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PROFESOR MAIK CIVEIRA & LA ALIANZA FRIKI ANTIFASCISTA

miércoles, 10 de agosto de 2022

Millennials en redes piden 'cancelar' el golf

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Millennials en redes están pidiendo que se cancele el golf. Que el deporte simplemente deje de practicarse y que los campos de golf se conviertan en reservas arboladas, humedales, áreas verdes de acceso público, o terrenos para construir viviendas de interés social. Soy yo. Yo soy millennials en redes. Pero no soy el único. ¿Les parece que es una postura exagerada y radical? Pues no es así. De hecho, es una medida mínima y que ya tendríamos que haber implementado AYER. Déjenme les explicó qué y por qué. Es verano de 2022 mientras escribo estas líneas. Una ola de calor está azotando al hemisferio norte. En Europa se están viendo temperaturas tan altas como pocas veces se han registrado, junto con graves incendios forestales, y esto pinta para ser la nueva normalidad en los años por venir. En mi país, México, casi el 50% del territorio experimenta una sequía sin precedentes. Es infame el caso de Monterrey, la ciudad más grande del norte, en donde los cortes de agua de todo el día (salvo unas pocas horas) se han vuelto comunes. Hace unos días, la Nasa compartió imágenes satelitales de la presa de Cerro Prieto, uno de los principales suministros de agua de la ciudad. La mayor reserva de agua de los Estados Unidos, el lago Mead, también se está secando. Las catástrofes de este tipo se han vuelto más frecuentes en los últimos años, y a éstas súmenles otros efectos secundarios del cambio climático, como el desplazamiento de refugiados y el aumento de pandemias como la que nos metió dos años de cuarentena. Las cosas van mal, muy mal, y sólo empeorarán si no actuamos YA.



Mira, yo no voy aquí a discutir si el cambio climático es real, o si es un ciclo natural. Si crees que esto es puro alarmismo, que nada más está pasando lo mismo de siempre, o que esto es parte de un ciclo natural, y piensas que tienes la forma de demostrarlo, no discutas conmigo, lleva tus quejas directamente a la ONU y a la Nasa. Si crees que estas organizaciones, junto con todos los científicos e instituciones de investigación del mundo, están promoviendo el alarmismo climático nomás para destruir el capitalismo, pues entonces has caído presa del pensamiento conspiranoico e irracional del que probablemente no tengas salvación. Pero a lo mejor una reflexión sensata te ayude a repensar las cosas.

Si en cambio quieres aprender más sobre este fenómeno y qué podemos hacer al respecto, continúa leyendo. He preparado un par de listas de reproducción de muy buenos canales educativos y de divulgación científica. Puedes ir directo a ellas o volver cuando terminemos por acá:


El principal origen del cambio climático es la emisión de gases de efecto invernadero, en particular el dióxido de carbono (CO2), que aumentan la temperatura promedio de la Tierra, ocasionando cambios en el clima global, junto con la acidificación de los océanos y el derretimiento de los glaciares y los polos. También hay que tener en cuenta que el problema es multifactorial, y la catástrofe ecológica no se limita sólo a esto, sino que también se relaciona con la contaminación de los suelos, aguas y atmósfera, la deforestación, la destrucción de hábitats naturales, la sobreexplotación de los recursos, etcétera. Todos estos fenómenos están interrelacionados y se retroalimentan.

Entonces, la actividad humana está causando estos problemas. Un aumento en la temperatura global promedio de 1.5°C será catastrófico y es poco probable que consigamos evitarlo. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, en su reporte de este 2022, advierte que las emisiones de CO2 tienen que alcanzar el máximo este año, y empezar a reducirse a más tardar en 2025. Necesitamos urgentemente reformar nuestros sistemas de energía y transporte, claro está, pero también nuestros modelos de producción, distribución y consumo de la riqueza.

Aunque las vidas de todos los seres humanos se verían afectadas en mayor o menor medida, existe un grupo de personas cuyos estilos de vida tendrían que cambiar más drástica y urgentemente para que las demás podamos tener un futuro en un planeta habitable: los millonarios. El 1% más rico de la población contamina más que el 50% más pobre. El 10% más rico es responsable de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero, y su huella de carbono es 11 veces mayor que la del 50% más pobre (aquí, aquí y aquí).


Así que, si bien todas las personas del mundo tendremos que hacer cambios en cómo hacemos prácticamente todo, y serán necesarias reformas estructurales profundísimas en la sociedad, hay algunas actividades e industrias que podríamos detener AHORA, en este mismo momento, pues son innecesarias, altamente destructivas y solamente benefician a una minoría privilegiada de la población. Entre éstas se encuentran:

Los jets privados: Este verano muchas personas se indignaron por un post de Instagram de una de las Kardashian (porfa, no me obliguen a tratar de distinguirlas), en el que se ve que usan los jets privados de la forma más casual del mundo. Viajecitos de 15 minutos o menos que arrojan una tonelada de dióxido de carbono cada uno, y que les sirven para ahorrarse el tráfico terrestre que sólo los mortales indignos debemos sufrir. Un solo jet privado emite en una hora lo que un ser humano promedio emite durante todo un año. A lo mejor podamos entender que un jefe de estado tenga que trasladarse rápidamente a otros lugares en caso de emergencia, pero la mayoría de los vuelos de los ultrarricos son completamente superfluos y no tienen razón de ser, en especial ahora que las tecnologías de la comunicación permiten resolver muchos asuntos a distancia. En general necesitamos reducir los vuelos en avión a sólo lo estrictamente necesario, pero hay que tener en cuenta que el 1% más rico del mundo es responsable del 50% de las emisiones de CO2 relacionadas con el vuelo.

Los mega yates: La flota de mega yates de los súper ricos arroja aproximadamente 285 mil toneladas de CO2 a la atmósfera cada año. Si tomamos sólo a los 20 multimillonarios más multimillonarios, encontraremos que en conjunto sus estilos de vida producen 8000 toneladas de CO2 al año, de las cuales hasta una tercera parte son de sus yates. No estamos hablando de lanchas para dar paseos en altamar, sino de palacios flotantes; algunos de los más grandes tienen helipuertos, muelles para botes más pequeños, amarraderos para sumergibles y tripulaciones de hasta 100 miembros. Se necesita 30 millones de dólares para comprar el más pequeño de estos mega yates; 1000 millones para el más caro. Estamos hablando de cantidades de dinero que una persona promedio jamás verá ni sumando todos los centavos que hayan pasado por sus manos a lo largo de toda su vida. Y durante la pandemia, mientras las personas normales se preocupaban por sobrevivir, aumentaron las ventas de mega yates a multimillonarios que querían aislarse del mundo.


Los cruceros de lujo: Los cruceros sólo constituyen un 2% del turismo mundial. Sin embargo, la flota de estas grandes embarcaciones contamina más cada año que todos los automóviles del mundo. Un estudio reveló que, si contamos todos los viajes en crucero que van y vienen de Nueva Zelanda, y los comparamos con todos los viajes en avión que parten y llegan a ese mismo país, los cruceros contaminan tres veces más, a pesar de sólo transportar a una minoría de turistas. No estamos hablando aquí solamente de CO2, sino de: azufre, polvo y metales pesados, que el combustible usado por estos gigantes arroja al mar y al aire; biocidas, substancias que se aplican al casco del barco para impedir el crecimiento de algas, y que también llegan al ambiente; aguas negras (pipí y popó) que los cruceros sueltan en aguas internacionales, donde ninguna ley les impide hacerlo; residuos plásticos, que también van a dar al mar, arrojados por los pasajeros y la tripulación. Eso, sin contar el impacto negativo del turismo depredatorio en los lugares de origen. Plot twist: la “derrama económica” del turismo rara vez alcanza a las clases trabajadoras, sino que la riqueza se queda en las corporaciones que controlan la industria. Los trabajadores locales, en cambio, tienen que sufrir contaminación y aglomeramientos.

Los campos de golf: Y llegamos a la estrella de la noche. En realidad estas dos últimas actividades son mucho menos exclusivas que las dos primeras. No se necesita contar fortunas en millones ni formar parte del 10% más rico del país para jugar golf o haber viajado alguna vez en crucero, ya que esto es hasta cierta medida accesible a la clase media alta. Estoy seguro de que nadie que esté leyendo esto es dueño de un mega yate o de un jet privado, pero no me extrañaría que algunos de mis lectores hubieran tenido una membresía en algún club deportivo con campo de golf o tomado unas vacaciones en crucero (ser el dueño de un club de golf o accionista en una de las grandes líneas de cruceros es otra cosa, por supuesto). Vamos, en una vida de dar clases en escuelas privadas, he tenido varios alumnos que juegan golf. De hecho, por eso elegí ponerlo en el título. Y, sin embargo, hay que tener en cuenta que, junto con los viajes en cruceros, sigue siendo una actividad de la que sólo puede disfrutar una minoría privilegiada.

Para construir y mantener un campo de golf se destruyen o disrumpen ecosistemas naturales, se eliminan variedades pasto nativas para sustituirse con otras invasoras; se utilizan fertilizantes, pesticidas y herbicidas contaminantes, y se emite CO2 al quemar gasolina en las podadoras de césped. Un campo de golf es básicamente una gran extensión de monocultivo: una sola especie de pasto donde antes había una gran variedad de plantas. Como sabemos, los monocultivos son dañinos para el medio ambiente, pues agotan los nutrientes del suelo, trastornan los ciclos del agua y vulneran la biodiversidad. Pero además éste monocultivo ni siquiera se puede comer; sirve para que algunos ricachones hagan de cuenta que están haciendo ejercicio. Por último, está el problema del agua: sólo en los Estados Unidos, los campos de golf absorben dos mil millones de galones cada día. En medio de la dura sequía que ha dejado sin agua a miles de personas en Nuevo León, campos de golf en clubes para ricos siguen siendo regados a diario.


De modo que necesitamos acabar con todo esto y pronto. Algunas esperables objeciones podrían presentarse. Alguien, probablemente uno de esos weirdos que defienden a los ricos en Internet, podría plantear el siguiente cuestionamiento: “¿Y por qué sólo quieres acabar con esas cosas de los ricos? Tendrían que quitarnos todo a todos, ¿no? Al fin y al cabo todos contaminamos, a menos que dejemos de respirar”.

Lo primero que puedo responder es: Tú no quieres que se apliquen medidas a todos por igual, quieres que nadie moleste a tus queridos millonarios, y por eso planteas un escenario imposible de llevar a cabo como la única solución ‘justa’.

Lo segundo es: Estás haciendo falsas equivalencias. Sí, todos contaminamos nomás por existir, pero no todos contaminamos igual ni todas las actividades contaminantes podrían ser abolidas igual de rápido y fácil.

Por ejemplo, pensemos en todos los automóviles en las ciudades. Obviamente necesitamos dejar atrás esta clase de vehículos. Pero todavía hay muchas personas, en especial familias de clase media, que los necesitan para ir al trabajo, llevar a los niños a la escuela, transportar las compras del mandado, etcétera. Y a menudo a través de largas distancias y un clima hostil. Hemos construido nuestras ciudades modernas alrededor del automóvil, y las hemos hecho hostiles para los peatones y ciclistas. Los sistemas de transporte público no podrían absorber a todos los automovilistas si de la noche a la mañana se proscribiera el uso de los coches.


Necesitamos reformar nuestras ciudades con transporte público eficiente, inclusivo, cómodo y ecológicamente sostenible, además de favorecer la caminata a pie y el uso de la bicicleta. Y, al mismo tiempo se vuelva menos y menos conveniente el uso del automóvil (el auto eléctrico es una solución limitada, y no es viable simplemente cambiar todos los coches de combustión interna por Teslas).

Definitivamente es algo que tendríamos que estar empezando YA, porque nos va a tomar tiempo y una planeación meticulosa. En cambio, en cosa de unos meses podríamos desmantelar la industria de jets, yates y cruceros, y abolir los campos de golf, para nunca usarlos más.

“¿Y qué hay de los trabajadores que se benefician de esas industrias? No son sólo los ricos, sino todas las personas que trabajan en la construcción, operación, mantenimiento y servicios en esas industrias. ¿Qué pasará con ellas?”

Claro que sí, persona que seguramente sólo está pensando en los intereses de la clase trabajadora. Necesitaremos un plan para colocar a todas esas personas en empleos con los que puedan seguir satisfaciendo sus necesidades, tras una buena compensación, de preferencia financiada con multas, impuestos y/o expropiaciones a esos individuos y corporaciones tan astronómicamente millonarios y tan absurdamente destructivos (oh sí, me voy full bolchevique con este tema). Porque, miren, si todas esas actividades existen es porque se han acumulado fortunas tan enormes que sus dueños ya no saben qué hacer con ellas. Y no es aceptable que la única manera en la que esa fortuna pueda derramarse hacia la clase trabajadora sea haciendo a las personas desgastarse en empleos que no contribuyen en nada a la sociedad y que de hecho están haciendo daño al planeta. Y es que la riqueza que se produce hoy en día ya sería suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos los seres humanos, de no ser porque una gran parte de ella se acumula en unas pocas manos. De eso he hablado en mis entradas ¿Por qué trabajamos tanto? y Por qué la desigualdad sí es un problema. Necesitamos nuevas maneras de concebir la distribución del trabajo y la riqueza entre toda la población.

Lo cual nos lleva a una última objeción: “Acabar con todas esas actividades violaría el sagrado derecho a la propiedad de sus dueños.” Ok, el problema aquí, y es uno que abordaré con amplitud en el futuro, es que el concepto de “derecho a la propiedad”, como lo tenemos en las sociedades liberales capitalistas, favorece sobre todo a quienes más tienen y deja vulnerables a quienes poseen menos, poco o nada.

Por ahora sólo diré dos cosas. Primero: Lo siento, señor don ricachón, su derecho a la propiedad de un megayate no puede estar por encima del derecho de toda la humanidad a vivir en un planeta sano. Segundo: no se asusten, personas comunes y corrientes, esto no tiene que ser una cuesta resbalosa; abolir yates, jets, cruceros y campos de golf NO significa que le vayan a quitar la casa donde vive con su familia. Serían medidas extraordinarias aplicadas porque es cuestión de vida o muerte.

Nuestra sociedad está a punto de cambiar drásticamente, lo queramos o no. Puede cambiar como resultado de transformaciones conscientes que hagamos para prepararnos para los efectos del cambio climático y evitar que se siga poniendo peor. O puede cambiar como resultado de un colapso civilizatorio que traiga caos y barbarie. Lo que no podemos es seguir haciendo de cuenta que todo continuará más o menos igual, nomás que alimentado con energía solar o algo así.

Sin embargo, esto no tiene por qué ser tan malo. Las clases más adineradas tendrán que renunciar a muchos lujos y comodidades, pero a cambio las mayorías podrían mejorar notoriamente su calidad de vida, sobre todo si nos guiamos por modelos económicos no centrados en el crecimiento ilimitado, sino en la satisfacción de las necesidades humanas y el respeto a los límites del planeta. Debemos dejar de tenerle miedo a molestar a los ricos con las medidas necesarias para salvarnos del desastre. Ellos no temen jodernos a todos con tal de dejar las cosas como están. Tampoco podemos esperar a que por pura bonditud dejen sus actividades destructivas. Vamos a tener que obligarles a ello.


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