¡Viva la libertad, carajo! Liberalismo, libertarianismo y fascismo (Parte I) - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

viernes, 11 de noviembre de 2022

¡Viva la libertad, carajo! Liberalismo, libertarianismo y fascismo (Parte I)

 

INTRODUCCIÓN: ¿POR QUÉ LOS REACCIONARIOS SE ESTÁN HACIENDO LLAMAR ‘LIBERALES’?

 

Poco antes de las elecciones de 2022 en Brasil, Javier Milei, célebre personalidad de la derecha argentina, declaró “¡América Latina será liberal!” en apoyo al presidente ultraconservador Jair Bolsonaro. Desde hace tiempo que me genera ruido el que una figura como Milei se declare “liberal” y describa sus posturas políticas como “liberalismo”. Se trata de un uso reciente (y, veremos, ilegítimo) de la palabra, y casi exclusivo de América Latina, pues en el mundo anglosajón ha tenido otro significado.

 

Lo que vemos aquí es una estrategia de marketing, un proceso de rebranding que lleva dándose poco más de una década, para presentar un conjunto de posturas ideológicas, primero como “libertarismo” o “libertarianismo”, y ahora como “liberalismo”. Así que en esta luenga serie voy a demostrar que, para empezar, el libertarianismo no es liberalismo, y que las posturas del movimiento que representa Milei difícilmente se podrían considerar libertarianismo en su sentido clásico, y que definitivamente no son liberalismo, sino una ideología completamente reaccionaria.

 

El propósito final de esta ideología (lo entiendan o no sus seguidores), es reestablecer o fortalecer las estructuras jerárquicas tradicionales y erosionar el control democrático que aún queda sobre el poder económico privado. Para sumar gente a su causa, se sirve de estrategias retóricas que adrede confunden conceptos, tuercen o deforman definiciones de forma arbitraria, apelan a los sentimientos sobre la razón al mismo tiempo que hacen sentir a sus seguidores racionales e inteligentes, y bloquean preventivamente su apertura a información que pudiera contradecir sus creencias con un discurso antiintelectual y negacionista.

 

Hace unos 10 o 15 años, “liberal” se entendía, en el discurso cotidiano, como lo opuesto a “conservador”. O sea, si estabas a favor del matrimonio homosexual o la despenalización del aborto, por ejemplo, eras liberal, y si no, conservador. Hoy en día las palabras “liberal” y “liberalismo” se han vuelto bastante confusas, pasando a significar muchas cosas distintas, dependiendo de quién las diga, y especialmente de su tribu ideológica. Para la derecha estadounidense, “liberalismo” es sinónimo de izquierda y socialismo; la izquierda internetera la identifica como un enemigo; para una parte de la extrema derecha latinoamericana, implica un capitalismo sin restricciones.

 

Liberal, conservador, reaccionario, progresista, izquierda y derecha pueden ser términos muy relativos. Un personaje o partido político puede estar a la izquierda de unos, pero a la derecha de otros. Una misma persona puede tener opiniones conservadoras en unos temas y progresistas en otros. Tengamos en cuenta que una cosa puede ser una ideología en el papel, y otra muy diferente lo que las personas concretas de hecho dicen y hacen; los humanos somos seres contradictorios, capaces de sostener al mismo tiempo creencias incompatibles. De modo que necesariamente tendremos que abstraer y generalizar.

 

Si queremos desenmarañar este caos, deberemos empezar por el principio…

 

LIBERALISMO



El liberalismo es una corriente de pensamiento filosófico y político muy amplia y variada, que incluye diversas perspectivas y ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo. Así, por cuestiones de tiempo y espacio, no tenemos más remedio que simplificar.

 

El liberalismo nace tras las revoluciones y guerras civiles en Inglaterra en el siglo XVII, de la mano de la monarquía constitucional que reemplazó al absolutismo en ese país. Concretamente, se considera su padre al pensador John Locke. Como sistema filosófico se desarrollaría durante la Ilustración, con el pensamiento de autores europeos como Adam Smith, Charles-Louis de Montesquieu, David Hume, Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, William Godwin, Thomas Paine e Immanuel Kant.

 

Estas ideas en gran parte inspiraron las grandes revoluciones burguesas del siglo XVIII: la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, seguidas de otras muchas en las décadas sucesivas, que ultimadamente acabaron con la monarquía absolutista en favor de la democracia representativa, sirvieron para que la burguesía desplazara a la nobleza como clase dominante, y consolidaron el capitalismo como modelo social, económico y político hegemónico.

 


El liberalismo ha cambiado mucho a lo largo de los siglos, y su maleabilidad ha sido responsable de su éxito y continuidad donde otros paradigmas han fracasado. No es lo mismo el liberalismo de Adam Smith que el de John Stuart Mill o que el de John Maynard Keynes. Sin embargo, todos tienen en común la defensa de la democracia representativa, el respeto a los derechos y libertades individuales, la posibilidad del cambio social pacífico a través de las instituciones políticas, la propiedad privada de los medios de producción y la confianza en el libre mercado como la mejor forma de satisfacer las necesidades humanas.

 

Dentro de esos márgenes hay mucho espacio para una diversidad de posturas. Por ejemplo, tanto el neoliberalismo como la socialdemocracia están dentro del liberalismo, pero en extremos opuestos de la cuestión sobre cuánto debe intervenir el gobierno en la economía. Eso sí: como veremos más adelante, las pretensiones del libertarianismo de anular por completo el papel del estado en la economía quedan fuera de la tradición liberal, tanto como las pretensiones marxistas de abolir por completo la propiedad privada de los medios de producción.

 

Ningún pensador liberal abogó por un capitalismo irrestricto ni por derechos de propiedad absolutos, ni siquiera los más clásicos como Locke o Smith. Ya en el siglo XIX, pensadores liberales estaban haciendo planteamientos que harían que los libertarianos de hoy los denunciaran por socialistas: John Stuart Mill, con su insistencia en el mayor bien para el mayor número de personas como principio rector de toda política; o Thomas Hill Green acusando que la libertad no puede ser sólo la ausencia de prohibiciones, sino que necesita ser la presencia de oportunidades. Fueron los liberales decimonónicos quienes denunciaron que una persona no es realmente libre si sólo tiene las opciones de dejarse explotar en una fábrica a cambio de una paga miserable o morirse de hambre.

 

Los grandes pensadores liberales de la primera mitad del siglo XX, como Bertrand Russell, Hannah Arendt o Karl Popper, abogaron por la necesidad de que un gobierno democrático pusiera riendas al capitalismo. Russell, quien definió al liberalismo como “el intento de asegurar un orden social que no se apoye en el dogma irracional, y asegurar una estabilidad sin la imposición de más frenos que los necesarios para conservar la comunidad”, también alertaba que la estructura de las corporaciones capitalistas es esencialmente antidemocrática y que la acumulación de poder económico pone en peligro la democracia.

 

Arendt destacó que el imperialismo europeo, con todas sus atrocidades, era la consecuencia lógica del capitalismo y su ideología de crecimiento ilimitado. Y fue Popper quien señaló que el poder económico puede ser tan peligroso como el físico, pues aquellos que tienen de sobra pueden forzar a aquellos que se están muriendo de hambre a aceptar “libremente” (esto es, sin coerción física), someterse a la servidumbre.

 

Russell, Arendt y Popper escribieron en una época en la que el liberalismo estaba en retroceso y amenazado por partida doble por el nazifascismo y el comunismo soviético. Y sin embargo su filosofía era poderosamente progresista y en favor de cambios a gran escala en las democracias liberales para asegurar su supervivencia.

 

Hoy vivimos otra época de decadencia del liberalismo, en esta ocasión debilitado por los estragos causados por su corriente hegemónica, el neoliberalismo. Sin embargo, lo que no vemos es a intelectuales de la talla de los mencionados ni líderes políticos de la estatura de un Franklin D. Roosevelt. El liberalismo, que en el pasado fue responsable de verdaderas revoluciones y progreso social, en la actualidad se ha convertido en un una defensa pusilánime del statu quo y de la fe en el progreso paulatino como camino hacia una mejor sociedad. Sobre todo, se ve incapaz de enfrentar los retos contemporáneos, como el cambio climático, el descontrol del capitalismo salvaje y el regreso del extremismo de derechas.

 

A lo mejor el liberalismo pueda renovarse y sobrevivir como una mejor y más justa versión de sí mismo, como lo hizo con el New Deal el siglo pasado, pero por ahora parece que el dilema está en qué lo sustituirá cuando termine de morir.

 

CONSERVADURISMO Y REACCIÓN


Desde un principio surgió la ideología conservadora como una reacción contra el liberalismo, y de ahí la oposición entre ambos términos. Pensadores como Edmund Burke y Joseph De Maistre denunciaron las revoluciones y argumentaron en favor de la monarquía y las jerarquías tradicionales. Un antecedente puede hallarse en el pensamiento de Thomas Hobbes, quien desarrolló un argumento secular y racionalista (es decir, no fundamentado en el derecho divino) para defender la necesidad de la monarquía absolutista.

 

La defensa de las jerarquías tradicionales es la base del conservadurismo como ideología; jerarquías de clase social, raza, género, cultura, religión, etcétera. Debe haber algunos grupos con poder y privilegios, y otros que queden subordinados (o de plano desaparezcan). De ahí derivan todos sus otros valores, como la defensa del orden, el tradicionalismo y la resistencia al cambio. Sus principios NO son la libertad individual, ni la responsabilidad personal, ni el gobierno limitado; éstas son simplemente causas que el conservadurismo ha adoptado en su lucha por mantener las jerarquías, en cuanto a que le son útiles para ese propósito.

 


Lo que pasa es que las causas por las que lucha el conservadurismo varían de una época a otra, siempre relativas a los cambios sociales que están ocurriendo en determinado momento. Pero, a lo largo de toda su existencia, se ha opuesto a cualquier cosa que debilite las estructuras jerárquicas: la expansión del derecho al voto, la emancipación femenina, la abolición de la esclavitud, el fin de la segregación, los derechos laborales, las protecciones legales a grupos vulnerables, etcétera.

Sucede que, para sobrevivir al triunfo del liberalismo, el conservadurismo ha tenido que adaptarse a las instituciones y valores liberales. Hoy en día no defiende el regreso de la monarquía y en cambio hablará bien de la democracia, pero constantemente lo veremos argumentar a favor de limitar el derecho al voto de algunos grupos, y ciertamente opinará que en espacios como la empresa el patrón debe gobernar con los poderes absolutos de un emperador. Y, claro, la esfera familiar debería funcionar como una monarquía. No pedirá que se le quite el derecho al voto a las mujeres o que se restablezca la segregación racial, pero se opondrá a cualquier ulterior expansión de los derechos de estos grupos.


Los conservadores originales denunciaron la razón ilustrada porque diluía las jerarquías y llevaba al caos, pero como la Ilustración triunfó al final, los conservadores proclaman ser ellos los verdaderos racionalistas. Para ello, coartan el significado de “valores de la Ilustración” hasta reducirlos a una versión simplista e inocua que se limite a la libertad individual, la democracia representativa y la ciencia. Muchas veces el conservadurismo tratará de adjudicarse los logros de movimientos emancipatorios, una vez que éstos han triunfado, y para ello les dará un buen lavado de imagen con el objetivo de quitarles cualquier cariz radical.

 

Hoy en día, los conservadores han adoptado una doble y contradictoria retórica de rebeldía y victimismo, para adaptarse a la cultura contemporánea, pues tras los movimientos contraculturales de mediados del siglo el ser rebelde adquirió un cariz heroico, y en las últimas décadas los movimientos por la justicia social han creado una suerte de culto a la víctima. De ahí cosas como, ya saben, “conservador es el nuevo punk”, o “los hombres heterosexuales son el grupo más perseguido”, y así y así.

La diferencia entre conservador y reaccionario es sólo de grado; cuantitativa, no cualitativa. En general, los conservadores pretenden preservar las jerarquías como están y defenderlas de ulteriores cambios, mientras que los reaccionarios quieren regresar a tiempos anteriores (reales o imaginarios), en los que todo era mejor porque las jerarquías eran más sólidas y no se cuestionaban. Por ejemplo, los conservadores se oponen a la legalización del aborto, pero los reaccionarios quieren también prohibir los anticonceptivos que hoy son legales. Los últimos años han demostrado que muchos conservadores no se habían vuelto completamente reaccionarios porque no sabían que tenían esa opción.

 


El fascismo (con sus variantes italiana, nazi, franquista, etcétera) es la forma más extrema y violenta de la reacción, pues su fin último es asegurar la restauración y supervivencia de un sistema jerárquico rígido basado en la supuesta superioridad esencial de unos grupos según la raza, género o clase, para lo cual es necesaria la eliminación de todo aquello que pueda contaminar o subvertir dicha estructura. Está obsesionado con la decadencia social, de la que culpa a la modernidad, el liberalismo, la democracia, la Ilustración y otros movimientos emancipatorios, como el feminismo y el socialismo. Por ello, pretende destruirlos, por los medios que sean necesarios, para recuperar la grandeza de tiempos antiguos; grandeza que, por supuesto, es imaginaria.

 

Finalmente, tenemos el post-fascismo, cuyos objetivos finales son los mismos que los del fascismo, pero que han adoptado nuevas etiquetas, símbolos y estrategias retóricas, y cuyos métodos de lucha son más flexibles, adaptados al mundo que resultó de 300 años de hegemonía liberal. Volveremos al post-fascismo más adelante en esta serie…

 

LA IZQUIERDA


La historia es bien conocida: los conceptos de izquierda y derecha nacieron en la Revolución Francesa (la revolución liberal más importante), y se referían originalmente a las facciones que ocupaban la sala de la asamblea nacional; quienes apoyaban la monarquía, se sentaban a la derecha, y quienes se oponían a ella, a su izquierda.

 

Desde entonces, “derecha” se ha usado para referirse a las posturas conservadoras o reaccionarias, e “izquierda” para las progresistas o revolucionarias. Si las derechas buscan preservar o fortalecer las jerarquías tradicionales, las izquierdas, en teoría, luchan por su desaparición (por eso muchos izquierdistas consideran que regímenes autoritarios como los de China o la URSS traicionaron los ideales de la izquierda). 

 

Como mencionamos al principio, "izquierda y derecha" pueden ser términos relativos. Dentro de la tradición del liberalismo existen corrientes más hacia la izquierda y otras más hacia la derecha. La socialdemocracia, por ejemplo, es lo más de izquierda que se puede ser sin dejar de ser liberal, y esto es porque preserva el capitalismo, es decir, la propiedad privada de los medios de producción.

 


Ahora, con “la izquierda” en general, suele referirse a lo que está más allá del liberalismo (aunque muchas veces sí se incluye a la socialdemocracia), en especial a las dos grandes tradiciones del pensamiento político izquierdista: el marxismo y el anarquismo. Por supuesto hay muchísimas corrientes dentro de estas dos; las hay más o menos autoritarias, más o menos radicales, más enfocadas en lo económico o en lo social; las que creen que el estado puede ser un instrumento, aunque sea provisional, para acabar con las jerarquías y las que quieren desaparecer por completo al estado junto con todas las otras instituciones jerárquicas.  

Para contribuir a la confusión, la diferencia entre socialismo y comunismo también es bastante discutida. En la ortodoxia marxista-leninista, el socialismo se considera un estadio transitorio en la marcha hacia el comunismo pleno; pero ésta parece ser una innovación de Lenin, y que Marx usaba los términos de forma intercambiable. En países de Occidente, algunos políticos y movimientos usan la etiqueta de “socialistas” para distinguirse de los regímenes autoritarios de la esfera soviética, para quienes reservan la etiqueta de “comunistas”. Algunos que se dicen socialistas, como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, en realidad son más bien socialdemócratas. En fin, es un desmadre, y además casi todas estas corrientes se odian profundamente entre sí y les gusta pasar más tiempo peleando unas con otras que luchando contra el capitalismo.


Ideas que precedieron al marxismo y el anarquismo se remontan a la Antigüedad y a la Edad Media, pero en su forma moderna, ambas corrientes emanan de la Ilustración y, así es, del liberalismo. Pensadores como Rousseau, Paine y Godwin ya anunciaban una versión más radical del liberalismo. Marx mismo celebraba los logros del liberalismo, al tiempo que repudiaba sus fallos. Tanto autores liberales (Russell, Popper) como marxistas (Lukács, Hobsbawm) consideran al marxismo un hijo de la Ilustración, y Chomsky explica que el anarquismo es la continuación lógica de someter la legitimidad de las jerarquías al escrutinio de la razón, concluyendo que ninguna jerarquía puede justificarse racionalmente.

 

Es sólo el ala que está a la derecha del liberalismo la que niega la conexión entre izquierda e Ilustración (aunque, hay que admitirlo, existe una izquierda antiilustrada), y esto es porque, en un mundo en el que la Ilustración tiene prestigio, quieren reclamar su legado exclusivo. Esto es, una vez más, sólo retórica y rebranding.

 

Marxismo y anarquismo no son lo opuesto al liberalismo, sino lo que va más allá. El liberalismo tiene muchas, muchísimas deficiencias; expandió algunas libertades, disolvió algunas jerarquías y redujo la desigualdad, pero se quedó demasiado corto. Por ejemplo, la igualdad de jure en el liberalismo tiende a ocultar la inequidad de facto. El sufragio universal oculta que no todos los ciudadanos tienen igual influencia en la política. Y ultimadamente, el capitalismo, que es una estructura fundamentalmente desigual y jerárquica, jamás permitirá que exista una verdadera democracia.

 


Así, tanto anarquistas como marxistas buscan la desaparición del capitalismo. Esto no significa que no quieran que tengas cosas, o que regresemos a la edad de piedra sin tecnología; quiere decir que los medios de producción (es decir, todo lo que sirve para que una sociedad produzca la riqueza) dejen de ser propiedad de individuos particulares y pasen a ser de los trabajadores que laboran con esos medios, o de la comunidad en general, ya sea administrados por ella misma de forma directa, o por un estado que en teoría debería representarla.

 

La derecha siempre está haciendo hombres de paja sobre la izquierda, pues su objetivo es satanizarla, hacer que sus posturas parezcan absurdas o repugnantes y evitar que la gente quiera aprender sobre ellas. Hoy en día la derecha promueve la noción espuria de que izquierda y derecha se definen por su relación con el estado; que derecha significa más libertad individual y que izquierda significa más estado. Esto es un sinsentido y otro ardid retórico más.

 

Lo que pasa es que, en una democracia liberal, en la que la gente común todavía tiene cierta influencia sobre la política, el estado puede ser un instrumento para debilitar algunas jerarquías tradicionales. Por ejemplo, mediante leyes que protejan a los grupos vulnerables o políticas que redistribuyan la riqueza, reduciendo la desigualdad, y por lo tanto la disparidad de poder de unos grupos sobre otros. La derecha pretende eliminar solamente la parte del estado que sirve a ese propósito, mientras que quiere mantener la que sirve para sostener las jerarquías, tales como el ejército y las fuerzas policiacas (por lo menos en lo que se vuelve posible privatizarlas).

 

LIBERALISMO SEGÚN LA ACTUAL DERECHA GRINGA


En Estados Unidos, “liberal” siempre ha significado, como diría Abbie Thorne, “cualquiera que esté a la izquierda de Sauron”. En ese país, las etiquetas de “liberal” y “conservador” se han asociado con los dos partidos políticos hegemónicos, el Demócrata y el Republicano, respectivamente. Como consecuencia, a cada partido también se le ha atribuido el ser de izquierda y de derecha.

 

Esta diferencia siempre ha sido sólo MUY relativa, ya que ambos partidos siempre han estado comprometidos con el capitalismo y el imperialismo estadounidense, y sólo difieren, si acaso, en gradaciones y detalles, como el gasto público en programas de bienestar social o temas sociales como el matrimonio igualitario. Por ejemplo, en política económica, ambos partidos se mantuvieron dentro del New Deal hasta la llegada del neoliberalismo a finales de los 70, en que los dos se suscribieron por igual a esta doctrina.

 

La cosa se complica si además tenemos en cuenta que, en el pasado, el Republicano era relativamente liberal y el Demócrata era conservador. Esto fue así a partir de la Guerra Civil estadounidense, pero fue cambiando gradualmente, hasta que se percibe un cambio en tiempos del New Deal de Franklin D. Roosevelt en los años 30 y 40, y especialmente a partir de la respuesta de los partidos al Movimiento por los Derechos Civiles en los 50 y 60. Desde entonces, los partidos intercambiaron posiciones, quedando el Demócrata como el liberal. A este hecho histórico se le conoce como Great Party Switch, y es importante entenderlo, porque el Republicano, que era liberal cuando se abolió la esclavitud en tiempos de Abraham Lincoln, trata de adjudicar ese logro no sólo a su partido, sino a la ideología conservadora, la cual se oponía a la emancipación de los negros.


En realidad, hoy por hoy el Demócrata es un partido de centro y, salvo una minoritaria corriente socialdemócrata (iniciada por la precandidatura de Bernie Sander en 2016), tiene muy poco de izquierdista. Pero el conservadurismo en Estados Unidos se ha ido radicalizando en las últimas décadas, volviéndose francamente reaccionario. Así la derecha ha tratado de tildar al partido Demócrata, y por extensión al liberalismo, de ser lo mismo que la extrema izquierda. Por ejemplo, trata de hacer ver como peligroso socialismo lo que en realidad serían tímidos intentos de restaurar políticas socialdemocrátas que eran normales en tiempos del New Deal

 

Estos tópicos se repiten no sólo en el discurso anglosajón, sino también en español y otros idiomas, y forman parte de una retórica que la derecha lleva mucho tiempo manejando: hacer pasar el extremismo como normalidad y lo que era normal como extremismo, moviendo todas las definiciones hacia la derecha y cambiando los márgenes de lo que se considera aceptable en una sociedad civilizada. Vamos a ver mucho de esto en esta serie. 

 

En su entrada sobre Liberalismo, la wiki ultraconservadora Conservapedia acusa a dicha corriente de ser prácticamente marxista, odiar la libertad individual y poner los sentimientos por encima de la razón. Ahí mismo dice: “Debe notarse, sin embargo, que los liberales no son comunistas de pura sangre: a diferencia de sus hermanos más rojos, los liberales son mucho más insidiosos y peligrosos, pues se han infiltrado en la sociedad americana y ahora amenazan el estilo de vida americano”. Luego continúa señalando las similitudes entre comunismo, nazismo y liberalismo, a los que quiere hacer pasar como si fueran en esencia lo mismo.

 


Sin embargo, las cosas han cambiado en esta wiki (he estado pendiente de ella a lo largo de los años) y desde que el movimiento reaccionario se ha vuelto internacional, la nacionalista Conservapedia ha tenido que reconocer que en otros países quienes se llaman a sí mismos “liberales” son el equivalente a lo que en Estados Unidos se llama “libertarianos”, quienes están más cerca del “liberalismo clásico”, el cual es, asegún, en realidad una rama de conservadurismo.

 

En realidad, lo que ha pasado es que algunos libertarianos se han apropiado de la etiqueta de liberales y algunos conservadores con inclinaciones intelectualoides han empezado a llamarse a sí mismos “liberales clásicos”. Escogieron la etiqueta porque reconocen sólo a los pensadores liberales más antiguos, como Locke y Smith, pero con mucho cherry picking, escogiendo ideas que sirvan al propósito de mantener las desigualdades sociales; ideas que a lo mejor eran progresistas hace 300 años, cuando se oponían a la monarquía absoluta y el mercantilismo de monopolios, pero que hoy han sido rebasadísimas. Es otro ejemplo más de rebranding y apropiación de términos prestigiosos.


La retórica del conservadurismo estadounidense necesita hacer pasar estas etiquetas como “buenas”, ya que ultimadamente todas sirven al mismo objetivo (reforzar las jerarquías sociales tradicionales). Así, terminan declarando que libertarianismo y liberalismo clásico son en realidad formas de conservadurismo y por lo tanto están bien, y que los liberales gringos han dejado de lado el liberalismo clásico para adoptar el marxismo, y por lo tanto están mal.

 

Y tienen razón, en cuanto a que los libertarianos y muchos de los que hoy se llaman “liberales clásicos” son simplemente conservadores con un sombrero nuevo, y por eso siempre se alían para impulsar a los mismos candidatos y proyectos políticos. Pero es falso que el partido Demócrata sea de izquierda (y menos extrema), y es falso que el pensamiento liberal clásico de la Ilustración fuera conservador (por lo menos en su contexto): era revolucionario, y el conservadurismo, como filosofía política, emergió para contraponerse a él. Esto es sólo otro caso de rebranding: pretenden apropiarse del nombre de un movimiento intelectual con prestigio, de la misma manera en la que han querido apropiarse de la abolición de la esclavitud.

 

LIBERALISMO SEGÚN LA IZQUIERDA INTERNETERA


A partir del ascenso de la ultraderecha al escenario de la política internacional, y en especial desde la campaña y presidencia de Trump, empecé a notar un cambio importante entre la izquierda internetera, que comenzó a diferenciarse conscientemente de los liberales. Este periodo puso en evidencia la falta de capacidad o de voluntad del establishment del partido Demócrata para combatir este resurgimiento, y demostró que prefería usar sus energías para oprimir ideas y movimientos que estaban a su izquierda.

 

 “Liberal” empezó a dejar de ser entendido simplemente como opuesto a “conservador”, y pasó a identificarse con el establishment político, encarnado en el partido Demócrata, el cual dejó de ser visto por las generaciones más jóvenes como una alternativa eficiente y legítima a la reacción cada vez más extrema, encarnada en partido el Republicano. Así, los que antaño se habrían identificado como “liberales” prefirieron nuevas etiquetas como “progresista”, “izquierdista” o de plano términos que habían sido tabú en el vocabulario mainstream: “socialista”, “marxista”, “comunista”, “anarquista”. Desde esta perspectiva, los liberales, identificados con el statu quo capitalista, difícilmente pueden ser aliados de los izquierdistas, y probablemente serían sus enemigos. Como todo lo ocurrido en Estados Unidos, esto se derramó más temprano que tarde hacia otras lenguas y otras latitudes.

 

El problema es que el uso de la palabra “liberal” en el discurso izquierdista en redes sociales se volvió bastante arbitrario. Casi siempre es más peyorativo que descriptivo, y suele usarse para descalificar a otras personas que se identifican a sí mismas como izquierdistas. Equivale a acusar a alguien de ser “un falso izquierdista” o un “tibio”.

 

Así, encontramos situaciones en las que los neoestalinistas descalifican a todos los otros izquierdistas, desde los troskistas hasta los anarquistas, de ser simplemente liberales. O “liberal” puede ser cualquier al que no le guste el régimen de la República Popular de China. O “liberal” puede ser “persona medio fresona que me cayó mal en tuiter”.

 


De la misma forma, vemos a las feministas transfóbicas y a las transincluyentes acusándose mutuamente de ser liberales. Aquí tengo que decir que, en efecto, el feministo transincluyente es el verdaderamente progresista y que el transfóbico es reaccionario, pero definitivamente no es liberal. Y, así como los gringos conservadores equiparan liberalismo, comunismo y nazismo, muchos izquierdistas de redes equiparan liberalismo, conservadurismo y nazismo. Es un caos total, del que la derecha toma ventaja para reetiquetarse a placer.

 

Esta actitud es miope, estúpida y un ejemplo más de los tribalismos que siempre acaban fragmentando y jodiendo a la izquierda. Además, bloquea la posibilidad de reconocer las aportaciones que en su momento hicieron los pensadores liberales para la revolución y la emancipación, pues legaron conceptos valiosísimos que aun hoy nos sirven para comprender la realidad social y el pensamiento a su alrededor. Sí, un marxista o un anarquista pueden aprender mucho de esos pensadores, incluso en los temas en los que sus planteamientos ya están superados. Russell, Popper y Arendt, por ejemplo, son muy útiles para entender el fascismo histórico y su resurgimiento contemporáneo.

 

Finalmente, conocer el pensamiento liberal nos ayudará a establecer de una vez por todas que ni el libertarianismo ni la nueva ultraderecha encabezada por fantoches como Milei forman parte de esa tradición. Y ése será precisamente el tema de nuestra segunda parte.

 

CONTINUARÁ…


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