ANTIFA: Cien años golpeando fachos - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 9 de octubre de 2020

ANTIFA: Cien años golpeando fachos

 


Matones, terroristas, asesinos, delincuentes que están “reduciendo ciudades a cenizas”… En la entrada anterior hablamos de la desinformación que ha estado circulando desde hace meses respecto a Antifa. Quedamos en que, amén de que estemos o no de acuerdo con sus acciones, nada de lo que ha hecho Antifa los puede clasificar objetivamente como “terroristas.” También aclarábamos que no se trata de una organización, sino de un ideal con el que personas y colectivos se identifican para trabajar contra el fascismo. Muchas iniciativas así han surgido en distintos países a lo largo de un siglo. Hoy vamos a contar su historia.

 

Antifa es tan antiguo como el fascismo mismo. La historia del ascenso al poder Mussolini y Hitler no nos la cuentan muy bien en la escuela. Antes de que las fasces y las esvásticas colgaran de los palacios de gobierno, hubo años de luchas callejeras, en las que los matones vestidos de negro o marrón recorrían las ciudades aterrorizando a trabajadores, migrantes, judíos e izquierdistas, muy a menudo con la venia de la policía y la clase patronal.

 

El nombre Antifaschistische Aktion (el original Antifa) y el símbolo con las banderas roja y negra surgieron en Alemania justo un año antes de la toma del poder por parte de Hitler en 1933 (a partir entonces, Antifa fue proscrito por los nazis), pero el ideal de la lucha contra el fascismo nació en Italia. Allí, los empresarios emplearon a los esbirros de Mussolini para reprimir huelgas y movimientos obreros; a su vez, los fascistas reclutaban pandilleros y criminales de carrera. Ante estas amenazas, surgieron los primeros colectivos antifascistas, como agrupaciones de autodefensa obrera contra la agresión de la extrema derecha.

 


En donde quiera que el fascismo comenzara a crecer, se fueron creando células antifascistas, ya fuera en Alemania, Italia, España o Austria. No todos adoptaron el nombre de Antifa, pero para efectos prácticos, podemos usar la etiqueta como genérico. Sus acciones iban desde la difusión de contrapropaganda (los fascistas, como siempre, recurrían a las fake news para causar pánico) hasta los enfrentamientos callejeros que los hicieron famosos. El objetivo era no darle paz a los fascistas, que no pudieran sentirse tranquilos de reunirse, marchar ni dar discursos.

 

Los libros Antifa: the Antifascist Handbook, de Mark Bray, y Militant Antifascism: A Hundred Years of Resistance, de M Testa, nos cuentan la fascinante historia de los movimientos antifascistas a lo largo del tiempo. Bray nos cuenta múltiples factores por los cuales los Antifa fueron ultimadamente derrotados en aquellos países. En Alemania, por ejemplo, fue decisiva la incapacidad de las diferentes izquierdas (comunistas, socialistas, socialdemócratas) de organizar un frente común contra los nazis, hasta que fue demasiado tarde. Un error de algunos comunistas fue pensar que los nazis eran sólo otro partido de derechas en las idas y venidas de la política electoral burguesa.

 

Sin embargo, un factor definitivo fue el apoyo de las instituciones del Estado. Desde siempre, Antifa ha tenido que jugar en una cancha nivelada en su contra. Los gobiernos más liberales se intimidaban tanto o más por los antifascistas que por los fascistas mismos. Las fuerzas armadas y la policía apoyaban de forma más o menos abierta a los fascistas, pues compartían con ellos su retórica nacionalista y sus prejuicios xenófobos y racistas. Por lo general las fuerzas del orden se hacían de la vista gorda con lo que hicieran los fachos, a menos que de plano fuera una atrocidad imposible de ignorar. Mientras, cualquier “pasarse de la raya” de Antifa podía llevar a problemas con la ley.

 

Eso daba a los fascistas grandes ventajas a la hora de usar la violencia. También obligaba a los antifascistas a ser precavidos. Aunque desde la derecha y el centro se ha tratado una y otra vez de hacer falsas equivalencias entre ambos movimientos, no hay paragón en la proporción de los actos violentos cometidos por unos y por otros. En esta gráfica, por ejemplo, se muestra cómo la violencia fue ejercida principalmente por los fascistas y la policía en contra de los socialistas y los trabajadores.

 


No debería sorprendernos de ver justo lo mismo en nuestros días. En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt nos dice:

 

Que los nazis encontraran tan poca resistencia por parte de la policía de los países que ocuparon y que fueran capaces de organizar el terror con la ayuda de las fuerzas policiacas, se debió en parte a la posición de poder que la policía había obtenido durante años de dominio arbitrario e irrestricto sobre los apátridas y refugiados.

 

Fue en el Reino Unido donde las alianzas antifascistas tuvieron un mayor éxito. El bautizo de fuego para muchos fue la Batalla de Cable Street, en septiembre de 1936. Osawld Mosley, el fascista más notorio del país, tenía planeado marchar por la ciudad con todos sus esbirros, y para ello contaba con el permiso del gobierno y la protección de la policía. Una coalición de obreros, judíos, vecinos del barrio, comunistas, socialistas, y anarquistas dijeron “no pasarán” y se fueron a los golpes tanto contra los fachos como contra los policías que los estaban defendiendo.

 

Esto no quiere decir que la Batalla de Cable Street derrotara al fascismo para siempre; de hecho, continuó operando en el Reino Unido hasta que inició la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno proscribió las organizaciones filo-nazis y encarceló a sus líderes. Algunos de ellos lograron a escapar a Alemania, y tras la derrota del Reich fueron colgados junto a oficiales nazis en Nüremberg.

 


Uno pensaría que, tras la Segunda Guerra Mundial, con el fascismo derrotado, no habría necesidad de Antifa pero, de hecho, fue en las décadas que siguieron a este conflicto en que transcurre la historia de sus mayores éxitos. Apenas terminó la guerra, grupúsculos fascistoides empezaron a resurgir en diferentes países, predicando el antisemitismo y la xenofobia contra los migrantes para atraer a gente de clase trabajadora. El mismo Mosley salió de la cárcel y el gobierno le permitió volver a crear su movimiento en suelo inglés. Al mismo tiempo, comenzó la resistencia.

 

En 1946 en el Reino Unido, un par de veteranos de guerra de judíos decidieron que no tolerarían el resurgimiento de la ideología que tanto les había costado vencer. Formaron el Grupo 43, que durante los años siguientes se dedicó a hostigar al nuevo partido fascista de Mosley. Después de cosechar múltiples éxitos, se disolvió en 1950 al considerar que la misión estaba cumplida.

 

En 1962 surgió otro grupo, llamado precisamente Grupo 62, ante una nueva amenaza de resurgimiento fascista. Algunos veteranos del Grupo 43 sirvieron de guía, lo que nos habla de otra constante en la historia de Antifa: el relevo generacional. Por esos años, los fachos centraron su hostilidad contra los inmigrantes afrocaribeños e indios. Estudiando la historia uno puede cómo la retórica facha es idéntica a lo largo de las décadas: nos quitan trabajos, son criminales, violan a nuestras mujeres, se reproducen demasiado rápido, reciben privilegios del gobierno mientras nosotros estamos todos jodidos, son los judíos quienes los están trayendo… Lo mismo que escuchamos ahora.


 

Los Antifa del 62 formaron patrullas de voluntarios que cuidaban los barrios de migrantes, para protegerlos de los ataques fascistas. Naturalmente, se desarrolló una fuerte camaradería entre ambos grupos. Lo mismo ocurrió medio siglo después, en Grecia, donde Antifa defendió un campamento de refugiados de las constantes incursiones de los neonazis.

 

En los 70, un grupo neonazi de Inglaterra incendió varios locales que eran propiedad de judíos. Quizá eso fue demasiado para un joven que se había unido a ese grupo, porque poco después de estos incidentes, renunció y fue con Antifa, llevando un montón de documentos que identificaban a los incendiarios y que llevó a su arresto. Hoy en día, Antifa sigue orientando a quienes quieren dejar atrás un pasado lleno de odio.

 

Se cuentan muchas historias de Antifa en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, podemos advertir un patrón: movimientos fascistoides comienzan a aparecer en la sociedad y a popularizarse. En respuesta, grupos antifascistas se organizan y los combaten. Las tácticas son diversas. Son famosos, sobre todo, por apalear neonazis. Uno pensaría “eso no funciona, no le quitas lo facha a un güey por golpearlo en la cara”, pero se equivocaría.

 


La cosa es que golpear fachos, de hecho, funciona. La mayoría de los vatos atraídos por organizaciones fascistas no están ahí para morir por una causa. Están ahí porque son solitarios y quieren sentirse parte un grupo; porque son débiles y quieren sentirse poderosos; porque están llenos de odio y rencor, pero también porque se están muriendo de miedo. Cuando los han golpeado una y otra vez, muchos de ellos sienten “esto no vale la pena” y simplemente dejan de asistir a las reuniones.

 

Otro clásico Antifa es irrumpir en eventos fachos y causar tantos problemas que las autoridades deciden no dar permisos y los propietarios eligen no rentar sus locales para que se realicen. Además, esta clase de eventos sirve de reclutamiento, y pocas cosas funcionan tan bien de contrapropaganda como exponer a la supuesta raza maestra como un montón de perdedores ridículos y pusilánimes fácilmente zarandeables.

 

Ya hemos hablado de cómo forman equipos para proteger a grupos vulnerables, como minorías, inmigrantes o gente sin hogar, de los ataques de los reaccionarios. Para esta clase de acciones es que algunas agrupaciones se entrenan en artes marciales y combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, no es lo suyo el uso de armas de fuego ni la fuerza letal.

 



Pero sus acciones no siempre han sido de confrontación física directa. Alrededor del mundo, Antifa ha organizado boicots; se ha infiltrado en grupos de odio y ha expuesto a sus miembros; ha difundido información; ha creado periódicos, revistas y organizado festivales; los militantes han armado redes de solidaridad con grupos marginados y hasta han ayudado a miembros de bandas extremistas a rehabilitarse. O han hecho cosas tan sencillas como borrar grafittis y quitar carteles fascistas.

 

“Los antifascistas realizan un intenso monitoreo de los neonazis más peligrosos y los exponen públicamente. Y es que los colectivos antifascistas suelen ser los que más información tienen y más conocen a la extrema derecha y a sus militantes, no solo en el Estado español. Y mucho más que cualquier académico, que cualquier Brigada de Información de la Policía o que cualquier periodista.”  -- Miquel Ramos, El antifascismo que nació para combatir a la nueva ultraderecha.

 

Al final, los grupos fascistas siempre acababan derrotados, y ante la falta de amenaza, las células Antifa simplemente se desintegraban y los miembros volvían a su vida. Siempre fue mentira que “atacaran a todos los que no pensaran como ellos”; las acciones Antifa siempre fueron específicamente dirigidas contra neonazis, kukluxklanes, supremacistas blancos, racistas y homofóbicos violentos, y Antifa siempre surgió como respuesta a las acciones de éstos. No empezaron a golpear conservadores normales una vez que hubieran derrotado a los fascistas. Generación tras generación, Antifa se ha dedicado a mantener a raya al fascismo. Como diría el buen doctor: “Protegen tu realidad, idiota”.

 


Y si eran tan buenos, ¿cómo es que no habíamos escuchado gran cosa de ellos? Porque los libros de historia normalmente no tratan de organizaciones locales trabajando a nivel de barrio y comunidad. Aunque la hostilidad del Estado y la policía contra Antifa siempre ha sido más o menos la misma, ninguna organización facha logró volverse influir profundamente en los gobiernos. A lo mucho, partidos políticos vinculados con movimientos neofascistas (como el Frente Nacional), lograron unos impresionantes, pero efímeros, éxitos electorales. Eso ha cambiado.

 

El movimiento antifascista contemporáneo inicia con Anti-Racist Action Network, creada para contrarrestar un repunte del Ku Klux Klan en los Estados Unidos en los 80 y 90. Grupos similares surgieron a ambos lados del Atlántico. Algunos de ellos continúan en activo hasta ahora y han renovado sus filas con las nuevas generaciones. Pero el resurgimiento de Antifa y su salto a la fama es una reacción contra la nueva extrema derecha.

 

En toda la historia de Antifa, desde el periodo entreguerras, no había habido una amenaza así de grande. Las viejas tácticas han resultado ser insuficientes para impedir el avance de esta nueva forma de fascismo contemporáneo. Si militantes antifascistas golpeaban a pandilleros cubiertos de tatuajes de esvásticas, no mucha gente sentiría pena por éstos. Pero ahora, los fascistas se hacen pasar por gente respetable. Esto ha desconcertado a la resistencia, que ha tenido que aprender nuevas tácticas y métodos de acción.

 

Esto sucede porque el escenario ha cambiado. En su libro The New Faces of Fascism: Populism and the Far RIght, el historiador Enzo Traverso distingue entre neo-fascismo y post-fascismo. El neofascismo es simplemente una reiteración del fascismo clásico; reivindica sus símbolos y sus narrativas, y se asume abiertamente como tal. Son los grupos neonazis usuales, los negacionistas del Holocausto, el KKK y demás.

 

Por otro lado, está el postfascismo, que es lo realmente nuevo. Los postfascistas reniegan de la etiqueta y no usan los emblemas tradicionales; son los que dicen “Antifa son los verdaderos fascistas” y cosas por el estilo. Si el fascismo clásico denunciaba el capitalismo y la democracia burguesa como decadentes, los postfascistas siguen las reglas democráticas para acceder al poder y son muy fans del libre mercado. En lo demás, ambos grupos se identifican porque tienen el mismo anhelo por jerarquías rígidas y liderazgos fuertes y viriles; sobre todo, odian a la misma gente (izquierdistas, feministas, progres, LGBTQ+, minorías, inmigrantes, movimientos sociales, etc.) y apoyan a los mismos líderes, a quienes han llevado al poder (Trump, Bolsonaro, Orban, etc.).

 


Antifa había pasado décadas enfrentándose a los neofascistas y el surgimiento del postfascismo lo tomó por sorpresa. Los neofascistas construyen sus movimientos al margen de las instituciones de la democracia liberal y sus reglas, y es ahí donde Antifa los ha enfrentado. Pero los postfacistas juegan con las reglas, apenas torciéndolas hasta su límite. Golpea a un neonazi, y no irá de acusón para no perder su fama de macho. Golpea a un alt-righter y seguramente presentará cargos y demandas. Desde entonces, Antifa ha tenido que adecuar y renovar sus estrategias. Sin embargo, la vieja usanza sigue dando resultados en algunos casos.

 

Eso de golpear fascistas en la cara o irrumpir sus eventos para impedirles hablar indigna a muchas personas que tampoco simpatizan con la extrema derecha, pero que creen que no se le puede combatir violando sus derechos. Éste es un punto muy delicado, y sobre el que hay muchos malentendidos.

 

Lo primero es aclarar que Antifa no pretende crear un orden legal en el que ciertos discursos estén prohibidos. Históricamente, las leyes y políticas contra “el extremismo” se han usado más para perjudicar a los antifascistas, y nadie quiere que un gobierno y una policía, que de por sí simpatizan con los fascistas, tengan el poder de decidir qué se puede expresar y qué no.

 

Sucede que la fe liberal en el sistema es grande. Se cree que un conjunto de reglas buenas permite que, si se siguen correctamente y sólo se castiga su infracción, los resultados serán buenos. Pero hay que recordar que ningún conjunto de reglas inventadas por el ser humano puede ser eterno ni universal; situaciones no previstas aparecen y ponen en evidencia las debilidades del sistema. El fascismo ha demostrado una y otra vez que ese sistema se puede hackear con relativa facilidad. Hasta ahora, las elecciones libres y el debate abierto no han impedido que los fascistas tomen el poder, porque todo lo han hecho dentro de las reglas, o violándolas a sabiendas de que el castigo por hacerlo los perjudica poco y que los beneficios son muchos.

 

“Dejemos de frustrarnos con estériles esfuerzos intentando empatizar con sus partidarios desde la lógica, el debate racional o con técnicas propias de la terapia de pareja como la empatía. Y dediquemos esas energías a organizarnos entre los que aún seguimos defendiendo la democracia, para formar un movimiento de solidaridad internacional contra esos fanáticos, que ya han tejido su propia red.” – Ece Telmekuran, Un manual para que no nos roben la democracia

 

No se trata de abandonar los valores democráticos ni el debate racional. Ésta es una lucha en múltiples frentes que requiere de diversas estrategias. Más bien se trata de reconocer que al fascismo no se le puede vencer sólo con eso, y que muchos antifascistas eligen luchar fuera de los márgenes porque a veces resulta necesario y alguien tiene que hacerlo.

 


En todo caso, ¿es preferible la lealtad al liberalismo y sus reglas antes que a los resultados? ¿Preferimos respetar el derecho de los nazis a la libre expresión y organización, aunque ello los lleve al poder y a destruir la libertad y cientos o miles de vidas?  ¿Qué consuelo traerá el haber seguido las reglas hasta el final, si el fascismo triunfa? Tenemos la evidencia histórica: esperar a que los fascistas pierdan en las elecciones y los debates racionales no funciona, porque la democracia y la libre expresión implican un mínimo de valores compartidos para la convivencia, valores que los fascistas no poseen.

 

“El fascismo nunca será un ideario como cualquier otro. Eso es algo que cualquier sociedad avanzada no puede perder nunca de vista. Así lo entendieron diversas generaciones que nos precedieron. Aquellas que no dudaron ni un instante en combatir, de modos diversos, la reformulación del odio en doctrina política.” -- Carles Viñas Antifascismo, una revisión en clave histórica


“Si golpeas a un fascista te vuelves tan malo como él”. Pues no, porque después de golpear al fascista no vas a ir exterminar minorías. Además, un facho siempre tiene la opción de no ser facho, mientras que las personas de los grupos a los que fachos odian, por lo general, no.

 

Alguna vez leí decir que sólo es legítimo golpear nazis si estás viviendo entre 1939 y 1945. O sea, si estás en guerra formal contra la Alemania Nazi. Pero vaya, ¿se dan cuenta de lo que están diciendo? Si sólo entonces se vuelve válido golpear nazis, ya es demasiado tarde, porque para entonces ya habrían cometido toda clase de crímenes contra la humanidad, y te va a tomar seis años y 60 millones de muertos derrotarlo.

 


Para la gente del periodo entreguerras era imposible saber hasta dónde llegarían Hitler y Mussolini. Nosotros sí lo sabemos; sabemos hasta dónde llega este camino. Los crímenes de odio han crecido, los fascistas ya están matando gente, los campos de concentración ya tienen prisioneros. En los días mientras preparaba este ensayo, una milicia de extrema derecha intentó secuestrar a la gobernadora demócrata de Michigan. Y Trump sólo sigue alentando a estos grupos, de forma cada. A estas alturas pretender una equidistancia entre fascismo y antifascismo es necio, si no criminal.

 

Como dice Michael Bray:

 

“La alternativa liberal al antifascismo militante es tener fe en el poder del discurso racional, la policía y las instituciones de gobierno para prevenir el ascenso de un régimen fascista. Como hemos establecido, esta fórmula ha fracasado en múltiples ocasiones. Dada la ineficiencia del “antifascismo liberal” y el fracaso de la estrategia aliada de apaciguamento antes de la Segunda Guerra Mundial, podemos argumentar de forma convincente que al permitir que el fascismo se desarrolle y expanda, corremos el riesgo históricamente documentado de que se convierta en un régimen totalitario. Si no detenemos a los fascistas cuando son pequeños, ¿lo hacemos cuando sean medianos? ¿Si no, entonces, cuándo sean grandes? ¿Cuándo estén en el gobierno? ¿Necesitamos esperar a que las esvásticas cuelguen de los edificios públicos para poder empezar a defendernos?”


Algunos izquierdistas piensan que Antifa es como un regalo para los fascistas, pues les permite ponerse en el papel de víctimas y satanizar a toda la izquierda. Entre ellos se encuentra el venerable Noam Chomsky, pero con todo el respeto que merece este maestro, creo que se equivoca. Los fascistas ya se victimizan con conspiraciones imaginarias para suplantar a la raza blanca; ya satanizan hasta al liberal más moderado tachándolo de peligroso comunista (vean lo que dicen los republicanos de un neoliberal autoritario como Joe Biden). Si no existiera Antifa, los fachos de todos modos se victimizarían y sembrarían el pánico y la paranoia, con la diferencia de que no habría nadie haciendo el trabajo que hace Antifa, ni protegiendo a quienes Antifa protege. Conviene, de nuevo recordar a Hannah Arendt:


"En los regímenes totalitarios la oposición política no es el pretexto para el terror, sino el último impedimento para que el terror desate toda su furia."

 

Hace unos años solía decir “vienen tiempos oscuros”. Bien, esos tiempos ya están aquí y todo pinta a que va a empeorar antes que mejorar. La lucha entre fascistas y antifascistas en las calles no sólo tiene un eco, es una repetición de lo que pasó en Alemania e Italia en el periodo entreguerras. 


Sin embargo, hay mucho que podemos hacer. Si quieres combatir al Invierno Fascista, que se pone cada vez más frío, busca a tus camaradas, organízate, participa en redes o crea las tuyas propias. Pero no te arriesgues, no luches en solitario, cuida tu salud física y mental. Se necesitan personas con diferentes talentos, conocimientos y habilidades. No es necesario saber karate y nadie tiene que llevar a cabo acciones violentas si no está de acuerdo. La lucha también se da en forma de educación y comunicación. No hay esfuerzo demasiado pequeño.

 

Nos encontramos en un momento crucial. Quién sabe cómo, cuándo y dónde será la Batalla de Cable Street de nuestros días, pero sí podemos estar seguros de que es ahora cuando debemos decir “no pasarán”.



FIN


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2 comentarios:

Rommel dijo...

Hola Maik.
Gracias por esta pieza ha sido bastante informativa y didáctica. Entiendo que la postura que defiendes en el artículo parte de una postura utilitaria donde esta justificado golpear a grupos alt-right para disuadir su éxito en la toma del poder y así evitar la pérdida de vidas humanas (principalmente de minorías afectadas). Buscando ese objetivo, ¿hay algún límite que se autoestablezcan sobre el tipo de medidas de disuasión?

Lo pregunto porque, para el ojo no experto, disuadir sin límites me recuerda a las ideologías que defienden las acciones preventivas en la "guerra contra el terrorismo".
Saludos,

Maik Civeira dijo...

Hola, Rommel (espero que el nombre no sea por cierto militar alemán, jejeje). Entiendo tu preocupación y la comparto. ¿Dónde está el límite? Es una cuestión ética importante. Por lo que he leído, los Antifa responden que prefieren no perder el tiempo con cuestiones abstractas. Lo toman de forma muy pragmática: "sabemos que esta gente planea algo malo, vamos por ellos".

Es un poco como el dilema de la tolerancia: no hay que ser tolerantes con los que podrían destruir la tolerancia. El problema es, cómo definimos quién realmente representa un peligro para la tolerancia y quién no. Alguien podría invocar que ciertas corrientes en la izquierda tienen al autoritarismo, y que si no queremos acabar con una dictadura tipo Stalin, tenemos que pararlos en seco desde antes. ¿Contra quiénes extenderíamos esta preocuación?

Mi respuesta sería "bueno, SABEMOS que los fascistas destruirían la tolerancia, así que contra ellos podemos irnos sin ambigüedades". Pero siempre habrá casos difíciles de definir, y fuera de eso, ¿qué hacemos?

Vaya, creo que al final no tengo una buena respuesta. Es decir, puedo aceptar la respuesta Antifa de "vámonos por lo que se necesita hacer ahora", pero sólo provisionalmente. En algún momento tendremos que reflexionarlo en serio.

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