Un recorrido por las Tierras de Sangre - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

martes, 18 de agosto de 2026

Un recorrido por las Tierras de Sangre

Este ensayo fue publicado con antelación para mis mecenas en Patreon


La Segunda Guerra Mundial, que hundió al mundo en un baño de sangre entre 1939 y 1945, fue el conflicto más destructivo que ha conocido la especie humana. Sin embargo, a pesar de su presencia en la cultura mediática y ser uno de los tópicos favoritos de los aficionados a la historia, no es tan bien conocida como podríamos pensar. El punto de vista desde el que se narra suele ser el de las potencias occidentales, especialmente la esfera anglosajona. Las grandes gestas de británicos y estadounidenses en Europa occidental, en África y el Pacífico no fueron poca cosa. Y sin embargo, los niveles de muerte, destrucción y violencia que esos ejércitos atestiguaron y enfrentaron palidece frente a lo que sucedió en Europa oriental, por mucho el más sanguinario de los frentes.


El historiador Timothy Snyder llama “Tierras de Sangre” a una franja que se extiende desde Polonia hasta Rusia occidental, y de los países bálticos hasta las costas del Mar Negro. Entre 1933 y 1945 allí fueron asesinadas 14 millones de personas. Aclaremos: ese número incluye sólo personas que murieron por políticas deliberadas de asesinato en masa y exterminio, sin contar a combatientes caídos en la lucha, ni a víctimas colaterales de los enfrentamientos. De hecho, una cuarta parte de esos 14 millones murieron antes de que iniciara la guerra.


La tesis central de Snyder es que esa cantidad inaudita de asesinatos es resultado del encuentro entre dos regímenes totalitarios: el nazismo y el estalinismo. En medio de éstos quedaron polacos, ucranianos, bielorrusos, estonios, lituanos, letones, judíos y gitanos. Gente fue asesinada en masa por su etnia, nacionalidad, religión, ideología política o simplemente porque estorbaba en un lugar que alguien quería ocupar. Comandando a las maquinarias de guerra más grandes que hubiera visto el mundo, estaban dos dictadores sin ningún respeto por la vida humana y dispuestos a sacrificar a propios y a ajenos para conseguir la victoria sobre el enemigo.


Más o menos el mismo número (seis millones) de judíos y eslavos fueron asesinados por los nazis. Claro que, proporcionalmente, los judíos perdieron una mayor parte de su población. Sin embargo, la narrativa popular en Occidente plantea a los judíos como las únicas víctimas de las campañas de exterminio nazis, dejando de lado a otros grupos. Además, no obstante historias como la de Anne Frank en los Países Bajos, se tiende a olvidar que la mayor parte de los judíos fueron masacrados en las Tierras de Sangre.


La narrativa oficial estalinista, por su parte, minimizó hasta casi invisibilizar la identidad étnica de la mayoría de las víctimas del nazismo. Todos los muertos fueron homogeneizados simplemente como “ciudadanos soviéticos” o incluso “rusos”. Suele decirse que Rusia fue el país que puso más muertos en la guerra, pero ésa es una imprecisión engañosa. La mayoría de los que murieron no eran rusos étnicos. Ciudadanos soviéticos sí, pero ucranianos, polacos, bielorrusos, judíos, bálticos, gitanos… Y muchos de ellos llevaban apenas unos pocos años formando parte de la URSS, desde que Stalin ocupó sus países como parte del pacto Ribbentrop-Molotov. 



Los negacionistas del Holocausto suelen preguntar con falsa inocencia: ¿cómo pudieron gasear a 6 millones de personas en las cámaras? La respuesta es obvia: sólo gasearon a menos de la mitad de ese número. Más de la mitad de los judíos asesinados por los nazis murieron de otras maneras, principalmente a tiros, antes de que las cámaras de gas comenzaran a operar.


Snyder distingue entre los campos de concentración y los campos de exterminio de los nazis, aunque apunta que no siempre es tan fácil diferenciarlos. Los campos de concentración normalmente estaban destinados para prisioneros que eran esclavizados. Sí, se les ejecutaba, se les mataba de hambre y se les obligaba a trabajar hasta morir, pero el principal objetivo de estos campos era el trabajo esclavo. Los Aliados británicos y americanos descubrieron principalmente campos de este tipo, porque estaban en la parte occidental del imperio nazi. Allí encontraron escenas atroces: montañas de cuerpos, prisioneros famélicos hasta los huesos, fosas comunes, crematorios… Y sin embargo, ahí no estaban los mayores horrores.


El propósito de los campos de exterminio era el asesinato en masa. Éstos se encontraban en la parte oriental y fueron liberados por el Ejército Rojo. Mientras que en los campos de concentración los nazis murieron cerca de un millón de personas, en los de exterminio diez millones fueron asesinadas. Auschwitz, el más infame de todos, era ambas cosas a la vez.


Ya desde un inicio el régimen de Hitler anunciaba que sería sanguinario. Durante la Noche de los Cuchillos Largos (1934), la purga del nacionalsocialismo se cobró las vidas de docenas de sus propios correligionarios, muchos de ellos sus fundadores. En 1938 la Noche de los Cristales Rotos fue una serie de disturbios en los cuales ciudadanos alemanes se volcaron contra sus conciudadanos judíos, destruyendo miles de sus negocios, templos y hogares. El discurso de odio desde la tribuna del gobierno nazi rendía frutos. Irónicamente, los judíos formaban alrededor del 1% de la población de Alemania, pero eso no impedía que Hitler los culpara de todos los males del país.



En 1939 después de tratar en vano que Inglaterra y Francia se unieran a él en un frente común contra Alemania, Stalin aceptó el pacto de no agresión con Hitler. El führer quería iniciar una guerra contra Polonia y no quedar rodeado de enemigos si Inglaterra y Francia entraban para defender a su aliado polaco. Stalin quería retomar los territorios del viejo Imperio Ruso, que consideraba un peligro para su seguridad nacional y que supondrían una ventaja estratégica en caso de guerra con Alemania. Así, el 1 de septiembre de 1939 la guerra empezó sin previo aviso sobre una pequeña ciudad polaca.


Los alemanes habían elegido una localidad carente de importancia militar como emplazamiento para un experimento letal: ¿Podría una fuerza aérea aterrorizar a la población civil mediante un bombardeo? La iglesia, la sinagoga, el hospital, estaban en llamas. Las bombas caían en oleadas, setenta toneladas en total; destruyeron la mayor parte de los edificios y mataron a cientos de personas, en su mayoría mujeres y niños. Cuando llegó un administrador alemán, había más cadáveres que personas vivas. Veintenas de ciudades y pueblos conocieron un destino similar en toda Polonia. Hasta 158 emplazamientos distintos fueron bombardeados.”


Las autoridades alemanas decretaron que Polonia no era un estado legítimo, y que los combatientes polacos no eran soldados, sino criminales. No había que seguir el derecho internacional en cuanto al combate ni los prisioneros de guerra tenían derechos como tales. Los soldados quedaban eximidos de cualquier crimen o responsabilidad ética por sus acciones. Los hospitales y puestos de primeros auxilios eran atacados y los heridos eran ejecutados. Para someter mejor a la nación había que destruir su cultura, por lo que los nazis se esforzaron en eliminar a los polacos más cultos y educados.


También fue en Polonia donde los nazis llevaron a cabo los primeros experimentos para ejecuciones masivas con gases venenosos. Era un proyecto de eugenesia, pues se eligió a pacientes de hospitales psiquiátricos para tal prueba. 7700 ciudadanos polacos fueron ejecutados así, y con ello inició una política para limpiar a la sociedad de elementos “indeseables” que también se llevaría a cabo en Alemania y en los demás territorios que los nazis ocuparon a lo largo de la guerra: cerca de 300 mil personas con padecimientos mentales, neurodivergencias y discapacidades fueron asesinadas por los nazis.


El refuerzo de la germanidad tenía una dimensión interna y otra externa: la guerra agresiva en el exterior servía de excusa para el asesinato de ciudadanos alemanes. Así empezó y así iba a continuar.”


En 1940 la Alemania nazi conquistó Dinamarca, Noruega, los Países Bajos, Bélgica y Francia, y durante el año siguiente intentó doblegar a Gran Bretaña. Finalmente, en 1941 Hitler rompió el pacto con Stalin y se lanzó en una guerra de exterminio hacia Europa del este.



Snyder explica que este enfrentamiento entre las dos dictaduras fue lo que produjo la etapa más cruel de la guerra. Stalin necesitaba mantener a toda costa su proyecto del “socialismo en un solo estado”, amenazado por enemigos en todas partes, no sólo los fascistas sino las democracias liberales. Hitler por su parte, deseaba crear un vasto imperio terrestre que pudiera competir con los imperios anglosajones y le diera a la raza germánica su Lebensraum,espacio vital”, y destruyera para siempre la amenaza comunista en el proceso.


El diseño general era consistente de principio a fin: los alemanes deportarían, matarían, asimilarían o esclavizarían a las poblaciones nativas y traerían orden y prosperidad a la frontera sometida. Dependiendo de las estimaciones demográficas, entre 31 y 45 millones de personas, la mayoría eslavos, iban a desaparecer. En una de las versiones, entre un 80% y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos iban a ser eliminados.


Una vez que las corruptas ciudades soviéticas hubieran sido arrasadas, los granjeros alemanes establecerían, en palabras de Himmler, «perlas de asentamiento», utópicas comunidades granjeras que producirían una gran abundancia de alimentos para Europa. Serían colonias agrícolas alemanas de entre quince y veinte mil personas cada una, rodeadas de pueblos alemanes dentro de un radio de diez kilómetros. Los colonos alemanes supondrían para Europa una decisiva defensa en los montes Urales contra la barbarie asiática, que sería forzada a retroceder hacia el este. La contienda en los límites de la civilización pondría a prueba la hombría de una generación venidera de colonos alemanes.”


Este proyecto colonial estaba inspirado explícitamente en lo que los Estados Unidos habían hecho en Norteamérica. Bien se dice que, al menos en parte, el fascismo es el colonialismo de siempre llevado de regreso a Europa:


La colonización haría de Alemania un imperio continental capaz de rivalizar con Estados Unidos, otro duro estado fronterizo basado en el colonialismo exterminador y el trabajo de los esclavos. El Este era el destino manifiesto de los nazis. Desde el punto de vista de Hitler, en el Este «se producirá por segunda vez un proceso similar al de la conquista de América». Tal como Hitler imaginaba el futuro, Alemania trataría a los eslavos de la misma forma que los norteamericanos habían tratado a los indios. El Volga, proclamó una vez, sería el Misisipi alemán.”


En un inicio el plan de Hitler era expulsar a los judíos de Europa, deportándolos a otras latitudes. Cuando se hizo evidente que movilizar a tal cantidad de gente sería imposible, se optó por el exterminio. La escala de los asesinatos en masa aumentó exponencialmente cuando los planes de Hitler para colonizar Europa del este se vieron frustrados por la resistencia soviética; para los nazis, eliminar a los judíos era una forma de venganza y compensación por las humillaciones sufridas a manos del Ejército Rojo. Los esfuerzos genocidas del régimen nazi continuaron hasta el último día de su existencia.



Pero lo que hemos repasado es sólo una parte. Según Snyder, si durante la guerra la mayoría de los asesinatos en las Tierras de Sangre fueron cometidos por el nazismo, en los años que la precedieron fue el estalinismo el que llevaba la delantera. De los 14 millones de personas asesinadas por políticas de exterminio en las Tierras de Sangre, casi una tercera parte fueron víctimas del estalinismo.


Los negacionistas del Holodomor son muy parecidos a los negacionistas del Holocausto, con un discurso burlón y falaz, y una convicción de que cualquier evidencia histórica se puede desestimar al grito de “¡propaganda!”. Se le llama el Holodomor (“matar de hambre”, aunque el mismo Snyder evita usar el término) a la muerte por hambruna de millones de ucranianos, causadas directa o indirectamente por las políticas del gobierno de Stalin, entre 1932 y 1933. El negacionismo se manifiesta en negar que el hecho haya ocurrido, cuestionar los números o afirmar que no hubo intencionalidad, que la hambruna fue por causas naturales fuera del control humano o, si acaso, por errores y malas políticas administrativas y no por objetivos genocidas. 


En realidad, la hambruna fue producto de la colectivización forzada del campo y de las requisiciones de grano ucraniano por parte del gobierno. La colectivización implicó la destrucción de los kulaks (agricultores dueños de tierras) como clase social, la deportación de cientos de miles de personas y la sedentarización forzosa de los pueblos nómadas.


La primera cosecha tras la colectivización fue un fracaso evidente, debido a varios factores, algunos de fuerza mayor (plagas, mal tiempo, etc.) y otros como resultado de la política soviética (se había deportado a muchos agricultores que tenían los conocimientos para trabajar la tierra, las fábricas no habían logrado producir suficientes tractores, etc.). Pero el estado soviético necesitaba el grano para exportar y con ello financiar la rápida industrialización del país.


El gobierno ordenó que se requisara el grano a los campesinos ucranianos para cumplir con las cuotas a como diera lugar, dejando a millones de personas sin alimento. Encima culpó a los mismos campesinos de esconder o destruir el grano como parte de una conspiración para hacer fallar al comunismo. Las tropas soviéticas recorrían el campo ucraniano arrebatando el alimento a los campesinos, y de paso aterrorizándolos (las mujeres eran frecuentemente violadas). La persecución contra los kulaks se recrudeció y muchos campesinos sin tierra fueron acusados de ser kulaks.



Es difícil saber a ciencia cierta cuántas personas murieron. Snyder explica:


El censo soviético de 1937 contabilizó ocho millones de personas menos de lo esperado: la mayoría eran víctimas de la hambruna en Ucrania, Kazajistán y Rusia, más los niños que no tuvieron. Stalin suprimió los datos e hizo ejecutar a los demógrafos responsables […] Parece razonable proponer una cifra de unos 3.3 millones de muertos por inanición y por enfermedades relacionadas con el hambre en la Ucrania soviética en 1932-1933. De ellos, unos tres millones serían ucranianos y el resto rusos, polacos, alemanes, judíos y otros.”


Y luego vino la Gran Purga de 1936-1938 . Ante el ascenso de Hitler en Alemania, Stalin temía que los nazis pudieran usar a sus enemigos dentro y fuera de la URSS para asestar un golpe en su contra. Después de todo, fue el Imperio Alemán el que ayudó a Lenin a volver a Rusia para iniciar la revolución durante la Primera Guerra Mundial. Trotski y los trotskistas estaban en el exilio en ese momento, justo como Lenin lo estaba antes de la Revolución.


Las personas eran sospechosas por sus orígenes de clase, pero también por sus orígenes étnicos. El gobierno de Stalin se volvió paranoico contra las múltiples nacionalidades que habitaban en territorio soviético. Ser étnicamente polaco era motivo para sospechar de tu lealtad a la URSS; fue por mucho la etnia que sufrió más detenciones y ejecuciones. Con frecuencia las persecuciones recayeron sobre la élite artística e intelectual de las nacionalidades no rusas. En Bielorrusia la purga asesinó a 218 de sus escritores más destacados.


Los agentes del NKVD, la policía secreta de Stalin, eran conminados a cumplir con “cuotas” de arrestos y ejecuciones para acabar con una inexistente “contrarrevolución”. Los agentes eran sospechosos si no cumplían con las cuotas y era mucho mejor que las superaran. Naturalmente, se obtenían confesiones falsas bajo torturas y amenazas. Para finales de 1938 más de 600 mil ciudadanos soviéticos habían sido ejecutados en estas purgas.


En 1937 y 1938, los agentes del NKVD, muchos de ellos judíos, lituanos, polacos o alemanes, ejecutaban políticas de matanzas nacionales que superaban todo lo que Hitler y sus SS habían intentado (hasta el momento). Al llevar a cabo estas masacres étnicas -lo cual, por supuesto, debían hacer si querían preservar sus posiciones y sus vidas-, ponían en entredicho una ética del plurinacionalismo que sin duda había sido importante para algunos de ellos. Después, el curso del Terror, fueron ejecutados de todos modos y reemplazados casi siempre por rusos.”



A menudo se da a Stalin el crédito de haber vencido al nazismo, pero de hecho las purgas de Stalin debilitaron a la URSS al deshacerse de muchos revolucionarios experimentados y competentes, líderes políticos y oficiales del ejército, soldados y ciudadanos que habrían podido luchar contra Hitler en 1941. La fecha era demasiado temprana para las proyecciones de Stalin, que pensó que la guerra en el occidente duraría más tiempo, y cuando Hitler invadió la URSS, se encontraba en tal desorden tras las purgas que las tropas nazis llegaron hasta el Volga y el Cáucaso con facilidad. Fueron los hombres y mujeres que conformaban el Ejército Rojo lo que logró dar la vuelta a la guerra y detener el avance nazi, no la paranoia de su dictador. Lo que sí lograron las purgas fue consolidar el poder personal de Stalin. 


Creo que hasta cierto punto aceptar el pacto de no agresión con la Alemania nazi puede justificarse como forma de la URSS hacer tiempo para prepararse para una inminente guerra. Lo mismo se puede decir de la ocupación de territorios estratégicos en Europa del este. Pero no se puede justificar las acciones que llevó a cabo la URSS en esos territorios, que iban destinadas no a prepararse para una guerra, sino a someter a la población local y destruir cualquier tipo de resistencia de forma preventiva.


Los neoestalinistas quisieran hacernos creer que Stalin sólo mató a nazis, que todas, o la mayoría, de las personas que murieron por su régimen habían hecho algo para merecerlo. Esto es directamente una falsedad. Más de 100 mil ciudadanos de Polonia fueron arrestados cuando la URSS ocupó su país; más de 21 mil murieron. Una vez más sus esfuerzos se vieron especialmente dirigidos a las élites educadas; Polonia quedó privada de miles de sus profesionistas entre educadores, médicos, abogados, científicos, clérigos y funcionarios.


Se ha dicho que Snyder peca de rusofobia, y hay algo de cierto en la acusación. Constantemente trata de hacer la equivalencia entre la Alemania nazi y la URSS. Sin embargo, nunca falsea los números, y cualquier lector puede darse cuenta de que, con todo y haber gobernado durante mucho más tiempo sobre un territorio mucho más grande, el estalinismo mató a menos de la mitad de la gente a la que mató Hitler en políticas de asesinatos masivos. Igual estamos hablando de millones de seres humanos, así que no sirve como disculpa, pero sí da cuenta de cuál de los dos males era el mayor. En cualquier caso, ambos regímenes coincidieron en encontrar razones por las cuales grupos humanos no debían ser considerados humanos, y que por ello estaría bien matarlos en grandes números.



Éste es un libro de lectura muy difícil. Llega un momento en el que la mente se entumece ante la enumeración de atrocidades y los números ya no nos dicen nada. Snyder hace lo posible para visibilizar a las víctimas y que no pasen a la historia como simples cifras, y por ello nos cuenta testimonios de primera mano, y echar un vistazo a quiénes eran estas personas, lo que vivieron, lo que pensaron y sintieron, lo que sufrieron…


“Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo.”


Hoy que reviven las ideologías de odio conviene recordar que los genocidios no empiezan de golpe; discursos que satanizan a grupos minoritarios, políticas que los privan poco a poco de sus derechos, planes expansionistas que desestiman a los habitantes de los territorios… Todo eso lo vemos gestarse en nuestros tiempos, especialmente en el genocidio que actualmente lleva a cabo Israel en Palestina y el Líbano, con la aquiescencia de las potencias occidentales. Pero también con la guerra entre Rusia y Ucrania, o con la agresión de Estados Unidos contra Irán, o la represión previa del régimen iraní contra su propia población. Y también con el genocidio de los rohinyá en Myanmar, el genocidio en Sudán o la limpieza étnica llevada a cabo por Marruecos en el Sahara Occidental. En todos esos casos encontramos discursos justificando por qué matar en masa a tal o cual grupo es necesario, argumentando que el propio grupo es víctima del otro.


“Ninguna guerra importante, ningún acto de asesinato en masa del siglo XX empezó sin una declaración previa de inocencia y victimismo por parte del agresor o el perpetrador. En el siglo XXI asistimos a una segunda ola de guerras agresivas con declaraciones de victimismo, en las que los líderes no sólo presentan a sus pueblos como víctimas sino que hacen referencia explícita a los asesinatos en masa del siglo veinte. La capacidad humana para el victimismo subjetivo es aparentemente ilimitada, y las personas que creen ser víctimas pueden inclinarse a realizar actos de gran violencia.”


De la misma forma, Snyder advierte que la memoria de las atrocidades no es suficiente para evitarlas de nuevo. Necesitamos cambiar nuestra forma de pensar al respecto (las negritas son mías):


“Nuestra cultura contemporánea de la conmemoración da por sentado que la memoria evita el asesinato. Si murió tanta gente, resulta tentador pensar que debieron morir por algo de un valor trascendente que puede revelarse, desarrollarse y preservarse a través de la conmemoración política adecuada. Lo trascendente en este caso resulta ser lo nacional. Los millones de víctimas tuvieron que morir para que la Unión Soviética pudiera ganar una gran guerra patriótica, o Estados Unidos una guerra justa. Europa tenía que aprender su lección de pacifismo, Polonia debía tener su leyenda de libertad, Ucrania necesitaba poseer héroes, Bielorrusia tenía que probar su virtud, los judíos tenían que cumplir un destino sionista. Pero todas esas racionalizaciones posteriores, aunque contienen importantes verdades sobre las políticas y las psicologías de las naciones, tienen poco que ver con la memoria como tal. Los muertos son recordados, pero los muertos no recuerdan. Otro tenía el poder y otro decidió cómo debían morir. Y más tarde, otro también decide el porqué. Cuando se extrae significado del asesinato, el riesgo es que más asesinatos aporten más significado.”


FIN


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