Wanda y el Halcón: Necesitábamos tarapia y nos dieron unas series - Ego Sum Qui Sum

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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 30 de abril de 2021

Wanda y el Halcón: Necesitábamos tarapia y nos dieron unas series



PRÓLOGO

 

El género de superhéroes lleva más de 20 años siendo uno de los más exitosos en las salas de cine. Casi el mismo tiempo se ha ido posicionando como una presencia constante en las pantallas chicas. Por parte de DC, la bobalicona pero entrañable Smallville, entre 2001 y 2011, fue un antecedente de lo que llegaría a ser el Arrowverse, iniciado en 2012 con Arrow y que hoy ya cuenta con todo un universo de series interconectadas, incluyendo las populares The Flash y Supergirl (igual de bobaliconas y entrañables).

 

No podemos olvidarnos de algunas series más experimentales, como Heroes (2006-2010), quizá la primera que trató de tomarse a los superhéroes “en serio” y que tenía un estilo aprendido de las series de ciencia ficción que estaban marcando la década, como Lost. También estuvo la británica Misfits (2009-2014) que mezclaba el concepto de superhumanos con comedia y drama adolescente al estilo de Skins. Estas producciones ayudaron a abrir el camino para lo que vendría en el futuro.

 

El Universo Cinemático de Marvel inició en 2008 con Iron Man y se consolidó como la franquicia más exitosa de nuestros tiempos a partir de 2012 con The Avengers. Al año siguiente, Marvel decidió expandir su universo hacia la TV, con series producidas para la ABC, empezando con Agents of S.H.I.E.L.D. Ésta a su vez generó su propio sub-universo con otras series como Agent Carter e Inhumans (también estaba ahí Runnaways, transmitida en Hulu).

 


Todas estas series seguían un formato narrativo bastante clásico de “monstruo de la semana”, episodios casuales insertados en un arco argumental más amplio, con un tono por lo general desenfadado que en ocasiones mezclaba melodrama telenovelesco. Es decir, era televisión muy tradicional. No es que eso sea malo, a mí varias de ésas me parecieron muy divertidas; pero ya para la década de los 2010 la televisión estaba evolucionando y presentando propuestas muy ambiciosas en cuanto a estética y contenido, sobre todo a través de las plataformas de streaming.


Entonces llegó Daredevil en 2015 para volarnos los sesos. Esta coproducción de Marvel y Netflix mostró desde el primer momento que era algo completamente diferente a lo que se había visto en las series de superhéroes, con una calidad cinematográfica de alto nivel. En vez de un montón de episodios semanales, tenía un puñado de capítulos de manufactura impecable, y una narrativa propia de miniserie de prestigio, ejemplo dignísimo de la Nueva Edad Dorada de la TV. A su vez, esta serie engendró otras como Jessica Jones, Luke Cage y The Punisher, casi siempre muy bien recibidas.

 

Conforme se acercaba el final de la década, las plataformas de streaming comenzaron a experimentar con el género de superhéroes, adaptando cómics y novelas gráficas que propusieran algo diferente a las de Marvel o DC. Fue como en 2019 vieron la luz The Umbrella Academy, The Boys y Watchmen, todas aclamadas críticamente. Es claro que el estándar ahora está muy alto.


 


Con la Saga del Infinito concluida ese mismo año, Marvel estaba dispuesta a probar nuevos caminos a través de su propia plataforma, Disney+, pero había algunos problemas. Las series que giran alrededor de Agents of S.H.I.E.L.D. en la ABC son de un estilo y calidad propios de otra época (además de que en sus últimas temporadas ya había saltado al tiburón muchas veces), mientras que las de Netflix, que tienen como eje a Daredevil, están en manos de un competidor directo.

 

La buena noticia es que, aunque las series ABC y Netflix supuestamente se insertaban en la continuidad más amplia del MCU, y los eventos de las películas impactan el mundo de las series, esto no sucede al revés (y tampoco tienen nada que ver las de una cadena con las de la otra). Esto permitiría a Disney iniciar en limpio, con estrenos que involucren a los personajes de las películas en papeles protagónicos, que impacten directamente el desarrollo de los eventos en las cintas y que no tengan que preocuparse por respetar la continuidad de series anteriores. Así, parece que todas las de la ABC ya quedaron fuera de la continuidad principal del MCU; han sido descanonizadas, pues. Hay rumores de que Disney quiere rescatar a los personajes de las series de Netflix, pero no se sabe cómo haría esto.

 

Todo lo cual nos lleva a las dos primeras series de Marvel para Disney+, las dos primeras entregas de lo que augura ser una nueva era para la Casa de las Ideas en la pantalla chica: WandaVision y Falcon and the Winter Soldier. ¿Y qué tal han estado? Pues, sorprendentemente buenas, de hecho. Hablemos de este par de exitosos experimentos y de lo que significan para el futuro de los encapotados en la televisión. Spoilers ahead!

 

EL DUELO ES AMOR QUE PERMANECE

 


La Saga del Infinito acababa de concluir. Marvel tenía delante dos problemas. El primero es la crítica constante de que la mayoría de sus películas son muy iguales entre sí. Si quería mantenerse en la cima, no se podía dar el lujo de seguir haciendo entregas rutinarias y formulaicas. Pero el segundo problema es que superar las notas altas con las que terminaron Infinity War y Endgame era muy difícil. Ese nivel de grandiosidad no puede alcanzarlo cualquiera, ni creo que lo podríamos ver repetirse sin que empezara a perder impacto.

 

Desde 2019 los fans especulaban sobre el posible futuro de Marvel. La mayoría apuntaba al multiverso, es decir, hacerlo todavía más grande, metiendo más y más personajes en crossovers masivos in crescendo como lo habíamos visto suceder desde Avengers hasta Endgame. Pero eso parecía muy difícil, apuntaban otras voces, y entonces al MCU sólo le quedaría irse para abajo.

 

En realidad, tenía otro camino, y es justo el que escogió: probar lo nuevo, experimentar. No repetir de las mismas fórmulas de antes, pero tampoco depender de la grandilocuencia hipoerbólica. Que lo épico volverá, volverá, pero antes hay que preparar el terreno reconstruyendo un mundo y unos personajes que nos importen con historias que nos cautiven. Y, rayos, lo consiguieron.

 

WandaVision es lo más original y osado que Marvel había hecho en mucho tiempo. Tras 12 años de películas, buenas o malas, que siguen una narrativa muy tradicional, Marvel se atrevió por primera vez a experimentar con la estructura y el formato, contándonos una historia diferente de una manera distinta. Aunque el capítulo final tiene la reglamentaria pelea entre superseres (que, además, son personajes que tienen los mismos poderes, pero uno es bueno y el otro malo, algo típicamente marvelita), desde el principio y a lo largo de su desarrollo, las serie nos dio algo nunca antes de visto.

 


Esta idea de que cada capítulo de Wanda fuera como una sitcom gringa de cada década a partir de los 50 llamó nuestra atención desde un inicio. Era un misterio por partida doble: ¿Qué estaba provocando, dentro del universo de la serie, que la situación fuera tan extraña? ¿Era acaso Mephisto? ¿Y por qué los creadores de la serie habían tomado esta decisión creativa, qué querían decirnos con esto?

 

Las especulaciones sobre el misterio hicieron que una primera vista de WandaVision fuera intrigante, pero también distrajeron a muchos fans con elucubraciones fantasiosas sobre multiversos. Al final no era nada de eso y la elección de Evan Peters como Ralph Bohner fue el troleo del año. Marvel nos ha maleducado para esperar que cada entrega sea un comercial de entregas futuras y eso fue lo que llevó a las especulaciones alucinadas sobre los X-Men, el multiverso y Mephisto, cuando lo importante estaba frente a nuestros ojos.

 

Quitando la misteriología de en medio y volviendo a ver la serie, se puede apreciar mejor lo que estaba tratando de decirnos. En dos aspectos se distingue WandaVision del resto del MCU. En primer lugar, crea una obra metaficcional que utiliza los tropos de la televisión para contar una nueva historia. En segundo lugar, la historia misma, una más íntima de lo que se había visto, en la que el arco de la protagonista ocurre a un nivel psicológico y emocional. Es decir, la serie trata de cómo Wanda tiene que enfrentar sus traumas y hacerse fuerte para superarlos, no de su pelea con el villano en turno.

 

Pero, ¿por qué las sitcoms? La serie nos explica que, en un arranque depresivo, Wanda había perdido el control de sus poderes y, sin querer, metido a ella y a toda la población de Westview en un mundo ficticio creado por su magia caótica. Mas nunca se dice explícitamente por qué las sitcoms.

 

La interpretación de Becka Salas, que a mí me gustó mucho, es que las comedias familiares de la TV representan un ideal de vida hogareña feliz que a Wanda le había sido arrebatadao una y otra vez con la pérdida de sus padres, su hermano y su amado. Wanda toma de su mente las únicas referencias que ha conocido, y con ellas recrea un refugio donde pueda evadirse de su dolor y soledad.

 


Mas sucede también que esos programas idealizaban la vida suburbana clasemediera y blanca estadounidense de una forma en la que, en realidad, nunca ha existido (sólo Malcolm in the Middle es honesta al respecto). Cuando Wanda llega por primera vez a Westview, éste se presenta como un pueblo empobrecido, gris y triste. No hay tal sueño americano que las series de TV nos vendieron a los habitantes de todo el mundo por décadas.

 

A fin de cuentas, creo WandaVision nos pone a pensar en cómo tomamos referencias de la ficción para entender o imaginar nuestra realidad, un ejercicio que a veces puede ser útil para darse significado a nuestras experiencias, pero que también puede ser peligros si nos sirve para evadir y no enfrentar el mundo que nos rodea.

 

En fin, lo que quiero decir es que WandaVision me gustó mucho y me pareció muy buena, en especial después de verla por una segunda vez. Mis capítulos favoritos fueron los dos primeros, porque no sólo recrearon las comedias de mediados del siglo pasado, sino que lo hicieron bien. Honestamente me reí mucho. En general, el recorrido nostálgico por la historia de la TV con la que muchos de nosotros crecimos fue una experiencia encantadora.

 

Las actuaciones de Elisabeth Olsen, Paul Bettany y Kathryn Han fueron espectaculares. Y me encantó ver de vuelta a Katt Dennings y Randall Park, además de la introducción de Teyohnna Parris como una Monica Rambeau adulta. WandaVision no dependió de huevos de pascua ni anuncios de proyectos futuros, pero al final cumplió con avisarnos de que hay más por venir.

 

No todo me encantó de WandaVision; este cliché de “mujer extremadamente poderosa, pero es un peligro PORQUE NO PUEDE CONTROLAR SUS EMOCIONES” se me hace bastante sexista y ya lo habíamos visto en los últimos años muy mal manejado con Dark Phoenix (dos veces). Por otro lado, entiendo que el asunto viene del material de origen, y que además aquí lo manejaron mucho mejor, con una protagonista que no es está nada más que que digamos “bitches be crazy”, sino un personaje con el que puede identificarse cualquier persona que ha enfrentado el duelo y sentido la necesidad de escapar hacia la fantasía. La despedida final de Wanda y su familia es genuinamente conmovedora.

 

EL ESCUDO DEL HOMBRE BLANCO

 


No me esperaba casi nada de Falcon and the Winter Soldier. Cuando salieron los primeros avances se veía súper ordinaria, una serie de acción/comedia en estilo pareja dispareja. Pero luego empecé a leer por ahí que estaba buena y decidí darle una oportunidad. Y, oh vaya, sí que fue excelente la maldita serie, alcanzando cimas insospechadas en los episodios cuarto y quinto.

 

El primer episodio está lleno de acción, con Falcon y el ejército gringo haciendo de policía global en el Tercer Mundo, y en general la serie tiene la estructura narrativa y los tropos de un thriller de espionaje e intriga internacional. Pero detrás de eso es mucho más, y así como WandaVision nos trajo una historia íntima, The Falcon and the Winter Solder hace un zoom out para mostrarnos la dimensión social.

 

El racismo sistémico al que enfrentan los afroamericanos todos los días; el efecto psicológico de la guerra y el entrenamiento militar en la psique de los soldados; el abandono en que el mundo tiene a los indeseables, los apátridas… Estos son algunos de los temas sociales que toca la serie, y lo hace sin dejar de lado el desarrollo personal de sus protagonistas, dos personajes que, como Wanda, también están en busca de alivio para su dolor: el Sam Wilson de Anthony Mackie y el Bucky Barnes de Sebastian Stan.

 


The Falcon… es la primera pieza de Marvel en explorar las consecuencias de los hechos acontecidos entre Infinity War y Endgame. La mitad de la población había sido borrada de la faz de la Tierra, un evento traumático que generaría incontables problemas. Mal que bien, la humanidad comenzó a adaptarse a esta situación a lo largo de cinco años, cuando de pronto los desaparecidos volvieron a la existencia. Esto a su vez provoca sus propias crisis, incluyendo, pero no limitándose, a grandes masas de seres humanos que durante cinco años se habían movido libremente entre las fronteras de diferentes naciones, y que ya no eran bienvenidas.

 

Aunque los hechos que crearon esta situación son fantásticos, las crisis de refugiados y desplazados en el mundo son muy reales. Las personas sin hogar y sin patria no tienen ni siquiera un gobierno que los reconozca como sus ciudadanos, instituciones que garanticen sus derechos, o siquiera una identidad. En grandes números, son tratados como ganado humano y hacinados en campamentos en los que apenas tienen lo suficiente para vivir. Según un conteo de 2019, casi ochenta millones de seres humanos viven en esta situación.

 

Ante este panorama, no es de extrañar que surjan los Flag-Smashers, un grupo anarquistoide encabezado por Karli Morgenthau, con dejos de Antifa y Anonymous, cuyo objetivo es ayudar a los refugiados. Para ello llevan a cabo acciones como robar y redistribuir suministros de alimentos y medicinas; conforme avanza la serie, sin embargo, sus actos se van volviendo más y más violentos, llegando a atacar a militares y funcionarios. Pero eso sí: la serie deja en claro que Karli y sus seguidores sólo están respondiendo ante un mundo injusto y hostil que victimiza a personas que no han hecho nada malo.

 


El tema del racismo se aborda de forma más bien sutil en los primeros capítulos; vemos, por ejemplo, que la familia de Sam Wilson está precarizada y que el banco no le daría un préstamo. El mismo Sam, con todo y ser un Vengador, no puede encontrar la forma de sacar a su hermana y sobrinos del apuro. También atestiguamos como un policía lo trata con prejuicio y amenaza con violentarlo, una escena que no podía dejar de suceder en una obra hecha en la época de Black Lives Matter.

 

Pero el tema pasa a un primer plano cuando conocemos a Isaiah Bradley, un supersoldado afroamericano a quien el gobierno estadounidense encerró por décadas para experimentar con él sin misericordia. Estos hechos remiten a un suceso histórico real: el infame experimento de Tuskegee, en el que el gobierno experimentó brutalmente y sin su consentimiento, en una comunidad afroamericana de Alabama.

 

Bradley cumplió con sus deberes tan bien como Steve Rogers, pero mientras que éste fue recordado con honores, aquél fue encarcelado, torturado y después borrado de la historia. Tal como los millones de afroamericanos que, con su trabajo, primero esclavo y después precarizado, levantaron la nación americana sin que los monumentos y los libros de historia les rindieran homenaje. Como dice el mismo Bradley: “borraron mi historia, como lo han hecho por 500 años”.

 


Mi personaje favorito de la serie no fue Karli (Erin Kellyman), con cuyo ideario simpatizo, ni Zemo (Daniel Brühl), ciertamente el antivillano más carismático desde Loki. No, contra lo que me habría imaginado, fue John Walker, el nuevo Capitán América, interpretado por Wyatt Russell. El tipo está escrito para que te caiga mal desde un principio; sin conocerlo, ya nos parece una especie de sacrilegio que se ponga en las botas de Steve Rogers, la mejor persona del mundo. Y sí, cae mal con su cara de idiota y su actitud de gringo, pero también me dio mucha lástima, porque desde el principio se vio que nadie lo quería a pesar de que sólo trataba de hacer lo correcto y seguir instrucciones.

 

Que a Walker se le iban a ir las cabras al monte y se convertiría en el antagonista parecía claro desde el inicio, pero fue su paulatina transformación lo que merece mil aplausos a los escritores y a Russell. Poco a poco el nuevo Cap va perdiendo los estribos hasta que termina cometiendo un asesinato. La imagen de Walker con los ojos desorbitados y el icónico escudo chorreando sangre es poderosísima al final del cuarto episodio. Si Steve Rogers representaba ese ideal de lo que Estados Unidos debería ser, John Walker, en ese momento, era la encarnación de lo que en realidad es y siempre ha sido.

 

Al episodio siguiente, cuando Walker se enfrenta a sus autoridades, dice una gran verdad: ellos lo construyeron, ellos lo entrenaron y lo hicieron ser quien es, nunca ha hecho otra cosa más que seguir sus órdenes y lo hizo mejor que nadie más. Y ése es el problema: el entrenamiento militar y la experiencia en combate en el imperialismo yanqui produce criminales de guerra, individuos dañados por la violencia que sólo saben reproducirla. Mientras esas acciones sean hechas bajo las órdenes directas de los mandos y lejos de la mirada del público, están bien. En cuanto manchan la imagen pulcra del Ejército, se quiere hacer de cuenta que el problema ha sido un solo individuo y no el sistema que lo creó.

 

Los capítulos cuatro y cinco me impresionaron por la osadía con la que la serie estaba tratando todos estos temas: la historia de Bradley, el escudo cubierto de sangre, los reclamos de Walker, la perorata de Zemo sobre cómo el ideal del superhumano, ya sea en la forma de la Alemania Nazi o los Vengadores, siempre será supremacista… En esos dos capítulos The Falcon and the Winter Soldier estaba llegando a un nivel de discurso político casi a la par con la reciente serie de Watchmen. Y entonces… entonces… entonces… ¡En el último episodio lo echan todo para atrás! ¡Argh!


 


Ok, sé que es tonta la queja de “pardiez, este producto de consumo masivo creado por un monopolio capitalista no es tan radical como a mí me gustaría”. El simple hecho de ver que se aborden estos asuntos en una obra tan comercial es muestra de progreso. Además, aunque la obra en sí se quede corta, constituye un buen punto de partida para iniciar discusiones que nos lleven todavía más lejos. Y los fachos se están desgañitando por esto, lo cual es de celebrarse. Así que no voy a despotricar… demasiado.


Es que sí me decepciona un poquillo que, después de haberse atrevido a tanto, la serie termine en un punto tan timorato, típico del liberalismo centrista que caracteriza a Marvel. Karli y los Flag-Smashers terminan convertidos en supervillanos clásicos, mientras que Walker se redime peleando contra ellos.

 

Falcon da un discurso muy bueno a los líderes del mundo sobre la necesidad de hacer las cosas mejor y tomar en cuenta a la gente cuyas visas afectan con sus decisiones, pero con ello obvia que un problema sistémico no se puede resolver con una apelación al sentido moral de los poderosos. Al mismo tiempo, su mensaje para los seguidores de los Flag-Smashers termina siendo que entiende sus razones pero “ésas no son las formas”. Chale.

 

Sé que no podía esperar otra cosa que un final optimista y conciliador, que el mensaje final no podría ser “el ideal americano siempre será racista y no hay en él lugar para las personas racializadas”, y que Sam Wilson, el nuevo Capitán América, tenía que demostrar que “sí se puede”, que también los marginados pueden expandir ese ideal para hacerse parte él. Pero los capítulos cuatro y cinco habían sido tan críticos y contundentes, que este optimismo en el sexto se siente forzado, inmerecido. Ya, ya sé, el tonto soy yo por pedir tanto a una serie sobre los patiños de un señor que se viste de bandera. Al final se le disfruta por lo que es, y estuvo muy, muy buena.

 

CONCLUSIÓN

 


Da gusto ver que Marvel está experimentando en la TV, con nuevas formas de narrar en el caso de WandaVision y con nuevos temas por explorar, en el The Falcon and the Winter Solider. Si esta calidad es lo que podemos esperar de futuros proyectos como Loki y Hawkeye, creo que se viene una buena época para la televisión de superhéroes. ¡Qué momento para estar vivos!

 

Por otro lado, mi chairo interior me obliga a repetir: el problema sigue siendo que estamos dejando que todas nuestras narrativas fantásticas queden en manos de unas cuantas megacorporaciones malvadas, entes malignos que producen cosas hermosas. Es un yugo del que tarde o temprano nos tendremos que sacudir, y para empezar hay que volver la atención hacia otras ficciones contadas por otras voces. No puedo negar mi amor por los encapotados de Marvel y DC, pero procuraré explorar nuevos caminos en los tiempos por venir.

 

¡Hasta pronto y que tengan un feliz Día del Niño!



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