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MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

jueves, 4 de febrero de 2021

Los nuevos rostros del fascismo

 

“Con la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, el auge de una nueva derecha nacionalista, populista, racista y xenófoba se ha convertido en un fenómeno global. El mundo no había experimentado un crecimiento similar de la derecha radical de los años 30, un desarrollo que inevitablemente despierta los recuerdos del fascismo.”

 

Uno de los mejores libros que leí el finado 2020 fue The New Faces of Fascism (2017) del historiador italiano Enzo Traverso, uno de los mayores expertos en el fascismo histórico. Aunque tomé varios de sus útiles conceptos y análisis para varias de los textos que publiqué en la segunda mitad del año, faltaba que les compartiera una síntesis y recomendación del libro. Bueno, pues aquí está.

 

Es una colección de ensayos que tienen como tema en común el auge de la nueva ultraderecha. Abarca distintos aspectos del fenómeno, incluyendo la caracterización de los nuevos movimientos ultraderechistas, sus causas en el agotamiento del modelo neoliberal, los errores y deshonestidades en el debate público sobre el fenómeno, las perspectivas históricas y transhistóricas sobre los conceptos de fascismo, populismo, totalitarismo, etcétera. Esto implica que el libro abarque mucho y sea difícil de sintetizar. Por lo que, en cambio, les comparto algunos pasajes que encuentro particularmente iluminadores. Ojo, que en algunos párrafos omití una que otra frase para abreviar, pero procurando no cambiar el sentido del texto.

 

“En décadas recientes, muchos historiadores, buscando proveer interpretaciones de la Italia de Berlusconi, reconocieron su intimidad, si no su filiación, con el fascismo clásico. Por supuesto, hay enormes diferencias entre este régimen y el fascismo histórico: el culto del mercado en vez del estado, publicidad televisiva en vez de desfiles faraónicos, etcétera. Pero Berlusconi y su concepción plebiscitaria de la democracia y de un liderazgo carismático evocaban con fuerza el arquetipo fascista.”

 

A principios del siglo XXI, el gobierno de Berlusconi en Italia marcó la pauta de lo que sería el estilo de muchos gobernantes demagógicos que estamos viendo hoy en día, como Donald Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro. Todos son personalidades mediáticas con vidas personales llenas de escándalos y excesos; infringen constantemente la etiqueta del ecosistema político y se presentan como contrarios a las élites del sistema, cuando en realidad forman parte de la misma élite y han sido beneficiados por el mismo sistema. Pero, ¿son fascistas?

 


Para determinarlo, Traverso señala la necesidad de caracterizar lo que entendemos por nuestras clasificaciones. Quizá la aportación más importante de Traverso sea la distinción entre postfascismo y neofascismo, como dos conjuntos de movimientos distintos entre sí y del fascismo clásico.

 

“En breve, el concepto de fascismo parece a la vez inapropiado e indispensable para entender esta nueva realidad. Por lo tanto, llamaré al presente momento un periodo de postfascismo. Este concepto enfatiza tanto su distinción cronológica y lo coloca en una secuencia histórica que implica tanto continuidad como transformación.”

 

El neofascismo reivindica las narrativas, símbolos y figuras señeras del fascismo clásico, sus miembros son abiertamente racistas y xenófobos, abrazan la misoginia y la homofobia sin pudor, y presumen su admiración por Hitler o Mussolini. Son las agrupaciones neonazis, los miembros del Ku Klux Klan, los que saludan como romanos y se tatúan símbolos vikingos o cruces germánicas.

 

El postfascismo es un fenómeno nuevo. Los postfascistas también son misóginos, racistas, homófobos y xenófobos, pero ocultan sus prejuicios con eufemismos. Disfrazan su intolerancia como preocupaciones sobre el terrorismo, la criminalidad, la economía o la “pérdida de la identidad nacional”.

 

“El postfacismo debe distinguirse del neofascismo, es decir, el intento de perpetuar y regenerar el viejo fascismo. Esto es particularmente verdadero en los varios partidos y movimientos que han emergido en Europa central en las últimas dos décadas (Jobbik en Hungría, por ejemplo) que abiertamente afirman su continuidad histórica con el fascismo.

 

El postfascismo es otra cosa: en la mayoría de los casos, de hecho, tiene un pasado fascista, pero ahora ha cambiado sus formas. Muchos movimientos que pertenecen a esta constelación ya no reclaman esos orígenes y claramente se distinguen a sí mismos del neofascismo. En todo caso, no exhiben una continuidad ideológica con el fascismo clásico. Al trata de definirlos, no podemos olvidar la matriz fascista de la que emergieron, en cuanto a que son éstas sus raíces históricas, pero también deberíamos considerar sus metamorfosis. Se han transformado a sí mismos, y se mueven en una dirección cuyo resultado final es impredecible.”

 


Los postfascistas truecan el amor al estado por una devoción al libre mercado. Reemplazan el ataque a una democracia decadente, por una exaltación a una “democracia verdadera”, en la que el pueblo auténtico, la mayoría silenciosa que comparte su misoginia, racismo, xenofobia y homofobia, es quien aclama a los líderes. Reniegan del fascismo clásico, y señalan sus diferencias con éste para deslindarse. Al mismo tiempo, obvian sus muchas similitudes y en cambio tratan de atribuir a la izquierda el rol de “los verdaderos fascistas”. Dicho de otra forma, han encontrado la manera de hacer el fascismo digerible.

 

“El postfascismo parte del antifeminismo, el racismo anti-negro, el antisemitismo y la homofobia; la derecha radical sigue conjugando estos impulsos. Las capas más oscurantistas votan por el Frente Nacional, pero éste adopta temas y prácticas sociales por completo nuevos, que no forman parte de su código genético.”

 

Los partidos de la nueva ultraderecha se ven obligados a hacerlo para no verse marginalizados en un mundo que se ha transformado socialmente; si los postfascistas se adhirieran por completo a los viejos clichés ideológicos, alienarían amplias capas de la población porque las sociedades actuales ya no son como las de los años 30. Entonces los postfascistas tienen que adaptarse al cambio social.

 

Una parte de los votantes de Trump podrá sostener abiertamente el supremacismo blanco, pero él mismo no puede hacerlo más que con guiños e insinuaciones. No puede perder a su base más radical, pero tampoco puede alienar a los conservadores a quienes no les gusta pensar en sí mismos como racistas ni reconocer los vínculos entre conservadurismo y fascismo. Incluso tiene que apelar a miembros de minorías que naturalmente se espantarían de actitudes intolerantes, pero a quienes atraen otros aspectos del programa reaccionario. Por eso Trump y sus símiles deben manejar un doble discurso, que sea racista (y misógino, xenófobo y homofóbico), pero lo suficientemente ambiguo y abstracto como para negar plausiblemente que lo sea.

 

“El rasgo principal del postfascismo actual es precisamente la coexistencia contradictoria de lo heredado del fascismo clásico con nuevos elementos que no pertenecen a esta tradición. Desarrollos más amplios alientan este cambio.”

 


Pero, ¿cómo hemos llegado a un punto en el que unos fantoches impresentables, que otrora hubieran sido el hazmerreír del público, se convierten en líderes de naciones populosas y desarrolladas? Como otros observadores, Traverso encuentra una de las causas principales en los desastres ocasionados por décadas de neoliberalismo. Al descontento social causado por las crisis económicas y las desigualdades, se suma una crisis de legitimidad de la clase política, por la que las mayorías no se sienten representadas.

 

Los organismos supranacionales, como la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional o la ONU son ponderados con recelo como entes antidemocráticos que no representan los intereses de la gente común. Sus funcionarios son expertos tecnócratas que se jactan de estar por encima de la ideología y guiados por el pragmatismo, a quienes la masa ignorante debería dejar trabajar en paz. En oposición, son vistos por la gente como actores que, sin haber sido electos por el pueblo, tienen un enorme control sobre sus vidas.

 

Resulta que, en realidad, ese supuesto pragmatismo es bastante ideológico y favorece más a una clase social que a las otras. Los partidos políticos de siempre (atrapados entre la centroderecha y centroizquierda) y los gobiernos nacionales no ofrecen alternativas ni hacen nada para salirse de ese mismo derrotero, como si fuera ya el único camino posible, lo que deja a buena parte del electorado con una sensación de impotencia sobre su propio destino.

 

“En otras palabras, el gobierno ha sido reemplazado por la administración, el resultado de la financierización de la política, que ha transformado al estado en una herramienta de incorporación y diseminación de la razón neoliberal. ¿Quién personifica mejor este estado de excepción financiero que políticos como Jean-Claude Juncker? Por veinte años lideró el Gran Ducado de Luxemburgo, al cual transformó en la patria del capitalismo de evasión fiscal. La definición del estado acuñada por Marx en el siglo XIX, un comité administrativo de los asuntos comunes de toda la burguesía, ha encontrado su encarnación casi perfecta en la Unión Europea.

 

Si la UE es incapaz de cambiar de rumbo después de experimentar el trauma del Brexit, uno podría preguntarse cómo podrá sobrevivir, o si merece sobrevivir en lo absoluto. Actualmente, la UE no sirve como barrera contra la ultraderecha, sino que la alimenta.”

 


Desde un inicio, los defensores del statu quo neoliberal centrista han acusado de populismo a los críticos del sistema. Conforme empezaban a emerger los nuevos líderes ultraderechistas, que amenazaban al sistema con políticas proteccionistas y desacato a las instituciones supranacionales, la intelectualidad del statu quo ha hecho lo posible por clasificarlos junto a los críticos de izquierda con el condenatorio nombre de ‘populistas’.

 

El propósito de jugar con las definiciones es impulsar la idea de que la oposición al statu quo, venga de la derecha o de la izquierda, es toda “lo mismo”, sin tener en cuenta la absoluta oposición entre los programas, objetivos y motivaciones de uno y otro bando. Colocar a todos los opositores del orden neoliberal en la misma categoría de “locos peligrosos” es una forma de inmunizarse contra la crítica y presentar al statu quo como el único orden sensato y posible.

 

“Pero el populismo es más bien un estilo de política que una ideología. Es un procedimiento retórico que consiste en exaltar las virtudes ‘naturales’ del pueblo y oponerlas a la élite (y enfrentar a la sociedad misma contra el establishment político) para movilizar a las masas contra ‘el sistema’. Pero podemos encontrar tal retórica en una gran variedad de líderes políticos y movimientos. Dadas las enormes diferencias entre esas figuras, la palabra ‘populismo’ se ha convertido en un cascarón vacío, que puede ser llenado con los contenidos políticos más dispares.

 

El etiquetar a los adversarios políticos como ‘populistas’, más que cualquier otra cosa, revela el desdén de esos que blanden el término tienen hacia la gente. Cuando el orden neoliberal, con sus políticas de austeridad y sus desigualdades sociales, se establece como la normal, toda oposición automáticamente se convierte en ‘populista’.

 

Tanto populismo como totalitarismo son categorías que suponen una visión del liberalismo clásico como una norma histórica, filosófica y política. También suponen una mirada externa, aristocrática, de observadores distantes que adoptan una actitud de superioridad y condescendencia con respecto al vulgo inmaduro y peligroso.”

 


Como también se había dicho antes, el descontento social puede ser canalizado hacia proyectos de renovación social que redunden en beneficio de todos los grupos, en especial los ignorados y dejados atrás por el sistema dominante. Pero también puede alimentar movimientos reaccionarios y excluyentes que encuentren chivos expiatorios en los grupos oprimidos de siempre: minorías étnicas o religiosas, migrantes y refugiados, clases trabajadoras destituidas. Al mismo tiempo, se desvía el encono anti-élite y anti-establishment hacia los que se consideran enemigos del pueblo verdadero: progresistas, feministas, defensores de los derechos humanos, ambientalistas e intelectuales.

 

“Trump fue capaz de encarnar la exasperación popular contra las élites en Wall Street y Washington, de las cuales la familia Clinton se ha convertido en un símbolo. Mas él mismo es un representante de la élite económica del país. La lucha personal de Trump contra el establishment es tanto más paradójica en cuanto a que fue el candidato del Partido Republicano, que funciona como uno de los pilares de ese mismo establishment.”

 

Y es aquí donde está el meollo del asunto. Porque Trump, Bolsonaro y Boris Johnson, se presentan como campeones contra una élite cuando sus políticas en realidad tienen el objeto de proteger los intereses de las clases privilegiadas. El anti-elitismo se desvía contra los más perjudicados por el sistema, y contra quienes querrían reformarlo, para asegurar la permanencia en el poder de las clases empoderadas.

 

Como vimos en la entrada sobre The Reactionary Mind, ése es precisamente el objetivo de toda ideología conservadora: preservar, fortalecer y restaurar las jerarquías de poder en una sociedad. No sólo de los más ricos sobre quienes no tienen dinero, sino de los hombres sobre las mujeres, los blancos sobre los negros, los sexualmente normados sobre los diversos. Esto emparenta a Trump y similares con el fascismo clásico, pero no los hace del todo fascistas, porque las medidas que llevan a cabo para lograr sus objetivos son otras.


 

“Políticamente, representa un giro autoritario, pero en lo socioeconómico despliega cierto eclecticismo. Es a la vez proteccionista y neoliberal: por un lado, quiere poner fin al tratado de libre comercio con México y establecer aranceles con China y Europa; mientras, por otra parte, quiere reducir radicalmente los impuestos y privatizar por completo los servicios sociales.

 

El fascismo clásico no era neoliberal; era estatista e imperialista, promoviendo políticas de expansión militar. Trump es anti-estatista y más bien aislacionista; le gustaría poner fin a las guerras de Estados Unidos y (sin importar las múltiples contradicciones) busca una reconciliación con la Rusia de Putin. El fascismo siempre impulsó la idea de comunidad nacional o racial mientras Trump predica el individualismo. Él encarna la versión xenófoba y reaccionaria del americanismo: el darwinismo social del hombre que se hace a sí mismo, el vigilante que enfatiza su derecho a portar armas, el resentimiento de los blancos que se van convirtiendo en minoría en una tierra de inmigrantes.

 

Así, podríamos definir a Trump como un líder postfascista sin fascismo, añadiendo (en la línea del historiador Robert O. Paxton) que el comportamiento fascista del presidente es inconsciente e involuntario, porque probablemente nunca ha leído un libro sobre Hitler o Mussolini.”

 


Desde un inicio, Trump, Bolsonaro y Johnson se presentaron como “anti-políticos”, como la alternativa externa y novedosa a la política de siempre. Sus modales chocan tanto con la etiqueta cortesana precisamente para acentuar esta supuesta oposición.

 

“Lo que es usualmente llamado ‘anti-política’ es la reacción contra la política contemporánea, que ha sido desprovista de sus poderes soberanos, que subsisten sobre todo como instituciones vacías, y reducida a su ‘constitución material’, lo ‘impolítico’, que es una mezcla de poderes económicos, maquinarias burocráticas y un ejército de intermediarios políticos.

 

Visto como la encarnación de la ‘anti-política’, el populismo tiene innumerables críticos. Pero estos críticos permanecen en silencio sobre sus causas reales. La anti-política es el resultado del vaciamiento de la política. Las últimas tres décadas de alternancia de poder de la centroderecha y la centroizquierda no ha significado un cambio especial en políticas de gobierno.

 

El postfascismo no posee ya más los valores ‘fuertes’ de sus ancestros en los años 30, pero se propone a llenar el vacío que ha dejado una política reducida a lo impolítico. Sus recetas son políticamente reaccionarias y socialmente regresivas: implican la restauración de la soberanía nacional, la adopción de formas de proteccionismo económico, y la defensa de ‘identidades nacionales’ en peligro. Como la política ha caído en el descrédito, los postfascistas defienden un modelo plebiscitario de la democracia, que destruye todo proceso de deliberación colectiva en favor de una relación emergente entre el pueblo y el líder, entre la nación y su jefe.”

 


Trump, pues, igual que un fascista clásico, no requiere de instituciones que medien entre él y sus seguidores. Las instituciones son corruptas, sospechosas, no se puede confiar en ellas. Lo vimos en enero de este 2021: la narrativa de que el aparato político había hecho fraude, de que las élites gobernantes habían conspirado para robarle la presidencia y, con ello, había traicionado a la voluntad del pueblo (este último entendido como sus fanáticos), por lo que él lo convocaba directamente a tomar las sedes institucionales del poder. Trump tiene la mentalidad de un fascista, aunque le falte la teoría.

 

Como buen marxista que es, Traverso hace énfasis en las causas socioeconómicas del auge de la nueva ultraderecha. Corey Robin, autor de The Reactionary Mind, enfatiza los factores socioculturales y el desarrollo de las ideologías reaccionarias. Estos enfoques no son contrarios, sino complementarios.

 

La hipótesis del descontento social por causa del neoliberalismo no alcanza a explicar por qué entre los seguidores más fanáticos de Trump hay muchísima gente acomodada e incluso adinerada, individuos a quienes no fue necesario manipular para que culparan de sus problemas a las minorías raciales, porque de todos modos ya eran racistas. Pero la evolución de las doctrinas reaccionarias tampoco explica cómo fue posible convencer a millones de votantes de que sus objetivos coincidían con los intereses de las clases más acaudaladas. Por eso es bueno leer diferentes perspectivas, para ir armando un panorama más completo.

 

El libro de Traverso aborda muchos más temas, incluyendo el fascismo histórico, la validez del término totalitarismo, el extremismo islámico entendido como una forma de fascismo, las tensiones entre el estado laico y la tolerancia religiosa en una Europa marcada por la islamofobia, y un largo etcétera. Basten por ahora estos fragmentos que, espero, nos ayuden a comprender mejor los tiempos que estamos viviendo, y despierten su interés por leer The New Faces of Fascism.

 

Por ahora, espero poder descansar de Trump y el trumpismo un rato para dedicar mi atención a otros temas y otras latitudes. Lo que está pasando en nuestra América Latina, por ejemplo, es súper interesante y habría que explorarlo. Les dejo por ahora deseándoles un buen año y mucha salud. ¡Hasta pronto!




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5 comentarios:

Alexander Strauffon dijo...

Tsss... y sigue la propaganda progre/postmo.

¿Te das cuenta de cómo cambió para mal el número de comentarios y de visitas desde que cambiaste de ser alguien de mente objetiva y de centro que además hablaba de otros temas, a ser alguien que... bueno, ya sabes lo que haces y en lo que crees y defiendes ahora?

Claro que tendrás mil cosas que responder a esto: no vives del blog, te importa poco porque bla bla. Pero bueno, citando una referencia de cultura pop (de la cual dejaste de hablar para ponerte a defender insensateces y protestas huecas originadas en estudiantes ociosos de universidades gringas): "Antes eras chévere".

P.S. Ya vi que otros comentarios míos si los contestaste a la mera hora. Luego me doy mi tiempo de responderlos; no hay que ser maleducado.

Cami dijo...

Otro comentario fascista-conservador ultra-liberal que justifica a los del Alt-right que no son más que neofascistas que buscan sostener este nefasto sistema capitalista. Tanta verdad duele a estos neofascistas y neoconservadores de extrema derecha.

Alexander Strauffon dijo...

Ahí tienes, Miguel. Esa personita que dejó ese comentario poniéndome mil etiquetas sin conocerme es el ejemplo perfecto de ese radicalismo y ese odio desmedido a todo y todos que caracteriza a los postmodernos de estos tiempos.

Tú y yo criticábamos por igual a la derecha y los ultraconservadores hace muchos años. A la fecha tanto tú como yo aún les criticamos y nos oponemos a lo que ellos hacen que sea en contra de la libertad, los derechos ajenos, y la razón misma. La diferencia es que tú crees que para poder estar contra aquellos, tienes que estar afiliado o más inclinado a estos otros. Pero estos otros, los postmodernos y progres radicales, ya demostraron ser igual de malos o hasta peores que la ultraderecha. Mismos métodos de manipulación, de mentiras o verdades a medias, de tergiversar la información, de querer hablar a nombre de otros, etcétera. Ojalá también le dedicaras una tanda de posts, uno tras otro, a exponer todos los errores y malos actos de feministas iracundas, de los PC y SJW, y demás.

Piénsalo tantito. Total, reflexionar o hacer insight no hace daño.

Parin dijo...

Buena entrada, he ido siguiendo el hilo que va marcando, aunque sin ir a las de más atrás y me ha gustado mucho. He descargado el libro, me parece que va a gustarme.

Saludos.

Maik Civeira dijo...

Yey, Parin, gracias. Espero que disfrutesel libro y te aproveche.

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