Ateos contra SJWs: ¿Quién mató al movimiento escéptico? - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

martes, 6 de abril de 2021

Ateos contra SJWs: ¿Quién mató al movimiento escéptico?


 

Entre agosto de 2019 y febrero de 2020, los periodistas David Osorio y Gretchen Mullen publicaron un intercambio en el que se lamentaban cómo el posmodernismo, la política identitaria y la justicia social habían destruido al movimiento ateo y escéptico. Daniel Galarza, El Escéptico de Jalisco, me invitó a escribir un comentario al respecto. Él ya tiene una serie de objeciones muy puntuales al texto de Osorio y Mullen, por lo que creo que no hace falta más. En cambio, quise escribir un ensayo más general sobre algo que ha venido mal desde hace tiempo en el movimiento ateoescéptico.

 

Pero, antes de empezar, hagamos algunas aclaraciones. Estrictamente, el escepticismo y el ateísmo no son lo mismo, pero en la realidad, como movimientos, se superponen casi en un cien por ciento; o sea, comparten casi todos los mismos foros, publicaciones, eventos y personalidades destacadas. En este ensayo, cuando me refiera a uno, estaré hablando de ambos.

 

Habría quien quisiera zanjar la cuestión negando que existe tal cosa como un “movimiento”, quesque porque no hay un liderazgo ni se expiden membresías. Es una movida deshonesta, porque movimiento no significa club o partido. Sí, en teoría un conjunto de personas pueden ser ateas o escépticas, y eso no implica que tengan ninguna otra característica en común. Pero en los hechos tenemos un montón de individuos que comparten ciertas creencias y valores, manejan discursos similares, repiten los mismos puntos argumentativos sobre los mismos temas, siguen a las mismas figuras señeras e impulsan objetivos comunes para incidir en la sociedad y la cultura.

 

Se sobreentiende que voy a hablar de generalidades. Sabemos que en todo hay diversidad. Si usted siente que las críticas no aplican a usted o sus conocidos, entonces no las tome como tales. No tengo nada parecido a “cifras exactas del porcentaje de ateos y frecuencia con la que han hecho esto o estotro”; éste no es un estudio sociológico, sino una serie de observaciones y reflexiones basadas en mi experiencia de años en el escepticismo en línea.

 

I
INTRODUCCIÓN: DE AVANZADA
 


En la primavera del 2020, cuando el Movimiento Black Lives Matter se encontraba en uno de sus puntos más álgidos tras el asesinato de George Floyd, David Osorio compartió esta gráfica en Facebook. Según él y muchas otras personas que la compartieron en esos días, estos datos duros e incontrovertibles desmentían la creencia de que hay un problema de racismo sistémico en los Estados Unidos porque hay más delitos de negros contra blancos que viceversa.

 

Ahora bien, una de las cosas que uno debería aprender como escéptico es que los datos por sí solos no significan gran cosa sin un contexto. En especial, que las gráficas no siempre son una representación objetiva de los hechos, sino que pueden ser diseñadas para manipular a través del impacto visual. Bien, pues yo me fui directo a la fuente citada en la gráfica, que no es nada heroico sino un movimiento básico de escepticismo, y con esa información publiqué un hilo de Twitter desmontando sus insinuaciones y mostrando qué es lo que en realidad decían esos datos.

 

Vaya, Osorio cometió un error. No pasa nada, todos nos equivocamos a veces, nos dejamos llevar por alguna pieza de información sin verificarla, compartimos alguna noticia falsa. Errare humanum est. Pero no es la primera vez que esto sucede; años antes, cuando BLM estaba empezando, Osorio ya había querido “desmentir con datos duros” la narrativa de que existe un sesgo racista en la policía de Estados Unidos. Pero esos “datos duros” a los que Osorio apelaba, (compartidos de un post de Facebook de un policía negro), fueron refutados por el doctor Phillip Stinson en un artículo de la BBC. Los verdaderos datos duros nos muestran que, si eres negro, tienes casi el triple de probabilidades de morir a manos de la policía que si eres blanco, como lo demuestra este artículo de Snopes.

 

Y no olvidemos cuando David Osorio celebró la vergonzosa chorrada Peter Boghossian como una brillante refutación contra el feminismo y el posmodernismo. Boghossian había logrado publicar un texto paródico en una revista de ciencias sociales y lo presentó como si hubiera sido una contundente demostración de que los estudios de género estaban tan corrompidos por el posmodernismo que cualquier galimatías sin sentido podría engañarlos. Lo que Boghossian no hizo público, y Osorio nunca admitió por más que se lo señalaron, es que el texto en cuestión había sido rechazado en su primer intento, y sólo lo aceptó una revistucha sin proceso de revisión por pares, que además cobra a sus colaboradores por publicar. El drama completo está por acá.

 

Entonces, ¿cuál es el problema aquí? ¿Para qué estoy sacando a colación los errores de Osorio? ¿Acaso quiero desprestigiarlo con mezquinos ataques ad hominem? No. Todos cometemos errores y nos dejamos engañar de vez en cuando. Pero lo que yo invitaría a David a preguntarse es: ¿por qué se dejó engañar precisamente en estos casos? ¿Por qué precisamente sobre estos temas?

 

A riesgo de especular, aventuro la siguiente suposición: yo creo que esas falsedades confirmaban sus prejuicios sobre los movimientos por la justicia social, en particular el antirracismo y el feminismo, y por eso le fue tan fácil caer en ellas. Es decir, tenemos aquí un sesgo que recurrentemente le hace caer en los mismos errores.

 

Pero no se trata de echarle tierra a David. Él no está sólo; no es el único ateoscéptico que hace cruzada por la ciencia y el pensamiento racional, para después caer en sesgos embarazosos cuando se enfrenta a ciertos temas. Dice él que la política identitaria y el posmodernismo están destruyendo al movimiento; yo digo que la actitud de algunos ateoscépticos ante la justicia social es lo que está afectando el potencial del escepticismo.

 

Soy uno de los escépticos veteranos de los años de la blogósfera y atestigüé cómo el movimiento se configuró en las redes sociales. Vi sus mejores momentos y me congratulé de ser parte de una causa que, hasta la fecha, me parece justa y necesaria. También fui testigo de una tendencia entre varias de sus figuras (blogueros, youtubers, columnistas, o simples comentaristas usuales, tanto en inglés como en español), que desarrollaban una hostilidad cada vez más virulenta contra los movimientos por la justicia social: feminismo, antirracismo, activismo lgbtq+, etcétera.

 

Empecé a ver cómo esa hostilidad llevaba a muchos a compartir discursos con personajes cuyos valores se contraponen por completo a los ideales del escepticismo, incluyendo a figuras de extrema derecha. Vi cómo viralizaban textos de Christina Hoff Sommers y Camille Paglia, par de charlatanas cuyas afirmaciones han sido desmontadas, pero que “refutan el feminismo”. Los vi compartiendo el video “Por qué no soy feminista” de la supremacista blanca Lauren Southern. Leí cómo repetían narrativas falsas, propias del neofascismo, según las cuales había ciudades europeas donde primaba la ley sharia. Noté cómo apelaban una y otra vez a Quillette, publicación cuyos artículos están llenos de sesgos, falacias y falsedades, pero que es enemiga de los movimientos por la justicia social.

 

Llegamos a un punto en que mucha de la bandita escéptica olvidaba el rigor cuando se trataba de luchar contra los social justice warrios. Que cuando había que atacarlos, ya no importaban los “hechos y lógica”. O más bien, creyeron que cualquier cosa que fuera contra ellos era “hechos y lógica”. Dicho de otra forma, se podía notar entre ciertas personalidades del escepticismo un sesgo irracional muy fuerte contra los movimientos por la justicia social, uno que les hace apagar el pensamiento crítico cuando se trata de estos temas. Pero, ¿por qué precisamente estos temas? De esto es de lo que quiero reflexionar…

 

II
YO ESTUVE AHÍ, GANDALF


Las raíces del moderno movimiento escéptico se remontan a la década de los 70 con la fundación del Committee for Skeptical Inquiry, su vertiente actual nace en la década de los dosmiles con la llegada de la Internet 2.0 y el auge de la blogósfera y YouTube, cuando entusiastas de la ciencia, el escepticismo y el ateísmo comenzaron a encontrarse en línea y formar redes.

 

Yo estuve ahí, Gandalf, hace tres mil años. Habíamos leído los mismos libros, admirábamos a los mismos intelectuales, y unos a otros nos enseñamos a reconocer pseudociencias, detectar bulos, y analizar argumentaciones en busca de falacias. Nuestros objetivos usuales eran los blogs de misteriología, los creacionistas y otros literalistas de la Biblia, las medicinas milagrosas, las cadenas de información falsa, etc.

 

Luego algo pasó. El feminismo y otros movimientos por la justicia social empezaron a ganar tracción y sus reclamos saltaron al discurso cotidiano, sobre todo en los medios y las redes sociales. Entonces comenzaron a aparecer, con cada vez mayor frecuencia, textos, videos y podcasts de escépticos que pretendían refutar postulados del feminismo o los excesos de la corrección política, con la misma seguridad con la que antes habían refutado la teoría de los alienígenas ancestrales. Esto es algo que en retrospectiva han señalado varios veteranos de YouTube, incluso entre quienes fueron cercanos al escepticismo (ejemplos aquíaquí, aquí y aquí): algunos creadores de contenidos fueron centrándose más y más en el ataque contra la justicia social, hasta el punto en que terminaron dedicándose casi sólo a ello.

 

Quizá este cambio de dirección recibió un impulso de los ilusionistas Penn & Teller, quienes en su programa Bullshit! (2003-2010) exponían y desmontaban fraudes pseudocientíficos, afirmaciones sobrenaturales y productos milagrosos. Loable labor, pero resulta que también incluían contenido en contra del ambientalismo (haciendo negacionismo del cambio climático), el control de armas o la corrección política. Fueron de los primeros comunicadores a los que vi representar las universidades como “campos de radicalización hacia la izquierda” por sus políticas a favor de la inclusión y la diversidad.

 

Sucede que Penn & Teller son bastante de derechas y de hecho Penn Jillette es miembro del Cato Institute, un think tank libertariano. El problema no es que expusieran sus opiniones políticas, algo a lo que tienen derecho, sino que, para empezar, eran bastante falaces, y para acabar las colaban en un programa que supuestamente tenía como objetivo desmontar pseudociencias y supersticiones, como si sus apologías políticas fueran parte de ese mismo esfuerzo. Lo cual se convirtió en una característica de muchos creadores de contenidos escépticos, tanto celebridades profesionales como interneteros amateurs: el presentar sus filias políticas como si fueran tan sólidas como los hechos científicos que divulgaban, y a las posturas contrarias como si fueran tan supersticiosas como las maguferías a las que combatían.

 

En 2011, en el marco de la World Atheist Convention de Dublín, Rebecca Watson habló del acoso que había recibido como mujer joven dentro del movimiento; esa misma noche, un sujeto desconocido intentó abordarla, de forma por demás insensible e impertinente, en un elevador. El incidente, conocido popularmente como ElevatorGate, desencadenó burlas, críticas, amenazas y acoso por parte de propios y ajenos. Figuras relevantes del movimiento se posicionaron, como P.Z. Myers a su favor o Richard Dawkins en su contra. En los meses que siguieron, otras mujeres dentro del movimiento alzaron la voz.

 

Vinieron otros escándalos. Personajes prominentes del escepticismo, el ateísmo y la divulgación científica fueron acusados de cosas que van desde hacer comentarios racistas y misóginos hasta el acoso sexual. Ante este panorama, muchos optaron por el camino de la autocrítica, mirar hacia dentro de sus espacios e instituciones para ver qué se estaba haciendo mal y cómo corregirlo. Otros prefirieron ponerse a la defensiva y descartar esas acusaciones como otro ejemplo de la histeria de los “social justice warriors” que estaban destruyéndolo todo. Muchos siguieron en lo suyo, tratando temas de ciencias y pseudociencias sin meterse en otros asuntos.

 

Por ahí del 2015, cuando el conjunto de movimientos de extrema derecha conocido como la alt-right empezó a ganar notoriedad, y Donald Trump se convirtió en su campeón, ciertas figuras notables de la escepticósfera en línea empezaron a mostrar abiertamente no sólo su hostilidad a los sjw, sino su franca simpatía por la extrema derecha. Otros muchos simplemente se posicionaron en un falso justo medio, trazando equivalencias espurias entre la justicia social y la ultraderecha, clamando que estaban contra “ambos extremos”, pero sólo esforzándose contra uno de ellos. En fin, en realidad hubo de todo, incluyendo muchos intermedios en un amplio espectro.

 

Casi una década después de ElevatorGate, en 2020, Kavin Senapathy publicó el ensayo The Skeptics Movement Can’t Afford to Ignore Racial Inequality. La revista Skeptical Inquirer, de la que ella era colaboradora, reaccionó borrando todas sus colaboraciones (aunque luego del escándalo las volvieron a subir). El hecho reveló que los sesgos sobre la justicia social seguían muy vigentes, que los reclamos contra el sexismo y el racismo serían tomados con hostilidad, incluso en instituciones serias y prestigiadas.

 

III
SKEPTISCISM SO FRAGILE


Pero, ¿de dónde venía esa hostilidad? No voy a mentir: entre los “social justice warriors” hay mucha irracionalidad, e incluso antirracionalidad (tipo, “la lógica y la ciencia son inventos opresivos del hombre blanco”), hay actitudes dogmáticas que no le envidian nada al fundamentalismo religioso, hay apologías de supersticiones y pseudociencias (la prominencia de la astrología en el feminismo, por ejemplo), y culposa indulgencia a las religiones (en especial si no son occidentales, como el Islam). Eso se suma a una actitud muy común en los sjw, más dados al sermoneo y el regaño que a la persuasión. Todo esto bien puede explicar parte del rechazo de los escépticos a esos movimientos.

 

Pero si sólo el afán de luchar contra lo irracional moviera a los escépticos a atacar a estos movimientos, no caerían ellos mismos en sesgos tan de principiante. Más aun, no ignorarían los discursos perfectamente racionales, basados en hechos y evidencias, informados por las ciencias y desarrollados con toda lógica, de los que no escasean entre los sjw. Para muestra de esfuerzos por divulgar estas causas con verdaderos “facts and logic” están edutubers como ContraPoints, Shaun, Innuendo Studios, e incluso personalidades que son a la vez escépticos y socialjusticieros, como la misma Rebecca Watson.

 

Alguien me comentó una vez que es malo defender buenas causas con malos argumentos, como muchas veces hacen los sjw, pero es peor no sumarse a una buena causa a pesar de que tenga buenos argumentos, como a menudo han hecho los escépticos, que insisten en tomar los ejemplos más obviamente absurdos para rechazar a toda una serie de movimientos sin más.

 

Entiendo el impulso de dudar de la credibilidad de alguien que te dice seriamente que su personalidad se la debe a un signo zodiacal. Pero que haya feministas convencidas de estas supercherías (bastante triviales, por otro lado), no hace legítimo descartar todos los conceptos y argumentaciones provenientes del feminismo. Lo intelectualmente honesto es conocerlos bien y analizarlos en sí mismos.

 

Una hipótesis señala que el movimiento escéptico desde un inicio estuvo conformado mayoritariamente por hombres blancos nerdosos, tanto sus intelectuales de cabecera como sus fans. Es decir, se trata de una identidad privilegiada. Recordemos que el punto del concepto de “privilegio” es precisamente reconocer que el lugar que una persona ocupa en la sociedad le trae ciertos sesgos y prejuicios, ciertos puntos ciegos que sólo se pueden superar con un esfuerzo honesto y consciente.

 

Los movimientos de justicia social irrumpieron en escena con una serie de reclamos contra las estructuras de poder que sostienen la supremacía racial y de género (entre otras). Muchos hombres blancos percibieron estos movimientos como ataques contra ellos, un reto a prejuicios interiorizados que hasta entonces no habían tenido que cuestionar, una satanización de su identidad como hombres blancos, o de plano una amenaza a sus privilegios, y entonces reaccionaron con hostilidad.

 

Es decir, el rechazo viene no del ejercicio del pensamiento escéptico y racionalista, ni del amor por la ciencia y los “valores de la Ilustración”, sino de los prejuicios y sesgos propios de la identidad que configuraba el grueso de la demografía del movimiento ateoscéptico. ¿Por qué un escéptico, ateo, humanista secular y amante de la ciencia escucharía a un cristiano conservador jungiano que dice tantas y tan notorias falsedades como Jordan Peterson? Porque éste ofrece el reconfortante mensaje de que feministas y activistas lgbtq+ están mal.

 

Ésta es sólo una hipótesis que no está en mis posibilidades comprobar. Sin embargo, eso explicaría también por qué fue tan fácil jalar a jóvenes ateos y escépticos hacia la alt-right, un movimiento que apela al “orgullo herido” de ser hombre y blanco, y que por la misma razón penetró fácilmente en otras tribus digitales con similar configuración demográfica, como los gamers, los geeks y los libertarianos.

 

IV
SOY INTELECTUAL, MUY INTELIGENTE


Otra explicación propuesta señala que, irónicamente, el escepticismo resultó tener mucho de movimiento identitario. Digo que es irónico, porque los escépticos suelen decir que están en contra de la política identitaria, las más de las veces sin saber lo que eso significa.

 

Ya en 2015, un artículo titulado A Disease of Scienceyness acusaba cierta tendencia de los “fans de la ciencia” de favorecer el cultivo de su identidad en línea sobre aplicar con rigor los principios del pensamiento científico y racional. Es decir, que la cosa se trataba más de reafirmarse como “uno de los inteligentes y racionales” que de hacer contribuciones de valor. Si han estado en espacios en redes sobre escepticismo, quizá han notado más un afán por regodearse en el sentimiento de superioridad intelectual y burlarse de los magufos que otra cosa.

 

Creo que muchos escépticos caímos (aquí me incluyo) en la trampa de pensar que habíamos descubierto la clave del razonamiento correcto y verdadero. Nos convencimos de que habíamos alcanzado la Racionalidad como un yogui alcanza la Iluminación[1]; que ahora sólo pensaríamos y creeríamos cosas cien por ciento racionales, y que por tanto si llegábamos a creer o pensar algo era porque debía ser cien por ciento racional. De la misma forma, nos creímos que si rechazábamos una idea o planteamiento era exclusivamente porque éste era irracional. Así, acabamos racionalizando ciertos prejuicios que de por sí traíamos.

 

Creímos que, como habíamos entendido por qué la ufología, la astrología, la homeopatía o la acupuntura son patrañas, habíamos quedado inmunizados para siempre contra todas las patrañas. Pero hay patrañas más sofisticadas e insidiosas que otras, y muchas se pueden disfrazar de racionalidad. Ese afán por “ser de los lógicos” nos hizo vulnerables a un montón de discursos que casi sólo tenían que decirnos “Hey, tú eres de los que aman la ciencia y la razón, ¿verdad? Pues esto es ciencia y razón: ámalo”. Y, resulta que eso disfrazado de “factsanloyic” correspondía con nuestros prejuicios interiorizados. Así, a muchos nos vendieron no sólo el antifeminismo, sino cosas como racismo científico, neodarwinismo social, economía austriaca, transfobia, islamofobia, negacionismo de las opresiones sistémicas, etcétera[2]. Es decir, pseudorracionalismo y pseudoescepticismo, derecha clásica travestida de Ilustración.

 

Hablando de la derecha, charlatanes ultraconservadores como Ben Shapiro (y sus imitadores tercermundistas como Agustín Laje) convirtieron en mantras frases como “a los hechos no les importan tus sentimientos” o “dato mata relato”. Digo que son mantras, porque estos sujetos se la pasan soltando mentiras y falacias, y parecen creer que con decir “facts and logic” mágicamente las convierten en hechos y lógica. Por lo menos a sus seguidores parecen convencerlos.

 

Luego están todas las patrañas de la Intellectual Dark Web. Esta última es un conjunto laxo y heterogéneo de campeones de la deshonestidad que se disfrazan de “centristas racionales” mientras que impulsan una ideología conservadora disfrazada de “ciencia establecida”, se la pasan tirando cascajo a la izquierda (y sólo a la izquierda). Se presentan como valientes pensadores racionalistas que no tienen pelos en la lengua y a quienes atacan por decir verdades incómodas. En realidad, los atacan por decir falsedades demostradas que alientan el sexismo y el racismo; su discurso, se ha estudiado, también sirve como puerta de entrada a la alt-right.

 

El problema principal no es tanto que algunos escépticos hayan abrazado las ideologías de extrema derecha (aunque eso es ya bastante malo), sino que otros muchos sigan haciéndole el juego. Recuerda: los fascistas no requieren necesariamente que te vuelvas fascista; les ayuda que ataques a quienes ellos odian. Se sabe que los contenidos anti-sjw son una de las puertas de entrada a la alt-right. Los movimientos por la justicia social son el principal enemigo de los nuevos fascismos, que en gran parte son reacciones contra sus avances en las últimas décadas.

 

Por ejemplo, desde la IDW se ha difundido la idea de que se vive una “crisis de la libertad de expresión”, que los campus universitarios en Estados Unidos y en todas partes ya no se puede decir nada que vaya en contra de la ideología hegemónica, ni siquiera hechos científicos demostrados, y que todos están vigilados como en una distopía orwelliana neoestalinista.

 

Es una narrativa que no se corresponde con la realidad, como se puede leer aquí, aquí, aquí y aquí, pero que muchos escépticos racionales se han comprado[3]. Resulta útil para empujar la idea de que “la corrección política se ha salido de control”, hacer de cuenta que el peligro es la izquierda queriéndolo censurar todo, y no las formas de opresión contra las que esa izquierda alza la voz. Ultimadamente, el “pánico anti-progre” favorece a quienes quieren preservar o fortalecer esas estructuras de poder, es decir, la derecha en general y la extrema derecha en particular.

 

Ojo: no estoy diciendo “nunca hay que criticar a los sjw porque eso es dar armas a los nazis”; por supuesto que la crítica puede ser válida (y hace falta). Pero debe ser intelectualmente honesta, no basada en hombres de paja sino en un entendimiento de lo que se critica y, sobre todo, sin alimentar narrativas falsas que promueven el odio.

 

Después de todo quizá el problema no es endémico del movimiento escéptico, sino que son los mismos problemas de sexismo, racismo, clasismo, etcétera, los que permean toda la sociedad, y ese mismo rechazo a los movimientos por la justicia social está en todas partes porque se trata de una crítica al statu quo y siempre es más fácil dejarse llevar por “la normalidad” que empezar a cuestionar esa normalidad. Quizá es que dentro del escepticismo y el ateísmo siempre hubo gente con tendencias derechosas y gente con tendencias izquierdosas, pero no lo notamos hasta que se empezaron a discutir ampliamente estos temas. Quizá es un poco de todo.

 

V
EL PANORAMA ACTUAL



En los últimos años hemos vivido el auge del feminismo de tercera y cuarta olas, el movimiento por los derechos lgbtq+, movimientos antirracistas como Black Lives Matter, etcétera. Frente a luchas que trataban de asuntos vitales para miles de personas, ¿qué tenía que ofrecer el escepticismo?

 

En realidad, pudo haber ofrecido muchas cosas, en alianza con ellas, como enseñar a identificar información falsa y argumentos falaces y pseudocientíficos en el discurso de la derecha, por ejemplo. Pero algunos escépticos eligieron tomar estos movimientos como enemigos a vencer. Exagerando ciertas actitudes irracionales en su interior, los declararon irracionales en su totalidad. Y con ello eligieron el camino de la pequeñez y la irrelevancia.

 

Sintiéndose poseedores de una claridad intelectual intrínseca pensaron que podían opinar de cualquier cosa con conocimientos superficiales e invocaciones rituales a la lógica. Ignorando el significado de conceptos como “patriarcado”, “privilegio” o “interseccionalidad”, les dio por refutarlos con una confianza que sólo da el Dunning-Kruger. Sin entender gran cosa de filosofía, acabaron usando “posmoderno” con la misma discrecionalidad con la que la derecha más ridícula usa “marxismo cultural” o “ideología de género”.

 

En los últimos años las redes se llenaron de morritos exigiendo evidencias científicas en asuntos en los que no venía al caso hacerlo; jóvenes creyendo que podían descartar cualquier cosa sólo con enumerar nombres de falacias en vez de analizar honestamente lo que dicen las otras personas; intelectuales que fueron agudos divulgadores de la ciencia y refutadores de la superstición se convirtieron en ancianos que pelean con las nubes cuando se topan con temas que no entienden.[4]

 

En un mundo en el que escepticismo se necesita para luchar contra las teorías de la conspiración, los antivacunas y los negacionistas del cambio climático, el ascenso de cristianos fundamentalistas a posiciones de poder, o el desmantelamiento de las instituciones científicas por parte de los gobiernos, muchos escépticos prefirieron lloriquear contra el feminismo, la corrección política y la cultura de la cancelación.

 

El resultado de todo esto fue alejar y predisponer contra el escepticismo a las personas que simpatizan con las causas de la justicia social. Digo, realmente, cuando una persona vive con el miedo y la furia de saber que están matando sistemáticamente a otras como ella, ¿cómo va querer escuchar a un tipo listo que se acerca y le dice “Ese problema ni existe; el verdadero peligro es la astrología”?

 

Lo cual es una lástima: como pretendo argumentar en un texto futuro, estos movimientos necesitan el escepticismo. Pero no la versión burlona, simplista y altiva que ofrecen muchos escépticos en línea. Ésta sólo les ha hecho desconfiar de las apelaciones a la lógica, a la razón o a los hechos científicos; han aprendido a esperar un discurso malintencionado y despectivo detrás de estas presunciones de objetividad.

 

No fue la justicia social la que destruyó al movimiento escéptico; muchos escépticos se arruinaron a sí mismos en su afán de luchar contra los movimientos por la justicia social. Se dejaron llevar por temores y desdenes nacidos de prejuicios dignos de viejitos conservadores, y como tales acabaron haciendo el ridículo.

 

Para ser completamente honestos, yo también he caído en muchos de esos errores. Si he aprendido algo ha sido gracias a que tengo amistades que, por necesidad y supervivencia, están en los movimientos por justicia social. Así que lo que tengo que decir a los escépticos es que empiecen a escuchar a estas personas con la mente abierta.

 

El escepticismo, como movimiento, sigue siendo necesario, pero no puede permanecer ajeno a las luchas sociales más vitales de nuestros tiempos; es preciso un posicionamiento. Tiene que dejar atrás las concepciones ingenuas sobre ciencia, racionalidad y filosofía. Tiene que dar menos importancia al “quiero que me vean como intelectualmente superior” y más a la pedagogía y la divulgación.

 

Muchos escépticos dicen ser seguidores de los ideales de la Ilustración[5]. Pero la Ilustración no fue solamente un movimiento a favor de la ciencia y la razón, sino por la justicia y en contra de las estructuras de poder. Hoy en día parece que en muchos casos ambos anhelos marchan por separado.

 

Mi esperanza es que por un lado el pensamiento racional y la reivindicación de la ciencia, y por otro la lucha contra las injusticias sistémicas y la supremacía en todas sus formas, conformen una mancuerna permanente. Es decir, en una mano tenemos los principios para pensar con claridad, y en la otra una brújula ética que guíe la lucha. Este anhelo se hace realidad en el trabajo de muchos otros divulgadores e intelectuales públicos, (como los edutubers mencionados), que han dejado atrás esa primera ola de escepticismo con su actitud de pubertos jodones y sus opinócratas caducos. Creo que ése el camino para construir un mundo mejor.



Publicado originalmente en Factor el Blog

FIN

[1] Una cosa que he aprendido en la vida y el estudio es que la racionalidad no es una cualidad que uno posea, sino un esfuerzo que uno hace en cada ocasión, y con distintos grados de éxito; que el éxito en un asunto no es garantía del éxito en cualquier otro.

[2] Un ejemplo de una trampa en la que yo mismo caí fue el pensar que la psicología evolutiva de la escuela de Santa Bárbara representaba el colmo de las ciencias de la mente. Luego aprendí que esta corriente está lejos de ser la más aceptada científicamente; por el contrario, es muy cuestionada, aunque se ha popularizado mucho fuera de los ambientes académicos. Hoy por hoy, desde la IDW hasta el movimiento misógino de la Píldora Roja apelan a la evopsic de Santa Bárbara para justificar las inequidades de género.

[3] Uno de los pocos textos en español sobre la IDW apareció en el portal de divulgación científica Xataka, y el autor se compra completita la narrativa de “la ciencia y la libertad de pensamiento están en peligro por culpa de la ideología progre”.

[4] Un ejemplo clásico y lamentable en las redes de habla hispana es el de Mauricio-José Schwarz, tan lúcido alguna vez para explicar asuntos como por qué la magnetoterapia es una charlatanería, acabó haciendo un ridículo tras otro en su cruzada contra la filosofía, o diciendo cosas como que si el racismo no es legal entonces no es sistémico, o que interseccionalidad significa que un negro rico está más oprimido que un blanco pobre.

5 comentarios:

MalBicho® dijo...

Es que, efectivamente, los datos y la lógica rifan. Sin embargo, aunque suene trillado, si descontextualizas esos datos, entonces dirán cualquier cosa según quieras. Hace poco, al elaborar un proyecto de investigación, observé que por ejemplo el que los negros cometan más delitos que los blancos es falso y datos así, que desmienten el prejuicio, existen desde 1916. Lo que pasa es que la idea de que es al revés se ha enraizado porque sistémicamente se realimenta esa idea aunque los datos lo desmientan. Si con ese ejemplo tan sencillo se cae una gran narrativa, ¿qué tan probable es que las demás caigan también así de fácil? Mi punto es que los datos y la lógica han estado siempre a nuestro favor, el problema son los divulgadores que meten esos datos bajo la alfombra o los sacan de contexto o finalmente los tergiversan. Estoy muy molesta con el movimiento escéptico. Y es gracioso, porque siempre ha existido la exigencia de evitar que la ideología o las prenociones nublen el juicio y la razón (chingado, desde el siglo XVIII), pero cuando eso está pasando en sus narices, son incapaces de distinguirlo POR FILIAS Y FOBIAS POLÍTICAS jajaja son un pinche chiste, un oxímoron venido a menos.

master_of_seals dijo...

Yo supondría que todo esto no es tan sorprendente cuando sabes que _todos_ son susceptibles de caer en disonancias cognitivas. Es triste saber que existen casos en los que la visera y, más grave aún, el ideario fascista o sus cómplices se disfrazan o suben a los hombros de disque referentes del pensamiento crítico.
Lo que sí me saca de onda, y sé que es irme por la tangente, pero lo haré porque a ti y a este otro sujeto los sigo desde que era un niño (así que sí, hay un componente emocional en esto que diré) y me resulta extrañísima la opinión que tienes de él, es lo que has dicho de José-Schwarz.
No estoy yo para defenderlo ni él para que lo defiendan, solo que auténticamente creo sus argumentos están siendo o tergiversados o mal valorados, y me gustaría corregir mi impresión sobre los mismos porque a ti también siempre te he considerado un referente para mi desarrollo intelectual (por tu culpa empecé a leer a Russell, y mi volumen desgastado de la Historia de la Filosofía no te lo agradece).
Te conté hace algunos años que, gracias en parte a leerte, me entraron las ganas de estudiar filosofía como carrera. Ahora estoy en proceso de terminar una maestría en filosofía de la ciencia con una tesis enfocada en la filosofía de la lógica. Creo que decir que Schwarz hizo el ridículo da a entender que sus argumentos son débiles y dan pena de solo leerlos, ¿es esto lo que crees? ¿por qué lo crees así? Yo, a mitad de mi licenciatura, los escuché y aún en este momento me cuesta dar respuesta a las cosas que él ha dicho sobre esto. No sé por qué mi carrera tiene un valor tal que justifique que el Estado destine una parte de su presupuesto a que yo viva becado y haga algo que disfruto. Disfruté de estancias que le costaron decenas de miles de pesos a mi universidad y que no sé exactamente por qué no habrían estado mejor invertidos en un estudiante de matemáticas o de literatura. Sé ahora que esa idea de enseñar a filosofar es una ilusión guajira, porque la carrera ni garantiza que la gente al terminar sus estudios aprenda a pensar 'mejor' (ojalá así fuera), ni certifica alguna clase de conocimiento o habilidad especializado más allá del de la historia del pensamiento o el uso rudimentario de lenguajes formales (principalmente lógica de primer orden y teoría de conjuntos). Cuando saco este problema a discusión con colegas, que van desde otros licenciados hasta a doctores en filosofía, usualmente hay una confusión que también aprendí a notar gracias a Schwarz, i.e., la distinción entre la filosofía como actividad intelectual y la filosofía institucionalizada. Creo que pensar que estas cuestiones son ridículas le hace un flaco favor a la filosofía como profesión, y es algo que yo mismo no he logrado resolver para mí, y las respuestas que he leído me parecen conceptualmente confusas, deshonestas o que parten de supuestos asumidos que no puedo admitir como verdaderos solo por serme convenientes a nivel personal (me encantaría creer que mi carrera sirve de algo) o porque intuitivamente me parecen verosímiles.
Como nota adicional, y porque no escribo aquí en tu blog desde hace más de 8 años, quería agradecerte que hables de temas políticos y problemas sociales. No son cuestiones sobre las que yo mismo me tome el tiempo de investigar porque la vida no da para aprenderlo todo y ser un maestrante en estos tiempos es una experiencia horrible. Pero tú articulas de una manera precisa ideas que yo tengo desde hace años y me das una claridad de pensamiento que todavía me asombra aún entrando en mi adultez temprana. Así que: gracias, Maik. Sigues siendo un maestrazo para mí.

MalBicho® dijo...

Qué padrísimo que el compa de acá arriba admire a Schwarz, pero si éste dijo que el racismo no es sistémico es porque no tiene ni peregrina idea de cómo funciona un sistema social ni de quiénes lo echan a andar. Sobres.

master_of_seals dijo...

Yo hablaba sobre su opinión acerca de la utilidad de la filosofía como profesión. Sobre los otros temas no tengo ni idea.

Maik Civeira dijo...

Hola, muchas gracias a ambos por sus comentarios, y perdón por tardar tanto en leer. Como dice MalBicho, las cuestiones del Chuars sobre justicia social son tan ridículos en sí mismos que no requieren más elaboración (aunque quizá un día la haga).

Sobre la filosofía como profesión, caray, no lo sé. Daniel Galarza tiene un par de excelentes respuestas. Una ya está enlazada en el cuerpo del texto y la otra te la pongo aquí:

http://elescepticodejalisco.blogspot.com/2018/01/mauricio-schwarz-y-el-complejo.html
http://elescepticodejalisco.blogspot.com/2018/11/que-sentido-tiene-la-filosofia-como.html

¡Saludos!

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