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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 11 de septiembre de 2020

Cómo hacer fascismo sin ser funado por facho

 


¿Cómo puede una persona promover el fascismo y al mismo tiempo negar que es fascista? No me refiero a los trolls de las redes sociales, que abiertamente presumen símbolos fascistas, niegan el Holocausto, hablan de la superioridad de la raza aria y reivindican a Hitler o a Mussolini. Estoy hablando de vatos (porque suelen ser vatos) que no se identifican como fachos, sino más bien como derechistas de otro tipo, ya sea conservadores tradicionales, libertarios o hasta liberales clásicos, y que sin embargo se la pasan en redes defendiendo posturas fascistas, sin admitir que lo son. Y, aunque estos modelos tienen sus orígenes en la anglósfera, muchísimos latinoamericanos lo han copiado al calque. ¿Cómo es que terminan apoyando cosas como los campos de concentración de Trump, o las milicias de “patriotas” armados que recorren las calles o las teorías conspiratorias sobre George Soros y el “marxismo cultural”? Y si les quedan dudas sobre cómo todo esto está relacionado, presten atención a estas explicaciones sobre qué es el fascismo blanco y sobre si el trumpismo es fascista.

 

He llegado a preguntarme si solamente están haciéndose tontos para tratar de engañarnos o será que de verdad no se han dado cuenta de que están diciendo cosas de fachos. Quizá es un poco de esto, un poco de aquello. Las palabras nazi y fascista están desacreditadas. Muy pocas personas se autodescriben como tales, y tomarían como un insulto burdo que alguien más las llamara así. Lo mismo pasa con símbolos como la esvástica. No de a gratis la extrema derecha se re-etiqueta como alt-right, y los supremacistas blancos como identitarios o nacionalistas.

 

Sin embargo, no todas las posturas del fascismo y el nazismo están igualmente desacreditas. Recuerden que estas ideologías no surgieron de la nada, ni porque de pronto un montón de gente se volviera malvada; emergieron de corrientes de pensamiento preexistentes en la cultura occidental. Racismo, militarismo, antisemitismo, anticomunismo, sexismo, homofobia y nacionalismo ya formaban parte de nuestras sociedades mucho antes de que Hitler y Mussolini hicieran de las suyas, y han seguido por siéndolo casi un siglo después. Después de todo, Francia, Inglaterra y Estados Unidos derrotaron al régimen más violentamente racista de la historia… y luego se fueron a seguir siendo racistas con sus propias minorías y pueblos colonizados.

 

Racismo, homofobia y sexismo son elementos centrales del fascismo, pero no son exclusivos de éste, ni es necesario ser completamente facho para favorecerlos. No toda la derecha es fascista, ni mucho menos. Sin embargo, esas actitudes presentes en mayor o menor grado en los discursos de la derecha. Lo que ha ido cambiando con el tiempo es qué tan aceptado socialmente es mantener esas posturas sin tapujos ni eufemismos. Los movimientos por la justicia social (feminismo, antirracismo, activismo LGTBQ+, etc.) han surgido en diferentes oleadas a lo largo del tiempo para combatir esos sistemas de opresión, y han obtenido avances significativos, pero parciales. En buena medida, el auge de la extrema derecha en el siglo XXI se ha dado como reacción contra los cambios logrados y propuestos por estos movimientos.

 

En los últimos años he notado cómo la línea que divide que a las diferentes derechas se ha ido haciendo cada vez más borrosa, en cuanto a que cada vez comparten más y más posturas propias de la extrema derecha, al mismo tiempo que niegan que dichas posturas sean fachas. En su video How to radicalize a normie, Ian Danskin explica que el camino al extremismo es como un descenso por capas hacia un centro totalitario. Así que, en ciertos niveles intermedios, hay quienes todavía no han adoptado las etiquetas y los símbolos del fascismo, pero sí han aceptado muchos de sus valores, sus narrativas y sus preocupaciones. Claro, no todos descienden a los niveles más bajos, y el camino no es necesariamente una línea recta, sino que un individuo puede saltar y zigzaguear de un nivel a otros.

 


¿Cómo oponerse a la justicia social sin hacer apología abierta del sexismo, el racismo y la homofobia? O, dicho de otra forma, ¿cómo se puede hacer fascismo y a la vez negarlo? Después de pasar días leyendo comentarios de odio y desinformación típicos de discursos fascistas y de repasar la literatura al respecto, he observado ciertos trucos retóricos que sirven para ello. Todo esto ultimadamente contribuye a crear una narrativa que termina favoreciendo, incluso incitando, al fascismo.

 

Uno de ellos, el más común, consiste en negar las opresiones sistémicas. La mayoría de las personas no dirían abiertamente cosas como que unas razas son inferiores a otras, o alegarían que hay que quitarle el derecho al voto a las mujeres. Sin embargo, sí que pueden exclamar con vehemencia que, por ejemplo, el racismo sistémico o el patriarcado no existen. En su concepción, mientras no haya leyes que explícitamente prohíban a las mujeres votar o a los negros ir al mismo cine que los blancos, ni nada por el estilo, no hay opresión sistémica. Racismo, sexismo y homofobia son cosas muy malas, pero a estas alturas son propias sólo de gente culera o ignorante, no de la sociedad en general. Esto no es algo que sostengan sólo los derechistas comprometidos; es lo que mucha gente común y corriente cree.

 

Recuerden que nos cuesta mucho trabajo entender los problemas sistémicos y tendemos a pensar en términos de moral personal. Nadie quiere pensar en sí como una mala persona. Si le decimos a alguien se le dice que existen sistemas de opresión que les favorecen mientras perjudican a otros, quizá entienda que se le está acusando de personalmente hacerle daño a esas personas; o sea, de ser malo.

 

Estas mismas personas cuentan con racionalizaciones y justificaciones para explicar las evidentes desigualdades existentes, sin necesidad de reconocer las opresiones sistémicas. Claro que las mujeres deberían poder llegar a ser jefas si quieren y pueden, pero sucede que naturalmente no se inclinan por el liderazgo, así que la desigualdad resultante es producto de algo natural, mientras que intervenir de alguna manera para reducirla sería artificial y contrario a las libertades individuales. Claro que estaría mal si la policía matase a una persona sólo por su raza, pero las estadísticas nos dicen que los negros son de hecho más propensos al crimen, así que si los polis matan a uno, lo más probable es que fuera un criminal, y que ése no fuera un caso de racismo, sino de justicia; pedir trato especial para criminales sólo por ser negros iría en contra de la justicia.

 

Y esto, aseguran, no es sexismo ni racismo, son hechos. Por supuesto, no topan que el punto es que creer que esos son hechos es sexista y racista, porque son falsedades o, cuando mucho, verdades a medias. La forma en la que la derecha ha hecho cherry picking con estadísticas reales y manipulado los hechos (cuando no miente de plano) para sostener varias de sus narrativas más populares, es un tema tan amplio que no me da espacio de abordarlo aquí.

 


El caso es que dirán que no están a favor de la misoginia ni el racismo ni la homofobia, pero tampoco aprueban el activismo feminista, antirracista o pro-LGBTQ+, pues sus exigencias no tienen sentido y hasta pueden ser perjudiciales para la libertad y la justicia, sobre todo porque implicarían una intervención del gobierno para forzar igualdades que no son naturales ni merecidas.

 

Los libertarianos, por ejemplo, valoran la libertad individual sobre todas las cosas, y por ello se oponen a la intervención del Estado en la vida de las personas, sobre todo en cuanto a la economía. En teoría deberían estar en contra de sistemas opresivos que coarten la libertad de las personas. Pero en los hechos, niegan que existan estos problemas, encuentran formas de justificar la desigualdad, y se oponen con lujo de roña a los movimientos que luchan contra ella.

 

Por otro lado, los libertarianos que me topo por Internet hoy en día comparten muchas posturas que son bastante autoritarias, como se ve en su apoyo a la policía, las fuerzas armadas y políticas de inmigración estrictas. Tan es así que hasta han surgido los “paleolibertarios” que lo único que toman del libertarianismo es su oposición total a la regulación de los mercados, pero que en lo demás son conservadores tradicionales con todo y su rechazo a causas como el aborto y el matrimonio igualitario. Les digo: las líneas se difuminan.

 

Y con todo, derechistas en general, y libertarianos en particular, son afectos a decir que los nazis eran de izquierda, basándose en ciertas características del sistema económico del Tercer Reich, que incluía un poco de asistencia social e intervención estatal en la economía; y claro, la propaganda nazi y fascista que de dientes para afuera alardeaba sobre proteger a los trabajadores, aunque de hecho ambos regímenes favorecieron a los grandes capitalistas.

 

No importa cuántas veces se desmienta el bulo, los libertarianos se aferran a él, porque les permite odiar a la misma gente a la que nazis y fascistas odian, pero decirse a sí mismos “no somos eso porque nuestra política fiscal es diferente”. De huevos. Incluso, para reforzar esta narrativa, han encontrado formas de atribuir falsamente a los nazis propuestas típicamente progres, como regular la posesión de armas, legalizar el aborto o reducir el presupuesto de la policía. No es de extrañar que el libertarianismo de hecho sirva como puerta de entrada hacia la extrema derecha.

 


Es que, de hecho, fuera de los terceraposicionistas, strasseristas y nazbol, que resultan minorías excéntricas dentro de la más amplia ultraderecha contemporánea, ésta se caracteriza por su ultracapitalismo. Es algo que señala Enzo Traverso al hablar de su concepto de post-fascismo: los fascistas clásicos exaltaban al Estado, renegaban de los valores burgueses, y llamaban decadente a la democracia. La nueva ultraderecha, en cambio, exalta el libre mercado y llega al poder mediante elecciones democráticas.

 

Esto se vincula con otro ardid del que los derechistas echan mano: mover las definiciones hacia la derecha. Los libertarianos son expertos en esto. Su definición de “socialismo” es tan amplia que prácticamente implica cualquier acción del gobierno, desde proveer servicios básicos como educación pública, hasta la existencia misma de impuestos. Hablando con ellos he podido notar que han empezado a usar “liberal” como sinónimo de “libertariano”. Pero el liberalismo jamás llegó tan lejos como proponer que toda intervención estatal o toda taxación desaparezcan. Mientras, pensadores que se insertan claramente en la tradición liberal, como Karl Popper y John M. Keynes, abogaban por la necesidad ponerle ciertos frenos al capitalismo. He intentado explicar esto a libertarianos; su respuesta, después del obligatorio “menrisa”, ha sido señalar que no, que eso de lo que estoy hablando es socialismo y que esos a los que me refiero son socialistas. Esto les permite re-etiquetar una ideología extremista como si fuera la normalidad de siempre y re-etiquetar lo que era ya sentido común como si fuera extremista.

 

A esto le podemos sumar la estrategia del pánico rojo, que consiste en asustar a todo mundo con que los comunistas están a punto de conquistarnos. La gente no tiene que entender en qué consisten socialismo y comunismo (o las diversas izquierdas, para el caso). Sólo necesitan saber que acarrean miseria y opresión. Después sólo tienes que llamar “comunismo” a cualquier cosa que desees, desde el matrimonio gay y el aborto, pasando por la "corrección política", y hasta el combate al cambio climático. Así, tu lucha no parecerá en contra de los derechos o el bienestar de la gente, sino una defensa ante un comunismo invasor. De allí la invención del ahora popular término “marxismo cultural”, que sirve para espantar a la gente con cualquier causa progre, implicando que cosas como tener personajes trans en la cultura pop son pasos que nos están llevando derechito al gulag.

 


No podemos olvidar la estrategia de culpar a los jodidos; no es sólo que la opresión contra ciertos grupos no existe, sino que, de hecho, “ellos están mejor que nosotros”. Los ninis y madres luchonas mantenidos por el gobierno ganan más que tú. Los inmigrantes se roban tu empleo y chupan del sistema de salud que pagas con tus impuestos. Las mujeres ya hasta tienen más derechos que los vatos somos los perjudicados; “despierta compa, tómate la Píldora Roja”. Nuestra sociedad está llena de “grupos oprimidos” que en realidad reciben toda clase de favores del gobierno, mientras tú están partiéndote la madre trabajando.

 

Todo lo anterior es falso y fácilmente refutable, pero la mentira se repite una y otra vez. Así como convencen a gente común de que sus problemas económicos no están causados porque una mínima parte de la población esté acumulando riquezas en una escala jamás vista en la historia humana. Si llegan a pensar que tal desigualdad no es justa, hay un discurso para ello: no es el capitalismo salvaje, son los judíos. De hecho, ellos son los que impulsan tantos beneficios para hacer avanzar a los jodidos sin mérito, pues quieren usarlos como armas para destruirte a ti, a nosotros,   y tomar el poder. Cuando se llega a este punto, ya se está chapoteando en la mitología fascista.

 

En otra entrada hablé de cómo los homofóbicos dan vuelta a las acusaciones en su contra diciendo que los colectivos LGBTQ+ y sus aliados son “los verdaderos intolerantes”. Para ello recurren a algo a lo que llamo retroceder a la abstracción, es decir, hablan en términos generales y abstractos en vez de concretos y específicos. Verbi gratia, dicen cosas como “nos atacan por no estar de acuerdo con ellos”. La parte de “no estar de acuerdo” es la clave; ¿no están de acuerdo con ellos en qué? Pues en que deberían tener ciertos derechos como casarse y adoptar. Los mismo cuando hablan de “nos quieren imponer su forma de pensar”; esa forma de pensar se refiere a simplemente reconocer que las personas LGTBQ+ merecen ser respetadas y aceptadas en nuestras comunidades.

 


Bien, esta jugada la adoptan los derechistas de todo tipo. Dicen algo súper abstracto que de buenas a primeras puede sonar respetable, pero cuando analizas cuál es el contenido concreto, encuentras algo incoherente, vacío o de plano horroroso: los conservadores sólo quieren “defender a la familia” (¿defenderla contra qué?), los supremacistas blancos sólo quieren “preservar su cultura” (¿cuál es su cultura? ¿qué parte de ella está en peligro?), los libertarianos dicen “viva la libertad” (¿libertad de quién para hacer qué?) las transfóbicas quieren evitar que “se borre a las mujeres” (¿se borra un concepto por ampliar su significado?), etcétera.

 

Esto da como resultado que quieran hacernos lo que en México llamamos voltear la tortilla; cuando una persona está señalando a otra por una falta cometida, y ésta trata de hacer creer tramposamente que la falta la ha cometido quien que acusa. En realidad, es algo recurrente en las relaciones violentas: el abusador se hace al agraviado y pretende hacer creer que su víctima es la culpable de los abusos mismos. Así, pueden decirse cosas como que las feministas son misándricas, las personas LGBTQ+ son heterofóbicas, Black Lives Matter es racista, las mujeres trans son misóginas y eso de decir “whitexicans” es clasismo y racismo a la inversa. Y así, y así.

 

Así es cómo la que la derecha, extrema o no, bastardiza la retórica de la justicia social y el progresismo para usarla en su contra. Si negar que exista opresión contra ciertos grupos no funciona, siempre se puede voltear la tortilla y decir “los oprimidos somos nosotros”. O mejor aún, usar una en un momento y la otra al siguiente, según convenga. Igual sirven al mismo propósito.

 

Esto en parte sucede porque resulta muy fácil hackear los valores liberales. Una sociedad liberal tiene ciertos estándares de conducta, ciertas concepciones de lo que es la interacción social civilizada, y que sobre todo regula acciones independientemente de las creencias, valores e ideologías. Por ejemplo, se acepta como un principio básico de convivencia que a) si una persona se expresa, independientemente de su opinión, no se le puede agredir por ello; b) que una persona golpee a otra en la cara por sus opiniones es inaceptable, independientemente de cuáles sean éstas.

 

El problema es que estos principios, que pueden ser muy buenos y útiles la mayor parte del tiempo, son vulnerables a ser hackeados por los fascistas. Pretenden pasar sus discursos de odio como libertad de expresión. Y a las reacciones, comprensiblemente airadas, contra ese discurso, como intolerancia y represión. Para contrarrestar esto es necesario darnos cuenta de que tener reglas de conducta abstractas e independientes del análisis de los contenidos no siempre es viable (piénsese, por ejemplo, en la paradoja de la tolerancia).

 


A esto hay que sumarle que el conservadurismo suele ser más fácil de aceptar, porque ofrece respuestas simples para resignarse a un statu quo que es al que la mayoría de las personas están acostumbradas porque es lo único que conoce. A la complejidad de los problemas sistémicos, el conservadurismo ofrece la respuesta simple de la moral individual. A la complejidad del cambio social, el conservadurismo ofrece la respuesta simple de “esto es lo que siempre ha sido y siempre va a ser”. A la compleja historia (y la ciencia) de la sexualidad humana a través del tiempo y las culturas, ofrece la respuesta simple de “un hombre y una mujer es lo único natural”. Quedarse con las creencias y valores aceptados sólo requiere inercia, mientras que cuestionarlos y deconstruirlos requiere pensamiento crítico y puede llegar a ser incómodo, incluso llevar a crisis. Así, el fascismo, que comparte muchos valores con el conservadurismo, tiene un terreno fértil.

 

O también puede presentarse la defensa del statu quo como si fuera rebeldía contra el statu quo. Es de locos, pero sí lo hacen, con la estrategia llamada el conservadurismo es el nuevo punk. Como estamos en un punto en el que ciertas posturas progres (como aceptar a las personas LGBTQ+, por ejemplo) empiezan a volverse mainstream, los conservadores pueden hacerse a las vístimas y sentirse como que ésta es la nueva posición en el poder y que entonces ellos están rebeldía. Como la alt-right tiende a ser trolera y burlona, mientras los progres se toman sus causas muy en serio, los primeros pueden dárselas de “rebeldes que escandalizan a las buenas consciencias con su irreverencia” (aunque en realidad sean súper mazapanes con muchos temas).

 

Así llegamos a la acusación típica de “a todo lo que no te gusta le llamas fascismo”, que se esgrime para evitar que se analice si eso “que no te gusta” es fascismo o no, porque muchas veces sí lo es.  (No ayuda que históricamente la izquierda ha usado la acusación de “fascismo” con demasiada laxitud). Nunca quieren que pienses en el contenido, sino en las abstracciones. Sus ideas discriminatorias generan una más que justificada reacción indignada y vehemente, si sus posibles víctimas, y los aliados de éstas, demandan acallar ese discurso intolerante porque en ello se juegan sus vidas, derechos y bienestar. Entonces los derechistas centrarán su atención en esas reacciones: “una persona tolerante no debería reaccionar de esa manera a una simple opinión distinta”, en vez de permitir que se ponga sobre la mesa de análisis el contenido que generó esas reacciones.

 


Así es como, finalmente, paso a paso, se puede construir una narrativa que permita a un individuo apoyar posturas fascistas sin tener que admitir a los demás, ni a sí mismo, que lo son.

 

1. Si de verdad ya no existen el racismo, la homofobia ni el patriarcado, entonces feministas, personas LGTBQ+ y antirracistas están equivocados, haciendo el ridículo, perdiendo el tiempo, pidiendo que les regalen lo que no merecen, etcétera…

 

2. Más aún, estas posturas son las verdaderamente intolerantes porque pretenden acallar a todos los que opinan diferente, pero no voy a dejar que me opriman, me rebelaré contra su intento de imponer sus ideas por la ley y la fuerza…

 

3. Pero quizá es más que eso; si aquello contra lo que los activistas están peleando no es real, e insisten en forzarnos sus ideas, entonces puede ser que tengan otro objetivo más siniestro… Si el patriarcado no existe, lo que las feministas quieren es ponerse por encima de los hombres. Si las personas LGBTQ+ ya no están oprimidas, entonces lo que quieren es imponer a los heteros su estilo de vida. Si el racismo sistémico no existe, lo que las minorías quieren es reemplazar a los blancos…

 

4. Quizá lo que pretenden es destruir nuestra sociedad, desbaratar la unidad familiar, acabar con nuestra cultura, infiltrarnos con comunismo… Quizá sí es cierto eso de que George Soros y los judíos están detrás de todos estos esfuerzos para destruir a Occidente…

 

5. Entonces, si yo reacciono contra esto, no es que sea fascista (después de todo, mis opiniones económicas me absuelven de ello), porque no quiero oprimir a nadie ni implantar la supremacía blanca, sino que me estoy defendiendo de un peligro existencial, una amenaza que me quiere destruir. Si me uno a una milicia armada es porque estoy “protegiendo a la ciudad” de sucios alborotadores, y más aún, protegiendo a la Madre Patria de un oscuro complot para destruirla…

 

6. Y como no soy fascista, entonces los supuestos antifascistas que me la arman de pedo no están luchando contra el fascismo; debe ser que le llaman “fascismo” a eso que no les gusta, como excusa para atacarlo y destruirlo mediante la violencia y la censura… Lo cual los convierte en “los verdaderos fascistas”.

 

Y, ¿saben? ¡Eso es exactamente lo que creían los nazis y fachos originales! Que eran los otros, los judíos y los comunistas, el verdadero peligro existencial, y que ellos sólo se estaban defendiendo.

 

En fin, un montón de ardides retóricos que se alternan o se superponen unos a otros, todo lo cual tiene un resultado: convencer a un montón de vatos de adoptar los valores e ideales del fascismo, al mismo tiempo que creen que no son fascistas. En eso se basa en parte el éxito de la ultraderecha contemporánea: gente que no es fascista, pero definitivamente está haciendo fascismo.


FIN


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3 comentarios:

JorgeLaris dijo...

Mike, yo creo que parte de la confusión se debe a que el concepto de Fascismo se ha vuelto un poco anacrónico. Una vez tuve una discusión con una persona muy inteligente porque yo decía que era inapropiado usar la palabra Fascismo para referirse al régimen autoritario, persecutorio y militar de Pinochet. Mi hipótesis era que el Fascismo de la primera mitad del XX fueron los últimos intentos de restaurar el Antiguo Régimen en occidente; en donde la economía neoliberal no encontraba lugar. Hoy en día creo que mi sentencia era muy tajante, así que creo que lo que observamos en regímenes como el de Pinochet, o en las tendencias autoritarias de Trump debe de ser más bien visto como Neofascista.

El Fascismo y el Noefascismo compartirían la fundación de un estado autoritario, y teológico; pero mientras el primero buscaba crear una sociedad corporativismo, en la que el libre mercado estuviera subordinado al orden corporativo; en el Neofascismo el libre mercado cobra prioridad. Así se podría explicar porque hay libertarios Neofascistas, pero que al mismo tiempo rechazarían principios económicos del primer Fascismo.

¿Qué opinas?

Maik Civeira dijo...

Hola, Jorge! Gusto leerta por acá. Fíjate que eso mismo que tú apuntas, es más o menos la tesis de Enzo Traverso, un historiador experto en fascisco al que le he leído dos libros fascinantes, "A sangre y fuego" y "Los nuevos rostros de la derecha". Sólo que a lo que tú le llamadas "neofascismo", él le llama "post-fascismo", precisamente en cuanto al papel del libre mercado. Él en cambio prefiere "neofascista" para los grupos que sólo intentan revivir al viejo fascismo, como los neonazis, kukluxklanes, etc.

Saludos!

JorgeLaris dijo...

Maik, muchas gracias por el comentario y las lecturas recomendadas. Las buscaré

Saludos Ü

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