miércoles, 10 de julio de 2019

De Schopenhauer a Hitler. El asalto a la razón que dio a luz al nazismo.




El asalto a la razón de George Lucas. ¡Anda la osa! Yo pensé que ésta era una novela de Star Wars, sobre el asalto de una célula rebelde contra la base imperial llamada ‘Razón’. Pero no, el autor en realidad se llama Georg Lukács y el libro es un tratado de filosofía política marxista. Pues bueno, me han llamado ‘marxista cultural’ tantas veces de a gratis, que me dije ‘ni modo, leamos a los marxistas, a ver qué dicen’.

Fuera de bromas, me decidí a leer este libro porque lo vi citado en un blog que leí hace tiempo, en el que hablaban sobre el crecimiento de la irracionalidad a principios de nuestro siglo XXI. Conocía a Lukács de referencia y algunos textos breves (es lectura obligatoria en mi carrera), pero me llamó la atención fue la temática de su libro: cómo el declive de la racionalidad en la cultura europea permitió el surgimiento de la ideología nazifascista.

Lo primero que debo decir es que éste no es un libro fácil; está pensado para quienes ya tengan algunos principios básicos de filosofía e historia del pensamiento político. Mientras avanzaba, agradecí por las lecturas que me permitieron comprenderlo, incluyendo los dos libros de historia intelectual de la humanidad de Peter Watson, la Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell, la Introducción a la historia de la filosofía de Ramón Xirau y la Historia de la teoría política de George H. Sabine.

Además de sesudo, el libro es muy extenso (mi edición es de 850 páginas) y difícil de conseguir. Las ediciones en español de Grijalbo y el FCE están fuera de circulación desde hace años, y tampoco pude hallar ediciones en inglés, así que tuve que pedir la mía de una editorial de la India. Está en PDF por ahí, pero me choca leer en pantallas (ya sé que es irónico decir eso precisamente aquí; no lo mencionen).



Para quien no quiera, por ahora, molestarse con el mamotreto, le dejo este breve resumen, ya que la referencia les será útil. La tesis central de Lukács es que el rechazo a la racionalidad y la exaltación del instinto, impulsados por ciertas corrientes filosóficas, crearon las condiciones intelectuales propicias para que se desarrollara la ideología nazi. Muchas de esas filosofías que Lukács revisa no pretendían dar lugar a nada parecido al fascismo, y algunos de sus pensadores incluso reaccionaron con horror ante el barbarismo nazi. Eso no importa, igual ayudaron a crear el ambiente cultural para que tanta gente se pasara al Lado Oscuro.

Ante quienes suelen sugerir la educación, la lectura y la cultura como un antídoto suficiente al fascismo, otros más pesimistas señalan que Alemania era uno de los países más cultos y sofisticados de Europa. Eso es cierto, y también es cierto que la postura anterior peca de ingenua. Pero lo que no siempre nos detenemos a pensar es en qué tipo filosofía, literatura y arte se estaba cultivando en Alemania, y qué valores promovían éstas. En aquel país no había una tradición de pensamiento liberal, ni instituciones democráticas plenas. Con la excepción de Marx (quien, recuérdese, hizo buena parte de su carrera en Inglaterra), después de Hegel la intelectualidad alemana fue profundamente irracionalista y reaccionaria, opuesta a los valores de la Ilustración.

Entre los pensadores señalados con el dedo acusador de Lukács se incluyen Schelling, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, los teóricos del racismo y los darwinistas sociales. Los cinco primeros tienen en común que predicaron una filosofía que encumbraba el instinto, la intuición, la vitalidad, los mitos o la experiencia personal incomunicable por encima del conocimiento racional, científico y objetivo. También negaban la posibilidad del progreso.

De Schopenhauer y Nietzsche, Lukács dice que su pesimismo con respecto a la existencia humana, que ellos planteaban como una forma superior de consciencia frente a la realidad, no era más que una forma indirecta de hacer apología del statu quo. Pues si la existencia humana está marcada por el dolor y el sufrimiento, entonces las injusticias sociales de nuestro tiempo son simplemente parte del orden cósmico del universo, y no de un sistema sociopolítico en concreto, y es infantil pretender cambiarlas.



Pero estos pensadores son hipócritas al respecto. Schopenhauer, por ejemplo, predicaba un retiro de los asuntos mundanos como una forma de sabiduría de vida. En realidad, ese retiro a la contemplación era un privilegio que el statu quo le permitía; cuando el orden social se vio amenazado por las revueltas de 1848, Schopenhauer no lo aceptó como parte de la condición trágica de la vida, sino que activamente apoyó su represión, atendió a los oficiales que la llevaron a cabo, y hasta les prestó sus prismáticos de ópera para que dispararan a los rebeldes.

Uno de los capítulos más extensos está dedicado a nuestro übermensch favorito. De Nietzsche hemos sabido durante mucho tiempo que su filosofía fue una de las más influyentes en el desarrollo de la ideología nazi, y que hasta la fecha sirve como alimento para niños rata que se creen Señores Sith. De fondo, su pensamiento defiende la división estricta de la humanidad en clases dominantes y sometidas, mientras rechaza todas las ideologías (democracia, socialismo, feminismo), que pudieran alborotar a las masas fuera de su lugar correspondiente.

Sin embargo, todavía podemos tomar algunas lecciones suyas que son útiles para la vida (piensa por ti mismo, no seas mediocre, vive tu vida como te gustaría hacerlo si tuvieras que repetirla infinitas veces, etc.), sin dejar de reconocer, como siempre le digo a mis estudiantes, que era un cretino misógino que se murió loco de sífilis por andar de putañero.

Por cierto, Lukács, con todo y que refuta rigurosamente toda la filosofía de Nietzsche, reconoce sus méritos intelectuales. De la misma manera, reconoce los méritos estéticos de escritores con cuyas ideologías no está de acuerdo, tales como Kafka o Camus. Ésta es una forma de caballerosidad intelectual que rara vez se ve en la crítica de nuestros tiempos.

También reconoce la importancia de los pensadores de siglos pasados, pues, aunque éstos tuvieran una forma de pensar que favorecía a la clase burguesa, en su momento estaban abogando por el progreso humano. De hecho, otro de sus argumentos centrales es cómo la intelectualidad burguesa pasó de ser revolucionaria (en tiempos de la Ilustración), a volverse cada vez más conservadora una vez que conquistó la hegemonía, incluso aliándose con la más fiera reacción feudalista en contra de la nueva filosofía del progreso: el socialismo.

Me gustaría ver más de ese reconocimiento en la izquierda contemporánea, que denuncia a pensadores de siglos muy pretéritos por sus deficiencias en cuanto a temas como la igualdad de género o de razas, sin tener en cuenta que lo que estaban planteando ya era bastante revolucionario, y que pensar en futuras emancipaciones y reivindicaciones no habría sido posible si ellos no hubieran hecho su parte para romper el orden existente.



Lukács no deja de fustigar a los intelectuales liberales de su tiempo, muchos de los cuales prefirieron coquetear con la reacción, antes que cederle un centímetro a la izquierda. Es un panorama muy parecido al que vemos en la actualidad, en que el establishment intelectual del liberalismo, ya sea en Europa o Estados Unidos, se ha caracterizado por su tibieza ante el auge del neofascismo, y por un afán de equipararlo a la izquierda radical que se le resiste:

“Para muchos de estos ideólogos liberales del ‘justo medio’, de los cuales Alfred Weber era uno, la misión era salvar la concepción liberal de la democracia. Y esto, para ellos, sólo era posible estando en contacto íntimo con la reacción, y en combate resuelto contra la izquierda, al mismo tiempo poniendo una -cada vez más torpe- resistencia contra las demandas radicales de los extremistas reaccionarios. […] Este proceder despejó el camino para la ideología fascista, y es un hecho no poco frecuente: liberales convencidos que, precisamente por su ideología liberal, se han convertido en pioneros de la ideología reaccionaria extrema en tiempos de crisis.”

Algunos de los pensadores a los que analiza Lukács han caído en un justo olvido, y creo que sólo filósofos profesionales podrían tener mucho interés en los capítulos dedicados a ellos. Me parece que disertar mucho en las corrientes sociológicas en Alemania en los años entre guerras es demasiado específico para llamar la atención del público en general.

Del capítulo de los neohegelianos rescato una importante lección: fueron estos filósofos los cuales le dieron a Hegel un cariz irracional, místico y reaccionario. Lukács fue uno de los más profundos conocedores de Hegel y lo presenta como un pensador progresista y racional que rechazó el misticismo del movimiento romántico. Sin embargo, los neohegelianos se encargaron de pintar al filósofo alemán con muy feos colores, dejando una imagen espuria que pervivió en Occidente, donde ha generado críticas que, según Lukács, están dirigidas a un simple hombre de paja.


Los capítulos que encontré más interesantes fueron aquéllos en los que Lukács analiza directamente la filosofía del nazismo. Hace énfasis en una de las misiones primordiales del régimen nazi: proteger al capitalismo monopolista. No olvidemos a las diversas corporaciones y magnates que fueron consentidos por el gobierno de Hitler y que colaboraron con él (uno de tantos hechos que desmienten la idiotez de “los nazis eran de izquierda”).

Ello no impidió a Hitler, en su propaganda, despotricar contra el capitalismo y culparlo por la decadencia de Alemania y de sus hombres. Los patriotas de verdad no se preocupaban de hacer negocios, sino de hacer la guerra. Esto fue porque en la época tras la crisis de 1929, en sí uno de los mayores fracasos del capitalismo laissez-faire, Hitler podía usar el resentimiento social para atacar a banqueros e industriales de origen judío, como forma de exacerbar el antisemitismo, dejando indemnes a los grandes monopolistas:

“Un punto importante es que este arranque del fascismo ocurrió durante un periodo en el que las presiones económicas sobre las masas (intelectuales incluidos), se estaba volviendo más y más insoportables. El fascismo necesitaba esta desesperación y amargura, esta inclinación hacia la resistencia y la rebelión. Al utilizar los sentimientos anticapitalistas que emergieron de esta situación, sólo pretendía prevenir que las tensiones resultantes se dirigieran contra el capitalismo, al cual quería, más bien, proporcionarle instrumentos de terror para gobernar.

Al desestimar, en su visión del mundo, las cuestiones económicas, era sólo en la superficie que el fascismo aparentaba ser más radical que el marxismo; pues mientras éste se dirigía sólo contra un fenómeno ‘superficial’, el capitalismo, la sociología fascista presumía demandar una agitación total… pero sin tocar en lo más mínimo la estructura del capitalismo monopolista.

[…] Los racistas, por otro lado, se preguntaban ‘¿Quién posee el capital, quién lo controla, regula y supervisa? Éste es un punto crucial.’ El racismo hacía posible simplificar el complicado pensamiento del anticapitalismo romántico y convertirlo en una cuestión de propiedad basada en méritos raciales.”

Nosotros vivimos en un mundo que no se ha recuperado de la más reciente crisis capitalista, la del 2008, y en el cual la frustración y descontento social alimentan el retorno a ideologías reaccionarias. La xenofobia contra los migrantes ha servido a los demagogos de hoy para canalizar esa frustración de la gente común, pero también hemos visto un renacimiento de las teorías conspiratorias antisemitas entre los círculos más extremos. Mientras, los causantes de esta crisis siguen disfrutando de sus riquezas sin que nadie los moleste.


Del carácter que el nazismo quería moldear en sus hombres, el autor nos dice:

“En contraste con otros movimientos reaccionarios, que predicaban un retorno a épocas anteriores, más seguras y ‘moderadas’, la agitación fascista procedía de la crisis misma y la disolución de las condiciones de seguridad. Ya que planeaba establecer, internamente, un gobierno totalmente arbitrario, cuyo objetivo principal era iniciar una guerra de agresión imperialista, se dirigía hacia un nihilismo militante y un socavamiento deliberado de las condiciones de seguridad en la vida del individuo. De ahí que presentara la ideología de ‘seguridad’ como un concepto burgués moribundo, que debía ser tenido como despreciable a cualquier costo: el fascismo planeaba cultivar el tipo del bravucón brutal, disuadido por nada y deteniéndose ante nada.”

Vaya, esto recuerda un poco al cambio de personaje que podríamos encontrar en la derecha hace unos diez años o más, en contraste con lo que hemos visto en nuestros tiempos. La vieja derecha, de señores mojigatos y timoratos (los llamados cuckservatives), ha dado lugar a una nueva casta de muchachitos fascistoides que se presentan como los chicos cool, bravucones de los foros de redes sociales, trolls de pacotilla, que actúan con sorna y prepotencia, como si nada les importara. Sí, son una versión muy chafa de las juventudes hitlerianas, pero la extrema derecha trabaja con lo que tiene, y lo que tiene son chavitos rencorosos pegados a sus computadoras. Es de esta misma manera que Kylo Ren es una versión muy chafa de Darth Vader. (¿Ven? ¡Las referencias a Star Wars sí cabían!)



Lukács, conocedor de la ciencia de su tiempo, entiende que, “la realidad es fundamentalmente más rica, diversa e intrincada de lo que los conceptos mejor desarrollados en nuestros sistemas de pensamiento podrán serlo jamás”. Pero la realidad existe independientemente de cualquier consciencia, y lo que tenemos que hacer como seres humanos es crear los mejores modelos para comprenderla de una forma aproximada. Esto se adecúa a una visión científica del mundo.

Sin embargo, cada vez que la sociedad progresa objetivamente y se dan nuevos descubrimientos en el campo de los fenómenos naturales, emergen también nuevas posibilidades para que el irracionalismo convierta estos avances en movimientos retrógrados, con ayuda del misticismo. Cada nueva tecnología, cada avance científico, cada progreso social, verá aparecer una oposición de pseudociencias y movimientos reaccionarios. Vean cómo la pseudociencia se apropia espuriamente del lenguaje de las ciencias auténticas, o cómo los movimientos de odio bastardizan el lenguaje de la justicia social.

Lukács también nos recuerda la brillantez diabólica de los métodos propagandísticos del Führer. Él cosechó más de un siglo de filosofía irracionalista, que consideraba el conocimiento objetivo, a través de la razón y la ciencia, como imposible, incomunicable o desestimable, para privilegiar en cambio conocimientos que se podían obtener a través del instinto, la voluntad o misticismo. Estas formas de “conocimiento superior”, al no poderse someter a pruebas y escrutinio, que lo habrían hecho objetivo y accesible para los demás seres humanos, podía ser cualquier cosa, cualquier posverdad, cualquier hecho alternativo, que ultimadamente se correspondía con la voluntad del líder supremo.

Hitler tomó nota de la mercadotecnia gringa y aprovechó el sentimiento de desconcierto que permeaba en una cultura tan alienante como la que genera el capitalismo contemporáneo:

“La ‘originalidad’ de Hitler yace en el hecho de que fue el primero en aplicar técnicas de publicidad estadounidenses a la propaganda y la política en Alemania. Su objetivo era aturdir y estafar a las masas. En su magnum opus, él mismo admite que su meta era demagógica, quebrantar el libre albedrío y la capacidad de pensar de los hombres. La única cuestión a la que Hitler dedicó un estudio asiduo fue qué trucos debía emplear para llevar a cabo esta meta. Para hacerlo, examinó todos los detalles concebibles del poder de la sugestión y de la susceptibilidad de las masas.

[…] Hitler se oponía con pasión a la verdad objetiva y combatía la objetividad en todos los aspectos de la vida. [...] Esta fusión del vitalismo alemán con la publicidad estadounidense no es accidental. Ambas son manifestaciones de la época imperialista. Ambas apelan a la desolación y desorientación de las personas de esta época, a su cautiverio en un sistema de categorías fetichizado, perteneciente al capitalismo monopólico. Jugó con el adormecido sufrimiento de los hombres bajo este sistema y su incapacidad para liberarse de él.”

Sólo es posible entender a Hitler en el contexto del capitalismo monopólico en el que surgió y al cual defendió. Pretender interpretarlo como un simple regreso al barbarismo de siglos anteriores será estéril (como lo han querido hacer algunos liberales). El fascismo es un fenómeno moderno y producto de fuerzas económicas, políticas y sociales modernas.


En el epílogo, Lukács advierte que las tendencias irracionalistas pueden echar raíces en los Estados Unidos, victoriosos tras la Segunda Guerra Mundial. Con mucha relevancia actual, el filósofo alerta del carácter que revestirá el pensamiento reaccionario en los Estados Unidos. Hasta Hitler, tales tendencias pregonaban un rechazo a la filosofía de la Ilustración y la adopción de formas de conocimiento que supuestamente superaban al raciocinio. Pero la nueva filosofía reaccionaria se disfrazaría de racionalismo y reclamaría para sí la herencia de la Ilustración. O sea, si antes teníamos que estar alertas al irracionalismo, ahora debemos estarlo ante el pseudorracionalismo. Vaya, sé que se refería a ciertos intelectuales europeos y anglosajones en la década de los 50, pero parece que está describiendo a la mal llamada Intellectual Dark Web.

La segunda mitad de ese mismo epílogo no ha envejecido bien. Lukács se esfuerza mucho por conectar tendencias intelectuales contemporáneas con el desarrollo de un futuro fascismo. Quizá tenía razón en que las semillas ahí se encontraban, pero estaban muy lejos de germinar. Además, se le va la mano al interpretar, de forma bastante bizarra, productos culturales como las películas de gángsters, las novelas policiacas, los cómics de superhéroes o el arte abstracto, como señales de la decadencia que estaba llevando a los Estados Unidos hacia el fascismo.

Más rancia se ha puesto su defensa del estalinismo. Desestima como simple propaganda las cada vez más numerosas denuncias de la persecución y opresión por parte del régimen soviético. Hace una apología de la dictadura estalinista como legítima sucesora de Marx y Lenin. Todo ello se ve todavía más mal cuando tenemos en cuenta que sólo unos pocos años más adelante él mismo sufriría en carne propia los horrores del estalinismo, salvando la vida por un pelo. Aprendió de sus experiencias, eso sí, y sin jamás abandonar el marxismo, se convirtió en un crítico de la Unión Soviética y del comunismo oficial impulsado por ésta.



En conclusión, ¿a quién recomiendo este libro? A los liberales y centristas, para que vean cómo muchas de las formas de pensar que están en boga en nuestros días no son inofensivas, sino que en tienden a conducir a un crecimiento de doctrinas de odio y opresión.

A los izquierdistas, para que recuerden que el pensamiento racional, el conocimiento científico y el ideal del progreso eran valores cardinales de la izquierda, que se sentía legítima heredera de la Ilustración. Después de más de medio siglo de pensamiento posmodernista, hostil a la ciencia y la racionalidad, debemos recordar que el misticismo, el pensamiento mágico, las supersticiones, los mitos y la negación de la lógica no son inocuos, sino que, como dijera Francisco de Goya, el sueño de la razón produce monstruos.


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