jueves, 25 de julio de 2019

Convector Toynbee: El futuro que puede ser nuestro



El 20 de julio de 2019 se conmemoraron los 50 años, la gran hazaña del Apolo 11, la primera misión tripulada en llegar a la Luna. Hace 10 años, lo recuerdo bien, el aniversario se prestaba no sólo para rememorar la historia de este acontecimiento y honrar a las personas que lo habían hecho posible, sino también para pensar en lo que ello había significado para nosotros como especie, la única, hasta donde sabemos, que ha salido de su mundo hogar.

Ese impresionante logro técnico, científico y social (sí, social: no hay que soslayar los niveles de cooperación y organización que son necesarios para que una sociedad sea capaz de hacer esto), que parecía un sueño fantástico apenas unas décadas antes, nos hacía mirarnos a nosotros mismos y pensar: “Si hemos logrado esto, ¿qué más seremos capaces de hacer?” Sin embargo, conforme pasaron los años desde la última misión tripulada en 1972, la pregunta se ha vuelto un poco más melancólica: “Si habíamos logrado aquello, ¿por qué no fuimos capaces de hacer más?”

El maestro Carl Sagan, quien tenía el raro don de tomar los hechos objetivos de la ciencia, convertirlos en una clara filosofía sobre la existencia humana y expresarlos con la belleza de un poema, nos habla del regalo de las misiones Apolo:




Hace 10 años escribí una breve reflexión sobre el sueño eterno de visitar la Luna, como se ha plasmado en algunas de las más grandes obras de ciencia ficción. Hoy quiero volver a ese género, en particular a la obra de otro de mis héroes personales, el gran Ray Bradbury. El texto del que quiero hablarles se llama El Convector Toynbee. Apareció por primera vez en 1984 (annus mirabilis!) y después en la colección del mismo título, en 1988. El nombre hace referencia al historiador Arnold J. Toynbee, quien propuso que las civilizaciones florecen como respuesta a los retos que se les plantean; cuando se vuelven incapaces de responder a ellos de forma creativa, colapsan.

El relato trata de un hombre llamado Craig Bennett Stiles, quien construyó una máquina del tiempo y partió de su desolado presente hacia un siglo en el futuro. Allí vio lo que la humanidad había conseguido en tan sólo cien años: la restauración del equilibrio ecológico, el saneamiento de las ciudades, la paz mundial, la colonización del espacio, la cura del cáncer, del hambre, de la pobreza… Stiles fotografió, filmó y grabó todo lo que pudo y volvió a su época, para anunciar a la humanidad: “¡Miren lo que lograremos!”

Un vistazo hacia ese brillante futuro fue suficiente para convencer a una generación entera de que era posible. Inspirada por el viaje de Stiles, la humanidad puso manos a la obra y comenzó a forjar ese destino. Cien años pasaron y llegó el día en el que Stiles arribaría desde el pasado… Él mismo, ya anciano, estaba ahí para presenciar el prodigio, pues los avances médicos habían hecho que llegar a los ciento treinta años de edad fuera fácil.



Entonces, ante un sorprendido periodista, Stiles confiesa: todo había sido mentira. No había viaje en el tiempo, los registros eran falsos. Pero los resultados de esa mentira eran muy reales. La especie humana había encontrado el impulso que necesitaba para salir del miasma en el que ella misma se había metido. El meollo del relato está en este monólogo del protagonista:

“Teníamos todo lo que a usted se le pueda ocurrir. La economía era una babosa. El mundo, una letrina. Los problemas económicos, un misterio insoluble. La melancolía era la actitud dominante. La imposibilidad de cambiar, lo que estaba en boga. El fin del mundo, la consigna predilecta.

No valía la pena hacer nada. A las onces acostábamos hartos de malas noticias, para levantarnos a las siete con noticias peores. Vadeábamos penosamente los bajíos del día. Por la noche nos ahogábamos en una marejada de plagas y pestilencia. ¡Ah!

No sólo los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgaban por el horizonte para lanzarse sobre nuestras ciudades. Un quinto jinete, peor que los demás, cabalgaba con ellos: la Desesperación, que envuelta en oscuras mortajas de derrota voceaba sólo la inminente repetición de pasadas catástrofes, fracasos presentes, cobardías futuras.

Bombardeada la tierra de broza oscura y sin semilla que brillara, ¿qué clase de cosecha podía esperar el hombre en tramo final de increíble siglo veinte?

Olvidada había quedado la Luna, olvidados también los rojos paisajes de Marte, el gran ojo de Júpiter, los asombrosos anillos de Saturno. Nos negábamos a todo consuelo. Llorábamos la muerte de nuestro hijo, y nuestro hijo éramos nosotros.

Claro que había momentos de esplendor. Como cuando Salk devolvió la vida a los niños del mundo. O la noche en que se posó el Eagle, y la humanidad dio un primer gran paso por la Luna. Pero las mentes y bocas de muchos alentaban oscuramente al quinto jinete. Con fuertes esperanzas, como parecía a veces, de que al fin se impondría. Y así tendría la lúgubre satisfacción de haber predicho desde el primer día el desenlace fatal. Y así se lanzaron las profecías más egoístas; y cavamos nuestras tumbas y nos dispusimos a tendernos en ellas.

Entretanto, desesperado, me asfixiaba, pasaba noches enteras llorando en silencio y preguntándome qué podía hacer para salvarnos. ¿Cómo salvar a mis amigos, mi ciudad, mi estado, mi país, al mundo entero, de esa obsesión por la fatalidad? Y bien: una noche, tarde ya, recorriendo los estantes de mi biblioteca, mi mano dio al fin con el viejo y amado libro de H.G. Wells. Su artefacto del tiempo, como un fantasma, habló a través de los años. ¡Yo lo ! Entonces comprendí. Escuché. realmente. Luego hice planos. Construí. Viajé, o eso pareció. El resto, como usted sabe, es historia.”

El fraude, por supuesto, sería imposible en nuestro mundo. Sin importar cuán bien montado estuviese, no habría sido difícil empezar a ver por los agujeros en la historia del señor Stiles. No sería posible mantener la mentira, y tampoco sería deseable. Sin embargo, hay otra clase de mentiras a las que podemos apelar: la ficción. Bradbury no está diciéndonos que debamos engañar a la gente para cambiar al mundo; está usando ese juego borgiano de una mentira inspirada en una ficción (La máquina del tiempo, de Wells), dentro de otra ficción (el cuento mismo de Bradbury) con la esperanza de darnos a los seres humanos reales el mismo impulso que el Convector Toynbee dio a las gentes ficticias del relato. El cuento mismo es un Convector Toynbee.


Necesitamos distopías, subgénero tan en boga estos años, porque nos alertan de los posibles futuros en los que podría convertirse el presente. Bradbury mismo escribió una de las distopías más clásicas: Fahrenheit 451. Pero necesitamos también obras que nos permitan soñar de nuevo en las inmensas capacidades del ser humano. Los retos que enfrentamos al iniciar la tercera década del siglo XXI son mayores que los que imaginaba Bradbury: el cambio climático, el colapso de los ecosistemas, la creciente e insostenible desigualdad económica, el retroceso hacia un tribalismo arcaico y excluyente en la política, ideologías de odio sostenidas en falsedades… Stiles menciona la invención de las vacunas y el alunizaje como dos momentos brillantes en la trayectoria humana durante el siglo XX. Hoy las cosas están tan mal, que incluso esos grandes logros son negados como falsedades por grupos que se levantan como enemigos de la razón y el progreso.

Necesitamos ponernos a la altura de estos retos si queremos, como civilización humana, sobrevivir y florecer. Tenemos el conocimiento científico y la capacidad técnica de iniciar el viraje hacia un mejor camino, pero necesitamos también cultivar dos principios humanísticos cardinales: 1) que todos los seres humanos formamos una sola especie y que todas las divisiones sectarias son artificiales y producto del azar histórico, y 2) que no podemos permitirnos el simplemente dejar sufrir a ningún otro individuo o grupo humano en ninguna parte del mundo.

Para lograrlo necesitamos escuchar los mensajes de Bradbury, de Carl Sagan y de muchos otros tantos que nos conminan a mirar las maravillas que hemos conseguido y las posibilidades que han quedado pendientes. Precisamos recordar de lo que somos capaces, exhortarnos los unos a los otros a no perdernos en la frivolidad, la desesperanza, el cinismo, el miedo o el odio. Nos urge usar nuestra ciencia y nuestras fuerzas para construir un mundo mejor para todos. Necesitamos crear nuestro propio Convector Toynbee y demostrar que somos dignos herederos de la especie que caminó por la Luna.



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