¡Viva la libertad, carajo! Liberalismo, libertarianismo y fascismo (Parte II) - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

jueves, 17 de noviembre de 2022

¡Viva la libertad, carajo! Liberalismo, libertarianismo y fascismo (Parte II)


¡Alto! Antes querrás leer la Parte I

 

Por ahí del 2010, si te topabas con alguien que se llamara a sí mismo “libertario” (del inglés libertarian) habrías encontrado una combinación inusual de posturas políticas. Estaría a favor del capitalismo de libre mercado, por supuesto, y en contra de regulaciones gubernamentales sobre las empresas, así como en contra de los impuestos, los programas de asistencia social, y los servicios de salud y educación en manos del estado. Es decir, posturas típicamente conservadoras.

 

Pero otras tantas serían más bien progresistas: querría una separación de la iglesia y el estado, la legalidad del aborto y la igualdad ante la ley sin importar raza, género u orientación sexual; no tendría ningún interés en el tradicionalismo conservador ni en sus mojigaterías relacionadas con la moral sexual: que cada quien coja y se arrejunte con quien quiera, y que viva con la identidad que le dé la gana.

 

A su vez, tendría posturas que harían enojar a ambos bandos; su defensa de la libertad de expresión sería tanto para burlarse de Dios y la patria, como para hacer chistes racistas y sexistas. En cuanto a la prostitución y la pornografía, la derecha suele juzgarlas como pecados y degenere moral, mientras muchas izquierdas las consideran explotación y violencia de género; para un libertariano estarían bien y bonitas. Por último, estaría a favor tanto de la posesión de armas como de la de drogas. Todas estas posturas estarían sostenidas en lo que el libertarianismo entiende por “libertad individual sin restricciones más que la libertad individual de los otros”.

 

Hoy en día no es esto lo que te topas cuando encuentras a individuos autoproclamados ‘libertarios’ en redes sociales. Podrán tener los tradicionales colores amarillo y negro, pero abogarán por un nacionalismo a ultranza, la criminalización del aborto y la pena de muerte, y muy probablemente sean un cristianos protestantes o católicos muy enérgicos. Incluso es probable que se trate de un weirdo con avatar de mona china pidiendo que legalicen a las lolis. ¿Qué demonios pasó?

 

Para entender esta coyuntura, deberemos ir aclarando los conceptos y principios que varios años de retórica a propósito confusa y oscurantista han obnubilado….

 

LIBERTARIANISMO Y LIBERALISMO


Primero, originalmente el adjetivo ‘libertario’ se refería al anarquismo, una ideología de izquierdas y anticapitalista. Que fanboys del capitalismo se apropiaran el nombre constituye el primer acto de reetiquetado que vamos a ver hoy. Así que yo siempre he optado por llamar a los de derechas ‘libertarianos’, y no de la otra forma, para evitar confusiones y para no seguir mancillando el nombre original.

 

Aunque hay distintas posturas libertarianas y no son exactamente lo mismo, por cuestiones de espacio deberemos simplificar. La única distinción importante que haré es ésta: Por un lado, los libertarianos a secas, que quieren un reducido al mínimo necesario para garantizar el imperio de la ley y dirimir disputas entre particulares (policía, cortes, ejército). Por otro, los anarcocapitalistas, que quieren la completa abolición del estado y su sustitución por instituciones particulares. A fin de cuentas ambas posiciones sacralizan la propiedad privada.

 

Es necesario aclarar también que ninguna de ellas es anarquismo; como proyecto político, el anarquismo pretende abolir todas las estructuras jerárquicas y construir una sociedad cooperativa y horizontal. Libertarianos y anarcocapitalistas defienden el capitalismo, obviamente, y éste es un sistema jerárquico, basado en la competencia y que no reconoce más obligaciones morales que las de los individuos hacia sí mismos.

 

Como dice Chomsky:

 

“Bueno lo que se conoce como Libertarismo en los Estados Unidos, que es un fenómeno especial de Estados Unidos, permite un muy alto nivel de autoridad y dominación, pero en las manos del poder privado: así que el poder privado se desata a hacer lo que quiera. […]

 

Sí, y bien ese tipo de libertarismo, en mi opinión, en el mundo actual, es sólo un llamado para algunos de los peores tipos de tiranía, la tiranía privada impune. El anarquismo es muy diferente a eso. El anarquismo hace un llamamiento para la eliminación de la tiranía, todo tipo de tiranía. Incluyendo el tipo de tiranía que es inherente a las concentraciones de poder privadas. ¿Entonces por qué deberíamos preferirlo? Bueno, yo creo que porque la libertad es mejor que la subordinación.”

 


El libertarianismo no es una forma de liberalismo, ni mucho menos son sinónimos. El filósofo liberal Samuel Freeman, en su libro Liberalism and Distributive Justice, tiene un capítulo completo para explicar por qué las ideas libertarianas se salen de la tradición liberal. En primer lugar, está su concepción de la libertad, que en el libertarianismo es más bien simplista, por no decir pueril. Eres libre si no hay nadie directamente obligándote o prohibiéndote hacer algo.

 

Desde el siglo XIX, el liberalismo tiene una concepción de la libertad mucho más sofisticada, una que toma en cuenta las estructuras sociales. Thomas Hill Green, como ya he dicho, señalaba que libertad no sólo implica una ausencia de coerción, sino también una presencia de oportunidades. Si una persona que está muriendo de hambre no tiene más remedio que aceptar un puesto de trabajo riesgoso y malpagado, no está tomándolo de una manera realmente libre, aunque nadie le esté apuntando con una pistola en la cabeza para hacerlo. Como dice Freeman: Sin una subsistencia suficiente, las libertades de una persona valen muy poco.

 

El libertarianismo quiere que veas una situación en la que una empresa multimillonaria contrata a un trabajador pobre y sin opciones para tenerlo en una línea de empaque doce horas diarias (y sin permiso para ir al baño), y pienses “bueno, ahí hay dos partes que libremente llegaron a un acuerdo, una trabaja y la otra paga, sanseacabó, y nadie queda a deber”. Al plantearlo así, invisibiliza las estructuras de poder.

 

Lo cual nos lleva al segundo concepto en el que el libertarianismo se aleja de la tradición liberal, la concepción de la comunidad. El libertarianismo concibe la sociedad como un conjunto de relaciones contractuales (casi mercantiles) entre individuos; tu única obligación moral con los otros está en cumplir lo que acordaste libremente hacer, nada más. Por eso está bien dar limosna si te nace del ronco pecho, pero no está bien que un estado te obligue a pagar impuestos para dar salud y educación a gente que no puede pagarlos por ellos mismos: tú no les debes nada.

 


El liberalismo (y, de hecho, de toda la tradición del pensamiento occidental), concibe a los individuos como miembros de comunidades, unidos por diferentes lazos, derechos y obligaciones. Cada uno de nosotros es, por lo menos en parte, producto de su comunidad, y no solamente de sí mismo. Nuestros éxitos e infortunios en la vida no son exclusivamente nuestros, sino de múltiples circunstancias fuera de nuestro control. El individuo tiene obligaciones morales con la comunidad y viceversa.

 

El liberalismo exalta los derechos individuales, es cierto, y rechaza la noción de que el individuo es sacrificable por el bien de la comunidad, o que su valor es reducible a su función social; el individuo tiene valor en sí mismo. Pero no por eso deja de ser parte de algo más grande. Podríamos decir que el liberalismo, por lo menos en principio, busca el equilibrio entre las necesidades del individuo y las de la comunidad, mientras que el libertarianismo ni siquiera reconoce a la comunidad como un ente con existencia real, menos aún con derechos y obligaciones.

 

Finalmente, esto nos lleva a la concepción liberal de los derechos humanos. Para el liberalismo los seres humanos tienen derechos inalienables en virtud de que lo son; esta noción se expresó por primera vez con claridad con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en el contexto la Revolución Francesa. Para el liberalismo, los derechos humanos se reconocen para garantizar una vida buena y digna a cada individuo. Conforme ha evolucionado a lo largo del tiempo, dentro del marco liberal se han ido reconociendo más y más derechos.

 


Para el libertarianismo existen sólo tres derechos: vida, libertad y propiedad. Los primeros dos son entendidos en sentido negativo. Tienes derecho a que no te maten, pero nadie está obligado a salvarte la vida si estás muriendo de cáncer y no te alcanza para pagar el tratamiento. El tercero, el derecho a la propiedad, es el más importante. Es más, si le rascan tantito, encontrarán teóricos libertarianos que declaren que los otros dos derechos emanan de la propiedad: tienes derecho a defender tu vida y a hacer contigo lo que tú quieras porque eres propietario de ti mismo.

 

Parece un simple juego de semántica, pero es una diferencia conceptual abismal, entre creer que por ser humano mereces una vida digna, a creer que vales (sólo para ti) por ser propiedad de ti mismo. Lo primero implica que es responsabilidad de la comunidad asegurar que cada individuo tenga un mínimo necesario para poder hacerse una buena vida. Lo segundo implica que tú eres tu propio chingado problema. Dice Freeman:

 

“Un principio básico del alto liberalismo es que todos los ciudadanos, por cuestión de justicia y derecho, deben tener una porción de los bienes materiales para que puedan ser independientes, capaces de gobernar y controlar sus propias vidas, y aprovechar sus libertades básicas y oportunidades justas.”

 

El libertarianismo ignora cómo el ejercicio absolutista de los derechos propiedad por parte de unos puede anular las libertades de otros. La acumulación de recursos o la destrucción del medio ambiente por parte de una minoría afecta la libertad del resto a acceder a lo necesario para tener una buena vida. La visión libertariana simplemente se encoge de hombros ante esto, pues equipara el ser libre de armar orgías pansexuales en tu casa con ser libre para operar una mina a cielo abierto que contamine las aguas y suelos de una región entera durante décadas.

 

LA LIBERTAD Y LAS JERARQUÍAS


Con concepciones tan simplistas de la libertad y la comunidad, y con una idea tan absolutista de la propiedad, el libertarianismo termina invisibilizando todas las formas en las que unos individuos y grupos ejercen poder sobre otros y coartan sus libertades… Todas salvo el estado, al que rechaza. Todas esas otras relaciones desiguales de poder las hace pasar como intercambios voluntarios entre individuos libres, legitimándolas y naturalizándolas.

 

Aunque el libertarianismo rechaza muchas de las mojigaterías del conservadurismo, termina siendo más que compatible con él (y con las otras derechas). Y no es porque todas estas posturas odien al estado y exalten la libertad individual (más adelante volvemos a ello), sino porque el libertarianismo ofrece una nueva formulación para el mismo objetivo de todas las ideologías de derechas: legitimar y fortalecer un sistema jerárquico.

 

Los libertarianos insisten en que su ideología no se trata nada más de “favorecer millonarios”, sino de defender la libertad individual. El problema es que, se den cuenta o no, la forma en la que conciben la libertad individual favorece, en los hechos, a quienes ya tienen grandes riquezas. ‘Libertad’ termina equivaliendo a la facultad de que quien tiene poder y privilegios pueda ejercerlos sin restricciones. No por nada los multimillonarios apoyan y patrocinan movimientos libertarianos en América Latina.

 

Si algo he aprendido de la historia y la vida, es que los ricos y poderosos no aman el libre mercado como principio en sí mismo, sino en cuanto se traduce en políticas que les favorecen. Cuando el panorama lo amerita, procurarán obtener subsidios, concesiones, rescates financieros y otras interferencias en su favor. Para ser justos, los libertarianos se oponen a esas corruptelas. Es más, sostienen que quitando a los gobiernos la facultad de intervenir injustamente en favor de una u otra megacorporación, el libre mercado sería realmente libre.

 


Excepto que seguiría existiendo una enorme distancia entre quienes tienen el poder que les proporciona ser dueños de los medios de producción, y todos los demás. Además, los libertarianos no están pidiendo un “borrón y cuenta nueva”, en el que todos empecemos de cero y tengamos la oportunidad de hacer fortuna por nuestros propios méritos en un sistema de mercado cien por ciento libre. Quieren libertarianismo en el mundo como es ahora, con las enormes desigualdades existentes, con las fortunas heredadas y acumuladas generacionalmente a base de siglos de explotación, colonialismo, violencia, monopolios, contubernios con el estado y competencia desleal. Y habría que ser muy ingenuos para pensar que ese poder no será usado precisamente para abusos tan injustos como los rescates (o peores). Cuando proclamas el libre intercambio de garrotazos, le das todo el poder a quien ya tenga el garrote más grande.

 

Hoy por hoy, en una democracia liberal, las personas comunes y corrientes tienen al menos un poco de poder de decisión, a través del voto o de la presión social. Ante la empresa privada, en la que el patrón gobierna como señor feudal y no tiene por qué considerar otra cosa que el lucro, el ciudadano común no tiene poder alguno. Y como los libertarianos están en contra de los sindicatos, los trabajadores tampoco tienen la posibilidad de unir fuerzas para tratar de compensar la desigualdad de poder entre ellos y los patrones.

 

Se suele decir que cada quien tiene el poder de “votar con su dinero” o que “el mercado somos todos”; si no te parece ético lo que hace una empresa, simplemente no compres sus productos; si no te gusta cómo te trata un empleador, consigue otro trabajo. Si muchas personas piensan y actúan como tú, tales empresas se verán obligadas a cambiar o fracasarán. Todo bien, ¿no? Pues no, porque esto es, de nuevo, apelar a una visión pueril de la libertad e ignorar los factores estructurales y sistémicos: no todos tenemos las mismas opciones disponibles, y ciertamente no todos tenemos la misma facultad de influir en el mercado.

 

Tampoco es igualitaria nuestra capacidad de influir en el estado, pero por lo menos éste puede servir como tope a los abusos del poder económico privado. Históricamente se ha demostrado que las regulaciones y reglamentos estatales pueden lograr lo que no se puede dejando todo a la oferta y la demanda: como mejorar las condiciones laborales, prohibir el uso de sustancias contaminantes u obligar a las corporaciones a cumplir estándares de seguridad. Por otro lado, aunque el libertarianismo pleno no se ha implementado, 40 años de desregulaciones y privatizaciones, de reducir más y más las funciones del estado, sólo nos ha dejado un mundo con mayores desigualdades económicas, condiciones laborales subóptimas, precarización de la clase media, monopolios que dan pésimos servicios a precios absurdos y un desastre ecológico inminente.

 


Independientemente de la utopía que esperan construir en el fondo de sus corazones, en los hechos, con las políticas y personajes que apoyan, lo único que logran es quitar frenos al poder privado. Reducir o eliminar al estado, pero preservar la propiedad privada de los medios de producción, daría como resultado un orden neofeudal, en el que los más ricos gobiernen sobre sus posesiones, y por extensión, sus empleados, como monarcas absolutos (algunos dirían que estamos ya caminando hacia allí). Independientemente de lo que crea cualquier hijo de vecino que se las da de libertario, de eso se trata todo, y algunos multimillonarios son bastante explícitos al respecto.

 

Tanto como los conservadores, los reaccionarios y los fascistas, el libertarianismo acaba sosteniendo que existen individuos superiores y otros inferiores, y que el sistema justo es el que coloca a los superiores en la punta. El libertariano de redes promedio está tan convencido de la superioridad esencial del millonario como el fiel súbdito del Antiguo Régimen lo estaba de la superioridad de la aristocracia. A menudo vemos a estos tipos defender a los ricos, y nos preguntamos si es porque creen que van a recibir algo a cambio o que algún día serán como ellos. Pero ni siquiera tiene que ser así: defienden a los ricos por el celo del lacayo leal que se indigna cuando un subordinado falta el respeto a su señor natural.

 

En teoría, al libertarianismo no le interesa preservar las jerarquías tradicionales por raza o género. Pero en los hechos, como el capitalismo evolucionó intrínsecamente relacionado con el patriarcado y el supremacismo blanco (no por nada las personas más ricas del mundo son casi todas hombres blancos), al defender la jerarquía de la fortuna capitalista están defendiendo también las otras. Además, aunque estaría en contra de leyes abiertamente misóginas o racistas, tampoco apoyaría movimientos masivos para defender los derechos de las mujeres o las minorías étnicas (por aquello del ‘colectivismo’). Esperarían que cada persona buscara la prosperidad por sus propios méritos, pero considerarían que está dentro del derecho de un patrón contratar o ascender a quien le dé la gana por las razones que sea, aunque esto se traduzca en discriminación.

 

En conclusión, a lo que conducen las ideas del libertarianismo es a la legitimación y fortalecimiento de un sistema jerárquico en el que se quiten los pocos frenos y límites a quienes ya tienen poder y riquezas. De rebote, esto favorece también a las tradicionales jerarquías de género y raza. Es un nuevo argumento, una nueva formulación teórica, a favor de las mismas desigualdades de siempre.

 

Es por eso que los reaccionarios decidieron apropiárselo.

 

LIBERTARIANOS, CONSERVADORES Y REACCIONARIOS


En verano de 2022 la Suprema Corte de los Estados Unidos, llena de jueces conservadores, echaba para atrás la famosa sentencia Roe v. Wade, que garantizaba el derecho de las mujeres y personas gestantes a abortar. Cuando este triunfo para la derecha más rancia se anunció, Javier Milei lo festejó en sus redes declarando: “¡Sin vida no hay propiedad!”

 

La criminalización del aborto está en contra de los ideales libertarianos, según los cuales el gobierno no tiene derecho de meterse en el cuerpo de una persona, que es su propiedad. Es, en cambio, un principio fundamental del conservadurismo, una causa que reafirma el poder patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres y personas gestantes, o sea, favorece a la tradicional jerarquía de géneros. Sin embargo, Milei encontró una forma de aparentar que su oposición al aborto se fundamentaba en el derecho a la propiedad.

 

Milei se autodenomina libertario, pero sobre todo se dice ‘liberal’. No es ninguna de las dos cosas. Es un reaccionario. Lo mismo que muchos que actualmente están usando una etiqueta o la otra, los colores amarillo y negro o la bandera de Gadsden (la de la culebrita). Esta doble apropiación de nombres y símbolos ha sido denunciada a su vez por liberales y por libertarianos.  Es más, me atrevería a apostar que la mayoría de los que han adoptado estos distintivos son reaccionarios (propongo el término ‘liberreaccionarios’, ¿qué tal?) y que los libertarianos ‘auténticos’ son una minoría con poca influencia real.

 

Como he documentado ampliamente en este mismo blog, vivimos en una época de resurgimiento de movimientos reaccionarios, algunos bastante extremistas, sobre todo alrededor de “hombres fuertes” que:

 

“Han ganado poder con un discurso demagógico que promete castigar a las élites, mientras en realidad favorecen a las clases económicas privilegiadas; excitan el odio contra migrantes y grupos étnicos minoritarios a los que toman como chivos expiatorios de los problemas de sus países; se presentan como campeones del tradicionalismo religioso (aunque su conducta no sea ejemplar ni piadosa), y de “los valores de antaño” contra una modernidad corrompida por el feminismo, la diversidad sexual y la “ideología de género”; predican el uso de la “mano dura” contra el crimen, pero esa dureza va dirigida siempre contra grupos vulnerables, como los pobres, las minorías y los migrantes, y nunca contra la corrupción en las altas esferas. Están en contra de la cooperación internacional y de la pertenencia a organismos supranacionales como la ONU o la Unión Europea, aunque favorecen a las corporaciones trasnacionales.”

 


Esta descripción corresponde a los nuevos héroes de la derecha latinoamericana. Los valores de gente como Javier Milei, Nicolás Márquez o Agustín Laje, con su discurso abierta o veladamente nacionalista, homofóbico, misógino y racista, su apoyo a la criminalización del aborto y de las drogas, de fronteras blindadas y sus guiños al fundamentalismo religioso (Milei ha llegado a decir “¡Dios es libertario!”), están en plena contradicción con los principios del libertarianismo clásico, que se proclama universalista, cosmopolita y secular.

 

Bueno, ¿entonces por qué a huevo quieren ser percibidos como libertarios o liberales? Desde el derecho divino de los reyes, pasando por el racismo científico y llegando hasta la meritocracia capitalista, las ideologías de derechas siempre están inventando o adaptando justificaciones para que unos grupos tengan el poder y los privilegios, mientras los demás estén subordinados. Sucedió que, en nuestros tiempos, los conservadores y reaccionarios encontraron en el libertarianismo una nueva argumentación en pro de un orden social jerárquico y desigual, basado en una retórica de la libertad individual.

 

Freeman señala que, aunque el libertarianismo está fuera de la tradición liberal, el liberalismo corre el riesgo de degenerar en ideas libertarianas, en especial por el alto valor que ambas ideologías conceden a la libertad individual. De la misma forma, Joey Simnett, de Students for Liberty, advierte que, si no se cuidan, los libertarianos pueden acabar apoyando políticas reaccionarias.

 


El libertarianismo se opone a la izquierda en dos frentes; obviamente en lo económico, pues cuando no se trata de abolir el capitalismo, la izquierda quiere regulaciones, impuestos, programas de asistencia social y redistribución de la riqueza. En lo social, el libertarianismo resiente que la izquierda contemporánea esté tratando de imponer nuevas normas de convivencia que atentan contra la libertad individual al pretender regular lo que cada quien dice, viste o consume (conceptos como “microagresiones”, “apropiación cultural”, “problemático”, etc.). Ese odio natural por la izquierda puede terminar por superarlo todo y llevar a alguien su extremo opuesto, y sabemos que el discurso anti-progres puede ser un camino hacia la radicalización. Aunque no todo el mundo resbale por esa cuesta, no es difícil pasar de “las feministas actuales son ridículas y fastidiosas” a “el feminismo posmoderno es un peligro para la civilización occidental”, y finalmente, “deberíamos hacer que las mujeres regresen a la cocina a parir hijos”.

 

Los humanos estamos guiados más por nuestras pasiones e instintos tribales que por la razón, o incluso que por la ideología. En la izquierda, por ejemplo, muchas veces se sigue a un líder porque se espera que éste vaya a realizar los ideales izquierdistas; pero muy a menudo ocurre que surge una idolatría por el líder en sí, incluso cuando sus acciones se alejan mucho de esos ideales. Es común que se odie a una entidad porque encarna lo contrario a los ideales izquierdistas, pero puede ocurrir que el odio por ella termine pesando más que nada, lo que lleve a apoyar a los enemigos de esa entidad, aunque se encuentren todavía más lejos de los ideales. Es así como tantos izquierdistas acaban apoyando a tiranos.

 

Cabría preguntarse entonces si estos niños-culebra son reaccionarios de toda la vida que adoptaron una nueva etiqueta, o libertarianos comunes que se volvieron reaccionarios tan gradualmente que no se dieron cuenta. Pero creo que eso sólo puede saberlo cada quien con un poco de introspección. Eso sí: si tú eres seguidor de Milei, Laje o Márquez, debes saber que no eres ni liberal ni libertario, y que no estás defendiendo la ‘libertad individual’, sino las jerarquías tradicionales de siempre. Al menos sé coherente y reconócelo.

 

Apropiarse de nombres y símbolos no ha sido lo único que estos movimientos reaccionarios han hecho. También son los principales instigadores del bulo “el fascismo es de izquierda”, como parte de todo un discurso manipulador y deshonesto que confunde conceptos a propósito. La próxima entrega estará dedicada al análisis de ese discurso y de la cuestión sobre quiénes son los verdaderos fascistas.

 

CONTINUARÁ…


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3 comentarios:

Ognimod dijo...

Una forma de explicar por qué los libertarianos pasan a ser reaccionarios tan fácilmente es justamente analizando de dónde viene, en realidad, su pique con el estado.

Como bien señalas, los libertarianos conciben la sociedad humana como una jerarquía dividida en individuos "superiores", que deben poder hacer lo que quieran sin límites, e "inferiores", que deben ver cómo se las arreglan para aguantarlo o "libremente" irse a otra parte; su diferencia con derechistas tradicionales es que -¡en teoría!- prefieren que dicha jerarquía se imponga por sí sola, espontáneamente (porque se supone que es "natural"), en vez de que la impongan terceros.

Una vez que se entiende esto, se entiende que los libertarianos se oponen al estado porque lo ven como un impedimento para que la jerarquía se imponga "naturalmente" (al cobrar impuestos e invertirlos en bienestar público, favoreciendo "antinaturalmente" a los "inferiores" y contraviniendo los designios "naturales"), en vez de su principal brazo ejecutor, como los anarquistas de verdad.

Pues bien; creo que tarde o temprano se terminan dando cuenta de su error, y entonces pueden tomar dos caminos. Algunos deciden que si el estado es el brazo ejecutor de la jerarquía, y si ellos se van a oponer al estado, entonces también deben oponerse a la jerarquía, y se terminan metiendo a anarquistas. Otros, que parece que son la aplastante mayoría, concluyen, cual Magneto: "Digamos simplemente que Dios trabaja muy despacio" y si la jerarquía no quiere imponerse sola, pues habrá que darle unos empujoncitos... o unos empujonzotes.

Ognimod dijo...

(Esto preferí ponerlo en otro comentario para que el anterior no me quedara demasiado largo)

Por Rational Wiki aprendí que una de las filtraciones por donde más agua hace la definición de "libertad" de los libertarianos (y que creo que vale la pena señalar más seguido) es su "principio de no-agresión". Se supone que las leyes son inventos del estado para coartar la libertad individual, luego la respuesta es abolirlas todas permanentemente y reducirlas a una sola: "cada quien se compromete a no 'iniciar fuerza agresiva' contra la otra persona, siempre y cuando ésta no 'inicie fuerza agresiva' contra su otra persona tampoco; en ese caso ésta tiene todo el derecho de 'iniciar fuerza defensiva' en retribución".

Primero: Si no existen ningunas otras leyes ni regulaciones de ningún tipo, ¿quién o qué define exactamente qué es lo que cuenta como "fuerza agresiva" y qué no? ¿Qué me impide agarrar un lanzamisiles, sacarlo para volar en pedazos a aquel señor pobre que solía pedir dinero en la calle, y argumentar que él "inició fuerza agresiva" contra mí (porque verlo pedir dinero en la calle "agredía" mi vista de la acera) y que yo solo me estaba "defendiendo"?

¿Qué me impide declarar unilateralmente que cualquier persona que me reclame que me pasé de la raya está "agrediéndome" y tratando de coartar mi libertad de volar indigentes en pedazos con lanzamisiles, y "en defensa propia" volarlos a ellos en pedazos también?

Los libertarianos (al igual que los objetivistas, que son lo mismo) dirán que para eso están los tribunales civiles, para arreglar las cosas como adultos sin recurrir a volarlos en pedazos con lanzamisiles. Pero en una sociedad donde la única regulación que existe es la "regla de oro", ¿qué me impide "libremente" sobornar o de otra forma arreglar al tribunal a mi favor, y qué le impide al tribunal acceder a arreglarse a mi favor -o al de quien convenga a sus "mejores intereses individuales"- y declararme inocente y que yo estaba en pleno derecho de volar gente en pedazos con lanzamisiles?

Pero, sobre todo, si la vida es una competencia y los seres humanos somos "naturalmente" egoístas y dados al "sálvese quien pueda" y por lo tanto la cooperación mutua y colectiva es una quimera sin bases en la realidad, ¿cómo puede ser que los libertarianos crean que una sociedad libertariana se puede regir por el "si tú no me pegas yo no te pego"? ¿Cómo puede ser que crean que una cosa no funciona por causa de la "naturaleza humana" pero que la otra sí funciona gracias a la "naturaleza humana"?

El PNA es la aplicación a la vida real -y con potenciales consecuencias mucho, mucho más nefastas- de aquel chiste de Condorito donde Pepe Cortisona le pegaba un puñetazo a Condorito en la nariz y luego Condorito era encontrado culpable de haberle pegado con la nariz a Pepe en el puño cerrado.

Maik Civeira dijo...

Hey, amigo. Gracias por leer y por tu comentario tan elocuente. Nada que agregar.