jueves, 31 de octubre de 2019

El rey, el gato y los brujos del Ártico



¡Hola, criaturas de la noche! Hoy les traigo una entrada especial de Halloween: una historia curiosa y macabra sobre paganismo, brujería, gatos negros y viajes rumbo al helado y desconocido norte, donde la "civilización" no había llegado todavía. Es la historia de un rey y su tripulación, nevegando entre témpanos de hielo, hacia las gélidas tierras donde los paganos todavía adoraban a sus antiguos dioses.

Cuando pensamos en Escandinavia, nos vienen a la mente dos cosas: en primer lugar, ¡vikingos! En segundo ¡socialismo nórdico! Todo muy bonito. Pero entre la era de los vikingos y la Escandinavia socialdemócrata hubo reinos cristianos europeos bastante normales parecidos a cualquier otro. Uno de ellos era el reino de Dinamarca-Noruega. Porque, así es, estos dos páises estuvieron unidos bajo una sola corona entre los siglos XVI y XIX. ¿Sabían eso? Yo no.

Coronación de Cristian IV

El rey de Dinamarca-Noruega era Cristian IV, quien había sido coronado en 1596 ¡a la edad de 19 años! Pronto tuvo que hacer frente a las ambicones expansionistas de su vecina Suecia (fun fact: los suecos y los noruegos cuentan chistes los unos de los otros como los yucatecos y los campechanos). Suecia y Dinamarca-Noruega estaban en una carrera para alcanzar y dominar las lejanas costas septentrionales, bañadas por las frígidas aguas del Océano Ártico. 

Verán, muy nórdicos y muy descendientes de vikingos y toda la cosa, pero suecos, daneses y noruegos se movían principalmente por las costas del Báltico, o sea, en el extremo sur de la Península Escandinava. El lejano norte era para ellos territorio salvaje y desconocido, habitado por criaturas monstruosas, como morsas de aterradoras fauces, y gente salvaje que montaba y guerreaba en renos como los otros hombres doman caballos. Así se puede ver en este mapa de 1532:

Mapa de Finmarca, elaborado por el sueco Olaus Magnus

Cristian IV estaba decidido a consolidar el dominio danés-noruego (¿dano-noruego? ¿danoruego?) sobre Finmarca, el litoral escandinavo más septentrional, de forma que sus territorios rodearan por completo a Suecia y la dejaran sin acceso al mar. Así, en 1599 él mismo partió de Copenhague a la cabeza de una flotilla de ocho navíos para explorar el helado norte, en un viaje que marcaría su vida y la de muchas otras personas.

Ésta es la época en la que los europeos ya estaban conquistando América, así como partes de África y Asia. El reino de Dinamarca-Noruega incluso llegó a tener algunas posesiones en el Caribe (¿lo sabían? Yo no). Pero para los escandinavos la verdadera "frontera" hacia la cual había que expandirse era el norte, el cual, como el Nuevo Mundo, también tenía su naturaleza exótica y sus pueblos paganos esperando a ser evangelizados.

Estos pueblos eran los conocidos en gran parte del mundo como lapones. Esta palabra es de origen escandinavo, y quiere decir algo así como "que se viste como mendigo". Además, el nombre lapón ha sido usado por noruegos, suecos y finlandeses como sinónimo de tonto o inculto. Se trata, pues, de un peyorativo. Los habitantes más de esas tierras cubiertas de nieve se llaman a sí mismos samis.

Campamento sami, por el pintor finés Aleksander Lauréus

Los samis son un pueblo muy antiguo. Han estado en las costas del Ártico desde hace siete mil años, y su presencia antecede a la llegada de los pueblos indoeuropeos. Son una nación sin estado, con su población repartida entre Noreuga, Suecia, Finlandia y Rusia. En tiempos de Cristian IV, los samis eran considerados "primitivos". Eran seminómadas, viviendo en tiendas de piel y subsistiendo de la pesca, la caza y, sobre todo, el pastoreo de renos, animales de los que obtenían alimento, piel y transporte.

A lo largo de la historia han sido tratados por los gobiernos de los países escandinavos como las potencias coloniales siempre europeas han tratado a los pueblos nativos del resto del mundo. Es decir, con la punta del pie. A lo larto de los siglos se intentó europeizarlos, erradicar su lengua y sus costumbres ancestrales para hacerlos formar parte de los modernos estados-nación. En tiempos de Cristian IV eran paganos, y practicaban una forma de chamanismo que sigue presente hasta nuestros días.

Los samis adorando a una deidad

Lo que nos regresa a nuestra fatídica expedición. Explorando las lejanas tierras del norte, la Finmarca noruega, los exploradores tuvieron contacto con los sami. En una aldea, un marinero robó un gato, un macho negro y grande, que pertenecía a una mujer sami. El felino fue llevado a bordo del Victor, la nave enseña del rey Cristian. Fue entonces que iniciaron las desgracias.

Una feroz tormenta comenzó a azotar a la flota. El viento golpeaba con tanta fuerza que las velas tenían que estar amarradas día y noche. No había tierra a la vista. Ballenas gigantescas, tan grandes como el navío mismo, nadaban en círculos alrededor de éste, y los marinos estaban seguros que se trataban de criaturas sobrenaturales. 

Días y noches de tormenta incesante pueden trastocar los nervios de cualquiera. Los marineros, el primer oficial del Victor e incluso el capellán del rey empezaron a murmurar que la tempestad sólo les había caído encima tras haber capturado al gato lapón. Había que echar al demonio por la borda para acabar con la maldición. Pero había un problema: el joven rey se había encariñado mucho con el felino.

Azotados por las olas, por el pintor noruego Peder Belke

Era un bicho grácil y elegante, que se pasaba como ardilla corriendo entre las cuerdas, y que capturaba aves que después entregaba al rey. Nadie tocaría al gato; era su protegido. Las malas lenguas comenzaron a murmurar que el monarca estaba siendo seducido y manipulado por la bestezuela. El peligro de motín no parecía muy lejano. Para colmo de males, el gato interrumpió con sus gracias una misa oficiada por el capellán, quien lo tomó como prueba de que el animalejo era un enviado del Maligno.

Parece ser que el joven rey no daba mucho crédito a estas supersticiones, y que de verdad se había encariñado con el felino. La ley dictaba que el gato, como endemoniado que era, debía ser ejecutado. Pero Cristian le ofreció un indulto. En vez de matarlo, lo pondrían en una barcaza con agua y alimento para varios días, con lo cual podría regresar hasta su casa (porque, siendo un gato sobrenatural, no tendría problemas en navegar un frágil esquife por aguas nórdicas). Así se hizo; el gato se perdió en el horizonte (esperemos que haya llegado con su ama) y el tiempo se puso favorable de nuevo para que nuestros héroes reanudaran el viaje de regreso a casa, en Copenhague. 

Personas leídas y escribidas como ustedes y yo no creemos en las maldiciones ni nada de eso, ¿verdad? Seguro que la aparente relación entre el mal clima y el minino es sólo una coincidencia. Pero en aquella época la cosa no eran tan clara. La magia y los maleficios eran asuntos muy reales para las gentes de hace cuatro siglos.

Grabado de un sami y su gato cazador

Los exploradores nos cuentan que los samis le tenían mucho afecto a sus gatos. Un viajero francés relata: "cada familia tiene un gran gato negro al que valoran muchísimo. Los lapones le hablan como si fuera una criatura racional. Cada noche salen de sus chozas con el gato para consultar con él a solas, y el animal los acompaña a la pesca y la caza, como si de un perro de tratara. Aunque este animal parece un gato, si yo fuera más supersticioso, pensaría que se trata de un espírito familiar que les presta servicio. Es un espectáculo desconcertante para un cristiano del sur."

Los samis también tenían a sus chamanes, hombres de magia que practicaban rituales difíciles de comprender para los exploradores europeos. Se vestían con las pieles de los renos y usaban sus cornamentas como tocados. Golpeaban tambores de cuero marcados con símbolos arcanos y entonaban cánticos extraños en rituales desconcertantes. Se suponía que los chamanes eran capaces de invocar a los espíritus de los muertos, o entrar en trance, abandonar sus cuerpos y visitar lugares lejanos en el tiempo y el espacio. También podían arrojar terribles maleficios a grandes distancias.


Lo cierto es que los samis tenían su propia espiritualidad, como todo mundo, pero ya saben cómo reaccionan los cristianos cuando se topan con algún sistema de creencias que no es el suyo:



De modo que los europeos simplemente interpretaron que los chamanes samis eran brujos y que sus artes eran demoniacas. Lo usual.

Además, hay que tener en cuenta que el lugar de los gatos en la sociedad europea no era precisamente favorable. En los últimos siglos de la Edad Media y los primeros de la Modernidad, los gatos estaban íntimamente asociados a las herejías, la brujería y el satanismo. Se les consideraba animales impuros y una de las formas predilectas de Satanás para aparecerse ante sus seguidores mortales. Tan es así que algunas palabras para hereje, como el alemán katzer y el italiano gazzeri, significan literamente "adorador de gatos". De modo que el amor de los samis por los gatos no los hacía ver muy bien ante los cristianos.

El demonio siendo adorado en forma de gato, en una iluminación medieval del siglo XV

En 1601, un emisario del rey Cristian IV, un hombre de apenas 40 años y en perfecto estado de salud, murió repentinamente en Finmarca. Bueh, pues con el antecedente de lo del gato y lo que se sabía de los chamanes sami, la cosa estaba bien clara para explicar el trágico acontecimiento: ¡hechicería! Un noruego y un sami fueron acusados de haber embrujado al oficial para matarlo, y fueron condenados a morir en la hoguera.

Ése fue el primer juicio por brujería llevado a cabo en el extremo norte de Europa, y marcó el inicio de una de las cacerías de brujas más brutales de la Edad Moderna. Unas 138 personas (entre sami y noruegos) fueron ejecutadas a lo largo de la siguiente centuria. Sólo en el invierno entre 1662 y 1663 dieciocho mujeres fueron quemadas en la hoguera.



Esto también sirvió como pretexto para perseguir la cultura y la religión de los sami, y convenía para afianzar el poder de la corona danesa en la región. Ésa debe ser la razón por la que Cristian cambió su actitud de "no creo en sus supersticiones, marineros ignorantes" a "sí, por supuesto, hay que exterminar a todas las brujas".

Y la moraleja es... Eh... ¿La superstición, el colonialismo y el fanatismo religioso son malos? Bueno, pero eso ya lo sabíamos... ¿Los gatos son lo máximo? Eso también lo sabíamos. Como sea, les alegrará saber que hoy en día los sami son reconocidos como naciones indígenas con plenos derechos en Noruega, Suecia y Finlandia... No así en Rusia, mire nomás.

Aprendí esta historia gracias al ensayo "The king, the cat and the chaplain", parte de la colección de estudios etno-antropo-socio-mitológicos sobre brujería y espiritismo titulada Demons, Spirits, Witches. Ya no más me despido deseándoles un buen Halloween. Vayan y acaricien a un gato negro hoy, y le piden perdón por pertenecer a una especie primate tan pendeja.


1 comentario:

joaKo dijo...

Muy interesante la historia, y se ve muy interesante ese libro, lástima que no hay versión de kindle.

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