Christopher Nolan y el fin de la civilización - Ego Sum Qui Sum

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viernes, 28 de agosto de 2026

Christopher Nolan y el fin de la civilización

Este ensayo fue publicado con anticipación para mis mecenas en Patreon






Para Nelly, que me animó a por fin escribir esto


Se dice que Grecia es la cuna de la civilización occidental. Esto no es falso en sí, pero dicho así nomás resulta simplista y reduccionista. Realmente eso de “cuna de la civilización occidental” es principalmente una construcción de señores ingleses del siglo XIX (como muchas cosas que damos por sentadas). De hecho, es por esos mismos señores que se puso de moda eso de pensar en “civilizaciones” como entes discretos y delimitados, en oposición al merequetengue multicultural de márgenes difuminados que la humanidad siempre ha sido.


A principios del siglo XIX Inglaterra andaba apoyando la independencia de Grecia del Imperio Otomano (por razones imperialistas, claro está). El caso es que tenían muchos incentivos para querer trazar una línea entre los pederastas atenienses del siglo IV a.C. y los viejos lesbianos de la Casa de los Lores. El problema es que cuando los británicos de hecho visitaron Grecia la encontraron demasiado café y oriental para su gusto. Los griegos eran morochos y guapachosos, más parecidos a estereotipos orientalistas que a la gente con la piel más pálida, el clima más feo y la comida más desabrida del mundo.


Los ingleses escupieron su té del espanto y, para subsanar su disonancia cognitiva, se inventaron un lore según el cual esos griegos contemporáneos se habían degenerado por todos esos años de dominio turco. Esto era falso; Grecia siempre fue muy cercana a los pueblos del Mediterráneo oriental (mucho más que a los del norte europeo), y de hecho algunos aspectos culturales que consideramos típicos de las culturas del Medio Oriente tienen su origen en Grecia. Hey, no olviden que la inmensa mayoría del imperio de Alejandro Magno estuvo en Asia.


El caso es que los ingleses se pusieron a hacerle whitewashing a la Grecia antigua, y proyectaron hacia ella sus valores de señores blancos colonialistas, hasta crearle una imagen pulida compatible con sus debrayes decimonónicos. Y encima se proclamaron los verdaderos herederos de ese pasado. Y para colmo saquearon el Partenón y el Erecteion.



Bueno, tras doscientos años el estudio de la historia antigua se ha vuelto más riguroso y amplio de miras, y se ha llegado a corregir la visión sesgada de los ingleses victorianos. Pero ese conocimiento tarda en alcanzar a la cultura pop, que sigue arrastrando muchos de esos prejuicios (además de que hay grupos que se esfuerzan por preservarlos). Y resulta que el público casual tiene una idea de la antigua Grecia basada en Troya, Hércules y Percy Jackson.


Pero eso no es lo único, porque si nos metemos con las epopeyas de Homero y la Guerra de Troya, tendremos otra capa de dificultad. La Grecia de Homero era muy diferente de la Grecia micénica de la Edad del Bronce, que es cuando ocurrió la Guerra de Troya. Si Homero existió (y a mí me gusta pensar que sí), vivió casi medio milenio después de los supuestos hechos que narra en sus poemas. Y aunque sabemos que en realidad el rapsoda ciego sí tenía bastante idea de cómo estuvo la cosa en aquel pasado remoto, también le mete mucho de la cultura de su propia época, que habría sido completamente ajena a la civilización micénica.


Así que tenemos un cristal de chaquetas mentales de señores decimonónicos, encima del cristal de la poesía épica del periodo arcaico, encima del cristal de leyendas transmitidas de forma oral por cuatrocientos años, encima de hechos históricos que (tal vez) ocurrieron por ahí del 1200 a.C. No debe extrañarnos que la imagen nos haya llegado distorsionada. Pero nos llegó. ¿No es eso fascinante? Una guerra local en una esquina del mundo ha sido la fuente de narraciones, arte, identidad y filosofía por 3200 años. Y, haiga sido como haiga sido, sigue estando muy presente.



Llegamos a Christopher Nolan, el ejemplo más reciente de un señor inglés proyectando sus anhelos y temores hacia la Grecia antigua. Sólo que en este caso no lo digo como algo malo, porque estoy seguro de que Nolan está muy consciente de lo que hizo. Veamos...


La Odisea de Nolan se desvía de los valores éticos y estéticos que expresa la epopeya homérica, cuando no va en directa oposición a ellos. Por eso entiendo que a los fans de los clásicos no les haya gustado, ni me extraña que la consideren una bastardización del texto original (véase la reseña de Emily Wilson). También entiendo el desconcierto y la incomodidad del espectador casual, cuya idea de Grecia viene de la cultura pop y que cree que Troya es una buena película.


Nolan podría haber representado la aventura de Odiseo de alguna de estas tres formas: a) según lo que sabemos acerca de la Edad del Bronce; b) según la cosmovisión que expresan los poemas de Homero; c) según lo que la cultura pop nos ha enseñado sobre Grecia. Él las rechaza todas. Sólo deja algunos elementos que nos sirven para mínimamente reconocer lo que estamos viendo y decir “ok, es Grecia”. Pero esto no es un desliz. Nolan podrá ser mamón, pero no es estúpido. ¿Qué pretendía entonces?


Sucede que La Odisea no trata de la antigua Grecia, sino de nuestro mundo, de nuestra época. O más concretamente, del mundo anglosajón del que proviene el autor. Por eso el mar no se ve como cálido y luminoso como el Mediterráneo, sino frío y nublado como el Atlántico norte. Por eso la nave de Odiseo no es un trirreme griego, sino un drakkar nórdico. Por eso Circe parece la bruja de Hansel y Gretel. Por eso Odiseo no es un canalla risueño, sino un veterano de guerra con estrés postraumático. Por eso le quitan toda la sensualidad a la historia, y Odiseo es un esposo casto y fiel en vez de un seductor taimado. Es una película hecha desde una visión anglosajona, burguesa, protestante y del siglo XXI. Y es a propósito.



La cultura pop, informada por el fanfic que se armaron los señores decimonónicos, nos ha educado para imaginar Grecia y Roma como un mundo de vatos blancos en togas que hablan con acento posh. Piensen en la preponderancia de actores británicos en películas y series sobre el mundo antiguo. Pero los griegos eran mediterráneos, vivían tostados bajo el sol. Y con el intercambio de gentes y mercancías tan vigoroso de aquella época, no habría sido nada extraño encontrarte con personas de origen africano o asiático en las ciudades griegas, así como no habría sido raro encontrarte griegos viviendo en Egipto o Babilonia.


Una vez más, Nolan se niega por igual a seguir la exactitud histórica y las convenciones de la cultura pop. En su película todos hablan inglés con acento americano (incluso los actores británicos) y usan un vocabulario moderno y coloquial. Además, el reparto es étnicamente diverso. No porque el mundo del Mediterráneo antiguo lo fuera (que sí lo fue), sino porque el mundo anglosajón contemporáneo lo es. Por eso ninguno de los actores principales es griego, o siquiera mediterráneo, pero hay afrodescendientes, latinoamericanos, indios y coreanos. Y aún así, los protagonistas son todos interpretados por anglosajones.


Repasemos la historia. Poco después de la destrucción de Troya, por ahí del 1200 a.C. ocurrió una cadena de desastres: varias ciudades del Mediterráneo fueron arrasadas, los grandes imperios colapsaron, se perdieron rutas comerciales y sistemas de escritura completos fueron olvidados. Estamos hablando del colapso de la Edad del Bronce: un cataclismo civilizatorio como no se volvería a ver sino hasta como 1700 años más tarde con la caída de Roma. Para pensar, amix.


¿Saben qué otra época da la impresión de estarse aproximando a un apocalipsis? La nuestra, claro. Cambio climático, catástrofes ambientales, genocidios transmitidos en vivo, amenazas de guerra nuclear, fascistas gobernando naciones, tecnofeudalismo, declive de la calidad de vida, inteligencia artificial…


La capacidad del ser humano para destruirse a sí mismo es algo que obsesiona a Christopher Nolan, ya sea como la autodestrucción individual (Memento), la destrucción mutua (El gran truco) o la autodestrucción colectiva (Oppenheimer). Y ahora aquí estamos, con otro protagonista típicamente nolaniano, un superhombre extraordinariamente competente, pero al mismo tiempo consumido por la duda y la culpa. Un personaje al que, como a Robert Oppenheimer, lo carcome el horror de saberse convertido en el destructor de su mundo.



Hay una línea de diálogo en la La Odisea que ha sido muy vilipendiada. En algún momento Odiseo dice: “Nuestra edad de bronce está llegando a su fin”. Claro es algo que jamás habría dicho una persona que viviera al final de la Edad del Bronce. Tampoco la gente de aquella época pensaba en términos de “civilizaciones”, ni tenía consciencia de que su civilización corría el peligro de extinguirse, como dicen algunos personajes de la película. Pero es que todo eso nos lo está diciendo un artista en el siglo XXI sobre nuestra propia época.


Volvamos al pasado. De aquellos años de cataclismo civilizatorio sobreviven reportes y vestigios de unos tales “pueblos del mar”, gente que llegaba de quién sabe dónde en sus barcos y se ponía a saquear por todas partes. ¿Quiénes eran estos sujetos? Sepa la bola; hay muchas teorías. Es casi seguro que no se trataba de un grupo homogéneo, sino gente variopinta que se dedicó a la piratería y el pillaje empujada por las crisis (o aprovechando las crisis). Es probable que algunos de ellos fueran griegos micénicos. Lo más seguro es que ellos no causaran el colapso de la Edad del Bronce, sino que fueran otro síntoma de que todo estaba yéndose al demonio.


Los “pueblos del mar” no son mencionados en las epopeyas de Homero. Pero sí son una amenaza constante a lo largo de La Odisea de Nolan, un peligro sobre el que se murmura y que parece a punto de caer sobre los personajes, no sé sabe cuándo ni dónde. Son Odiseo y Penélope quienes caen en la cuenta de que no hay otros “pueblos del mar” que los mismos griegos. O sea, nuestros protagonistas nos dicen: “nosotros somos los bárbaros que han causado el fin de la civilización”. Y ese “nosotros” no son los antiguos griegos micénicos; somos nosotros, las personas de este mundo moderno.


Vamos por partes. Al destruir Troya, el Odiseo fílmico inició una serie de sucesos que llevarían a la devastación de todo el Mediterráneo oriental y el colapso de la Edad del Bronce. Y lo peor fue lo que hizo para conseguir la victoria griega y la destrucción de Troya. La película presenta algo llamado “la ley de Zeus”, que en pocas palabras establece un pacto sagrado entre anfitrión y huésped, que no deben jamás violentarse el uno al otro. Esto, fuera del nombre, no es invención de Nolan, y es un factor clave en la epopeya de Homero. Lo que es una innovación del cineasta es señalar que la famosa estratagema del caballo de madera implicaba una violación a dicha ley. ¿Y todo por qué? Por las ambiciones vanas del rey Agamenón, un sujeto que nomás se la pasa farmeando aura y que acaba asesinado por su propia esposa apenas volviendo a casa.



Atenea se aparece a Odiseo con la forma de la joven sacerdotisa que los griegos asesinaron en Troya. Me pareció una genialidad. Representa la culpa del héroe, la víctima humana de la violación de un mandato divino. Porque atentar contra el prójimo es atentar contra los dioses. La culpa y el trauma que pesan sobre el personaje interpretado por Matt Damon son completamente ajenas al Odiseo homérico. Nosotros, en cambio, sí tenemos conciencia del alcance de nuestras acciones; sí podemos ver el panorama más amplio, el efecto de lo que hemos hecho sobre el mundo en el que vivimos.


En la epopeya Odisea y Telémaco matan no sólo a todos los pretendientes desarmados, sino a las mujeres que se liaron con ellas, sin tantita contrición. Las familias de los pretendientes arriban a Ítaca para buscar venganza, y tiene que aparecerse Atenea misma para detener la guerra y ordenar que la cosa ya se quede así.


El Odiseo de Damon se entrega a un solo acto más de violencia justiciera, a sabiendas de que con ello quedaría condenado por siempre, pero exenta a su hijo de cometerlo. Luego parte al exilio junto con Penélope y deja a su hijo Telémaco en el trono. “El ciclo acaba conmigo” parece decirnos. La generación que violó el tabú sagrado debe apartarse para ceder su lugar a una juventud que, esperamos, lo haga mejor.


¿Se entiende ahora lo que Nolan nos ha querido decir? Nosotros mismos hemos condenado nuestra civilización a la muerte porque, siguiendo a líderes ambiciosos y sin escrúpulos, abandonamos los valores tradicionales que hacían posible la coexistencia pacífica entre individuos y pueblos. Ojo, que con “valores tradicionales” no se refiere a las infamias que defiende el movimiento reaccionario contemporáneo: regresar a las mujeres a la cocina, maltratar a las personas lgbtq, o ser desvergonzadamente racistas. No, se refiere a la “ley de Zeus”, al mandato sagrado de la generosidad y la hospitalidad, de tratar bien al forastero y al necesitado, el tabú de que quienes comparten un techo no deben alzar la mano el uno contra el otro.



Nolan retoma el relato más antiguo de Occidente para alertarnos sobre la caída de Occidente. Y ese colapso no lo trae un extraño enemigo, un extranjero de cultura o religión ajenas; lo hemos causado nosotros mismos. Y no es porque nos hayamos vuelto “demasiado suaves”, demasiado empáticos o tolerantes de la diversidad; sino porque cultivamos la brutalidad y la ambición desmedida, y violamos las reglas éticas que sostenían los frágiles hilos de la civilización.


La película resulta, pues, bastante conservadora, como toda la filmografía de Nolan. Pero no “conservadora” en el sentido de la derecha contemporánea; se trata de un conservadurismo casi extinto, basado en la creencia de que existen ciertos valores universales y eternos que nos ayudan a ser buenas personas en buenas sociedades, como la hospitalidad, la generosidad y el respeto. Hablamos de decencia humana básica. La derecha contemporánea ha abandonado por completo esos valores, junto con la empatía, la caridad y la humildad para abrazar la crueldad, la soberbia y la vileza. Los líderes mundiales rompen el derecho internacional. Los bravucones se jactan de sus prevaricaciones con impudicia. Expresiones miserables de odio y desdén, que hace una década habrían significado suicidio social, hoy son celebradas.


Como yo no soy conservador, sino todo lo contrario, no creo que la “pérdida de valores” sea lo que explique el colapso de las civilizaciones (materialismo histórico has entered the conversation), ni que todos “nosotros” seamos igualmente culpables de los desastres que se nos vienen encima. Tampoco creo que alguna vez esos valores hayan sido tan preponderantes como a algunos les gustaría creer, ni que ese ideal de “conservador decente” haya sido alguna vez la norma. En mi experiencia los conservadores han estado más preocupados por controlar lo que hace la gente con sus genitales que por ser buenas personas con el prójimo. Por ejemplo, vean que para hacer sus películas antibélicas, Nolan le renta locaciones al gobierno de Marruecos, que hace limpieza étnica con la población saharawi.


Pero hey, simpatizo totalmente con el mensaje de que colectivamente tenemos que regresar la decencia humana básica a su lugar, y sí creo que atravesamos una crisis ética desde hace poco más de diez años. Ningún esfuerzo está de más.



La derecha contemporánea es malvada y estúpida. Los fachos no entenderán el mensaje de Nolan y si lo hicieran lo descartarían por woke. De todos modos ya lo pensaban porque incluyó personas racializadas y a UN actor trans. Eso fue suficiente para que cerraran sus minúsculos cerebros a cualquier valoración profunda de la cinta. Porque, repito, son malvados y estúpidos.


Por supuesto, una obra de arte es mucho más que sus “mensajes”. La Odisea de Nolan puede leerse de muy diferentes maneras, y ésta es solo la mía. Siempre puede disfrutarse como el drama de un hombre que quiere volver a su hogar con su amada y su familia, y que resiste a toda adversidad para conseguirlo. Como el relato original, en ella se pueden encontrar varios géneros, y ser por momentos de intriga palaciega, aventura fantástica, acción bélica y hasta horror, con la excelente secuencia del cíclope. Y amé cómo estuvo representado el canto de las sirenas.


No digo que todas las decisiones del autor me hayan gustado. De hecho, mucho del diseño de producción me pareció aburrido, cuando no directamente feo (los lestrigones parecen algo sacado de una película segundona de Marvel). Además, si no iba a reconstruir Troya según la exactitud histórica ni según las convenciones de Hollywood, ¿por qué no soltarse el chongo y hacer algo completamente fantástico?


No creo que Christopher Nolan sea capaz de hacer una película mala, que hasta la última de Batman, escrita al ahí se va, está muy bien dirigida. Sólo diré que La Odisea no es mi favorita del director, aunque sea una de las que más me ha hecho pensar. Y eso es lo que el gran arte debe hacer, ¿no?


Posdata: Estoy seguro de que Nolan casteó a Matt Damon como Odiseo porque le hizo gracia un meme que señalaba que el actor había interpretado a muchos otros personajes que trataban de volver a su hogar. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas.



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