sábado, 22 de diciembre de 2018

ROMA o las vicisitudes del postureo




A estas alturas es difícil decir cualquier cosa sobre Roma, la última película del mexicano Alfonso Cuarón, que ha estado en boca de todos en las últimas semanas. Es más, se ha dicho tanto, que hasta decir que se ha dicho tanto y es difícil añadir algo más se ha vuelto cliché.

Así que me limitaré a decir de la forma más honesta que me es posible lo que pienso de la peli, con el mínimo de pretensión. Creo que es excelente. La fotografía, la composición de cuadro, la dirección de cámara y en general todos los aspectos técnicos la hacen visualmente hermosa. De esas películas en las que “cada cuadro es como una pintura”. Tiene momentos verdaderamente grandiosos en los que yo sentí “wow, estoy viendo algo sacado de los grandes clásicos del cine”.

Excelente también me parecen las actuaciones, la narración y, sobre todo, el retrato sutil y honesto de lo que es y ha sido una realidad para muchos mexicanos, de ambos lados de la línea de la case social.  Es una película que retrata la opresión sistémica por cuestión de clase de forma tan fiel y sincera, y por lo mismo poderosa, que obliga a hacerse confesiones muy incómodas a cualquier espectador que, como su seguro servidor, es un clasemediero que tuvo nanas en la infancia y que hoy por hoy paga a una señora para vaya dos veces por semana a limpiar la casa.

Es cierto que se corre siempre el peligro de que la situación retratada se quede en las alabanza a la maestría del artista, y que nunca se haga el salto necesario a un cuestionamiento de esa realidad, uno que tenga consecuencias efectivas. Pero eso ya no es culpa del artista, sino de la sociedad que recibe la obra. El artista hace lo que puede con los recursos con los que cuenta; a los demás nos toca hacer lo propio y cada quién tendrá que descubrir qué es.

Por eso quería hablar de la recepción que ha tenido Roma, pero hasta en eso se me han adelantado. Es que Roma se ha convertido en algo más que una película: es ya un fenómeno social. Expresar la propia opinión sobre la cinta implica posicionarse frente a los demás, comparar lo que uno tiene que decir con lo que otros han dicho.



Independientemente de su calidad, Roma ha sido un éxito de mercadotecnia. No sé cómo, pero Cuarón logró que todo el mundo hablara en ella, y al estrenarse en Netflix con un par de semanas de diferencia a su aparición en las pantallas de cine, se aseguró que hasta los que no tienen tiempo, dinero o ganas de salir de su casa pudieran verla. En ese sentido se volvió como la serie de Luis Miguel: algo que están en boca de todos.

Las redes sociales, por la misma naturaleza del medio, son espacios para posicionarse, para decir éste soy yo y merezco tu atención por esto. El filme de Cuarón se convirtió en uno más de esos temas de los que todo el mundo tiene que opinar algo para no quedarse fuera del tren del mame. Es una oportunidad más para que cada quien señale en qué tribu se encuentra, qué es lo que apoya, contra qué se queja y de quién se burla.

Los seres humanos tenemos dos impulsos muy fuertes en nuestra naturaleza. Uno es el de pertenecer, para gozar de la protección y afecto del grupo. El otro es de sobresalir, para conseguir una buena posición dentro de ese mismo grupo. Normalmente buscamos pertenecer haciendo, diciendo y pensando lo mismo que los demás, y buscamos sobresalir haciéndolo mejor o más fuerte. Pero a veces, si eso falla, podemos sobresalir haciendo lo contrario de lo que hacen todo los demás.

Se sabe que una persona puede opinar cosas diferentes de una obra de arte si le dicen que el autor es un artista renombrado, o si ha leído críticas laudatorias al respecto. No es que la persona en cuestión sea hipócrita o sólo esté fingiendo: es que de verdad su cerebro reacciona diferente ante la percepción de la obra. Así de influenciables somos, animalitos sociales.

Por eso creo que nuestra recepción de Roma está muy contaminada por todo lo que se ha dicho al respecto y por la presión que sentimos por mostrarnos como alguien cuya opinión merece ser considerada. No sé si es posible llegar a la esencia de “lo que realmente pienso” de una cosa u otra sin las influencias de los demás, pero definitivamente creo que habrá que volver a ver Roma dentro de varios meses, cuando el ruido de fondo se haya calmado y la turba haya pasado a otro mame.

Roma es una película muy diferente a lo que la mayoría de la gente está acostumbrada a ver en el circuito comercial de cine hollywoodense. Comparada con el común denominador, su ritmo es pausado: hay muchos silencios y momentos que simplemente retratan acciones de la vida cotidiana que en una lectura superficial parece que no hacen avanzar la trama. Ésta, a su vez, no es fácilmente definible en un clásico arco argumental con un inicio, desarrollo y un desenlace. No hay héroes ni villanos dibujados con líneas gruesas. Tiene fotografía en blanco y negro, y muchos momentos diseñados para que ésta se contemple como arte en sí misma, y no sólo en función de la narrativa.

Estoy seguro de que muchísimas personas que vieron Roma porque se volvió trending topic no habían visto muchas cintas así en su vida. Eso es un logro de Cuarón y Netflix, y algo bien interesante para estudiar. Así que entiendo de dónde viene el que a muchas personas el filme les haya parecido lento, pretencioso y que no tenía trama. Bueno, pues ni modo, qué se le va a hacer. Lo interesante será ver si otras películas de tales ambiciones artísticas logran volverse así de virales y empieza a moldearse el gusto de las masas.



Mientras tanto, quiero decir una cosilla o dos sobre cierto tipo de pretenciosos cuyo postureo va más allá de la inevitable influencia que nos afecta a todos. Porque si bien creo que esas personas a las que describí en el párrafo anterior son sinceras en su sencilla apreciación, hay muchos otros que nada más están mamando. No faltan los cultosos que dicen que Roma es muy poca cosa, un capítulo más de Lo que callamos las mujeres, y que jejeje, no se compara con los grandes clásicos del cine como tal y tal autor.

Estas personas nada más están reaccionando al hecho de la película es mainstream y tienen que mantener su reputación como exquisitos para quienes nada de lo que haya llamado la atención de las masas tiene mérito. En su postureo no se dan cuenta de que el hecho de que una película así se haya vuelto mainstream es algo extraordinario, y estoy seguro de que si la cinta se hubiera quedado en el circuito de festivales y sólo con una semana y una sala en Cinépolis, la valoración por parte de estos arribistas habría sido mucho más positiva.

Ni hablar con los del mame opuesto, de los que quieren mostrar que ellos no son como los pretenciosos, sino que son banda y tienen barrio, y que por eso están mejores las de Mauricio Garcés que estas mierdas cultosas. O sea, que nada más buscan otras formas de pasar por únicos, diferentes y contreras.



Pero los que más desprecio me merecen son los mamadores de “¡Roma en verdad es clasista!”. Porque como la película refleja clasismo, pos entonces es clasista. Porque miren, hay personitas que nunca han podido superar una visión del mundo propia de películas de Disney, sólo que si en ésas los feos eran malos y los bonitos eran buenos, ahora que estos individuos están bien woke, viven en un mundo en el que los identificados como opresores son los malos y los oprimidos son los buenos.

Como la película no pone así clarísimo a la familia rica como malvada, ni a la sirvienta Cleo como una heroína insumisa; como no aparece la patrona vestida en un abrigo de piel de foca bebé jalando a Cleo de las greñas y gritándole “¡maldita gata!”; en fin, como la película no es sermoneadora ni panfletera, tiene a estos obtusos simploncillos tan confundidos que no han podido entender otra cosa más que la cinta celebra la servidumbre con nostalgia, romantiza la pobreza y hace apología de la sumisión.

No han entendido que precisamente uno de los puntos de la película es que la opresión de Cleo y de miles de mujeres como ella no se debe a la malignidad personal de las familias que las explotan, sino a la injusticia intrínseca de un sistema que ha estado casi inmóvil desde tiempos coloniales, un sistema que las personas aceptan, unos por comodidad, otros por resignación, ambos porque no conciben otra cosa. No captaron que lo que hace tanto más aterradoras esa opresión y dominación es precisamente que viene acompañada de un cariño sincero, pero inserto en una dinámica jerárquica y desigual.

El chairo y el gordo inmundo son creación de Bully Magnets

Pos no puedo sentir mucho respeto por la inteligencia de alguien a quien eso se le pasa por encima, y además siente la necesidad de sermonearnos al respecto. Porque así como unos posturitas quieren verse más exquisitos, y otros posturitas quieren verse más banda y más auténticos, esta clase de posturitas nomás quieren verse como más conscientes y moralmente superiores a los demás. Y por último estoy yo, cagándome en todos. Hipsters, hipsters everywhere.

Pos ya, con eso termino, porque no hay nada más navideño que expresar sin tapujos mi desdén por el prójimo. Felices fiestas y así.

Mejores comentarios sobre Roma que el mío:

+Roma de Jesús Silva-Herzog
+Las dimensiones de Roma de Antonio Salgado Borge



1 comentario:

alexmansiz dijo...

recorde a una estupida cerebro de mierda que me llamo nazi por decir q los pobres no deben tener hijos, y machista por ser proaborto. asi estan algunos

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