Cuando eres tan chairo que eres facho: El efecto Ribbentrop-Molotov - Ego Sum Qui Sum

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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

jueves, 3 de marzo de 2022

Cuando eres tan chairo que eres facho: El efecto Ribbentrop-Molotov


McBane a la base. Nos atacan los comunistas nazis.

Corría el año 2016, que muchos de nosotros recordaremos como el momento en el que todo se empezó a ir al demonio con dos eventos: el triunfo del Brexit, que sacó al Reino Unido de la Unión Europea, y la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. En ese entonces tuve un par de discusiones bien raras en Internet, en las que otras personas estaban defendiendo lo buenísimo que era esto. Digo raras porque en cada caso una de esas personas era de derechas y la otra era de izquierdas.

 

En el caso del Brexit, una señora decía que era un triunfo contra el neoliberalismo y lo comparaba con la resistencia de la Gran Bretaña a los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial. Mientras, su contraparte celebraba que la EU ya no obligaría a Gran Bretaña a recibir sucios inmigrantes. En el caso de Trump, un zurdo decía que él era mejor que la asesina imperialista Hillary y hasta compartió un artículo de un sitio web que así lo decía… Sin fijarse de que el sitio web era de ultraderecha y también hablaba de la conspiración judía para destruir a Occidente usando el activismo LGBT. Su contraparte era una gringa libertariana que decía que Trump iba a poner fin a tanto socialismo.

 

Bueno, ¿pero cómo demonios llegamos a esta situación? ¿Por qué unos izquierdistas declarados estaban apoyando un proyecto y a un personaje que eran no sólo de derechas, sino de ultraderecha? Que sí, ciertamente la Unión Europea es capitalista y el Brexit la debilitaba, pero ¿cómo no vio que el resultado favorecía a la ultraderecha inglesa? El triunfo de Trump desequilibraba el statu quo político, ¿pero, cómo no vio que también empoderaba a un montón de criptonazis?

 

Bueno, esto es lo que llamo el Efecto Ribbentrop-Molotov: cuando se es tan chairo que se es facho. El nombre viene del pacto de no agresión que hicieron la Unión Soviética y la Alemania Nazi justo antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. La URSS era comunista, es decir, de súper izquierda, mientras que el Tercer Reich era fascista, o sea de extrema derecha… No, no voy a discutir con conservadores y libertarianos esa imbecilidad de “los nazis eran de izquierda”, para ello remítanse a este texto explicando por qué es una imbecilidad.

 

El pacto no era nomás de no atacarse mutuamente, sino que implicaba repartirse los países de Europa oriental, que la URSS vendiera recursos a Hitler para hacer la guerra contra los Aliados, y que Stalin ordenara a los comunistas en toda Europa que NO resistieran la ocupación nazi de sus países (que dejó la resistencia, en un principio en manos de anarquistas e incluso de liberales). Bueno, pues el efecto Ribbentrop-Molotov es esto mismo, pero a nivel de individuos izquierdosos entendiendo el mundo al revés. Veamos algunas instancias.

 

ES UN HONOR ESTAR CON OBRADOR


Vamos a tiempos presentes y a nuestro entorno inmediato. ¿Conocen a Alfredo Jalife? Es un analista político y opinólogo muy popular en México. Es uno de los intelectuales que más canta las alabanzas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, un crítico del capitalismo neoliberal, del imperialismo yanqui y del estado de Israel. También se la pasa promoviendo teorías de la conspiración ultraderechistas sobre el papel del millonario judío George Soros en el desarrollo de movimientos progresistas alrededor del mundo, y en especial de Antifa y Black Lives Matter en Estados Unidos. Usa la palabra “sionismo”, con el sentido de “conspiración judía para controlar los gobiernos”, y habla del “Deep State”, el supuesto gobierno detrás del gobierno al que Donald Trump combatía, según los delirios de la secta QAnon. Es una cosa muy extraña, que parecería contraintuitiva, pero no es el único fiel de Amlo que comparte admiración por Trump.

 

¿Por qué pasa esto? Para entenderlo recordemos algo de lo que ya les he hablado (aquí y aquí): el presidente de México utiliza una retórica de izquierda mientras lleva a cabo políticas de derechas. De que, al fin y al cabo, toda esta narrativa de que Amlo es “muy de izquierda”, le conviene tanto a su gobierno como a sus rivales políticos, que pueden así enmarcar una lucha por el poder entre mafias como si fuera un conflicto ideológico.

 

En asuntos recientes, tenemos el proyecto del Tren Maya, que ha encontrado oposición en ambientalistas y comunidades indígenas. Hace poco se reveló que, en Quintana Roo, unas ferrovías que iban a ser construidas cerca de hoteles de lujo fueron reubicadas para internarse en la selva, tras la presión de los mismos hoteleros. Ahora las vías deforestarán más y perjudicarán a las comunidades locales. Caray, es que no veo cómo alguien puede pensar que joder a los campesinos y a la naturaleza para quedar bien con las empresas hoteleras puede ser una política “muy de izquierdas”.

 

Hace poco Amlo acusó a la periodista Carmen Aristegui de ser “conservadora”, lo que no tiene ningún sentido observando su carrera. Durante los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, Aristegui se caracterizó por un periodismo crítico y reportajes que exhibían las corruptelas de los mandatarios. Desde la derecha se le llamó despectivamente “Chairistegui”, y aún mientras se desarrollaba este conflicto entre ella y el gobierno de Amlo, hubo memes burlándose de Aristegui porque, asegún, lo había ayudado a llegar al poder: “Disfruta al monstruo que creaste” (no me explico cómo funciona esto en sus cabezas).

 

Pues nada, sólo que Aristegui ha sido crítica con Amlo también y el señor sabe que lo que más le funciona es esta retórica de “lo que pasa es que somos de izquierda, por eso la derecha nos ataca”. Es lo impresionante de Amlo: ha logrado que un montón de gente que se decía de izquierda ahora esté apoyando, o por lo menos tolerando, políticas completamente derechistas y alianzas con plutócratas corruptos, jerarcas religiosos y viejos prianistas. Y también poniéndose del lado del presidente cuando se enemista con personajes y grupos que han tenido una carrera indiscutiblemente izquierdista (como el caso de los zapatistas). ¡Y hacen este doblepensar sin que les incomode ni un poquito, a veces hasta echando choros mareadores para justificarlo todo! Es un clásico ejemplo de Ribbentrop-Molotov.

 

Eso sí: ciertamente es una joda, que envenena todavía más la discusión política, cuando los opositores de Amlo en la derecha, y la partidocracia en general, se suman hipócrita y torpemente a los reclamos de grupos que tienen muchas críticas y demandas legítimas al gobierno de la Cuarta Transformación. Esto es lo que aprovechan López Obrador y sus tontos útiles para deslegitimar esas oposiciones y decir “¿Lo ven? ¡Están siendo manipulados por la derecha!”. Por eso no podemos tener nada bonito.

 

EL CAMARADA PUTIN


Un ejemplo más importante del efecto Ribbentrop-Molotov es cuando encuentras izquierdistas que admiran al presidente ruso Vladimir Putin. Éstos se han vuelto especialmente altisonantes a partir de la invasión rusa a Ucrania, ocurrida a partir de finales de febrero de 2021 (aquí y aquí). Parece que algunos siguen concibiendo al mundo en términos de la Guerra Fría y no se han enterado de que Rusia no es la Unión Soviética y de que Putin no es un líder comunista. Otros lo saben bien, pero se ponen de lado de Putin por oposición al imperialismo y expansionismo de los Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN.

 

Sin embargo, para hablar de imperialismos, mucha bandita parece creer que éste sólo aplica a extenderse más allá de las fronteras actuales y desconoce cómo Rusia llegó a quedar de ese tamañote y qué pasó con los grupos étnicos que habitaban originalmente todo ese territorio. Eso tendríamos que abordarlo un día de éstos. Más importante aún, la Rusia de Putin representa un proyecto político mucho más reaccionario de lo que parecería aceptable para cualquier izquierdista. Veamos algunos hechos:

 

Primero, aclaremos que sí, que Ucrania tiene un grave problema de organizaciones de ultraderecha, en especial el infame movimiento neonazi del Batallón Azov, que se ha dedicado a acosar a la población de habla rusa en la región oriental de Donbas. Esta organización fue tolerada por el gobierno ucraniano del nacionalista Petro Poroshenko (2014-2019) y del ministro del interior Arsen Avakov (2014-2022), y recibió apoyo de las potencias occidentales como una forma de hacer frente a las intenciones expansionistas rusas. También es cierto que las políticas de expansión de la OTAN hacia Ucrania contribuyeron no poco a la escalonada de tensiones que derivó en la actual invasión.

 

Dicho esto, es inexacto e injusto decir que el actual gobierno ucraniano sea neonazi; con la salida de Avakov del ministerio del interior, el Batallón de Azov perdió gran parte de ese apoyo oficial. El actual presidente, Volodymyr Zelenskyy (en el puesto desde 2019), quien por cierto es judío y nieto de un héroe de la Segunda Guerra Mundial, ha buscado resolver el conflicto separatista prorruso en Donbas por la vía diplomática; de hecho, Zelenskyy ha recibido duras críticas en Ucrania por ofrecer demasiadas concesiones a los separatistas.

 

Por último, suponer que el objetivo de Putin al invadir Ucrania es “combatir al nazismo” es tan absurdo como imaginar que Estados Unidos invade cualquier lado para promover la democracia. Las agrupaciones neonazis han florecido bajo el gobierno de Putin, en especial el movimiento Unidad Nacional Rusa, tan ultraderechista como fanáticamente leal al presidente ruso. Y que, además, está peleando en Ucrania. 

 

Lo que es más, Putin es una figura clave en el crecimiento de la ultraderecha a nivel internacional. Las organizaciones de ultraderecha en los países occidentales no disimulan su admiración por el mandatario, a quien consideran un ejemplo de hombre fuerte que defiende los valores tradicionales cristianos y europeos, frente a una ONU y una UE que promueven la inmigración, el feminismo y la “ideología de género”.

 


Tucker Carlson, el presentador de Fox News, compara positivamente a Putin con “la izquierda radical” que promueve el “racismo a la inversa” en las escuelas americanas; el infame neonazi Richard Spencer dijo que Rusia era “la única potencia blanca que queda en el mundo”; el partido político ultranacionalista de Marine Le Pen recibió financiamiento de un banco ruso; los líderes de partidos políticos de extrema derecha en Italia y Austria alaban a Putin y reciben orientación de su gobierno.

 

Esta popularidad no es gratuita. El gobierno de Putin ha perseguido sistémicamente los derechos lgbtq+, con prohibiciones para que se difundan mensajes de apoyo a la comunidad o normalicen la diversidad sexual. El gobierno se ha hecho de la vista gorda con los delitos de odio, incluyendo persecución y purgas en Chechenia. Tampoco olvidemos la descriminalización de la violencia doméstica, que deja vulnerables a las mujeres rusas ante maridos abusivos. Todo esto es también parte de la alianza de Putin con la Iglesia Ortodoxa Rusa, que bajo su gobierno se ha empoderado como nunca desde la época zarista. Y ni siquiera entremos en la deprimente política rusa respecto al cambio climático: planea seguir aumentando la producción de gas y carbón, y al mismo tiempo aprovecha el deshielo del Ártico (causado por el aumento de las temperaturas) para expandir la explotación de hidrocarburos de la región.

 

El partido político del que Putin es líder de facto, Rusia Unida, se adhiere abiertamente al “conservadurismo ruso”. Uno de los intelectuales más influyentes en el desarrollo de la ultraderecha moderna es filósofo Aleksandr Dugin, miembro de ese partido, quien está comprometido con el eurasianismo, una ideología sustentada en el ultraconservadurismo y el fundamentalismo religioso “que busca crear un imperio cristiano que restaure el tradicionalismo enraizado en valores cristianos ortodoxos conservadores y en la supremacía de las personas blancas”. Al mismo tiempo, es muy fan de Stalin, pero no por el comunismo, sino porque era un hombre fuerte como debe ser.

 

Creo que es evidente que, en lo político, el gobierno y el proyecto de Putin es mucho más cercano a la derecha más rabiosa que a cualquier izquierda. Pero resulta que mientras emboba a los reaccionarios con sus políticas anti-feminismo y anti-lgbt, hipnotiza con igual destreza a sus tontos útiles en la izquierda con la retórica del anti-imperialismo y la anti-globalización. Como muestra, tenemos al supuestamente socialista Nicolás Maduro prometiendo su total apoyo a Putin y al cuasifascista Donald Trump celebrando la invasión a Ucrania y diciendo que así es como Estados Unidos debería tratar a México.

 

A Putin le importan menos las ideologías que consolidar su poder frente a sus rivales internacionales, específicamente Estados Unidos y la Unión Europea. Su objetivo al coquetear con la extrema derecha y la izquierda más atarantada no es hacer realidad ningún sueño guajiro de etnoestado blanco cristiano euroasiático, ni de restaurar el comunismo soviético. Es debilitar a sus enemigos con divisiones internas y pérdida de legitimidad ante la opinión pública. De ahí que Russia Today y Sputnik, cadenas que son propiedad del gobierno ruso y se transmiten en todo el globo en distintos idiomas, lo mismo den espacio a merolicos de extrema derecha que a fantoches del chairismo más trasnochado.

 

Ya sé que habrá zurdos que se burlarán llamándome “progre” (curiosamente, el mismo despectivo que usan los derechosos) por preocuparme por estos temas, en vez de fijarme en lo “verdaderamente importante” que hace Rusia: oponerse a Estados Unidos a como dé lugar. Pero ya vimos que esa oposición no hará avanzar los intereses de las clases oprimidas, como las intervenciones de los gringos en Medio Oriente no hacen nada por fomentar “la libertad y la democracia”. Entonces, ¿por qué ignorar los hechos y aferrarse a la creencia de que apoyar a Putin, o ser cien por ciento leal al Peje, o seguir las opiniones de Jalife o informarse a través de RT, es compatible con ser de izquierda? Bueno, vamos a pensarle…

 

ASÍ SE HACEN LAS COSAS EN LA MADRE RUSIA


Aquí están mis dos centavos, sobre lo que creo que explica, por lo menos en parte, este fenómeno. Primero, aclaro que no creo que esto se deba a que “los extremos se tocan”, una máxima simplista que, si se toma literal, oculta el verdadero problema (la “teoría de la herradura” son patrañas). No es que mientras más de izquierda sea una ideología política más se acerque a la extrema derecha, ni que se acabe apoyando posturas idénticas a la derecha por ser demasiado leal a los ideales de izquierda. Es, por el contrario, que las prioridades de ciertos individuos no son esos principios, sino que se dejan llevar por otras pasiones.

 

Puede ser que encontremos expresiones similares de intolerancia, violencia y despotismo entre fanáticos de diferentes ideologías, pero creo que esto no es porque sus valores o creencias se parezcan, sino porque el celo fanático puede aparecer en cualquier lugar y estar dirigido hacia casi cualquier cosa, como la religión, la patria o hasta el equipo de futbol. Una persona fanáticamente fiel a los ideales de izquierda no transigiría ante alguien que no los cumple a cabalidad, ni siquiera por consideraciones pragmáticas como elegir el menor de dos males o hacer concesiones temporales para obtener ganancias futuras. No es ése el caso con los afectados por el Ribbentrop-Molotov. Los Trop-Tov desarrollan lealtades y odios fanáticos, cierto, pero no hacia principios ideológicos, sino hacia grupos e individuos específicos.

 

Por ejemplo, creo que muchas veces su odio hacia los enemigos pesa más que el amor hacia los grupos oprimidos del mundo. Una persona de izquierda, en congruencia con sus principios, se opone al gobierno de los Estados Unidos, porque en general se opone al capitalismo y al imperialismo, y se opone a éstos ultimadamente porque son sistemas que requieren de la opresión de masas desfavorecidas y provocan el sufrimiento de millones para mantener a una minoría que goza del poder y los privilegios.

 

Pero el pensamiento del Trop-Tov no llega tan profundo y se queda con el dogma de “odiar a Estados Unidos”. De ahí que acaben simpatizando con dictadores, tiranos, políticos corruptos y toda clase de fantoches impresentables. Mientras sean enemigos de mis enemigos (EUA, la OTAN, Occidente, el Prian, el sistema, etc.) pueden ser mis amigos. Cualquier cosa que joda a mis contrarios es en automático buena (o por lo menos “no tan mala”) sin importar a quién más haga daño, e incluso si tiene como resultado alejarnos más del futuro que anhelamos los zurdos.

 

Ciertamente hay falta de información, pero tampoco es ignorancia inocente; no saben a profundidad qué está pasando, ni quieren molestarse en averiguarlo. Les basta con saber que su tribu ideológica está apoyando o condenando algo y de inmediato se suben al tren del mame. Pensaríamos que lo correcto es informarse antes opinar, pero saltarse el primer paso puede ser muy cómodo y conveniente, en especial cuando la información podría contradecir las opiniones.

 

Luego tenemos esta tendencia, tan humana, de idolatrar a hombres fuertes. Una vez elegido el líder al que le otorgan su lealtad difícilmente se desencantan de él, haga lo que haga; incluso es común que se vuelvan incapaces de hacerle una sola crítica. A los Trop-Tov, les gusta pensar que esa lealtad viene de que ellos “son de izquierda” y que su ídolo va a hacer realidad el anhelado proyecto utópico. Pero ésta es sólo una burda racionalización, porque en cuanto éstos empiezan a actuar en contra de los ideales de la izquierda, todas las veces se colocarán del lado del caudillo.

 


O sea, estos fanatismos tienen menos que ver con la ideología que con la estupidez humana básica. Somos una especie gregaria y para muchos es más fácil tenerle lealtad a la manada o a su “macho alfa” que a una serie de valores morales y principios ideológicos abstractos. Por eso es que tienden a justificarse acciones criminales o atroces si las comete nuestra tribu en contra de la tribu enemiga, y a considerar imperdonables ofensas menores si vienen en sentido contrario. “Ningún ser humano debe tener poder irrestricto sobre otro” como principio ético universal, aplicable a todas las personas en todas las situaciones, es mucho más difícil de interiorizar que “mi barrio me respalda”.

 

No estoy diciendo que los principios ideológicos no tengan nada que ver al momento de configurar estos fanatismos. Por ejemplo, si uno de estos principios es “hacer la guerra contra el infiel”, naturalmente esto tiene que ver con que los seguidores de una ideología sean violentos e intolerantes. Otro ejemplo: el que los anarquistas sean mucho menos dados a esto de idolatrar caudillos debe estar relacionado con que el anarquismo es por definición antiautoritario. Más bien, lo que quiero decir es que muchas veces la ideología es nomás un pretexto para justificar y legitimar sesgos muy pendejos y primitivotes que de por sí traemos.

 

Estoy convencido de que la izquierda tiene ideales que son más nobles y más sabios que los de las ideologías de derecha, pero como el ser humano es igualmente mierdero y estúpido en todas partes, encontraremos mucha banda de izquierda que es pendeja y miserable de exactamente las mismas formas en las que lo son sus enemigos en la derecha.

 

El proceso por el cual una persona desarrolla su ideología es complejo; influyen muchísimos factores que van desde la cultura dominante, pasando por las experiencias personales hasta llegar a lo que parecen ser rasgos psicológicos innatos. Pero hay un cierto patrón que vemos que se repite: Primero, una persona se siente identificada con un grupo o un líder porque parecen defender los ideales que para ella son los correctos. Con el tiempo, la identificación con ellos termina pesando más, hasta el punto en el que, cuando las acciones traicionan a los ideales, el fiel creyente le dará la razón en automático al objeto de su lealtad.

 

Si tiene inclinaciones intelectualosas (y muy pocos escrúpulos), probablemente se anime a escribir un galimatías mamadorsísimo haciendo mil malabares mentales para explicar por qué “en realidad” las acciones del líder o su tribu sí son congruentes con los ideales; es más, que son lo más ideales que los ideales han sido nunca, y quienes critican y se oponen a estas acciones son los que han traicionado sus valores.

 

Entonces, una persona a priori ya está convencida por otras razones de que tal acción, tal política, tal agrupación o tal personaje es bueno, y después lo racionaliza apelando al imprimátur de la ideología: “mi ideología es LA buena; si esto lo considero bueno, es porque debe ser de mi ideología, y si esto se opone a lo que yo considero bueno es porque debe ser malo, y si es malo debe ser porque está con la ideología contraria”, etcétera, etcétera. Así es como este monito llamado Homo sapiens lidia con su disonancia cognitiva.

 


De esta forma llegamos a ver a fanses de Amlo sosteniendo que las feministas son en realidad las conservadoras; a fans de Putin convencidos de que todos los ucranianos son nazis, a los tankis tildando de traidor a cualquiera que no mame a Stalin, y en general a mucho izquierdista usando actualmente “liberal” como descalificativo, aunque no tenga ni puta idea de lo que significa esa palabra. Tales etiquetas sólo sirven para descartar a la oposición sin tener que pensarlo dos veces; no tienen que tener sentido ni corresponder con lo que de hecho esa oposición practica o sostiene. Justo como cuando los gringos ultraconservadores llaman “comunista” a un centrista neoliberal como Biden.

 

Es más, todo esto de echar choros inimaginadamente inigmantes para legitimar ciertas acciones, aunque sean opuestas a los valores de la ideología que supuestamente los inspira, es el pan (y circo) de cada día en la política. Es lo que pasa cuando la Iglesia justifica estilos de vida muy poco cristianos en sus jerarcas. O cuando las potencias occidentales hacen alharaca de defender la libertad y la democracia como excusa para invadir otros países, pero instauran dictaduras fascistoides para proteger los intereses de las corporaciones trasnacionales y se llevan de perlas con teocracias medievales en las que no existen los derechos humanos.

 

Los izquierdistas saben bien que esto último pasa todo el pinche tiempo y nunca se cansan de señalarlo: la gente en el poder utiliza discursos ideológicos en apariencia nobles para justificar la búsqueda de mayor poder y riquezas. Lo que no se le ocurre a mucho chairo despistado es que sus caudillos pueden hacer exactamente lo mismo y con los mismos propósitos, nomás que cambiando el vocabulario… ¡El vocabulario! Ni siquiera la retórica, ni la estructura de los argumentos, sino las palabras, las etiquetas para sancionar o condenar algo.

 

Con esto no estoy queriendo implicar que lo correcto es alguna tontería apolítica o supuestamente centrista en cuanto que “todos son iguales”, porque no lo son. No da igual quiénes toman el poder ni quiénes dejan de tenerlo, ni todas las acciones tienen las mismas consecuencias para todas las personas. Lo que estoy diciendo es que no hay que idealizar a ninguna persona, ningún gobierno, partido, organización o país. Nadie merece una lealtad incondicional que te haga perder el alma.

 

Finalmente, creo que puedo entender por qué tantas personas se aferran al convencimiento de que tal gobernante o tal potencia encarnan esos nobles ideales en los que creen, aunque sus hechos demuestren lo contrario. Como ya dije, sospecho que en parte es simple y primitiva admiración por los onvres fuertes que hacen gala de su poder, y también cabría mencionar ese deseo de que todos los problemas del mundo puedan ser entendidos como narrativas simples de buenos contra malos. Pero me parece que también hay mucho de wishful thinking: la necesidad de creer que alguien a la vez benévolo, sabio y poderoso está en la posición de llevar a cabo la utopía. Imagino el terror existencial y el desamparo que sentirían si aceptaran que ese dios, ese mesías, ese Papá Noel, no existe, y que no hay nadie en el más alto trono representándoles ni trabajando por ellos ni defendiéndoles de los dragones.

 

Por supuesto, todo lo anterior no son más que las suposiciones que me parecen razonables, basadas mis propias observaciones y en lo que he aprendido sobre asuntos de actualidad, historia, filosofía política y sesgos cognitivos. No es posible conocer lo que sucede dentro de las cabezas de las personas, y nada más podemos adivinar qué piensan y qué les motiva poniendo atención a lo que dicen y hacen. Bien podría ser que mis conclusiones estén igualmente sesgadas, así que les toca a ustedes decidir si tienen sentido. Como sea, a lo mejor este debraye sirve para que algunas personas dejen de caer en el efecto Ribbentrop-Molotov.

 

EPÍLOGO


Escribiendo esto a principios de marzo de 2022, parece que a Putin le va a salir el tiro por la culata en la invasión a Ucrania. Si no se vuelve loco por los reveses y decide lanzar misiles nucleares sobre el mundo, nos habrá ido tan bien como se podría esperar. Me da gusto, como me da gusto la reacción mundial de condena a esta agresión militar. Los fachos, y los chairos que no se dan cuenta que se vuelven fachos, parecen ser una minoría.

 

Sin embargo, quisiera que esto no se quedara en condenar esta invasión, que no es una barbaridad nomás porque Putin sea extraordinariamente malvado, o porque Rusia sea esencialmente maligna, sino porque el imperialismo y la guerra son crímenes en todo el mundo y se les debe condenar siempre, sucedan en donde sucedan y los cometa quien los cometa. Si repudiamos el autoritarismo de Putin hacia dentro y su intervencionismo hacia afuera, no tendríamos por qué tolerar eso mismo en otros gobernantes. Si llamamos “oligarcas” a los multimillonarios que gobiernan Rusia, ¿por qué no darles la misma etiqueta a los que tienen tantísimo poder en Europa, Estados Unidos o América Latina?

 

No me caen bien las personas que, cada vez que una tragedia o desastre ocurre en el mundo, se ponen a sermonear “¿y por qué le haces caso a lo que pasa acá en vez de a lo que pasa acullá?”. Digo, si quisieran que la gente se enterara de tragedias menos comentadas, podrían dedicarse a compartir información al respecto, pero en vez de eso nomás regañotean para alardear de superioridad moral.

 

Sin embargo, sí creo que esta coyuntura debería incitarnos a ver más allá de los hechos que acaparan los titulares y prestar atención a las otras desgracias que ocurren en otros lugares del mundo. Ojalá reaccionemos con la misma indignación y muestras de solidaridad unánime a, por ejemplo, los próximos crímenes de guerra que cometa Israel contra Palestina y a las atrocidades que lleva a cabo Arabia Saudita en Yemen, (en ambos casos, con la venia de Estados Unidos). En un mundo tan interconectado la paz y la justicia serán globales, o no serán.


PD: Días después de publicar esta entrada, me topé con este largo videoensayo de Sophie from Mars, en el que trata del pensamiento conspiratorio en la izquierdo y cómo eso lleva a algunos izquierdistas a concordar con narratidas de extrema derecha. El video está muy bien documentado y argumentado, y trata de temas tan dispares como la guerra en Ucrania, la alt-right, los Nazbols, BreadTube y Batman. Aunque se centra en la anglósfera, la descripción de esa mentalidad conspiranoica ayuda a comprender a algunos de los defensores de la 4T


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9 comentarios:

Ognimod dijo...

Yo solía adscribirme a la teoría de la herradura, lo cual me duró hasta que comprendí que la verdadera diferencia entre la izquierda y la derecha estaba en su respectiva concepción de la sociedad y no de la economía (a diferencia de lo que creen o quieren hacer creer los derechistas); y, por lo mismo, no creo que sea correcto llamar "izquierdistas" a estas personas. Porque está claro que no conciben ni sus líderes lideran sociedades con brechas jerárquicas reducidas, o sin ninguna -que es, según mi definición, lo que significa la izquierda-; más bien todo lo contrario.

Justamente nombrabas a Nicolás Maduro, un tipo del que llevo años convencido de que es directamente strasserista pero con franelas de Bolívar y del Che Guevara. Igual con Chávez, y con los gabinetes de ambos.

Maik Civeira dijo...

Veo tu punto, y hasta lo comparto en parte, pero a propósito evité el debate de si son "verdaderos izquierdistas", sobre todo porque es una discusión bizantina que normalmente decae en la falacia del "escocés verdadero". Prefiero, pues, tomar de buena fe la etiqueta que se asignan ellos mismos y más que juzgar si son o son izquierdistas, me importa determinar si las acciones y las causas que apoyan lo son.

NaN dijo...

"Eso sí: ciertamente es una joda, que envenena todavía más la discusión política, cuando los opositores de Amlo en la derecha, y la partidocracia en general, se suman hipócrita y torpemente a los reclamos de grupos que tienen muchas críticas y demandas legítimas al gobierno de la Cuarta Transformación."

Todavía recuerdo cuando por un momento panistas y conservadores "apoyaron" al feminismo debido a la criticas de amlo hacia las marchas.

Maik Civeira dijo...

Así es, pero su feminismo es pro-vida y transfóbico >:(

Antonio dijo...

Muy buen texto, aunque debo admitir que me hiciste perder el tiempo buscando "ignimante" en el rae ;)

Ya en serio, que para los que insisten en afirmar que el peje no ha hecho nada bueno, que no olviden que hizo de México un país en el que la derecha es antitrumpista y si eso no es hacer de México un mejor país, no sé que pueda serlo.

Unknown dijo...

Muy buena entrada, de hecho eso que describes (sobretoodo por el énfasis que haces en Rusia)ya es un fenómeno muy conocido, en este artículo se explica muy bien https://libcom.org/library/investigation-red-brown-alliances-third-positionism-russia-ukraine-syria-western-left.

Saludos, sigo tu página y me gustan tus artículos.

Maik Civeira dijo...

Hey, muchas gracias por comentar. Saludotes.

Anónimo dijo...

Es extraño ver este artículo y ver como una de las personas que más admiraba en la izquierda de mi pais se ha vuelto casi completamente de extrema derecha, aún conserva algunos discursos socialistas, pero desde su extremo odio y desprecio a las minorias sexueles, su antisemitismo al llamar a los judíos "la raza del diablo" y su apoyo a la cuarta teoría política de Dugin, no puedo decir que me haya afectado en lo personal, pero viendo como fácilmente cambio su pensamiento ideológico en solo 1 año y ahora como se llama totalmente reaccionario, pensando que los de extrema derecha e izquierda deberían aliarse para acabar con el mundo pos-moderno, además de tener un pequeño ensayo sobre la muerte a la razón donde intenta explicar el como no es necesario los debates, si no la acción violenta en contra de los enemigos ideológicos(aunque siendo honesto no muchos se lo tomaron enserio llamando un "fascista romántico"), es algo que me decepciona de mis antiguos compañeros.

Maik Civeira dijo...

Chispas, qué cosa tan fea eso que mencionas. Ahí se puede ver cómo las personas se pueden dejar llevar por las corrientes de pensamiento de su época sin mucha resistencia. Se van convirtiendo en rinocerontes, como lo advertía Ionesco. U.U