viernes, 14 de diciembre de 2018

Umberto Eco y el mito de Superman - Parte I: El superhombre de masas




En 1965 apareció el clásico del gran intelectual italiano Umberto Eco (1932-2016), Apocalípticos e integrados, uno de los textos base de lo que se convertiría décadas más tarde en el fértil campo del estudio y análisis de la cultura de masas. Uno de los ensayos más famosos incluidos en el libro se titula “El mito de Superman”, en el que Eco, ávido lector de las historietas del Hombre de Acero, se dedica a deconstruirlo con un análisis típicamente estructuralista.

Han pasado más de cinco décadas desde que Eco hiciera este análisis. En ese entonces Superman todavía no cumplía los 30, mientras que este año ha alcanzado los 80. ¿Qué tanto se aplican las observaciones de Eco a los cómics de la actualidad? Revisitemos el clásico texto y pongámoslo en contraste con la forma en la que el mito superheroico ha evolucionado a través del tiempo.

Parte I - El superhombre de masas



Umberto Eco inicia su ensayo hablando de los procesos mitopoyéticos, es decir a través de los cuales se crean los mitos. La Iglesia medieval, por ejemplo, usaba un rico arsenal de imágenes, a las que confería una serie de significados simbólicos para transmitir a la feligresía ciertas creencias y valores. Por supuesto, la estrategia tenía éxito y los símbolos, aunque dictados desde la jerarquía, eran adoptados por la sensibilidad popular.

Un paralelismo muy curioso puede encontrarse con la publicidad contemporánea. Los publicistas también quieren dotar un producto tal (prendas, aparatos o automóviles) de valores simbólicos, como status, sofisticación y éxito, que el público absorbe e identifica. Los medios de comunicación de masas permiten que esta mitopoyética adquiera características universales.

El objeto es la situación social y, al mismo tiempo, signo de la misma; en consecuencia, no constituye únicamente la finalidad concreta perseguible, sino el símbolo ritual, la imagen mítica en que se condensan aspiraciones y deseos. Es la proyección de aquello que deseamos ser.
Dada la enorme influencia de los medios masivos sobre la sensibilidad del público, se debe abordar el estudio de la cultura de masas de forma que implique una desmitificación de sus imágenes, para entender cuáles son sus objetivos y cómo los promueven. El cómic brinda una excelente oportunidad para hacer esta clase de análisis.

Eco pone sobre la mesa el caso de Terry, un personaje creado por Milton Caniff en 1934. El personaje era tan popular que, cuando se enlistó en el ejército para luchar en la Segunda Guerra Mundial y más tarde fue ascendido, los diarios publicaron la noticia y la Fuerza Aérea estadounidense envió al creador un carné de identificación completo. Por otra parte, cuando murió Raven, una popular compañera de Terry en los cómics, se produjeron reacciones masivas en todo el país.

El histerismo se produce por la frustración de una operación enfatizante, por el hecho de que falte el soporte físico de las proyecciones necesarias. Desaparece la imagen, y con ella desaparece la finalidad que la imagen simbolizaba. La comunidad de fieles entra en crisis, y la crisis no es sólo religiosa, sino psicológica, porque la imagen revestía una función demasiado importante para el equilibrio psíquico de los individuos.

Todo lo anterior sigue muy vigente, aunque todavía no se daba un caso en que pudiera aplicarse a Superman, por razones que veremos más adelante. Pero en 1992, con The Death of Superman, el mundo reaccionaría masivamente como lo hiciera muchas décadas atrás con respecto a los cómics de Terry. Quizá lo que dice Eco contribuya a explicar las reacciones furibundas que expresan algunos fans cuando sus personajes sufren cambios drásticos.

Para Eco, Superman es “una imagen simbólica que reviste especial interés” y, al igual que los símbolos de la religión, la mitología y la publicidad, una “imagen mítica en que se condensan aspiraciones y deseos”. Que Superman sea un ser de habilidades extraordinarias que cualquier humano envidiaría no es novedad; ahí están los mitos de Hércules y Sansón, o los héroes de las novelas de aventuras y misterios. Es la creación de Clark Kent lo que tiene mayor interés:

En una sociedad particularmente nivelada, en la que las perturbaciones psicológicas, las frustraciones y los complejos de inferioridad están a la orden del día; en una sociedad industrial en la que el hombre se convierte en número dentro del ámbito de una organización que decide por él; en la que la fuerza individual, si no se ejerce en una actividad deportiva, queda humillada ante la fuerza de la máquina que actúa por y para el hombre, y determina incluso los movimientos de éste; en una sociedad de esta clase, el héroe positivo debe encarnar, además de todos los límites imaginables, las exigencias de potencia que el ciudadano vulgar alimenta y no puede satisfacer.
[…]
Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier oficinista de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad.
Ésta es una de las partes más interesantes del ensayo y que conserva una actualidad total. Los héroes de la cultura de masas tienen esa misma característica que apela a las frustraciones y sentido de insignificancia del hombre en el mundo moderno (particularmente el varón heterosexual de clase media).



No es gratuito que muchas historias heroicas de gran éxito inicien con un protagonista que vive una vida ordinaria e insatisfactoria, que de pronto se ve transformada porque descubre un secreto sobre sí mismo (ser “el elegido”, ser el hijo o heredero de un personaje extraordinario) o que obtiene poderes fantásticos de forma accidental: Peter Parker, Luke Skywalker, Harry Potter o Neo son sólo los ejemplos más señeros y culturalmente relevantes, pero se puede ver la estrategia usada de la forma más burda cada año en los muchos aspirantes a blockubuster hollywoodense.

Es la forma en la que se vende una fantasía aspiracional: el espectador se identifica con el protagonista y entonces se permite fantasear con que, al igual que aquél, algún día podrá descubrir que es más de lo que cree, salvar al mundo, triunfar sobre sus enemigos y obtener a la chica. De base, no es muy distinta de la forma en la que publicistas venden productos al cargarlos de valores simbólicos: el hombre común se convierte en un exitoso campeón e irresistible conquistador al tener el auto equis o usar el perfume ye.

Aunque, debo decir, en mi opinión también hay niveles, y lo que inicia repitiendo los clichés típicos de una fantasía aspiracional puede convertirse en mucho más. Superman ha llegado a ser un símbolo que representa lo mejor de los anhelos humanos. Sigue siendo una fantasía aspiracional, pero el lector fantasea con mucho más que sólo ser poderoso, popular y atractivo: fantasea con tener la facultad de hacer el bien y corregir las injusticias del mundo.




¿En qué consiste ese “hacer el bien”? Eco dice que Superman tiene conciencia cívica, pero no política. Siendo capaz de crear con sus propias manos riquezas para alimentar a los pobres del mundo, o de derrocar a todos los dictadores de la tierra, prefiere dedicarse a detener ladrones y hacer obras de caridad.

En el ámbito de su little town el mal, el único mal a combatir, se configura bajo la especie de individuos pertenecientes al underworld, al subterráneo de la mala vida, preferentemente ocupado, no en el contrabando de estupefacientes ni –cosa evidente- en corromper a políticos o empleados administrativos, sino en desvalijar bancos y camiones blindados. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada.
[…]
Como otros han dicho ya, tenemos en Superman un ejemplo perfecto de conciencia cívica completamente separada de la conciencia política. El civismo de Superman es perfecto, pero lo ejerce y configura en el ámbito de una pequeña comunidad cerrada. […] Si el mal asume el único aspecto de atentado a la propiedad privada,  el bien se configura únicamente como caridad. Esta simple equivalencia bastaría para caracterizar el mundo moral de Superman.


Esto, reconoce Eco, se explica por el esquema narrativo, que impide cualquier cambio profundo y permanente en Superman y su mundo. En efecto, si los escritores de Superman se comprometieran abordar hasta sus últimas consecuencias el impacto que un ser como él tendría en el mundo, se verían obligados a producir una obra en la que el escenario fuera tan distinto de nuestra cotidianidad que resultaría irreconocible (y quizá poco atractivo). La imaginación tiene límites y una historia así no podría continuar por siempre.

Lo anterior, sin embargo, no excluye que con ello terminen creando y difundiendo ciertos contenidos ideológicos. De hecho, eso es parte de la tesis central del italiano: que la estructura del relato determina sus contenidos, como veremos en la segunda parte.

No obstante, lo que dice Eco no ha sido siempre ha sido así. Superman en los 30 y 40 se enfrentaba no sólo a jefes criminales sino a políticos y empresarios corruptos, y respondía a las injusticias del mundo real, sufridas por personas comunes y corrientes a manos de los poderosos. Esto queda patente desde su primera aparición en Action Comics #1, donde va tras a un cabildero que corrompe políticos, o en este recuento de otras historias tempranas, en el que lo podemos ver combatiendo a financieros abusivos, entre otros villanos capitalistas. Superman sí fue por Hitler y Stalin y los llevó ante la Liga de Naciones para responder por sus crímenes.



El carácter progresista de Superman se vio atenuado en la década de los 50 y 60 debido a la Guerra Fría y macartismo, pero también porque los editores vieron que tenían en el personaje una mina de oro y que había que mantenerlo en circulación por siempre, un tipo de estructura que limitaba las posibilidades de la narración.

Pero los cambios revolucionarios que llegaron con la aparición de Marvel (pocos años después de que Eco publicara su ensayo), obligaron a los creadores de cómics a madurar y reconocer que si querían mantener la ilusión de que los superhéroes viven en un mundo análogo al nuestro, tendrían que abordar los problemas que suceden en él. Resulta que los lectores habían crecido también y las historietas ya no podían darse el lujo de ser tan ingenuotas, mientras que sí podían permitirse tratar temas más controvertidos. En los 70, Superman defendió a trabajadores migrantes del abuso de un capataz gringo, y hasta los alentó a irse a huelga para luchar pos sus derechos.

El progresismo de Superman ha sido una constante en el personaje; tan es así, que no hace mucho la ultraderecha gringa acusó al Azulote de practicar supersocialismo, ¡por defender a extranjeros del ataque de blancos nacionalistas!  Lex Luthor, el principal enemigo de Superman, pasó en los 80 de ser un científico loco con planes estrafalarios, a convertirse en un empresario plutócrata corrupto y sin misericordia, que lo mismo asesina periodistas que orquesta golpes de estado en naciones del tercer mundo. A principios del siglo XXI, este villano se convirtió en el presidente de los Estados Unidos, una crítica a la corruptibilidad del sistema americano y lo manipulable de su electorado.



Hoy en día es muy raro ver a Superman combatiendo a simples asaltantes de bancos. La mayoría de sus enemigos son de origen superhumano, no sólo porque así son mucho más interesantes sus historias, sino porque de esa forma se soluciona el problema que describe Eco en su ensayo. Superman no puede tener un gran impacto en su mundo, pero ahora sería considerado infantil si se limitara a resolver problemitas locales de delincuencia. De modo que los escritores han optado por neutralizar el impacto de Superman (y de otros héroes), al enfrentarlo con amenazas tan extraordinarias como él. Sus esfuerzos se concentran completamente en detener invasiones extraterrestres y otras catástrofes a gran escala. Así, los superseres, sean héroes o villanos, tienen poco más que un impacto superfluo en el desarrollo social, político, cultural y tecnológico del mundo humano normal (la tecnología fantástica que crean estos personajes permanece para el uso exclusivo de ellos; véase que Reed Richards es inútil).

Esto nos muestra una curiosa evolución en el arquetipo del superhéroe. En un principio era una suerte de superpolicía, y hasta sus enemigos superpoderosos se limitaban casi siempre al robo o alguna otra actividad delictiva de escala local. Ha sido ya muy ridiculizado el cliché del villano que dispone de tecnología increíble para luego limitarse a robar bancos con ella en vez de, por ejemplo, producirla en masa y venderla a los ejércitos del mundo.

Pero con el tiempo el héroe ha evolucionado a un papel como superguerrero, que ya no se ocupa de delitos menores, sino de amenazas a nivel global. Libra, junto con un ejército de sus compañeros de armas (la Liga de las Justicia, en el caso de Superman; los Vengadores para Marvel) verdaderas batallas en sagas épicas que abarcan diversos números y títulos a lo largo de meses. Nótese la cantidad de estas historias, tanto en Marvel y DC, que llevan en su título la palabra guerra o algún otro término bélico: World War III (2000), Our Worlds at War (2001), Civil War (2007), Secret Invasion (2008), Trinity War (2013), Secret Wars (2015), The Darkseid War (2017). El siguiente paso sería llevar al mito superheroico a escala cosmogónica, algo que también dicta la estructura narrativa del medio y que abordaremos en la segunda parte.



Pero además se ha hecho intentos honestos por abordar la responsabilidad de Superman (y de los superhéroes en general) ante los problemas reales que afligen el mundo, lo cual ha dado algunas de las mejores historias del héroe. En Peace on Earth (1998) Superman se plantea qué podría hacer para solucionar el hambre en el mundo. En la saga King of the World (1999) se explora lo que sucedería si de verdad Superman enfocara la totalidad de su tiempo y esfuerzo en solucionar todos y cada uno de los problemas de la humanidad. En What’s so Funny About Truth and Justice & the American Way? (2001), nuestro héroe da una lección a un grupo de superseres extremistas acerca de intervenir violentamente en los asuntos de las sociedades humanas.

La respuesta que éstas y otras historias dan es la siguiente: Superman no puede intervenir en los grandes asuntos del mundo, no sólo porque eso violaría la sacralidad de la libertad humana, sino porque éstos son inconmesurablemente complejos y no se pueden resolver mediante el ejercicio arbitrario de sus poderes; después de todo, y a pesar de ellos, Superman es, en el fondo, sólo un hombre, y ninguno tiene derecho a imponer su voluntad sobre los demás.



Entonces, desde tiempos de Eco nuestro héroe ha evolucionado junto con su mundo y sus historias: se ha hecho más rico y complejo. Y sin embargo, Eco tenía razón: la estructura narrativa impuesta por las necesidades del medio terminan dictando el tipo de historia que se contará. La pregunta “¿por qué Superman no interviene para solucionar los problemas económicos, sociales y políticos del mundo?”, es un problema que surge del hecho de que se pretende continuar de forma indefinida las aventuras de un ser superpoderoso. Esto su vez obliga a una respuesta de corte ideológico (“porque la libertad, el poder arbitrario, etc…”), cuya función es, en el mero fondo, legitimar una estructura narrativa que se quiere preservar.



Continúa en:
Parte II: La estructura ausente

Publicado originalmente en Revista Soma

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