La amenaza de Andrómeda



Existen unas cuantas especies de primates en el mundo. De ellas, sólo cuatro especies de grandes simios. Una sola especie humana. En cambio, existen millones de especies de bacterias. De ellas, el tres por cierto son capaces de enfermarnos.

En la Tierra, los organismos más simples son muchísimo más abundantes que los complejos. Hay siete mil millones de seres humanos en el mundo. En un frasco grande puede haber diez veces o cien veces esa cantidad de bacterias. No sería sensato pensar que fuera de nuestro planeta sería diferente. Tenemos que hacernos a la idea de que quizá el primer contacto que tengamos con una forma de vida extraterrestre probablemente será un microorganismo. Y quizá sea infeccioso.

De ahí parte la premisa de La amenaza de Andrómeda, publicada en 1969, una de las primeras novelas del célebre autor estadounidense Michael Crichton (1942-2008), creador también de Jurassic Park y Westworld.

I
LA NOVELA



El argumento es éste: un satélite estadounidense sufre un percance y cae a la Tierra, en las cercanías de un pueblecillo de Arizona. Cuando un par de agentes militares llegan a la localidad para recuperar la cápsula, encuentran que todos los habitantes del pueblo han muerto.

Sospechando que esto parece ser obra de un microorganismo patógeno de origen extraterrestre, los militares ponen en marcha el proyecto Wildfire, una vasta empresa diseñada precisamente para esta eventualidad. Afortunadamente, un científico inglés había presentado, algunos años antes, una hipótesis bastante convincente sobre las probabilidades de tener contacto con un agente infeccioso alienígena, y el gobierno había decidido en invertir en un plan para enfrentar dicha contingencia. Así, un súper equipo de científicos, en unas instalaciones futuristas bajo tierra, tendrán que correr contra el reloj para comprender en qué consiste el microorganismo designado Andrómeda, y cómo se le puede combatir, antes de que sea demasiado tarde…



Lo primero que tienen que saber de este libro es que es una obra de ciencia ficción pura y dura.  Muchas de las más interesantes historias sobre epidemias tratan de los efectos de la enfermedad en el tejido social y la experiencia humana. Pero La amenaza de Andrómeda se centra exclusivamente en el trabajo de los científicos que buscan una solución. Si quieren leerla, deberán prepararse para largas discusiones de temas científicos, descripciones detalladas de la tecnología y las instalaciones, explicaciones del funcionamiento de aparatos de laboratorio, exploración de hipótesis extravagantes pero verosímiles… En lo personal, encuentro todo ello sumamente fascinante, pero creo que no es un libro para todos los gustos.

Cuando leí Jurassic Park, en mi tierna adolescencia, sentí un parecido muy fuerte entre Crichton y otro autor que me encantaba: Julio Verne. Ambos estaban preocupados por cuestiones científicas, sobre las que les gustaba discutir largamente, aprovechando para educar al público al mismo tiempo que lo entretenía. La amenaza de Andrómeda me recordó esa misma sensación.



Es cierto que la novela no tiene personajes muy bien dibujados; de hecho, me sucedió que tres de los cuatro científicos estrella me eran por completo intercambiables. Los doctores Stone, Burton y Leavitt son apenas distinguibles entre sí. El único que se destaca es el doctor Mark Hall, y eso es porque, siendo el personaje para el cual el proyecto Wildfire es algo nuevo, casi siempre lo conocemos desde su perspectiva.

No hay mucho drama humano tampoco. La verdadera protagonista de la novela es la ciencia misma. Eso puede resultar aburrido para algunos lectores, pero para los ultra-ñoños, como su seguro servidor, es absolutamente fascinante. La narración no está exenta de suspenso y de la intriga que genera lo desconocido y potencialmente cognoscible; es la emoción del reto intelectual de los acertijos científicos. Para mí, eso también hace buena literatura, aunque no sea lo que suelen apreciar más los académicos y críticos profesionales.

Una de las lecciones más importantes que podemos extraer de la novela es que, si queremos sobrevivir a las amenazas que el cosmos tiene para nosotros, necesitamos ciencia. Y no sólo a científicos preparados que hagan su trabajo, sino a gobiernos que los escuchen y apoyen. Sin embargo, no crean que la novela es una alabanza acrítica de la ciencia. Después de todo, éste es Michael Crichton, quien una y otra vez nos advertiría de los peligros de “jugar a ser dioses”. Uno de los temas más importantes de Jurassic Park, como recordarán, es la imposibilidad de tener el control absoluto sobre la vida y la naturaleza. El caos se cuela por las rendijas.



Los seres humanos somos falibles, nos fatigamos, nos debilitamos, protegemos nuestros egos por encima de buscar la verdad. Nuestras empresas más ambiciosas llevan la marca de esa misma falibilidad. En el quehacer científico la casualidad, la buena y la mala fortuna, juegan también un papel importante. En los momentos críticos, el frío intelecto científico no puede por sí solo, y son los impulsos más visceralmente humanos los que nos pueden salvar.

El doctor Mark Hall, un médico cirujano, es menospreciado por sus colegas por no ser “verdaderamente un científico” (no es investigador), pero es él quien está más en contacto con otros seres humanos. Se preocupa por sus pacientes, y los trata de forma personal, cuando los otros científicos los ven apenas como objetos de investigación. Él es capaz de mirar más allá de los rígidos esquemas del proyecto Wildifre, e imaginar soluciones nuevas. Él es quien resuelve el acertijo final y toma las decisiones heroicas que salvan la situación.



Crichton es un escritor que gusta de señalar la dualidad del ser humano: su gran capacidad creativa y destructiva, su poder para emular a los dioses y su absoluta vulnerabilidad ante los poderes de la naturaleza y el universo, la necesidad de reconocer nuestro gran potencial y de aceptar humildemente nuestras limitaciones. En ese sentido, éste fue uno de mis pasajes favoritos:

 

Como muchos hombres inteligentes, Stone adoptaba una actitud más bien recelosa con respecto a su propio cerebro, al que miraba como a una máquina precisa y hábil, pero caprichosa. Nunca se sorprendía cuando la máquina dejaba de realizar el trabajo encomendado, aunque temía y aborrecía tales momentos. En sus horas negras, Stone dudaba de la utilidad de todo pensamiento, de toda inteligencia. Había ocasiones en que envidiaba a las ratas de laboratorio que utilizaba para sus experimentos, por lo sencillo que tenían el cerebro. En verdad, no poseían la inteligencia de destruirse a sí mismas; esto era peculiar y exclusivo del ser humano.

 

Alegaba a menudo que la inteligencia humana daba más disgustos de los que valía. Era más destructora que creadora, más desorientadora que reveladora, más descorazonadora que satisfactoria, más odiosa que caritativa.

 

Había ocasiones en que veía al hombre, con su cerebro gigante, como equivalente al dinosaurio. Cualquier colegial sabía que los dinosaurios habían crecido en exceso, más de lo que les convenía, se habían vuelto demasiado voluminosos y pesados para ser viables. A nadie se le había ocurrido pensar aún si el cerebro humano, la estructura más compleja de todo el universo conocido y que planteaba exigencias fantásticas al organismo en materia de alimento y sangre, no sería una cosa análoga. Acaso el cerebro humano se hubiera convertido en una especie de dinosaurio para el hombre, y quizá al final resultaría el factor que provocaría su derrumbamiento.




 

El cerebro consumía ya una cuarta parte de todo el suministro de sangre que disponía el cuerpo. Una cuarta parte de la sangre bombeada por el corazón subía al cerebro, órgano que sólo representaba una pequeña parte de la masa total del cuerpo. Si los cerebros crecían todavía más y trabajan mejor aún, entonces quizá consumieran más…, acaso llegaran a consumir tanto que, lo mismo que una infección, desbordaran a sus anfitriones y mataran los cuerpos que los transportaban.

 

O quizá, en su infinita sabiduría, encontrarían la manera de destruirse a sí mismos, y también unos a otros. Había ocasiones en que, cuando tomaba parte en las reuniones del departamento de Estado o del de Defensa y miraba entorno de la mesa, no veía más que una docena de cerebros grises, llenos de circunvoluciones sentados en círculo. Allí no había carne, ni sangre, ni manos, ni ojos, ni dedos. No había bocas, ni órganos sexuales…, todo lo cual parecía superfluo.

 

Sólo cerebros. Sentados alrededor de la mesa, probando de decididr la manera de aventajar en agudeza y penetración a otros cerebros, reunidos alrededor de otras mesas de conferencia.

 

Una idiotez.




 

Stone sacudió la cabeza, diciéndose que se iba volviendo como Leavitt, el que siempre estaba conjurando combinaciones alocadas, improbables.

 

Y, sin embargo, las ideas de Stone estaban dotadas de una especie de secuencia lógica. Si uno temía y odiaba de veras a su propio cerebro habría de intentar destruirlo. Había de querer destruir el suyo propio, y también el de los demás.

 

-Estoy cansado -dijo en voz alta, y levantó la vista hacia el reloj de pared. Eran las 23.40…, casi la hora de la conferencia de medianoche.


II
LA PELÍCULA


Robert Wise (1914-2005) fue un cineasta que nos dejó una filmografía muy peculiar. Sus éxitos más famosos son los musicales que le ganaron el Oscar, Amor sin barreras y La novicia rebelde. Además, fue el editor de Ciudadano Kane. Los geeks lo apreciamos más por sus clásicos de culto, películas de terror y ciencia ficción como El día en que la Tierra se detuvo y La maldición; por si fuera poco, unos años después sería el director del primer largometraje de Star Trek.

A unos años de haberse consagrado como ganador de premios fufurufos, Wise estaba buscando regresar al terreno de la ciencia ficción, y como la novela de Crichton se había convertido en un gran éxito, y atraído la atención de Hollywood, vio en ella la oportunidad que estaba buscando.

¿Qué podemos decir de esta película estrenada en 1971? Es sumamente fiel al libro, salvo algunos cambios, la mayoría de ellos insignificantes. ¿Eso es bueno o es malo? Pues miren, si el contenido científico y especulativo de la novela les es suficientemente interesante, la película lo será. Pero lo cierto es que ese tipo de materiales no suelen traducirse bien a un medio audiovisual, donde prima la acción y la imagen por encima de la información y el diálogo. ¿Qué tiene Wise para el cinéfilo exigente?

Precisamente lo mejor de la película: es una experiencia estética audiovisual impresionante. Si el guion de Nelson Gidding puede parecer un poquitín árido, centrado sobre todo en la conversación, Wise lo compensa con una realización artística muy ambiciosa. Desde la composición de cuadro hasta el diseño de producción, desde el montaje hasta la banda sonora, desde la cinefotografía hasta la secuencia de títulos iniciales, la película se puede apreciar como una pieza de arte avant-garde, incluso psicodélico. El resultado es un alucine, un viaje ácido, como si te transportara a otro mundo, y así como a veces puede ser hermoso, en ocasiones se pone en verdad angustiante. Los efectos especiales se sostienen a la perfección, aún a la luz de los avances recientes.



Un par de años antes, Stanley Kubrick había revolucionado al cine de ciencia ficción con 2001: Odisea del espacio, marcando con ello un estándar muy alto contra el que se mediría todo el género durante la década de los 70, y dando inicio a una de las épocas más prolíficas para esta clase de obras. La amenaza de Andrómeda forma parte de esta buena racha.

El cambio más notorio hecho del libro a su adaptación se da con el personaje del Dr. Leavitt, que en la película es una mujer. En la novela no hay más personajes femeninos que enfermeras y operadoras, que ni siquiera tienen nombre propio. En las cintas de ciencia ficción normalmente se incluía a un personaje femenino sólo como eye candy, taco de ojo; una joven y atractiva doctora con bata de laboratorio entallada y rostro perfecto bajo unos antojos de pasta. Vamos, hasta nuestros días ésa sigue siendo la costumbre. Nelson Gidding, el guionista, propuso romper con el estereotipo, y en cambio nos dejó a Ruth Leavitt, una mujer de mediana edad (interpretada por Keith Reid), científica competente, de carácter duro. Robert Wise dijo que era su personaje favorito, y ciertamente es el más divertido, con su actitud ácida y cascarrabias.

Tanto en el libro como en la cinta, Leavitt oculta su epilepsia, y eso se convierte en un problema en un momento crucial. Pero hay una diferencia importante en cómo se juzga esto. En la novela, el Dr. Hall llama a Peter Leavitt “bastardo” y considera su actuar una irresponsabilidad imperdonable; en la película, Hall (interpretado por James Olson) es comprensivo, y sabe que si Ruth Leavitt tuvo que fingir se debe a un “prejuicio absurdo” que le habría impedido trabajar en los grandes laboratorios, con todo y ser una científica de primer nivel.



Otros añadidos discretos, pero importantes, tienen que ver con cierta postura antiautoritaria. En la cinta, los científicos son muy vocales en su indignación cuando se enteran de que el gobierno pretende usar sus investigaciones como parte de la estrategia bacteriológica de la Guerra Fría; en la novela, simplemente lo asumen con naturalidad. Me da gusto que los realizadores de la peli hayan elegido subrayar que, de hecho, es indignante.

En la película, el doctor Dutton (interpretado por David Wayne), mira las instalaciones del Wildfire y se permite un instante de reflexión: “Mire el mundo que hemos construido. No me extraña que los chicos hayan decidido renunciar a él.” El personaje se refiere a los movimientos contraculturales y antisistémicos de aquellos años: el movimiento por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam, los hippies y sus comunas… Era una época en la que la generación más joven se estaba rebelando, decepcionada del mundo consumista, represivo y belicosos que sus mayores habían creado. Eso me resonó mucho ahora, que vemos a los Millennials y Centennials denunciando el orden social que les han legado las generaciones anteriores, uno de crisis económica, desigualdad social y deterioro ambiental. Lo irónico es que aquellos que se rebelaron en los 60 y 70 son los Boomers, contra quienes las actuales generaciones alzan el puño.



No todo es tan progre; de forma inexplicable, Gidding introdujo una situación en la que un paciente, un viejo borracho y sucio, acosa y manosea a una joven enfermera, a la cual le parece bien chistoso. Entiendo que las personas de esa época (¡y de ésta!) verían estas conductas como picardía inofensiva, pero no deja de causarme cierto escozor.


III
LA REALIDAD



En La guerra de los mundos, H.G. Wells había imaginado que los microbios terrestres serían letales para los alienígenas. Crichton especula la situación inversa, ¿qué pasaría si un patógeno extraterrestre fuera capaz de matarnos? ¿Y si el encuentro con aquél no fuera coincidencia? ¿Y si fuera un mensajero enviado a propósito y las cosas hubieran salido mal? Los cristales son estructuras inorgánicas que crecen, lo cual es un fenómeno fantástico. ¿Podría haber organismos vivos, capaces de reproducirse y formar colonias, cuya química fuera como la de los cristales? ¿Cómo se comportaría un organismo vivo no basado en el ADN ni las proteínas, sino en estructuras de así?

Todo esto puede parecer especulación, divertimentos para mentes curiosas. Y, sin embargo, quizá lo más ficticio entre tanta posibilidad científica es lo siguiente: que el gobierno de los Estados Unidos escucharía a sus científicos, que consideraría que sus hipótesis sobre peligros probables son lo suficientemente pertinentes como para prestarles atención, y preparar un sistema avanzado y costoso en caso de que lo peor sucediera. Y digo que es lo más fantástico de todo esto, porque en la vida real las cosas han sido muy diferentes.

La pandemia que estamos viviendo no era un evento por completo impredecible. Los científicos habían estado alertando al respecto por años, y aunque no era posible predecir qué tipo de enfermedad nos golpearía ni cuándo, sí advertían de la necesidad de preparar los sistemas de salud para una probable crisis. No todos los países escucharon y hoy miles de personas pagan las consecuencias. Gobiernos de todos los colores han demostrado incompetencia e irresponsabilidad, pero los culpables más egregios son los nacionalistas demagógicos de extrema derecha. En su misión de proteger los intereses de las grandes corporaciones, han desatendido a las indicaciones de los científicos y condenado con ello a millares de seres humanos.


Fosa común en Nueva York


En la Italia de Salvini, la clase patronal hizo todo lo posible por impedir el cierre de las fábricas, provocando que los contagios y las muertes se dispararan. El Brasil de Bolsonaro es el país de América Latina peor golpeado por el virus, pero el mandatario no deja de hacer llamados a poner fin al confinamiento. En México, el influyente empresario Ricardo Salinas Pliego ha hecho lo posible por desobedecer las instrucciones del mismo gobierno que lo privilegia.

Antes de esta crisis, el gobierno de Trump recortó fondos y personal del aparato gubernamental encargado de responder a situaciones como ésta. Al principio, se dedicó a negar o minimizar la amenaza del coronavirus, afirmando públicamente una falsedad tras otra. Mientras la pandemia cobraba más y más vidas en los Estados Unidos, el presidente alentaba a sus seguidores en todo el país a desobedecer las instrucciones de gobiernos liberales y romper con la cuarentena. Como las cosas se han salido de control, como la enfermedad no se ha ido solita, ni ha probado ser inofensiva, Trump, mentiroso sin pudor, ha cambiado su discurso para alejar la culpa de su gobierno y redirigirla hacia la OMS y China; así los enemigos pueden ser los organismos de cooperación internacional y los extranjeros de otras razas, lo cual casa de maravilla con su mentalidad nacionalista, xenófoba y racista.

Desde los cristianos fundamentalistas, hasta los neonazis, pasando por los libertarianos, la derecha alrededor del mundo ha impulsado campañas de desinformación, dando forma a una narrativa conspiratoria, pseudocientífica y fanática, que ha entorpecido los esfuerzos de comunicación por parte de instituciones científicas y la aplicación de las medidas necesarias para contener la pandemia. Según dicha narrativa, lo que hay que hacer es seguir trabajando y seguir consumiendo; es decir, seguir enriqueciendo a los dueños del capital, los únicos que al final se benefician de esto. Todo lo demás, según ellos, es “comunismo”, hasta la OMS es comunista, y los científicos son comunistas. Oponerse a ellos es patriótico, es luchar por la libertad.


Manifestantes de extrema derecha


Lo cierto es que, si alguna vez hubo distinciones claras entre las corrientes, las narrativas y discursos de las diferentes derechas se han ido homologando en los últimos años, y siempre hacia formas cada vez más extremas y delirantes. Esto tiene sentido en cuanto recordamos que el móvil de todas las ideologías de derechas es mantener en el poder la élite. Las medidas necesarias para contener la pandemia y salvar vidas afectarían el lucro de la clase empresarial más rica, y por ello es ésta la que más interés tiene en que se difundan narrativas negacionistas.

Como en La amenaza de Andrómeda, los científicos bien pueden prever múltiples escenarios y concebir las medidas necesarias para prepararnos para lo peor, incluso dejando el margen para lo absolutamente impredecible. Pero para que ello funcione, es necesario tener gobiernos que escuchen a los científicos y que trabajen por el bienestar de su ciudadanía. En nuestro mundo, los demagogos de la derecha han demostrado ser taimados hombres de espectáculo que halagan la ignorancia y exaltan el fanatismo de sus tontos útiles, mientras con sus políticas y acciones favorecen a una reducida élite.

Irónicamente, Michael Crichton era un negacionista del cambio climático, otro asunto del que los científicos nos han estado advirtiendo por décadas. Nos han explicado los desastres inminentes y el peligro existencial que representa para nuestras sociedades y nuestra especie. Nos han dicho qué es lo que tendríamos que hacer para mitigar (ya no estamos a tiempo de evitar) la catástrofe. Al igual que con la pandemia, las medidas necesarias para contrarrestar este peligro afectan los intereses de las élites capitalistas. El caso de la pandemia nos ha permitido ver en tiempo acelerado cómo podemos esperar que se comporte el statu quo en los años por venir con respecto al cambio climático: negar o minimizar el problema, rechazar las acciones necesarias para enfrentarlo, priorizar los intereses de la élite económica aunque a todos los demás nos lleve el demonio, y por último, culpar a alguien más.


Preparando las fosas en Brasil


De hecho, mientras minimizar el problema se vuelve menos y menos plausible para la derecha, el discurso negacionista poco a poco va dando paso a uno todavía más extremo: el abiertamente fascista. De “esto no es un problema”, se pasa a “dejen morir a los débiles”. Y eso es algo que se ha estado viendo tanto en el caso de la Covid-19 como en el del cambio climático.

Siento una profunda desolación cuando pienso en lo optimista que fue Crichton en su libro: sus científicos tenían los oídos del gobierno y todo el apoyo para actuar. En nuestro mundo no es así. Ante lo que se nos viene, la amenaza de Andrómeda parece poca cosa.


En Diarios de la Pandemia, estoy reseñando obras clásicas de literatura y cine sobre epidemias, y tomándolas como punto de partida para reflexionar sobre los sucesos que vivimos hoy. Otras entregas de esta serie incluyen:


Comentarios

Mario dijo…
Muy buena novela y muy buena tu reseña. Si te gusta la CF dura, te recomiendo mucho (MUCHO) "El problema de los tres cuerpos". Si te animas a leerlo, NO revises reseñas ni nada sobre la trama. Lo vas a disfrutar como un niño a un bubulubu.
Maik Civeira dijo…
Gracias, Mario. No es la primera vez que me lo recomiendan, así que ya va siendo hora de que lo lea.
Mario dijo…
Por cierto, ¿qué edición leíste? Con tu post me dieron ganas de releer la novela. La edición que tengo es la de Bruguera y me chirrió un poco la traducción. Se nota que no tuvieron asesoría de alguien con conocimientos elementales de ciencia. Cada vez que leía "periódico científico" sentía que alguien estaba rasguñando un pizarrón.
Maik Civeira dijo…
Chispas, pues yo también leí la de Bruguera, jajaja. Y pos sí, bien españolote todo, y de los 70, además.

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