¿Estamos soñando con ovejas eléctricas? - Ego Sum Qui Sum

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domingo, 11 de enero de 2026

¿Estamos soñando con ovejas eléctricas?


¡Saludos, habitantes del ciberespacio! Les doy la bienvenida a mi última entrada del año (o si leen en blogger, la primera del año siguiente). En esta ocasión quiero hablarles de un librito que me topé por casualidad en la feria de la lectura y que guardé por algunos años antes de decidirme a abordarlo. Se trata de Patologías de la realidad virtual de la española Teresa López-Pellisa, publicado en 2015 por el FCE.


Es un volumen breve, pero muy sesudo, que nos introduce a una gran cantidad de temas y cita a un montón de autores y obras de filosofía, ciencia ficción, tecnología, etcétera. Pero creo que si tuviera que sintetizarlo en pocas palabras, sería así: 


Realidad virtual, inteligencia artificial, ciberespacio, robótica y conceptos relacionados tienen la particularidad de pertenecer tanto al terreno de la ficción especulativa como al de la tecnología y ciencia reales. Muchas veces la ciencia ficción imagina tecnologías y la ciencia se encarga de hacerlas realidad, aunque nunca exactamente como fueron concebidas, ni con los efectos previstos. Con todo, esas ideas influyen en la forma en que se construyen y emplean tecnologías reales.


Lóoez-Pellisa se enfoca aquí en identificar patologías que afectan el pensamiento y el discurso alrededor de esas tecnologías, su aplicación y sus impactos en la sociedad humana. Están presentes tanto en las narraciones especulativas como en el ideario expresado por tecno-utopistas, magnates de Silicon Valley y profetas del optimismo cibernético. También pueden hallarse críticas a estas perspectivas patológicas en otras muchas obras narrativas y en el pensamiento de diversos intelectuales.



Pero, ¿qué es la realidad virtual? La autora comienza con esa pregunta y resulta que existen muchas definiciones distintas. Para entenderlo mejor, quizá sea necesario hacer un recorrido histórico por la evolución de diferentes conceptos y tecnologías que abrieron el camino hacia la realidad virtual, desde el mito de la caverna de Platón hasta la Matrix de las Wachowski, desde los autómatas de los antiguos griegos a las novias virtuales, desde el teatro de sombras hasta el cinematógrafo, desde las computadoras mecánicas creadas por los renacentistas hasta los ordenadores portátiles, desde Arpanet hasta la realidad aumentada… Esta parte del libro está llena de curiosidades como tecnologías antiguas de las cuales yo no tenía ni idea, y que impresionan porque es difícil no ver en ellas antecedentes de la realidad virtual.


Entonces podemos hablar de las patologías que López-Pellisa identifica:


1. Esquizofrenia nominal: El primer problema, como ya se mencionó, es la falta de un consenso sobre el uso de los nombres que se refieren a realidad virtual, ciberespacio, etcétera. ¿Es la Internet una realidad virtual? ¿Es un juego como The Sims realidad virtual? ¿Son las fantasías imaginadas en las que nos sumergimos realidad virtual? 


López-Pellisa aclara que para hablar de realidad virtual, ésta tiene que estar creada por tecnologías digitales, y sumar imaginación (que el entorno creado sea lo suficiente verosímil para que se produzca la suspensión de la incredulidad en el usuario), inmersión (que el usuario sienta que se encuentra dentro de la realidad percibida), interacción (que la simulación responda a las acciones del usuario) y simulación (que no se trate de imágenes pregrabadas, sino generadas por la interacción con el usuario).


Existen realidad ficticias, por supuesto: las fantasías de nuestra imaginación, los mundos a los que nos transportamos cuando abrimos un libro o vemos una película, o los videojuegos como el ya mencionado The Sims o Second Life, pero éstos no son realidad virtual si no cumplen con los rasgos ya descritos. De hecho, la realidad virtual es un tipo específico de realidad ficticia. Y las realidades ficticias tienen efecto en el mundo real, aunque sea tan simple como que la muerte de un personaje imaginario nos haga llorar, o que implique una inmersión tan excéntrica como la de Don Quijote, viviendo su fantasía caballeresca.


El ciberespacio, por su parte, es el que habitamos a través de nuestra conexión a Internet. La realidad virtual y el ciberespacio pueden coexistir (como en Neuromante, donde conectarse a la red implica hacerlo a través de dispositivos de inmersión), pero no dependen el uno del otro. Puedes sumergirte en una simulación que no esté conectada al ciberespacio (bastaría una computadora local), y la mayoría de las acciones e interacciones en las que participamos en Internet no cuentan como realidad virtual, porque no son inmersivas.



2. Metástasis de los simulacros: Esto se refiere a la multiplicación de simulacros dentro de simulacros, realidades ficticias unas dentro de otras como muñecas rusas. Es tema recurrente en la literatura, desde que nos dimos cuenta de lo desconcertante que es el hecho de que creamos mundos imaginarios en nuestras narraciones y sueños. Shakespeare incluye obras teatrales dentro de sus obras teatrales; Calderón de la Barca nos recordaba que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.


La posibilidad de confundir la realidad con la ilusión ha preocupado a muchos pensadores. A Platón le repugnaba la imitación de la imitación y advertía contra quedarnos atrapados en la caverna. Borges apuntaba que si los personajes de una ficción pueden leer un libro, entonces los lectores de un libro bien podrían ser también personajes de ficción.


La realidad virtual lleva estas mismas ideas a un nuevo nivel, en cuanto aparece la posibilidad, aunque fuere remota, de que existan tecnologías capaces de sumergirnos en simulaciones indistinguibles de la realidad. The Matrix de las hermanas Wachowski es el ejemplo más icónico, pero hay muchos más, anteriores y posteriores.


¿Corremos el peligro de quedar atrapados en una caverna digital de Platón? La tecnología para una simulación completamente inmersiva todavía no existe, pero ya hay personas que descuidan su vida real por las vidas virtuales que pueden simular en línea. Durante la pandemia Mark Zuckerberg, el dueño de Facebook, anunciaba que era momento de empezar a hacer nuestras vidas en el espacio virtual que es el Metaverso, aunque no tuvo el éxito que esperaba. 


López-Pellisa explica que ya desde la década de los 80 Jason Lanier, quien acuñó el término Virtual Reality, prometía maravillas utópicas sobre el futuro, un mundo libre en el que el que el lenguaje simbólico sería superado: 


“Lanier percibía las opciones de la realidad virtual como un medio de libertad que nos alejaba de la tragedia que supone el mundo físico, debido a nuestra incapacidad par alterarlo. Contemplaba las posibilidades que ofertaba el espacio digital como diversas formas para modelar mundos.”


La autora advierte que por ahora no tenemos que escoger entre vivir en el simulacro o el espacio real y no sería pertinente rechazar las posibilidades ofrecidas por el espacio digital que hemos construido entre todos, mismo que puede tener herramientas que nos ayuden a aproximarnos a la realidad, tal como siempre lo han hecho el arte y la ficción.



3. Síndrome del cuerpo fantasma: Este concepto se refiere a la posibilidad de que el cuerpo animal, orgánico, del ser humano, quede obsoleto. Mejoras cibernéticas que aumentan nuestras capacidades o potencialidades, convirtiéndonos en cyborgs, ya son una realidad. López-Pellisa nos habla de artistas y hackers que alteran sus propios cuerpos para convertirse en algo más que humanos.


Lo que todavía está fuera del alcance de la tecnología real, aunque se ha especulado mucho en la ficción, es la posibilidad de “descargar” nuestras mentes en computadoras, para poder vivir completamente libres de cuerpos orgánicos que se deterioran y perecen. Esto, claro, implica una concepción dualista, cartesiana, de la mente y del cuerpo, y de que la primera es una entidad distinta y de naturaleza del segundo.


¿Qué implicaciones tiene todo esto para lo que significa “ser humano”? Necesitaríamos reconsiderar nuestras concepciones sobre los límites entre lo humano y lo tecnológico, aunque no faltan los filósofos que aseguran que de todos modos nos hemos vuelto cyborgs desde el primer momento en que desarrollamos y usamos cualquier tecnología que aumentó nuestros poderes, así fuera un palo afilado.


También se habla de que si la evolución nos ha creado a nosotros, que creáramos un nuevo tipo de vida, en forma de la inteligencia artificial, sería simplemente otro paso natural en la historia evolutiva del universo. Las inteligencias artificiales, nos dicen sus profetas, serán mejores que nosotros en todos los sentidos, más sabias y más nobles, y serán las responsables de llevar la vida consciente más allá de lo que los humanos podríamos soñar.


A todo esto, López-Pellisa dice:


“Me resisto ante la afirmación de que el cuerpo está obsoleto, ya que supondría asumir la propia obsolescencia del ser humano y aceptar que si el cuerpo desaparece, nos extinguiremos. Creo en los beneficios de cualquier proceso de metamorfosis, y me identifico con Proteo. Pero cuando la oruga se transforma en mariposa no se desprende de su esencia animal y biológica, a pesar de que aumenten sus capacidades de movilidad, pueda volar y se convierta en un precioso objeto estético, por lo que apuesto por un desarrollo evolutivo del ser humano en el mestizaje y la hibridación con las tecnologías digitales, pero sin convertirnos en algo que no es y nunca ha sido: un roboto. Y es posible que se genere una nueva especie fruto del desarrollo tecnológico, pero no por ello debemos desaparecer, aunque evolucionemos. Somos cyborgs y podemos ‘mejorarnos’, pero no para no-ser-humanos en cascarones de hierro sin ‘espíritu’”



4. Misticismo agudo: Éste es el concepto que me pareció más relevante del libro y el que, de alguna forma, engloba a todas las demás patologías. Existe en el mundo de la tecnología digital, incluyendo a varios magnates de Silicon Valley, una serie de creencias místicas sobre el futuro de la humanidad, el significado de la vida y el propósito de la generación actual, que otorgan a la ciencia y la tecnología un rol divino.


Los sueños utópicos sobre encontrar la libertad en las simulaciones o de vivir para siempre como conciencias desprovistas de cuerpos orgánicos son parte de esto mismo, pero hay más. Algunos tecnócratas predicen que el avance tecnológico nos permitirá construir el cielo en la Tierra y hasta abolir la mortalidad humana, mientras que otros aseguran que la creación de una inteligencia artificial todopoderosa podría hacernos vivir en una eterna simulación de pura felicidad después de la muerte de nuestros cuerpos.


Todo esto, nos dice la autora, no es más que una reinterpretación de la teología judeocristiana en clave tecnológica. No implica la concepción de nuevas ideas ni nuevos futuros, sino la adaptación de viejas supersticiones al mundo moderno. No es extraño, si consideramos que:


“La Red nos permite navegar entre bits inmortales que posibilitan la comunicación espectral entre avatares angélicos, los viajes astrales a través del ciberespacio, la ubicuidad en tiempo real en los ordenadores de cualquier punto del planeta, la creación de vida artificial con capacidad de evolución y la construcción de ciudades ideales en las que habitar espiritualmente, mientras nuestros cuerpos yacen en el desierto de lo real.” 


Podemos encontrar las raíces de este tecnomisticismo en el esoterismo New Age, el pseudopaganismo y la psicodelia de mediados de siglo, a las que se suma la cultura nerd y friki, tal como se han desarrollado en las últimas cinco décadas, dando lugar a un fenómeno típicamente posmoderno. Desde fuera se antoja tan extraña esta mezcla de misticismo con tecnología de punta, que parece algo sacado de una novela de ciencia ficción o propio de sectas marginales en línea, pero en realidad representa el tipo de creencias de gente muy rica y muy influyente, que actúa con base en ellas y sin tener en cuenta las opiniones del resto de la humanidad.


Este misticismo agudo es peligroso porque, si el objetivo final es el paraíso, la perfección, la utopía, ¿qué no sería legítimo hacer en su nombre? ¿Qué no valdría la pena sacrificar para conseguirlo? Como los teólogos que decían que lo importante no es esta vida, sino la que está más allá de la muerte, los acólitos del tecnomisticismo no tendrán empacho a sacrificar el bienestar de las generaciones actuales por la más pequeña posibilidad de que se vean realizados sus sueños lisérgicos de un Edén cibernético.




5. Síndrome de Pandora: Por último, un tema que sólo se ha vuelto más relevante con la normalización de las IAs generativas, los chatbots y las novias virtuales a partir del 2023. La creación de seres artificiales es un tema central en la ciencia ficción, pero concretamente también lo es la creación de mujeres artificiales, especialmente desde una mirada patriarcal, y como objetos de deseo y satisfacción sexual para los hombres.


La ciencia ficción ha abordado este tema de muchas maneras, muchas veces para criticar la cosificación y la mercantilización de todo, incluyendo de la intimidad humana, aunque sin evitar caer en una mirada francamente androcentrista. Son muchas las historias de hombres que se enamoran de mujeres creadas artificialmente, y en muchos casos eso termina con la destrucción del protagonista masculino, por lo general retratado como un perdedor solitario y degenerado.


En el mundo actual, a 10 años de la publicación de Patologías de la realidad virtual, esto ya no está en el terreno de la ciencia ficción. Siri, Cortana y Alexa existen como asistentes virtuales, y no es casualidad que se les haya dado personalidades y voces femeninas teniendo en cuenta el papel subsirviente para el que fueron creadas. 


Hoy nos encontramos con una explosión de servicios que ofrecen waifus creadas con IA, con las que los usuarios pueden simular relaciones sentimentales. No siendo humanas, se elimina el dilema moral del trato que se les da a estos seres, y no hay escrúpulos en sexualizarlas para el placer exclusivo de los usuarios, aunque no han faltado casos de individuos que aseguran que su IA es realmente consciente y de que su amor mutuo es verdadero. Diseñadas a la medida, no tienen ninguno de los inconvenientes que presentan las mujeres reales, nunca rechazarían a sus hombres, no les exigirían ni les negarían nada.. Por eso ya hay incels que celebran la creación de mujeres artificiales como un triunfo contra la supuesta opresión en la que viven, dependientes de las mujeres, cuyos cuerpos no pueden dejar de desear. 


Y éste es sólo el más reciente desarrollo en una historia que se remonta a la invención de las muñecas sexuales en el siglo XVII, e incluso más allá, con el mito del rey Pigmalión, que esculpió a una mujer perfecta y luego se enamoró de ella.


“La humanización de las femáquinas o maniquiféminas sirve de contrapunto y como reflexión a la deshumanización, no ya del ser humano, sino del varón. Los artefactos femeninos se convierten en reflejo de las subjetividades masculinas y objetualizan el cuerpo de la mujer puro fetiche inorgánico y material.”



El libro de López-Pellisa me hizo reflexionar sobre distintos aspectos de las tecnologías actuales que no había considerado. Muchos de los debates que se han generalizado en los últimos años ya estaban siendo abordados en 2015 por esta autora. El libro despertó mi sed por aprender más, en especial con todos los autores a los que cita, ya sean teóricos o novelistas. En especial me gustó cómo conecta cada tema con las discusiones reales sobre ciencia, tecnología y sociedad, así como con obras clásicas de la ficción especulativa, muchas de las cuales no conocía ni de nombre. 


Patologías de la realidad virtual es, en definitiva, un libro que nos hace pensar en el presente y la clase de futuro que estamos creando, y de cómo el mero avance tecnocientífico no nos libera de los peores rasgos de nuestra cultura. Si es verdad que nos encaminamos hacia una distopía cyberpunk, más vale que empecemos por entender en qué consiste.



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