmo la carrera literaria de su esposa, pero no movía un dedo para colaborar en las tareas del hogar o el cuidado de los niños, lo que le habría permitido a ella dedicarse más a la escritura. Más aún, Shelley esperaba que todo lo demás se subordinara a la satisfacción de sus propias ambiciones.

Ilustración de un experimento sobre galvanismo (1808)

Entre las ideas feministas expuestas por Mary Wollstonecraft y defendidas por su hija se encuentra que la equidad de género no es sólo un asunto de justicia para las mujeres, sino una necesidad para el género humano. Permitir a las mujeres llegar a la esfera pública, ya sea en forma de la participación política, el debate intelectual o la exploración científica, implica llevar también los valores tradicionalmente considerados femeninos (y, por lo mismo, denostados en una cultura androcéntrica), como la cooperación, la empatía y el cuidado de los otros. A su vez, al dedicarse los hombres a las tareas hogareñas y las actividades familiares, pueden cultivar esos mismos valores, pues dejados a sí mismos tienden a volverse insensibles, egoístas y hasta brutales.

Frankenstein no es una novela anticientífica, sino una crítica hacia una forma particular de aproximarse a las ciencias: egoísta en vez de filantrópica, individual en vez de social, androcéntrica en vez de equitativa, dominante de la naturaleza en vez de respetuosa hacia ella. Mary Shelley nos alerta que a veces, en las ciencias y en la exploración, la pregunta no es “¿podemos hacerlo?” sino “¿deberíamos hacerlo?”. Por más que queramos creer que el método científico y la creación tecnológica son actos neutrales, lo cierto es que estas actividades no pueden existir en el vacío, sin relación con la ética, la sociedad y las estructuras de poder.

No daría a Frankenstein  el título de la primera obra de ciencia ficción, pues existen los antecedentes de las escritas en el contexto de la Revolución Científica. Pero sí es la primera en hacer una dura crítica contra ese optimismo científico que marcó los tres siglos anteriores y que en retrospectiva resultó ser demasiado ingenuo.

Nosotros deberíamos saberlo, que vivimos en un mundo en el que el uso irresponsable de la tecnología ha causado un grave y quizá irreversible deterioro ambiental; en el que las máquinas, que debían liberar a los humanos de los trabajos más agobiantes, amenazan con reemplazar a miles de trabajadores en las próximas décadas y dejarlos desamparados, porque hemos conformado una sociedad en la que el individuo vale sólo por su productividad y no en sí mismo. Hemos creado a nuestros propios monstruos y pueden destruirnos.


 B. Calibán

La pesadilla de Henry Fuseli

“¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué me diste la existencia? ¿Por qué no extinguí, en aquel instante, la llama de la vida que con tanta inconsciencia habías encendido?”


Frankenstein fue criticada en su momento de ser una novela blasfema, y en efecto lo es. Sugiere que, sin mediar la divina potencia el ser humano es capaz de crear vida. Quizá por la presión de una sociedad timorata e indignada, o quizá porque con los años Mary Shelley se volvió menos provocadora, en su edición de 1831 incluye fragmentos en los que Víctor manifiesta un pío remordimiento por sus actos heréticos.

Pero en la versión original de 1818 no existía esa advertencia contra “jugar a ser dios”; el pecado de Frankenstein no fue tanto el acto de la creación en sí, sino su falta de responsabilidad respecto a las consecuencias, la obsesión con la que persiguió sus ambiciones, mismas que lo llevaron a descuidar a sus seres queridos y, sobre todo, el abandono en el que dejó a su criatura.

El monstruo es un ser absolutamente solo en el mundo. Carece de familia, de patria, de sociedad, incluso de nombre. Su repulsiva fealdad física lo hace horroroso para todas las personas que fijan su mirada en él. No tiene a nadie que le dé protección ni cariño. Inocente de las circunstancias de su creación, es arrojado al mundo para sufrir rechazo, violencia y soledad. Cuando ha madurado lo suficiente para entender su situación y conocer su origen, ha sufrido tanto que no le queda más que la venganza.

El monstruo de Frankenstein de Boris Vallejo

El monstruo de Frankenstein es un ejemplo de uno de los credos fundamentales de la filosofía de la Ilustración: el de cómo nuestras experiencias y nuestra educación, y no nuestra naturaleza, son lo que determina quiénes somos. Como en la filosofía de Locke, vemos al monstruo grabar las diversas impresiones que tiene de la realidad en la tabula rasa de su mente, y así pasar de un mundo de sensaciones caóticas a uno de significados ordenados.

El monstruo se educa a sí mismo espiando a los De Lacey, una distinguida familia francesa caída en desgracia y reducida a vivir en la pobreza en una granjita. Ahí, el monstruo se cultiva con la lectura de Las tribulaciones del joven Werther de Goethe, las Vidas comparadas de nobles griegos y romanos de Plutarco, y El paraíso perdido de Milton. Entre estos tres libros conforman una educación completa en tres dimensiones, respectivamente, 1) la íntima y emocional, 2) la social y política, y 3) la cósmica.

Como el buen salvaje de Rousseau, el monstruo es un ser capaz de sentir gran amor y compasión, pero se vuelve maligno por culpa de la crueldad recibida. En su mente, su alma podríamos decir, no hay nada en el monstruo que lo haga menos que humano. Es incluso, poseedor de la inteligencia de un filósofo y la sensibilidad de un poeta. Es únicamente su aspecto físico lo que le gana el odio del mundo. Por ello sólo el anciano ciego lo acepta; él no puede ver su deformidad física, sólo conocer, a través sus palabras, el alma del monstruo.

En cada uno de nosotros existe el potencial del bien y del mal, de la creación y la destrucción. Nuestras experiencias de vida pueden determinar el camino que seguiremos. Víctor había tenido una vida llena de privilegios materiales y de afecto familiar. Incluso se le había dado una prometida desde muy temprana edad. El monstruo no tuvo nada de aquello que Víctor descuidaba y daba por sentado, y si no podía conseguirlo, se encargaría de que su creador lo perdiera. ¿Cómo habría crecido el monstruo si Víctor le hubiera dado el amor de un padre, si lo hubiera educado en vez de abandonarlo para morir?

Mary Shelley sabía muy bien lo que era ser un marginado cuando concibió Frankenstein y lo supo toda su vida. Sus padres eran filósofos radicales que gozaban de admiración en cierto círculo, pero que eran considerados parias por la sociedad respetable. Ellos abogaban por la igualdad de todos los hombres y mujeres, así como por la abolición de la esclavitud y el fin del despotismo, y Mary no podía dejar de sentirse interesada por el sufrimiento de todos los miserables y oprimidos del mundo.



Pero ella misma fue repudiada por su padre cuando huyó con Percy Shelley, un hombre casado, y aunque al cabo de los años se reconcilió con el señor Godwin, el padre de Percy rechazó la unión durante toda su vida. Su círculo de amigos eran poetas románticos malditos, sobre los que la sociedad difundía maliciosos rumores Aun al interior de ese círculo ella era, después de todo, una mujer, relegada constantemente a un segundo plano. Tras la muerte de Shelley, algunos de sus amigos repudiaron a Mary, considerándola una mujer indigna de la memoria del genio. Su novela nos habla de la necesidad del afecto y de las relaciones interpersonales en un mundo hostil en el que de otra forma cada uno de nosotros está en absoluta soledad.

“Si no puedo alcanzar el afecto y el amor entonces el vicio y el crimen serán mis objetivos. Por el contrario, el cariño de un ser semejante a mí acabaría con la misma razón de mis crímenes y yo me alejaría para olvidar y ser olvidado por el mundo entero. Mis vicios sólo son el fruto de la forzosa y aborrecida soledad. Mis virtudes, por el contrario, se desarrollarán naturalmente cuando tenga a mi lado el afecto de otra criatura. Los sentimientos cariñosos de mi compañera me transformarán y así podré incorporarme al hermoso ciclo universal del que ahora estoy tan cruelmente excluido.”

Sin embargo, no podemos olvidar que el monstruo cometió crímenes horribles contra personas inocentes (incluyendo mujeres y niños); que decidió conscientemente perpetrarlos para vengarse de su enemigo. Que no deja de ser un hombre que exige como si la merecería, como si tuviera derecho a reclamarla, una hembra creada a su medida, sin jamás pensar en la voluntad, deseos y necesidades de ese ser que Frankenstein habría de crear para él; la mujer deberá amarlo. Así como Víctor, con todo y ser un padre irresponsable, no es precisamente una persona malvada, el monstruo, con todo y ser una víctima de crueldad  humana, no es del todo inocente. La novela resiste una lectura moralizante y maniquea, y en cambio, como suele hacerlo el gran arte, incomoda al lector con cuestiones éticas que no tienen respuestas simples.

Pero el monstruo no sólo representa a todos los abandonados y desgraciados del mundo (y el miedo de la sociedad a que éstos adquieran el poder para vengarse). Representa la condición misma de la humanidad. Mary había leído con pasión el poema épico de John Milton, El paraíso perdido y, como otros románticos, reinterpretó la obra de una forma opuesta a lo que habían pretendido el autor y sus contemporáneos en el siglo XVII. En la lectura romántica, Satán es un héroe que en nombre de la libertad se rebela contra un dios déspota y le da al hombre el fruto de la ciencia, mientras que Adán es un ser digno de compasión, castigado desproporcionadamente por ese mismo dios tirano que no puede soportar ni una ofensa menor.

William Godwin, el padre de Mary, era ateo, al igual que Percy Shelley. Mary no lo era, pero tampoco profesaba una devoción muy profunda. Frankenstein, como la reinterpretación romántica de El paraíso perdido, es un grito de reclamo hacia un dios ausente que ha abandonado a su creación, la humanidad, en un mundo cruel para sufrir incesantemente miseria tras miseria. Tampoco es casualidad que Mary hubiese escogido precisamente esas mismas líneas de Milton, las que encabezan esta entrada, como epígrafe de su novela. Quizá nuestro creador sabe lo que hace tan poco como Víctor Frankenstein.

Satán, Pecado y Muerte de William Blake

Frankenstein es un libro que ha sido objeto de múltiples análisis y reinterpretaciones, y tal parece que son inagotables. En el tintero se tendrán que quedar otros enfoques, como el que Mary, cuya madre había muerto por complicaciones al dar a luz, y que ella misma había perdido a su primera hija poco después de su nacimiento, crea una historia en la que un hombre usurpa la función femenina del alumbramiento. Se trata de una novela polisémica que ha sido abordada con la lente de la crítica feminista, psicoanalítica, marxista y un larguísimo etcétera.

Sólo quería mostrar aquí un poco de lo que se puede extraer de esta fantástica obra, mucho más que un cuento de espantos o una fábula piadosa. Frankenstein es tan trágica y conmovedora, como macabra; tan apasionada como intelectual. Es un libro que ha dejado un legado tan grande que ha superado el texto mismo para convertirse en un mito y símbolo cultural. Pero de eso hablaremos en la próxima entrada.

Continuará en...

Parte III: Boris

No hay comentarios.: