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martes, 29 de marzo de 2022

Cumbres Borrascosas

 

Buenos días, Internet. Hoy voy a compartirles una reseña sencilla de la clásica novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas. Originalmente, había publicado este texto en mi cuenta de GoodReads, pero como la verdad es que muy poca gente la lee allá, y como en general la tengo bien descuidada, decidí que tendría mejor vida en éste, su humilde blog. Con esto doy por cumplido el pendiente que tenía de comentar los tres primeros libros que he leído en los tres primeros meses del año dos mil tíjiri dos. Vamos a ello, con spoilers en verdad mínimos…

 

Llegué a esta novela un poco por accidente. Hace varios años me compré la edición que ven en la imagen, sobre todo porque me pareció bonita, pero no me había decidido a leerla. Cuando a finales del año pasado hice mi épica investigación sobre literatura gótica, encontré el título de Cumbres Borrascosas repetido una y otra vez como un referente básico del estilo, de modo que me decidí a abordarla para cerrar un año e iniciar el siguiente. No fue nada como yo lo esperaba; me imaginé algo más en la tradición de los romances de Jane Austen, no una obra tan sórdida, tan devastadora. Es decir, estaba medio preparado para algo cursilón y todo fue mucho más intenso de lo que me imaginaba.

 


Cuando pensamos en la literatura gótica nos viene a la mente el horror sobrenatural, pero también existe, dentro de esta misma tradición, una vertiente más enfocada a lo social y lo psicológico. Es a esta última que pertenece la novela de Emily Brontë. Así pues, son por excelencia góticos los escenarios en los que se desarrolla la trama: dos grandes casonas en medio de una tierra yerma e inhóspita, barrida por el viento y salpicada de pantanos. Son góticos los personajes: seres por completo sanguíneos llevados por sus emociones exaltadas. Es gótica la historia en general, que narra la decadencia de dos familias vecinas y la perpetuación del abuso y la violencia a través de las generaciones.

 

Sí hay horror, pero en forma de la perversidad humana perpetuada por el dolor, y no por presencias sobrenaturales. Se sugiere la aparición de fantasmas, pero no es nada que no se pueda explicar por la degradada condición psicológica de los personajes y las espectrales sugestiones del sobrecogedor medioambiente en el que viven. No todas las maldiciones requieren de poderes demoniacos, ni todas las casas embrujadas tienen ánimas en pena. Basta lo meramente humano para ello.

 

A menudo se cita ésta como una “gran historia de amor”. No puedo imaginar qué clase de relaciones amorosas tendrán las personas que piensen que la pasión malsana entre Catherine y Heathcliff es cualquier cosa menos que tóxica. Su amor es salvaje e ilimitado, ciertamente, pero también es egoísta y posesivo. Desean tenerse el uno a la otra, pero no se desean ni procuran el bien. Y en su egoísmo se destruyen a sí mismos, y a casi todos los que les rodean. Heathcliff podría parecer en un principio un antihéroe romántico byroniano, pero conforme avanza la novela se consolida más y más como un perverso villano gótico, del tipo que manipula y destruye a quienes caen en su poder.

 


Por momentos parece que sólo hay dos tipos de personajes: los malvados y los pusilánimes. Y todos son miserables. Unos son capaces de actos atroces con tal de lograr sus objetivos y destruir a los que consideran enemigos. Los otros son demasiado débiles para oponerse a los primeros. Para Brontë es muy importante comprender por qué las personalidades resultan así y encuentra la respuesta, como ya era tendencia en la literatura decimonónica, en la crianza. La infancia de los Earnshaw transcurre entre la negligencia y la violencia; se endurecen y vuelven egoístas para sobrevivir a ellas. La infancia de los Linton se da entre mimos y privilegios; se vuelven volubles y caprichosos, vulnerables a las manipulaciones y violencias de los otros. En un ambiente así, no puede ocurrir otra cosa más que un ciclo de violencia sin que nadie le pueda poner fin; en medio de tierras salvajes, no hay ley, ni civilización, ni siquiera solidaridad comunal que pueda detener tal ciclo.

 

A veces personajes de un tipo se tornan del otro. Hindley inicia como el torturador de Heathcliff, pero la tragedia y el alcoholismo lo convierten en un guiñapo y termina como un mequetrefe demasiado degradado como para resistirse a la inversión de los papeles. En una novela llena de personajes despreciables, en lo particular ninguno me lo parece tanto como Joseph, el mayordomo, un individuo miserable que se la pasa invocando la Biblia y alardeando de su propia beatitud mientras ejerce y permite ejercer violencias frente a sus ojos. Es la hipocresía religiosa encarnada.

 

Nelly Dean es, muy a menudo, la única con cordura y sensatez. La que puede decirle sus verdades al mismo Heathcliff. Sin embargo, su estatus como simple ama de llaves la deja casi impotente y tan es así que Heathcliff, convertido ya en amo de todo, nunca ve en ella un peligro. Sólo hacia el final de la historia (y aquí va un spoiler chiquito) podemos atestiguar algo de verdadero heroísmo, en la persona de la segunda Cathy. Niña mimada y caprichosa, es la única que se atreve a enfrentar a Heathcliff, aun estando en sus garras, y decirle que, sin importar cuánto la golpee o si la mata, no se le va a someter. Es ella, cuando todo parece perdido, quien encuentra no sólo la fortaleza para resistir al abusivo, sino la compasión para redimir a Hareton, que parecía perdido.

 

Parecería que hablar con desprecio de los personajes y con desazón de los acontecimientos de la novela me estoy refiriendo a una obra desagradable, pero no es así. Es una obra magnífica, y junto a la opresión emocional me hizo sentir una gran admiración por la autora que fue capaz de crear este portento. Además, tras soportar tantas penas, hay algo de agridulce esperanza al final. Eso es lo que permite sobrellevar la dureza emocional a la que nos somete esta genial novela. Habiéndola leído en enero, fue una excelente forma de pasar los gélidos y lúgubres días de invierno.




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