martes, 10 de septiembre de 2019

La sociedad abierta y sus enemigos (Segunda parte)



Leer la primera parte


III.- La razón y el saber

Como muchos otros pensadores de su tiempo, Popper advertía de los peligros de la irracionalidad, el misticismo y el culto a las pasiones. Pero sus palabras son muy diferentes a lo que yo había leído, y lo que tenía que decir al respecto es de lo que más me sacudió. Sí, el irracionalismo es peligroso, pero también lo es el pseudorracionalismo.

Para Popper, ser racional no es sólo aceptar las evidencias y pensar con lógica, sino estar abierto a la crítica, tener siempre en mente que yo puedo estar equivocado y tú puedes estar en lo correcto. La racionalidad no es algo que uno posea, como la estatura, ni depende sólo de las facultades intelectuales (individuos brillantes pueden ser muy irracionales). La razón es algo que se ejerce, y que se construye en el diálogo con los otros, al someter nuestras ideas al escrutinio de los demás, y vernos obligados a defenderlas o reconocer sus debilidades para modificarlas. 

El verdadero racionalismo es el de Sócrates, que invita ante todo a reconocer las propias limitaciones, que sabe que un debate rara vez podrá servir para dar con la verdad, pero que es la mejor forma que tenemos para aprender y corregirnos los unos a los otros. Para ello se requiere de la libertad de pensamiento y expresión.

El racionalismo implica una visión modesta de razón y la ciencia, las reconoce como nuestras mejores y más valiosas herramientas, pero no les atribuye infalibilidad ni omnisciencia. No podemos ser perfectamente racionales, ni objetivos, ni podemos alcanzar la verdad, y siempre podríamos estar equivocados.  La sabiduría no nace de la acumulación de conocimientos, sino de la experiencia y el error.



El pseudorracionalismo es la actitud de Platón. Es el convencimiento de la propia superioridad intelectual, de poseer un don propio de iniciados, un instrumento infalible para juzgar y conocerlo todo, que dota de autoridad a su poseedor y que no reconoce la deuda que cada uno de nosotros tiene con los demás, a quienes debemos lo poco que conocemos y entendemos.

Esto me recuerda a los escépticos chafitas de Internet, y me queda claro lo intelectualmente limitado que siempre fue su movimiento (me refiero a barbudos con fedora, no al Skeptical Inquirer). Ellos veían a la racionalidad como una posesión, incluso como una cualidad inherente a sus personas, que les daba superioridad sobre los demás. Creían haber alcanzado la objetividad perfecta y que por lo tanto cualquier cosa que pensaran debía estar en lo correcto.[1]

Los debates servían no para aprender, sino para dominar, para demostrar esa superioridad, para destruir al enemigo. Incluso algunos entrecomillaban con desdén la palabra “argumento”, pues, según ellos, no presentaban argumentos, sino que enunciaban puros hechos objetivos y extraían de ellos las únicas conclusiones lógicas posibles. Con esa vena autoritaria y confrontacional, no me extraña que muchos de ellos terminaran volviéndose a la Alt-Right, ni que de esa cultura de fetichización de los facts and logic surgieran performanceros como Ben Shapiro o Jordan Peterson.




Pero tampoco hay que caer en el relativismo o el nihilismo que predican la irracionalidad y que sostienen que cualquier forma de pensar o de conocer es igualmente válida. Popper respondía a modas intelectuales de su época, pero lo que dice igual aplica a ciertas formas de posmodernismo. En efecto, a pesar de nuestras limitaciones, podemos ir dejando atrás los errores; con todo y que la verdad absoluta es inalcanzable, podemos siempre avanzar y quedar un poco más cerca de ella. La física de Newton no era la Verdad, pero estaba menos errada que la física de Aristóteles. Aunque la perfección sea imposible, podemos alejarnos del error y acercarnos a la verdad. Ninguna otra forma de pensar implica ese reconocimiento de la propia falibilidad, ni esta disposición a la autocorrección. Por eso ninguna ha sido tan exitosa y productiva como el racionalismo científico.

La noción relativista de que el conocimiento y las ideas, incluso la ciencia, están determinadas por la cultura o la clase social (o el género, la orientación o cualquier otra forma contemporánea de identidad interseccional), se derrota a sí misma. Es decir, entonces la creencia de que tus ideas dependen de la identidad, es otra idea que seguro depende de tu identidad. Además, pensar así elimina la posibilidad de comunicación universal humana, pues lo subjetivo es incomunicable. La actitud que nos permitirá acercarnos los unos a los otros es la de “puede ser que yo tenga la razón, puede ser que tú la tengas, pero debe haber una realidad externa a las subjetividades de ambos, y juntos podemos acercarnos a ella”. Nadie está libre de sesgos, pero el hecho de que aceptamos este principio significa que sí podemos estar un poco menos sesgados.


Por más que lo anuncie, nadie puede sentir un amor incondicional por toda la raza humana. Siempre dividiremos el mundo entre quienes son cercanos a nosotros y quienes no, y ni el más filántropo llorará igual la muerte de un ser querido que la de un extraño. El principio moral de que todos los seres humanos somos igualmente valiosos no puede sostenerse de puro sentimentalismo, sino de reconocer a cada ser humano como un potencial interlocutor, y eso implica la existencia de un lenguaje común.

Adoptar el racionalismo es, a fin de cuentas, una elección ética. Una vez alguien me comentó que “prefiere los hechos, porque son objetivos, a la ética, que es subjetiva”. Amigo, ésa es una valoración ética y subjetiva. No hay un argumento objetivo que indique que debamos ser objetivos. Puedes argumentar, “la medicina científica es más efectiva para curar una enfermedad que las pseudomedicinas”, y es cierto, pero ¿por qué quieres una medicina efectiva? ¿Para aliviar tu propio sufrimiento, el de otros? ¿Y por qué quieres eso? ¿Por qué es preferible el alivio que el dolor? ¿Por qué es preferible la verdad que la mentira? Ultimadamente es una decisión ética, la decisión de que la humanidad es una sola y de que no debemos permitir el sufrimiento de nadie.

IV.- El hechizo de Platón



Quizás hemos estado admirando a los griegos equivocados. Platón y Aristóteles fueron grandes filósofos, es cierto, pero ultimadamente eran aristócratas que vivían en un mundo de abstracciones. Deberíamos poner mayor atención en personajes como Pericles, Demócrito y Antístenes, y los demás griegos que fundaron la democracia ateniense, que crearon leyes e instituciones para llevar a cabo un experimento político sin precedentes en la historia humana, y que hasta iniciaron movimientos para abolir la esclavitud.

Pero la veneración por los filósofos en sus torres de marfil, promovida por intelectuales de salón, ha causado que ignoremos el hecho de que, en realidad, y a pesar de su indiscutible brillantez, fueron enemigos de la sociedad abierta. Su fama se debe sobre todo a que dejaron copiosos textos, a diferencia de los hombres pragmáticos que en cambio construyeron instituciones. Platón pone como cabeza de su sociedad a los reyes filósofos y le da una gran importancia a la educación; a lo largo de la historia los intelectuales se han sentido halagados por ello. Y ésta es una lección importante: las mentes más brillantes y eruditas de una época pueden ponerse al servicio de los enemigos de la sociedad abierta. De ahí la importancia de criticar, aun de condenar, a los héroes de la propia cultura.

La República de Platón era un proyecto para reconstruir la sociedad cerrada, con clases sociales rígidas y jerarquías estáticas. Su idea de justicia era que cada quien estuviera contento con el lugar en el que le tocara en la pirámide social. Platón creía que la ley de la historia es la decadencia, y que todo cambio acercaba a una sociedad al declive. Como muchos de los utopistas que le siguieron, lo que Platón quería era detener la historia, congelar a la sociedad en el tiempo para que ya no hubiera más cambios.



Platón simpatiza más con la rígida y austera sociedad espartana que con la esplendorosa cultura ateniense que le vio nacer. De fondo, esconde el resentimiento del aristócrata condenado a vivir en una democracia donde sus “inferiores” tienen tanta voz como la suya. Por eso, como todos los enemigos de la sociedad abierta, defiende la idea tribal de una clase que por derecho debe gobernar, y plantea una teoría racial para justificarla. La aristocracia ateniense es nativa de la región Ática, y por ello es esencialmente distinta a las clases populares.

Platón hace apología de la eugenesia y dice que la decadencia de las civilizaciones llega cuando la clase gobernante se corrompe al mezclarse con cepas impuras. La sociedad necesita a esta élite, como el cuerpo necesita una cabeza, y lo más importante es preservarla impoluta en el poder absoluto, usando toda clase de violencias y engaños para mantener el orden social.

Las ideas de Platón han tenido una influencia profunda, duradera y terrible. Dos milenios después, los aristócratas franceses, derrotados por la Revolución, despotricaban sobre su superioridad racial. Según ellos, la nobleza era descendiente de los conquistadores francos (germánicos), y por lo tanto superiores al populacho de origen galorromano. La destitución de la que, por derecho, debía ser la “raza gobernante”, sólo llevaría a la sociedad francesa, y europea, al caos y la barbarie. Estas ideas tuvieron poco eco en Francia, pero sí mucho en Alemania, y es el origen de los disparates acerca de la “raza aria” que siglo y medio más tarde derivaron en las masacres demenciales de Hitler.



A principios del siglo XX Oswald Spengler publicó La decadencia de occidente, un libro en el que, como Platón, sostenía la tesis de que todas las civilizaciones están destinadas a la decadencia y posterior muerte. Para evitarlo, la única respuesta es darle el poder absoluto a un “César” que detenga el proceso de cambio. Esta visión determinista y lúgubre de la historia humana es la que lleva a toda clase de violencias, a la creencia de que lo que se necesita es un hombre fuerte que, con un poder sin límites, pueda “hacernos grandes otra vez”, regresarnos a la sociedad tribal y detener el cambio. Naturalmente, Hitler y Mussolini tomaron nota de Spengler.

Hoy en día, los reaccionarios no dejan de hablar de la “decadencia del mundo occidental” y para evitarla quieren regresar a la sociedad cerrada. Pero ya sabemos a dónde llevan esos experimentos. Las ciudades de Europa no fueron arrasadas por el multiculturalismo, ni por la liberación sexual, ni por la equidad de géneros, ni por la secularización o la tolerancia religiosa, sino por los gobernantes y militares que preferían prenderle fuego al mundo antes que verlo evolucionar.

V.- Las profecías de Marx



Si sólo han oído hablar de este libro, es probable que hayan escuchado que Popper culpa a tres filósofos, Platón, Hegel y Marx, de haber sembrado las semillas del totalitarismo del siglo XX. Al leer el libro descubrí que eso se trata de una burda simplificación. En realidad, la crítica a esos tres filósofos es mucho menos importante que los conceptos que Popper defiende o pone en tela de juicio. Lo bueno y lo malo en la obra de estos, y otros pensadores, son puntos de partida para que el autor haga una amplia crítica de filosofía política, y de las nociones que de una u otra forma han dominado el discurso y el debate público.

A Hegel dedica muy poco espacio y de él dice justamente lo contrario de lo que afirmaba Lukács: que era un reaccionario defendiendo el poder de la monarquía prusiana. Para ello, Hegel trastornó el significado de palabras como libertad y justicia, usando malabares retóricos de forma que libertad terminara significando el sometimiento al Estado. No conozco la obra de Hegel de primera mano, y tengo entendido que es tan confusa que se pueden sacar de ella mil interpretaciones distintas. De modo que suspendo mi juicio sobre si Lukács o Popper tienen la razón sobre él.

El método dialéctico es pseudocientífico: se basa en afirmaciones ad hoc que no pueden demostrarse ni refutarse. Sobre cualquier cosa se puede decir que es el resultado de la lucha de opuestos y de contradicciones internas. En cualquier proceso de cambio podemos decir que cualquier cosa es una tesis, cualquier otra una síntesis, cualquiera que sea el resultado, su síntesis. Se trata de una propuesta metafísica, no de un planteamiento científico demostrable ni medible. Eso me queda claro, por eso me extraña que todavía hoy aparezcan científicos sociales defendiendo el método dialéctico marxista-leninista. Pero bueno, qué sé yo.



Ahora bien, sobre Karl Marx… No me esperaba encontrar un reconocimiento tan sincero del autor hacia su tocayo. Para Popper, Marx es uno de los más grandes amigos de la sociedad abierta, un hombre con un sólido sentido de justicia cuyos aportes cambiaron para siempre las ciencias humanas e impulsaron la lucha social. Popper considera que la crítica de Marx hacia el capitalismo decimonónico es básicamente certera, pues ese sistema en el que el poder económico no tenía riendas para explotar a los necesitados era, en efecto, una monstruosidad.

Las críticas de Popper hacia Marx son constructivas y benévolas. La ciencia avanza con ensayo y error, y Marx nos hizo avanzar incluso cuando estaba equivocado. ¿En qué falló? Su determinismo histórico fue su principal error, pues la historia no tiene leyes definidas que establezcan cómo se desarrollará. Platón creía que el destino es la decadencia, pero Marx (como Hegel) creía que la ley de la historia es progreso. A eso, Popper lo llama historicismo, y señala que no hay bases para creer que así sean las cosas. La historia no tiene leyes, ni tiene un significado intrínseco; a cada generación le toca reinterpretar la historia, que por necesidad será parcial e incompleta.

El progreso es posible, pero hay tantos factores tan fuera de nuestra comprensión, y todavía más lejos de nuestro control, que no hay forma de predecir el futuro. Popper se atreve a adivinar que la profecía marxista de una sociedad sin clases nace en gran parte del anhelo de dar una promesa que consuele a las masas oprimidas ante el mundo tan desolador que conocieron.

Marx decía que el Estado es esencialmente la forma de control de la clase dominante sobre la clase oprimida. En una sociedad sin clases, entonces, no existiría el Estado, se desvanecería. Pero no se le ocurrió pensar que, aún después de abolir a la burguesía podría aparecer una oligarquía, una nueva clase privilegiada, que tome el control del aparato estatal, como sucedió en la Unión Soviética. Por eso el punto nunca es quién debe gobernar, sino cómo los gobernados controlarán al gobierno; tampoco cuál es la esencia de una institución, sino cómo funciona y cómo podemos conseguir que haga lo que queremos.

Marx tenía razón en que sería la lucha misma de los movimientos obreros, presionando siempre por arrebatar los privilegios a la clase dominante, la que llevaría al progreso social, pero no concibió que la clase trabajadora podría llegar a incidir en el sistema político existente sin necesidad de destruirlo. Tampoco vio que personas en las clases privilegiadas podrían contribuir a ese cambio, como sucedió con diversos movimientos humanitarios en Inglaterra.



Popper no culpa a Marx de no haber sabido que con el tiempo ese capitalismo irrestricto, que había conocido él, sería poco a poco sometido al poder político democrático. Que los movimientos obreros lograrían conquistar muchos nuevos derechos sin abolir el sistema capitalista. De hecho, ése fue el camino que siguieron los países capitalistas más desarrollados: no uno de una explotación y opresión cada vez mayor que llevara a la revuelta social, sino de continuas reformas, como la introducción del salario mínimo, la jornada laboral máxima, la seguridad social, etcétera. Contrario a lo que esperaba Marx, no fue en los países capitalistas más desarrollados donde estallaron las revoluciones, sino en naciones atrasadas, principalmente agrarias. Las revoluciones no llevaron al desvanecimiento del Estado, sino a gobiernos de corte totalitario.

Claro, Popper estaba hablando del capitalismo del New Deal y del keynesianismo; para él parecía que la sociedad capitalista estaba tomando el rumbo correcto y que no volvería atrás. No podría haber predicho la llegada del neoliberalismo en el último tercio del siglo XX, ni el resurgimiento del capitalismo más salvaje, ni de cómo la división del trabajo se volvería internacional, provocando la mayor desigualdad económica que se hubiera visto en generaciones. Pero bueno, podemos ser indulgentes con él, como él lo fue con Marx.

Popper critica menos a Marx que a sus sucesores, tanto en las democracias occidentales como en la Europa oriental. En su creencia de que sólo el enfrentamiento total en una revolución socialista traería el cambio, muchos de ellos se negaron a participar en las medidas que habrían mejorado las condiciones reales de los trabajadores. Era más importante alimentar las contradicciones internas del sistema y hacer estallar la revolución que aliviar el sufrimiento de seres humanos concretos. Algunos incluso pensaron que era buena idea dejar crecer al fascismo, pues a lo mejor era hasta parte del “desarrollo natural” que llevaría a la destrucción del capitalismo. Ya ven a dónde nos condujo eso…

VI.- Izquierdistas y liberales


Las palabras “liberal” y “liberalismo” han sufrido transformaciones semánticas en las últimas décadas. En un sentido amplio, liberal puede entenderse como lo opuesto a conservador o autoritario. Todos somos relativamente liberales en algunos aspectos, y menos en otros. En un sentido más estricto, liberal es lo que se adhiere a la tradición filosófica y política conocida como Liberalismo. Es aquí donde empiezan los problemas, porque muchas personas entienden cosas muy distintas al respecto, lo cual nos ha dejado en un estado de confusión.

En la cultura gringa, que los mexicanos copiamos muchas veces sin pensar, “liberal” había sido el espectro “izquierdo” (muy relativamente izquierdo) de la política partidista (el Partido Demócrata). Desde el ala derecha (muy absolutamente derecha) se sigue usando “liberal” para referirse a todo lo que se encuentre a su izquierda, desde los demócratas moderados hasta Antifa. Para los conservadores, “liberal” e “izquierdista” son intercambiables (hasta se usan etiquetas peyorativas como “libertard” o llaman “fascismo liberal” a los movimientos pro justicia social).

Algunos centro-derechistas o derechistas moderados se han apropiado de la palabra (a veces agregándole el adjetivo “clásico”), para defender la tradición del “Liberalismo nacido de la Ilustración” (con figuras señeras como John Locke), y de esa forma mostrar sus diferencias frente tanto a la derecha religiosa y tradicionalista, como a la izquierda. Estas personas defienden posturas como el absolutismo en la libertad de expresión, y el capitalismo laissez-faire, y rechazan los esfuerzos de colectivos pro justicia social, por considerarlos enemigos de la libertad individual.

Así, no es de extrañar que, desde la izquierda, en especial a partir de la campaña presidencial estadounidense de 2016, muchos abandonaron la etiqueta “liberal”, por considerarla propia más bien del establishment del Partido Demócrata, que no va lo suficientemente lejos en cuanto a justicia social y que le tiene demasiado cariño al capitalismo contemporáneo. Desde la izquierda, pues, liberal se usa como opuesto a radical, socialista o marxista y se dice llanamente “los liberales no son izquierdistas”. Sin embargo, los criterios que distinguen a un liberal de un izquierdista varían; para unos es un asunto de libre mercado vs intervencionismo, mientras que para otros es reforma vs revolución.

Para contribuir al caos, la etiqueta neoliberalismo se usa normalmente para la postura que retoma casi sólo los aspectos económicos del liberalismo (la mínima intervención estatal en la economía), mientras tiene posturas ambiguas o de plano reaccionarias ante temas sociales. Éste ha sido el paradigma de los gobiernos estadounidenses desde los 80, sean republicanos o demócratas. Ya ni de hablar del libertarianismo, un adefesio ideológico que ama tanto el capitalismo libre de injerencias estatales, que hace al neoliberalismo parecer moderado. Estos dos últimos se sienten parte de la tradición del liberalismo, y algunos izquierdistas les darían la razón.



Lo que defiende Karl Popper es distinto a todo ello. El austriaco no defiende un capitalismo irrestricto, porque la liberad sin límites termina eliminándose a sí misma, y eso incluye la libertad económica. Por ello, el Estado debe intervenir para proteger a los económicamente débiles de la explotación y el abuso a los que podrían ser sometidos por los poderosos.

Cuando Popper defiende el individualismo, no se refiere al egoísmo mezquino, ni a la idea de que cada quien está por su cuenta en este mundo, ni a que el bien común no importa, ni a que todos estamos en competencia los unos contra los otros, todo lo cual los izquierdistas denuncian en el mundo contemporáneo. Cuando Popper critica el colectivismo, no se refiere de la unión de esfuerzos por parte de ciertos grupos para resolver sus problemas colectivos (como los movimientos obreros), ni menos a la existencia misma de un Estado, a diferencia de los libertarianos, para quienes hasta pagar impuestos es colectivismo.

Antes bien, por individualismo se refiere al principio moral de que cada persona tiene valor en sí misma, en oposición a un colectivismo que la juzga como órgano de un cuerpo o parte de una maquinaria. De hecho, desde esta perspectiva, se fundamenta la lucha por el bien común: el sufrimiento y la alegría de una persona valen tanto como la de las otras, y no es justo sacrificar a nadie en nombre de colectivos abstractos como la tribu, la patria o el pueblo, ni por principios vagos como “el respeto a la libertad económica”.

En otras palabras, Popper no admitiría ni al neoliberalismo ni mucho menos a esa aberración que es el libertarianismo, ni estaría con hoy se lamentan de que estudiantes “radicales” no dejen a los neonazis hablar en las universidades, pues decía que debemos reservarnos el derecho de ser intolerantes precisamente con gente como los nazis.



Sucede que el mundo se ha ido tan a la derecha, que si Popper apareciera hoy diciendo las cosas que decía, sería considerado casi un socialista, tipo Bernie Sanders. En realidad, Popper sólo era un liberal, como lo eran Bertrand Russell, Franklin D. Roosevelt o John M. Keynes, por citar a otros de la misma generación. Es que el pensamiento liberal en aquellos años era poderosamente progresista.

Con esto no quiero decir que el liberalismo de Popper sea, o debiera ser, el verdadero liberalismo. Con religiones, ideologías o corrientes de pensamiento en general, no es posible establecer el “verdadero” lo que sea. O sea, podemos decir que un zoroastrista definitivamente no es un cristiano, pero entre católicos, metodistas y mormones, ¿cuál es el verdadero cristianismo? Mucho menos quiero decir “hay que volvernos todos liberales” o “hay que regresar a Popper”; no en el sentido de que hay que adoptar ese pensamiento tal cual, como paquete que contenga todas las respuestas a nuestros problemas. Popper mismo pensaba que esa actitud no da muy buenos resultados.

Más bien, lo que quiero decir es que sería bueno que las personas preocupadas por la justicia y por crear un mundo mejor, volvieran la mirada hacia la obra de Popper y consideraran las aportaciones que pueden resultarnos útiles. Más que discutir si una propuesta o una acción o incluso una persona es “verdaderamente de izquierda”, lo que nos toca juzgar es si pueden aportar algo valioso.

Por ejemplo, a veces algún izquierdista dice de alguien más “no es izquierdista, sino liberal”, aunque la persona en cuestión no use esta etiqueta, y en cambio sí quiera ser reconocida como de izquierdas. Lo que sucede en realidad no es la enunciación de un hecho, (tipo “no es francés, sino belga”), sino un juicio moral. Lo que se está diciendo es: esta persona no es lo suficientemente buena, no es alguien de confianza, sus ideas y aportaciones no tienen valor, ciertamente no es un aliado y sí un potencial enemigo.

Ése es un gran problema que ha tenido la izquierda desde siempre: una obsesión casi religiosa por establecer cuál es la “verdadera izquierda” y depurar sus filas de “falsos creyentes”, incluso por encima de combatir a la derecha. Recordemos que los estalinistas descalificaron no sólo a los liberales, sino a los socialdemócratas, a los trotskistas y a los anarquistas, incluso tildándolos de fascistas (cuando estos mismos grupos estaban siendo perseguidos por el fascismo). Esto provoca quema de puentes y confrontación interna, cuando lo que habría que hacer es cerrar filas y construir alianzas. Así, una y otra vez la izquierda se debilita a sí misma y se vuelve más efectiva eliminando a sus posibles aliados que combatiendo a sus enemigos. Recordemos que en la Guerra Civil Española anarquistas y comunistas prefirieron perder tiempo peleando entre sí que prepararse para enfrentar a los fascistas.


Lo cierto es que muchos movimientos izquierdistas, hoy y a lo largo de la historia, han caído en las actitudes que Popper criticaba y que, una y otra vez, han sido causa de que la izquierda se autodestruya: esencialismo (pelear por qué es lo verdaderamente izquierdista), fundacionalismo (considerar que algo es o debe ser lo que un texto o pensador fundacional establece), tribalismo (dividir al mundo en “mi grupo y los otros”), colectivismo (juzgar el valor de una persona por cómo hace avanzar a un colectivo), autoritarismo (preferencia por imponer lo que se debe de hacer sobre la libertad de elección), y ni hablar de las diversas formas de irracionalismo y antirracionalismo.

Por eso es que creo que nos vendría bien tener a Popper en cuenta, no para tomarlo a pies juntillas, pues naturalmente tiene sus limitaciones, sus errores, sus sesgos. Habría que tomar nota de sus ideas para ir construyendo nuestro conocimiento a través de un diálogo continuo que ponga a prueba aquello de lo que creemos estar seguros.  Para tener, si se quiere, una izquierda abierta y no una cerrada.

Conclusión

A lo largo de estas dos entradas he tratado de hacer una síntesis muy simplificada de La sociedad abierta y sus enemigos. Lo que extraigo del libro está naturalmente sesgado por mis propias preocupaciones e intereses, y muy a menudo no evité intercalar mis propias interpretaciones y extrapolaciones. Si temen que mi representación de las ideas de Popper no sea muy fiel, les recomiendo siempre ir al material original. Mientras tanto, espero que hayan encontrado de provecho lo expuesto aquí. Déjenme saber qué piensan en los comentarios.

¡Saludos y hasta la próxima!





[1] No niego haber caído en la misma actitud.

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