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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

miércoles, 20 de enero de 2021

Creer insensateces, cometer atrocidades


En un mundo siempre cambiante, incomprensible, las masas habían llegado a un punto en el que, al mismo tiempo, creerían cualquier cosa y ninguna, pensarían que todo es posible y nada es verdad.


Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

 


El 4 de diciembre de 2016 Edgar Maddison Welch entró armado con una escopeta a una célebre pizzería de Nueva York. Su objetivo era liberar a los niños que se encontraban aprisionados en el sótano del local, víctimas de un círculo de pederastas que incluía a personas poderosas como los Obama y los Clinton. Welch espantó a los comensales y empleados, pero no hirió a nadie. Tampoco rescató a nadie, claro está: el restaurante ni siquiera tenía sótano. Welch se había “enterado” de la historia a través de Internet y del canal de derechas InfoWars. El incidente y la teoría de la conspiración que lo inspiró ha sido conocido como Pizzagate.

 

El 11 de agosto de 2017, en Charlottesville, Virginia, se llevó a cabo un rally en el que participaron numerosos grupos de extrema derecha. El motivo de la masiva reunión era, oficialmente, protestar contra la remoción de una estatua del general confederado Robert E. Lee. En la noche, cientos de manifestantes salieron a marchar por las calles de Charlottesville, portando antorchas y coreando “¡Ustedes no nos reemplazarán! ¡Los judíos no nos reemplazarán!” Al día siguiente, uno de estos sujetos embistió con su automóvil a un grupo contramanifestantes antifascistas, hiriendo a varios y matando a una mujer.

 

Los de las antorchas hacían referencia a la narrativa del Gran Reemplazo (también llamado Plan de Kalergi), según la cual los globalistas judíos que gobiernan el mundo están promoviendo cambios demográficos en Europa y Norteamérica para que la raza blanca se convierta en una minoría. Para ello, estas élites poderosas (cuyo agente más conocido es George Soros) fomentan la inmigración de personas no blancas, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. Es una teoría de la conspiración típicamente nazi, y que comparten algunos gobernantes como el húngaro Viktor Orban y el italiano Matteo Salvini.

 


El Gran Reemplazo también estaba en la mente de Robert Gregory Bowers, quien el 27 de octubre de 2018 atacó una sinagoga en Pittsburg, Pensilvania, quitando la vida a 11 personas judías. Estaba en la mente de Breton Harrison Tarrant, quien el 15 de marzo de 2019 abrió fuego en la mezquita de Christchurch, Nueva Zelanda, matando a 51 musulmanes. Fue lo mismo con el joven Patrick Crusius, quien el 3 de agosto de 2019, en El Paso, Texas, abrió fuego contra personas de origen latino, matando a 23.

 

El 31 de diciembre de 2020, el farmacéutico Steven Brandenburg fue arrestado por la destrucción de más de 500 dosis de vacunas contra el coronavirus. Brandenburg admitió haberlo hecho porque cree que las vacunas están diseñadas para alterar el ADN de las personas. Con este acto, Branderburg le robó a cientos de personas la posibilidad de ser inmunizadas.

 

Durante la pandemia de coronavirus que inició en 2020 se han difundido decenas de narrativas contradictorias. El virus no existe, es una estrategia del gobierno para aumentar el control de la población. El virus sí existe, pero exageran su peligrosidad. El virus fue creado a propósito para reducir la población mundial. El virus fue creado para vender vacunas. Las vacunas son para instalarnos chips de rastreo y controlarnos a través de la red 5G. Los gobiernos y científicos ocultan que la cura del coronavirus es el dióxido de cloro o algún otro remedio sencillo, para que las farmacéuticas puedan hacer negocio. Todas estas narrativas las podemos agrupar como las teorías de la Plandemia, o de la pandemia planificada.

 


Finalmente, llegamos al 6 de enero de 2021, día en que una turba de fanáticos de Donald Trump irrumpió en el Capitolio, sede de la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos. La apariencia chusca de algunos amotinados llevando a cabo actos de vandalismo ha distraído la atención de los detalles más siniestros del suceso. Como, por ejemplo, que muchos de ellos iban armados; que otros tantos tenían la intención de capturar y ejecutar a ciertos políticos; que se les vio con sogas y nudos corredizos; que un oficial de seguridad fue asesinado a golpes con un extintor… La mejor narración de lo ocurrido ese día la encontré en este video titulado The Capitol Riots Explained, de Second Thought.

 

Entre los amotinados del Capitolio se encontraban varios que sostenían banderas o alguna otra iconografía (como el tipo con el casco de búfalo), relacionada con QAnon. Según esta narrativa, evolución natural de Pizzagate, un oficial anónimo del gobierno de los Estados Unidos, con acceso a niveles máximos de secrecía, ha estado revelando en foros de Internet la verdad oculta sobre el país: que está gobernado por una cábala de gente rica y poderosa que trafica con niños para esclavizarlos. Esta cábala está formada por la totalidad del Partido Demócrata, buena parte del Republicano, Hollywood y los medios liberales, y, por supuesto, los judíos. De hecho, los judíos no sólo violan a los niños, sino que los sacrifican y usan su sangre en rituales satánicos.

 

Siguiendo este mismo delirio, Donald Trump llegó a la presidencia gracias a su popularidad y en contra de los deseos del “estado profundo”, el verdadero gobierno detrás del gobierno. Desde la Casa Blanca, Trump ha estado luchando contra estos poderes ocultos, y éstos han entorpecido su actuar como presidente y también le robaron las elecciones. Los seguidores de QAnon ya tienen una representante en el Congreso: la republicana Marjorie Greene.

 


En ocasiones anteriores he escrito sobre las teorías de la conspiración, una vez de cómo no tienen sentido si se les piensa un poco y la otra de cómo fomentan el extremismo de ultraderecha. Hoy quisiera hacer consciencia de lo inundado que está el mundo en conspiranoias, de lo peligrosas que son y de la necesidad urgente que hay de combatirlas.

 

Miren, no hay conspiranoias inofensivas, porque el problema no es el contenido de sus narrativas, sino la mentalidad conspiranoica. Independiente de lo que se trate, toda conspiranoia tiene el siguiente esquema básico:

 

1. Algo que común y ampliamente es aceptado como verdad, es en realidad una mentira; en cambio, la verdad auténtica permanece oculta.

 

2. Grupos e instituciones poderosas, en especial los gobiernos, mantienen dicha verdad oculta con fines deshonestos, si no de plano siniestros. Obtienen algún beneficio a cambio de un daño que le hacen al resto del mundo.

 

3. Las personas que no comparten esta certidumbre están adoctrinadas por la conspiración, o están coludidas con ella.

 

4. El hecho de que la verdad no termine de salir a la luz (que no haya suficientes evidencias, o que no sea aceptada por las mayorías) es prueba de lo poderosos que son quienes la ocultan y de lo comprometidos que están con ocultarla.

 

5. Las instituciones sociales en quienes de ordinario confiamos la tarea de transmitir y legitimar el conocimiento, como los medios de comunicación, las escuelas y universidades, o los centros de investigación científica, no son confiables porque perpetúan la mentira y ocultan la verdad.

 

6. Así, salvo por un puñado de individuos señeros, heroicas luminarias que no temen decir la verdad, ningún gobierno, institución, profesionista experto o figura pública es confiable. El criterio de confiabilidad es la adhesión a la conspiranoia.

 


Ya sean narrativas en apariencia inocuas como la de la Tierra Plana o la del Apolo 11, o las tan obviamente malvadas como la del Gran Reemplazo, todas se ajustan a este esquema. Por eso es tan fácil saltar de una a la otra, y ello explica por qué las personas que creen en una conspiranoia tienden a creer en varias.

 

Si se dan las circunstancias adecuadas, los adeptos a una teoría de la conspiración tienden a radicalizarse; por eso los que hace unos años eran sólo partidarios de la Tierra Plana acabaron apoyando también el movimiento antivacunas y la teoría de la Plandemia, y se sabe que las sectas de la Alt-Ritgh y los movimientos tierraplanistas se retroalimentan unos a otros. Por eso mismo los hippies, que desconfían del establishment científico y la medicina occidental, terminaron marchando junto a los nazis en contra de la cuarentena y las medidas de prevención. Por eso no sorprende que haya una relación bien documentada entre los disturbios del Capitolio y las protestas anti-cuarentena y anti-mascarillas de la primavera del 2020.

 

Hace un par de años la teoría conspiratoria más en boga en las redes de derecha era la del Gran Reemplazo, pero desde entonces, QAnon la ha superado en preeminencia. Esta narrativa funciona mejor y puede alcanzar círculos más allá del neonazismo por no ser abiertamente supremacista (sin embargo, no son mutuamente excluyentes).

 


Al final del túnel hay antisemitismo, por supuesto, pero la ventaja de las narrativas conspiranoicas es que versiones menos estrafalarias pueden presentarse en un inicio para enganchar a los normies, la gente común. Es decir, a cualquiera puede inquietar la idea de que los niños están siendo abducidos para la prostitución forzada. Después de todo, sabemos que la trata de personas es un fenómeno real, e históricamente gente rica y poderosa ha estado involucrada en crímenes de este tipo. Dependiendo de qué tan comprometida se vea la persona iniciada, se le pueden ir revelando los aspectos más increíbles, hasta llegar a los judíos que beben sangre.

 

Por ejemplo, la narrativa de que los demócratas le robaron la presidencia a Trump está vinculada con QAnon, pero no necesariamente hay que estar enterado de la cábala satánica hematófaga para creer que el magante anaranjado es el presidente legítimo de los Estados Unidos. Funcionarios republicanos en puestos de elección popular lo sostuvieron incluso después del 6 de enero. Por eso, a los creyentes más extremistas les ayuda que se difundan las versiones más light de sus narrativas.

 

Teorías en apariencia contradictorias a veces sirven a un mismo fin. En algunos círculos de derecha estuvo rondando la narrativa de que los disturbios del Capitolio fueron instigados por provocadores de extrema izquierda: ¡el pánico por Antifa una vez más! Esto es demostradamente falso, por supuesto, pero sirve para tranquilizar la conciencia de simpatizantes de Trump que consideran el asalto al Capitolio como un agravio inaceptable. “Está bien que yo siga apoyando a Trump, porque ni él ni los nuestros hicieron esta barbaridad.” Al final, se favorece al movimiento fascistoide que respalda a Trump.

 


De alguna manera, unas y otras teorías llevan al mito basal de que existe un plan maligno para instaurar (o mantener, o empoderar) una forma de tiranía, un Nuevo Orden Mundial, casi siempre descrito como “globalista” o “comunista”, en el que están involucrados no sólo George Soros, sino la ONU y la Unión Europea.

 

Como de costumbre, la mayoría de los ejemplos aquí mencionados provienen de Estados Unidos, porque es ése el epicentro de los nuevos movimientos extremistas. Pero sus consecuencias están llegando a todas partes. En América Latina, Trump se ha convertido en un símbolo para la ideología reaccionaria. Sus simpatizantes aquí repiten las teorías conspiratorias sobre el fraude electoral y el globalismo impulsado por Soros.

 

Esto pasó incluso en México, donde todo es al revés y cierto sector de los simpatizantes del presidente López Obrador no se cansa de demostrar que tiene más de facho de que chairo. En marzo de 2020, en medio de grandes manifestaciones feministas, fieles de la 4T se apropiaron de la narrativa conspiranoica que culpa a George Soros de todo. Alfredo Jalife, quien se presenta como izquierdista e incondicional de Amlo, alimenta estas narrativas desde sus plataformas.

 


En enero de 2021 la tormenta Filomena azotó España, provocando nevadas en Madrid por primera vez en décadas. Mientras algunas personas jugaban con la nieve, otras decidieron tomarla para mostrarle al mundo que se trataba de un engaño. Era nieve artificial, decían, de plástico, regada sobre la ciudad por el mismo gobierno que envenena al mundo con los chemtrails. O sea, estamos en punto en el que hay personas que ya no creen en lo que ven con los ojos y tocan con las manos.

 

Recientemente salió a la luz que un tribunal peruano incluyó en una de sus resoluciones la siguiente declaración: "Ningún Gobierno mundial, personas naturales y jurídicas, ni la defensa del imputado puede sostener que esta pandemia tiene la calidad de 'previsible', salvo los creadores del nuevo orden mundial como Bill Gates, Soros, Rockefeller, etc". O sea, estamos en un punto en el que las conspiranoias cuentan con individuos en posiciones de poder que les permiten afectar las vidas de otras personas.

 

Anécdota quizá irrelevante: A principios de septiembre de 2020, el primer día de escuela, subí a Instagram una selfi posando frente a la computadora desde la cual imparto clases. La leyenda decía: “Listo para adoctrinar jóvenes en el comunismo homosexual como lo ordena George Soros”. A las pocas horas de haberla subido, me llegó una llamada de la escuela. Un padre o madre de familia había encontrado la foto (no sé cómo, mi Insta es privado) y había telefoneado a la escuela muy preocupado por lo que acababa de ver. Se le tuvo que explicar que era una broma, y yo tuve que borrar la leyenda. Entonces me pregunto, ¿estamos ya en punto en que cualquier vecino puede ser un creyente de las conspiranoias? Y si es así ¿la respuesta de instituciones y empresas será darles por su lado para no ofenderlos? Estos prospectos me asustan.

 

Propaganda actual contra George Soros

Las teorías conspiratorias surgen en tiempos de crisis y a su vez alimentan una crisis epistémica; la gente ya no sabe en qué creer, el consenso social en los criterios de veracidad se diluye más y más, y en su lugar tenemos pequeños grupos que viven en realidades alternas y que desconfían de quienes se encuentran fuera de sus burbujas. Como el pensamiento conspiranoico lleva a las personas a relacionarse sólo con quienes comparten la conspiranoia, se van creando grupúsculos parecidos a cultos. Esto destruye la cohesión social e imposibilita la democracia: si no podemos confiar en nadie, no podemos llevar a cabo acciones colectivas para solucionar nuestros problemas; si ninguna institución es confiable, ninguna elección es legítima.

 

Quizá por su tendencia a desconfiar a de las autoridades, o por el afán posmo de considerar que todas las creencias son igualmente válidas, me he topado con algunas personas de izquierdas que minimizan el peligro de las teorías de la conspiración y las pseudociencias. (Menciono estas últimas porque la creencia en pseudociencias evoluciona fácilmente en conspiranoia: ¿Por qué la medicina alternativa que uso o el método adivinatorio en el que confío no es aceptado por el consenso científico? Ah, pues porque no le conviene a la élite occidental, capitalista y patriarcal que gobierna sobre la ciencia.)

 

Las conspiranoias tienden a fomentar el extremismo y a desarrollarse hasta incluir la satanización de grupos vulnerables. Por eso yo esperaría que las personas de ideas progresistas se dieran cuenta de que luchar contra ellas es también un asunto de justicia social; que hay que combatir el conspiracionismo como se deben combatir otros discursos discriminatorios. Porque incluso si la narrativa no es explícitamente racista o sexista, el problema sigue siendo la mentalidad conspiranoica.

 

Propaganda nazi contra los Judíos

Las teorías de la conspiración no son inocuas; no son opiniones válidas ni respetables; no son excentricidades de algunos individuos a los que puedes ignorar; no son pintorescas narraciones cuya creatividad puedes disfrutar como si se trataran de mitologías antiguas sin consecuencias en el mundo real; son creencias irracionales peligrosas que conducen al extremismo y que en este momento están impactando en las vidas de muchísimas personas.

 

Por eso hay que combatirlas por todos los frentes posibles, desde la escuela, los medios, el debate público, desde cualquier plataforma a la que tengamos acceso. No sólo hay que refutar narrativas conspiranoicas específicas, sino combatir el conspiracionismo. Fomentar el pensamiento crítico puede ayudar a inmunizar a las personas contra la mentalidad conspiratoria. Ridiculizar una conspiranoia puede servir para desprestigiarla y alejar a posibles nuevos adeptos. Pero sacar a una persona de ahí es mucho más difícil; es un trabajo a largo plazo que requiere empatía y pedagogía, no burla ni autoritarismo. A corto plazo, podemos relegar al ostracismo a los más egregios proponentes del pensamiento conspiratorio, manejando sus ideas como discursos de odio (que a menudo son): no les demos plataformas, presionemos para que no las tengan, saboteemos sus intentos de difundirse, no permitamos que se expresen sin respuestas ni consecuencias.

 

Voltaire escribía en el siglo XVIII, cuando Europa apenas estaba emergiendo de un ciclo sangriento de violencia religiosa: guerras civiles, cacería de brujas, Inquisición, persecuciones... Si te convences de que las plagas son culpa de los judíos que envenenan el agua, quizá participes en el próximo linchamiento masivo. Si llegas a temer de corazón que hay brujas en tu comunidad, quizá delates y hagas quemar a tu vecina. Por eso la advertencia del filósofo debe resonar en nuestros conflictivos días de extremismos y pérdida de contacto con la realidad:

 

Quien puede hacerte creer insensateces puede hacerte cometer atrocidades.

 


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