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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

domingo, 17 de mayo de 2020

La Máscara de la Muerte Roja



La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su avatar: el rojo y el horror de la sangre.


Con estas líneas inicia uno de los mejores y más aterradores relatos del maestro Edgar Allan Poe, un ejemplo perfecto de literatura gótica, cuya imaginería poderosa sigue estimulando nuestras pesadillas. Si no lo han leído, tómense un momento para hacerlo.


La máscara de la Muerte Roja trata de una terrible pestilencia que arrasa una región anónima de Europa en un tiempo indeterminado; un enfermedad terrible y virulenta que mata con rapidez y sufrimiento. En medio de la epidemia, un aristócrata, el príncipe Próspero, se acuartela en una gran abadía junto con otros miembros de la nobleza. Bien abastecidos y aislados del mundo, Próspero y sus amigos se entregan a la voluptuosidad y la molicie, celebrando bailes y orgías. Una noche, durante un baile de máscaras, un extraño visitante se aparece ataviado como la Muerte Roja misma. Próspero, indignado por la broma tan blasfema, se apresura a encarar al desconocido, sólo para encontrar, instantes después, su propio final…


La máscara de la Muerte Roja es un relato perfecto, si los hay. No le sobra ni le falta nada; su extensión está pensada para lograr justo el efecto que pretende, algo que a Poe le importaba hasta la obsesión perfeccionista. En pocas páginas establece un escenario sombrío, construye una atmósfera fantasmagórica y golpea al lector con un clímax chocante y un desenlace funesto.


Poe no favorecía interpretaciones alegóricas de su obra, y despreciaba las intenciones didácticas en la literatura. Sin embargo, es difícil obviar un mensaje tan claro en este relato: la muerte nos alcanza a todos, incluso a los ricos y los poderosos, y las frívolas distracciones, en las que solemos sumergirnos para olvidarnos de ella, no nos salvarán. Hay también algo de justicia poética en el destino de Próspero, y es inevitable sentir que recibe el castigo de su arrogancia y prepotencia.


De lo más memorable de la narración es el laberíntico complejo de salones coloridos en los que transcurre la mascarada:


A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.



El paso inexorable del tiempo, que todo lo consume, está representado en el extraño reloj de péndulo y el perturbador sonido que emite cada hora. Éste interrumpe el baile y estremece a los asistentes y a los músicos por igual. ¿Será, acaso, el recordatorio de que el tiempo también pasa para ellos? ¿De que, hagan lo que hagan, no pueden escapar de él? El salón negro y el reloj son como señales funestas que hacen que la alegre fiesta de Próspero tenga una nota de horror ya antes de la irrupción de la Muerte Roja, como si de alguna forma hubiera estado ahí desde siempre.


Poe no era ajeno al tema de la enfermedad y la muerte. La tuberculosis le había arrebatado a su madre biológica, a su madre adoptiva y a su hermano mayor. Su amada esposa Virginia sufría el lento desgaste de la enfermedad cuando Poe escribió el cuento; ella moriría poco después. El mismo Poe había vivido la gran epidemia de cólera de 1831, en Baltimore.


La muerte y su inevitabilidad es una constante en la obra de este padre de todos los amantes de lo siniestro. Parece que le obsesiona, le indigna y horroriza la idea de que el ser humano, cuya vida puede estar llena de grandes pasiones, alegrías, sufrimientos, genialidad y conquistas, al final siempre termine anulada por la tumba, donde a pesar de nuestra asumida grandeza, los humildes gusanos que nos devoran triunfan sobre nosotros. Ya nos lo dice en su célebre poema: Que la obra es una tragedia, “Hombre”, y su héroe, el Gusano Conquistador.



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Hay una adaptación fílmica de este cuento clásico que un fan de Poe y el gótico no se puede perder: la de 1964, dirigida por Roger Corman y protagonizada por Vincent Price. El dúo había hecho mancuerna en la producción de una serie de cintas libremente inspiradas en la obra de Poe, justo cuando el cine experimentaba un renacimiento del subgénero gótico gracias a la buena racha de Hammer Films.


Roger Corman (n. 1926), es conocido como el “Rey de la Serie B”, y como el “Cineasta más rápido del Oeste”; toda su vida se especializó en hacer películas de bajo presupuesto, en especial de horror y ciencia ficción, que resultaban muy redituables. También era famoso por tener listas producciones en un tiempo muy breve; su promedio era de dos semanas por cinta, y su récord fue de tres días para la versión original de La tiendita del horror, en 1960.



A lo largo de su carrera, Corman produjo y dirigió muchos clásicos de culto, apreciados por frikis en todo el mundo. También fue el mentor de varios actores y directores que después tendrían brillantes carreras, incluyendo a Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, James Cameron, Jack Nicholson, Ron Howard, Peter Fonda, Dennis Hopper, Sylvester Stallone y William Shatner, a todos los cuales dio sus primeros trabajos en la industria.


Lo cierto es que, entre las películas de Corman, la mayoría son precisamente placeres culpables de serie B. Las de su serie de Poe son lo suficientemente buenas e interesantes por sí mismas para disfrutarse sin ironía en un maratón de Halloween, por ejemplo. Pero La máscara de la Muerte Roja es mucho más que eso. Se trata de su película más ambiciosa, tanto artísticamente como en cuestiones de presupuesto y trabajo. Con decirles que el director dedicó a su realización cinco semanas completas, más del doble de lo que solía.



El gran Vincent Price (1911-1993), es uno de los actores más legendarios en el cine de terror, y uno de los ídolos de siempre de este blog. Fue uno de los histriones más prolíficos de la historia, pues estuvo en más de 100 películas, muchas de ellas clásicos de culto. Alguna vez un crítico dijo de él que, si se hubiera dedicado a hacer Shakespeare, sería recordado como uno de los más grandes intérpretes. Por si fuera poco, también era un cocinero gourmet y un defensor de los derechos LGBT; su hija Victoria era abiertamente lesbiana, y él mismo era bisexual, aunque nunca lo admitió públicamente.


En esta versión interpreta de forma magnífica a un príncipe Próspero aún más perverso que el del cuento. Este Próspero no sólo es un noble abusivo y presuntuoso, sino un verdadero villano que literalmente adora a Satanás como parte de un culto. Tan sólo al principio de la cinta, Próspero rapta a una joven campesina, encarcela a su padre y su prometido, y manda a quemar su aldea para prevenir la propagación de la Muerte Roja. Acto seguido, comienza a acumular recursos (arrebatados al pueblo, claro está) e invitar a los otros nobles satanistas para resguardarse en su castillo. Con sus exquisitos manierismos y el ritmo perfecto con el que entrega cada línea, la actuación de Price es una delicia, y se ve que el actor se divirtió mucho haciendo el papel.


“A veces siento que personifico el inconsciente oscuro de la raza humana entera. Sé que suena enfermizo, pero me encanta”.



Todo el reparto es bastante bueno, pero quien casi se roba la película es John Westbrook (1922-1989), como la Muerte Roja misma. Aparece por primera vez como una figura amortajada en escarlata, jugando con una baraja de Tarot. La voz profunda y meliflua de Westbrook, y su actitud sosegada, dan a su personaje ecos de la Muerte de El Séptimo Sello de Ingmar Bergman, aunque el mismo Corman asegura que hizo de todo por evitar que pareciera una copia. El caso es que la interpretación y el personaje son memorables, y la cinta lo construye lentamente hasta su climática irrupción en la mascarada de Próspero. Para hacerlo más siniestro, Corman omitió la identidad del actor en los créditos de la cinta.


El resultado de unir todos estos elementos es sorprendentemente bueno, una película que en lo visual se debate entre lo kitsch y lo fascinante, lo legítimamente estético. El diseño de arte, muy gótico y muy estilizado, no revela lo poco costoso que fue. Ciertas secuencias son poderosamente surrealistas, y a la vez inquietantes, como un trance onírico en el que se suceden escenas de sacrificios humanos a través del tiempo, o el recorrido por las salas de colores que el cuento de Poe ya había descrito.


A mi gusto, el momento mejor logrado es precisamente el clímax, cuando la Muerte Roja llega al castillo de Próspero a mitad del baile de máscaras. A diferencia del cuento, aquí los invitados de Próspero son los primeros en sucumbir a la enfermedad; pero en vez de simplemente caer muertos, inician una Danza Macabra, con coreografía y música que parecen sacados de un trance ritual o una pieza conceptual vanguardista, y se cierran sobre un Próspero enloquecido que intenta huir por los salones. El epílogo es un poco cursi, pero ese clímax es tan poderoso que hace que todo valga la pena.



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Mencioné la Danza Macabra; éste era un tema frecuente en la Europa medieval, por ahí del siglo XIV, posterior al azote de la Peste Negra. Los difuntos bailaban junto con la Muerte misma en representaciones pictóricas y teatrales. Avatares de todos los miembros de la sociedad medieval, desde los labradores y artesanos, hasta los papas y emperadores, se levantabas de la tumba para sacudir el esqueleto (literalmente) junto a la Parca, y recordar a los hombres que la muerte es un destino universal, y que ni el poder ni las riquezas nos salvan de ella. Estas obras artísticas medievales fueron la inspiración de la composición musical de Camille Saint-Saënz, titulada precisamente Danza macabra (1874) así como La danza de los muertos (1938) de Arthur Honegger.


Un proverbio latino decía memento mori, “recuerda que morirás”, que todas las frivolidades de esta vida son pasajeras, y que nadie se lleva sus riquezas ni sus glorias al más allá. En el Renacimiento y Barroco floreció un género de obras pictóricas llamadas vanitas, “vanidades”. Eran bodegones y naturalezas muertas en las que colecciones de objetos lujosos aparecían junto a calaveras y otros símbolos de la muerte. A menudo la leyenda memento mori se incluía en la pintura.



Pero, ¿realmente la muerte nos iguala? Puede ser que una vez muertos, el rico sea igual al pobre; ambos han perdido lo poco o mucho que hubieran podido poseer en vida. Es cierto también que la muerte es el destino inevitable de todo ser humano. Sin embargo, en un mundo tan obscenamente desigual como el nuestro, ése me parece un flaco consuelo. Y es que, si en la Edad Media el señor era casi tan vulnerable a la Peste Negra como el siervo, las cosas han cambiado mucho en el mundo de hoy.


La ciencia médica ha avanzado de forma maravillosa, y aun así cientos de miles de personas mueren alrededor del mundo por no tener los recursos suficientes para pagar un tratamiento que podría salvarles la vida. El cáncer es una enfermedad de la que es posible recuperarse, pero requiere de tratamientos largos y costosos. Incluso en uno de los desafortunados casos en los que la recuperación sea imposible, es diferente para un rico que para un pobre; el rico puede prolongar su vida de forma más cómoda y segura, y al morir no dejará una onerosa deuda que ponga a sus familiares en la bancarrota.


En la pandemia de Covid-19 que estamos viviendo esto ha quedado muy claro, y no es sólo que tantas personas tengan la necesidad de salir de sus casas y exponerse al contagio para ganar el sustento diario que sus familias necesitan. No es sólo que los más ricos tengan la oportunidad de protegerse mejor en la pandemia, sino que de hecho están dispuestos a arriesgar a los demás con tal de mantener sus vastas fortunas y estilos de vida intactos.



Durante la pandemia hemos escuchado historias modernos príncipes Próspero que se han aislado en sus yates de lujo, cuando la flota de yates de los ultrarricos es uno de los mayores culpables del cambio climático. Algunos millonarios han preguntado a los médicos si es posible conseguir la vacuna contra el coronavirus antes que el público, a cambio de buen dinero. Corporaciones que distribuyen respiradores están haciendo su agosto en Estados Unidos, ofreciéndolos al mejor postor, forzando a los gobiernos estatales a competir entre sí para mantener vivos a sus ciudadanos. Algunos millonarios se dedicaron a acaparar suministros de fármacos como la hidroxicloroquina, sólo porque corrió el rumor de que podía servir como profiláctico contra la Covid-19. No es así, y mientras tanto provocaron una escasez del medicamento para los pacientes que sí lo necesitan.


Elon Musk ha amenazado a sus empleados con retirarles el sueldo, a menos que vuelvan a trabajar en su planta de autos Tesla, incluso si para ello tienen que violar la orden de cuarentena del gobierno de California. Jeff Bezos ha incrementado su fortuna en estos meses de pandemia, mientras sus empleados (cuya cruel explotación ha sido documentada) siguen exponiendo su salud para hacer llegar los pedidos de Amazon; aun así, la compañía ha decidido retirarles el aumento temporal de dos dólares la hora por condiciones de riesgo. Una y otra vez, los millonarios han expresado que lo que más les preocupa es cómo la cuarentena (diseñada para reducir el número de muertes) está afectando sus negocios.



Los científicos alertan que epidemias como ésta son producto del deterioro de los ecosistemas, que nos ponen en contacto con patógenos para los que no tenemos defensa. Si queremos evitar más epidemias en el futuro, tenemos que detener esto ya. Sin embargo, ni siquiera durante la pandemia, las actividades extractivistas más destructivas se han detenido: tu ciudad parece más limpia con menos autos circulando, pero la minería y la desforestación no se han tomado ni un día de cuarentena.


En México, como si fueran señores feudales o hacendados porfiristas, los ricos mantienen a sus empleadas domésticas encerradas durante la cuarentena, para que puedan seguir limpiando la casa del patrón (aquí y aquí), cuando ellas deberían poder estar en sus propias casas, seguras, recibiendo su salario íntegro.


Quedan claras dos cosas; que son los trabajadores quienes, yendo a laborar todos los días, mantienen la economía funcionando; y que los ricos no están dispuestos a perder un centavo, o siquiera renunciar a su comodidad, para salvar tu vida. Este actuar bien puede no ser representativo de todos los millonarios. Algunos de ellos incluso han donado apreciables cantidades de dinero en la lucha contra el coronavirus. Eso, sin embargo, no hace desaparecer el problema principal: la desigualdad socioeconómica hace que la crisis sea mucho peor.



Economistas como Paul Krugman, Joseph Siglitz y Thomas Piketty llevan años advirtiendo que un sistema tan desigual es insostenible. El último incluso ha llamado a un impuesto de hasta el 90% a las fortunas de los billonarios más ricos (fortunas que ni siquiera deberían existir). Con la crisis del Covid-19, son cada vez más los expertos que llaman a gravar las grandes fortunas, lo que permitiría aliviar los estragos causados por la pandemia (pueden leer argumentos a favor aquí, aquí, aquí, aquí y aquí). Incluso quien crea que las fortunas de los ricos son producto de su mérito personal (y los hechos demuestran que no es así), tiene que reconocer que la tremenda desigualdad crea unas condiciones críticas que no pueden sostenerse por mucho tiempo, y la actual pandemia lo ha demostrado. Ahora tenemos una disyuntiva ante nosotros: podemos crear un mundo mejor a partir de esta crisis, o podemos seguir por el mismo camino y dejarnos arrastrar por la distopía.


Desde 2017 una serie de artículos en diferentes medios (aquí, aquíaquí y aquí) han cubierto cómo los billonarios, en especial los de Silicon Valley, han anticipado el colapso de la civilización, ya sea por el cambio climático (lo más probable), disturbios sociales a gran escala o, mire usted nomás, una pandemia global.



Como el príncipe Próspero, tienen preparados búnkers con comida y recursos acumulados, pero se preguntan cómo mantendrían su status en una situación en la que el dinero dejaría de tener valor. Necesitarían guardias armados para impedir que el populacho asalte sus fortalezas, pero ¿qué impediría a los guardias armados tomar ellos mismos los búnkers y los recursos? Los billonarios entonces fantasean con la posibilidad de condicionarles el acceso a agua y alimentos a través de combinaciones que sólo ellos conocieran. Incluso sería posible colocar a los guardias collares que les dieran electrochoques para asegurar su obediencia. Esto no es ciencia ficción; es lo que de hecho esta gente está proponiendo: como mantener sus privilegios, incluso si el resto del mundo se va al demonio.


El statu quo no se dejará morir sin una lucha; nos corresponderá a nosotros evitar que se haga realidad el escenario con el que fantasean estos sujetos. Pero aún si sucede, si estos tipos logran encerrarse en sus búnkers mientras nosotros morimos, en algún momento la muerte también los alcanzará; cuando ya no tengan a nadie a quien explotar y no tengan cómo alimentarse, o cuando el clima sea tan extremo que ni por sus paredes de concreto lo resistan, o cuando no puedan mantener a los virus a raya. En ese momento resonarán las palabras de Poe:


Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

 

En Diarios de la Pandemia, estoy reseñando obras clásicas de literatura y cine sobre epidemias, y tomándolas como punto de partida para reflexionar sobre los sucesos que vivimos hoy. Otras entregas de esta serie incluyen:

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