jueves, 6 de junio de 2019

IDEAS: Dos libros sobre la historia de la cultura y el pensamiento




Conocer la historia, y en particular la historia de la cultura y el pensamiento, puede ser un antídoto contra el provincianismo intelectual. Al comprender cómo las ideas, los valores y las creencias han evolucionado a lo largo del tiempo, se vuelve casi inevitable confrontarnos con la realidad de que aquello que consideramos eterno, universal e inamovible es el resultado de procesos históricos que en gran parte dependen del azar. Saber que en el mundo existen y han existido una increíble diversidad de cosmovisiones y sistemas de pensamiento, que las aportaciones en apariencia más humildes han sido también las más profundas, puede ser una cura contra el fanatismo y el chauvinismo.

Es por eso que hoy les traigo en recomendación dos obras del historiador intelectual Peter Watson. Este par de libros, chonchos y sesudos como gustan, son de aquellos que te toman un par de meses cada uno, y que se sienten como haber cursado un diplomado. Totalmente valen la pena. Su ambicioso objetivo es haber un esbozo de la historia intelectual de la humanidad, desde sus orígenes hasta el año dos mil. Espero que se animen a leerlos, porque podrían ampliar su visión del mundo y la historia.

IDEAS:
HISTORIA INTELECTUAL
DE LA HUMANIDAD
(2005)



El subtítulo en inglés reza “Una historia del pensamiento y la invención, del fuego a Freud”, y es justo de lo que se trata, un épico recorrido por el gran relato humano de la creación y el entendimiento, desde los orígenes de la humanidad hasta el año 1900.

Es un libro sorprendente, por supuesto. Podría llenar un artículo completo sólo compilando los datos curiosos, como que sir Isaac Newton era más místico y esotérico de lo que uno se imagina, o que en el siglo V el matemático indio Aryabhata desarrolló un modelo heliocéntrico del universo, o que las ciudades de Mesopotamia eran tan grandes como las que llegarían a serlo las del Mediterráneo clásico dos mil años después, o que los candidatos a funcionarios públicos en la China imperial debían someterse a exámenes de cultura general, o que algunos pueblos indígenas de Norteamérica tenían seis géneros.

Pero más importante aún que las curiosidades, siempre útiles para parecer interesante en fiestas y reuniones, es la información impactante sobre aquellos asuntos a los que no dábamos mucha importancia, ya sea porque los diéramos por sentados o no se nos había ocurrido pensar cuán relevantes son. Por ejemplo, Watson nos hace pensar en nuestros ancestros remotos, los primeros homínidos, y nos invita a reflexionar sobre sus poderes mentales, de cómo mirar una piedra y pensar que se podría modificar para hacer una herramienta que podríamos usar en un futuro, requiere de una capacidad de abstracción impresionante e inédita en el mundo animal.



El dominio del fuego nos permitió conquistar el frío; la agricultura no fue un gran avance que nos permitió vivir mejor, sino una medida desesperada que tomamos para sobrevivir en una era de cambio climático y que trajo más trabajo, peor alimentación y el inicio de las desigualdades sociales. Las primeras religiones adoraban a diosas madres; los dioses patriarcales son un invento relativamente reciente; el dios de los hebreos evolucionó con los siglos y en tiempos primitivos era venerado junto a una esposa. Por alguna razón no del todo comprensible, en un lapso de unos cuatro siglos (entre el 750 y 350 a.C.) aparecieron Buda, Zaratustra, Isaías, Confucio, Lao-Tsé, Sócrates y Platón, que significó una revolución en la ética y la concepción del alma humana.

Cositas como las letras minúsculas, los signos de puntuación, los números arábigos, el punto decimal, los símbolos de más, menos, por e igual, y las unidades de medida estándar han contribuido más al avance intelectual de la humanidad de lo que imaginamos. La estructura morfológica de la lengua china la hace menos intuitiva para el análisis lógico formal de un enunciado que las lenguas indoeuropeas. El cristianismo de los primeros cinco siglos era ferozmente antiintelectual, causó la destrucción del sistema educativo grecolatino y casi termina por matar al libro mismo. Los orígenes de la modernidad ya no deberían buscarse en el Renacimiento, sino antes, entre los siglos XI y XIII, cuando surge el concepto de Europa.


El libro, por supuesto, tiene los problemillas que suelen tener esta clase de historias. Es fundamentalmente eurocentrista, por lo menos a partir de la modernidad. Aunque en la primera parte del libro sí dedica sendos y ricos capítulos a las tradiciones culturales de India, China y el mundo islámico, después dice explícitamente que el centro de la historia se traslada a Europa (y, en ese continente, del Mediterráneo al Atlántico). Algo similar sucede con la igualmente épica y recomendable Historia del mundo de J.M. Roberts. Parecería que todo lo importante fuera de Europa sucedió en tiempos antiguos y medievales. Si vuelve a hablar de otras civilizaciones, siempre es en el marco de sus relaciones con Occidente.

Su otro defectillo es, como era de esperarse, el androcentrismo: las mujeres mencionadas, ya fueran filósofas, científicas, artistas o gobernantes, son poquísimas, y ni siquiera se aborda el movimiento sufragista con detenimiento. Sin embargo, estas faltas se pueden pasar por alto dada la riqueza de información que da este prodigioso volumen. Teniendo en cuenta que después habrá que investigar más sobre lo que el libro calla o se queda corto, es un excelente punto de partida para el estudio.

Tres “ideas”, dice Watson, son las que plantea como candidatas para la tríada (siempre vienen en tercias) de las más influyentes en la historia del pensamiento en Occidente: el experimento, el alma y Europa. En un principio parece una selección un tanto caprichosa y heteronómica, pero al llegar a la conclusión es difícil no convencerse de por qué las eligió. En efecto, y para empezar, estamos hablando del “mundo occidental”, un concepto que nació primero cuando los habitantes de esa península asiática empezaron a considerarse similares entre sí y distintos a los demás; se trata de una idea que tiene muchos méritos y muchas culpas también.



El concepto de alma podría haberse convertido en el de mente con la secularización del mundo occidental a partir de la Edad Moderna, pero la idea de que tenemos un “yo”, único y esencial que existe en nosotros, o que incluso somos nosotros, ha sido de una potencia tal que hasta ahora se nos hace muy difícil pensar de otra forma, o incluso concebir que no siempre lo hemos entendido así. Según Watson, la idea del alma ha sido incluso más poderosa que la de dios, y ha tenido consecuencias insospechadas en el desarrollo de nuestra cultura ética, política y artística.

Por último, el método experimental para las ciencias empíricas es el principal responsable del mundo moderno. En tan sólo unos cinco siglos desde que iniciara la Revolución Científica, el progreso material de la humanidad (el único progreso que no se puede cuestionar), ha sido mayor que en todos los milenios anteriores desde su existencia. Quizá, dice Watson, después de todo siempre volvemos a Platón y Aristóteles. El primero marcó el camino hacia el conocimiento del alma, hacia la ética; el segundo, hacia la comprensión y dominio del mundo externo, hacia la ciencia.

HISTORIA INTELECTUAL
DEL SIGLO XX
(2000)



Con el título original “The Modern Mind”, esta colosal historia de la cultura y el pensamiento durante el siglo pasado nos plantea desde el principio su principal característica: ruptura. Todo avance intelectual importante durante aquellos cien años implicó la ruptura con cánones que se creían eternos. El arte vanguardista rompió con siglos de tradición estética; la teoría de la relatividad y la física cuántica superaron el legado de Newton; los trabajos de Freud resquebrajaron la confianza del ser humano en su propia racionalidad civilizada; la filosofía declaró que la Ilustración y la modernidad se habían agotado; las formas tradicionales de literatura perdieron su estatus como formadoras de sociedades…

El libro es de hecho anterior a Historia intelectual de la humanidad, pero me alegro de haber leído éste primero, porque así se configura una narrativa que parte desde el origen del bipedalismo hasta el surgimiento de la World Wide Web. Uno de los grandes logros intelectuales del siglo XX, nos dice Watson, es la conformación de una historia común a toda la humanidad, a través de los descubrimientos que revelan nuestro origen y las conexiones profundas entre culturas remotas. Esta visión queda clara al leer ambos volúmenes uno detrás del otro.


Capítulo por capítulo, Watson nos ilustra sobre los avances científicos, las innovaciones tecnológicas, los descubrimientos arqueológicos, las nuevas teorías filosóficas y las grandes obras artísticas que dejó el siglo XX, uno caracterizado por la incertidumbre. “Un poco de conocimiento revela un mundo de ignorancia” dice el dicho, y en efecto, mientras pasaba estas páginas pude darme cuenta de lo poco que conozco acerca de muchas de las tradiciones intelectuales de la pasada centuria. ¡Tantos libros por leer y tan poco tiempo!

Con igual talento narrativo, Watson emociona al lector con el desarrollo de la física moderna en su edad dorada, el desarrollo las ideologías que llevaron a los totalitarismos, el surgimiento de las literaturas que impactaron al mundo desde la periferia, o las contundentes refutaciones que ya en los 80 y 90 se planteaban contra las doctrinas deshonestas de la economía clásica.



Uno aprende muchas cosas interesantes, por ejemplo, que los cafés de Viena fueron parte importante para el desarrollo de una comunidad intelectual; que los estudios sobre leones, chimpancés y elefantes cambiaron nuestra visión de la naturaleza humana; o que el actual pánico sobre las universidades que se han convertido en nidos de radicales tiene ya décadas de antigüedad y ha sido refutado.

Uno de los ejes fundamentales del siglo XX fue Sigmund Freud y sus herederos, como Jung y Lacan. Durante casi cien años no sólo la psicología, sino la filosofía, la teoría política, el arte y la literatura, tuvieron como eje las ideas de este señor. Pero a finales del siglo comenzaron a ser refutadas; sus planteamientos se revelaron como incomprobables o de plano pseudocientíficos, mientras que su praxis había sido deshonesta. Ésta es, nos dice Watson, una de las grandes tragedias intelectuales del siglo, el haber perdido tanto tiempo en un callejón sin salida.



También es la causa del último gran cisma en tradiciones intelectuales en Occidente: mientras que en el mundo anglosajón Freud quedó superado rápidamente y pesó más la influencia de las ciencias empíricas y el positivismo lógico, en Francia y Alemania, como en la mayor parte de Europa (y, anoto, América Latina), los intentos por hermanar a Marx y Freud formaron la columna vertebral de una serie de esfuerzos que al final resultaron ser estériles.

Junto a Freud, otras dos grandes ideas que marcaron el siglo fueron la ciencia, con sus impresionantes e inéditos logros, y el capitalismo liberal, con sus altibajos. La filosofía a lo largo del siglo, desde Bergson y Heidegger en sus primeras décadas, hasta los posmodernistas en las últimas, arrojaron visiones escépticas sobre la ciencia y denunciaron sus límites, pero hasta ahora no han hecho aportaciones que puedan mejorarla o sustituirla, y mientras, la ciencia sigue su avance imparable. El capitalismo, por otra parte, mostró su lado más oscuro con la Gran Depresión y los excesos del neoliberalismo, pero encontrar una alternativa viable sigue siendo el gran reto intelectual del siglo XXI.

Hay, por supuesto, carencias en esta narrativa, referentes a temas por los que yo siento particular interés. La cultura pop está ausente casi por completo, excepto por algunas menciones breves y casi de pasada; de la ciencia ficción no dice ni el nombre. Del cine nos cuenta sus orígenes, el expresionismo alemán y la Nueva Ola francesa, pero nada más. El feminismo está contenido en un solo capítulo y se limita a hablar de la Segunda Ola; el sufragismo sigue reducido a alguna frase solitaria y no hay ni una palabra dedicada al anarquismo. Aunque aborda la contracultura de mediados de siglo, lo hace casi absolutamente desde la perspectiva de quienes escribieron sobre ella (y contra ella), y nunca desde la óptica de los autores y artistas que le dieron forma.



Es, de nuevo sumamente eurocentrista, y sobre todo anglocentrista (más que en el otro libro). En la conclusión, Watson reconoce este defecto, y alega que en un principio tuvo la idea de que fuera una historia realmente universal y que incluyera aportaciones de todas las culturas, pero que, tras consultar a expertos, llegó a la conclusión de que casi todas las grandes ideas del siglo XX se desarrollaron en el Occidente.

La tradición intelectual que surgió en el Tercer Mundo, principalmente el postcolonialismo, se dio casi siempre como reacción a los efectos del choque entre las culturas tradicionales y la modernidad occidental. Hubo mucha reivindicación de la historia, arte y logros de las civilizaciones en África, Asia y América Latina, pero no ideas nuevas que significaran un cambio en la historia del pensamiento. Y aunque hay cada vez más académicos, científicos, intelectuales y artistas en esas partes del mundo, las tradiciones intelectuales y los paradigmas con los que trabajan fueron desarrollados en Occidente. Incluso el postcolonialismo se expresa con conceptos que fueron inventados en Europa o Norteamérica.

Bien, esto puede caer muy mal, pero la verdad no tengo yo los conocimientos para refutarlo. Sin embargo, se me ocurren algunos temas que no aparecen en la obra, tales como: el modernismo latinoamericano en la poesía (el primer movimiento estético surgido en nuestro continente), el desarrollo del maoísmo en China (sólo habla de cómo la Revolución Cultural lo jodió todo), la teología de la liberación o el pensamiento político de Gandhi y Mandela.

A pesar de estas omisiones, no puedo sino admirar el monumental trabajo frente al que nos encontramos aquí. Leer estos libros uno detrás del otro ha sido un viaje delicioso e iluminador. Son de esas obras que te abren los ojos y la mente, que te ponen a pensar, que sientes que te rompen cascarones de yeso alrededor del cerebro y que te dejan con la sensación de ser un poco menos tonto que antes. Creo que nuestro mundo los necesitaba.



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