Trump se va, el fascismo se queda (Parte 2) - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 20 de noviembre de 2020

Trump se va, el fascismo se queda (Parte 2)

 


Publicado originalmente en JerónimoMX

 

Hola. En la primera parte de este ensayo, sobre el significado y prospectivas de las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos, explicaba y argumentaba que: Uno, Joe Biden y Donald Trump no son iguales, sino que la victoria del primero es algo positivo, aunque sea de forma muy relativa; y Dos, que la derrota de Trump no significa, pero para nada, el fin de las corrientes y movimientos fascistoides que lo llevaron al poder y que él mismo se dedicó a alimentar. Ahora pasemos a discutir otros dos puntos…

 

III
No podremos contar con los liberales


Antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial, las democracias capitalistas se encargaron de cultivar y cortejar a los nacientes regímenes fascistas, pues creyeron que podrían usarlos contra lo que más les preocupaba: el crecimiento del comunismo. El monstruo pronto se hizo más grande de lo que pudieron manejar y se volvió contra ellos. En realidad, las potencias capitalistas (Reino Unido, Estados Unidos y Francia) no lucharon la guerra tanto contra el fascismo como contra advenedizos imperios rivales (ciertamente mucho más brutales, no se discute).

 

Una vez que el fascismo fue reducido a niveles manejables, el capitalismo lo dejó sobrevivir, pues todavía tenía una utilidad contra las ideologías de izquierda. Los procesos de desnazificación de Alemania e Italia pararon después de pocos años de esfuerzos, y con el tiempo políticos que habían servido bajo Hitler y Mussolini se encontraron otra vez en los gobiernos de sus países. El régimen fascista de Franco en España se mantuvo incólume durante décadas. En la segunda mitad del siglo XX, los capitalistas y demócratas Estados Unidos emplearían atroces regímenes fascistoides para mantener el comunismo fuera de América Latina.


Lo que quiero decir es: no podemos esperar que la dirigencia neoliberal-centrista del partido Demócrata vaya a continuar la lucha contra los neofascismos y postfascismos en la sociedad y la política estadounidense, y menos que intente corregir las condiciones sociopolíticas y económicas que permitieron su ascenso. El partido tuvo la oportunidad de reinventarse como en tiempos Franklin D. Roosevelt y su New Deal, pero en vez de eso prefirió aferrarse a un proyecto se está desmoronando porque ya no corresponde con una realidad sociopolítica rápidamente cambiante. Sus líderes estarán satisfechos con haber vencido al partido rival y regresar al statu quo. Pero no olvidemos que ese statu quo es el que creó a Trump en primer lugar.

 

Ya ahora, cuando apenas hemos podido asegurar que Joe Biden será el próximo presidente, las figuras señeras del partido y la intelligentsia afín están tratando de hacer dos cosas: distanciarse de la más joven ala socialdemócrata-progresista del partido, y promover un acercamiento a la derecha. Por un lado, se está queriendo difundir la narrativa de que, si Joe Biden y los demás demócratas la tuvieron difícil para ganar, fue culpa de que el partido se ha ido mucho a la izquierda, y que no hay que permitir que eso ocurra. Esto es absolutamente falso: los candidatos progresistas ganaron o fueron reelectos, mientras que los centristas fueron los que perdieron; el esfuerzo masivo por parte de progresistas para registrar y movilizar votantes permitió que Biden ganara en los estados decisivos; las encuestas demuestran que los temas de la agenda progresista, tales como la salud pública universal, el control de armas, y el combate al cambio climático, son muy populares entre los votantes, incluso entre los que se fueron por Trump.

 

Vamos, en las primarias, el socialdemócrata Bernie Sanders iba ganando la carrera por la candidatura presidencial, y la habría obtenido de no ser porque todos los otros precandidatos, del ala centrista, se retiraron y le dieron su apoyo a Biden, quien era hasta ese momento el menos popular. La dirigencia del partido interfirió para frenar a Sanders, un político mucho más popular que Biden, con tal de impedir el crecimiento de la corriente progresista, aunque ésta le aseguraría más votos. De hecho, Sanders era tan popular que, con una marejada de pequeños donativos de ciudadanos comunes y corrientes, logró juntar más dinero para su campaña de lo que los otros precandidatos obtuvieron de patrocinadores millonarios.

 


Biden no ganó. Trump perdió, que es distinto. Casi nadie está entusiasmado por Biden, un político que prácticamente no tenía otra plataforma que “no ser Trump”. Es alguien que asegura que no habría salud pública universal, que prometió no respaldar el Green New Deal contra el cambio climático, que ante la brutalidad policiaca que ha desencadenado protestas por todo el país dijo “disparen a los manifestantes en las piernas”; alguien que aseguró a los plutócratas de Wall Street “nada cambiará fundamentalmente”.

 

Se cacarea mucho sobre la identidad de Kamala Harris, la primera mujer y la primera persona no blanca en ocupar la vicepresidencia. Se olvida, en cambio, su terrible historial de “mano dura” contra la delincuencia, que victimizó a muchos afroamericanos en beneficio del complejo carcelario industrial estadounidense. El ala centrista del partido Demócrata es del tipo que hará gestos “incluyentes” y “políticamente correctos”, mientras mantiene las estructuras opresivas. De ahí que al modelo de Biden se le critique desde la izquierda como “neoliberalismo progre” o “imperialismo interseccional”.

 

Los demócratas tienen antecedentes de denunciar los abusos de sus rivales republicanos y movilizar el anhelo de justicia, sólo para reconciliarse con ellos después de las elecciones. Vean cómo ahora han “reivindicado” a George Bush Jr. y otros criminales de guerra de su época. No nos extrañemos si en un futuro hacen lo propio con Trump, olvidando la ideología de odio que se dedicó a cultivar y que derivó en violencias muy reales contra grupos vulnerables.

 


Algunas de las políticas más autoritarias y antidemocráticas del régimen de Bush fueron expandidas por la administración de Obama, tales como el sistema de vigilancia masivo e ilegal contra la propia ciudadanía estadounidense, el uso cotidiano de ataques letales con drones en otros países, o la deportación masiva de millones de inmigrantes indocumentados.

 

Quizá por eso muchos izquierdistas preferían tener como enemigo a Trump: él es malvado a todas luces y sin tapujos. Los demócratas, en cambio, darán una imagen de respetabilidad y buenrollismo que engañará a muchos incautos haciéndoles creer que la lucha ya no es necesaria.

 

Por otro lado, se ha demostrado que la estrategia de moverse a la derecha para atraer votos republicanos no funciona. Además de que así sólo enajenan a los votantes progresistas, la mayoría de las bases republicanas ha demostrado que elegirían la opción más ultraderechista disponible, y los demócratas nunca alcanzarán los niveles fascistoides que el partido Republicano está dispuesto a ofrecer.

 

Aun así, ya se está hablando de “aproximarse a los votantes de Trump” y de “buscar la reconciliación”. Eso podría sonar muy bien, si lo que se busca es ayudar a los trumpeteros a superar su ideología de odio y dejar atrás sus creencias conspiranoicas; no si se trata de buscar un inexistente “punto medio” entre el cuasi fascismo que aquellos predican y la democracia que supuestamente defiende el partido. No se reconcilia a una víctima con su victimario apelando al “justo medio”; si se quiere sanar, es necesario reconocer y resarcir las injusticias.

 

Todo indica que moverse a la izquierda sería beneficioso para el partido Demócrata, en cuanto popularidad y votos se refiere. ¿Entonces por qué la dirigencia se aferra a una estrategia fallida?



Aquí es donde tenemos que recordar las similitudes entre el partido Republicano y el Demócrata: a pesar de las diferencias en retórica y modus operandi, a fin de cuentas ambos sirven a la misma clase dominante del país, la élite capitalista. Ésta jugará por las buenas, con democracia electorera y el “neoliberalismo progre” si es posible; pero empleará la violencia y opresión fascista si es necesario para mantener su poder y privilegios. Esta misma élite ahora desechará a Trump y procurará obtener lo que quiere de Biden. Entonces, no son los votos de la ciudadanía los que el Partido Demócrata teme perder por irse “demasiado a la izquierda”, sino el apoyo de los plutócratas corporativos.

 

Así que la lucha tendrá que seguir. El regreso al statu quo no es suficiente, porque ya el statu quo era una pesadilla para muchas personas y grupos marginados. Afortunadamente el ala progresista del partido, la que entiende muy bien eso, sigue ganado fuerza. No son sólo políticos jóvenes con ideas nuevas, sino que vienen de movimientos sociales, tienen experiencia en el activismo, saben organizar plataformas con apoyo popular y entienden que la verdadera política se hace en las calles.

 

Una serie de movimientos que se han ido desarrollando desde Occupy Wall Street hasta Black Lives Matter ha curtido a toda una generación en el activismo y la protesta, y ahora está lista para cambiar el panorama político del país, tanto dentro como fuera de la política partidista. Es necesario un relevo generacional para sustituir a los carcamanes centristas en la dirigencia del partido. Pero también son necesarios los movimientos sociales de masas y el activismo comprometido, ya sea contra el racismo sistémico, el capitalismo salvaje, la misoginia o la transfobia. Esperemos que un país gobernado por los demócratas sea más fácil para ellos, porque la muy presente amenaza del fascismo lo hace una cuestión de vida o muerte.

 

IV
¿Qué nos importa todo esto?

 


Cosas muy interesantes están ocurriendo en Nuestra América, incluyendo el triunfo del movimiento por una nueva constitución en Chile, la derrota del intento de golpe de estado y el regreso de la democracia en Bolivia, las protestas en Perú o los movimientos feministas por todo el continente. Eso, sin contar los estragos causados por el huracán Eta en Centroamérica, una tragedia a la que deberíamos poner más atención. ¿Por qué alguien en México o América Latina hacer tanto caso a lo que pasa en Estados Unidos?

 

Parte de la respuesta es obvia y la misma de siempre: lo que ocurra en la mayor potencia de nuestro hemisferio, y del mundo, nos afecta para bien o para mal. Por ejemplo, esta temporada se han visto más huracanes que nunca en la historia; esto es consecuencia del cambio climático; Estados Unidos es el principal emisor de gases de efecto invernadero; por lo tanto, la política ambiental de un gobierno estadounidense tendrá impacto en futuros fenómenos como Eta.

 

Pero más allá de eso, está el hecho de que el fenómeno representado por Trump, el crecimiento de la ultraderecha, es global. El presidente Jair Bolsonaro, por ejemplo, ha sido llamado el Trump brasileiro, y llegó al poder con demagogia y discursos extremistas análogos. Pues Bolsonaro bien podría quedarse sin aliados en la región con la salida de Trump.

 


En las redes sociales se puede apreciar la radicalización hacia la ultraderecha que luego tiene consecuencias en la realidad. Por todo Internet pueden encontrarse medios, foros y perfiles desde donde se difunden ideas y narrativas fascistas, ultranacionalistas, misóginas, racistas, homofóbicas, antisemitas y conspiratorias. Esto es tan cierto para América Latina como para el resto del mundo.

 

Trump se convirtió en un símbolo para todas estas corrientes subterráneas; veían en él una victoria contra la “ideología de género”, el “marxismo cultural”, la “corrección política”, el “nuevo orden mundial” y otros fantasmas que pueblan sus fantasías más delirantes. Tras la reciente elección, las figuras señeras de la ultraderecha virtual latinoamericana no tardaron en sumarse a la narrativa de que “los demócratas han hecho fraude y robado la presidencia a Trump”. Es seguro que este mito tendrá una vida longeva entre los círculos más reaccionarios.

 


Si no fuera tan desconcertante por el número de personas que comparten la creencia, sería chistoso ver a tantos derechistas latinoamericanos lamentarse de la llegada del “socialista” Biden a la Casa Blanca. Biden, un centrista neoliberal, acusado de ser socialista, es el colmo del analfabetismo político. Pero el hecho de que muchas personas puedan sostener esto sin que medio mundo las señale y se ría de ellas, se debe a que desde hace tiempo el discurso derechista se ha encargado de mover las percepciones y definiciones a su favor, de forma que cualquier cosa a la izquierda del postfascismo trumpista puede ser satanizada como socialismo castrochavista. Esto también sucede en todas partes.

 

En México la situación ha sido un tanto surreal. Sí hay una ultraderecha trumpista como en todo el mundo, pero también hay una izquierda pro-Trump y una derecha pro-Biden. Parece de locos, pero se explica porque en nuestro país la discusión política está tan contaminada por los fanatismos por-Amlo y anti-Amlo, que todos los temas nacionales e internacionales se juzgan a través de esos cristales.

 

Amlo es bastante conservador, pero se presenta como de izquierda. Eso no le ha impedido tener una relación cordial con el ultraderechista Trump, que unos considerarían diplomacia pragmática, y otros juzgarían como un vergonzoso servilismo. El caso es que ambos gobernantes se han entendido bien, y Amlo hasta ha funcionado como patrulla fronteriza de Trump, llegando a deportar a más de 80 mil migrantes centroamericanos para complacer a su vecino del norte. No ayuda que, al momento de redactar estas líneas, López Obrador no haya reconocido la victoria de Biden, o que haya comparado la situación electoral actual de Estados Unidos con el probable fraude del que él fuera víctima en 2006.



 

Así, parte de la derecha que se opone a Amlo ve en la derrota de Trump un golpe contra su odiado enemigo y en Biden, la esperanza de acabar con el “socialismo” de la 4T (socialismo que sólo existe en sus paranoias, sobra decir). A su vez, algunos izquierdistas pro-Amlo, que tienden a ser primero amlovers y después zurdos, manifiestan una preferencia por Trump sobre Biden, al que consideran “aliado del prian”. Es decir, ambos sectores juzgan a estos políticos no por su ideología, sus acciones o los movimientos que representan, sino por su relación con López Obrador. Para ellos, hasta las elecciones en Estados Unidos son un capítulo más en la lucha a favor o en contra de este personaje. Entonces sí: es de locos.

 

Conclusión

 

Se ha dicho “Trump no fue Hitler”. No necesitaba serlo. A menudo la gente olvida que, antes de que Hitler y Mussolini tomaran el poder, hubo muchos otros líderes y movimientos reaccionarios que no llegaron tan lejos, pero que les abrieron camino. Sería ingenuo pensar que Trump fue la culminación del fascismo contemporáneo. Pueden venir cosas peores.

 

Las corrientes de extremismo que nos dieron a Trump, y a las que a su vez él fortaleció, existen y persisten tanto en Estados Unidos como en América Latina. En todas partes tendremos que luchar contra ellas, ya sea en las redes sociales, en las escuelas, en las calles o en las urnas. Tendremos que organizarnos, manifestarnos y protestar, empujar proyectos políticos hacia las instituciones existentes y al mismo tiempo crear redes comunitarias que no dependan de las estructuras oficiales; debemos difundir información verdadera y contranarrativas que sirvan de antídoto a los discursos de odio y las teorías conspiranoicas.

 

Si la derrota de Trump es el principio del fin para los nuevos fascismos o si será sólo un antecedente, un precursor de fascismos más terribles, dependerá en parte de qué tan bien trabajemos a partir de este momento y por los años que vienen.

 

FIN

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