martes, 11 de junio de 2019

La Edad de las Tinieblas. Fanatismo religioso y declive cultural




En el siglo V a.C., el médico griego Hipócrates describió la epilepsia como una enfermedad con causas naturales, relacionada con los fluidos del cerebro. En el siglo XIV d.C., el médico inglés John de Gaddesden recomendaba leer los Evangelios al epiléptico mientras le colocaba un pelo de perro blanco.

El gran naturalista Plinio (23-79 d.C.) describió la Tierra como un orbe, y declaró que con seguridad habría seres humanos en toda su superficie, de tal forma que los que viven en el otro extremo del globo serían nuestras antípodas. Pero en el siglo VIII un sacerdote cristiano llamado Virgilio fue acusado de herejía por creer en ello.

¿Cómo se pasó de una cosa a la otra? ¿Qué sucedió en el ínter? La civilización grecolatina colapsó y emergió la civilización cristiana medieval. La famosa, o infame, edad oscura, de la que a menudo se habla en la conversación general o la cultura pop.

Cuando se habla del Medioevo como una época de oscuridad e ignorancia (el cliché de la imagen que encabeza este texto), los más versados, con toda razón, suelen hacer notar que aquellos siglos tuvieron mucho para presumir en cuanto a esplendor cultural. Fue la era del establecimiento de las primeras universidades, el desarrollo de la arquitectura románica y la gótica, la construcción de grandes catedrales y castillos, el florecimiento de la literatura y la poesía (el dulce stil nuovo, los cantares de gesta, las novelas de caballería), de hermosos retablos, vitrales, frescos, tapices y manuscritos iluminados.

Fueron los siglos de Tomás de Aquino, Dante Alighieri, Francesco Petrarca, Giovanni Boccaccio, Leonardo Fibonacci, Geoffrey Chaucer, Hildegarda de Bingen, Roger Bacon, William de Ockham, Chrétien de Troyes, Leonor de Aquitania, Cristina de Pizán… Todos esos nombres son señal incuestionable de un esplendor cultural. Incluso el término Edad Media, una invención de los orgullosos renacentistas, ha sido cuestionado.



Pero ello es ignorar que todo ese esplendor se dio a partir del llamado Renacimiento del Siglo XII[1], a partir del cual inicia la Baja Edad Media. ¿Y qué pasó desde la caída del Imperio hasta entonces? Los siglos entre el V y el VIII fueron la verdadera Edad Oscura. En el 395 el Imperio Romano se dividió en dos, y la mitad occidental entró en decadencia para caer definitivamente en el 476. El mundo romano se descompuso en una multitud de reinos bárbaros, inestables y que guerreaban constantemente entre sí. Ello significó el deterioro del magnífico sistema de caminos, la interrupción del comercio a nivel continental, el parcial abandono de las ciudades, la reducción demográfica en Europa y, lo que a nosotros nos interesa, la pérdida de conocimiento científico y técnico, así como la desaparición de incontables obras literarias y filosóficas.

Algunos datos nos dan una idea. En su mejor época, Roma tenía millón y medio de habitantes, y en ella había veintinueve bibliotecas públicas; en el siglo V, la población se había reducido a 30 mil y no quedaba biblioteca alguna; casi un milenio más tarde, sólo quedaban 17 mil habitantes. De las 82 obras que escribió el poeta griego Esquilo (526-555 a.C.) y las 123 que escribió Sófocles (496-406 a.C.) sólo sobrevivieron siete de cada uno. Los restos óseos nos muestras que las personas de la época romana eran más altas, más longevas y con mejor salud que las de la temprana Edad Media. El concreto, bien conocido por los romanos, desapareció tras la caída del Imperio y tuvo que ser redescubierto hacia el siglo XIII.



Edward Gibbon (1737-1794), en su clásica Decadencia y caída del Imperio Romano, acusa ni más ni menos que al cristianismo de haber sido una de las causas principales de este declive, pero los historiadores modernos consideran que en realidad los factores son muchos más y más complejos. Las causas materiales son más importantes que las culturales. Pesan más las crisis económicas, las guerras civiles, los malos gobiernos, la corrupción generalizada y, por supuesto, las invasiones bárbaras.

Pero lo cierto es que la cristiandad temprana tuvo un papel primordial y directo en la destrucción de uno de los pilares fundamentales de la cultura grecolatina: su acervo de conocimientos y las instituciones encargadas de preservarlo y transmitirlo. Lo que es más, tenía el interés y el poder para hacerlo.

El filósofo romano Séneca (4-65 d.C.) se refirió al cristianismo como “esa nueva superstición”. Era una religión de la plebe, a la cual las clases dominantes en el mundo romano miraban con desdén. Los romanos educados veían a los cristianos como bárbaros, primitivos, enemigos del Imperio. Conversamente, el conocimiento de los autores clásicos grecolatinos, que distinguía a los miembros de la élite, era rechazado por los cristianos por su relación intrínseca con la clase dominante pagana. “Sí, somos bárbaros”, dijo Clemente de Alejandría (150-217).

El escritor cristiano Lactancio (245-325) expresó: “¿A qué propósito sirve el conocimiento? ¿Pues en cuanto a las causas naturales, qué bendición me confiere saber dónde nace el Nilo o cualquier otra cosa bajo los cielos sobre la que los ‘científicos’ desesperan?”. También se burló de las ideas de Plinio sobre la redondez de la tierra: “¿Habrá alguien tan insensato que crea que hay hombres que caminan con los pies hacia arriba y que los cultivos y los árboles crecen hacia abajo?”

El obispo Filastrio de Brescia (330-397), se expresó de forma similar sobre el saber científico: “Hay cierta herejía con respecto a los terremotos, según la cual éstos no son provocados por el mandato de Dios, sino por la naturaleza de los elementos… Haciendo caso omiso de los poderes de Dios, estos herejes pretenden atribuir el movimiento a los elementos de la naturaleza… Como ciertos filósofos, que, adjudicando esto a la naturaleza, ignoran el poder de Dios.”

San Jerónimo de Estridón (340-420), uno de los Padres de la Iglesia y el primer traductor de la Biblia al latín, se fustigaba a sí mismo por el amor que seguía sintiendo a los autores clásicos, un apego que él y otros consideraban pecaminoso. Tras una visión celestial, experimentada durante una severa fiebre, juró nunca volver a poseer ni leer “libros mundanos”. Su contemporáneo, el patriarca Juan Crisóstomo (347-407), dijo “refrenemos nuestro raciocinio y vaciemos nuestra mente de conocimiento secular, para que la mente esté limpia y pueda recibir las palabras divinas”.


Las palabras de los pensadores cristianos no caían en oídos sordos. En el siglo IV, cuando Constantino (272-337) legalizó el cristianismo, mayoría de sus habitantes del Imperio no se habían unido a la nueva fe y los que se le oponían abiertamente eran muchos. Sin embargo, los cristianos tenían una organización muy superior a cualquier otro grupo, por lo que podían hacer que su influencia pesara mucho más.

Los gobernantes que abrazaron la nueva religión usaron su poder político para perseguir la herejía y el paganismo. Entre las décadas de 340 y 380 aparecieron los primeros textos cristianos que clamaban por una intolerancia religiosa total; los gimnasios, instituciones educativas para la juventud romana, desaparecieron por esos años. El cristianismo pasó de ser una religión minoritaria y perseguida, a ser una empoderada y opresora.

El emperador Valente (328-378) llevó a cabo una persecución tan dura de las prácticas paganas que hasta el mero hecho de poseer libros lo volvía a uno sospechoso. El historiador pagano Amiano Marcelino (330-400) cuenta que los ciudadanos cultos estaban tan aterrorizados que preferían quemar sus bibliotecas que ser objeto de pesquisas.

En el 391, el obispo Téofilo de Alejandría azuzó a los cristianos a saquear el Serapeo, uno de los últimos herederos de la otrora gloriosa Biblioteca de Alejandría; en el 415, el nuevo patriarca Cirilo incitó a una turba de cristianos al linchamiento y asesinato de Hipatia, la última gran pensadora de la Antigüedad pagana; el emperador romano Teodosio prohibió los Juegos Olímpicos, junto con todas las celebraciones paganas, en el 393; Justiniano proscribió la enseñanza de la filosofía griega y clausuró la Academia de Atenas en el 529.



Lo que vino después fue la oscuridad. Trescientos años de barbarie y estancamiento cultural en Occidente que no verían su fin sino hasta el arribo de Carlomagno a finales del siglo VIII. La civilización cristiana tardó siglos en refinarse lo suficiente como para poder producir logros intelectuales que pudieran compararse a los de la Antigüedad clásica.[2]

Por regla general, las religiones politeístas eran bastante tolerantes unas con las otras, y la jerarquía religiosa sólo reaccionaba cuando el ataque era directamente en su contra. Las religiones monoteístas, en cambio, fueron mucho más intolerantes. En efecto, cuando ya crees en un montón de dioses ¿qué más da si tu vecino cree en otro montón? A lo mejor hasta son los mismos con otros nombres. En cambio, cuando crees que hay un único dios verdadero, por lógica todos los demás son falsos, y sus religiones no sólo están en un error, sino que son malvadas.

Ésa es la razón por la cual los romanos persiguieron a los cristianos en un principio (y con lujo de crueldad); no eran solamente una nueva religión, sino una que negaba la validez de todas las demás, incluyendo los cultos en los que se sustentaba la autoridad del Imperio. Ésa es también la razón por la que el Mediterráneo, que durante toda la Antigüedad había conformado un solo mundo interconectado, con el ascenso de las religiones monoteístas quedó dividido, como hasta nuestros días, en un norte cristiano y un sur y levante musulmanes.

Hablando de los musulmanes, no podemos dejar de mencionar que tuvo una historia muy similar. Durante la Edad Dorada del Islam (siglos VII-XI), que corresponde a los Califatos Omeya y Abasí. En el mundo de los árabes, persas y otros pueblos unificados bajo la religión de Mahoma, se desarrollaron las matemáticas, la astronomía, la química, la medicina, la agronomía, la arquitectura, la filosofía y la poesía, además de que sus pensadores preservaron, tradujeron y difundieron obras filosóficas de la Antigüedad clásica que en Occidente se habían perdido. La Casa de Sabiduría de Bagdad fue a esos siglos lo que la desaparecida Biblioteca de Alejandría había sido al mundo clásico, y hubo otras tantas instituciones de investigación y educación a lo largo del mundo islámico, en tres continentes.




Pero en el siglo XI se dio una vuelta al fundamentalismo religioso y con ello el fin del enfoque humanista y racionalista que había hasta entonces caracterizado la cultura musulmana. En esos años surgieron las madrasas, escuelas teológicas que predicaban la suspicacia contra las tradiciones intelectuales extranjeras y la inferioridad de la ciencia y la filosofía frente a la religión. Los nuevos teólogos, sumamente ortodoxos, consideraban que el Corán era suficiente guía para todo el actuar y el pensamiento humano. En el siglo XII el califa almohade Al-Mansur decretó que aquellos que pensaran que se puede encontrar la verdad a través de la razón estaban condenados al infierno; Todos los libros sobre lógica y metafísica fueron entregados a las llamas. A partir de ese momento el mundo musulmán dio una vuelta hacia la cerrazón.

Cuando se habla de la relación entre la religión y el oscurantismo, nunca falta quienes (de nuevo, con toda razón), subrayan que el esplendor de la cultura medieval se dio no sólo en el seno de una cultura profundamente religiosa, sino impulsado por instituciones eclesiásticas. Las primeras universidades de Europa fueron católicas, los monjes preservaron el conocimiento del mundo clásico durante los siglos de caos, y muchos grandes pensadores de la Edad Media (y aún de los siglos siguientes) fueron personas de fe que se formaron y trabajaron en instituciones religiosas.

Todo ello es cierto, pero también lo es que las religiones, en sus formas más dogmáticas e intolerantes, contribuyeron a sumir a sus sociedades en largos inviernos de ignorancia. Aun en la mejor época de la cultura medieval, al mantener un monopolio sobre la preservación y transmisión del conocimiento, la Iglesia permitió su avance, pero sólo hasta cierto punto; la rigidez escolástica excluía la investigación empírica, y en cuanto los avances científicos se oponían al dogma religioso, la Iglesia usaba su poder para suprimirlos. Y no olvidemos que a esos mismos siglos pertenecen la barbarie de las Cruzadas y la Inquisición.




Cada año, en clase de Filosofía, planteo el siguiente debate entre mis alumnos: “¿Ha contribuido la religión al avance de la humanidad, o al contrario?”. A propósito dejo el planteamiento ambiguo (¿qué religión? ¿qué tipo de avance?), porque lo que quiero es que se den cuenta de que en realidad el asunto es mucho más complicado de lo que parece a simple vista.

Soy ateo, pero he dejado atrás esa etapa de adolescente tardío en la que creía que todo lo que pudiera venir de la religión es malo, y que la solución a muchos problemas vendría con eliminar la religión. Muchas personas e instituciones religiosas han hecho grandes aportaciones al desarrollo (social, científico, artístico) de la humanidad. Por otro lado, la intolerancia, la persecución y la violencia contra los que piensan diferente pueden darse también bajo ideologías seculares, como se ha visto en el siglo XX con la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, o hasta los Estados Unidos de McCarthy. No es coincidencia que los dictadores persigan y estigmaticen a los intelectuales.

El punto es menos si hay religiones o no, sino qué tan dogmáticas e intolerantes son las organizaciones religiosas y, sobre todo, cuánto poder tienen para ejercer esa intolerancia de forma que daña a las personas y las comunidades. El progreso social, intelectual y moral es posible, pero nada dicta que sea inevitable y, lo que es más, puede ser muy frágil. Por eso debemos estar alertas ante el crecimiento de los sectores religiosos que echarían para atrás el avance de la sociedad; debemos mantener a raya el fundamentalismo, sin ceder ni un centímetro a las pretensiones de quienes quisieran imponernos las reglas de vida de sus jefes imaginarios.

De ahí la importancia de preservar la laicidad y la libertad de pensamiento y expresión; el imperativo de que un estado democrático se fundamente en principios seculares y no religiosos, sea cual la sea la fe de sus gobernantes y de la mayoría de su población. De ahí la necesidad de fomentar el pensamiento crítico, impulsar el avance del conocimiento científico y dar apoyo a la creación artística libre de dogmas, aunque los piadosos puedan sentirse amenazados. En nosotros queda la posibilidad de impulsar nuevos renacimientos o una nueva edad de las tinieblas.


Obras consultadas:

Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell
Ideas. Una historia intelectual de la humanidad, de Peter Watson



[1] Tampoco podemos olvidar el Renacimiento Carolingio, entre los siglos VII y VIII
[2] La cultura clásica también estaba llena de brutalidad e irracionalidad, y también hubo episodios de persecución antiintelectual; recordemos que Sócrates fue condenado a morir por la democracia ateniense en plena época dorada de la filosofía griega.

5 comentarios:

El Tao Tao dijo...

¿Ya leíste The Darkening Age de Catherine Nixby? Justo habla de cómo el cristianismo sectoso (que no sectario) de los primeros años después de Constantino le acabó por dar en la madre a la cultura clásica.

Soy lector de tu blog desde hace ya algunos años, y muchas de tus lecturas me han ayudado a orientar las mías. Mi mejor amigo también lo era; murió hace un par de meses y cada que me encuentro algo tuyo en FB o aquí pienso en él.

Ya está, sólo quería agradecerte. Perdón por el tuteo :)

Verreaux dijo...

En resumen el problema no es la religion de la persona si no, cuan fundamentalista es en su pensamiento y acciones,esto me recuerda a la tipica frase de "los paises protestantes son ricos y los catolicos pobres" lo cual no es realmente cierto, al analizar ver la situacion vemos que en realidad fue que los paises que se volvieron protestantes los gobernantes pudieron tener mas control sobre la religion y volverse mas seculares, francia es catolica pero el control que tuvo sobre la iglesia Luis XIV y posteriormente Napoleon le permitieron suficiente laicismo que la ayudo a desarrollarse, igualmente la mitad catolica de alemania. En el otro lado de la moneda el Bible belt estadounidense tiene la zona mas religiosa y protestante del pais y tambien de los lugares mas pobres, a diferencia de las zonas mas seculares.

Anónimo dijo...

Hace un par de días "descubrí" tu blog y me pase un buen rato leyendo, muchas gracias por compartir tanto conocimiento. Hasta hice la concesión de dejar que Google me rastree para dejarte este comentario, si un día deseas tener este blog sin que Google rastree a tus visitantes, puedo ayudarte. Un abrazo.

Unknown dijo...

Increible y muy ameno, gracias por compartirlo.

Maik Civeira dijo...

Tao: No, no lo he leído. Muchas gracias por comentar. Siento mucho lo de tu amigo; mi más sentido pésame :(

Verreaux: Sí, justo eso. Excelentes ejemplos.

Anónimo: Gracias. No sé qué es eso del rastreo de Google :|

Unknown: Gracias! :)

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