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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 23 de abril de 2021

Cuatro series que nos demuestran el potencial de la nostalgia


Desde hace ya un buen tiempo que la cultura pop del siglo XXI parece estar dominada por la neostalgia, es decir, el afán de revivir una y otra vez aquello que recordamos con cariño. Nuevas iteraciones de franquicias iniciadas en los 70, 80 y 90 inundan las pantallas chicas y grandes y, sin importar cuán baja sea la calidad de estos nuevos productos respecto a sus originales, el público no falta. Para las compañías productoras de entretenimiento la estrategia tiene sentido: ¿por qué arriesgarse a crear algo nuevo que podría no tener éxito, cuando hay tantas cosas ya amadas por el público que sólo hay que revivir? Al público le dicen: “Hey, ¿recuerdas esto que te gustaba? ¡Pues aquí viene de nuevo!”

 

En una entrada anterior advertí que al sumergirnos en tanta neostalgia corríamos el riesgo de que nuestra cultura pop se estancara. Sin embargo, aunque el afán por explotar hasta la saciedad los recuerdos de la infancia de GenXers y Millennials suele venir acompañado de una notoria falta de creatividad, cuatro series de televisión de los últimos años han venido a demostrar que hasta la neostalgia puede ser la fuente de algo nuevo y grandioso. Como hace muchos años que no escribo sobre neostalgia, aquí está la lista, con mínimos spoilers por si no las han visto:

 

I
COBRA KAI
De una franquicia iniciada en 1984

 


Empiezo por aquí, porque ésta es la serie de la que esperaba menos. Vi las películas de Karate Kid por Canal 5 como buen niño mexicano, pero nunca me encantaron. Se me hacía la típica película de deportes en la que el underdog aprendía a superar al bully para obtener el triunfo. El anuncio de la nueva serie me pareció otro intento barato de capitalizar en la nostalgia de los chavorrucos y no imaginé que me fuera a gustar tanto.

 

Cobra Kai no se limita a ponernos a revivir las aventuras de Daniel Larusso (Ralph Macchio) y Johnny Lawrence (William Zabka), sino que de hecho intenta deconstruir la nostalgia misma, nuestra relación con el pasado. Después de todo, los dos protagonistas de la serie son señores cincuentones obsesionados con “los buenos viejos tiempos” que fueron los 80. La serie constantemente enfatiza lo absurdo y hasta peligroso que puede ser estancarse en las formas del pasado, y de la necesidad de hacer un espacio para lo nuevo.

 

La brecha generacional entre los viejos protagonistas (GenXers) y la nueva generación (Zoomers o Centennials) no es solamente una fuente de humor y buenos chistes, sino un recordatorio constante de lo mucho que ha cambiado el mundo en tres décadas. Las expresiones racistas y sexistas, que Johnny suelta con desenfado, chocan con los valores de sus estudiantes, y la fascinación de Daniel con todo lo japonés (menos con el idioma, que por alguna razón nunca aprendió) son interpretados como apropiación cultural, una especie de pecado contemporáneo. Pero me gusta que la serie no hace demasiada alharaca al respecto; no condena a sus personajes, como lo harían los funadores de Twitter, ni menosprecia a la “generación de cristal”. Simplemente nos muestra: “Hey, cómo cambian las cosas, ¿no?”

 

Cobra Kai deja atrás la moral maniquea blanco-negro de las películas originales, y en cambio nos presenta a dos antagonistas con defectos y virtudes, y revalora la historia de Karate Kid desde el punto de vista del que viera “el villano del cuento”. Johnny es de fondo una buena persona que trata de hacer lo correcto, pero su crianza en el abuso y la mala suerte lo han convertido en alguien cínico y amargado, además de que su naturaleza impulsiva se interpone constantemente en su camino.

 


Daniel también es un buen tipo (y no “el verdadero bully”, como han querido interpretar), pero el convencimiento de su propia rectitud a veces lo vuelve en extremo rígido para juzgar a los demás, y su obsesión con “ser el héroe” lo mete en un conflicto absurdo y le hace desatender sus negocios y a su familia.

 

Hasta a John Kreese, el único que bien podría ser un villano sin ambigüedades, se le dota de dimensión al dársele una historia de origen en la que se subrayan las experiencias violentas que lo forjaron en juventud, y el abandono y olvido en que se encontraba en su vejez antes de volver al dojo. La violencia y el ventajismo es lo único que conoce y sin eso no es nada.

 

Además, la serie no para encontrar de situaciones novedosas e interesantes desde el primer momento, empezando porque Johnny, el bravucón de la escuela, se vea encargado de entrenar a la panda de inadaptados a los que él mismo habría hecho bullying en 1984, o que sea Daniel quien tenga que entrenar al hijo Johnny, pero no pueda tener una buena relación con su propio vástago.

 

Es más, creo que bien podríamos decir que uno de los temas principales de Cobra Kai es el ciclo de abuso, que inicia en la década de los 60 con los matones que acosaban a Kreese, que él perpetúa en su trato a Jonny, quien a su vez lo transmite a sus pupilos antes de darse cuenta de que, si no se detiene, podría arruinar las vidas de una nueva generación. Por eso creo que el mensaje de Cobra Kai es que no basta con vencer al bully, es necesario romper el ciclo de abuso.

 

Cobra Kai es mejor que cualquiera de las películas de Karate Kid. Eso sí, espero que traigan a Hillary Swank para alguna de las futuras temporadas.

 

II
THE MANDALORIAN
De una franquicia iniciada en 1977

 


Teniendo la batuta de Star Wars J.J. Abrams optó por la más mediocre capitalización de la nostalgia, entregándonos dos películas que copiaban sin pudor la saga original. En medio de una película regular y una absoluta basura, se asentaba el pequeño milagro concebido por Ryan Johnson, quien tomó la oportunidad para deconstruir la franquicia y hacernos reflexionar sobre la importancia de preserva las lecciones que nos deja el pasado, pero sin encadenarnos a él.

 

The Mandalorian, serie creada por Jon Favreau toma un camino distinto: ni repetición perezosa de los mismos giros y las mismas situaciones, ni deconstrucción metaficcional. En cambio, regresa a los orígenes de Star Wars, en especial las películas del oeste, de samurái y la space opera clásica que fueron las principales inspiraciones de George Lucas cuando imaginó por vez primera una galaxia muy, muy lejana. Es decir, mientras Abrams se inspira en Star Wars, Favreau se inspira en aquello que inspiró a Star Wars.

 

The Mandalorian es un pastiche, aunque uno muy bien armado. Los mismos protagonistas, Din Djarin (Pedro Pascal) y Grogu, son variaciones de dos de los personajes más populares de la franquicia, Boba Fett y Yoda. Hasta el tropo de “guerrero rudo que cuida de niño inocente” es algo que hemos visto muchas veces en el cine y la TV. Entonces, ¿por qué se siente tan fresca? La serie está construida con elementos y situaciones típicos de los materiales de los que se inspira, pero los utiliza de una forma que no habíamos visto hasta ahora para contarnos una historia en este universo que muchos de nosotros amamos.

 

En vez de darnos, como hizo Abrams, nuevos personajes que repitan lo mismo que hicieron los anteriores, Favreau nos lleva a explorar rincones desconocidos de la Galaxia en una etapa que no habíamos visto en medios audiovisuales. Estamos en un mundo de postguerra; la Rebelión venció al Imperio, pero la Nueva República no ha traído paz y libertad a la Galaxia. En cambio, hay un vacío de poder aprovechado por caudillos locales, bandidos y criminales, mientras células del Imperio permanecen por aquí y por allá, comenzando a reagruparse.

 


Lejos de la capital palaciega de la República, lejos de los altos mandos de la Rebelión y el Imperio, The Mandalorian nos manda a la frontera salvaje, donde prima la ley del más fuerte y los individuos hacen lo necesario para sobrevivir. Hay maldad incuestionable en el Imperio, pero en otros personajes hay muchos tonos de grises, y el problema suele ser más el desinterés y el egoísmo que la malevolencia. En este escenario, nuestro héroe es un cazarrecompensas con un código de honor inquebrantable.

 

Una decisión muy inteligente por parte de los creadores fue no depender de personajes ya existentes durante toda la primera temporada de la serie. Hay reconocimiento de elementos clásicos de Star Wars, claro, pero la serie deja que te familiarices y te encariñes con los nuevos protagonistas antes de hacerlos encontrarse con los viejos conocidos en la segunda temporada. Nos emocionamos por ver los rostros conocidos, pero antes ya estábamos inmersos en la historia de Din Djarin y su pequeño. Además, ninguna de estas apariciones es gratuita; tienen todo que ver con la misión del Mandaloriano y nos plantean cómo su historia habrá de formar parte de la gran narrativa galáctica. Al final, el único verdadero fan service de la serie se siente ganado a pulso.

 

Es cierto que la segunda temporada tiende a tornarse repetitiva, y que cada dos episodios hay que infiltrar una base o una nave imperial. Los escenarios son siempre muy parecidos y en lo personal yo ya estoy harto de planetas desérticos y poblados fronterizos. Pero la sencillez de la narrativa es parte de la tradición de serial cinematográfico en la que se inserta. Por otro lado, se compensa con la belleza con que está filmada la serie. Pues no sólo en la trama se homenajea al cine de vaqueros o de samuráis, sino en la dirección de cámara y la composición de cuadro, y el resultado es una calidad visual que no le pide nada al buen cine clásico. Con razón el proyecto ha logrado atraer a sorprendentes figuras de la actuación y la realización. ¿Se imaginaron alguna vez ver a Werner Herzog en Star Wars?

 

The Mandalorian no repite ni deconstruye, sino que expande un universo al contar historias de lugares y personajes sobre los que la narración principal omite. Esa misma sencillez argumental y cuidado en la manufactura hacen que The Mandalorian capture el espíritu de la escena en la que Luke mira contemplativo el atardecer binario, y al mismo tiempo tenga algo nuevo que ofrecer. Esta serie es lo más Star Wars que Star Wars ha sido en años.

 

III
DUCK TALES
De una franquicia iniciada en 1987

 


Ya lo dije hace muchos años, la primera vez que escribí sobre las caricaturas que marcaron nuestra infancia: Patoaventuras es el non plus ultra de las series animadas de viajes, acción, misterios y, pues, aventuras, de los 80. Fue el corazón de la Tardeada Disney y una cumbre que, a mi gusto, no sería superada sino hasta la década de los 2010. Pues el refrito es INCREÍBLE.

 

La nueva serie animada retoma todo lo que hizo grandiosa a la original, pero lo hace más. Más épica, más intensa, más emotiva, más chistosa, más sarcástica, más diversa, por momentos incluso más oscura. La premisa es la misma: aventuras una tras otra. Pero los personajes están mejor redondeados. Rico MacPato sigue siendo básicamente igual, pero donde antes los patitos eran niños buenos sin muchos rasgos de personalidad y prácticamente intercambiables, aquí son unos personajes bien definidos. Hugo es el niño explorador bien portado pero obsesivo; Paco es el temerario entusiasta de las aventuras y los misterios; Luis heredó del tío Rico la pasión por los negocios y el dinero.

 

Los otros personajes también han mejorado mucho. Si la anterior señora Beakley era una abuelita preocupona, la nueva es una súper espía retirada, prácticamente una Emma Peel en pato. Rosita, la niña buena y dulce, ahora es una heroína de acción obsesiva y socialmente inadaptada. Las acompañan nuevas amigas, Lena, quien tiene un oscuro secreto, y Violet una niña genio. O sea, hay mucho más girl power que antaño.

 

Me encanta que Donald sea parte del reparto regular, porque creo que es el personaje que viene a servir como avatar de nuestra generación. El tío Rico tiene más de cien años y los patitos son obviamente Zoomers, pero Donald tiene la edad de quienes fueron niños para ver Patoaventuras a principios de los 90 y ahora están encargándose de sus propios críos. Tan es así que en una retrospectiva lo ponen como un patito grunge con su playera de Nirvana. Donald crio él solo a los hijos de su hermana; es un maldito héroe. Pero eso no detiene al tío Rico de tratarlo de gorrón y bueno para nada (sin embargo, el cariño que se tienen es evidente), y el mismo Donald está lleno de inseguridades y de la sensación de no haber logrado nada en la vida. En otras palabras, Donald es un Millennial.

 


Esta maravillosa serie nos reencuentra con villanos y personajes secundarios de la original. Todos están aquí: Pánfilo Ganso, Goldie O’Glit, la bruja Mágica, los Golfos Apandadores, Pato Aparato… A ellos se les une un nuevo antagonista, Mark Picos, una sátira de los nuevos magantes de Silicon Valley. Pero eso no es todo; Patoaventuras se atrevió a hacer lo que desde los 90 habíamos soñado: construir un universo compartido con todas las series de la Tardeada Disney: el Pato Darkwing, los Osos Gummi, la Tropa Goofy, Chip y Dale, Baloo y sus aventureros de Cape Suzet.

 

El doblaje es estupendo. David Tennant, el décimo Doctor es en inglés la voz de Rico McPato; en español es el fabuloso Arturo Mercado, quien también da voz a Darkwing y a Von Pato. Lo acompaña otra leyenda del doblaje, don Francisco Colmenero, como su archinémesis Flint McNate. Si acaso, lo que no me gusta es que en sus nuevas versiones los personajes sean tan neuróticos. Eso y que McQuack sea todavía más idiota que en la serie original. Tampoco me encanta la idea de que Bautista sea un fantasma. Pero bueno, esto ya es puro remilgo.

 

La nueva Patoaventuras supera a la original porque puede echar mano de recursos muy poco usados en las series animadas de aquel entonces. Por ejemplo, arcos argumentales que duran temporadas completas, lo que permite un mejor desarrollo de los personajes y aventuras más enredadas y con más peripecias. También se permite que haya conflictos entre los personajes, para que éstos y sus relaciones puedan ir creciendo a lo largo de la serie. Por momentos también puede ponerse más dramática, violenta o siniestra de lo que la original se habría atrevido.

 

¡Vaya, hasta logra tener un intro mejor que el original, que ya era extraordinario! Por todo eso, Patoaventuras resulta la mezcla perfecta entre nostalgia y novedad.

 

IV
SHE-RA 

AND THE PRINCESSES OF POWER

De una franquicia iniciada en 1985

 


La serie original de la Princesa del Poder fue un hito para quienes crecimos con caricaturas ochenteras. Era más imaginativa que su contraparte He-Man, con una heroína que se convirtió en el ícono de mujer fuerte y hermosa para una generación. La nueva versión, creada por Noelle Stevenson, la reimagina como la saga épica que nuestros tiempos necesitaban.

 

Ok, yo sé que entre las primeras cosas que siempre se querrán decir sobre She-Ra es cuán progresista, diversa e incluyente es: la protagonista y su mejor amiga/peor enemiga/exnovia tóxica son lesbianas, claro está, pero además hay por lo menos una pareja gay, otra pareja lésbica, une antagonista no binarie, otra que es neurodivergente, muchos personajes femeninos que no tienen cuerpos canónicos, otros tantos que son racializados, actrices y actores trans en el doblaje original… Pero si bien todo eso es muy bueno y muy positivo, no es por sí solo lo que hace buena una serie.

 

No, la serie es EXCELENTE porque tiene unos personajes increíbles, cada uno con su arco argumental y evoluciones fascinantes de atestiguar; porque tiene aventuras extraordinarias llenas de fantasía y ciencia ficción, que cuando hay comedia es hilarantes y cuando hay drama te llega al corazón; porque trata, de forma apta para niños de cualquier edad, temas como el adoctrinamiento ideológico, la resistencia contra la tiranía, la búsqueda de la propia individualidad y, sobre todo, la lealtad a los amigos, la familia que hemos escogido.

 

El eje de esta saga épica es la relación entre Adora y Catra, ambas criadas en el abuso, destinadas a liderar un ejército de niños esclavizados y adoctrinados. Pero mientras Adora se libera, Catra se integra más y más en el sistema, ascendiendo en la jerarquía incluso por encima de villanos como Shadow Weaver, la única figura materna que ha conocido. El arco de Catra consiste en aprender a superar su amargura, egoísmo y sentimiento de abandono, relevar la profunda vulnerabilidad que reside bajo sus expresiones violentas, y poder hacer algo más que sólo servirse a sí misma.




Pero Adora también tiene algo que aprender; su idea de heroísmo se basa en la abnegación y el autosacrificio, al punto que cree que tiene que hacerlo todo sola y estar pronta a entregar la vida vez que actúa. Adora debe aprender que a nadie beneficia su vocación de mártir, que sus seres queridos la necesitan a ella, y que también es su deber permitirse ser feliz.

 

Podríamos pasarnos páginas y páginas analizando a cada uno de los personajes: Glimmer, Bow, Shadow Weaver, Angela, Micah... Pero mis favoritos son Entrapta y Hordak, el shippeo menos pensado, entre una chica en el espectro autista que se relaciona mejor con las máquinas que con las personas, y el villano principal de las dos primeras temporadas (eso es, hasta la llegada de Horde Prime, y ufff, qué villanazo). Hordak es un clon creado para cumplir una misión, motivado por el deseo de volver a las filas de su amo y ganarse su aprecio. Pero no puede esperar eso, porque Horde Prime sólo conoce el amor por sí mismo y los demás viven para servirlo y adorarlo. Además, Hordak fue construyendo poco a poco una individualidad inaceptable para la Horda, y encontró en Entrapta la amistad y al afecto de alguien que lo valora con sus imperfecciones y ante quien puede mostrarse vulnerable.

 

Paréntesis para un despotrique. El doblaje en general es muy bueno, pero no sé por qué demonios tenían que cambiar los elegantes y ominosos nombres The Horde y Horde Prime por los ñoños y cacofónicos “los hordianos” y “Hordiano Primero”. Meh.

 

She-Ra y las Princesas del Poder es una de las mejores series animadas que he visto en años, superando por mucho cualquier cosa que se hubiera hecho en mi infancia. Sé que Stevenson ha dicho que en su universo no quería que existiera He-Man, pero yo creo que podría hacer maravillas adaptando a los personajes de Masters of the Universe a su propio estilo y aplicando su peculiar mirada. Si no por los demás, debería hacerlo porque el mundo necesita un Skeletor versión Stevenson.

 

V
REFLEXIONES
Ego, nerdeando desde 1984

 


Estas cuatro series son brillantes porque no se contentan con repetir fórmulas conocidas ni con apelar a nuestra añoranza soltando nombres o poniendo rostros conocidos con calzador (te estoy viendo a ti, Abrams ¬¬). Cada una a su manera toma elementos familiares y los recombina, deconstruye o renueva, explorando diferentes enfoques y añadiendo nuevas capas de significado.

 

Es evidente que sus creadores aprendieron las lecciones de la nueva edad dorada de la televisión, y de las series que abrieron las puertas y expandieron límites, trayendo a la pantalla chica un arte que alcanzó niveles de calidad y complejidad antes reservados a la cinematografía.

 

Los 2010 nos legaron unas series de animación que cambiaron para siempre el estándar de lo que podíamos esperar de las caricaturas de la tele, ¡y todo con propuestas originales! Creo que no podríamos haber tenido un refrito de Patoaventuras tan bueno sin el antecedente de obras como Gravity Falls, ni podríamos pensar en la nueva She-Ra sin que maravillas como Steven Universe la precedieran rompiendo barreras.

 

The Mandalorian debe mucho a Clone Wars y Rebels, obviamente, pero también a series de ciencia ficción y fantasía como Game of Thrones y WestWorld, superproducciones épicas de una escala que antaño sólo era posible ver en las salas de cine. A Cobra Kai, por otro lado, la preceden muchos ejemplos de capitalización vacía y acrítica de la nostalgia ochentera, que sus creadores pudieron mirar y decir “somos capaces hacerlo mejor, incluso criticando eso mismo”.

 


Nada hay nuevo bajo el sol, decían ya los griegos, y miren cuántas veces sus mitos se han inventado y reinventado, inspirando obras de arte que son voz de una época a la vez que conectan directamente con una tradición milenaria. Los mitos contemporáneos están en la cultura pop y nada hay de malo en revisitarlos si con ello se puede crear algo nuevo y relevante para cada generación.

 

Pero hay un reverso oscuro en todo esto. Es maravilloso que podamos tener tan excelentes iteraciones de productos culturales que ya conocemos y amamos, pero también hace falta espacio para lo nuevo. Peor aún, las cuatro series pertenecen a dos de los titanes del entretenimiento: Disney y Netflix. Es decir, aunque sean productos hermosos, seguimos teniendo el problema de que nuestras ficciones, nuestros sueños e imaginación, son propiedad de monstruos oligopólicos.

 

Por mucho que ame ver cómo mis personajes y narraciones de la infancia cobran nueva vida en producciones cuya calidad supera todas mis expectativas, no puedo dejar de reconocer nuestra necesidad de salirnos de la burbuja de propiedades intelectuales en la que nos tienen atrapados las grandes compañías. Se vuelve cada vez más necesario encontrar otras voces, otras perspectivas, nuevas historias capaces de hacer sentir a las futuras generaciones como a nosotros los rucos nos hizo sentir alguna vez escuchar el grito “¡Por el honor de Greyskull…!”


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