¿Gente buena contra gente mala? Por qué nos cuesta entender que el problema es sistémico - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

sábado, 23 de mayo de 2020

¿Gente buena contra gente mala? Por qué nos cuesta entender que el problema es sistémico


Prólogo innecesario


Saludos, terrícolas. El siguiente texto originalmente iba a ser el guion de un nuevo video para mi canal de YouTube (quizá todavía llegue a serlo), pero en cuarentena, y con mis miles de hijos en casa todo el día, se me ha hecho imposible invertir el tiempo que se necesita para grabar y editar. Más aún, el proyecto estaba pensado para marzo, cuando el movimiento feminista estaba dando mucho de qué hablar en México, sobre todo con el tema de los feminicidios y la paupérrima respuesta del López Obrador al respecto. Pero desde entonces se me cruzaron los exámenes, el cierre de periodo, y por supuesto, el inicio de una pandemia global.


Desgraciadamente, aún en medio de dicha crisis, la violencia machista no sólo no cesa, sino que se agrava, y la respuesta de López Obrador sigue siendo igual de insensible y miope. De todas formas, escribí este texto de manera que no dependiera de una coyuntura puntual, sino que se pudiera aplicar a cualquier caso en el que se discuta si el problema de la violencia, de cualquier tipo, es que hay gente mala en el mundo. Pues aquí está:




Gente buena. Gente mala.


Imagínense que estamos en el sur de los Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XIX, cuando la esclavitud aún existía. Imaginen a dos terratenientes propietarios de esclavos. Uno es el señor Jones, quien es muy cruel con sus esclavos; los manda a azotar por cualquier falta, les da raciones de comida miserables, los hace dormir en barracas inmundas y hacinadas, ha hecho colgar a más de uno, y se sabe que a ha abusado sexualmente de las mujeres.


Por otro lado, está el señor Smith, quien nunca golpea a sus esclavos, los tiene bien alimentados y alojados en cabañas limpias; en ocasiones ha liberado a algunos de sus esclavos tras años de leal servicio, y los ha acomodado como trabajadores libres en el negocio de algún conocido.


¿El problema es que hay gente mucha mala como el señor Jones, cuando debería haber más gente buena como el señor Smith? No. Porque, miren, si un día Smith decidiera volverse tan abusivo y violento como Jones, ¿quién se lo impediría? ¿Quién protegería a sus esclavos si, bajo la ley imperante, son su propiedad privada y puede hacer con ellos lo que quiera? El problema no son los esclavistas como personas individuales: el problema es la esclavitud como institución, como parte integral de un sistema, del statu quo.



Sé que esto de recurrir a la esclavitud como analogía es algo trillado, pero es un ejemplo claro de algo que ahora se reconoce como malo, pero en otros tiempos era considerado normal o incluso positivo; como la monarquía absoluta o la prohibición del voto femenino. Ojo, que no hay que prolongar la analogía demasiado, pero el punto es éste:


Digamos que sí, que hay gente buena y gente mala. Estamos de acuerdo en que, cualquiera que sea el origen de su carácter, hay personas que tienden a ser más agresivas y gandallas que las demás; y que hay personas más generosas y compasivas que, no cometerían un abuso o una deshonestidad, aún si pudieran hacerlo y salirse con la suya. Claro que todo esto es mucho más complejo que un binario de bien y mal; hay gente que puede ser magnánima en unos aspectos de su vida, y actuar de forma reprobable en otros. Hay gente que puede cometer ciertas canalladas, pero que pinta su raya ante crímenes más grandes. El ser humano es complejo, gente.


Sea como fuere, el problema, sin embargo, no es solamente que la gente horrible exista, sino que el sistema en el que vivimos le permita ser horrible y salir impune. Como el señor Jones, que podía ser un tirano sin recibir castigo, porque vivía en un sistema que así lo permitía.


Por “el sistema”, no me refiero solamente a las leyes escritas, sino también a las costumbres, las creencias y valores generalizados, las jerarquías aceptadas, las instituciones establecidas… En fin, todo lo que influye en la forma de pensar y actuar de una sociedad. Y no, todo este orden no está diseñado por ninguna cábala secreta de reptilianos, sino que es el resultado de diversos factores históricos y de cómo ha ido evolucionando una sociedad a lo largo del tiempo. Pero ciertamente hay quienes se benefician de este orden, y que encaminarán sus esfuerzos a mantenerlo.



Así, el problema en nuestro país no es sólo si algunos políticos son corruptos, sino que tenemos un sistema que permite a los corruptos salir avante con mucho éxito. El problema no es si algunos empresarios son culeros y ofrecen pagas de mierda y cero prestaciones; el problema es que estamos tan precarizados que no tenemos de otra que aceptar un empleo con esas condiciones. El problema no es que algunos profesores universitarios sean abusivos y negligentes, sino que los estudiantes no tienen muchos recursos para defenderse cuando lo son. El problema no es que algunas industrias sean devastadoras con el medio ambiente, sino que son tan poderosas, que no tenemos cómo detenerlas.


Entonces, lo que necesitamos es modificar el sistema, de forma que ningún individuo o grupo quede bajo el arbitrio discrecional y absoluto de otro, que no dependa de la buena o mala voluntad de alguien más, sino que cuente con maneras de protegerse: ciudadanos ante gobiernos, niños ante adultos, usuarios ante corporaciones, trabajadores ante empleadores, estudiantes ante profesores, etc.


No, ninguna de estas situaciones es equivalente a la esclavitud, pero sí son ejemplo de relaciones de poder dispares que se prestan a toda clase de abusos y violencias, a menos que se tomen medidas para evitarlo.


Ah, pero es aquí donde se complica la cosa, porque resulta que las relaciones de poder no sólo se dan en estos ejemplos, en los que un individuo tiene directamente el poder sobre otros, sino que también hay que tener en cuenta formas de opresión, que otorgan a algunas personas ventajas relativas, incluso cierto poder, sobre otras. El statu quo en el que vivimos, crea grupos relativamente privilegiados y grupos relativamente oprimidos. Hombres frente a mujeres; blancos frente a personas racializadas; cisheteros sobre personas con orientaciones e identidades sexuales diversas…


¡Ojo! Aquí no hablamos de casos en los que cada individuo de un grupo tenga poder directo sobre cada individuo del otro, sino de desigualdades que involucran a clases enteras de personas. Es decir, en una sociedad sexista, los hombres, como clase, disfrutan de ciertos privilegios y ventajas relativas sobre las mujeres, como clase, pero eso no significa que cada hombre oprima personalmente a cada mujer. Estamos hablando de generalidades; para analizar casos concretos, intervienen muchos factores. ¡Interseccionalidad, nenes!




Muchas veces creemos que las diversas formas de opresión o discriminación, como el racismo, el clasismo, la misoginia o la homofobia, son solamente defectos morales de cada quien. Es decir, que el problema es que “hay gente que es racista”. Pero la realidad es mucho más compleja, porque estas opresiones van más allá de las actitudes individuales, y se manifiestan en costumbres, creencias, prejuicios y demás, que mucha gente comparte en diferente grado, y que afectan las vidas de las personas oprimidas, limitando su acceso a servicios básicos, justicia y una vida digna, y exponiéndoles a abusos y violencias de los que difícilmente pueden defenderse.


A veces escucho “bueno, es que no es que los ricos (o los blancos, o los vatos, etc.) sean todos malvados, y los pobres (o las minorías, las morras, etc.) sean todos buenos”. Y eso es cierto, pero traerlo a colación es no captar el punto. El que muchas personas que están en una posición de poder sean muy buenas gentes, no elimina que el problema sea sistémico.


Digamos que el señor Smith es alguien que se levanta a trabajar desde temprano, para supervisar él mismo el trabajo en las plantaciones; digamos que invierte casi todo lo que gana en mejorar sus tierras, comprar equipo nuevo y más mano de obra; digamos que es un astuto negociador que ha logrado hace tratos con industrias textiles europeas para ser su proveedor de algodón; digamos que fue así como pasó de tener una modesta finca, heredada de su padre, a tres grandes plantaciones y vastos caudales.


¿Es el señor Smith un hombre honesto, inteligente y trabajador que se ha esforzado mucho para conseguir lo que tiene? Quizá. Pero que el señor Smith sea un individuo decente, o incluso que la mayoría de las esclavistas fueran como él, no quita que la esclavitud sea una institución atroz; el sistema que le ha permitido enriquecerse sigue siendo inmoral y criminal.


Algunos millonarios han decidido donar grandes cantidades de dinero para ayudar con la crisis pandémica que estamos viviendo, pero eso no quita que la desigualdad económica sea un problema inherente a nuestro sistema sociopolítico. En un sistema más justo, el señor Smith simplemente no podría poseer esclavos. En un sistema más justo, estos millonarios estarían obligados a pagar impuestos, que después se invertirían en crear sistemas de salud, educación y seguridad social, que harían innecesarios los exiguos donativos que apenas hacen mella en sus inmensas fortunas.




¡Ojo! La cosa se complica todavía más, porque no sólo es que el sistema permita que la gente culera sea culera sin consecuencias. Es que el sistema mismo crea a la gente culera. O, mejor dicho, fomenta que la gente adopte formas de pensar y actuar que provocan o posibilitan a hacer daño a otros. Es un círculo vicioso que es necesario romper.


Por ejemplo, en nuestra cultura, se educa a los hombres para exaltar la agresividad (vaya, hasta la tristeza y la alegría las expresamos de forma agresiva) como parte de la hombría. No a todos se les va a “ir la mano” y terminarán matando a una mujer, pero el ambiente social posibilita que esto suceda con aterradora frecuencia.


Piensen un momento en los casos de historias de violencia que acaban en feminicidio, en aquellos jueces y policías que ignoran o minimizan las denuncias; en los parientes y conocidos que no intervienen porque “eso es un asunto privado”. Si las cosas fueran de otra manera, aunque el feminicida fuera un psicópata más allá de toda redención, el crimen podría haberse evitado.


Muchos hombres nunca violarían a una mujer, pero sí pensarán, porque están educados para ello, que es responsabilidad de la mujer el “cuidarse”, o que muchas mujeres mienten sobre el abuso sexual para obtener beneficios, o que vale más salvar el prestigio y futuro de un joven que violó, que proteger y resarcir a la víctima.


Peor aún, muchos vatos jamás concebirían el asaltar a una mujer en un callejón obscuro, pero nunca han pensado que cosas que a ellos les parecen inocuas, en realidad son formas de abuso sexual. Por ejemplo: aprovecharse de una chica borracha o drogada; manosear a una mientras duerme o está inconsciente; chantajear emocionalmente a la pareja para tener sexo cuando ella no quiere; o no detenerse cuando la mujer que ha accedido a follar con ellos dice “basta”.




Resulta que nos gusta pensar en términos esencialistas; que cada quien actúa según lo que es, según la esencia que los define por dentro. Los mentirosos mienten, los ladrones roban, los asesinos matan, los malvados hacen cosas malas. Las acciones son una expresión de una esencia profunda y quizá inamovible. Así que, si una persona no es nada de eso, entonces no hará nada de aquello.


Estas nociones erróneas nos libran de cualquier responsabilidad ética respecto a los sistemas de opresión de la sociedad en la que vivimos. Si quienes hacen el mal son simplemente “la gente mala”, ¿qué más puedo hacer yo al respecto? Ellos son los malos, no yo. En cambio, si aceptamos que el problema es sistémico, entonces se vuelve nuestra responsabilidad ética hacer lo posible para desmantelar ese sistema, empezando por analizar lo que hemos estado haciendo mal.


Nadie quiere pensar “yo tengo una actitud racista”, porque los que tienen esas actitudes son los racistas, y los racistas son malvados, y nadie quiere pensar en sí mismo como una persona malvada. Así, el pensamiento esencialista nos ciega a la posibilidad de ver actitudes negativas en nosotros mismos. Por otro lado, ese mismo esencialismo niega, a quien haya hecho algo malo, la posibilidad de cambiar y reformarse; después de todo, se piensa, si lo hizo es porque es malvado.


Entender que la violencia, la injusticia y la opresión tienen una dimensión social y no sólo responsabilidad individual, que no se tratan de absolutos, sino de espectros y contextos, nos ayuda a ser personas a la vez más críticas y más empáticas.



Por ejemplo, el cliché de “todos somos sexistas (o racistas, etc.)”, quiere decir que fuimos criados en un sistema en el que prima el sexismo. No significa que todos seamos igual de violentos; existen gradaciones, y unas cosas son peores que otras; hay personas más abiertas a cambiar sus maneras, y errores más fáciles de rectificar.


Aunque no todas las actitudes negativas terminarán en las peores formas de violencia, su permanencia las facilita, y he ahí el problema. El estado de cosas actual favorece que se desarrollen ciertas conductas y que se den ciertas condiciones, que terminarán en un acto violento (y además facilitarán que el perpetrador se salga con la suya).


Cuando la esclavitud estaba en su apogeo, era considerada como algo normal, incluso positiva y necesaria para el mantenimiento de la “civilización”. No es que hubiera un demonio habitando el cuerpo de cada persona que simplemente la aceptaba. Es que vivieron en un sistema que les convencía de que la esclavitud era inevitable. Hasta los mismos esclavos podían estar resignados a su destino: estaba jodida la cosa, pero qué hacerle si así es la vida.


Hace apenas un par de generaciones lo más común era que los padres dieran nalgadas y bofetones a sus hijos. ¿Fue porque ellos eran malvados? No, es simplemente que pensaban que los golpes eran buenos y necesarios para la formación del escuincle; y creían eso porque habían crecido en una cultura que así se los había inculcado.


Es igual con las diversas formas de opresión que existen hoy en día. No es homofóbico, racista o sexista quien tiene un alma corrompida por Satán, sino quien ha crecido en una cultura homofóbica, racista y sexista, sin cuestionárselo nunca, sin entender qué es lo que está mal en su forma de pensar y de actuar.


No puedes esperar que mucha gente se vuelva espontáneamente abolicionista en una sociedad esclavista. No puedes esperar que todas las personas nazcan rechazando la homofobia, en una sociedad homofóbica. Se ha vuelto difícil esperar que mucha gente sea generosa y solidaria en una sociedad que tan a menudo premia el individualismo, la competencia y la codicia.  Porque el sistema en el que se vive hace fácil tener desarrollar ciertas actitudes más que otras. Vaya, como no puedes esperar que todos los jugadores se vuelvan pacifistas en Risk, o caritativos en Monopoly: la dinámica de estos juegos (el sistema, podríamos decir) favorece, requiere, que seas belicoso y gandalla.



En un principio eran sólo unas cuantas personas las que apoyaban abolir la esclavitud y de verdad lo creían posible. Sus números fueron aumentando poco a poco hasta que tuvieron suficiente fuerza para derribar esa institución. Así es como se cambia al mundo, no esperando que los se benefician de la injusticia “se vuelvan buenos”.


Por eso decimos que lo que hay que hacer es cambiar todo: las leyes, las costumbres, los valores, las creencias… Todo tiene que ser puesto en escrutinio, criticado y transformado donde sea necesario. Y eso va para todo, no sólo la violencia de género, sino la discriminación racial, la explotación laboral, la injusta distribución de la riqueza y la depredación de los ecosistemas. Y sí, a lo mejor en ese afán aparezcan diagnósticos errados y propuestas desatinadas (y es válido criticar), pero es que así avanza nuestra especie, con ensayo y error, y en el peor de los casos esas inconveniencias son preferibles a dejar las cosas como están.


¡Ojo! Tampoco estoy diciendo que las personas carezcan de agencia y de responsabilidad moral. Excusas como “el patriarcado me hizo hacerlo” no exculpan a nadie del daño que comete contra las demás personas. Como individuos, tenemos el deber ético de cuestionarnos sobre lo que se nos ha inculcado.


Señor Smith, ¿el problema son los esclavistas malos, como el señor Jones? ¿O es la esclavitud? Si reconoce que el problema es la esclavitud, ¿luchará usted por abolirla, aunque usted mismo se beneficie del sistema? ¿Empezará por dejar en libertad a todos sus esclavos, se sumará al movimiento abolicionista, combatirá contra la Confederación cuando inicie la guerra? ¡Ah, qué complicado e incómodo, se vuelve luchar contra un sistema que lo privilegia a uno mismo! Como lo primero es cuestionar nuestras ventajas personales y renunciar a ellas, vemos que hasta la bondad tiene límites cuando cuesta privilegios.



El punto es que la introspección individual no es suficiente; es necesario buscar el cambio como sociedad. Mientras algunas personas están satisfechas con sentirse buenas, con saberse libres del pecado de haber cometido injusticias; otras queremos cambiar al sistema que provoca o facilita esas injusticias. Por eso hacemos tanta protesta, tanto activismo, educación y análisis. De fondo, de eso se trata ser progresista. Y si además lo haces con referencias a la cultura pop, pues de eso se trata ser friki de izquierda 😉


3 comentarios:

GRACIA dijo...

Mucho para pensar, mucho qué hacer. Me atrapó tu forma de decir. Gracias!

Alexander Strauffon dijo...

No te incomodaré dejándote un comentario contestando cada cosa mencionada, porque mas bien amerita que yo escriba un post también al respecto, y de por si este comentario creo será largo. Tú y yo estamos de acuerdo en varias cosas, otras no tanto. En el tiempo desde que te conocí por tu blog bien pudiera decir que coincidimos en un 50% de las cosas en general. Lo bueno es que aún con diferencias eres de los que aceptan recibir y dar opiniones con quienes no coincides, algo que yo también hago. Hay otros blogueros por ahí (que incluso antes me visitaban y comentaban) que no; que de hecho apenas vieron que no apoyo a la izquierda como creían, que no por oponerme a puntos críticos promovidos por la derecha y conservadores significa que me haya ido al otro lado, y que me opongo a varios de los temas de la sociedad que hoy son a cada rato discutidos, echaron madres sobre mi persona y se fueron a atrincherar con quienes solo espejean y mimetizan sus opiniones, algo común entre los radicales, sean del lado que sean.

De todo cuanto mencionaste contestaré solo a una de las cosas: el señalar como erróneo decir a las mujeres (o a cualquiera) que se deben saber cuidar. Esa falacia extendida de que decirle a alguien que se cuide y sea medido es igual a culpar a la víctima tiene que acabarse. Porque si bien algunos cometen esa torpeza de decir "pues mira cómo andaba, mira cómo se viste, mira en qué cosas cree, pues se lo buscó", en la realidad ya aterrizada son una ínfima parte de éstos. La mayoría de quienes sugerimos saberse cuidar es porque sabemos lo hostil que es el mundo, y no por eso estamos diciendo "aprende a defenderte y dejemos las cosas igual de mal de lo que están". Para nada, y muchos hacemos nuestra parte en buscar que se escuchen las demandas de un cambio real en materia de orden público y justicia, pero es más fácil enseñarte a ti las medidas de precaución que el cambiar a algo inherentemente malo de su naturaleza en sí. Aplica para todo, y aquí un ejemplo: si te digo que mires a ambos lados si vas a cruzar la calle y no vayas distraído con nada, no por eso estoy diciendo que te merezcas que te atropellen, o que esté automáticamente diciendo que hay que exonerar al 100% a aquel automovilista que, por tal o cual razón, lo haya hecho. El mundo tiene muchas cosas inherentemente malas, como dije, y mientras se está en la lucha de cambiarlas (la cual tomará décadas), lo mejor que puedes hacer por ti y por los tuyos es enseñarse todos en defensa personal, estrategias de prevención del delito, lo básico en primeros auxilios, conocer qué instituciones atienden qué tipo de emergencias y cómo contactarlas, obtener la suficiente estabilidad para que situaciones tensionantes no te quiebren ni paralicen y sepas actuar. ¿Lo anterior suena a mucho, o exagerado? No lo es. Y menos en el mundo a como está hoy.

Un saludo. Hasta pronto.

Maik Civeira dijo...

Gracias, por sus comentarios.

Y sí, Alex, es muy fácil confundir algo que bien puede ser un consejo sensato con culpabilizar a la víctima, incluso cuando no haya tal intención. Saludos.

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