jueves, 5 de septiembre de 2019

La sociedad abierta y sus enemigos (Primera parte)




En mi afán por entender qué rayos está pasando con el mundo, he vuelto la mirada hacia clásicos de la filosofía política del siglo XX, en particular aquellos que trataron el ascenso de las ideologías totalitarias durante la primera mitad de esa centuria. Así llegué a una de las obras más mencionadas en las discusiones sobre política en Internet, pero también de las menos leídas: La sociedad abierta y sus enemigos del austriaco Karl Popper (1902-1944).

Éste es uno de los libros más rompecocos que he leído en los últimos años, de ésos que te toman de los hombros y te sacuden para que te des cuenta de que algunas cosas que has dado por sentadas toda la vida pueden ser evaluadas y juzgadas de una manera que ni siquiera se te había ocurrido. No me esperaba tanta riqueza de ideas en un solo libro.

Se trata de una obra sumamente ambiciosa y de amplio alcance. La edición de un solo volumen (originalmente apareció en dos) que publica la universidad de Princeton, además de ser de hoja grande y letra chica, tiene 510 páginas de texto y 220 páginas más de notas. Éstas no son opcionales, ojo, y el mismo Popper indica que hay que leerlas después de cada capítulo. Para que se convenzan de que las notas son relevantes, es en ellas donde Popper explica el concepto de la paradoja de la tolerancia.

No les cuento esto nada más para presumir que leo mucho; al contrario, voy a quedar como un paleto, porque me ha tomado dos meses terminar la obra completa. A pesar de que está escrita con un lenguaje muy accesible, la obra discute tanto, plantea tanto, abarca tanto, que es difícil aprehenderlo todo a la primera. Aun así, y teniendo en cuenta mis propias limitaciones, voy a hacerles una síntesis rápida de los conceptos y planteamientos que considero más relevantes, los que creo que debemos rescatar en estos tiempos…



I. La sociedad abierta

Popper nos dice que la sociedad cerrada es aquella dominada por el pensamiento mágico y supersticioso, la que considera que las instituciones, costumbres y leyes son inamovibles, tan eternos como los ciclos regulares de la Naturaleza y, como tales, gobernados por la divinidad. En la sociedad cerrada las jerarquías sociales son rígidas, pues se asume que el orden social corresponde a un orden natural, y en él cada persona conoce su valor no por sus cualidades como individuo, sino por su lugar como parte de una casta y de una tribu.

Los griegos fueron los primeros en empezar a romper la sociedad cerrada e iniciar el proceso de transición hacia una sociedad abierta. Ellos fueron los primeros en buscar explicaciones racionales para los fenómenos de la naturaleza; en admitir que las leyes y las costumbres son productos de las sociedades, y que pueden ser juzgadas y modificadas; fueron los primeros en anunciar la común naturaleza de todos los seres humanos, independientemente de la nación o la raza.



Una sociedad abierta se caracteriza porque se reconoce a las personas como entes individuales, con libertades y responsabilidades, como fines en sí mismos y no como ‘partes de un organismo’. Una sociedad abierta es en la que todo en la vida política y social, incluso las costumbres y las tradiciones más sacrosantas, incluso las instituciones más reverenciadas, puede ser objeto de discusión y análisis, y puede ser transformado sin necesidad de violencia.

Sobre todo, una sociedad abierta se guía por los valores humanitarios que hacen inadmisible que un ser humano padezca un sufrimiento que puede ser evitado. Los liberales radicales del siglo XIX, como Mill y Bentham, decían que había que maximizar la felicidad, pero Popper piensa que es un mejor criterio minimizar el sufrimiento.

La sociedad abierta avanza gracias al ensayo y al error, y se transforma y adapta. Lo que funcionó bien en un tiempo o lugar no necesariamente seguirá funcionando en otra situación. Por eso leyes e instituciones no pueden ser sagradas. Tampoco sirve caer en esencialismos al buscas respuestas a preguntas como ¿cuál es la naturaleza del gobierno? o ¿cuál es la esencia de tal o cual institución? En vez de ello, lo que debemos preguntarnos es ¿qué es lo hace, cómo lo hace y qué debemos cambiar para que haga lo que necesitamos? No existe la fórmula para crear el paraíso en la tierra, sólo un gradual e interminable proceso de perfeccionamiento.

Por supuesto, no se trata de un binario, sino de un espectro, y esta revolución, dice Popper, no fue planificada ni deliberada, sucedió como resultado del crecimiento de las sociedades, de la lucha de las clases oprimidas contra las privilegiadas, y del contacto de unos pueblos con otros. Es un proceso en el que todavía nos encontramos; si tenemos en cuenta los milenios que el Homo sapiens ha existido sobre la tierra, los griegos vivieron ayer. Este proceso no es lineal, ni regular, sino que ha tenido grandes momentos de avance, y otros de estancamiento o hasta retroceso. Tampoco es inevitable ni constituye una “ley de la historia”.




El quiebre de la sociedad cerrada genera un desasosiego profundo, en especial durante los momentos de cambios sociales rápidos. La sociedad cerrada pretende ser natural, orgánica, y su pérdida causa duelo, desorientación, incluso hostilidad. Había cierta seguridad en pensar que todas las cosas estaban en su lugar, que existía un orden sagrado y que el papel de cada uno estaba ya determinado desde un inicio. La libertad viene con responsabilidad y ambas pueden ser abrumadoras.

Las clases privilegiadas en una sociedad cerrada tienen, obviamente, mucho que perder en el paso hacia la sociedad abierta. Su lugar en la jerarquía, antes aceptado como parte de un orden natural, incluso divino, puede ser cuestionado o puesto en duda. La idea misma de que sea necesaria una clase gobernante, una élite en esencia diferente y superior a las demás personas, puede quedar bajo ataque. Es de esperar que esta clase hará todo lo que pueda para aferrarse al poder.

Además, una sociedad abierta puede terminar convirtiéndose en una sociedad abstracta, en la que se pierda el contacto grupal auténtico entre los individuos; en la que todas las interacciones sociales se vuelvan anónimas e impersonales; en la que cada persona se encuentre física y psicológicamente aislada de las demás, comunicándose sólo por medios artificiales, incapaz de satisfacer plenamente sus necesidades emocionales y sociales. Es decir, una sociedad como a la que la nuestra se parece cada vez más.

Ante los problemas, conflictos y crisis nacidos de la transición de una sociedad cerrada a una abierta, y ante el peligro de que una sociedad abierta se convierta en una abstracta, surge la tentación de volver al tribalismo. Pero ya no se puede recuperar la inocencia perdida; ese regreso tiene que ser consciente, no ya el producto de la evolución natural de una sociedad, sino de un esfuerzo deliberado. Y, si es necesario (y lo será), violento.



Esto es, en parte, lo que vemos hoy. Por un lado, la sociedad está cambiando. Nuestros tabúes sociales están siendo rotos por los movimientos por la justicia social: feminismo, antirracismo, derechos LGBTQ+[1], que ponen en entredicho lo que considerábamos normal o sano o justo. Las jerarquías, antaño justificadas por la voluntad divina o la cualidad racial, hoy por la meritocracia o la biología, son señaladas como constructos que favorecen a ciertos grupos en detrimento de otros.

Como ocurrió en el mundo antiguo, cuando los griegos se lanzaron al mar y contactaron con civilizaciones distintas y lejanas, hoy en día la globalización nos obliga a mirar a culturas diferentes a la nuestra y a cuestionar nuestro provincianismo, nuestra ciega certeza de que “como lo hacemos nosotros” es como está bien. Los movimientos migratorios amenazan el ideal de una tribu homogénea, pura, sin contaminación de elementos ajenos.

Esto resulta tan desconcertante para muchos que, antes que creer que los cambios sociales se dan de manera natural, asumen que alguna fuerza maligna está detrás de ellos. Sumémosle a eso una modernidad tan alienante, en la que el “sentido de la vida” se pierde en el nihilismo; una sociedad en la predominan el estrés, la depresión y el sentimiento de soledad. Un orden de cosas en el que muchas personas encuentran una respuesta a sus dolencias existenciales en la promesa de recuperar la sociedad tribal: un retorno a las cosas como debían haber sido antes de que se arruinaran con no sé qué pecado original. Algo por lo que luchar, con toda violencia si es necesario.

Fue al iniciar el camino hacia una sociedad abierta, dice Popper, una sociedad capaz de analizarse, cuestionarse y transformarse a sí misma, que los griegos son los fundadores de la “cultura occidental”. Hoy, los conservadores y reaccionarios que se proclaman como sus supuestos defensores, no hacen más que fetichizar rasgos superfluos, como el color de la piel, las corrientes estéticas, la coincidencia geográfica o la memoria de victorias militares ocurridas hace siglos. Para defender la “cultura occidental”, proponen renunciar a los valores que la hacen meritoria: apertura, tolerancia, humanismo, autocrítica y maleabilidad. Es decir, lo que proponen es cerrar la cultura, regresar a la tribu.

Pero, nos dice Popper, esto es imposible. Una vez mordido el fruto del árbol de la ciencia, no se puede recuperar el paraíso perdido, no se puede regresar al armonioso estado de naturaleza. Si damos la vuelta, será para regresar todo el camino, para volver a ser bestias.



II.- Gobierno, libertad, tolerancia, democracia

¿Quién debería gobernar? ¿Los más sabios? ¿Los más virtuosos? ¿La nobleza? ¿Los mejor preparados? ¿El pueblo? ¿La clase trabajadora? ¿La mayoría? ¿La raza maestra?

Karl Popper nos dice que nos hemos dejado engañar por esta pregunta. El punto no es quién debe estar en el poder político, sino cómo los ciudadanos pueden protegerse de ese poder. Es decir, qué instituciones, qué mecanismos, qué reglamentos tendrá una sociedad para que aquellos que tienen poder no abusen de él y se beneficien a costa de quienes no lo tienen. Eso incluye, claro está, la pregunta de cómo la ciudadanía puede controlar y limitar el poder del gobierno, pero también cómo los que no tienen poder político, privilegios o riqueza sean explotados por los que sí los tienen.

Ése es el gran fallo del principio de liderazgo, que pone en un inmerecido primer lugar la cuestión de quién debe dirigir. Pensamos que, al resolver ese problema, resolveremos todo lo demás. Caemos en la tentación autoritaria cuando consideramos que lo que se necesita es que los líderes correctos estén en el poder y tengan la facultad irrestricta de hacer lo que se tiene que hacer. Por eso los demagogos siempre socavan las instituciones que delimitarían su poder. La acusación suele ser las instituciones son inútiles o estorbosas, mientras que los caudillos son ellos quienes representan directamente “la voluntad del pueblo”.



Esto se encuentra casi casi en el ADN del pensamiento de derechas, pero los izquierdistas no se salvan. Podemos recordar ejemplos pasados y presentes de personas que justificaron dictaduras socialistas o comunistas; desde su punto de vista, cosas como las elecciones libres o la libertad de expresión se vuelven nimiedades, fruslerías cursis que estorbarían el actuar de un Gobierno que va a hacer lo correcto. ¿Para qué quieres votar, si el Líder ya está trabajando por el bien del pueblo? ¿Para qué requieres libertad de prensa y expresión, que no sea para entorpecer esa heroica labor con críticas malévolas?

El problema es: ¿Y si las acciones de los líderes dejan de ser las correctas? ¿Qué podrás hacer para que cambie su proceder? ¿Y si ese poder un buen día decide actuar contra ti, sin que la debas ni la temas? ¿Qué tendrás para defenderte? El punto de la democracia no es, nunca ha sido, asegurar que se haga lo que se tiene que hacer, ni que el pueblo elija a “los mejores”, ni que las decisiones tomadas por la ciudadanía sean siempre las correctas. De lo que se trata es que nadie quede bajo el poder arbitrario de nadie más, por más benévolo que pretenda ser ese poder. Por eso son más importantes las instituciones que los líderes, y aunque es bueno que los gobernados puedan elegir a sus ciudadanos, es todavía mejor que tengan el derecho a deshacerse de ellos.

Eso lleva a hablar de la paradoja de la democracia: ¿qué hay si un pueblo vota por renunciar a la democracia y darle todo el poder a un tirano? Popper piensa que una democracia debe admitir cualquier reforma, excepto aquéllas que llevarían a la desaparición de la democracia misma. Es más, una sociedad democrática tiene el derecho a defenderse, incluso por la violencia, contra cualquier intento de destruir su sistema democrático; sobre todo si ese intento viene del gobierno mismo.



No sólo se trata de proteger la libertad de los ciudadanos ante el Estado. Popper nos plantea también la paradoja de la libertad. Demasiada libertad tiende a destruirse a sí misma. Si los que tienen fuerza física son libres de ejercerla a su antojo sobre quienes no la tienen, la libertad de estos últimos se ve reducida. Tenemos que poner límites a la libertad de cada individuo para que no se afecte la libertad de todos los demás.

Pero este concepto no puede reducirse a la violencia física, sino también a la económica. El poder económico puede ser tan peligroso como el físico, pues aquellos que tienen de sobra pueden forzar a aquellos que se están muriendo de hambre a aceptar “libremente” (esto es, sin coerción física), someterse a la servidumbre. Es por ello que el Estado no puede limitarse a la supresión de la violencia física y a la protección de la propiedad privada, ni es suficiente con que haya “igualdad de oportunidades”, porque ésta no protege a los menos dotados, ni a los menos despiadados o afortunados.

Es necesario construir instituciones sociales para la protección de los débiles, de forma que el Estado vea que nadie se vea obligado a entrar en un acuerdo desventajoso por miedo al hambre o la ruina. El poder económico debe someterse al poder político, que a su vez debe estar bajo el control democrático de los gobernados.



Pero sobre todo Popper es famoso por haber expuesto la paradoja de la tolerancia, tan invocada en tiempos modernos, en los que tenemos nazis marchando por las calles y anunciando una guerra sin cuartel, y que causa escozor a los fundamentalistas de la libertad de expresión. Básicamente, ésta nos dice que:

La tolerancia ilimitada conduce necesariamente a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia.

Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente.

Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por condenar todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a ellos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes.

Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos. Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia.

Los movimientos totalitarios, nos decía Hannah Arendt, usan las libertades de la democracia (expresión, asociación, etc.) para, una vez en el poder, destruirlas. Por eso debemos reservarnos el derecho a no ser tolerantes con ellos.



Pero, ¿qué tanto es tantito? ¿Cómo definimos si una expresión intolerante, o una ideología dogmática son realmente un peligro para la tolerancia? ¿Cómo evitamos que este principio se convierta en una política de censura contra ideas disidentes? ¿Cómo definimos si una propuesta política constituye un atentado contra la democracia? ¿Cómo evitamos confundir la defensa de las instituciones democráticas con la opresión de todo intento por reformarlas? ¿Cómo evitamos la cuesta resbalosa? No lo sabemos.

Es decir, Popper no nos da una fórmula infalible para detectar estas amenazas y saber qué hacer con ellas. Ése es el punto: no la hay. Porque una sociedad abierta no se basa en principios abstractos eternos e inamovibles, sino en soluciones prácticas a problemas concretos. A cada sociedad le toca enfrentar las paradojas de la libertad, de la tolerancia y de la democracia, y encontrar las soluciones que mejor funcionen a la situación en la que se encuentran, que pueden ser muy diferentes a otras medidas que hayan funcionado en otros tiempos y lugares.




En la segunda parte de esta serie hablaré acerca de la racionalidad según Popper, de los peligros del pseudo-racionalismo, y de las críticas de Popper hacia Platón, Marx y Hegel, que les prometo no son lo que ustedes imaginan.




[1] Estos movimientos no están exentos de tener a su vez sus propias formas de misticismo, tribalismo, irracionalismo, etc.

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