Las campanas de Notre-Dame - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

miércoles, 6 de julio de 2022

Las campanas de Notre-Dame

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¡Saludos, santos y pecadores! Estamos aquí una vez más para hablar de libros, porque éste es un blog friki, pero también es un blog cultoso, y la verdad es que, entre tanto consumismo masivo, a los frikis nos vendría bien de vez en cuando apartarnos de las franquicias multimedia y regresar la mirada a los clásicos, a la lectura atenta de aquellas obras maestras de la narrativa en las que podemos encontrar las raíces de todo lo que vino después. En este caso, hablamos de literatura gótica y una de las narraciones más influyentes en la cultura popular más allá del medio que la vio nacer: Nuestra Señora de París, también conocida como El jorobado de Notre-Dame del autor francés Víctor Hugo.

 

Si ustedes crecieron en los 90 probablemente conocen esta historia sobre todo por la adaptación de Disney, un clásico tan irregular como sorprendente. También me sorprendió el hecho de que esa película animada tiene más en común con la novela de lo que yo me imaginaba. Pero no quiero hacer una comparación entre novela y película, que eso ya lo hizo Lindsay Ellis en este estupendo videoensayo. Aunque la verdad luego me quedé dudando de si en verdad ella leyó la novela o sólo el resumen de Wikipedia. Escuchando lo que dice Lindsay, uno llega a pensar que a Víctor Hugo nomás le interesaba preservar la arquitectura gótica y que la justicia social no le importaba en lo absoluto. Y no es así: tanto en Los Miserables como aquí, una de las preocupaciones centrales del autor es la forma en la que la arbitrariedad del poder destruye la vida de los individuos, especialmente de los más vulnerables en la sociedad. Pero no nos adelantemos.

 

La narración se ambienta en el año 1482. Es una época liminal, pues la Edad Media ya estaba muriendo, pero el Renacimiento no había terminado de emerger. Había caído Constantinopla, las armas de fuego y la imprenta poco a poco ganaban terreno, pero todavía ningún europeo sabía de la existencia de América. El rey era Luis XI, bajo cuyo reinado Francia inició la transición del feudalismo a la monarquía absolutista y, por ende, el estado-nación moderno. Unos emisarios de Flandes, diplomáticos de origen burgués, contrastan en su figura y modales con la aristocracia feudal francesa, y anuncian el mundo por venir; en efecto, los Países Bajos son la cuna de la democracia burguesa moderna (incluso más que Inglaterra). Uno de ellos le habla al rey francés de las revueltas del pueblo flamenco contra los nobles y de su implacable fe en la libertad (que siglos después sería la pesadilla de España), y le profetiza que llegará el día en que lo mismo reclame el pueblo de Francia.

 


Una de las cosas que más me sorprendió de este libro fue la evolución de su tono. Empieza cómico, incluso picaresco. Arturo Souto, prologuista de la edición de Porrúa que leí, señala las obvias influencias de la picaresca española en la obra de Víctor Hugo. En efecto, la Corte de los Milagros, submundo de hampones y truhanes, recuerda mucho a las germanías de Cervantes en Rinconete y Cortadillo. De entre los primeros personajes principales a los que conocemos está Pierre Gringoire, poetastro venido a menos, cuyos donaires retóricos llenos de culteranismos siempre contrastan chuscamente con las situaciones desesperadas en las que se halla. El otro, Jehan Frollo, estudiante bueno para nada que tiene en mayor estima a la bebida y a las mozas de la vida galante que a los libros.

 

No tardan en aparecer nuestros otros personajes principales: el jorobado campanero Quasimodo, coronado Papa de los Tontos en la fiesta del pueblo con que inicia la novela. Esmeralda, la hermosa gitana[1] adolescente, aparece bailando y haciendo trucos con su cabrita Djali en medio de la misma algarabía. Claude Frollo, hermano mayor de Jehan, nos es introducido como una figura siniestra que mira a la gitanilla de forma desconcertante. La vieja hermana Gudule, cautiva penitente, lanza maldiciones a los gitanos desde su encierro en el mediosótano de una torre.

 

Poco más tarde se da el acontecimiento que pone a cada personaje en camino hacia su destino final. Mientras Esmeralda discurre por los callejones nocturnos de París, Gringoire la sigue de lejos, acechándola. Pero es Quaismodo quien la captura primero, siguiendo órdenes de Frollo. Gringoire intenta intervenir, pero es arrojado de un golpe del poderoso brazo del jorobado. Por dudosa fortuna, aquí entra nuestro último personaje principal, Febo de Châteaupers, el capitán de los Arqueros del Rey, encargado de poner orden en la ciudad y quien rescata a Esmeralda de las manos de Quasimodo. La chica huye de nuevo por los callejones y Quasimodo es llevado prisionero. La desventura lleva a Gringoire a encontrarse esa misma noche ante la Corte de los Milagros, y unirse de muy mal grado a esta sociedad de malhechores (muy solidarios, eso sí), como “esposo” de Esmeralda.

 


Bien, hasta aquí todo había sido bastante pintoresco, incluso chusco. Hasta hay un comentario que me pareció divertidísimo, de un señor quejándose de “los jóvenes de hoy en día y sus nintendos”, que claramente Víctor Hugo introduce como mofa de los esa clase de viejos rancios que existen en toda época y todo lugar:

 

-Lo repito, amigo mío, y no me cansaré de repetirlo; el fin del mundo se acerca. Nunca se habían visto semejantes excesos entre los estudiantes, y las malditas invenciones del siglo son las que tienen la culpa de todo. Las artillerías, las serpentinas, las bombardas; y sobre todo la imprenta, esa peste venida de Alemania… Se acabaron los manuscritos, se acabaron los libros. ¡La imprenta asesina a la librería! El fin del mundo se acerca.

 

-Bien lo veo yo en los progresos que hacen los tejidos de terciopelo -dijo el manguitero.

 

Me confundía el tono de los primeros capítulos de la novela, pues a mí me habían prometido una tragedia gótica. Ya me hallaba a punto de reclamar, “¡¿Camarero, dónde está la enjundia?!”, pero pronto la cosa se puso muy sórdida.

 

El juicio de Quasimodo pasa de ser picaresco a kafkiano. Cae en manos de un magistrado que por la edad ha quedado casi sordo, pero que finge no estarlo, y quiere pensar que nadie lo sabe, así que todos a su alrededor lo fingen también. ¡Qué mejor sinécdoque de un poder incapaz de escuchar la voz de los oprimidos! Bueno, Quasimodo también es sordo, debido a los años que ha pasado expuesto de cerca al estruendo de las campanas. Pero ya que el juez tiene todo el poder, y el jorobado no tiene ninguno, hay entre los dos una asimetría abismal. El juez puede ejercer un despotismo arbitrario para disimular la sordera, y todos sus subordinados le seguirán la corriente. Para el campanero, esa discapacidad que le impide comunicarse, también lo deja incapaz de defenderse a las acusaciones y ultimadamente lo condena.

 


Víctor Hugo no parece expresar mucho optimismo por la humanidad. De un lado nos muestra a una masa inconsciente, llena de prejuicios y que se deja llevar por pasiones salvajes; un populacho incoherente y veleidoso que un día se deshace en vítores hacia Quiasimodo coronado Papa, y al siguiente celebra su tormento público a manos de los torturadores del rey. Hasta el fatuo Gringoire pasa de parecer sólo ridículo a comportarse como un pusilánime despreciable en un momento fatal. Del otro lado, están las figuras de poder: la corona y la iglesia. Ninguna figura de autoridad sale bien librada; el rey mismo es presentado como un astuto manipulador, dispuesto a dejar que París se suma en el caos con tal de acrecentar su poder frente a los señores feudales, o de masacrar a su propio pueblo si es necesario. Funcionarios déspotas, no menos supersticiosos que el pueblo llano, pero también movidos por el egoísmo y el cálculo de poder, someten de forma arbitraria a seres inocentes a sufrir terribles atropellos, contra los cuales las víctimas no tienen forma alguna de defenderse.

 

Uno de los momentos más propios de horror gótico, y que recuerda a El pozo y el péndulo de Poe, describe el encierro y tortura de Esmeralda por parte de las autoridades que la acusan de hechicería:

 

Dante no ha encontrado nada mejor para su infierno que esos calabozos en forma de embudos que desembocaban generalmente en un foso con fondo de cuba en donde Dante colocó a Satanás y donde la sociedad metía a sus condenados a muerte. En cuanto algún miserable era encerrado allí, decía adiós a la luz, al aire, a la vida, a ogni speranza. No volvía a salir de allí sino era para ser quemado o ser colgado. A veces se pudrían allí hasta la muerte. La justicia humana llamaba a eso olvidar. Entre los hombres y él, el condenado sentía pesar sobre su cabeza un amontonamiento de piedras y de carceleros; y la prisión entera, la imponente y maciza fortaleza, no era más que una inmensa y complicada cerradura que le encadenaba para siempre fuera del mundo de los vivos.

 

En un fondo de cuba así, en las mazmorras excavadas por San Luis, en los calabozos de la Tournelle, allí habían encerrado a la Esmeralda, condenada a la horca, por miedo quizás a una evasión. ¡Todo el colosal Palacio de justicia sobre su cabeza! ¡Pobre mosca que habría sido incapaz de remover la menor de sus piedras! En realidad, la providencia y la sociedad habían sido igualmente injustas pues nunca habría sido necesario para someter a una criatura tan frágil semejante exhibición de desgracias y de tortura.

 

Allí estaba ella, perdida en la oscuridad, sepultada, encerrada, emparedada. Si alguien la hubiera visto en tal estado, habiéndola antes visto reír y bailar al sol, se habría echado a temblar. Fría como la noche, como la muerte, sin una ligera brisa entre sus cabellos, sin ningún ruido humano en sus oídos, sin ningún rayo de luz en sus ojos, partida en dos, cargada de cadenas, acurrucada junto a una jarra de agua y un poco de pan, echada sobre un montoncito de paja en un charco de agua formado a sus pies por el rezumar del calabozo, sin movimiento y apenas sin aliento; casi no podía ni sufrir. Febo, el sol, el mediodía, el aire libre, las calles de París, sus danzas siempre aplaudidas, los dulces devaneos con el capitán; luego el clérigo, la alcahueta, el puñal la sangre, la tortura, el patíbulo, todo esto desfilaba por su cabeza, a veces como una visión alegre y dorada y otras cual una pesadilla informe. En cualquier caso, sólo era una lucha terrible y vaga que se perdía en la oscuridad o una música lejana, allá, en la tierra, pero imposible de oír en aquella profundidad en la que ella había caído.


Y luego está Frollo mismo, representante del poder eclesiástico. Claude Frollo es bastante menos poderoso en esta novela que en la película animada, donde prácticamente gobierna la ciudad de París sin oposición… Rayos, no pude evitar hacer comparaciones… Bueno, ya qué, prosigamos… En el libro Frollo es el archidiácono o arcediano de la catedral de Notre-Dame… ¿Qué es eso? Es una figura eclesiástica que existió en el catolicismo hasta la Contrarreforma. Los arcedianos trabajaban para los obispos (que son la máxima autoridad en una diócesis, y tienen su sede en la catedral), encargándose de distintos asuntos administrativos. Entonces Frollo posee cierto poder e influencia, pero no es ilimitada, y más bien tiene que operar en las sombras.

 

Además, es sumamente impopular entre los parisienses, quienes rumoran que el arcediano practica la magia negra, y que Quasimodo es un demonio que él usa para servirle. De hecho, Frollo parece tener muy poco interés en la fe religiosa, y su verdadera pasión es la magia hermética. El hermetismo es un conjunto de saberes y prácticas mágicas precientíficas, que sin embargo fue muy importante para el desarrollo intelectual de la ciencia moderna. A diferencia de otros sistemas mágicos, más caóticos, el hermetismo pretendía ser sistemático, daba importancia a las medidas y cantidades, y procuraba establecer relaciones causales. De hecho, el hermetismo era considerado una ciencia, y Frollo es caracterizado como un hombre por completo cerebral.

 

Es por ello que su pasión por Esmeralda le resulta tan desconcertante. Con toda su vida dedicada al intelecto y apartado de los asuntos del mundo, Frollo no sabe cómo manejar la atracción animal que siente por la gitana. En esto es idéntico a su contraparte animada: como no sabe qué hacer con estas emociones pecaminosas, culpa a la mujer por su lujuria, y está decidido a tenerla o destruirla para apagar el fuego que lo consume. Aunque en el libro no hay una sola escena equivalente a la famosa Hellfire (uno de los pináculos de todo el cine animado), ésta representa muy bien las emociones y pensamientos del personaje, y de paso, la forma en la que los hombres a lo largo de los siglos han satanizado a las mujeres y las han culpado de sus propios deseos, y de los impulsos violentos provocados por ellos.

 


Sin embargo, este Frollo es un personaje más matizado. Se presenta como un hombre capaz de sentir un amor paternal auténtico. Tras la muerte de sus padres, es Frollo quien se encarga, con gran cariño, de cuidar a su hermanito menor Jehan. Y es la pura compasión la que lo lleva a adoptar a Quasimodo. Claro que esto no quita nada de lo monstruoso que llega a ser, pero le da un toque trágico a su arco de personaje.

 

Si tenemos en cuenta que Nuestra Señora de París es una de las novelas cumbres del Romanticismo, esperaríamos encontrarnos amoríos muy melosos e idealizados. Pero no. Al igual que en Cumbres Borrascosas (que leí hace unos meses), es precisamente la concepción romántica del amor lo que destruye a los personajes. Frollo expresa su deseo carnal por Esmeralda como si fuera un amor poderosísimo, le dice que la ama, que la adora, que moriría por ella, que sería feliz con dejarlo besar sus pies… En fin, expresiones amorosas de amantes desesperados típicas del Romanticismo: “ten piedad de mí, mira cuánto sufro por tu amor”. Pero eso a lo que Frollo llama “amor” no es sino el deseo de poseerla y, si no puede, destruirla.

 

Esmeralda, por su parte, también es víctima del amor que siente por Febo de Châteaupers. Miren, en la novela, Esmeralda es una adolescente de 16 años, y el narrador se refiere a ella constantemente cono “la niña”. Se le describe como extraordinariamente bonita, pero no es para nada la sirena de abierta y orgullosa sensualidad que vemos en la película de Disney (última comparación, lo juro). Sabe defenderse en la ruda vida callejera, pero en muchos aspectos es sumamente ingenua e inocente. Esa inocencia la lleva a creer en las seductoras mentiras de Febo, un patán ególatra acostumbrado a saltar de cama en cama. En la mente de la inexperta Esmeralda, ella está viviendo un idilio de amor, un romance como en los libros, más poderoso que el destino y que la ley. En la realidad, Febo casi ni siquiera piensa en ella.

 


El único amor sincero es el que Quasimodo le profesa a Esmeralda. Este amor nace cuando, siendo él torturado públicamente, es ella la única que le muestra compasión y le da a beber agua. Si en un principio el desafortunado campanero tiene por Frollo una mezcla de terror reverencial y gratitud filial, después Esmeralda se convierte en el único objeto de su devoción. El amor de Quasimodo es todo lo contrario al deseo de posesión de Frollo por Esmeralda, y de las irreales fantasías de ella por Febo. Es un amor que pone en primer lugar el bienestar de la persona amada, aun a sabiendas de que ella nunca lo corresponderá. El momento en que Quasimodo rescata a Esmeralda de la horca es uno de los más poderosos; la forma en la que él la cuida en su refugio es tremendamente conmovedora. Fealdad externa y belleza interna. Un monstruo con un corazón puro. No es de extrañar que Quasimodo se haya convertido en el personaje más icónico de esta novela, y un arquetipo para otras historias de bellas y bestias.

 

Quasimodo es a menudo comparado por la narración con los monstruos de piedra que guardan la catedral. La arquitectura gótica juega un papel importantísimo en la historia; Notre-Dame misma es una presencia casi viviente que se deja sentir sobre las vidas de todas las personas. La ciudad de París, en cuanto a espacio físico, con sus calles, puentes, barrios, palacios y arrabales, determina las vidas y destinos de las almas que la habitan. Una de las inquietudes de Víctor Hugo era precisamente llamar la atención sobre el gran tesoro artístico, histórico y cultural que era la arquitectura gótica, y que en la primera mitad del siglo XIX estaba abandonada y en deterioro. La catedral de Notre-Dame viene a ser la máxima expresión de ese legado al que había que rescatar. Lo consiguió, por cierto; el éxito de la novela inició un furor por restaurar edificios antiguos y después por crear nuevos en estilo neogótico.

 

Uno de los pasajes más famosos de la novela es una larga digresión en la que Hugo expresa su filosofía sobre la arquitectura gótica. Para él, el arte arquitectónico era la voz de una civilización, la forma totalizadora en la que un pueblo entero comunicaba toda su cosmovisión. Su tesis principal es que la imprenta vino a cambiarlo todo, creando un nuevo medio con su propio lenguaje. Así, la arquitectura entró en un proceso de decadencia; la del Renacimiento no era original, sino una repetición de viejos modelos, y desde entonces todo fue lo mismo. Los grandes monumentos civilizatorios entonces serían los libros.

 


La arquitectura ha sido hasta el siglo XV el registro principal de la humanidad; en ese intervalo no ha aparecido en todo el mundo el más mínimo pensamiento, por complicado que haya sido, que no se haya hecho piedra en un edificio; toda idea popular, como toda ley religiosa, ha tenido sus monumentos; en fin, que no ha existido pensamiento importante que no haya sido escrito en piedra. ¿Y por qué? Porque cualquier pensamiento, religioso o filosófico tiene interés en perpetuarse, porque cualquier idea que haya sido capaz de conmover a una generación, quiere arrastrar otras ideas y dejar su huella. Ahora bien, ¿no es muy precaria la inmortalidad de un manuscrito? ¿No es mucho más sólido, duradero y resistente un edificio que la expresión de un libro? Basta la simple antorcha de un turco para destruir la palabra escrita, pero para poder demoler la palabra hecha piedra, se precisa de una revolución social, de una revolución terrestre. Los bárbaros han pasado sobre el Coliseo y tal vez el diluvio haya pasado también sobre las pirámides.

 

En el siglo XV todo cambia. El pensamiento humano descubre un medio de perpetuarse no sólo más duradero y más resistente que la arquitectura, sino también más fácil y más sencillo. La arquitectura queda destronada. A las letras de piedra de Orfeo van a suceder las letras de plomo de Gutenberg.

 

Con estas líneas quise hacer una reseña de la novela sin arruinarles las sorpresas y giros argumentales a los que Víctor Hugo era tan asiduo. Un empujoncito para animarles a leerla porque es en verdad una obra extraordinaria. Así que pongan su disco de música gótica favorita y recorran París entre dos eras, junto a Esmeralda y Quasimodo, desde la sórdida Corte de los Milagros hasta las alturas majestuosas de las torres de Notre-Dame.


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[1] El término gitano está cayendo en desuso por considerársele ofensivo, y en su lugar se usa el etnónimo romaní. Sin embargo, en los países de habla hispana, a diferencia de angloparlantes, las comunidades romaníes todavía aceptan y hasta reivindican el uso de gitano. Además, es el término usado en esta novela decimonónica, y estaría raro cambiarlo.

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