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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Ciencia ficción mexicana: Los viajeros del fin del mundo



“¿Ciencia ficción mexicana? ¿Existe eso?” Hablar de este subgénero maldito en nuestro país siempre provoca en el lego una risita burlona. ¿De qué tratar? ¿De mariachis en el espacio? ¿De Sor Juana Inés de la Cruz viajando en el tiempo?


Atinadas palabras del prólogo de Los viajeros: 15 años de ciencia ficción mexicana (editorial SM). Miren que no es que yo sepa gran cosa de literatura de ciencia ficción, y no crean que lo digo por falsa modestia, es que auténticamente, mientras más aprendo más me doy cuenta de que estoy en el chapoteadero del tema. Y de la ciencia ficción mexicana no sabía nada de nada antes de leer este libro; ahora por lo menos tengo las bases para poder empezar. De entrada, aprendí que la literatura de CF mexicana es más vasta, rica y de mejor calidad de lo que había imaginado. Bien dicen que un poco de conocimiento te hace consciente de tu vasta ignorancia.


Esta antología estuvo a cargo del escritor, ilustrador y comiquero Bernardo Fernández, alias Bef, quien también nos regaló un muy informativo prólogo. La ciencia ficción ha sido vista casi siempre con el rabillo del ojo por el mundo de las letras, y esto ha sido tanto más notorio en México, donde se espera que nuestra producción literaria sea… otra cosa. Sin embargo, Bef nos recuerda que los antecedentes del género en nuestras tierras se remontan a tiempos de la Colonia, cuando el franciscano Manuel Antonio de Rivas escribió Sizigias y cuadraturas lunares, que le costó una visita de la Inquisición en 1775. A lo largo de la historia, autores del canon mexicano, como Amado Nervo, Juan José Arreola o Carlos Fuentes, han trabajado los tópicos de la ficción especulativa.

 

A criterio de esta antología, la CF mexicana contemporánea inició en 1984 cuando un cuento de Mauricio-José Schwarz (mejor conocido en las redes sociales por su trabajo como divulgador de la ciencia) ganó la primera edición del prestigiado premio Puebla. Su relato distópico, La pequeña guerra, se adelanta más de 20 años a Los Juegos del Hambre. Es este opúsculo el que inicia la colección. Sobre la posibilidad de hacer ciencia ficción en México, el mismo Schwartz había sentenciado de forma muy elocuente: “No somos un país generador de tecnología… pero la padecemos”.

 


Los viajeros reúne en total dieciocho trabajos de algunos de los autores mexicanos que más se han destacado en el género a partir de entonces. No fue la primera antología de su tipo, ni mucho menos. El mismo Bef nos recomienda otras que la precedieron, para subrayar también que la ciencia ficción mexicana tiene abolengo. Por lo mismo, es más bien una muestra representativa de las generaciones de escritores que se desarrollaron entre mediados de los 80 y principios del siglo XXI.

 

Normalmente, cuando reseño antologías de cuentos, me gusta señalar unos cuantos que considero los mejores. Me es muy difícil aquí: todos ellos son muy buenos. Si acaso, habrá un puñado un poco menos buenos que los demás. Si he de mencionar uno, será el que da título a la colección, El viajero, de José Luis Zárate. El relato mezcla influencias de novela negra con viajes en el tiempo, y fue considerado el mejor cuento de CF mexicana de los ochenta.


Los estilos y los temas son muy variados también. No se dejen engañar por la portada: no son historias para niños. En muchos permea esa tendencia que tenemos los mexicanos a escoger entre dos caminos: la farsa y la sordidez. Algunos de ellos son feroces sátiras sociales, mientras otros son distopías aterradoras. Otros más cuentan melancólicas historias personales. Algunos relatos siguen la tradición anglosajona; otros tienen ecos borgianos o cortazarianos; pero todos tienen un sabor inconfundiblemente mexicano.


Para quienes no disfrutamos no sólo leer ciencia ficción, sino además aprender sobre ella, la colección no sólo incluye el prólogo, sino que cada cuento viene precedido de una introducción escrita por Bef, y apostillado por una nota o comentario del autor o autora. Como pilón, viene un epílogo de otro maestro de la literatura especulativa en este país, Alberto Chimal. Me gustaría rescatar algunas palabras suyas sobre el potencial de la CF mexicana, que encuentra su voz cuando se independiza de la imitación de los modelos anglosajones y evita caer en la sátira estereotipada de la nopal fiction:

 

A nosotros nos corresponde lidiar primero con los inconvenientes del progreso. A las nuestras, y no a las sociedades más prósperas, les toca ver el otro lado de la prosperidad, por igual en la desigualdad y en los fracasos; a nosotros, además, nos toca también juzgar con más frialdad, con menos entusiasmo y fanfarrias triunfales, lo que realmente puede hacer la tecnología y lo que verdaderamente implica su uso.

 

Pues bien, Después de la grata sorpresa que resultó Los viajeros, quise completar con otra de la misma editorial y serie:  Así se acaba el mundo. Preparada por Edilberto Aldán, reúne una selección de cuentos de autores mexicanos (y una española que ha publicado en México) que tienen como eje común el fin del mundo. Como recordarán, el mundo se iba a acabar en 2012 por una profecía maya o no sé qué, y al antologador le pareció divertido armar un libro al respecto.

 


El resultado es un volumen intrigante. Varios de los autores de Los viajeros repiten aquí (y Bef vuelve a diseñar la portada), pero tiene la ventaja de contar con una mayor proporción de mujeres. Algunos cuentos son estupendos, otros son más o menos olvidables. El estilo de los mismos varía mucho, entre la farsa y la melancolía, el realismo y la fantasía pura. Ahora sí me permite reseñar algunos de los más notorios.

 

Mi favorito fue, por razones ñoñas, Robots asesinos, de Arturo Vallejo, un relato protagonizado y narrado por una chica emo de la que me enamoré al leer. Ella y un grupo de geeks pasan el fin del mundo viendo un maratón del Doctor Who, emborrachándose y teniendo experimentos sexuales. Es una chulada.

 

Otro que me impactó profundamente fue el titulado Fuego, camina conmigo de Óscar Luviano, en el que un par de sicarios cumplen la última misión encargada por el capo del cártel: el robo de un transbordador espacial. Mientras el mundo acaba, estas bestias continúan su imbécil labor, al tiempo que los árboles crecen de los cuerpos de sus víctimas.

 

De qué silencio vienes de Libia Brenda Castro es un relato muy hermoso y melancólico, de una prosa que por momentos más bien parece poesía. Una anciana investigadora descubre en el trabajo final de su carrera, la traducción de un manuscrito, una respuesta al fin del mundo, quizá no la que esperaba, pero sí la única posible.

 

El relato Final de fiesta de Gabriela Damián Miravete, fue otro de mis predilectos. Cuando la Nada (muy como la de Michael Ende) absorbe el mundo, una joven y su gato parten en busca de la familia. Es un cuento sobre la soledad y la búsqueda de los lazos afectivos que dan sentido a la vida. O eso me pareció.

 

Quedan estas dos antologías como recomendaciones de lectura muy geek y muy mexicana para este septiembre, o para cualquier época del año. Es un buen punto de partida para adentrarse en el mundo de la ficción especulativa hecha en nuestro México mágico. Sé que existen otras dos colecciones, de la misma serie, pero sobre horror sobrenatural mexicano, y eso obviamente me llama mucho la atención. Con chance, platicaremos de ellas para la próxima.

 

Saludos y pues ¡viva México!

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